Introducción
En las últimas dos décadas han surgido diversas agrupaciones de ciudadanas y ciudadanos en México que se autodenominan afrodescendientes, afromexicanas, negras o prietas y que demandan el cumplimiento de derechos constitucionales, erradicar las prácticas racistas y el reconocimiento de la presencia histórica de las y los afrodescendientes en las narrativas históricas nacionales.1 La diversidad de agrupaciones que integran lo que se ha denominado movimiento afromexicano también coincide con la falta de interés tanto de los gobiernos estatales y federal, como de la población en general, para reconocer la importancia de su contribución en términos históricos, culturales y económicos. Lo que ha abierto el debate sobre la importancia de la investigación histórica y la necesidad de su divulgación más allá del ámbito académico.
Por su parte, la historiografía sobre la presencia de las poblaciones de origen y de descendencia africana desde el periodo colonial de lo que hoy es México tiene una larga historia que se remonta a la primera mitad del siglo xx. El médico y antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán emprendió la más completa investigación sobre la comercialización y esclavización de personas de origen africano en Nueva España con base en una amplia documentación del Archivo General de la Nación publicada en 1942, siguiendo los postulados de la antropología cultural de aquellos años.2 En las décadas posteriores, se produjo un relativo vacío historiográfico en la academia mexicana.3 Fue hasta las décadas de 1980 y 1990 que las y los discípulos de Aguirre Beltrán impulsaron desde México una serie de estudios a nivel estatal y regional sobre la demografía de la población “negra” y “mulata” tanto libre como esclavizada.4 Se realizaron seminarios y encuentros académicos en los que se empezó a difundir el tema y se popularizó que “la tercera raíz” cultural de las y los mexicanos fue la africana.5
A partir de la primera década del siglo XXI, las investigaciones históricas sobre las poblaciones afrodescendientes han aumentado de manera considerable y se han sumado tesis de licenciatura, maestría y doctorado, además de la publicación de artículos en revistas y materiales de difusión.6 Es decir, que el argumento de que es un tema poco estudiado y del que desconocemos, cada vez es menos sostenible.
Por otro lado, se han impulsado diversas iniciativas relacionadas con la visibilización de las poblaciones afrodescendientes: talleres de divulgación histórica en las comunidades donde se desarrollan los Encuentros de Pueblos Negros;7 creación del Museo de las Culturas Afromestizas en Cuajinicuilapa, Guerrero en 1999; surgimiento de organizaciones comunitarias y de colectivos de la sociedad civil y académicos;8 la declaración del Decenio Internacional para los Afrodescendientes de 2014 a 2024;9 el rescate de expresiones culturales como la danza de los diablos; debates entre académicos y funcionarios públicos; campañas de sensibilización sobre la importancia del autoreconocimiento realizadas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía previas al Censo de Población y Vivienda de 2020; exposiciones temporales en instituciones culturales, creación de sitios web con exposiciones virtuales; instauración de lugares de memoria de esclavitud; y la reciente adhesión de referencias sobre las poblaciones afrodescendientes en el Museo Nacional de Antropología, entre otros. Sin embargo, aún no es suficiente, pues la exclusión, el desconocimiento y la invisibilización de las poblaciones afrodescendientes en nuestro pasado, continúa teniendo consecuencias desfavorables en el presente. En ese sentido, en esta investigación parto de la hipótesis de que la reconstrucción de la memoria histórica puede ser un camino más para visibilizar a las poblaciones afrodescendientes en el pasado y en el presente, aunque dicho camino no está exento de dificultades y retos propios de la compleja relación entre la memoria y la disciplina histórica.
La memoria histórica hace referencia al proceso individual y colectivo de recordar, transmitir y preservar acontecimientos, experiencias y conocimientos a través de generaciones, aunque también está relacionada con la reflexión sobre la importancia de esas memorias en el presente, es decir, nos invita a reflexionar sobre qué rememoramos, a quiénes, porqué y qué utilidad o relevancia tienen esas memorias en el presente. Por su parte, los estudios históricos contemporáneos sobre poblaciones africanas y afrodescendientes en México también han cuestionado la escritura de la historia oficial, en especial la decimonónica y la de buena parte del siglo xx que minimizó o negó la existencia de la esclavitud durante el periodo colonial, “blanqueó” a ciertos personajes y colaboró en la construcción de estereotipos.
Los estudios históricos contemporáneos sobre las poblaciones afrodescendientes han demostrado la importancia del componente africano y de sus descendientes y la diversa movilidad social y económica, así como la capacidad de adaptación, negociación y resistencia, es decir, su capacidad de agencia. Precisamente, dentro de esas capacidades, también se encuentra el uso de la transmisión y preservación de conocimientos y experiencias dentro de comunidades y grupos.
El objetivo de la investigación es mostrar los retos y las oportunidades que surgen de la intersección entre la memoria y la disciplina histórica mediante el análisis de ejemplos sobre los usos de la memoria histórica para el caso de las poblaciones afrodescendientes en Veracruz. Si bien, es difícil sostener que existen memorias heredadas homogéneas, íntegras o inquebrantables entre las comunidades afromexicanas, el análisis de fuentes documentales permite plantear que en nuestros pasados coloniales los ejercicios de rememoración tanto individuales como colectivos fueron utilizados por los denominados negros y negras, por mulatas y mulatos y por pardos y que “escuchar” esos “ecos del pasado” contribuirá a comprender mejor nuestro presente.
En la primera parte, se hace una breve revisión de los principales debates entre la memoria y la historia para pasar a una propuesta de lectura historiográfica sobre su aplicación durante las últimas décadas en América Latina. Posteriormente, se muestran dos ejemplos sobre el uso de prácticas de memoria por afrodescendientes basados en documentos municipales y publicaciones periódicas correspondientes al actual estado de Veracruz que muestran el uso de la memoria colectiva e individual para cerrar con algunas hipótesis sobre la construcción del olvido histórico de dicho sector.
