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Revista de historia de América

versión On-line ISSN 2663-371X

Rev. hist. Am.  no.168 Cuidad de México may./ago. 2024  Epub 02-Mayo-2025

https://doi.org/10.35424/rha.168.2024.5740 

Artículos

La historiografía de la guerra cristera dentro de una historia oficial católica

The historiography of the cristero war within an official catholic history

Juan González Morfín* 
http://orcid.org/0000-0002-7278-7872

*Universidad Panamericana, Ciudad de México, México. Correo electrónico: jgonzalem@up.edu.mx.


Resumen

Después de un período en el que se prefirió apenas hablar del conflicto religioso conocido como guerra cristera, comenzaron a aparecer algunas obras firmadas por quienes habían participado, tanto del lado del gobierno como de las milicias cristeras. Estas narraciones se caracterizaron por un sesgo apologético y no pocas veces caían en visiones maniqueas. Aunque muchas de éstas contenían elementos testimoniales interesantes, no servían para hacerse cargo de la complejidad de lo acontecido. Coincidió con los inicios de la profesionalización de la historia en México que, prácticamente al mismo tiempo, varios autores mexicanos y extranjeros abordaron la temática cristera con una perspectiva diferente y acudiendo a las fuentes primarias. Con ello, se obtuvo una versión que descubrió la complejidad del problema y abrió un enorme número de líneas de investigación. Este trabajo está orientado a ilustrar cuál fue el recorrido de la historiografía hasta llegar al momento actual y cuáles fueron las características y las motivaciones de las diferentes etapas, así como las líneas de investigación que se han abierto en este campo.

Palabras clave: Conflicto religioso; testimonios; profesionalización de la historia; fuentes primarias; gobierno mexicano; Iglesia católica

Abstract

After a period in which the religious conflict known as the Cristero is barely mentioned, some works signed by those who had participated, both on the side of the government and the Cristero militias, began to appear. These narratives were characterized by an apologetic bias and not infrequently fell into Manichaean views. Although many of these contained interesting testimonial elements, they did not serve to deal with the complexity of what happened. It coincided with the beginnings of the professionalization of history in Mexico that, practically at the same time, several Mexican and foreign authors approached the Cristero theme from a different perspective and resorting to primary sources. With this, a version was obtained that revealed the complexity of the problem and opened up a huge number of lines of research. This work is aimed at illustrating the path of historiography until reaching the present moment and what were the characteristics and motivations of the different stages, as well as the lines of research that have been opened in this field.

Key words: Religious conflict; testimonies; professionalization of history; primary sources; Mexican government; Catholic Church

Introducción

La guerra cristera, esto es, la insurrección de miles de católicos contra el gobierno constituido en los años 1926-1929 en México, ha sido cada vez más el tema de numerosos estudios. Entre ellos, algunos de gran rigor histórico y fruto de muchos años de trabajo y minuciosa investigación. Pero no siempre fue así, pues otro gran número de propuestas históricas se encontraron permeadas de un espíritu apologético y con tintes de maniqueísmo que llevó a deformar la verdad y, aunque esta producción era leída con agrado por un sector de la población, no siempre ayudaban a desentrañar la verdad de los hechos.

En algunos casos, estos escritos carecían de la objetividad deseada porque su punto de partida era más ideológico que histórico, es decir, pretendían convencer sobre la verdad de la opción que defendían, para lo cual magnificaban u ocultaban algunos hechos según mejor conviniera al fin preconcebido. En otros casos, los escritos se situaban dentro de una línea que tenía antecedentes y lugares comunes que, al ser repetidos de manera acrítica, contaminaban la imparcialidad del nuevo trabajo.

Por otro lado, es precisamente en el periodo de la postguerra cristera que se inician en México dos procesos muy importantes para el estudio de la historia: uno de profesionalización y otro de institucionalización. Con esto, al mismo tiempo que fundan un buen número de institutos y colegios para la profesionalización de los escritores y enseñantes de historia, comienzan a surgir en México escuelas historiográficas que siguen las distintas corrientes europeas, como el historicismo o el positivismo, y esto necesariamente habría de incidir en el modo de investigar y escribir sobre la guerra cristera.1

El periodo de profesionalización de la historia en México, con el surgimiento de importantes centros de investigación en este terreno, como El Colegio de México y el Instituto de Historia,2 por mencionar algunos, facilitó que muchos investigadores extranjeros pudieran radicarse en México y tuvieran asegurado un trabajo profesional, remunerado económicamente y valorado en sus justos términos desde el punto de vista intelectual tanto en México como en el extranjero. Esto no sólo en el tema de la guerra cristera, sino de la historia en general, aunque particularmente fascinado por el estudio de la Revolución mexicana. Además de autores como Jean Meyer, por citar a uno ligado al objeto de este estudio, piénsese en Alan Knight o Friedrich Katz, respecto a la Revolución mexicana, o bien, David Brading, en relación con la historia del siglo xix, por mencionar algunos.

En este breve trabajo, se buscará esbozar cómo se fue desarrollando la historiografía de la guerra cristera y, después de un punto de arranque cimentado en ideas preconcebidas y en fines propagandísticos, muchos autores han conseguido establecer nuevos parámetros de investigación sobre todo a partir de fuentes primarias para escribir una historia diferente, sin fines apologéticos ni partidistas. Se pondrá énfasis, como lo señala el título del artículo, en lo que podríamos llamar la historia oficial de muchos católicos que simpatizaron con el movimiento de resistencia armada de los cristeros.3

Se ha hecho una periodización en cuatro etapas de las obras que tratan el tema de nuestro estudio, aunque se habrían podido dividir solamente en dos: antes y después de la profesionalización.4 Para la categorización por etapas, se tomó en consideración tanto los contenidos de las obras que trataban sobre el tema, como el grado de profesionalización de los autores. En la primera etapa, se pretendía más que nada conseguir simpatizantes o detractores de las partes contendientes; en la segunda, casi como continuación de la anterior, pero una vez que el conflicto armado había terminado, se escribió para exaltar como gesta heroica la labor de los que habían participado; luego viene una etapa sobre todo de recopilación de testimonios y, finalmente, con la participación de historiadores profesionales, una cuarta etapa en la que los autores afrontan el tema de un modo diferente, no con ánimo de defender, exaltar o hundir a alguna de las partes, sino de desentrañar el conflicto en toda su complejidad.

Si bien existen otros estudios que, sobre todo por el título, parecería que coinciden con el trabajo que ahora emprendemos, son muy diferentes, pues cada uno de ellos recorre rutas distintas y no persigue el mismo objetivo que nos hemos trazado,5 esto es, organizar y examinar críticamente los escritos más representativos acerca de la guerra cristera y esbozar, hasta donde sea posible, cuáles fueron sus objetivos y sus alcances.

Las luchas del siglo XIX y el constitucionalismo como preámbulos inmediatos

La conocida pugna entre conservadores y liberales que se desarrolló en México prácticamente desde su nacimiento como nación independiente y durante una buena parte del siglo xix, dejó al periodo de nuestro estudio todo un legado de ideas largamente asimiladas por el subconsciente católico del historiador. Entre los tópicos que se encuentran en la primera generación de historiadores de la guerra cristera partidarios del levantamiento armado, encontramos una defensa un poco fuera de lugar de la hispanidad y, consecuentemente, de la lengua española y de la religión católica, que son presentadas como un signo que une a los mexicanos. En cambio, el grupo de escritores contrarios a los cristeros tenía como herencia el aprecio por “las instituciones de los Estados Unidos, su progreso y su desarrollo. Sentía que muchos de los valores que los otros sustentaban, eran causa de atraso, ignorancia, subdesarrollo”.6 Como reacción a la postura de estos últimos, nos topamos aquí con otra de las características del primer grupo: su rechazo a todo lo que viniera del vecino del norte, pues “ese grupo próximo a una experiencia histórica dolorosa, la guerra con los Estados Unidos, la pérdida del territorio, la penetración, trataba de defenderse del impacto de la cultura anglosajona, parapetándose en los valores hispánicos. Este grupo era profundamente antinorteamericano”.7

Una nueva confrontación entre estos dos grupos se derivó del movimiento constitucionalista que concluyó con la caída del general Victoriano Huerta y la promulgación de la carta magna de Querétaro.

A diferencia de lo ocurrido en el siglo xix, en esta ocasión no se trató ciertamente de una lucha entre conservadores y liberales; sin embargo, el apoyo que algunos católicos habían dado al gobierno de Huerta, especialmente la colaboración de miembros destacados del Partido Católico Nacional en el gabinete huertista, condujo a que muchos de los partidarios de Carranza identificaran a la jerarquía católica y, más aún, a la Iglesia como enemigos y aliados del dictador, por lo que los prelados, los sacerdotes y muchos de sus fieles habrían de sufrir no pocas represalias.8

El reconocimiento del gobierno de Woodrow Wilson al gobierno carrancista, primero como gobierno de facto, y luego como gobierno de iure, produjo en algunos escritores católicos de ese momento y posteriores un nuevo rechazo a los norteamericanos, a quienes se les veía ahora como aliados de Carranza y, eventualmente, de la masonería en una lucha por acabar con la Iglesia católica y con los valores que ellos consideraban tradicionales en México.

