El 26 de febrero de 2024 murió Hansjörg Küster, destacado investigador y profesor emérito del Instituto de Geobotánica de la Universidad de Hannover, Alemania.1 La importancia de la publicación de un obituario sobre un científico en una revista de investigaciones estéticas se debe a que Küster, intelectual sobresaliente, fue capaz de transmitir sus conocimientos sobre la ecología de las plantas a un amplio público, en especial entre aquellos interesados en las investigaciones estéticas relacionadas con el paisaje. Sus estudios se enfocaron especialmente en ciertas regiones centroeuropeas,2 como los Alpes,3 el río Elba,4 los mares Báltico y del Norte,5 con sus marismas,6 así como en la evolución de los parques de la Ilustración alemana del siglo XVIII; Wörlitz, entre ellos,7 en donde los condes -representantes de la represión monárquica- recodificaron la noción de parque para transformarlo de juguete exclusivo de la élite a espacio para la educación botánica, geológica y cultural para el disfrute y conocimiento del público en general. Otros estudios consistieron en el análisis de temas clave como el bosque y su economía,8 la flora,9 en su enorme diversidad, los granos,10 como elementos básicos de nutrición.
En sus escritos, Küster nunca adoptó un tono fundamentalista, siempre partió de aspectos racionales y esenciales, como la organización global para la alimentación de los habitantes de la Tierra. Es bien sabido que las monoculturas del trigo y su manejo agroquímico dañan los ecosistemas en muchas zonas del mundo -y, en términos ecoestéticos, reducen la complejidad visual de los paisajes agrícolas. Sin embargo, Küster siempre resaltó que cualquier pensamiento y acción ecológicos deben tomar en cuenta una solución responsable entre el uso y la protección del paisaje.
Las imágenes de los infinitos y monótonos campos de cultivo de trigo en el este de Estados Unidos, por ejemplo, se prestan a una crítica estético-ambiental sobre la subordinación brutal de la naturaleza causada por los criterios de eficiencia económica, es decir, la represión antropogena. Dichas fotografías de campos agrícolas industrializados producen la noción nostálgica del regreso a un estado “auténtico”, arcaico del ecosistema, pero esto, según la advertencia de Küster, resulta imposible, aún más, engañoso, porque la distinción entre un medio ambiente malo/alterado y bueno/auténtico no es válida, ya que ambas clasificaciones se basan en determinaciones y evaluaciones humanas que son relativas, irrelevantes para la naturaleza misma.
Además, esta dicotomía, visible, por ejemplo, en la iconografía política de las campañas de Greenpeace, parte de una evaluación cuestionable. Ejemplo de ello es el libro Salvaje. Renaturalizar la tierra, el mar y la vida humana,11 del autor británico George Monbiot, quien distingue entre especies “carismáticas” y “no-carismáticas”. Con elegancia intelectual, Küster desmontó esta falsa clasificación en una reseña de dicho libro, con las siguientes palabras: “¿Qué son en general las especies carismáticas? Para ello, uno debe seleccionar en la imaginación a una serie de animales empáticos, a los cuales quisiera ver en su medio ambiente. Sin embargo, no es tarea de la ecología evaluar el carisma de los animales”.12
De esta manera, Küster revisó la interferencia humana, cultural e incluso filosófica, en la definición de la naturaleza, en especial, en su forma culturalizada y estetizada por medio de la imagen, desde la pintura rupestre hasta la fotografía ambiental contemporánea. La pregunta “¿qué es paisaje?”, esencial para las investigaciones estéticas sobre pintura y fotografía del paisaje, guio la argumentación de dos libros clave en la obra editorial de Küster:13 se trata de una mirada del historiador de la cultura ambiental, determinada por el rigor de las investigaciones científicas.