Notas sobre el estudio histórico de la memoria en el siglo XX
El interés por la memoria, es decir, por estudiar su dinámica, sus límites y la forma en la que se construye, se puede remontar a la obra del psicólogo y sociólogo francés Maurice Halbwachs, La memoria colectiva (1925). En esta obra, sostiene que la memoria individual no proporciona condiciones suficientes para el ejercicio de rememoración y reconocimiento de recuerdos perdurables en el tiempo, para que la memoria sea completa y continua requiere mínimo de dos condiciones: que sea colectiva, es decir que sea compartida por los miembros de alguna agrupación y de espacios en los que se lleven a cabo los encuentros sociales de intercambio y rememoración. Más adelante ambas condiciones serán debatidas en los ejemplos de análisis. Sobre el olvido, sostiene que ocurre cuando hay una desvinculación en el grupo o en el colectivo, sin embargo, el olvido no elimina el suceso. Finalmente, uno de los postulados que abrió otro debate y que fue retomado décadas posteriores, fue que la memoria es colectiva pero no es histórica. Para Halbwachs la historia inicia cuando la tradición y la memoria colectiva se extinguen, al persistir éstas, no se requiere fijarlas por escrito.10
Para comprender la crítica de Halbwachs es necesario señalar que en aquel momento la disciplina histórica pasaba por un momento de crisis y reconfiguración, en especial en Francia. Al profesionalizarse la Historia mediante un método de investigación y reglas que tenían como finalidad el principio de verdad, la metodología historicista impulsó la elaboración de relatos de historia política y militar sobre la configuración de los estados nación que respaldaron discursos hegemónicos nacionalistas y que excluyeron la memoria de los diferentes grupos sociales que no pertenecían a las élites. Luego de la Primera Guerra Mundial, surgió una propuesta de escritura de la historia que se contrapuso al positivismo y privilegió los aspectos económicos, sociales y culturales de las sociedades. La llamada Escuela de los Annales se inclinó hacia el estudio de procesos históricos de largo aliento, de la continuidad y el cambio en las mentalidades e impulsó la “historia-problema” en la que el historiador reconocía su papel activo en el proceso de selección y formulación de hipótesis.
Otro momento importante en la relación entre la memoria y la Historia fue la década 1940, pues hubo diferentes procesos históricos que derivaron en la valoración del testimonio oral y sus memorias como fuente para la historia. Tras la Segunda Guerra Mundial, el testimonio de victimarios y víctimas de la guerra se convirtió en fuente documental para el esclarecimiento de los hechos, para la búsqueda de justicia y para la escritura de la historia reciente.11 Por otro lado, a finales de dicha década, el periodista e historiador Allan Nevins impulsó la fundación del Center for Oral History en la Universidad de Columbia con la finalidad de recuperar y organizar “la historia viva” de los habitantes, en específico de la ciudad de Nueva York, a través de entrevistas extensas de personajes de la vida política y cultural, pero también de personas comunes, con la convicción de que el conocimiento de una persona puede ayudar a definir el contexto de las acciones sociales y políticas de su presente y su futuro.12 Sin embargo, la entrevista, principal metodología para la construcción de la historia oral, se relacionaba más con la disciplina antropológica, sociológica y con el periodismo que con la disciplina histórica. Fue hasta 1978 que el historiador y sociólogo Paul Thompson articuló una defensa de los testimonios orales y planteó una metodología para la escritura de la historia mediante el uso de entrevistas en su libro The Voice of the Past. Para Thompson, la historia debía devolver el pasado no sólo a los líderes sino también a las mayorías desconocidas en un lenguaje sencillo para ayudar a construir un futuro de elaboración propia.13 De modo que, el registro de las rememoraciones se convirtió en el principal medio para recuperar las experiencias de sectores marginales que habían permanecido excluidos de las narrativas nacionales elaboradas por las élites.
Los cambios de paradigmas sociales y políticos de la década de 1970 también trastocaron la escritura de la historia y su relación con la memoria. La aceptación del testimonio como fuente legítima para la historia se insertó en el auge de la llamada “nueva historia social”. Diversos grupos cuestionaron la historia hegemónica y demandaron a las y los historiadores tomar en cuenta a otros sujetos históricos y a las memorias periféricas, en especial en Francia. Peter Burke explica en La revolución historiográfica francesa que en dicha década hubo una crisis epistemológica en las ciencias sociales. Los estudios históricos cuestionaron la metodología cuantitativa y las nociones de “mentalidad”, “cultura popular” y “clase social”, conceptos que habían sido impulsados por las tres generaciones de la Escuela de los Annales, corriente que empezó a agotarse en la medida en que su renovación temática y metodológica se vio limitada.14 En cambio, la historia cultural se situó como una de las corrientes historiográficas predominantes junto con los temas relacionados con la reivindicación de las identidades de las naciones recientemente conformadas e independizadas y de las memorias de sectores subalternos, marginalizados y periféricos, lo que también llevó a cuestionar el rol social y la responsabilidad del quehacer histórico con los procesos sociales y políticos del presente. Las nociones sobre la importancia del presente en los procesos de investigación del pasado que se venían gestando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial se materializaron en 1978 con la fundación del Instituto de Historia del Tiempo Presente por François Bédarida en el Centro Nacional de Investigación Científica en París.15 El estudio histórico de los procesos contemporáneos quedó institucionalizado y la “historia del tiempo presente” ganó legitimidad y se erigió como una de las corrientes historiográficas predominantes hasta nuestros días.
Recordemos que en aquellos años, también surgieron otros modelos teóricometodológicos que criticaron el discurso eurocéntrico de la historia elaborados por investigadores provenientes de las excolonias de países europeos y que conformaron la Escuela de Estudios Subalternos y los Estudios Poscoloniales.16 Lo que derivó en la premisa compartida por la historia, la antropología y la sociología de la importancia de tomar en cuenta que la memoria es producto de una construcción social y que tiene usos políticos y culturales.17
En la década de 1980 fue publicado un proyecto de investigación encabezado por el historiador francés Pierre Nora que reunió a más de setenta historiadoras e historiadores. Los trabajos fueron recabados en siete volúmenes publicados entre 1984 y 1992 bajo el nombre Les lieux de mémoire y tienen de común denominador la reflexión sobre las memorias colectivas y la nacional, así como la pregunta sobre las relaciones entre éstas y la disciplina histórica.18 La propuesta de Nora radica en la reconstrucción de la memoria a través de “los lugares de memoria”, es decir, de los espacios donde la memoria colectiva se refugia. En este sentido, la tarea del historiador radica en la reconstrucción de las memorias perdidas a través de los lugares, entendiendo por lugar tanto lo material como lo simbólico y lo funcional: himnos, memoriales y monumentos, bibliotecas y diccionarios, fiestas y conmemoraciones, entre otros.19 Si bien, la obra constituyó un referente para la historia nacional de Francia, para el tema que nos incumbe retomaremos sólo la distinción que el autor realiza entre memoria e historia y que desarrolla en el artículo inaugural de la obra “Entre memoria e historia”. Para Nora, la memoria la desarrollan las comunidades o grupos vivos, por ello está en constante cambio. Se deforma y complementa mediante la rememoración, pero también es vulnerable al olvido y a las manipulaciones. Además, la memoria es diversa y es múltiple porque emana de los grupos, de modo que hay tantas memorias como personas y agrupaciones. En cambio, la historia es el ejercicio reconstructivo de la representación del pasado. Más que un ejercicio emotivo, se trata de un ejercicio intelectual de elaboración de un discurso crítico y que es problemático porque a pesar de que posee una metodología, el resultado es incompleto ante la imposibilidad de representar enteramente el pasado. La historia tiene una aspiración universal, en el sentido que intenta que todos se identifiquen con ella, de ahí que el autor nos diga que la historia pertenece a todos y a nadie.20
Para Nora, la reconstrucción de aquellas memorias perdidas debe pasar por la metodología histórica, por el análisis y la laicización. Tomando en cuenta que algunas de las preguntas entre la memoria y la historia son ¿qué del pasado perdura en el presente, cómo se recuerda, qué lugar ocupa y cuál es la relación entre el pasado, el presente y el futuro? Tenemos que la reconstrucción de la memoria está relacionada de manera muy cercana con el presente, de ahí que la propuesta de la historia de la memoria nos recuerde los postulados de Marc Bloch para quien el pasado se reconstruía en virtud de las necesidades del presente.21
Finalmente, Nora señala que la memoria y la historia caminaban de la mano cuando el pasado se transmitía entre las sociedades, pero cuando la memoria dejaba de ser vivida y transmitida de generación en generación y sólo se conservaban los símbolos y los ritos es cuando se daba una ruptura y la pérdida de esa “historia-memoria”. Los lugares de memoria daban cuenta de esa huella, de la memoria perdida para dar paso a la “memoria aprehendida por la historia”, una “historia de la memoria”. En la memoria viva los grupos o las personas tienen una relación significativa con el pasado y sus símbolos, cuando la memoria se pierde o se olvida el significado del símbolo, éste se convierte en el lugar de memoria. Nora señala que cuando el pasado es vivido por las personas se está en la memoria, cuando no, se está en la historia. Como se podrá notar, esta tesis guarda continuidad con la propuesta de Maurice Halbwachs que se enunció anteriormente.