Es interesante mencionar aquí un libro de Francis Clement Kelley,9 que circuló primero en inglés y rápidamente fue traducido al español, El libro de Rojo y Amarillo, que contiene una denuncia exhaustiva de los supuestos atropellos que distintos ejércitos revolucionarios habían venido infligiendo a la Iglesia tanto en sus jerarcas como en sus propiedades. En este, el autor se deslinda de algunas afirmaciones que se hacían en esos momentos en el ambiente católico, como la de echar la culpa de manera global a la masonería y unir los ataques que estaba en ese momento sufriendo la jerarquía a una especie de complot internacional:

Ni en sueños puedo pensar que Teodoro Roosevelt como masón esté mancomunado con hombres cuyo ideal es la destrucción del orden y que niegan, en principio, la existencia de Dios; del mismo modo que nadie podrá imaginar que William H. Taft haya hecho cosa semejante. Tenemos entre nuestros conciudadanos innumerables masones que no solo tienen relaciones de estrecha amistad con los católicos, sino que son sinceros admiradores de la Iglesia Católica, y nadie podrá creer que tales personas tengan deseos de ver desvanecida la influencia de la Iglesia, destruidas sus instituciones de caridad, y sus hijos obligados a permanecer sin ninguna dirección religiosa. Sin ninguna dificultad absolvemos completamente al gran cuerpo masónico norteamericano de toda cooperación consciente en la opresión de la Iglesia en Méjico.10

Efectivamente, en la literatura de la época constitucionalista -y aún en la posterior- que trató sobre la oposición de Carranza al regreso de los obispos expatriados y de las limitaciones que se iban estableciendo para que los ministros de culto ejercitaran su oficio, subyacía siempre una identificación de todo lo malo que pudiera estarles aconteciendo con la mano misteriosa y oculta del imperialismo norteamericano. Por dar un ejemplo de una obra reciente y que no será incluida en nuestro elenco posterior, copiamos un par de párrafos que hablan por sí solos:

El triunfo de Carranza, con la ayuda de los Estados Unidos bajo la condición de perseguir a la Iglesia Católica, la cual se había vinculado en algún sentido al usurpador Huerta, supuso la suspensión de las garantías constitucionales, cometiéndose innumerables atropellos a la propiedad privada y persiguiendo implacablemente a los católicos, mediante la legislación que facilitó el divorcio, la radicalización de la política socialista y la restricción de la libertad religiosa. Este proceso sociopolítico mexicano desembocó en la Constitución de 1917.11

Y muchas páginas más adelante, vuelve sobre la misma idea:

El presidente Carranza intentaba seguir el camino de Benito Juárez, luchando contra la Iglesia sin negar la libertad religiosa, y abriéndose a la influencia de las sectas y escuelas protestantes en México; de este modo conseguía su propósito de luchar contra la presencia pública de la Iglesia Católica y al mismo tiempo el apoyo político de los Estados Unidos.12

Como se puede ver, en este tipo de obras, se sigue la tradición de los historiadores conservadores del siglo xix y se invoca la intervención de los Estados Unidos para explicar el origen de muchos males. Si nuestro trabajo no estuviera ceñido tan sólo a la historiografía sobre la guerra cristera, sería inabarcable el recorrido sobre este tipo de escritos históricos en los que se repiten incansablemente lugares comunes, entre otros, la división entre los mexicanos provocada por injerencia directa de Estados Unidos,13 el influjo de la masonería en todo y para todo, la sombra de Juárez en aquello que pudiera haber afectado o seguir afectando a la Iglesia católica. Esto en relación con sucesos ocurridos en el siglo xix y, ya en la época del conflicto cristero, los tópicos más comunes son: la culpa directa de Obregón en infinidad de cosas, el apoyo irrestricto de los Estados Unidos a las medidas anticlericales del presidente Calles, la sombra del embajador Morrow en muchas decisiones tanto de parte del gobierno como de parte de la jerarquía, el papel inadecuado -por decirlo de un modo apacible- de los dos prelados que participaron en los arreglos, etc. Sirva este antecedente para comprender muchos de los primeros escritos sobre la guerra cristera.14

Primera etapa: la lucha por conquistar la opinión pública

En esta que llamamos primera etapa, la producción no es abundante; sin embargo, las obras publicadas en ella tienen características muy propias, pues era un momento en que todavía se libraba la lucha armada por parte de miles de católicos contra el gobierno del general Calles y era necesario para ellos promover el movimiento entre los que consideraban indecisos, animar a los que ya estaban luchando, ganarse la opinión pública internacional, católica y no. Por otro lado, las protestas de los católicos mexicanos y de otras naciones en contra de los excesos del presidente Calles obligaron a que también desde los partidarios de este se publicaran obras para defenderlo y contrarrestar los cuestionamientos y ataques.

En efecto, en los años que se libraba la guerra fueron publicadas no sólo obras que buscaban mostrar al gobierno federal como un perseguidor implacable de la Iglesia, sino también otras favorables al gobierno o, al menos, que buscaban señalar a la jerarquía católica como responsable del conflicto. Mencionaremos solamente tres de ellas.

La primera, una recopilación de intervenciones públicas de Calles titulada Mexico before the World,15 en la que, junto con muchas otras declaraciones del general Calles, se encuentran algunas entrevistas concedidas a periódicos norteamericanos alusivas a la pugna entre la Iglesia y el Estado iniciada en febrero de 1926, es decir, dentro de su gestión. En ella, es el mismo Calles el que defiende su postura y su lucha por hacer valer los artículos constitucionales que limitaban en cierta medida el accionar de la Iglesia.16

La segunda obra es quizá la más interesante: La Cuestión Religiosa en México,17 de Antonio Uroz. En ella, antes de entrar en la defensa de las medidas recientemente adoptadas por el gobierno, se hace una extensa denostación del catolicismo y del clericalismo en México desde la colonia hasta el momento del conflicto con el gobierno de Calles. Justifica las medidas del presidente como una represalia a todo lo que los católicos hicieron para que éste no llegara al poder; sin embargo, el libro fue editado un poco después del informe presidencial de septiembre de 1926, por lo que ya no alcanzó a cubrir la parte más álgida del conflicto.

En la misma dirección se encuentra la obra de Alfonso Toro: La Iglesia y el Estado en México. Estudio sobre los conflictos entre el clero católico y los gobiernos mexicanos desde la Independencia hasta nuestros días, publicada en 1927 por Talleres Gráficos de la Nación, esto es, por una dependencia del gobierno.18 Es una obra de corte liberal que, en principio, no estaba encaminada a abordar el conflicto recién iniciado en 1926, sino más bien analizar las relaciones entre la Iglesia y el poder político desde la primera evangelización hasta la época constitucionalista; sin embargo, el autor, después del resumen y conclusiones, vio necesario incluir unas apreciaciones sobre los acontecimientos que se vivían en la misma línea que el libro de Uroz, esto es, culpando al clero de los disturbios que estaban ocurriendo. Para efectos de la historiografía sobre la guerra cristera, aporta un amplio apéndice con varios documentos con declaraciones del episcopado y de actores del gobierno.

Quizá por sus ataques al pasado católico de México, las obras que salieron al paso de las de Uroz y de Toro comienzan por enaltecer el legado que dejaron los años de colonización por parte de España y continúan con la descripción de los bienes que ha conllevado la civilización católica en México. Por otro lado, como en estos momentos se libraba la lucha armada, se centran en hechos relacionados con la persecución que dio origen al levantamiento armado, para después justificarlo. Como hubiera sido imposible editar en México libros con estas características, todos ellos fueron publicados en el extranjero. Conviene detenernos en tres de ellos: La verdad sobre Méjico,19 La tragédie mexicaine20 y Messico martire.21 Todos estos alcanzaron varias ediciones y reimpresiones en poco tiempo.22

La verdad sobre Méjico tiene el mérito de contener una gran cantidad de datos sobre notorios hechos hostiles en contra de grupos de católicos y, sobre todo, el de haber sido publicado durante los días más aciagos del conflicto; también incluye datos exagerados y poco probables. Está escrito en un tono apologético y compara a los católicos de México con los primeros cristianos. Sus conclusiones manifiestan la intención con que fue escrito: 1) la Iglesia católica ha sido la verdadera civilizadora del pueblo mexicano; 2) desde la segunda mitad del siglo xix ha persistido una verdadera persecución religiosa en México; 3) esta persecución ha tomado tintes sangrientos desde la era de Carranza; 4) “el responsable principal de esta terrible hecatombe es el gobierno de Washington”;23 y 5) únicamente la voz del Papa se ha levantado oficialmente para denunciar la persecución. En síntesis, junto con datos interesantes por ser un documento contemporáneo a los hechos, subsiste en esta obra una versión un poco maniquea que desacredita lo que pudiera tener de objetivo. Destaca el número de páginas que dedica a encarecer los intereses norteamericanos que existen en México y cómo, según el autor del libro, Estados Unidos ha sido la causa de todos los males en ese país.24

La tragédie mexicaine. Jusqu’au sang… es una obra de esta etapa,25 valiosa e interesante, que se centra sobre todo en dos temas: el martirio de muchos católicos, del cual da parte pormenorizada con narraciones similares a las de otras narraciones posteriores y, por otro lado, la preocupación por mostrar la licitud del levantamiento armado, a la que dedica no pocas páginas y, sobre todo, recoge las opiniones en esta materia del arzobispo de Durango, José María González y Valencia, quien afirmó que una vez agotados todos los recursos legales, quienes habían optado por la vía armada podían estar tranquilos en sus conciencias.

