En el panorama de la arqueología costarricense, el análisis e interpretación de artefactos en piedra, como los metates de panel colgante,1 ha planteado un desafío. La dificultad radica no sólo en la escasez de ejemplares -en comparación con otros artefactos-, sino en la ausencia de metates de panel colgante en contextos arqueológicos definidos y, por consiguiente, la ambigüedad investigativa relacionada con su función dentro de la sociedad precolombina de la época. Sumado a lo anterior, intriga el proceso de diseño más allá de su manufactura, su morfología y el simbolismo presente en estos objetos.
Se les ha llamado metates debido a la asociación con otros objetos líticos con los que comparten una estructura morfológica, a saber, un plato de forma en ocasiones curva y, en otras, recta y tres soportes sin decoración en la base que facilitan una función como utensilio doméstico para el procesamiento de alimentos. No obstante, estos artefactos presentan innovaciones formales y decorativas que nos obligan a pensar en ellos de una manera diferente.2
Por aspectos vinculados con la morfología de estos metates, como el grosor de los platos y la ausencia de señas de uso en ellos, se ha propuesto que su función fue mayoritariamente ritual,3 incluso se ha llegado a sugerir que, debido a su tamaño y a los elementos representados, fueron los objetos más importantes del momento que se puedan vincular con funciones de tipo ceremonial4 y formas dinámicas para conceptualizar el poder.5
No obstante, estas aproximaciones generan más interrogantes que respuestas. En este trabajo se plantea, a manera de estudio de caso, el análisis del metate 20786 (código del Museo Nacional de Costa Rica), encontrado en Azul de Turrialba. Para ello se emplea un enfoque interdisciplinario que combina la evidencia arqueológica, algunas consideraciones etnográficas y una lectura desde el diseño.
Se propone que, más que una función imprecisa -como decir “ritual”-, en este metate de panel colgante, analizado como caso de estudio, y en cada uno de los segmentos estructurales y decorativos que conforman el artefacto, a saber, el borde del plato, los soportes y el propio panel colgante, hay detalles de una historia de trascendencia para la sociedad que lo creó. Es decir, existe un metarrelato más allá del de la escultura que lo configura como un objeto didáctico para la sociedad precolombina de la época. Para ello se vincula la narrativa como herramienta con la que se busca interpretar el pasado desde la perspectiva actual.6
Lo anterior se revisará por medio de entrevistas a profundidad y mediante la triangulación con fuentes escritas que se detallarán más adelante. Se propone que los elementos simbólicos del metate son construidos y tienen una relación en específico con el relato mítico de grupos talamanqueños (bribris y cabécares) sobre el águila que come gente (uLùpú). Así, el objeto constituye la materialización del planteamiento mítico que le dio origen y, a partir de su análisis, proponemos una narrativa que podría explicar su creación.
De esta manera, se reconoce la necesidad de comunicar por medio del artefacto, ya que el simbolismo relacionado con éste es un recurso formativo con el que se compartían normas culturales desglosadas de la historia mencionada.
Desarrollo este tema a partir de una caracterización del metate bajo estudio y de los tres segmentos que lo conforman: plato, soportes y las representaciones del panel colgante con base en criterios tecnológicos, formales de iconografía y una propuesta de análisis desde el diseño, por medio de aspectos vinculados con la estructura del objeto y su morfoproporcionalidad,7 a partir de la identificación de un sistema de retículas.8
Esta información se relacionará con el relato mítico talamanqueño de uLùpú suministrado por Alí García Segura (2023), indígena bribri de 58 años de edad al momento en que se recopiló el relato, consultor de lenguas y culturas indígenas de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica.
Primero, se llevará a cabo una caracterización del momento histórico en que se ha convenido que los metates de panel colgante comenzaron a hacerse; es decir, del espacio cronológico que va de 300 a.C. a 300 d.C. que corresponde a finales del Periodo IV (1000 a.C.-500 d.C.) -de acuerdo con la secuencia estandarizada para América Central-9 y las fases El Bosque, para la subregión de la Vertiente Atlántica, y Pavas, para la subregión del Intermontano Central, ambas en la Región Arqueológica Central de Costa Rica.
Reconozco que puede parecer riesgoso hacer una inferencia en relación con el uso que en tiempos precolombinos se le dio a un objeto, a partir de un conjunto de datos etnográficos generados en los últimos 50 años. Resulta relevante indicar que los grupos indígenas del país eran ágrafos y, por tanto, es necesario emplear cierta estrategia alternativa para acercarse a una nueva interpretación de éste. Por ello, en el presente trabajo desarrollo varias líneas de análisis que me permiten acercarme a él para sustentar mi propuesta.
Entre las líneas a seguir, contamos con el relato contemporáneo del águila que come gente, en investigaciones llevadas a cabo desde 1990 en el campo de la genética de grupos del sur de América Central;10 algunas de ellas correlacionan cambios genéticos con lingüísticos y permiten inferir la relación cercana entre los grupos del pasado, con aquellos que, al día de hoy, encuentran una relevancia en la historia oral descrita. Por otro lado, desde la arqueología existen también otros referentes previos que han hecho aportes en este sentido, uno de ellos para el momento cronológico y otro respecto a la zona relativa a la manufactura del metate de panel colgante que aquí se estudia.11
Generalidades de los metates de panel colgante
Los metates de panel colgante son una manifestación de cultura material precolombina hechos por sociedades de habla chibcha.12 Aunque se desconoce la procedencia de la mayoría de ellos, se tienen reportes en localidades contemporáneas como San Rafael de Coronado, San Isidro de Heredia, La Unión en Guácimo y Azul, en Turrialba,13 lo que los ubica en la Región Arqueológica Central y diferentes subregiones dentro de ésta (fig. 1). En apariencia, estos objetos se hicieron a lo largo del lapso que va de 300 a.C. a 300 d.C,14 aunque otras fuentes los consideran más tardíos.15 Esta ambigüedad en su ubicación temporal es, como se verá, producto del desconocimiento de su contexto.