Ahora bien, los debates sobre la memoria llegaron a América Latina en la década de 1990 en el contexto del fin de los regímenes autoritarios y dictatoriales. Cabe señalar que el siglo xx latinoamericano también estuvo signado por guerras, invasiones, inestabilidad y represiones políticas, dictaduras militares, movimientos armados, regímenes autoritarios y movimientos sociales que recrudecieron de 1960 a 1980, la llamada Guerra Sucia. En la década posterior, algunos de los países transitaron a gobiernos con democracia electoral y sectores sociales que habían estado al margen de la política o vejados por los regímenes gubernamentales exigieron el esclarecimiento del pasado reciente, justicia por los crímenes de Estado y la elaboración de nuevas narrativas nacionales.
En el Cono Sur, especialmente en Argentina, se empezaron a debatir de manera pública las heridas sociales del pasado reciente derivadas del exterminio y silenciamiento por parte de los regímenes autoritarios. En casos como el mexicano, algunas poblaciones indígenas se organizaron y conformaron el Ejército Zapatista de Liberación Nacional para demandar al Estado trabajo, tierra, vivienda, alimentación, salud, educación, autonomía, democracia, justicia y paz,22 lo que colocó en el centro del debate la deuda histórica hacia las comunidades indígenas. Los temas que el neozapatismo colocó en el ámbito nacional repercutieron en que otros sectores históricamente invisibilizados empezaran a cobrar importancia, como las y los afrodescendientes. De ahí que las y los testigos de la violencia política, tanto colonial como contemporánea, se convirtieron en sujetos de estudio y la memoria empezó a jugar un papel fundamental en la elaboración de narrativas históricas contrahegemónicas, para la transmisión de experiencias de víctimas y para el esclarecimiento de crímenes.
Eugenia Allier Montaño sostiene que aunque los acontecimientos sociopolíticos de cada país latinoamericano son distintos, hay dos principales memorias confrontadas en el pasado reciente de América Latina, por un lado, las “memorias del elogio”, que son aquellas que emanan de quienes buscan justificar y enaltecer sus acciones y presencia en el pasado reciente, por ejemplo militares, grupos paraestatales y sectores políticos y económicos participantes en regímenes autoritarios o dictatoriales y las “memorias de denuncia”, que emanan de aquellas personas que fueron reprimidas con el objetivo de romper el ciclo de impunidad y reestablecer la justicia.23 Por su parte, María Rosaria Stabili propone una metodología por etapas cronológicas para encaminar a la memoria hacia la verdad y la justicia en los casos de violencia política estatal en América Latina. En la primera, la rememoración individual o colectiva debe imponerse en el ámbito público y sólo cuando se haya realizado se puede avanzar a la siguiente fase, relacionada con la impartición de justicia, para luego pasar a la siguiente fase que es la de las reparaciones.24 Sólo si se transita de manera eficiente por estas tres etapas se puede pasar, menos conflictivamente, hacia la conmemoración.
Cerramos este recuento sobre los debates entre la historia y la memoria con las reflexiones provenientes de otro tipo de estudios: los del exilio. Para Clara Lida, quien ha investigado el exilio en México de españolas y españoles durante el franquismo, la memoria (individual o colectiva) y la historia tienen diferentes formas de comprender y relacionarse con el pasado. Al respecto señala:
La memoria es una representación del pasado desde la experiencia personal -o la suma de varias- y desde una mirada introspectiva y subjetiva que trasciende la exactitud de los hechos, aunque no esté exenta del conocimiento factual de ciertas facetas del pasado. La función esencial de la memoria es recordar y, etimológicamente, recordar (derivado del latín, cor) es un acto que pasa por el corazón, es decir, por lo íntimo de los sentidos.25
En cambio, la historia aspira al rescate de una verdad construida con base en multiplicidad de fuentes y en un ejercicio intelectual que produce, en el mejor de los casos, discursos críticos y analíticos. A pesar de los cuestionamientos de la posmodernidad sobre la imposibilidad de la noción de verdad, la disciplina histórica continúa apostando por la reconstrucción de los acontecimientos del pasado a través de distintos soportes documentales verídicos que son sometidos a metodologías que los comparan y evalúan con la finalidad de elaborar hipótesis para representar e interpretar el pasado.