Messico martire es una obra más articulada, escrita con un fino estilo periodístico, donde el narrador comienza por describir su primer contacto con la cultura mexicana en los días de la expedición punitiva contra Villa para pasar de ahí al consabido recorrido por los tópicos que se habían vuelto comunes en la historiografía católica: misión civilizadora de la Iglesia, el cúmulo de males traído por los liberales, el estado de persecución vigente en México, sobre todo a partir del periodo constitucionalista. Desemboca en la era de Calles, a la que denomina “una dictadura jacobina-bolchevique, esto es, la brutal imposición de un régimen de terror sobre todo el pueblo, que ha bañado de sangre el país entero y ha despertado en el mundo horror y desprecio”.26 Después, rápidamente da por lícito el levantamiento contra el gobierno, pues a su juicio no se trataba de otra cosa que legítima defensa, para concentrarse en lo que será el propósito de la obra: documentar, aunque sea de forma breve, una serie de martirios de personajes ejecutados durante gobierno de Calles aparentemente sin haber tenido injerencia en la guerra.

Uno de estos martirios al que más páginas dedica es al del sacerdote Miguel Agustín Pro, y hace una comparación entre su ejecución y la de los famosos sindicalistas Sacco y Vanzetti: en este caso, se difirió la ejecución a lo largo de seis años, se rehízo el proceso tres vueltas y ninguna de las instancias se abrevió o canceló; en el caso de Pro, se pisotearon todas las garantías que le otorgaba la ley y se burló a la ley misma.27

De estos mismos años, 1926-1929, existe otro buen número de obras y folletos, algunos favorables a la postura del gobierno, otros claramente contrarios. El periodista y viajero italiano Arnaldo Cipolla, aunque de filiación liberal, al contar el problema religioso en su libro sobre su estancia en México termina por mostrarse solidario con el clero y atribuir el conflicto a los excesos de la legislación en materia de cultos.28 Más radical aún, y menos informado, es Giovanni Pioli, que hace una crítica un poco extravagante de la situación mexicana acudiendo a argumentos jurídicos, pero con poca información objetiva.29

También en la línea de hacer un análisis jurídico, aunque más profundo y recurriendo constantemente al derecho comparado, se encuentra la obra, desfavorable al gobierno, Church and State in Mexico. Professional Opinion of William D. Guthrie.30 Las críticas y cuestionamientos al gobierno incluidos en esta obra proceden del ámbito protestante.

Poco conocidas por el idioma en que se publicaron, pero con una amplia difusión en Hungría,31 se encuentran varias obras que estigmatizan a Calles y su gobierno, al tiempo que exaltan la resistencia pacífica y también la armada de los católicos mexicanos: A mexikói vérfürdő (El baño de sangre mexicano),32 P. Pro Mihály S. J. és három társa. Mexikói vértanú (El padre Miguel Pro y sus tres compañeros),33 y dos más de carácter literario: Guadalupe. Mexikói regény (Guadalupe. Una novela histórica)34 y A mexikói hősök. Gyermekdráma öt felvonásban (Los héroes mexicanos. Obra infantil de teatro en cinco actos).35

Segunda etapa: entre la estigmatización y la gloria

En las dos primeras décadas que siguieron a los arreglos, la literatura católica sobre el levantamiento cristero corrió por derroteros que iban de la estigmatización de los levantados o, más aún, de los dirigentes de la Liga -sobre los que se hacía recaer el precio de la sangre derramada-, hasta la exaltación de unos y otros. A esto se añadió un debate en el terreno de las ideas sobre la oportunidad o no de haber optado por la defensa armada. Éste habría de propiciar continuos enfrentamientos entre los partidarios de haber continuado con la lucha y los que veían con horror que se regresara a una situación parecida.

En esta etapa, que podemos situarla entre el fin de la guerra, esto es junio de 1929 al año 1950, la historiografía de manufactura católica sigue conviviendo con obras que buscaban ser portavoces de la postura del gobierno, entre ellas, destaca el alegato jurídico del Lic. Emilio Portes Gil, La lucha entre el poder civil y el clero, distribuido gratuitamente en muchas dependencias oficiales en 1934 y que ese mismo año ya había sido traducido al inglés y al francés.36 En ella se buscaba mostrar que nunca hubo una persecución a la Iglesia católica ni a los creyentes de esta fe en cuanto tales, sino únicamente un intento de aplicar la ley.

Por su parte, entre los escritores católicos, se pueden hallar sobre todo cuatro obras: tres tienen en común que tienden a centrarse en los arreglos de 1929 entre la jerarquía católica, representada por los obispos Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz y Flores, y el gobierno del presidente Portes Gil; la restante, versa más bien sobre los católicos martirizados durante el conflicto.

La primera corriente desarrolló una literatura absolutamente contraria a los arreglos, que cuestionó la solución alcanzada, el modo de lograrla y las consecuencias que se siguieron.37

La segunda, en apariencia muy cercana a la anterior, se diferencia de ella en que fue sobre todo apologética. Estuvo constituida por ex integrantes de la Liga que buscaron ante todo sublimar lo alcanzado en los campos de batalla por las tropas cristeras y, al mismo tiempo, defenderse de los cuestionamientos de otros escritores católicos que consideraban que la guerra había sido un sacrificio estéril; coincide esta corriente con la primera en el hecho de desestimar la actuación de los prelados que negociaron los arreglos; en algunos momentos incluso relanzan la idea de continuar la resistencia armada contra las nuevas medidas restrictivas del gobierno. Es importante subrayar que en ésta existía un interés en descalificar la opinión de los católicos que no pensaban como ellos, más que en contrastar la postura de quienes atacaban a la Iglesia. Sus principales representantes fueron Andrés Barquín y Ruiz y Miguel Palomar y Vizcarra, aunque no nada más ellos, por ejemplo, José Antonio López Ortega escribió en 1944 una interesante relación de los esfuerzos realizados sobre todo por él mismo para vincular el movimiento cristero con diferentes asociaciones de católicos en Europa y otras regiones.38

En cuanto a los combatientes, en 1947 fue publicado por Andrés Barquín Ruiz, bajo el seudónimo de Joaquín Blanco Gil, El clamor de la sangre,39 que en tono hagiográfico relataba la muerte de cientos de cristeros caídos durante la guerra o inmediatamente después de los arreglos. En la revista mensual para sacerdotes Christus, de marzo de 1948, Jesús García Gutiérrez, canónigo y miembro de la Academia de la Historia, publicó un juicio muy duro sobre la glorificación de aquellas personas que habían tomado las armas al dárseles el título de mártires:

A raíz de los arreglos religiosos de 1929, personas que obraban con más celo que prudencia comenzaron a criticarlos y a sembrar la cizaña entre los fieles, y la Santa Sede puso silencio a esas críticas. Nadie que obre de buena fe podrá negar que ese silencio fue prudente y benéfico. Cuando se da uno una cortada, lo primero que hace el médico es vendarla, para que el tiempo la cicatrice, porque si está uno picando y resobando la herida nunca cerrará.40

Cuestionaba también que se llamara mártires a los cristeros caídos:

No cabe ninguna duda sobre que entre los que murieron en aquellos años hubo muchos verdaderos mártires, pero tampoco cabe dudar que no se puede aplicar el dictado a todos sin excepción, porque es doctrina de la Iglesia que no es mártir el que muere con las armas en la mano (…). Ya por esto se ve que declarar mártires a todos los que constan en el libro es, cuando menos, una ligereza imperdonable, pero que puede sembrar muchos errores en los ánimos de los lectores.41

Continuaba, así, la pugna entre los que veían en el levantamiento armado una gesta heroica y los que, por convicción o por miedo de que se replicara, buscaban sepultarlo en el olvido. Esto último no lo podían aceptar los que, en su momento, habían formado parte de la Liga, por eso es que, a los comentarios de García Gutiérrez, daría respuesta Andrés Barquín y Ruiz en un libro con tintes apologéticos titulado En defensa propia:

Al afirmar yo que los Cristeros que murieron en los campos de batalla, luchando con las armas en la mano en defensa y por la reimplantación del Reinado Temporal de Cristo en México, son mártires como sigo sosteniendo a pesar de las objeciones de su señoría, únicamente expreso que esos Cruzados son mártires porque con su voluntario sacrificio dieron “el testimonio de la verdad de la fe y de su divinidad, sellado con la sangre de las víctimas inmoladas”, en que consiste fundamentalmente el martirio.42

Y concluía su alegato apoyándose en citas de Agustín y Tomás de Aquino para refutar a su rival:

Si el señor canónigo rechaza esa doctrina y la aplicación que de ella hago, creo que no repudiará las enseñanzas del Gran Padre de la Iglesia San Agustín que dijo: “El martirio no consiste en la pena, sino en la causa o en el fin porque se muere”, ni del Doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, que expresó: “El que muere por ejercer un acto de virtud es un verdadero mártir”.43

Barquín llevaba así al campo de la teología lo que García Gutiérrez buscaba remediar en el ámbito de la prudencia.