Figura 1 Regiones y subregiones arqueológicas de Costa Rica. Dibujo y digitalización: Fernando Camacho Mora.
Se tiene conocimiento de estas esculturas en piedra desde 1935, cuando se propuso que las realizaron los grupos huetares, cerca del periodo de conquista europea, y que tenían como función la de objetos de culto vinculados con la agricultura. Por su forma, además, se asociaron con altares.16
En esos primeros trabajos, se destacaron ciertas características contextuales, en las cuales se especifica que no estuvieron vinculados a ajuares funerarios ni se encontraron en espacios de cementerio o domésticos. En esas investigaciones tampoco hubo reportes de objetos que los distinguieran como signos de alto estatus. Por el contrario, se observó una relación con cerámica fragmentada y estatuaria en piedra.17
Investigaciones realizadas a inicios de la década de los años setenta presentan por primera vez caracterizaciones iconográficas de estos objetos, denominados en esta época “altares ave-pico”.18 En dichos trabajos se sostenía que las representaciones de animales estaban relacionadas con el culto a la fertilidad o procreación, aduciendo nexos con mitos arahuacos.19
Estudios arqueológicos llevados a cabo en la zona del Caribe Central y Turrialba a finales de la década de los años setenta obtuvieron fragmentos del plato de un panel colgante en el relleno de una tumba al interior del basamento de una casa rectangular, junto con cerámica fragmentada adscrita al lapso del 300 a.C.-300 d.C., como flautas y figurillas, entre otros.20 Con esta información se comenzó a proponer que estos artefactos fueron parte del ajuar de personajes principales dentro de la estructura social precolombina de la época y se dejó de utilizar el nombre de “altares ave-pico”.
A partir de una comparación estilística y de los motivos presentes en ellos se propuso que los primeros ejemplares fueron más pequeños y estilizados, mientras que los más grandes y complejos se realizaron un poco más tarde.21
No obstante, no se logra precisar si esos objetos se siguieron haciendo a lo largo del tiempo o si fueron producto de la Fase El Bosque. Debido a que mi interés en este trabajo no se enfoca en una discusión en términos cronológicos, utilizaré el planteamiento regular que los enmarca en el intervalo de 300 a.C. a 300 d.C., sin embargo, reconozco que también se han asociado al lapso que va de 400 a 700 d.C.22
Los metates de panel colgante siguen una estructura iconográfica, simbólica y compositiva rigurosa. Son esculturas trípodes que presentan tres segmentos de imaginería tallados en puntos específicos de la roca (fig. 2). Primero hay representaciones de cabezas que bordean el plato a manera de una línea continua. Este elemento estandarizado ha sido relacionado con la práctica de toma de cabezas a manera de trofeos.23

Figura 2 Metate de panel colgante 20786, proveniente de Azul de Turrialba. Secult.-INAH.-MÉX. “Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia”. Foto: Fernando Camacho Mora.
En relación con estos motivos se ha propuesto que durante este lapso fueron cotidianos los saqueos para la obtención de tierras más aptas para el cultivo, incluso que el tema detrás de estos módulos tenía vínculos religiosos o ideológicos asociados al sacrificio humano como generador de la fertilidad agrícola.24
Otras miradas especulan que, debido a lo pulida de la superficie del plato del metate, éstos eran una especie de asientos utilizados por personas específicas o que, por las decoraciones en el borde del plato, más bien podían tener una función ritual en la preparación y exhibición de cabezas trofeo.25
Un nuevo sector con decoraciones son los tres soportes. Es recurrente que el diseño expuesto se repita en cada uno de ellos y, por lo general, representa a una o dos aves que transportan ya sea la cabeza decapitada de un personaje o un cuerpo completo de quien ha sido interpretado como un cautivo u occiso. Otras representaciones presentes en los soportes son personajes antropomorfos y monos.
Por último, el tercer campo de representaciones corresponde al panel colgante, el cual lleva este nombre debido a que este segmento de la escultura no toca la superficie en que el objeto está asentado, sino que pareciera “colgar” de la parte de arriba. A diferencia de las otras dos secciones ésta tiene una amplia variedad de representaciones. La figura central tiende a estar de pie, es casi siempre antropomorfa y presenta una máscara o tocado de saurio o ave. Este elemento visual suele estar erguido, ya sea sobre un plano sin decoración o sobre una figura de saurio, jaguar u otros animales como cangrejos.26 Se ha propuesto que estos personajes centrales representaban ya fuera a un jefe, un ancestro deificado o un fundador mítico de cierto linaje en específico.27
A fin de cuentas, también se ha argumentado que en su totalidad el metate era un medio de comunicación de cuestiones ideológicas o simbólico-religiosas, vinculadas con aspectos agrícolas o con mitos creacionales.28
En ese orden de ideas, investigaciones generadas desde el arte y diseño sitúan a un panel colgante desde una narrativa vinculada al ordenamiento cosmológico precolombino por medio de la división de éste en tres espacios: el plato como referencia del supramundo, el centro de la figura como el mundo indígena en el que viven y la parte baja, definida desde la base del panel colgante hasta la superficie en la que se asienta como el inframundo; todos estos planos unidos por un eje central conceptual que divide en dos partes simétricas el objeto.29
Caracterización de la Fase El Bosque (300 a.C.-300 d.C.) y su relación con los metates de panel colgante
Ahora bien, la transición de la Fase La Montaña a la Fase El Bosque marcó cambios significativos en las dinámicas socioeconómicas de las comunidades precolombinas, especialmente en relación con la producción de alimentos.