Al respecto, Lida explica que el conocimiento histórico, al igual que cualquier conocimiento científico, es provisional pues está sujeto a reevaluación constante en la medida en que surgen nuevos datos y enfoques de análisis. En cambio, la memoria es consecuencia de lo vivido y está sujeta al ejercicio constante de recordar, recrear y olvidar en términos individuales o colectivos. Continúa explicando que:
La memoria […] es un fenómeno que selecciona y retiene como verdaderos aquellos datos que se nutren de la experiencia, las emociones, las reminiscencias e impresiones individuales, o de detalles simbólicos interiorizados por los sujetos a la vez que sacralizados y compartidos por un grupo determinado.26
En este sentido, la tensión entre ambas proviene de los posibles quiebres de la memoria al pasar por la metodología desacralizadora de la historia. Entonces, ¿qué comparten la memoria y la historia? De acuerdo con la misma autora: “aunque distintas en sus medios, memoria e historia coinciden en sus fines: por medio de recuerdo o del recordar, ambas se proponen reconstruir lo que fue y rescatar aquello que otros se han encargado conscientemente de suprimir u olvidar.”27 Es decir, que ambas comparten la intención de preservar ciertos acontecimientos del olvido, pues los consideran elementos importantes para el presente y para el futuro.
Como se ha mostrado, buena parte de los estudios históricos sobre la memoria en América Latina se han concentrado en temas relacionados con represión y violencia de Estado y aunque queda mucho por investigar sobre procesos en curso, como los casos de México y Colombia, los estudios sobre la memoria también han permeado otras temporalidades y colectivos, por ejemplo, y como se acaba de señalar, los diálogos emprendidos entre la memoria y la historia han sido claves para comprender las reconfiguraciones de colectivos exiliados, migrantes y en movimiento y de las sociedades receptoras en el siglo xx y XXI.28 La conjunción entre la historia y la memoria también ha sido esencial en el estudio del espacio urbano y sus transformaciones;29 otro de los campos de incidencia de la memoria ha sido la escritura de la historia y la visibilización de sectores sociales pertenecientes a las diversidades sexuales.30
Por otro lado, además del ámbito académico, las debates sobre la validez de una memoria hegemónica relacionada con el poder político han impactado el ámbito público a raíz de la intervención, modificación, remoción o sustitución de monumentos, en especial sobre el periodo colonial, lo que ha planteado interesantes debates sobre la legitimidad de las narrativas históricas en los espacios urbanos.31 En las últimas dos décadas, se han celebrado conmemoraciones históricas en México que abrieron el debate sobre lo que se rememora y visibiliza en la memoria nacional y se elaboraron trabajos críticos sobre sectores invisibilizados u olvidados como las poblaciones afrodescendientes.32 Además colectivos, instituciones académicas nacionales e internacionales y algunos sectores de la iniciativa privada han impulsado la resemantización de espacios públicos y la creación de sitios o lugares de memoria.33 Sin pretender agotar los ámbitos de incidencia de los estudios sobre la memoria, cabe señalar que el rescate de las memorias comunitarias también ha sido un elemento importante para la escritura de la historia regional.
De modo que la relación entre la memoria y la disciplina histórica en América Latina también es amplia y presenta desafíos, sin embargo, el campo de incidencia ha rebasado los temas relacionados con la represión política de los periodos de posdictadura. Tomando en cuenta las advertencias de la historiografía, a continuación se analizan dos ejemplos relacionados con las poblaciones afrodescendientes en el siglo xviii novohispano, el primero representa un ejemplo de memoria colectiva de milicianos libres y el segundo representa un ejemplo de memoria individual de una persona esclavizada para finalizar con algunos apuntes sobre la “construcción” del olvido histórico.
Apuntes sobre la memoria histórica de las poblaciones afrodescendientes
La reconstrucción de la memoria histórica de las poblaciones afrodescendientes en México es un reto porque la historia y las ciencias sociales en general, desdeñaron la presencia de estas poblaciones hasta la segunda mitad del siglo xx, como se mostró en la primera parte de este texto. Y aunque se ha avanzado, existen vacíos espaciales, temporales y temáticos que impiden tener las piezas completas de nuestro pasado y comprender el devenir de dicho grupo, en especial durante la segunda mitad del siglo xix y la primera mitad del siglo xx. Las razones de este vacío han sido explicadas por diversos investigadores e investigadoras. A mí parecer, pueden resumirse en dos complejos procesos: por un lado, los cambios en los usos de las calidades desde finales del siglo xviii y las iniciativas de abolirlas que se materializaron luego de la independencia de México,34 desembocaron en la reducción de fuentes históricas que nos permitan ubicar el devenir de las y los afrodescendientes a partir de la década de 1840;35 por otro lado, la creencia gestada desde el propio siglo xix de que estas poblaciones habían sido minoritarias y diluido durante el periodo colonial derivó en que se subestimara su estudio, como se ejemplificará más adelante.
La disminución de investigaciones históricas sobre las poblaciones afrodescendientes de la segunda mitad del siglo xix y la primera parte del siglo xx impide trazar una línea de continuidad con las poblaciones que se autodefinen como afromexicanas en la época contemporánea. Como se señaló, las diversas agrupaciones académicas y activistas están emprendiendo acciones por la visibilización y reconocimiento de este grupo, iniciativas en contra del racismo y la discriminación, así como el rescate de tradiciones culturales a través de la recuperación de las memorias comunitarias.36 Aunque aún faltan apoyos económicos para la realización de investigaciones interdisciplinarias para el registro de las memorias vivas de comunidades afrodescendientes, la tarea ha iniciado.
Otra de las acciones, que forman parte del Proyecto Internacional La Ruta del Esclavo de la unesco, es la declaración de “Sitios de Memoria de la Esclavitud” cuyo objetivo es: “identificar espacios o lugares significativos en los que se recuerde, se reconozca y se rinda tributo a las miles de personas de origen africano que fueron esclavizadas y trasladadas a distintas partes del mundo a través del comercio por mar y tierra entre los siglos xv y xix”.37 Hasta el momento, en el caso mexicano se han declarado “Sitio de Memoria de la Esclavitud y las Poblaciones Africanas y Afrodescendientes” en el Centro Histórico de la Ciudad de México (en 2016), la población de Cuajinicuilapa en el estado de Guerrero (marzo de 2017), el puerto de San Juan de Ulúa y la población de Yanga en Veracruz (en diciembre de 2017).38 Sobre el último, Citlalli Domínguez señala que:
Así, en esta ciudad-puerto africanos y afrodescendientes conocieron el inicio de un nuevo destino sujeto al trabajo en puertos, ciudades, haciendas, ingenios, minas y obrajes. Hoy en día se pueden reconocer elementos de ese pasado en diversas facetas de la vida cotidiana de Veracruz. En las haciendas e ingenios de las zonas de Orizaba, Jalapa y Córdoba todavía pueden apreciarse vestigios de estas construcciones en las que trabajaron, como los molinos de azúcar. Los pueblos y habitantes de Alvarado, Mandinga, Coyolillo, Yanga y Mata Clara, entre otros, cuentan con toponimias, carnavales, celebraciones y otras muchas expresiones culturales que recuerdan que las poblaciones africanas y afrodescendientes dieron riqueza económica, social y cultural a las distintas regiones que integran la hoy entidad veracruzana.39
Clara Lida sostiene que la memoria es usada para “tejer solidaridades basadas en orígenes comunes”, pero también para afirmar identidades a partir de tradiciones compartidas y así reivindicar el pasado.40 En ese sentido, al investigar a las poblaciones de ascendencia africana en el virreinato de la Nueva España podemos observar que, a pesar de las prácticas de sometimiento a las que estuvieron sujetos, tejieron solidaridades con quienes compartían su calidad, desarrollaron tradiciones compartidas y, en algunos casos, llegaron a reivindicar su pasado. Es necesario precisar que poseemos poca documentación que permita escuchar los ecos de las memorias de las y los africanos y sus descendientes durante el periodo colonial, sin embargo, a continuación presentamos ejemplos extraídos de publicaciones periódicas y archivos municipales, ambos ubicados en la jurisdicción colonial de Veracruz, que permiten acercarnos a los mecanismos de rememoración y sus usos.