La perorata era enorme: casi 170 páginas para mostrar lo equivocado que estaban quienes no valoraban todavía la gesta de los cristeros y osaban defender o, peor aún, elogiar a los prelados que habían negociado con Portes Gil la reanudación del culto. Sobre este acuerdo, citaba cómo lo habían definido ya en 1930 los directores de la Liga en un documento enviado a Pío xi: “tortura de las conciencias, porque se ve el mal que se está consumando y se siente la fuerte presión que los Excelentísimos Prelados ejercen para impedir que se trabaje en la conquista de la libertad, escudándose ellos en la autoridad que representan”.44

En esta etapa, procedentes de la corriente católica que censuraba los arreglos, se encuentran varias obras de la editorial Rex-Mex (nombre dado para significar Rey de México, en referencia a Jesucristo), escritas sobre todo por el mismo Barquín y Ruiz y Miguel Palomar y Vizcarra, aunque no únicamente.

La producción de Palomar y Vizcarra es copiosa y destaca su libro El caso ejemplar mexicano. Hacia la cumbre de la santidad,45 en el que postula para México una especie de destino manifiesto para encabezar las naciones católicas de América en una lucha comenzada ya el siglo xix contra las incursiones de diferentes ideologías que constriñen la práctica religiosa. En otras obras, Palomar desarrollará lo que él llamó el pensamiento cristero. Expondrá sus ideas sobre lo que debe ser la acción cívica de los católicos y, junto con Barquín, acusará a los Estados Unidos de ser la causa de nuestros males. Se transcribe un párrafo en el que, en una obra conjunta, ambos autores explican, según su punto de vista, cómo fue suprimido el levantamiento armado de los católicos en aras de los intereses norteamericanos:

Hubo entonces, contra aquel esfuerzo titánico que tendía a libertar a México, una combinación de energías: la Casa Blanca, continuando su política tradicional, antimexicana y anticatólica; el Gobierno Mexicano, simple agente de Washington; el sector del alto Clero Norteamericano, que secundaba los puntos de vista fundamentales de la Casa Blanca y que para ello se servía particularmente de la National Catholic Welfare Conference; la Banca de los Estados Unidos, interesada en poner término material al conflicto; y dos Prelados Mexicanos, los Excmos. Sres. Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz y Flores, que desde la iniciación de aquella fase de la persecución secular, manifestaron tendencias a entenderse de cualquier manera con el Gobierno sectario.46

La postura de los escritores ligueros se vio apoyada por tres novelas del padre David G. Ramírez, quien pertenecía al clero de Durango y nunca escondió su simpatía por los que se habían levantado en armas y sus organizadores.47 Así, bajo el seudónimo de Jorge Gram, el padre Ramírez publicaría las novelas Héctor, La guerra sintética y Jahel, todas ellas enfocadas a confirmar las posiciones de la Liga. La defensa que hacía del recurso a las armas en la segunda de estas obras mereció que varios obispos prohibieran su lectura en sus respectivas diócesis, pues su divulgación coincidía con el segundo levantamiento cristero, al que buscaban contener con penas canónicas.

La tercera vertiente historiográfica de este segundo periodo busca adoptar una postura más mesurada ante los acontecimientos, tiene el acierto de ser autocrítica consigo misma en algunos momentos, aunque, en otros, es despiadadamente crítica de sus rivales, esto es, de los católicos partidarios de haber proseguido la defensa armada. A diferencia de las anteriores, defiende la actuación de los obispos Díaz y Ruiz y Flores e, incluso, no escatima elogios para el primero, al que llegan incluso a preconizar como mártir, a pesar de que murió de causas naturales.48

Por último, la cuarta tendencia de la historiografía católica de estas dos primeras décadas después de los arreglos es claramente hagiográfica, comienza con la exaltación del padre Pro, que ya había comenzado en los libros contemporáneos a la lucha, para hablar después de un gran número de combatientes caídos durante los años de la guerra o ultimados después de los arreglos.

En 1933, al ser imposible publicarse en México, fue publicado en italiano el primer libro de esta corriente que pretendía exaltar la gesta de los cristeros: Fede di popolo fiori di eroi. Scene storiche messicane,49 firmado con un seudónimo. Es interesante que en su nota introductoria el editor, junto con afirmar que sería una lectura edificante para las asociaciones de católicos y muy útil para ser leído en los ejercicios de encierro, anticipara el siguiente juicio:

Parece a primera vista tenerse entre las manos un libro de aventuras maravillosas debido a la pluma y a la férvida fantasía de un escritor de ingenio, cuando, por el contrario, se tiene ante los ojos una historia reciente y verdadera. Son páginas vistas y vividas que reproducen las de los antiguos mártires cristianos; son recuerdos personales del mismo autor, cosas que él ha visto, oído y luego anotado para que quedaran como documento y memoria de tantas vicisitudes de que él fue testigo.

En 1942 se publicó en México por primera vez en español, que era además el idioma original en que fue escrito, y en los años sesenta alcanzó sucesivas reimpresiones bajo el título de Los Cristeros del Volcán de Colima.50

Del mismo género, en 1934 fue publicada la primera obra completamente dedicada al padre Pro, en la que se aborda el conflicto religioso.51 A partir de ésta, serán muchas las hagiografías sobre este mártir y, en cierto sentido, bastante parecidas.

En las obras de esta etapa, generalmente subsiste una nostalgia: la de un triunfo que pudo llegar y no llegó, pero, al mismo tiempo, una exaltación del heroísmo de los que quedaron en el campo de batalla que augura tiempos mejores aún por llegar. Se cumple en ellas lo que, aplicado a otro contexto, alguna vez describió así O’Gorman: “Como en los cuentos de hadas, en estas tentativas de evasión de la historia para salvarse de ella, siempre hay un resquicio, una cuarteadura que acaba por derrumbar el bello edificio de las ilusiones”.52

Por último, cabe mencionar de este periodo un libro publicado por primera vez en 1939 con el título de The Lawless Roads,53 del conocido novelista y periodista Graham Greene. El libro alcanzó varias reimpresiones en Inglaterra y se publicó más tarde en Estados Unidos con el nombre de Another Mexico.54 Es una especie de reportaje sobre México fruto de un viaje que realizó en 1938. Aborda frecuentemente la persecución religiosa posterior a la guerra cristera, aunque también menciona la muerte del padre Pro y otros acontecimientos del conflicto de 1926-1929. Subyace en él una visión pesimista sobre México que en momentos le lleva a ser exagerado y poco objetivo.

Tercera etapa: el momento de los testimonios

A veinte años de los arreglos y una vez que las posibilidades de que pudiera revivirse un conflicto armado eran casi inexistentes, el temor de que la exaltación de los cristeros fuera interpretada como una provocación y que, por otro lado, el gobierno emprendiera algún tipo de represalias contra quienes narraran su participación en la contienda habían ido disminuyendo. Es así donde nace la tercera etapa, una de las más productivas, que podríamos situar en las dos décadas siguientes, esto es, entre 1950 y 1965.

Es una etapa en la que abundaron los escritos de memorias y recuerdos, podríamos llamarla la etapa de la memoria colectiva. En ella comienzan a ser publicados incontables relatos sobre vivencias personales contados por los testigos mismos, casi siempre en un tono épico, heroico, pues estaban convencidos de haber participado en una gran gesta. Es simultánea a la aparición de la revista mensual David,55 publicada por Aurelio Acevedo, un excombatiente cristero que tuvo el mérito de agrupar en torno suyo a numerosos sobrevivientes quienes, muchas veces en entregas, iban dejando su propio testimonio. Al mismo tiempo, dentro de este género testimonial, fueron publicados interesantes libros, como el del sucesor de Gorostieta al mando del ejército cristero, el general Jesús Degollado Guízar.56

En estas obras, escritas muchas veces con poco rigor histórico, sobre todo en relación con lugares y fechas, se encuentran valiosas declaraciones sobre el modo en que se llevaba a cabo la guerra, sin interés alguno por revelar datos que pudieran haberles resultado desfavorables.57 También se hallan datos importantes sobre el modo de funcionar de algunas asociaciones católicas que cobraron importancia en los años más álgidos del conflicto, como la “U”.

Una obra sui generis de esta época es una colección de cartas y documentos emanados por el obispo de Tacámbaro a raíz del conflicto religioso, publicada en 1954 con el título Documentos para la Historia de la Persecución Religiosa en México y que permite ver la estrecha relación de este prelado con algunos dirigentes de la Liga.58

Por otro lado, el paso del tiempo había hecho cicatrizar las diferencias que enconaron a los católicos en imponer su punto de vista sobre la conveniencia o no del levantamiento armado y de los arreglos y ahora, sobre caminos distintos, podían unos y otros hablar de lo acontecido con una finalidad común: denunciar los abusos del gobierno.

Así, escritores como Jesús García Gutiérrez, anteriormente vistos con ojos de sospecha por sus críticas a quienes defendían a ultranza la defensa armada, ahora fueron reconocidos como aliados por libros como De Cabarrús a Carranza,59 en el que hace un recorrido de todas las leyes restrictivas para la práctica de la religión en México, en especial las que fueron dictadas durante el periodo de Calles y el Maximato.

De este periodo son dos obras importantes de Antonio Rius Facius, aunque no las únicas de este autor sobre el tema, Méjico Cristero60 y La Juventud Católica y la Revolución Mejicana.61 En esta última, hace todo un recorrido, desde sus inicios, de la acjm (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) y da interesantes datos sobre otras instituciones como el Partido Católico Nacional y la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. En Méjico Cristero, da una versión completa del conflicto desde sus orígenes, totalmente apegada a los relatos difundidos por los historiadores cercanos a la Liga con los consabidos tópicos sobre una intervención norteamericana para destruir la religión en México, traición de la jerarquía y, más específicamente, de los obispos Díaz y Ruiz, al movimiento cristero, etc.