He ahí el puente epistémico-conceptual que permite el intercambio productivo de las llamadas dos culturas: las ciencias y las humanidades.14 En su libro sobre ecología,15 Küster cuestiona cualquier intento de cartografiar, delimitar y preservar ecosistemas, ya que no es posible fijar la dinámica evolutiva y el despliegue anárquico de la vegetación salvaje. Por antonomasia, los ecosistemas son abiertos, no se apoyan en constantes, y están sujetos a fluctuaciones que rebasan cualquier límite impuesto por el ser humano.16
Éste sería un cuestionamiento conceptual de cualquier “conservación” y “restauración” de la naturaleza, ya sea en Áreas Naturales Protegidas (anp) o en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (repsa), este espacio extraordinario a nivel mundial, ubicado en el corazón de Ciudad Universitaria en la Ciudad de México. Küster constata que la conservación de la naturaleza contradice a la libre e impredecible dinámica de los ecosistemas, con sus sucesiones y selecciones.17
En paréntesis: si Küster hubiera aceptado la invitación al coloquio “Geópolis”, en 2016, organizado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam y el Goethe Institut en México,18 tal vez hubiera constatado la grave amenaza que se cierne sobre la vegetación silvestre por el aplastante, descontrolado y tóxico desarrollo urbano comercial en la megaciudad de México, y de esta manera hubiera entendido la necesidad de “preservar” los últimos vestigios de la bio- y geodiversidad en la Cuenca de México, como la que representa la repsa. Frente a tal desarrollo destructivo, la “preservación” de los ecosistemas cobra sentido.19
Estos temas no se reducen al debate teórico de la ecología como disciplina universitaria, sino que, como intento argumentar en mis escritos,20 son esencialmente asunto de las investigaciones estéticas, ya que la preservación de la naturaleza, este desesperado acto humano de otorgarle estabilidad,21 en contra de su propia dinámica anárquica, se sostiene en la imagen que construimos de nuestros entornos. Sea en forma de parque urbano con vegetación ornamental, tipo neobarroco,22 o en la conceptualización de un área natural protegida, la naturaleza está subyugada a la voluntad humana.
De hecho, Küster advierte que el diseño de la naturaleza a manos del ser humano generó el primer impulso para el pensamiento y para la acción ecológicas. Durante la industrialización del siglo XIX y a inicios del siglo pasado, la imagen del paisaje se determinó como compensación a los daños estructurales y visuales de la producción industrial,23 al extractivismo y otros alcances destructivos del sistema capitalista (cabe mencionar que también en los países socialistas del bloque soviético, o, incluso, peor en la China comunista continuaron las mismas prácticas de destrucción ambiental).
Relevante para las Américas, en este sentido, es la paradoja de que los primeros parques nacionales, lugares de preservación de la belleza natural, e incluso inspiraciones del Nature Writing estadounidense,24 se basan en la determinación ideológica de la imaginación colonialista de un presunto paisaje “virgen”, aunque justamente estos parques nacionales, como Yellowstone, eran el hábitat vivo y productivo de los nativos americanos, extinguidos hasta un mínimo sobreviviente en las reservas establecidas por los colonizadores noreuropeos. Para abreviarlo en una oración: el genocidio de las culturas indígenas en el norte de América produjo paisajes naturales que son visual y ecológicamente atractivos, pero que son productos estéticos con principios racistas. Éstas son las contradicciones brutales presentes en la imagen del paisaje.25
Aunque las condiciones de la configuración semántico-urbana del Pedregal de San Ángel, desvalorado desde la colonia como “malpaís”, son diferentes a los escenarios paisajistas estadounidenses, es interesante repetir la pregunta conceptual, propuesta por Küster (y otros autores, como el reconocido historiador ambiental Joachim Radkau) con toda claridad, acerca de porqué “preservar” la naturaleza, y la razón por la cual no “dejarla en paz”,26 es decir, que se desarrolle de manera autónoma, aun con las interferencias bióticas de la megaciudad de México -esto incluye a Ciudad Universitaria, con su concepto paisajista no-sustentable por sus áreas de pasto y árboles exóticos. Del conflicto entre la naturaleza autóctona y alóctona, una batalla que presenciamos en innumerables partes del mundo, en especial en las megaciudades del Sur Global, conviene tomar en cuenta el axioma de Küster: “La naturaleza no se puede crear ni restaurar. Ella existe y se puede desarrollar sólo por sí misma”.27
Éstos son profundos cuestionamientos para las ciencias ecológicas, así como inspiraciones para la “ciencia de la imagen” (Bildwissenschaft), id est, de las investigaciones estéticas. En primer lugar, hay que reconocer -y cuestionar- el modo monumentalizador y determinante de la imagen de la naturaleza para su protección. Desde mis investigaciones ecoestéticas queda claro que sólo con esta autocrítica es posible conceptualizar una preservación razonable de la naturaleza silvestre, como se practica cotidianamente, con éxito, en la propia repsa.