Sabemos que las y los migrantes forzados durante los casi tres siglos provenían de diferentes regiones. En la etapa de conquista llegaron desde lo que hoy es Marruecos, España, Portugal, Angola, Congo, Cabo Verde, Guinea y la región de Senegambia. Conforme el proceso de colonización avanzaba en el Caribe, las y los esclavizados también llegaron a la Nueva España desde dicha región y desde Cartagena de Indias, otro de los principales puertos esclavistas. Un consenso en las investigaciones dedicadas a estos temas es que el periodo de auge de la esclavización de africanas y africanos en Nueva España fue de 1580 a 1640, cuando el comercio de personas esclavizadas estuvo en manos de los traficantes portugueses.41 Citlali Domínguez sostiene que a finales del siglo xvii, provenían de Sevilla, Andalucía y Algarve al sur de Portugal, por ello se les denominaba “esclavos o negros ibéricos”. Por otro lado, Francia, Holanda e Inglaterra participaron en la comercialización de personas luego de que los conflictos entre España y Portugal mermaron el comercio directo con las factorías africanas. Finalmente, el comercio de esclavizadas y esclavizados durante el resto del periodo se nutrió tanto de personas africanas como de sus descendientes nacidos en territorios americanos.42
Es importante señalar que una de las principales puertas de entrada a la Nueva España durante todo el periodo fue el puerto de Veracruz. Después se autorizó el arribo de barcos con personas esclavizadas al puerto de Acapulco y finalmente a Campeche. Las personas esclavizadas, luego de una evaluación de sus condiciones físicas, eran vendidas y distribuidas en otras posesiones de Ultramar y en el interior del territorio novohispano para desempeñar múltiples actividades. Otro de los consensos historiográficos es que la migración forzada ascendió a 250 mil personas aproximadamente, sin tener en cuenta a las personas que entraron de manera ilegal.43
Si bien es cierto que africanas y africanos desempeñaron tareas de manera esclavizada, también es importante señalar que se ha comprobado su participación en los primeros contingentes de conquista y colonización.44 Por otro lado, hay presencia de población africana libre desde el siglo xvi, debido a que existieron mecanismos para la adquisición de su libertad, que más adelante enunciaremos. De ahí que, relacionar a las poblaciones africanas y sus descendientes exclusivamente a la esclavitud es un error. Múltiples investigaciones han estudiado los ámbitos en los que las y los afrodescendientes se desempeñaban, de manera esclavizada y libre, las adversidades que enfrentaron pero también sus aportes y capacidad de movilidad social y económica.45 En ese sentido, uno de los espacios sociales en los que participaron de manera temprana fue en los cuerpos de defensa del reino de la Nueva España.
Los primeros cuerpos de defensa organizados en la segunda mitad del siglo xvi en territorios americanos excluyeron a la población indígena y a los descendientes de africanos, sin embargo éstos participaron en la construcción de las fortalezas en el Circuncaribe, tales como la de San Juan de Ulúa en Veracruz y el Castillo de San Felipe del Morro en Puerto Rico, así como en obras de mantenimiento de los puertos en Cartagena y La Habana.46 Al aumentar la demanda de cuerpos militares, tanto en las costas, por asaltos de extranjeros, como en el interior de las colonias, se requirió y, por tanto, se toleró el ingreso de afrodescendientes en los cuerpos de milicias, dando origen a la formación de compañías con miembros de diversas calidades. Posteriormente, para evitar disputas entre los integrantes españoles, criollos y mestizos de los cuerpos milicianos y las castas, se crearon algunas compañías exclusivas para la población de ascendencia africana en todas las posesiones de ultramar.47 En Puebla la referencia más antigua sobre estas fuerzas es de 1621 y en Veracruz de 1620.48 Dichas compañías desempeñaron tareas puntuales en momentos específicos como la persecución de indígenas y esclavizados insurrectos y la defensa del reino novohispano en contra de piratas y corsarios en las zonas portuarias. La dependencia a dichos cuerpos varió conforme las necesidades de cada provincia y de la cantidad de población libre. Sin embargo, también existió temor de encomendar el resguardo de la seguridad y orden a un sector de la población rodeado por estereotipos negativos.
En el siglo xviii, las milicias fueron reformadas en diversas ocasiones con la finalidad de reforzar la defensa del reino mediante la reorganización de estos cuerpos. De acuerdo con Oscar Cruz Barney, la pérdida de La Habana y de Manila en manos de los ingleses incentivó la reorganización mediante la visita de funcionarios de Indias, quienes elaboraron pormenorizados informes y planes para restructurar los cuerpos de milicias.49
Las milicias de pardos y morenos libres eran agrupaciones irregulares en el sentido de que sus integrantes eran convocados en momentos específicos para prestar servicios de manera obligatoria a cambio de un pago y de “privilegios” vigentes durante el tiempo de servicio, sin embargo, la documentación muestra inconsistencias en el cumplimiento de las disposiciones legislativas. En ese sentido, en algunas ocasiones las poblaciones descendientes de africanas y africanos hicieron uso de recursos jurídicos durante el periodo virreinal para defenderse o beneficiarse de lo dispuesto por las autoridades reales. Dentro de este último tipo de alegatos, se encontró un documento en el que se alude a la memoria para valorar las tareas desempeñadas por sector de las poblaciones afrodescendientes, consolidar una identidad gremial y para defender los privilegios que los milicianos pardos libres tenían. Se trata de un acta del cabildo del ayuntamiento de Córdoba perteneciente a la jurisdicción de Veracruz redactada en 1767 luego de haber recibido un escrito del cuerpo de pardos libres de dicha villa en donde realizan una defensa de sus privilegios basando sus argumentos en la memoria histórica.