Una obra más de esta etapa que vale la pena citar, encuadrada en el subgénero de memorias, es el libro de Heriberto Navarrete, Por Dios y por la Patria,62 valioso por la cercanía que tuvo con el general Gorostieta, de quien fue una especie de secretario particular.

Cuarta etapa: comienza la profesionalización

A la par que en México avanzaba la profesionalización de la historia, algunos investigadores optaron por el estudio del conflicto cristero y aprovecharon el cúmulo de escritos testimoniales de una y otra tendencia confrontándolos con los archivos. Así, en 1966, Alicia Olivera Sedano publicó en el inah un libro titulado Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929. Sus antecedentes y sus consecuencias,63 que es probablemente el primer estudio desapasionado sobre el tema y también el primero que hace un uso más extenso de archivos, especialmente del archivo personal de Miguel Palomar y Vizcarra. Jean Meyer se refiere a este estudio como el primero realmente objetivo y lo describe así: “marca una época en la historiografía mexicana, que hasta entonces no se había atrevido a abordar un tema que era tabú. La autora expone la lógica del enfrentamiento heredado y aumentado por las preocupaciones sociales de ambas fuerzas, y la acción de la Liga. A partir de las relaciones de la Liga, traza una historia de la guerra y señala a la vez la importancia y la complejidad del levantamiento”.64 Quizá esta última observación sea la más aguda, pues augura un mundo nuevo, menos lineal que se había venido dibujando, para las futuras investigaciones: el levantamiento cristero fue un asunto complejo, muy complejo.

Un poco después, en 1969, vendrá una segunda obra apoyada en archivos mexicanos y norteamericanos, se trata de la tesis doctoral de David C. Bailey titulada The Cristero Rebellion and the Church-State Conflict in Mexico, que fue editada en 1974 por la Universidad de Texas.65 Meyer, aunque elogia esta tesis y la califica de notable, señala que a los cristeros se les caracteriza como piezas de ajedrez en el tablero político, sin concedérseles mérito alguno.66 Lo cual no es de extrañar, pues nuevamente predomina en la elaboración de la tesis el recurso a los archivos de la Liga.

En 1973, fue publicada una obra de Robert Quirk con un interesante análisis de las relaciones Estado-Iglesia católica desde los últimos días del régimen porfirista hasta el año 1929: The Mexican Revolution and the Catholic Church.67 En ella se encuentran tres capítulos dedicados a la guerra cristera y a los esfuerzos de la diplomacia internacional para conseguir un acuerdo que beneficiara a ambas partes.

Por otro lado, desde 1965 se hallaba en México investigando el tema Jean Meyer, cuya obra no sólo marcaría una pauta, sino que permanecería como punto de referencia obligado tanto para la historiografía posterior sobre la guerra cristera, como para la de las relaciones Iglesia-Estado. Su obra, producto de casi cinco años de investigación y dos de redacción,68 fue defendida por el autor en París en 1971 y publicada por primera vez en México en 1973.69

A diferencia de otras anteriores que se hallan en esta etapa de profesionalización de la historia en este campo de la guerra cristera, la obra de Meyer fue producto de una investigación mucho más meticulosa por el ingente número de archivos públicos y privados que consultó, por las obras inéditas a las que tuvo acceso, con testimonios de primera mano, por el acopio bibliográfico y hemerográfico que utilizó y por el número tan grande de entrevistas y encuestas que realizó personalmente, así como por el estudio de las entrevistas grabadas por el padre Nicolás Valdés, cerca de 800 horas de conversaciones grabadas con personajes que participaron en la cristera.

Para la elaboración de La cristiada, Meyer no pudo consultar algunos archivos eclesiásticos mexicanos, a los que en ese momento se le negó el acceso, ni tampoco los archivos vaticanos relativos al pontificado de Pío xi, pues estos fueron abiertos en el 2006.70 Tampoco llegó a algunos archivos norteamericanos, como el de los Caballeros de Colón en New Haven. Esto lo habría de subsanar en obras posteriores, como La cruzada por México71 y El conflicto religioso en Oaxaca 1926-1929.72 De manera reciente, ha publicado una nueva obra en la que retoma y amplía todo el tema de los llamados arreglos y su gestación, al mismo tiempo que se extiende al periodo inmediatamente posterior al término del conflicto armado: Si se pueden llamar arreglos… Crónica del conflicto religioso en México, 1928-1938.73

Existen tres investigaciones de la etapa profesional que, sin ser las únicas, se podrían considerar un complemento necesario al trabajo de Meyer. La primera de ellas, Cristeros y agraristas en Jalisco,74 de Moisés González Navarro, consta de cinco tomos y es producto de una exhaustiva indagación en todo tipo de archivos y periódicos. La segunda, parte de un interesante punto de vista sobre todo intraeclesial. Se trata de los cinco tomos escritos por Manuel Olimón Nolasco utilizando la documentación de la Secretaría General de la National Catholic Welfare Conference (ncwc), organismo del episcopado norteamericano orientado, entre otras cosas, a nutrir de información a los obispos estadunidenses para su toma de decisiones en relación con la problemática de los católicos de otras naciones.75 La tercera, es la obra de Paolo Valvo publicada en 2016 Pio xi e la Cristiada,76 en la que hace uso de los fondos vaticanos correspondientes al pontificado de este pontífice además de una gran cantidad de fondos inéditos y una extensa bibliografía. Recientemente se ha publicado en español una versión revisada y actualizada.77

Con un punto de partida diferente y, en algunos casos, contrapuesto a la obra de Meyer, se encuentran las investigaciones de José Díaz y Román Rodríguez, Ramón Jrade y Jennie Purnell. En la primera de ellas,78 los autores presentan al clero como aliado de la oligarquía terrateniente y defensor de la propiedad privada, al tiempo que, en nombre de la moralidad, exige a los campesinos renunciar a los beneficios de la reforma agraria. Plantean, en contra de las versiones que ven la cristera como una guerra religiosa, que más bien fue una respuesta campesina a situaciones que se habían venido generando en Los Altos de Jalisco desde años atrás. Por su parte, Jrade79 sugiere que el aislamiento del mercado fue lo que preparó el terreno para el apoyo casi unánime a la causa cristera por parte de los alteños, cuya población estaba constituida en su mayoría de pequeños propietarios y de aparceros autónomos. Para él, otra clave para entender el levantamiento en Jalisco fue la reorganización de la Iglesia local a través de las vicarías foráneas y la creación de nuevas parroquias, pues esto había implicado una transformación social profunda, al fortalecer los vínculos entre familias rurales y sentar las bases para la defensa de intereses comunes.80 Finalmente, Purnell81 tiene el mérito de resaltar los matices diferentes que reviste el movimiento cristero según las características propias del campesinado y critica a Meyer por suponer que el levantamiento haya procedido de un campesinado cultural y políticamente homogéneo.

Dentro de esta etapa de la profesionalización, existe también una gran cantidad de obras que abordan el tema desde enfoques particulares, por lo que, sin demérito para ninguna de ellas por la investigación que detrás de cada una subyace, a sus autores se les podría clasificar como comentaristas de la cristiada. Entre ellos se sitúan Fernando M. González,82 Juan González Morfín83 y Javier Pablo Olivera Ravasi.84

Hay otras obras, también de esta última etapa, que se centran en aspectos específicos del conflicto. En orden cronológico de aparición, se mencionarán a continuación algunas de ellas.

En primer lugar, la tesis de Servando Ortoll, Catholic Organizations in Mexico’s National Politics and International Diplomacy (1926-1942)85 que, sin ser exclusiva sobre el conflicto cristero, parte de una buena investigación documental y de campo y da luces para entender mejor el peso de la diplomacia en el conflicto. Seguida por otra tesis, la de Evaristo Olmos, La Liga nacional defensora de la libertad religiosa en el conflicto religioso mexicano (1925- 1929),86 que se apoya en la consulta de varios archivos eclesiásticos y abundante documentación de la Liga. Un análisis de la interacción de los laicos católicos mexicanos con los estadounidenses para buscar influenciar el gobierno de aquel país con el fin de que interviniese a favor de una solución del conflicto religioso que favoreciera a la Iglesia se encuentra en American Catholics and the Mexican Revolution, 1924-1936, de Matthew A. Redinger.87 En Messico, 1900-1930: storia, Chiesa e popoli indigeni, Massimo De Giuseppe busca analizar las relaciones entra la Iglesia y el Estado desde la óptica de los pueblos indígenas.88 Stephen Andes, por su parte, cubriendo un espectro más amplio que el de la sola guerra cristera, desde la perspectiva de cómo el catolicismo internacional pretendía contener el secularismo y el socialismo, analiza las organizaciones católicas que intervinieron en el conflicto en The Vatican and Catholic Activism in Mexico and Chile: The Politics of Transnational Catholicism, 1920-1940.89 Julia Young, para documentar el éxodo ocasionado por la guerra cristera, recurre a archivos familiares y parroquiales en su obra Mexican Exodus: Emigrants, Exiles, and Refugees of the Cristero War.90 Sobre los antecedentes de la guerra cristera en Jalisco, tenemos la obra de Robert Curley, Citizens and Believers: Religion and Politics in Revolutionary Jalisco, 1900-1930.91