La evidencia arqueológica indica una diversificación en la producción de alimentos, por medio de la agricultura intensiva que abarcaba cultivos como maíz (Zea mays), jobo (Spondias mombin), jocote (Spondias purpurea), frijol (Phaseolus vulgaris), frutos de palma (Elaeis oleífera), pejibaye (Bactris gasipaes) y tubérculos como la yuca (Manihot esculenta).30
Este cambio tuvo repercusiones sociales que dieron lugar a la formación de las primeras aldeas y marcaron el inicio de sociedades sedentarias. Dicha transformación en la estructura social propició que cambiara la unidad familiar como entidad política dominante y se estableciera la formación de sociedades tribales que abarcaban mayores extensiones territoriales, unidas por relaciones de parentesco.31
Como consecuencia de ambos fenómenos descritos, durante la Fase El Bosque se dio una expansión territorial significativa para satisfacer las nuevas necesidades derivadas de los cambios en el modo de vida, tales como mayores áreas de cultivo que sustentaran a una población creciente en términos demográficos. Ello involucró el clareo de espacios que antes estaban bajo cobertura forestal y la habilitación de otros cercanos a cuencas hidrográficas.32
Para la zona del Caribe Central y Turrialba el aumento poblacional resultante condujo a la construcción de numerosos y dispersos asentamientos agrícolas que evidenciaban una falta de marcadas diferencias jerárquicas entre unos sitios y otros. Aunque la arquitectura de estos asentamientos era modesta, permite inferir que durante ese lapso vivió una gran cantidad de personas en los alrededores de las planicies aluviales y valles fértiles.33
Como se indicó antes, no se encuentran distinciones significativas en términos de jerarquías entre los asentamientos; sin embargo, para los alrededores de Guayabo de Turrialba se ha observado una mayor nucleación en el territorio, mientras otros asentamientos tuvieron menor ocupación humana.34
No obstante, los ajuares funerarios evidencian que había una diferenciación social al interior de cada sitio, por lo que se ha propuesto el establecimiento de una élite incipiente dentro de cada comunidad. Los objetos depositados a manera de ofrendas al interior de las tumbas evidencian una especialización en la producción artefactual de materiales de cerámica, piedra y lapidaria en jade. Dichos bienes de lujo estaban cargados por un complejo simbolismo que permite inferir aspectos vinculados con la cosmovisión de los grupos humanos, lo cual alude, a su vez, a la importancia de un nuevo orden social.35
Entre los artefactos encontrados son notorios los collares y colgantes de jade, ocarinas y pitos de cerámica, así como vasijas con cabezas efigies, jarrones trípodes con decoraciones de fauna y remates de bastón. Estos últimos son también conocidos como mazas ceremoniales y se encuentran presentes desde la subregión sur de la Gran Nicoya, tienden a entenderse como signos de prestigio u objetos de diferenciación de rango o símbolos de estatus en ambas regiones.36
Valga decir que otros bienes considerados de prestigio resultan ser los paneles colgantes. Pero recordemos que éstos no se han encontrado en sitios funerarios, salvo un fragmento obtenido en el relleno de una tumba, y que, donde sí fueron reportados, las descripciones de las excavaciones no dan suficientes detalles para comprender sus contextos.
Ahora bien, al interior de tumbas de esta Fase se han encontrado pequeñas piedras con acabados lustrosos.37 Sus formas permiten sugerir una relación con las sĩõ, piedras oraculares y curativas utilizadas todavía hoy por personajes que ostentan cargos de médicos tradicionales dentro de las sociedades indígenas talamanqueñas (bribris y cabécares), conocidos como awápa o jawápa.38
En términos tradicionales las sĩõ son transportadas por el médico tradicional talamanqueño en una pequeña bolsa hecha de fibras vegetales que cuelga de sus hombros a la altura del torso. Aunque las condiciones del trópico no permiten que objetos orgánicos se conserven con el paso del tiempo, en esas excavaciones se reportó que la ubicación de estos artefactos al interior de tumbas coincide con la parte media del personaje inhumado.39
Ésta es una primera referencia desde la arqueología que nos acerca a sugerir la continuidad de ciertos aspectos vinculados con la cosmovisión talamanqueña (compartida por los grupos bribris y cabécares) contemporánea con la presente durante la Fase El Bosque.
Otro elemento de apoyo es el presentado en la interpretación de las prácticas rituales y funerarias en la subregión del Intermontano Central durante la Fase Curridabat (300-900 d.C.), en la que se ha documentado la práctica recurrente de la quiebra intencional de vasijas trípodes con representaciones de saurios sobre los lechos funerarios.
Un ejercicio interpretativo ha permitido inferir el valor simbólico de la práctica, argumentando que tanto ésta como diversos entierros ocurridos todavía hasta el siglo xix, reflejaban una forma compartida de conceptualizar la muerte. El trabajo reconoce que, a pesar de que ciertos aspectos del rito funerario cambiaron debido a condiciones históricas específicas, los elementos simbólicos permanecieron inalterados.40
Se ha propuesto que hay una metáfora simbólica presente en el entierro del difunto durante la Fase Curridabat y la forma de comprender la vida y la muerte que tiene el personaje mítico de SuLá y sus actividades dentro del panteón talamanqueño.
