Introducción
Este dossier presenta al pragmatismo como una filosofía viva. Sin atar esta tradición filosófica a una definición formal (de hecho, su resistencia a la formalidad y a las definiciones exactas es una de sus notas distintivas), los ensayos aquí reunidos exhiben fidelidad a las orientaciones pragmáticas claves. El pensamiento pragmatista respeta la experiencia vivida y las perspectivas plurales; atiende a la relación entre teoría y práctica, enfatiza la acción concreta y se muestra sensible a la apertura de nuevas posibilidades y a la transformación continua de la realidad. En efecto, William James, el primero en emplear el término pragmatismo, lo equiparó con un “método” para explicar su compromiso, ya no con “algún resultado en especial”, sino con “las posibilidades en la naturaleza”1. Estas cualidades le permiten al pragmatismo funcionar como árbitro entre compromisos filosóficos e ideológicos. Esto fue un factor principal para su emergencia en el rico contexto de debates culturales y teóricos, en especial a fines del siglo XIX en Estados Unidos, con raíces y relaciones de amplio alcance en tiempo y lugar.
Como muestran los siguientes ensayos, la vida del pragmatismo, debajo y alrededor de muchas tradiciones, también explica su continua relevancia para comprender el tiempo de su fundación y obtener ideas perspicaces sobre teorías y prácticas posteriores. Podemos referir, en particular, a sus discusiones con la metafísica y el escepticismo, los modos de emplear la ciencia mientras se ponen en cuestión sus resultados, de conectar los planteamientos del pragmatismo con diversos métodos y disciplinas, de respaldar proposiciones en búsqueda de transformaciones éticas y políticas, y de identificar su compromiso para cambiar las circunstancias y generar actualizaciones en su interior.
Conforme con su pluralismo, el pragmatismo tiene varios fundadores, incluidos Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey. Mientras estudiaban ciencia en las décadas de 1860 y 1870, Peirce y James discutieron el pragmatismo “extraoficialmente” (in all but name), en vista de comprender el conocimiento científico y la relevancia de sus métodos para la filosofía y la religión. Sentaron las bases de lo que en 1898 pasaría a denominarse de ese modo en filosofía. James reconoció a Peirce por las ideas “introducidas en la filosofía” sobre las creencias como “normas de acción”.2 Inspirado en la ciencia, el método de Peirce de considerar los efectos prácticos concebibles para evaluar el significado del pensamiento, basado en qué conducta es adecuado producir, sería “el principio del pragmatismo”.3 Dewey estudió a Peirce y James, vio en sus ideas un potencial para la reconstrucción en la filosofía, y aplicó el pragmatismo en una amplia gama de experiencias de vida, en especial la política, la sociedad, la educación, el arte y la religión.
Los ensayos del dossier abordan tres tareas principales para comprender distintas dimensiones del pragmatismo:
Innovaciones pragmatistas en sus orígenes
Anticipaciones pragmatistas de teorías y prácticas posteriores
La particular significatividad de John Dewey
En el origen del pragmatismo: innovaciones en contexto
Los pragmatistas forjaron sus ideas a partir de la fidelidad a las experiencias de vida. Las contribuciones de este dossier dan cuenta de algunas innovaciones teóricas en el trabajo de William James sobre religión, y en el de George Herbert Mead y James Tufts sobre arte.
Tanto Peirce como James tomaron con seriedad a la religión por su potencial relación con la epistemología y sus efectos prácticos. Para ellos, no representaba una ruptura con la ciencia; de hecho, James denominó a sus investigaciones religiosas como “ciencia de la religión”.4 José Jatuff explora el pensamiento religioso de James en este sentido, al identificar sus acercamientos genéticos y evaluativos para comprender la formación histórica de la religión y su valor vivido. En cuanto a las cualidades genéticas de la religión, Jatuff muestra a James en el contexto de las teorías emergentes sobre el poder de las figuras heroicas de la historia, el método patológico y el concepto sociológico de mímesis. Para algunos teóricos, estas descripciones de la religión apuntan a reducciones materialistas de las creencias humanas, a estados de enfermedad o a otras “degradaciones”. James realiza una inversión cultural, al sondear “biológica y psicológicamente” hacia lo “subliminal”, dentro de la naturaleza humana, pero cerca del “plus” de las experiencias religiosas. Esta perspectiva funciona como base para los aspectos evaluativos de la religión. Jatuff muestra que James respeta la religión por añadir “utilidad para la vida”, especialmente por “despertar posibilidades insospechadas”, contextualiza y desarrolla la máxima jamesiana por la cual las creencias religiosas son significativas por “sus frutos” y no sólo por “sus raíces”.5
Las lecturas de Peirce y James estimularon a Dewey a elaborar una filosofía pragmatista y a considerar sus ideas y recursos en un abanico de aplicaciones prácticas. Dewey es conocido por sus comentarios sociales y políticos, y tuvo mucha influencia al impulsar los enfoques experimentales en investigación. Además, Dewey extendió el alcance del pragmatismo con la publicación de Art as Experience.6 Allí, utilizó el énfasis de la filosofía en la experiencia vivida para dar cuenta del arte, en tanto pasa de las representaciones a las abstracciones, en relación con el artista y con la experiencia del espectador. Pero no estuvo solo. Laura Elizia Haubert amplía nuestra comprensión de la estética pragmatista al incluir el pensamiento de George Herbert Mead y de James Tufts. Ellos contribuyeron a la comprensión experimental del arte con sus ideas sobre el papel de la estética pragmática como enfoque metodológico para estimular la creatividad y conectar con el público. El poder amplificador del pensamiento metodológico de Mead y Tufts muestra el potencial del arte para prosperar como proceso, indagar como investigación, jugar con la creación de signos o generar más posibilidades imaginativas. La ampliación del canon hecha por Haubert ensancha el alcance y la significatividad de la estética pragmatista.