Los milicianos pardos cordobeses en un esfuerzo por hacer valer la exención del pago de tributo, emprendieron una serie de alegatos cuya intencionalidad era convencer a las autoridades de los beneficios de sus rondines urbanos, de su disposición al uso de las armas, de la pertinencia de la vigilancia de los caminos y de haber desarrollado a lo largo de generaciones los valores de fidelidad, obediencia y valentía.50 Señalaron que, además de permanecer durante meses listos para el combate, no demandaron ningún cobro por sus servicios y abandonaron sus actividades cotidianas.51 El aspecto que vale la pena resaltar es que en el extenso informe hicieron una remembranza del origen de la concesión de exención de tributo y brindaron argumentos a su favor y de manera colectiva para reconstruir la historia de sus derechos mediante una cuidadosa defensa sobre sus tareas y mediante la exaltación del trabajo de defensa que desempeñaron.52
La primera parte de la representación se asemeja a la defensa que hizo la Compañía de Pardos de Puebla sobre el mismo tema en 1741 y a la que realizaron los milicianos pardos de Tamiahua, primero en 1677 y, posteriormente, en 1782, quienes también hicieron una reconstrucción histórica de las campañas de defensa en las que habían prestado sus servicios.53 Probablemente, la construcción discursiva de la época exigía ese formato, sin embargo, también denota una memoria histórica dentro de este tipo de agrupaciones, la cual era indispensable en las negociaciones por la defensa de los derechos concedidos por la legislación. Sostengo que hay un uso de la memoria histórica por parte de los milicianos pardos porque el ejemplo alude a un ejercicio colectivo de rememoración de acontecimientos y valores más allá de las experiencias personales de los milicianos. Además, en este tipo de documentación se observan las solidaridades desarrolladas por los milicianos por pertenecer a un gremio, por poseer calidades semejantes y por provenir de una región común, lo que posiblemente los dotaba de una identidad compartida que se reafirmaba al reivindicar el mismo pasado. Ese ejercicio de rememoración era necesario, sobre todo en momentos en los que sus intereses corrían peligro y posiblemente resultó útil para obtener la exención deseada.
Como se ha explicado, es difícil encontrar memorias individuales homogéneas, íntegras o inquebrantables entre las y los afrodescendientes durante el periodo colonial. Hasta el momento, lo más cercano a memorias sobre sus historias de vida, emociones, pensamientos y recuerdos los encontramos en documentos derivados de juicios inquisitoriales, en documentos criminales y testamentos en donde “escuchamos” sus voces al momento que rendían sus declaraciones como testigos o acusados, pero mediadas por los valores de los escribanos y de la institución.
Otra fuente, menos explorada para estos fines, es la prensa periódica que circuló a finales del siglo xviii y principios del siglo xix. Elisa Speckman Guerra y Lara Belem Clarck sostienen que fue un periodo de cambios en los intereses editoriales y en la introducción de nuevas formas de expresión.54 En efecto, los papeles impresos de dicho periodo desarrollaron un rol sociocultural, además del oficial e informativo, relacionado con la politización y la creación de opiniones. Se convirtieron en espacios para la construcción de identidades, de discursos, de representaciones y en espacios de debate. En ese sentido, la Gazeta de México fue la publicación oficial del gobierno virreinal que circuló de manera sostenida de 1784 a 1809 y en ella encontramos diversas noticias procedentes de las jurisdicciones del reino: crónicas sobre festividades religiosas, nombramientos de autoridades locales, reimpresiones de artículos de otras publicaciones, debates entre lectores y, acorde con el ambiente ilustrado, también encontramos artículos de avances tecnológicos y médicos, noticias sobre personas con particularidades físicas o de conducta y valiosa información sobre las y los afrodescendientes, tanto libres como esclavizados.
En palabras del fundador y editor de la publicación, Manuel Antonio Valdés, la Gazeta:
…no es otra cosa que una coleccion de noticias del dia, ya sean sucesos peregrinos, y ya de unos regulares acontecimientos: que no se escriben para un Lugar determinado; sino para un Reyno entero, donde es moralmente imposible se encuentre uno solo perfectamente instruido de lo ocurrente; y que no solo á los presentes, sino á los ausentes y futuro se dirijen, consiguiéndose por tan facil medio hacer perenne la memoria de innumerables cosas, que quando no se olvidaran con el transcurso de los tiempos, parecerian tan desfiguradas en alguno, y sin más apoyo que el de una tradición vulgar, que sería mejor que absolutamente perecieran.55
Llama la atención que en las comunicaciones de Valdés con sus lectores, publicadas en “Prólogos” y “Advertencias” en diversos números, deja en claro que su labor ayudaría a rescatar sucesos que de otro modo se hubieran perdido en el olvido o serían recordados en forma tergiversada por la falta de un registro adecuado. Valdés describe que: “…la intención con que escribo no es la de afectar eloqüencia que no tengo, vendiéndome por Escritor; sino la de ir archivando para la posteridad con algún método aquellas noticias que tal vez se harían poco lugar en la memoria.56 Y en efecto, entre las páginas de esta publicación se encuentra gran cantidad de información; desde acontecimientos históricos de gran envergadura hasta sucesos de la vida diaria, de ahí la riqueza de esta fuente.
Dentro de este mar de información, se ubicó una breve nota sobre las memorias de la vida de una persona que habitaba en el puerto de Veracruz tras haber recorrido como esclavizado diversas regiones del Caribe.57 La nota fue publicada el 28 de marzo de 1786 en el apartado de las noticias provenientes de Veracruz e inicia de la siguiente manera: “En este Puerto vive Francisco Joseph Martínez Negro-Mina-rayado, quien explicando su edad depone en estos términos: Dice que tendría veinte años…”58 La redacción supone que nos encontramos ante un relato narrado por Francisco Joseph quien comparte sus memorias con los lectores de la publicación. El habitante del puerto de Veracruz cuenta que se casó a los 20 años en su tierra, aunque no se especifica el lugar de su procedencia, veinte años después fue hecho prisionero por una embarcación inglesa que lo condujo a un puerto francés en donde permaneció alrededor de un año. Posteriormente, fue conducido a Santo Domingo, es decir a una colonia hispana, fue bautizado y esclavizado por un vecino del pueblo de San Carlos, con quien permaneció durante ocho años. Transcurrido este tiempo, fue vendido y trasladado a Veracruz, teniendo 49 años, aproximadamente. Su vida continuó en el poblado de Alvarado, donde pasó otros ocho años. Finalmente, regresó al puerto de Veracruz, lugar en el que vivió otros cincuenta años, hasta la fecha en que apareció publicada su historia en la Gazeta. Para el relator, lo más admirable no era su travesía en embarcación inglesa y por colonias francesas e hispanas, sino que pese a su larga edad, diariamente iba al campo a recoger “frutas silvestres, tunas, raspalenguas, o leña” con cuya venta se mantenía “sin ser gravoso ni impertinente al público”.59
Sobre el origen de la nota, puede comentarse que este tipo de noticias no fueron firmadas por algún autor en específico, pero gracias a la solicitud que el editor dirigió al Fiscal de lo Civil para autorizar la publicación y “beneficiar al público” con la impresión una gaceta el 16 de octubre de 1783,60 podemos deducir que quienes redactaban las noticias eran los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores. En dicho documento, Valdés solicitó que se expidiera una orden para que dichos funcionarios cada semana o cada quince días le enviaran noticias a la Secretaría del Virreinato o a la oficina de la imprenta. Aunque el editor fue el responsable de recibir y publicar la información de manera oficial y gratuita, pues sólo se cobraba por publicar los anuncios que aparecían en la sección llamada “Encargos” en la página final de cada número. En este caso, la nota sobre el testimonio de vida apareció en el cuerpo del periódico, por lo que se deduce que el editor Valdés consideró oportuno dar a conocer la información posiblemente redactada por algún funcionario de la jurisdicción de Veracruz.