En este sentido, el acto de destrucción intencional de las vasijas sobre las sepulturas forma parte de la materialización ritual del relato mítico; el cual sigue presente tiempo después, aunque con modificaciones del tratamiento mortuorio, que ahora implica la exposición del cadáver para la descomposición de la carne y el posterior entierro del cuerpo “quebrado” del difunto.41
Por otro lado, se ha indicado la posibilidad de datar la presencia de grupos chibchas -que vivieron en el territorio costarricense durante la Fase El Bosque- desde, por lo menos, hace 6 000 años, con base en estudios glotocronológicos desde el área de la lingüística42 y marcadores genéticos.43 En tiempos recientes estos datos se revisaron y revalidaron por medio del estudio de variaciones genéticas en el adn mitocondrial y en el cromosoma Y.44
Todos los trabajos realizados desde la década de los años noventa a la fecha han evidenciado que a lo largo de este tiempo ha habido muy poca variabilidad dentro de los grupos chibchas, como los bribris, cabécares, borucas, térrabas, malekus y otros de origen panameño, siendo los dos primeros aquellos que se han identificado como talamanqueños.
Estos análisis evidencian que la estructura genética de los bribris y los cabécares de Talamanca es muy similar, a pesar del lapso de separación que se estima ocurrió antes de 600 d.C. A partir de ese momento en adelante es que se pueden rastrear diferencias en las frecuencias genéticas entre bribris y cabécares de Talamanca.45
No obstante, de acuerdo con el criterio experto es necesario apuntar que, debido a que las divergencias genéticas, son procesos graduales que con el paso del tiempo terminan por convertirse en mutaciones de las poblaciones iniciales, para que la variación sea detectable en términos genéticos debieron haber ocurrido antes y prolongarse en el tiempo.46
A pesar de que la variación producto de la divergencia genética es mínima entre los grupos bribris y cabécares, pudo haber sido provocada por la estructura del sistema de parentesco, además de mantenerse sin cambios, debido al reducido grupo poblacional de la sociedad talamanqueña.47
Lo anterior indica que en algún momento previo a 600 d.C. se comenzó a dar un lento proceso de divergencia genética entre los grupos indígenas talamanqueños, por lo que durante la Fase El Bosque (300 a.C.-300 d.C.) estas poblaciones tuvieron tanto vínculos genéticos, como lingüísticos. Con el paso del tiempo las variaciones entre ambos han sido relativamente bajas, lo cual permite proponer que algunos aspectos de lo que hoy entendemos como talamanqueños estuvieron presentes, por lo menos, desde finales del Periodo IV.
Descripción y análisis del diseño del metate de panel colgante
En esta sección se describe el panel y se propone una interpretación de sus aspectos formales. Los elementos descritos en páginas anteriores sobre los paneles colgantes son tipificaciones que también se presentan en el metate objeto de nuestro estudio. Por las dimensiones que ostenta (61.5 cm de alto, 87 cm de largo y 71 cm de ancho), este metate -hecho de un solo bloque de roca de andesita- no sólo fue diseñado desde el momento en que se seleccionó la materia prima, sino que algunos problemas de tipo estructural que presentaba y podían impactar en la escultura se solucionaron con su diseño.
En algunas partes del panel se observa que la forma es poco simétrica, incluso el plato pareciera estar desnivelado; destaca que uno de sus soportes no sea cilíndrico como el resto, sino que tenga forma trapezoidal (fig. 3). Esto sugiere que el bloque de piedra utilizado como materia prima del metate era en apariencia amorfo, con una inclinación marcada en uno de sus lados. A pesar de ello, el objeto se dispone sobre la superficie de manera firme y estable; de forma que, a manera de interpretación funcional, se sugiere que el soporte trapezoidal tiene esa forma como una solución estructural para darle mejor capacidad de asentarse sobre el suelo.
Como en otros metates de este tipo, el plato tiene un acabado pulido y no presenta desgastes ni señas de haber sido sometido a la abrasión, producto del procesamiento de sustancias comestibles. Tiene forma trapezoidal y dos de sus lados están ligeramente redondeados (fig. 4). Lo bordea un total de 36 representaciones de cabezas talladas, que siguen una estructura de repetición regular.48
Es decir, este diseño está compuesto por una serie de módulos ordenados por líneas estructurales conceptuales (no visibles) en una retícula que evidencia un leve cambio en la medida de su ancho. Esto es apreciable en las divisiones entre cada cabeza, entendidas como módulos, las cuales tienen una gradación tanto de la figura, como del tamaño (fig. 5). Más adelante ahondaremos en este detalle. Por el momento basta con indicar que, desde una lectura formal, este indicador apunta a la adaptación del diseño a la totalidad del bloque de piedra del que provino.
Por otro lado, cada soporte exhibe, como escenas, tres figuras dispuestas de manera meticulosa y en cada uno se representa una misma temática. En sus extremos superior e inferior se han dispuesto dos aves que cargan o transportan a un personaje representado en posición de cautivo, con las manos cruzadas por la espalda. El ave posicionada en la parte superior sostiene la cabeza del personaje, mientras que el individuo se asienta sobre el pecho del ave situada en la parte inferior (fig. 6). Este componente basal es una solución de diseño efectiva para darle asiento a la figura antropomorfa; la cual, por razones prácticas, durante el tallado de la roca quedó distante del soporte.

Figura 5 Detalle de una sección del borde del metate de panel colgante con cabezas modulares en repetición. Foto: Fernando Camacho Mora.