Por su parte, Edgar Sandoval examina las vicisitudes del pragmatismo clásico al destacar cómo la experiencia y la acción funcionan como continuos del pensamiento, y cómo estas nociones determinan distintas maneras de comprender el interés mismo del pragmatismo. El recorrido inicia con la recuperación de la herencia kantiana, en particular la idea de la autodeterminación mediante la acción, que muchos pragmatistas consideran un punto de partida inevitable. Sandoval subraya que actuar no es sólo ejecutar decisiones, sino configurar el marco de la experiencia posible, de modo que el sujeto se constituye en su modo de intervenir en el mundo. Desde allí, el análisis se desplaza hacia ciertos debates académicos donde proliferan razonamientos que se independizan de las situaciones concretas. El autor advierte sobre estas “fantasías lógicas” surgidas cuando el pensamiento se abstrae en exceso de los contextos que le dan sentido. Para el espíritu pragmatista, razonar sin situación es vaciar de contenido lo que se pretende explicar. El texto culmina en la articulación entre experiencia, acción, pensamiento y creencia, tratada como un flujo continuo. Aparece con fuerza el pragmatismo jamesiano, dado que James entiende que las creencias se justifican por los efectos producidos en la vida práctica. Pensar es siempre intervenir en el mundo, y toda intervención transforma la textura de la experiencia.
Raíces filosóficas pragmatistas: anticipar teorías y prácticas
La vida del pragmatismo se extendería en investigaciones posteriores sobre diferentes áreas, al mostrar su anticipación a ideas subsecuentes y también las dimensiones pragmáticas de muchas teorías modernas, incluyendo semiótica y ciencias cognitivas, como señalan las contribuciones del dossier.
El artículo de Gerardo Allende Hernández muestra cómo la metafilosofía pragmatista de Rescher permite releer el debate entre conceptualismo y no-conceptualismo mediante la noción de grupo aporético: un conjunto de tesis incompatibles pero defendibles desde compromisos previos. Bajo esta mirada, la disputa entre quienes afirman que todo contenido mental está mediado por conceptos y quienes sostienen la existencia de contenidos no conceptuales no puede resolverse sólo en el plano inferencial, pues cada postura se basa en valores cognoscitivos distintos, es decir, en criterios de relevancia y prioridades epistémicas asumidos antes de la discusión. Al poner el acento en estos compromisos de fondo, el autor sostiene que el debate queda encerrado en una estructura que garantiza su estancamiento: no hay argumento decisivo porque cada lado opera con categorías cuyo sentido depende de esos valores divergentes. La salida pragmatista no busca derrotar conceptualmente al adversario, sino transformar el marco mismo del desacuerdo: reformular o desplazar las categorías centrales, e introducir distinciones que permitan reconfigurar el escenario. Sólo así emergerán nuevos problemas y discusiones que eviten repetir el impasse original. La intervención pragmatista se entiende, entonces, como una reconstrucción conceptual orientada a abrir el debate, en lugar de prolongar su circularidad.
Richard Shusterman profundiza el tratamiento de la relación entre teoría y práctica en el pragmatismo, indica formas en las que Peirce, James y Dewey desarrollan recursos para las investigaciones en curso sobre ciencias cognitivas. A través de su influyente trabajo en somaestética para acercar ambos campos, Shusterman muestra que la noción de impulsos no-dualistas, planteada por los pragmatistas tempranos, con la evaluación del pensamiento incorporado, enactivo, integrado y extendido, apuntan a formas en las cuales la cognición humana es esencialmente afectiva y opera con dimensiones estéticas. Los pragmatistas tempranos no sólo construyeron su pensamiento a partir de sus investigaciones científicas y las reflexiones sobre sus métodos, sino que contribuyeron a investigaciones científicas luego de su propio tiempo. El enfoque de Schusterman en la cognición afectiva profundiza la comprensión del pragmatismo y señala su importancia como recurso para la ciencia cognitiva, tanto en el descubrimiento del poderoso rol de las experiencias afectivas en el pensamiento, como en sus sugerentes formas de comprender a la ciencia en relación con el arte.