A primera vista, las memorias de Francisco Joseph parecerían inverosímiles pero al insertarlas en los procesos históricos que se desarrollaron en aquellos siglos tenemos un testimonio que bien puede sintetizar las prácticas comerciales y los vaivenes de las poblaciones esclavizadas. Detengámonos a analizar con otras fuentes, los datos que ofrece.
El primer aspecto es la denominación, pues a lo largo de las páginas de la gaceta no se vuelve a repetir la combinación de “Negro-Mina rayado”. El vocablo “negro” refirió, al igual que el resto de las denominaciones, a un significado poco preciso. Catherine Good sostiene que el contexto colonial creó una equivalencia conceptual entre nuevas categorías raciales y las nuevas condiciones sociales y jurídicas,61 sin embargo, ni las categorías ni las condiciones permanecieron inmutables a lo largo del periodo. Las investigaciones de Pilar Gonzalbo y de Solange Alberro muestran que la eficiente operatividad de las nomenclaturas para jerarquizar a la población en la Nueva España formó parte de los deseos de las autoridades virreinales, pero en las prácticas cotidianas el uso de las denominaciones de castas estaba sujeto a la percepción y a la movilidad de los hablantes.62
De ahí que, la coincidencia de la condición “esclavo” con las características fenotípicas del “negro africano” se generalizaron, a pesar de que hubo personas esclavizadas no africanas, que algunos africanos eran dueños de esclavizados y que, con el paso del tiempo, una buena cantidad de africanos y sus descendientes fueron personas libres. El mestizaje biológico entre las poblaciones de origen americano, africano, asiático y europeo dio como resultado una población diversa desde el punto de vista fenotípico, jurídico y cultural, lo cual dificultó mantener una sociedad rígidamente jerarquizada como lo pretendían las autoridades virreinales. Sin embargo y por el contexto del relato, se intuye que la denominación “negro” de Francisco Joseph está relacionada con la reputación de africano. Además, es probable que la palabra “Mina” se refiera a la pertenencia étnica de Joseph Martínez. El término “mina” fue usado para referir a las personas traídas en calidad de esclavas de la llamada Costa de Oro, correspondiente al actual estado africano de Ghana. Robin Law sostiene que el origen de la palabra “mina” es portugués y uno de sus primeros significados estuvo relacionado con el lugar de negociación del oro con los pueblos africanos en la costa mencionada. En 1482, los portugueses construyeron el Fuerte de San Jorge de Mina, cerca del lugar de negociación, de ahí que el uso de la palabra “mina” se extendiera a toda la costa.63 Es probable que nuestro personaje haya sido trasladado desde las costas africanas por una embarcación inglesa hasta América.
La denominación “rayado” es la más compleja. Es probable que durante su vida como esclavo, Joseph Martínez haya sufrido castigos corporales que lo dejaron lo suficientemente marcado para denominarlo de esa manera o que las marcas provinieran de escarificaciones corporales en la piel con fines rituales realizadas en su comunidad.
Otro aspecto que llama la atención del testimonio de Francisco Joseph es que su desplazamiento por el Caribe inició en una embarcación inglesa. Por los datos proporcionados podemos calcular que Francisco nació en 1673 lo que significa que al ser capturado corría el año de 1713, justo en el contexto de la firma de los Tratados de Paz de Utrecht que concedieron el monopolio esclavista a la Compañía Inglesa de la Mar del Sur.64 Su traslado como esclavo en embarcación inglesa a una colonia francesa y luego a una hispana ilustra que la movilidad de los esclavos se realizaba en función de la necesidad de mano de obra y a pesar de las restricciones legales, lo que apuntala la hipótesis de investigadores como Juan Manuel de la Serna, de que desde finales del siglo xvii funcionaban mercados internos y un comercio legal e ilegal bien articulados de esclavizados que influyeron en la caída de la importación trasatlántica.65
Otro dato interesante es que cuando fue esclavizado tenía una edad madura, probablemente de cuarenta años, lo cual resulta atípico pero no imposible. En las últimas páginas de la misma Gazeta se imprimían “encargos”, es decir, anuncios de las y los lectores para ofrecer algún servicio, promocionar algún producto o vender alguna propiedad, dentro de las que se incluyó la venta de personas esclavizadas. Al analizar dichos “encargos”, se notó que el rango de edad es amplio, pues va desde infantes de dos años hasta hombres de 30 años.66 Es necesario tener en cuenta que la edad en muchas ocasiones estaba determinada por el cálculo que realizaban las y los propietarios, es decir, que no se tenía una certeza. En cambio, en 1722, cuando Francisco Joseph dice haberse trasladado nuevamente al puerto de Veracruz, es probable que tuviera la calidad de liberto, pues a los 58 años de edad era casi imposible que de nuevo haya sido vendido y comprado.
El testimonio de vida finaliza con la afirmación de que a sus 108 años, el longevo Francisco seguía trabajando en recoger leña para venderla. Más allá de su posible vitalidad y fuerzas, también nos habla de la precariedad económica en la que continuaba viviendo. Una de las desventajas de la dinámica de las noticias publicadas en la Gazeta es su discontinuidad, salvo que se tratara de la impresión de algún largo artículo que era publicado “por entregas”, no se daba seguimiento de los hechos entre un número y otro. Por ello, llama la atención que en la gaceta del 22 de enero de 1793, esto es siete años después de que aparecieran publicadas las memorias, apareció la noticia de que Francisco Joseph Martínez había fallecido en el mes de diciembre a la edad de 120 años.67 A pesar de que el recuento de los años de vida de Francisco Joseph es inconsistente, es notorio que tuvo una vida lo suficientemente longeva y particular para llamar la atención de los editores y de los lectores de la publicación. Cabe señalar que no fue común redactar memorias como las de Francisco y que, hasta el momento, no he ubicado más información sobre él en otras fuentes, sin embargo, sostengo que esta noticia se inserta en un contexto ilustrado de interés por conocer las particularidades de los entornos locales.