Al partir de la idea de que este personaje es un difunto, se ha propuesto que estas figuras zoomorfas estarían cargándolo y transportándolo al inframundo, cumpliendo la función de psicopompo, es decir, conductor de las almas a otro plano.49
Ahora bien, sólo uno de los tres personajes, ya sean cautivos o inertes, presenta una textura a manera de cuadriculado sobre el pecho. Este motivo es recurrente en la estatuaria de la región y se ha propuesto que es una especie de cinturón protector de algún tipo de corteza o tejido. La representación de estos diseños es más tardía que la del objeto; sin embargo, resulta importante destacarlo, debido a que el mismo patrón cuadriculado se ha visto en otros metates de panel colgante hechos también en Turrialba.
La forma en que se representan los brazos del personaje que pareciera ser un cautivo, evidencia una clara desproporción en relación con el resto de la figura. Un estudio visual detallado ha permitido apreciar que hay cambios en el tono de los brazos en relación con el resto de la roca. Esto hace suponer que la pieza estuvo quebrada y probablemente los segmentos mencionados son producto de un trabajo de restauración. Las fichas técnicas de restauro del objeto indican que en algún momento después de ser excavado se le hizo una reintegración formal con reposición de faltantes (con algún otro material, quizá cemento).50
Las restauraciones recientes han realizado reintegraciones cromáticas en las que resulta notorio el principio de restauración según el cual la intervención debe ser invisible desde la distancia que se observe, pero fácilmente reconocible sin instrumentos especiales cuando se acerca el objeto.51
Para finalizar, el otro sector con imaginería es el panel colgante como tal. Presenta tres figuras antropomorfas, cada uno de los personajes de los lados sostiene un objeto largo que es llevado a su boca, mientras la figura central tiene órganos genitales masculinos y ostenta un tocado con lo que pareciera ser una cola ubicada en su espalda. Otros investigadores han interpretado este motivo como un tocado de saurio.52
Sin embargo, se debe apuntar que la boca de ese ser tiene una pronunciada inflexión hacia arriba y en medio de ésta hay una oquedad entre lo que parecieran ser colmillos. Estos elementos permiten proponer que se trata de otro tipo de animal, quizás uno terrestre. Por lo demás, presenta sutiles incisiones a ambos lados de la boca, a manera de representar dientes.
El personaje central lleva las manos al pecho, a diferencia de la posición recurrente en este tipo de escultórica que los representa con los brazos elevados, generando una forma de U sobre su cabeza.53 Si bien esta figura no presenta esta característica, que pareciera ser una norma cultural, dicha forma en U sí aparece dispuesta sobre el tocado del personaje (fig. 7).
El análisis visual generado por medio de la caracterización descrita permitió identificar que, para la manufactura de este metate, se empleó lo que llamaríamos un sistema de retícula basado en una medida que varía según la cara del metate que se mire.
Es decir, en su diseño hay un sentido de orden razonado del proceso creativo y técnico, con el que se decidió la disposición de los elementos visuales, formales y conceptuales que se tallaron; la medida de la cabeza de mayor tamaño y mejor acabado, dispuesta en el borde del plato del metate, es el elemento que se repite ocho veces a la parte superior de las caras del objeto; en cada cara del artefacto caben 136 cabezas (fig. 8).

Figura 8 Sistema de proporciones identificado por medio de una retícula 8:136. Vista frontal (a), vista lateral izquierda (b) (Los cuadros a la izquierda son la cabeza modelo duplicada). Foto y diagramación: Fernando Camacho Mora.
La proporción identificada se repite en cada faceta del metate, ejemplificada en la cara frontal (fig. 8a) y en la izquierda (fig. 8b), aunque con medidas variables que se ajustaron según las dimensiones de la roca utilizada.
El empleo de la retícula se revela como una herramienta esencial para establecer tanto la base estructural como la composición. Este elemento no sólo guió al escultor en la creación del metate, sino que también brindó flexibilidad y adaptabilidad al diseño, permitiendo ajustes acordes a las características específicas de la roca.
Dado que la proporción se refiere a la relación entre dos medidas54 -en este caso la de una cabeza y la medida total del artefacto-, se identifica que éste se divide en 136 partes iguales, cada una de las cuales tiene la medida de una cabeza de la cara del objeto, por tanto, en términos de proporciones la relación entre la medida de una cabeza y la medida total del artefacto es de 1:136.
Mientras que la altura de cada cara del metate es la repetición de la altura de la cabeza multiplicada ocho veces la proporción, se puede expresar como 1:8; es decir, la medida de una cabeza es una octava parte del alto total del objeto y esta relación se repite ocho veces para abarcar la altura completa del metate.
Ahora bien, como se pudo observar en la figura 8, dado que el alto de la cabeza de cada cara del metate se repite ocho veces en su alto total y la relación original de éste es 1:136, la proporción ajustada puede ser expresada en términos de 8:136; lo cual indica que la medida de la cabeza se representa por ocho unidades, que se repiten 136 veces para abarcar todo el objeto.
Resulta relevante el hecho de que se utilice la cabeza como medida mínima para la proporción de estos materiales. Investigaciones pasadas han encontrado esta misma unidad de medida en el diseño precolombino de Costa Rica, en específico se ha propuesto que durante la Fase La Cabaña (Fase tardía que va en términos cronológicos de 900 a 1550 d.C.), en la Región Arqueológica Central, la estatuaria antropomorfa utilizaba una proporción que variaba entre 3.5 y 5 cabezas.55
Con este trabajo se amplía lo observado en dichas pesquisas, al identificar que los personajes centrales del panel difieren en la medida de su altura. No obstante, en términos proporcionales la altura de cada uno de éstos es de cuatro cabezas. Por tanto, éste es un elemento en apariencia recurrente dentro del sistema de diseño de la Región Central en diferentes momentos (fig. 9).