En este renglón de obras centradas en aspectos específicos, se encuentran algunas compilaciones que revisten importancia. Entre ellas, no se puede no mencionar otro clásico de la literatura cristera compilado por Jean Meyer: Las naciones frente al conflicto religioso en México,92 que en 14 capítulos ofrece un estudio casi exhaustivo de los ecos de la guerra cristera en el ámbito internacional.93 Otra muy interesante, coordinada por José Luis Soberanes y Óscar Cruz Barney, es Los arreglos del presidente Portes Gil con la jerarquía católica y el fin de la guerra cristera. Aspectos jurídicos e históricos,94 en la que se aborda el desenlace del conflicto armado desde varios enfoques metodológicos.95 Algunas otras compilaciones no específicas sobre la guerra cristera que tienen algún capítulo valioso sobre el tema son La cruz de maíz,96 Faith and Impiety in Revolutionary Mexico,97 Política y religión en la Ciudad de México,98 Sociedades secretas clericales y no clericales en México en el siglo xx99 y Cruce de fronteras: la influencia de los Estados Unidos y América Latina en los proyectos de nación católicos en México, siglo xx,100 entre otras muchas obras profesionales que contienen también capítulos monográficos sobre tópicos concernientes a la guerra cristera.101

Conviven en el espacio temporal con obras profesionales muchos relatos y testimonios sobre el conflicto religioso escritos o recabados muchas veces por algunos de los actores o editados por algún familiar suyo, casi siempre con una perspectiva más local que de conjunto. Son valiosos documentos que no pocas veces adolecen de algunas de las fallas ya señaladas en la historiografía anterior a esta etapa: maniqueísmo, visiones unilaterales y, en algunos casos, errores en la datación, explicables en buena parte por los años que habían transcurrido para esas fechas. En cualquier caso, también tienen aportaciones interesantes que pueden ser recogidas por la historiografía profesional.

Dos obras que reproducen versiones desfavorables para los cristeros son las escritas por el político y gobernador interino de Jalisco durante algunos meses del conflicto, Silvano Barba González titulada La rebelión de los cristeros,102 y la escrita por el general Cristóbal Rodríguez, quien fuera un ayudante cercano del general Joaquín Amaro.103

Del lado de las que relatan versiones favorables a los cristeros, nos encontramos nuevamente con memorias, como las escritas por el general José Gutiérrez o por el periodista Carlos Blanco Ribera,104 y otras que reúnen testimonios breves de algunos actores secundarios. Entre ellas, son destacables las compilaciones de Luis De la Torre Pueblos del Viento Norte. Revolución, Cristiada y Rescoldo, así como 1926. Ecos de la Cristiada.105 También cabe mencionar una colección de testimonios y documentos afines a la historia oficial divulgada por la Liga en una colección en cuatro tomos de Consuelo Reguer: Dios y mi derecho.106

En el mismo sector testimonial se encuentra El Conflicto Religioso y sus Arreglos,107 de Roberto J. Sánchez Dávalos, recopilación de relatos y testimonios centrados en la intervención del diplomático chileno Miguel Cruchaga en la resolución del conflicto.

Muy valioso por la importancia del autor en el conflicto es el libro Cartas del General Enrique Gorostieta a Gertrudis Lasaga,108 que contiene una veintena de cartas a su esposa del máximo líder de los ejércitos cristeros en las que, junto con muchas manifestaciones de afecto a su familia, va narrando desde sus disposiciones anímicas hasta sus carencias económicas.

Otra vena importante de contribuciones a la historiografía de la guerra cristera en esta última etapa han sido los artículos publicados en revistas especializadas ya sea sobre la problemática en su conjunto,109 ya de aspectos precisos en los que hacía falta profundizar.110 En este campo, se cuentan por cientos los estudios que han aparecido, algunos de ellos constituyen ya un hito dentro de las aportaciones para el conocimiento de esta fase histórica.111 No pocos, en cambio, podrían caer en la crítica que hace Florescano a ciertos escritos históricos demasiado técnicos: “estudios especializados que sólo leen los mismos profesionales de la historia y sus estudiantes. Es decir, no se produce más para más gente o más lectores, como lo prueba el hecho devastador de que la institución académica mexicana tiene el récor mundial por concepto de almacenamiento de libros: ¡cientos de miles (algunos hablan de millones) de libros guardados en las bodegas!”.112 Aunque no es el caso de todos, ni siquiera de la mayoría de trabajos que se han publicado últimamente sobre este tema, sin embargo, sí puede ser el de algunos.

Consideraciones finales

A lo largo de este recorrido a través de la producción, al principio escasa y ahora abundante, de literatura histórica sobre la guerra cristera, se han analizado diferentes enfoques y modos de acercarse a los acontecimientos: durante un periodo no pequeño, nos topamos sobre todo con obras detrás de las que subyacen, la mayor parte de las veces, intereses creados junto con testimonios valiosos que nos ayudan a armar el rompecabezas, pero que no dan todavía una respuesta completa para un lector -o un investigador- que se pregunten cuál fue el fondo de los acontecimientos.

Algunos de estos escritos se podrían situar en lo que hemos llamado historia oficial católica, un subgénero literario más cercano a la apologética que a la historia. Pretendían muchas veces mostrar que los católicos mexicanos sufrieron por estas fechas no pocos atropellos en sus derechos y que, como respuesta, hubo un grupo de personajes verdaderamente heroico -los cristeros- que defendieron hasta derramar su sangre esos derechos; pero esas primeras obras sobre la guerra cristera no conseguían del todo su objetivo porque su interés preconcebido las llevaba en la mayoría de los casos a construir narraciones repetitivas y con poca solidez histórica. A base de repetir más o menos lo mismo, sin probarlo, se llegó a una producción histórica fundamentalmente acrítica, aunque bien intencionada a la vista de sus autores y lectores. Queriendo hacer un favor a la historia de la Iglesia católica en México, más bien la condenaban a vivir de la amargura de un pasado en que se le injurió, de un momento de gloria que nunca llegó, de un triunfo que sus malos elementos internos dejaron escapar de las manos.113

No obstante, esta línea historiográfica de confrontación, de réplicas y contrarréplicas, fue poco a poco siendo desplazada por una serie de autores que, con su labor histórica desinteresada y profesional, fueron presentando un panorama histórico diferente: sin prejuicios, sin categorías de buenos y malos, sin dejar de describir los posibles atropellos, pero sin poner en ellos tanto énfasis, sino más bien en las causas y consecuencias: se había entrado en una nueva etapa, la etapa de la profesionalización. Justamente esos autores, en un principio censurados por los católicos partidarios de la verdad oficial,114 fueron los que hicieron un probado favor a la historia, a los cristeros e, incluso, al dar una visión más equilibrada de los hechos, favorecieron más a la Iglesia católica que aquellas otras obras que pretendían, supuestamente, defenderla.

Por otra parte, esta última etapa encontró un amplísimo campo para cultivar y de ahí han surgido obras muy diversas que se enfocan en aspectos particulares o en la crítica historiográfica, como las de Purnell, Jrade, Valvo, Ortoll y Andes, por mencionar algunos.

Para terminar, cabe apuntar que esta fase de la historia de México -la guerra cristera- ha sido asumida plenamente por la etapa de la profesionalización con obras como las ya comentadas; sin embargo, todavía no es asumida por la institucionalización, pues sería esperable que existieran cátedras y seminarios sobre el tema en los programas de historia contemporánea de los diferentes institutos y universidades e, incluso, que existieran escuelas y facultades que se enfocaran en el estudio de esta problemática que se vivió en el México posrevolucionario.

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1 De la Torre Villar, “La historiografía en México 1942-1992”, pp. 329-349; Zermeño, “La historiografía en México: un balance (1940-2010)”, pp. 1696-1699.

2El Colegio de México se fundó en 1940; el Instituto de Historia de la UNAM, en 1945 y, a partir de 1967, pasó a llamarse Instituto de Investigaciones Históricas.

3Si bien no existe una historia oficial católica, pues ni la Iglesia ni algún otro organismo oficial u oficiosamente católico la promueve como tal, se ha dado este nombre a la línea seguida por un grupo de historiadores que han adoptado una postura supuestamente defensiva de los valores católicos, pero muchas veces cimentada más en prejuicios y temores que en una sólida investigación. A lo largo de este trabajo se buscará mostrar algunos puntos comunes de esta corriente.

4Por la extensión y el objetivo de este trabajo no es posible adentrarnos en cómo se llevó a cabo la profesionalización en México y los debates que suscitaron en su momento las diferentes escuelas, nos limitaremos a enunciarla como un hecho; sin embargo, para adentrarse sobre este tema en el entorno mexicano, se sugiere leer Mora Muro, Los historiadores: una comunidad del saber, pp. 202-237; y para el entorno mundial, Florescano, Historia de las historias de la nación mexicana, pp. 425-451.