La memoria individual, a pesar de ser efímera, frágil y de estar permeada por la subjetividad de quien la porta, sin duda es capaz de ofrecer información valiosa que al ser contrastada con otras fuentes enriquecen las narrativas históricas. En el caso de los y las afrodescendientes, resulta particularmente valioso debido a que hasta el momento poseemos poca documentación en donde rindan cuenta de mano propia de sus trayectorias de vida. Por otro lado, los datos que aporta Francisco Joseph son excepcionales debido a que es un relato que no está mediado por la coacción de una acusación, se trata de una breve pero ilustrativa rememoración de su larga vida. Hasta el momento no he encontrado más documentos de archivo sobre su transitar por el Caribe en el siglo xviii.
Antes de cerrar estos ejemplos sobre la importancia de la reconstrucción de la memoria histórica, es necesario señalar algunos datos sobre la construcción de su contraparte: el olvido de estos sectores. Como se señaló, el olvido individual puede ser involuntario, pero cuando es colectivo es posible que se trate de una selección de elementos que son más útiles que otros en el presente o de un “borrado” intencional de los sucesos o sujetos. Para nuestro caso de estudio, una de las alusiones más conocidas sobre la subestimación de la población de origen africano y de la esclavitud la encontramos en Méjico y sus revoluciones de José María Luis Mora publicado en 1836. Ahí se señala que durante el periodo colonial España dio un trato “benigno y moderado” a “los negros” en comparación con otras naciones y que a través de la legislación se mitigó buena parte de los horrores de la esclavitud. Es más, para Mora la cantidad de esclavos fue tan minoritaria que había sido “desconocida la esclavitud” y por ello no costó trabajo abolirla. Sostuvo que, “los negros” habitaban sólo las costas y desaparecerían antes del medio siglo perdiéndose “en la masa dominante de la población blanca por la fusión que empezó hace más de veinte años y se halla ya muy adelantada.”68
Regresando a la escala regional, Enrique Herrera Moreno inició su historia de Córdoba, Veracruz, con una descripción demográfica acorde a la creencia decimonónica de la existencia de diversas “razas” humanas. Señaló que la población cordobesa podía dividirse en “raza indígena, raza europea, raza negra y mestizos”, para el autor, la “raza negra pura”, vestigio de la esclavitud virreinal, “tiende cada día a desaparecer por su cruzamiento con otras razas”.69 A pesar de ello, en el mismo relato demográfico publicado en 1895, describe que en la población cordobesa seguían estando presentes los “hombres de color”, laborando en el campo, así como los “mulatos” quienes eran agricultores.70 Es decir, que las poblaciones afrodescendientes no habían desaparecido y seguían desempeñando tareas similares a las de sus ancestros.
Esas son algunas muestras del desdén hacia este sector y de la construcción de un “olvido” historiográfico al que se suman otras hipótesis como la del “blanqueamiento” de personajes representantes de la insurgencia y forjadores de la idea de nación independiente como José María Morelos y Pavón y Vicente Guerrero, es decir, la negación del componente africano de sus árboles genealógicos y el despojo de las características fenotípicas afrodescendientes en sus representaciones pictóricas que han sido estudiadas por María Teresa Pavía y Dolores Ballesteros.71 Por otro lado, a lo largo del siglo xix las teorías sobre la existencia de las razas humanas y la necesidad de construir un discurso nacionalista dejaron de lado el componente africano en el pasado colonial y la idea del mestizaje se basó en el componente indígena y el europeo.
Conclusiones
A modo de reflexiones finales podemos señalar que el diálogo entre memoria e historia ha pasado por diferentes etapas, desde el conflicto por concebirlas como contrarias, una representante de lo efímero y la otra de lo perdurable, hasta el reconocimiento de que ambas pueden complementarse pues comparten la intención de preservar ciertos elementos del olvido por considerarlos importantes para el presente y para el futuro. Sí, la memoria reproduce la subjetividad de la experiencia vivida y la comparte con los miembros de su mismo colectivo, mientras la historia registra el pasado mediante el contraste de testimonios que se cuestionan, se verifican y en ocasiones se descartan, pero ambas, en su diálogo con el pasado pueden ser objeto de disputa. Es decir, que la construcción de la memoria histórica también es un camino de conflicto, en especial cuando se tratan temas de verdad y justicia.
En el caso latinoamericano, el breve recuento sobre el tema permite proponer que el auge de los estudios de memoria se concentra en el periodo de las posdictaduras y la violencia de Estado, sin embargo, tras el auge de los estudios regionales, la historia oral y la etnohistoria, el rescate de las memorias comunitarias y de las memorias de poblaciones históricamente invisibilizadas y racializadas ofrece atractivas oportunidades de investigación.
Para el caso de estudio, a pesar de la extensa bibliografía histórica y de las iniciativas emprendidas fuera del ámbito académico, aún estamos lejos de una sociedad mexicana sin racismos y discriminaciones que reconozca en su pasado y presente a las poblaciones afrodescendientes. De ahí que se haya propuesto la reconstrucción de la memoria histórica como una vía más para caminar hacia esa dirección. El reto no es menor, falta debatir cómo es que las poblaciones subalternas hicieron uso de la memoria en el Antiguo Régimen, cómo las y los historiadores se pueden acercar a ella y cuál es el eco de esas memorias en las poblaciones afrodescendientes actuales. Sin embargo, la reconstrucción de la memoria histórica es una tarea importante porque genera identidad, ayuda a comprender nuestro pasado, a fortalecer lazos de pertenencia y a construir proyecciones de un futuro más justo y equitativo.
El análisis de los casos del periodo colonial muestra que tanto personas libres como esclavizadas, recurrieron al uso de la memoria colectiva e individual para defender sus derechos, mostrar la importancia de sus actividades y dejar testimonio de sus vivencias. En ese sentido, la memoria es como un eco que necesita escucharse y reproducirse para continuar reproduciéndose. A pesar de que la mayor parte de las memorias de las y los afrodescendientes se perdieron, la disciplina histórica ofrece herramientas para escuchar los ecos del pasado en nuestro presente.
Archivos
AHMC Archivo Histórico Municipal de Córdoba, Veracruz, México.
HN Hemeroteca Nacional, México.










nueva página del texto (beta)