Propuesta de interpretación simbólica
Como se indicó antes, considero que hay tres líneas de evidencia que permiten vincular la tradición oral talamanqueña con las representaciones visuales -que entenderemos como símbolos- presentes en el panel colgante en estudio; éstas son las comparaciones de resultados genéticos con lingüísticos e inferencias arqueológicas sobre materiales investigados por otros especialistas.
Dada la relativa baja variación genética y lingüística que ha habido a lo largo del tiempo entre la población precolombina y contemporánea que ocupó la zona de Turrialba, considero viable encontrar algunos aspectos de lo que hoy diríamos son grupos talamanqueños desde finales del Periodo IV, así como otros investigadores lo han propuesto desde la arqueología para el mismo lapso y posteriores.
Reconozco que la relación entre elementos genéticos y lingüísticos no necesariamente implica que existan vínculos culturales, también es claro que la cultura es dinámica y cambiante, pero se debe apuntar que hay factores trascendentales para los grupos sociales que tienen pocas variaciones a lo largo del tiempo, uno de ellos es el sistema de parentesco. Otros investigadores han propuesto la relevancia de los diversos sistemas de matrimonio como uno de los fundamentos de las comunidades, pues reflejan la constitución social del grupo dado.56 Este sistema de intercambio de parejas llega a ser tan importante para los talamanqueños que no sólo afecta aspectos de la cotidianeidad comunal, sino que incluso llega a ordenar el universo mítico.57
Los mitos posibilitan la identificación de hitos culturales esenciales que permiten la vinculación de un grupo con una cultura compartida.58 El artefacto, en este caso, no sólo cumple una función material, sino, también, sociocomunicativa, que actúa como narrador de condiciones culturales y, como se verá, desempeña un papel de tipo didáctico entre la población precolombina de la zona.
Para sustentar esto, considero que un medio para comprender el sentido tras los símbolos dispuestos en el metate de panel colgante puede ser el relato mítico. Los mitos a los que recurren los grupos talamanqueños son historias que engloban una enseñanza trascendental para ellos mismos. Son la memoria colectiva con la que comparten concepciones de mundo, el conocimiento sobre su realidad, además de orientar y reorientar a los sujetos en las tradiciones culturales legitimadas por el grupo social. Aunque algunos detalles de éstos pueden cambiar, y de hecho lo hacen (por ser realizados de conformidad con prácticas identitarias definidas), la esencia del relato mítico se mantiene y su enseñanza es siempre la misma.59
Una de las historias talamanqueñas que busca transmitir pautas de la realidad y reorientar a estos pueblos a un comportamiento definido como norma es el relato de uLùpú, el águila que come gente. Este mito explica la forma en que deben comportarse los talamanqueños (bribris y cabécares) con el entorno y una de las consecuencias que pueden tener como comunidad si flexibilizan su sistema de parentesco o comienzan a poblar lugares dentro de la montaña que no están permitidos. Alí García lo narró, pero se pueden encontrar hasta cuatro variantes en la literatura:
En algún momento nosotros habíamos empezado a olvidar que debemos respetar nuestro entorno, e incluso a la familia; como que no éramos muy rigurosos en la relación de pareja. Entonces resulta que había gente que empezaba a amontonarse y tener hijos con clanes que no eran de su pareja. Eso es incesto para nosotros y eso se castiga. Entonces, alguien dijo “Hay que controlar eso, eso está mal”. Esto es castigado por uLùpú que eran los que castigaban comiendo gente.
ULùpú era un águila gigantesca, que cuando venía se llevaba una persona, a dos personas a la vez, ésa era la forma de decir “Usted está comportándose mal”. Los useköLpa, en algún momento se dieron cuenta que, si no se paraba esto, el águila iba a exterminar a toda la gente. Entonces, dijeron: “Mira, un momentito, un momentito, aquí nos van a extinguir. ¿Qué hacemos?”. Decidieron destinar a una persona, escogida, e hicieron una canasta grande, luego otra canasta un poco más pequeña, después otra más pequeña y luego una más donde apenas entrara la persona escogida. Hicieron cuatro forros.
Los useköLpa agarraron a la persona y la pusieron en la canasta esperando que el águila se lo llevara. Esta persona antes fue instruida, era una persona con conocimiento, con instrucciones que tiene que hacer. Le explicaron que cuando el águila llegara no iba a lograr sacarlo. Él después iba a tener que salir solo y matar al águila.
Bueno ya, está escogido y le hicieron ceremonia de purificación para que fuera intocable para el águila. Lo agarraron, lo metieron a la canasta y lo pusieron a esperar. En la noche llegó el águila agarró la canasta con sus uñas y se lo llevó. Él iba viendo todo lo que pasaba; a dónde va el águila, qué hay, cuántas águilas eran, qué es lo que hacen, dónde están los huesos de las personas que se ha comido. Toda esa información él iba conociendo, porque toda esa información la necesita la comunidad para saber qué es lo que pasa allá.
Cuando el águila llega hasta donde vive, él se da cuenta que hay un montón de águilas más, también sus pichones y cerca vive una familia, él oye la gente de la casa hablar. “Llegó el chompo, llegó el chompo”, decían -como cuando llega el ave de patio.
El águila empieza a tratar de arrancar la canasta y cortarla para sacarlo, pero no pudo. Entonces, lo deja en una esquina y se fue a sentar en su balsa (uLù).
Más tarde él trata de escapar y como estaba preparado, llevaba su subök; su pedazo de madera de pejibaye, un tronquito de eso llevaba. Y cuando ve que los animales estaban dormidos, dice “Los voy a ir a golpear”.
Entonces empieza a garrotearlos, mata a dos… bueno, una quedo más o menos, medio muerto, y se convirtió en piedra y quedó guindado. Se llamaba pú’bta que es como decir la punta (o cerro) de águila.