5En este sentido, se deben mencionar: López, “La guerra cristera (México, 1926-1929). Una aproximación historiográfica”, pp. 35-52; García Ugarte y Rosas Salas, “La Iglesia católica en México desde sus historiadores (1960-2010)”, pp. 91-161; Butler, “Cristeros y agraristas en Jalisco, una nueva aportación a la Historiografía Cristera”, pp. 493-530; Del Arenal, “La otra historiografía, la historiografía conservadora”, pp. 63-89; Martínez Villegas, “La historiografía conservadora mexicana y su caracterización de la masonería durante la segunda mitad del siglo xx”, pp. 261-288.

6 De la Torre, “La historiografía”, p. 353.

7Ibíd.

8Véanse González, “Entre la espada y la pared: el Partido Católico Nacional en la época de Huerta”, pp. 387-399; González, “La jerarquía católica y el carrancismo: una aproximación desde fuentes documentales eclesiásticas”, pp. 68-105.

9Francis Clement Kelley (1870-1948), desde su puesto como secretario de The Caholic Church Extension Society del episcopado norteamericano, realizó una gran labor de asistencia material a los obispos y sacerdotes mexicanos expatriados en los Estados Unidos. Su solicitud por la Iglesia de México le mereció ser nombrado canónigo honorario del cabildo de Guadalajara por el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez. Fungió como obispo de Oklahoma entre 1924 y 1948.

10Kelley, El libro de Rojo y Amarillo. Una historia de sangre y cobardía, p. 69.

11 Fernández Rodríguez, De un hombre providencial. Mons. Luis María Martínez, p. 65.

12Ibíd., p. 219.

13En este rubro, los libros, folletos y capítulos dedicados al primer embajador norteamericano, Joel R. Poinsett, son muy numerosos.

14Pérez Montfort explica este fenómeno argumentando que al nacionalismo revolucionario se opuso el nacionalismo conservador. Y señala como características de este último: una mexicanidad basada en el amor a la patria, la defensa de la familia, la herencia colonial e hispana y la religión católica que, todo junto, “hacía del pueblo mexicano un sujeto particular en la historia de la humanidad” (Pérez Montfort, “Tradición, anticomunismo y nacionalismo en el México de los años veinte [1922-1929]”, p. 278). O’Gorman, por su parte, va más allá cuando describe que un rasgo del tropicalismo del alma iberoamericana estriba en “un afecto desmesurado e indiscriminado a la exageración en lo bueno y en lo malo, y muy particularmente en la expresión verbal, tan propicio a la ocultación de la verdad y al halago de sentimientos y virtudes supuestamente poseídos en grado altísimo como rasgos característicos del espíritu nacional” (O’Gorman, México. El trauma de su historia, p. 23).

15Hammond Murray, Mexico before the World. Public Documents and Addresses of Plutarco Elías Calles.

16Véanse especialmente las páginas 103-141, 158-159 y 199-201.

17Antonio Uroz, La Cuestión Religiosa en México.

18Toro, La Iglesia y el Estado en México. Estudio sobre los conflictos entre el clero católico y los gobiernos mexicanos desde la Independencia hasta nuestros días.

19Marín, La verdad sobre Méjico.

20Hoyois (ed.), La tragédie mexicaine. Jusqu’au sang…

21Ziliani, Tre mesi nel Messico martire. Storia della persecuzione, eroismo dei martiri. La edición se revisó, se amplió y, a partir de 1930, se publicó con el título Messico martire. Para 1934 ya había alcanzado diez reimpresiones.

22En 1928, la casa Isart Durán Editores, en Barcelona, publicó 7 folletos con títulos alusivos al conflicto religioso, por ejemplo: ¡En pleno Siglo XX a las Islas Marías! Terribles escenas de la persecución religiosa en Méjico; El Calvario de un Obispo. Excmo. Señor Ignacio Valdespino Díaz. Obispo de Aguascalientes; Joaquín Silva. Semblanza del martirio. Solamente uno de ellos se encontraba firmado con el pseudónimo de Jorge Gram (David G. Ramírez): La cuestión de Méjico. Una ley inhumana y un pueblo víctima. El más corto tenía 20 páginas y el más largo 34. Algunos de ellos alcanzaron rápidamente varias reimpresiones.

23Marín, La verdad, p. 368.

24Ibíd., pp. 321-342.

25La idea original de los editores consistía en publicar una colección bajo el título “La tragedia mexicana”. Solamente se publicaron dos títulos: el ya citado y, un año después, La Tragédie Mexicaine II. Sous l’Ombre d’Obregon, firmado por Giovanni Hoyois y Andrés Barquín Ruiz.

26Ziliani, Tre mesi, p. 29.

27Ibid., p. 115.

28Cipolla, Montezuma contro Cristo. Viaggio al Messico.

29Pioli, La Costituzione del Messico e la libertà dei culti.

30Guthrie, Church and State in Mexico. Professional Opinion of William D. Guthrie.

31Véase Mónika Szente Varga, “El reflejo de la primera guerra cristera de México en Hungría”, pp. 119-136.

32Zsámár, A mexikói vérfürdő.

33Anónimo, P. Pro Mihály S. J. és három társa. Mexikói vértanú.

34Bangha, Guadalupe. Mexikói regény.

35Gömöri, A mexikói hősök. Gyermekdráma öt felvonásban.

36Portes Gil, La lucha entre el poder civil y el clero.

37De esta corriente, las primeras obras, aunque no todas, vieron luz apenas unas semanas después de los arreglos. Por temor a las represalias del gobierno o de las autoridades eclesiásticas en el caso de obras escritas por clérigos, varias de ellas estuvieron firmadas con un seudónimo. Entre ellas, Arquímedes, Los “Arreglos” Religiosos y La Pastoral del Ilmo. Delegado Apostólico Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores examinados a la Luz de la Doctrina Católica. Una obra importante que difiere de la anterior porque da una visión mucho más ecuánime y conciliadora sobre los arreglos fue escrita por los jesuitas Eduardo Iglesias y Rafael Martínez del Campo, la firmaron también bajo seudónimo: Aquiles P. Moctezuma, El conflicto religioso de 1926. Sus orígenes. Su desarrollo. Su solución. En cambio, el padre Agustín Gutiérrez, del clero de Guadalajara, no tuvo reparos en firmar sus obras ¿Qué somos? y Elucidario. En ellas, el autor plantea que la Iglesia católica en México, después de los arreglos, se había convertido en cismática al haber quedado sometida al gobierno.

38 López Ortega, Las naciones extranjeras y la persecución religiosa.

39 Blanco Gil (seudónimo de Andrés Barquín y Ruiz), El clamor de la sangre.

40 Barquín, En defensa propia, p. 8.

41Ibíd.

42Ibíd., p. 111.

43Ibíd.

44Ibíd., p. 158.

45 Palomar y Vizcarra, El caso ejemplar mexicano. Hacia la cumbre de la santidad.

46 Palomar y Vizcarra y Barquín, La influencia de los Estados Unidos sobre México en materia Religiosa, pp. 9-10.

47La literatura novelesca sobre la guerra cristera es un material que, aunque interesante de estudiar, en este trabajo se está casi por completo dejando de lado. Un estudio acucioso sobre el tema es el de Ángel Arias Urrutia: Cruzados de Novela. Las novelas de la guerra cristera. Cabe mencionar que en el género novelístico se encuentra abundante material en tres direcciones: obras apologéticas y de propaganda de la defensa armada, como las firmadas por Jorge Gram; obras que impugnan a los cristeros, como las de José Guadalupe de Anda, y obras que se sitúan en esta época para hacer relatos que podríamos llamar neutros y cuyos fines son puramente literarios, como Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro. Entre las primeras, la más famosa es Rescoldo (1961), de la que Juan Rulfo afirmó que era una de las cinco mejores novelas mexicanas.

48Ejemplos de esta etapa son: Carreño, El arzobispo de México, Excmo. Sr. Dr. don Pascual Díaz y el conflicto religioso; Ruiz y Flores, Recuerdo de recuerdos;Correa, Pascual Díaz, S.J. El arzobispo mártir.

49 Spectator (seudónimo de Enrique de Jesús Ochoa), Fede di popolo fiori di eroi. Scene storiche messicane.

50Spectator, Los Cristeros del Volcán de Colima, Escenas de la lucha por la libertad religiosa en México 1926-1929.

51Dragón, El Padre Pro (publicada en español en 1934 como traducción a la 5ª edición francesa).

52O’Gorman, México. El trauma, p. 73.

53Greene, The Lawless Roads. A Mexican Journey.

54 Greene, Another Mexico. Hay que distinguir esta obra de su conocida novela El poder y la gloria.

55Esta revista fue publicada por Aurelio Acevedo desde agosto de 1952 hasta diciembre de 1967. Acevedo murió en enero de 1968 y la revista apareció solamente una vez más en marzo de ese año. Existen algunas ediciones facsimilares con toda la producción de David.

56 Degollado, Memorias de Jesús Degollado Guízar. Último general en jefe del ejército cristero.

57Junto con narraciones épicas de combates en los que derrotaban al enemigo con un mínimo de recursos, así como de otras en las que se veía la habilidad de los cristeros para sortear todo tipo de obstáculos, se hallan algunas páginas que revelan una gran superficialidad a la hora de someter a algún tipo de procedimiento judicial a quienes caían en sus manos. Así relata Degollado cómo hizo ajusticiar a cuatro lugareños acusados de denunciar a las familias de los que se habían levantado en armas para que el gobierno las multara o desterrara: “consulté la opinión de otros vecinos, personas cristianas y honorables, y como concordaran con lo que me dijo mi asistente, mandé que los colgaran, procurando no molestarlos demasiado” (Degollado, Memorias, p. 182).