Por su formulación acerca de la “imagen” de la naturaleza en los procesos de restauración ecológica, Küster de forma implícita se refiere a los Cuadros de la naturaleza que Alexander von Humboldt elaboró en dicho libro, un bestseller de la primera mitad del siglo XIX.28 La imagen de la naturaleza que revela la constitución geológica y botánica de los paisajes es, tanto fuente del conocimiento ecológico, como inspiración para la preservación de los ecosistemas dañados. Sin embargo, como advierte Küster, existe el peligro de la preservación de una imagen fija, fotográfica, de un paisaje natural, en el que se excluyen las diferencias y “contradicciones” de los complejos procesos evolutivos.29 Estas reflexiones constituyen provocaciones necesarias para las rutinas científicas y académicas en la interpretación de los paisajes -tema de la ecoestética, y en un sentido más amplio, de los debates (ideológicos, y en muchos casos erróneos) sobre la sustentabilidad.
El abuso y los malosentendidos de este concepto para el desarrollo responsable de paisajes y ciudades, iniciado con la cumbre de la onu de Río de Janeiro de 1992, es omnipresente. Cada alcalde de un municipio descompuesto por falta de control administrativo del desarrollo inmobiliario, o cada empresa cuya producción industrial intoxica el medio ambiente, utiliza la fórmula mágica de lo “sustentable” para camuflajear sus errores -y numerosos académicos caen en esta trampa ideológica. Aun en las universidades persiste una concepción naif de la sustentabilidad. En esta paradoja discursiva ayuda retomar otro axioma de Küster: los ecosistemas no son sustentables porque en la naturaleza no existe la sustentabilidad, lo que hay es una técnica de reforestación, establecida en la economía forestal del siglo XVIII en Alemania, Suiza y también en Japón, empleada en territorios cercados, es decir, en enclaves bien definidos, que deben garantizar un uso a largo plazo de los recursos naturales y, que deben hacer retroceder la natura lapsa, la naturaleza silvestre.30
Tales aclaraciones, incómodas para muchos políticos, empresarios, incluso académicos, son contribuciones esenciales para los debates ambientales y las investigaciones ecoestéticas. En los escritos de Küster emana un espíritu epistémico que cuestiona las certidumbres petrificadas, y es justo esta condición la que funciona como motor intelectual para el progreso del conocimiento, tanto en las ciencias como en las humanidades.
Abundan los términos vaciados de sentido y explotados por nefastas estrategias político-económicas, como la “sustentabilidad” o el “equilibrio ecológico” -que, según Küster tampoco existe en la naturaleza-,31 y en los debates recientes, la “resiliencia”, un concepto cuestionado por el biólogo mexicano Luis Zambrano, quien, a semejanza de Küster, logra transmitir los resultados de sus especializadas investigaciones a un público amplio.32
Los escritos de Hansjörg Küster preservan, post mortem, un gran legado para la investigación ecológica con relevancia para las sociedades contemporáneas del Antropoceno,33 aún más para la orientación de las investigaciones estéticas hacia temas y problemas ambientales. Es un legado vivo, por ejemplo, en los proyectos del Programa Universitario de Estudios Interdisciplinarios del Suelo (pueis/unam)34 y en muchos otros proyectos científicos de la unam que integran las investigaciones estéticas.
Postscriptum: 25 días antes de su muerte recibí un correo electrónico de Hansjörg Küster en el cual confirmaba que escribiría una reseña de mi libro, Müll in der Natur,35 publicado a finales de enero de 2024 en Alemania. Incluso Küster estuvo buscando una revista científica adecuada para esta reseña. Me interesaba mucho la opinión y la crítica de este gran investigador. Nunca lo conocí en persona; fue por medio de sus escritos y del intercambio epistolar que estuvo presente en mis reflexiones ecoestéticas. Como biólogo tuvo conciencia de la finitud del cuerpo humano, pero también supo que su cadáver, colocado en una caja de madera y depositado en una tumba de tierra fértil, iba a nutrir el suelo y sus microorganismos. Para nosotros, los sobrevivientes, quedan sus escritos, cuyas semillas siguen germinando.










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