En ese momento la gente de la casa empezó a gritar: “¡Oiga, oiga, oiga! Llegó una zarigüeya y está atrapando a nuestros pavos, nuestros animalitos” y no sé qué. Entonces él se escapa y él es el que cuenta la historia. 60
Considerar el pensamiento mítico como un punto de referencia para la interpretación detallada del metate de panel colgante nos lleva a ver el artefacto y sus motivos como símbolos que brindan acceso al relato mítico. La cultura material, según Hodder, se desarrolla a partir de esquemas simbólicos relacionados con principios generales de significado que se construyen en contextos específicos como parte de estrategias sociales.61 En este contexto, surge la pregunta válida de cómo el relato mítico del águila que come gente se relaciona con el panel colgante en estudio.
En el relato mítico inicial, se presentan las razones por las cuales uLùpú desciende de la montaña para cazar, sirviendo como un castigo destinado a redirigir a la comunidad hacia las normas culturales establecidas. Estas razones incluyen la unión y procreación sin respetar el sistema de parentesco establecido y la falta de respeto hacia el entorno. Es notorio que, en el momento histórico de la creación de los paneles colgantes se estaban produciendo situaciones significativas relacionadas con estos dos casos, como el aumento demográfico debido a nuevas prácticas agrícolas o la posibilidad del irrespeto al sistema de organización clánica o bien que éste no estuviese instaurado como en la actualidad.
El mito podría haber surgido como un medio para controlar a la población y recordar la armonía necesaria entre la comunidad y su entorno. El metate, entonces, pudo concebirse como un instrumento didáctico para explicar de forma visual el mito y su significado dentro de la sociedad.
Esto es de relevancia debido a que desde la perspectiva talamanqueña, todos los objetos en el mundo tienen una razón para existir, y expresiones como yuwè ákie o ẽ’ yuwè ákie, que se traducen respectivamente como “se convirtió en piedra” o “lo convirtieron en piedra”, señalan la forma en que se preserva el conocimiento en la roca, resistente y duradero. Al plasmar el mito en un soporte físico lítico, el metate con sus representaciones, se convierte en un símbolo que recuerda el relato del águila que come gente y las consecuencias de transgredir las normas culturales.
En términos iconográficos, las imágenes de aves en los soportes podrían representar no seres conduciendo al difunto a otro plano, sino personas que han infringido normas culturales y que son llevadas por las aves a un lugar simbolizado por las cabezas que rodean el plato. Estas cabezas, más allá de interpretarse como “cabezas trofeo”, podrían representar a personas fallecidas que han infringido las normas culturales dispuestas.
La similitud en las facciones de las cabezas no implica que sean la misma persona o que todos sean iguales, ya que los relatos míticos no buscan certezas representacionales, sino potenciar las cualidades metafóricas basadas en la vivencia compartida del grupo cultural.62
El último campo de imaginería lo constituye el panel colgante, el cual presenta una relación entre las representaciones modeladas y podría ilustrar la escena de la segunda parte del mito que inicia cuando el personaje principal es escogido e instruido para matar a uLùpú. La instrucción podría tratarse de una forma de iniciación, donde el neófito (sujeto que está atravesando la experiencia iniciática) se vincula con realidades cósmicas, experimenta una metamorfosis y, al adquirir un estatus diferenciado, se prepara para una nueva función en la vida.63 En sociedades tradicionales, los iniciados utilizan elementos visibles como tatuajes, marcas ceremoniales o cicatrices para simbolizar su transformación o nuevo estatus adquirido.64
Los bribris continúan empleando penachos como muestra de que la persona posee un conocimiento conferido por el animal del cual está hecho el tocado. Este elemento representa un tipo de stë: “arte” que cumple la función de ẽ’ káchö; el cual, en términos literales, se traduce como “presentarse”, pero en este contexto implica que la persona está bien informada sobre el tema en cuestión y está debidamente preparada para llevar a cabo la acción planificada.65 En otras palabras, el penacho o tocado indica su estado de iniciado.
A partir de esta síntesis, nuestra propuesta es que la persona representada en la escena central del panel colgante es en realidad alguien con conocimiento; una persona iniciada en la actividad específica de caza del águila. Por eso su tocado tiene forma de un animal terrestre con los dientes delineados, boca cerrada y hocico con una ligera inflexión hacia arriba; elementos que lo distancian de un saurio, como han sugerido otros autores.
Al finalizar el relato mítico, de manera simbólica, queda patente la idea de los mundos inversos que ya ha sido desarrollada por otros investigadores.66 Sin detenernos en su planteamiento, basta decir que, de acuerdo con la cosmovisión talamanqueña, el universo está construido a partir de unidades dicotómicas en contraposición, en donde la realidad cotidiana es una imagen aparente de la verdadera realidad que se encuentra en otro plano.
De forma que cuando el ave lleva al personaje del relato al espacio desocupado del bosque67 es vista por los seres que lo habitan no como un águila, sino como un pavo y cuando el cazador ataca a las águilas/pavos, es visto por estos seres no como humano, sino como una zarigüeya. A partir de su iniciación el personaje ya no es percibido por los seres de la montaña como lo sería cualquier otro humano, sino que es un ser que ataca y mata pavos.
Conclusiones
En este trabajo se planteó un análisis desde el diseño e interpretación de un metate de panel colgante, a manera de estudio de caso, mediante un enfoque interdisciplinario que combina evidencia arqueológica y consideraciones etnográficas. Para esto último se tomó la narrativa como una herramienta para interpretar el pasado, al proponer que los elementos simbólicos del metate en estudio están construidos en relación con el relato mítico de los grupos talamanqueños sobre el águila que come gente (uLùpú). El metate en cuestión se convierte así en la materialización de la narrativa mítica que le dio origen y su análisis sugiere una conexión entre el artefacto y las normas culturales derivadas de la historia compartida.