58 Lara y Torres, Documentos para la Historia de la Persecución Religiosa en México. La obra es muy interesante pues refleja, a lo largo de más de mil páginas, el sufrimiento que tenía este funcionario eclesiástico no sólo por las leyes que restringieron la libertad de culto, sino sobre todo por el modo en que se resolvió parcialmente el conflicto a través de los arreglos pactados con el gobierno por los obispos Díaz y Ruiz.

59 Navarrete (seudónimo de Jesús García Gutiérrez), De Cabarrús a Carranza. La legislación anticatólica en México.

60 Rius Facius, Méjico Cristero. Muy de la mano de ésta, aunque publicada unos años más tarde, se encuentra una obra de López Beltrán, La persecución religiosa en México.

61 Rius Facius, La Juventud Católica y la Revolución Mejicana.

62 Navarrete, Por Dios y por la Patria. Memorias de mi participación en la Defensa de la Libertad de Conciencia y Culto durante la Persecución Religiosa en México de 1926 a 1929.

63 Olivera Sedano, Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929. Sus antecedentes y sus consecuencias.

64 Meyer, La cristiada 1. La guerra de los cristeros, p. 399.

65 Bailey, Viva Cristo Rey! The Cristero Rebellion and the Church-State Conflict in Mexico.

66Meyer, La cristiada 1, p. 399.

67 Quirk, The Mexican Revolution and the Catholic Church.

68Sobre la elaboración de esta tesis, véase González, “Conversación en México con Jean Meyer”, pp. 458-465.

69Además del primer volumen, ya citado, tenemos también Meyer, La cristiada 2. El conflicto entre la Iglesia y el Estado 1926/1929; Meyer, La cristiada 3. Los cristeros.

70Posteriormente ha publicado algún artículo en el que acude a fondos vaticanos de la época de Pío xi.

71 Meyer, La cruzada por México. Los católicos de Estados Unidos y la cuestión religiosa en México.

72 Meyer, El conflicto religioso en Oaxaca 1926-1929.

73 Meyer, Si se pueden llamar arreglos… Crónica del conflicto religioso en México, 1928-1938.

74 González Navarro, Cristeros y agraristas en Jalisco, 5 volúmenes. Esta investigación, circunscrita sobre todo al occidente del país, diez años más tarde se vio ampliada por una nueva publicación que extendía el campo de su estudio a nivel nacional: Religioneros, cristeros, masones y agraristas.

76 Valvo, Pío xi e la Cristiada. Fede, guerra e diplomazia in Messico (1926-1929).

77 Valvo, La Cristiada. Fe, guerra y diplomacia en México (1926-1929).

78 Díaz Estrella y Rodríguez, El movimiento cristero: sociedad y conflicto en los Altos de Jalisco.

79 Jrade, Counterrevolution in Mexico: The Cristero Movement in Sociological and Historical Perspective.

80En una obra en la que sale al paso de algunas críticas a su obra, Jean Meyer cuestiona que trabajos como el de Jrade se sitúan en regiones muy pequeñas y de ahí sacan conclusiones que aplican a una extensión geográfica mucho mayor (Meyer, Pro domo mea: “La Cristiada” a la distancia, pp. 11-12).

81 Purnell, Popular Movements and State Formation in Revolutionary México. The Agraristas and Cristeros of Michoacan.

82 González, Matar y morir por Cristo Rey: aspectos de la Cristiada.

84 Olivera Ravasi, La contrarrevolución cristera: dos cosmovisiones en pugna.

85 Ortoll, Catholic Organizations in Mexico’s National Politics and International Diplomacy (1926-1942).

86 Olmos, La Liga nacional defensora de la libertad religiosa en el conflicto religioso mexicano (1925-1929).

87 Redinger, American Catholics and the Mexican Revolution, 1924-1936.

88 De Giuseppe, Messico, 1900-1930: storia, Chiesa e popoli indigeni.

89 Andes, The Vatican and Catholic Activism in Mexico and Chile: The Politics of Transnational Catholicism, 1920-1940.

90 Young, Mexican Exodus: Emigrants, Exiles, and Refugees of the Cristero War.

91 Curley, Citizens and Believers: Religion and Politics in Revolutionary Jalisco, 1900-1930.

92 Meyer, Las naciones frente al conflicto religioso en México.

93En la misma línea, Maurice Demers ilustra cómo la lucha de los mexicanos motivó a los católicos franceses canadienses a que buscaran mejorar su lugar en la sociedad en Connected Struggles: Catholics, Nationalists, and Transnational Relations between Mexico and Quebec 1917-1945.

94 Soberanes y Cruz Barney (coords.), Los arreglos del presidente Portes Gil con la jerarquía católica y el fin de la guerra cristera. Aspectos jurídicos e históricos.

95Se encuentra disponible en la liga http://ru.juridicas.UNAM.mx/xmlui/handle/123456789/12881

96 De Giuseppe, La cruz de maíz. Política, religión e identidad en México: entre la crisis colonial y la crisis de la modernidad.

97 Butler (ed.), Faith and Impiety in Revolutionary Mexico.

98 Savarino, Bravo Rubio y Mutolo (coords), Política y religión en la Ciudad de México. Siglos xix y xx.

99 Solis, Sociedades secretas.

100 Butler, Foulard y Solis, Cruce de fronteras: la influencia de los Estados Unidos y América Latina en los proyectos de nación católicos en México, siglo xx.

101Cabe mencionar también el tomo 1 de Verónica Oikión y Marta Eugenia García Ugarte (coords.), Movimientos armados en México, siglo xx, vol. 1, y la selección recogida por Paolo Valvo en La libertà religiosa in Messico. Dalla rivoluzione alle sfide dell’attualità.

102 Barba, La rebelión de los cristeros.

103 Rodríguez, La Iglesia católica y la rebelión cristera (1926-1929).

104 Gutiérrez, Recuerdos de la Gesta Cristera, vols. i y ii;Carlos Blanco Ribera, Mi contribución a la Epopeya Cristera. Una época terrible y tormentosa.

105 De la Torre, Pueblos del Viento Norte. Revolución, Cristiada y Rescoldo; De la Torre, 1926. Ecos de la Cristiada. Contiene esta última un Prólogo de Jean Meyer especialmente interesante, pues aventura una explicación de la animadversión de Calles a la Iglesia católica en los años de su gestión como presidente.

106 Reguer, Dios y mi derecho, volúmenes 1 al 4.

107 Sánchez Dávalos, El conflicto religioso y sus arreglos.

108 Gorostieta, Cartas del General Enrique Gorostieta a Gertrudis Lasaga.

109Véase, por ejemplo, González, “¿Razón de Estado o problema de conciencia? Negociaciones y desencuentros entre el gobierno callista y el episcopado mexicano durante el conflicto Iglesia-Estado 1926-1929”, pp. 219-242.

110 Alcalá, “Los acuerdos del 21 de junio de 1929 según el Archivo Secreto Vaticano: documentos”, pp. 413-440; Casas García, “La documentación en el ASV sobre el conflicto religioso en México. La influencia en la Santa Sede de las diversas visiones del conflicto”, pp. 441-470; González, “La Comisión de obispos en Roma y su apoyo al conflicto armado”, pp. 147-178; González, “Antonio Guízar y Valencia, obispo y arzobispo de Chihuahua, y su influencia en la formación de un laicado católico ajeno a la resistencia armada”, pp. 179-204.

111Por mencionar sólo algunos: Valvo, “La Santa Sede e la Cristiada”, pp. 840-875; Meyer, “¿Cómo se tomó la decisión de suspender el culto en México en 1926?”, pp. 164-194; Solis, “Asociación espiritual o masonería católica: la U”, pp. 121-137.

112Florescano, Historia de las historias, p. 446.

113Así, por ejemplo, en el folleto de 44 páginas firmado con el seudónimo Arquímedes, donde se ataca al obispo Ruiz y Flores de colaborar con el gobierno en la descristianización de México y se menciona la posibilidad de que sea masón.

114Cuando la obra de Meyer comenzaba en México a ser cada vez más conocida, José Antonio López Ortega, quien había sido en los años del conflicto y hasta 1934 coordinador en jefe de v.i.t.a-México (Unión internacional de todos los amigos de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa de México), escribió a la Universidad de Paris-Nanterre, donde había sido defendida la tesis de Meyer, una carta reclamando “la opinión tergiversada de la realidad de los hechos” vertida en la tesis. Exigía que se obligara a Meyer a rectificar sus opiniones de modo que aceptara en su tesis que el Papa había sido engañado por los prelados que concertaron los arreglos y, de no hacerlo, suplicaba a la universidad que se añadiera a la tesis un alegato de cerca de 50 páginas “para que los estudiosos de la Historia Mexicana cuenten con documentos incontrovertibles que los ilustren sobre el Conflicto Religioso en México en su etapa de 1926 a 1929” (“Carta de José Antonio López Ortega a la Facultad de Letras de Universidad Paris-Nanterre”, México, 25 de mayo de 1976, en Archivo privado de la familia López Ortega, copia mecanuscrita).

Recibido: 27 de Diciembre de 2023; Revisado: 08 de Abril de 2024; Aprobado: 17 de Abril de 2024

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