A su tiempo, el pragmatismo ha sido influyente no sólo en debates teóricos sino también en prácticas culturales y políticas. Esto incluye el tratamiento de algunos desafíos de nuestro tiempo particularmente complejos, entre ellos la defensa del valor de la democracia y el abordaje de la crisis que azota al mundo moderno. Livio Mattarollo ilustra la importancia del pragmatismo para tratar con desafíos recientes, en específico a partir de la proliferación de las redes sociales y su potencial para estimular propagandas manipuladoras y perjudiciales para la deliberación democrática. El campo de la epistemología política incluye la evaluación de estos desafíos y de algunas posiciones que llegan a plantear incluso el abandono de la democracia. Por ejemplo, Jason Brennan defiende el desarrollo de las epistocracias con base en el conocimiento de cada individuo sobre los temas a decidir, desarrollo que prioriza las decisiones epistémicamente sólidas, a costa de los derechos a la participación política. Luego de identificar el perspicaz diagnóstico de los problemas de la democracia hecho por Brennan, Mattarollo plantea su desacuerdo con las resoluciones ofrecidas por Brennan, al considerar que no se ajustan a “la dimensión práctica de la política” y, de hecho, señala que pueden exacerbar las reacciones populistas frente a las epistocracias elitistas. Mattarollo avanza un paso más con la apelación a los recursos con los cuales John Dewey defiende la cultura democrática. En efecto, el pragmatismo ofrece una respuesta teórica a la fe de Brennan en las élites epistémicas y su atención al rol de la selectividad y el autointerés, incluso en las construcciones teóricas más elaboradas; a través de ellas, esboza dudas sobre el valor práctico y moral de cualquier decisión absoluta. Apoyado en la tradición del pragmatismo, Mattarollo propone que la solución a los problemas de la democracia no es menos democracia, sino más.
Discusiones profundas a partir de John Dewey
Este dossier también explora la vital importancia del pragmatismo a través de dimensiones específicas del pensamiento de John Dewey, con atención especial a la relevancia de sus teorías educativas para la terapia ocupacional y el potencial de su filosofía de la cultura material para comprender la relación entre mente y materia.
Juan Manuel Saharrea extiende el énfasis de Dewey en la experiencia y la educación, como preparación para el resto de la vida, hacia la examinación de las implicaciones de sus teorías sobre las ocupaciones. Aprender mediante el hacer fue una propuesta muy importante en el Laboratory School de Dewey; este enfoque se torna aún más significativo para el mundo del trabajo. El “enfoque ocupacional” de Saharrea tiene un significado práctico para el uso de las ideas de Dewey en terapia ocupacional. El artículo muestra cómo aprender en el aula y en el trabajo relaciona aspectos epistemológicos y políticos respecto a conocer mediante la experiencia y fortalecer el encuentro democrático. Aula y trabajo, conocimiento y encuentro dan cuenta, en conjunto, del compromiso de Dewey con la centralidad del crecimiento para la vida humana.
Como es bien sabido, Larry Hickman ha sido fundamental para dar cuenta de la filosofía de la tecnología implícita en el pensamiento de Dewey, con su interpretación de las ideas como herramientas que dan cuenta de la investigación como descubrimiento tecnológico. Éstos son modos claros de expresar el antidualismo en pragmatismo y su acercamiento a la filosofía como método. Federico López y Elías Morales ahondan esta interpretación al mostrar cómo la asociación entre investigación y tecnología, y la comprensión de la tecnología como pensamiento encarnado, funcionan como un modo de entender el alcance del pensamiento de Dewey y sus implicancias en la ciencia y la política hasta el arte y la religión. Sus dimensiones tecnológicas, en efecto, muestran su compromiso con una filosofía de la materialidad, con la mente como emergente de la sustancia física y añadiendo propósitos y elecciones al mundo material circundante. Las ideas de López y Morales sugieren que la perspectiva experimental de Dewey, con la mente involucrada en procesos creativos al momento de decidir qué hacer en circunstancias específicas (estudios artísticos, laboratorios, aulas, sociedad, comunidad y más), son muestra de su compromiso con una filosofía de la cultura material.
A tono con el espíritu del pragmatismo, los lectores del dossier accederán a ricas interpretaciones no sólo de la emergencia de esta tradición, sino de su alcance en nuestro propio tiempo y lugares. Estos textos también guiarán hacia el pluralismo del pragmatismo y la potencialidad de sus teorías en ciencia y arte, sociedad y política, cultura y religión, todos ellos catalizadores del pensamiento y las prácticas humanas.










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