El acercamiento metodológico propuesto presenta una serie de ventajas, como la combinación interdisciplinaria de la arqueología, etnografía y análisis de diseño, con lo que se obtiene una interpretación multidimensional del objeto escultórico que considera el contenido simbólico y cultural, además de aspectos funcionales. De la misma forma, el análisis estructural desde el diseño y el estudio de la proporción del metate permiten inferir una lógica interna y un sistema de retículas que no sólo resuelve problemas funcionales, a su vez permite argumentar la recurrencia de elementos que podrían apuntar a una estética precolombina.
A pesar de esto, se debe indicar que el acercamiento presenta algunas desventajas que deben ser tomadas en cuenta para futuros trabajos, la primera es que la interpretación propuesta está limitada por la falta de ejemplares comparativos, esto podría sesgar las conclusiones, por lo que, para un futuro, si se desea continuar con este trabajo, se debe ampliar la muestra de análisis; la cual, a su vez tiene limitaciones por lo discutido en relación con el contexto arqueológico de los objetos.
Ahora bien, como se indicó, la caracterización de este objeto y sus segmentos se realiza mediante criterios tecnológicos, iconográficos y un análisis desde el diseño, incluyendo aspectos vinculados con la estructura y morfoproporcionalidad. A pesar de los desafíos y la cautela necesaria al inferir usos precolombinos de la información etnográfica reciente, el estudio propuesto ofrece una aproximación integral, y revela la complejidad cultural y simbólica asociada con los metates de panel colgante durante la Fase El Bosque en la Región Arqueológica Central de Costa Rica.
Esta Fase se comprende como un periodo crucial en la transformación socioproductiva y cultural de las comunidades precolombinas; testifica cambios en las dinámicas agrícolas, y marca el surgimiento de aldeas sedentarias, sociedades tribales y un aumento demográfico sin precedente. La diversificación en la producción alimentaria se acompaña por la formación de asentamientos agrícolas dispersos, aunque con una mayor nucleación en áreas específicas como Guayabo de Turrialba, sitio ubicado a escasos kilómetros de donde proviene el metate de panel colgante sobre el que versa este estudio.
Este excedente en la producción propició el inicio de la formación de unidades políticas de tipo tribal, siendo los metates de panel colgante elementos que constituyen bienes de prestigio, expresiones tangibles de la complejidad cultural y la transformación socioeconómica que caracterizó este periodo en la historia precolombina de la región.
El metate en estudio reveló una compleja interconexión entre su diseño y la naturaleza de la materia prima, evidenciando soluciones estructurales para superar desafíos presentes en el bloque de andesita. La falta de simetría en algunas facetas y el uso de un soporte trapezoidal ilustran la adaptación ingeniosa del escultor para asegurar la estabilidad del artefacto. Además, la presencia de cuidadosas representaciones, como las cabezas talladas y las figuras zoomorfas, refleja la diversidad simbólica y conceptual de la pieza.
La identificación de una retícula en el diseño del metate permitió dilucidar un sentido de orden y estructura en el proceso creativo, brindando flexibilidad al escultor para adaptarse a las características específicas de la roca. Este enfoque sistemático y la elección de la proporción de una cabeza como unidad de medida, no sólo del objeto, sino de los personajes centrales, sugieren la presencia de un lenguaje visual coherente en la producción del diseño precolombino en Costa Rica.
Los estudiosos del diseño y del arte saben que la proporción es un valor estético basado en la búsqueda de la belleza y la armonía en la creación visual. Es claro que aquello que una cultura considera agradable en un sentido estético puede no ser percibido de la misma manera por otra cultura, de forma que la aplicación y los detalles formales pueden variar según la región y la tradición cultural.
Estas variaciones en la apreciación estética pueden deberse a una combinación de razones, incluidos los contextos sociohistóricos, las tradiciones visuales, las influencias espirituales o lo que podríamos llamar filosóficas. De forma que proponer algo más que lo que hasta el momento se ha dicho sobre ello es arriesgado.
Futuros estudios interesados en esta temática podrían ampliar la muestra a analizar para determinar si es algo recurrente o estandarizado en los metates de panel colgante, así como cerciorarse de que concuerden los datos en otras manifestaciones escultóricas de la misma región y temporalidad.
Para finalizar, el análisis detallado del diseño del metate de panel colgante permitió proponer la vinculación de la tradición oral talamanqueña con las representaciones visuales, considerándolas símbolos que proporcionan acceso a un relato mítico. Este enfoque hace posible sugerir como hipótesis una conexión intrínseca entre el mito del águila que come gente y las circunstancias históricas y culturales de la población talamanqueña de la Fase El Bosque. La interpretación simbólica de las imágenes en el metate ofrece una mirada en la que este artefacto no sólo cumple una función material, sino también sociocomunicativa, al actuar como un narrador de condiciones culturales y enseñanzas trascendentales.
El relato mítico del águila que come gente, transmitido de forma oral, emerge como un recurso crucial para entender las pautas culturales y la orientación de la comunidad talamanqueña. Este mito pareciera integrarse en el metate como un medio didáctico, en el cual las representaciones visuales sirven para recordar las consecuencias de transgredir normas culturales y la importancia de la armonía entre la comunidad y su entorno. En conjunto, se propone el metate de panel colgante como un portador de significado, que entrelaza el tejido de la tradición oral y visual talamanqueña.68










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