Introducción
Los duendes son uno de los especímenes más distintivos y con mayor recorrido dentro del catálogo de entes sobrenaturales hispánicos. En la península ibérica se les conoce por múltiples nombres: en el norte, trasgos; follets en Cataluña y en el Mediterráneo; martinicos en la meseta castellana y el sur. Aunque algunos prefieren los entornos agrestes, los que han permanecido en la memoria colectiva son los que anidan en el domicilio humano, frecuentemente ligados a inmuebles específicos o a una familia.1
Con el objetivo de escudriñar analíticamente —desde un encuadre multidisciplinario y comparatista— el arraigo y la difusión de la creencia en los duendes, así como los numerosos artefactos culturales (literarios, etnográficos, informaciones de avistamientos…) que sobre ellos han sido producidos dentro de un marco cronológico y un medio concretos, propondremos un itinerario por los casos más destacables que hemos rescatado de diversas fuentes hemerográficas de los siglos XVIII, XIX y de las primeras décadas del XX: revistas, periódicos, boletines y gacetas como El Diluvio, Castropol, Correo de Madrid, Diario de Barcelona o la célebre La Ilustración Española y Americana.
Partimos de la relación del duende con la naturaleza hasta aterrizar en la abundante casuística de las casas enduendadas, en un recorrido inspirado en su selección temática y comentarios por los intereses, sensibilidades y nociones de las humanidades ambientales y su fértil parentela (la ecocrítica, los estudios de animales…), el folclore y la literatura popular, y el abarcador paraguas de los estudios culturales.
Naturaleza enduendada
Los duendes comparten intereses, conductas y vulnerabilidades con las hadas. La cuna de ambos radica, con gran seguridad, en el bosque: en espacios sagrados donde se rendía culto a las deidades paganas.2 Los dioses nativos fueron reinterpretados a medida que avanzaba la conquista del imperio romano; algunos devinieron en genii locorum,3 espíritus del hogar, para luego experimentar una segunda mutación a manos de la fe cristiana, que trató de ahormarlos a su doctrina4 con éxito escaso y poco perdurable.
Otro asunto relevante aquí es el anudamiento entre los caídos y las criaturas feéricas. Una prueba fehaciente de esta conexión se encuentra en los colores de su indumentaria: las tonalidades que predominan en las prendas de las hadas son el rojo y el verde; el rojo ha sido leído con posterioridad como una alusión al fuego del infierno, mientras que el verde es el color de la muerte en las culturas celtas prerrománicas, ya que era el matiz que adquirían los cadáveres putrefactos.5 Sólo los fantasmas nocivos fueron entremezclados con duendes y demonios,6 un dato en el que haremos hincapié antes de examinar su vínculo con las estaciones, pues los difuntos en Occidente evocan la mitad oscura del año (otoño e invierno), un periodo durante el cual se pensaba que sus ánimas deambulaban por la Tierra.7
En la mayoría de las noticias que hemos recolectado, los incidentes paranormales transcurren durante las temporadas frías: épocas tenebrosas e inhóspitas, caracterizadas por el riesgo de contraer enfermedades y por la ruina de las cosechas; sucesos desafortunados y totalmente mundanos para los cuales el duende se postulaba como un conveniente chivo expiatorio.8 Veamos un ejemplo del folclore asturiano en el cual la intromisión del trasgo sirve para justificar las nevadas. Este duende climático deja tras de sí una helada; después baja a la aldea, donde comete no pocas travesuras:
No hizo más que dar una vuelta por el pueblo, y ya se le nota cierto aire de urbanidad al Trasgo del vendaval, el terrible viento del invierno. Alípedo, pasando de montaña en montaña, dando cabriolas sobre la nieve, penetrándose del olor de los pinos, helando la lengua a los lobos que bostezan de hambre esparramados por el Cadabal, esperó a las altas horas de la noche para bajar al pueblo a hacer de las suyas.9
La noche es un momento idóneo para el advenimiento de las entidades de ultratumba y seres como las brujas. No ha de extrañarnos que una elevada cifra de leyendas, cuentos y anécdotas ominosas tengan lugar tras los últimos resplandores del crepúsculo, cuando la luz escaseaba y afloraba el terror hacia ruidos no reconocibles y amenazas ignotas (fieras, fantasmas…), difíciles de divisar bajo una iluminación tenue. Los estudiosos de esta era no ignoraban tales condiciones. He aquí una penetrante y poética exégesis extraída de la literatura de viajes de finales del ochocientos:
Pero cuando ya […] las sombras de la noche habían convertido en pardas y borrosas masas los antes risueños campos, […] llevado al medroso corazón el terror que convierte el manso murmullo del arroyo en pavoroso ruido, los batanes en encantadas cavernas, los árboles en fantasmas, en monstruos los animales y dado a la imaginación fuerza creadora para poblar la tierra y los espacios de trasgos, duendes y endriagos.10
Duendes, fantasmas y el cajón de sastre de lo sobrenatural
Como indicábamos antes, algunos duendes encarnaban a los espíritus de los finados. Si nos ceñimos al credo cristiano, cuando un humano expiraba cabían tres rutas potenciales para su alma: el cielo, el purgatorio o el infierno.11 Su vagabundeo por la Tierra podría suponer un cuarto destino, pero los fantasmas no han sido siempre asociados a los occisos: en los círculos eruditos del seiscientos, conforme a Covarrubias, se les interpretó como espantajos y alucinaciones.12
La definición de fantasma ha sufrido apenas modificaciones con el transcurso de los siglos. Si el enlace con los caídos continúa ausente, su reseña en la quinta edición del Diccionario de la lengua castellana adquiere un matiz que acorta las distancias con su sentido contemporáneo: el de entidad horrenda.13 Una centuria más tarde, en su decimocuarta edición, la entrada de fantasma retenía prácticamente los mismos trazos.14 En algún punto del siglo XX ingresó en los tesauros su acepción actual; hasta entonces, el sustantivo espectro denominaba a toda figura ilusoria que infundiese pánico, lo cual encajaba de maravilla con el currículo de granujadas de los duendes. De ahí que no deba asombrarnos que estos seres sean depositados en el mismo cajón de sastre.
En las fuentes periodísticas duendes y fantasmas reciben un trato equiparable. En las crónicas sobre edificios encantados, fenómenos paranormales de idéntico jaez podían ser atribuidos a cualquiera de ellos, usando ambas voces como sinónimas. Dichas criaturas eran juzgadas con suspicacia por los redactores, que no vacilaban en arremeter contra las gentes teóricamente atrasadas e incultas que daban crédito a tales supersticiones.15
Duendes y fantasmas no actúan forzosamente en solitario; a veces se suman a una cofradía de almas o cacería salvaje que nos recordará a la Santa Compaña gallega, como se aseveraba en el diario Las Provincias de Levante:
A más de tres y más de cuatro les hemos oído decir que al dar la última campanada de las doce, todas las noches penetra por el cañón de la chimenea una paloma muy blanca y detrás de ella una legión de espíritus cantando algo así como un miserere.
[…] Esta mañana se ha presentado en nuestra redacción un vecino del arrabal de San Juan [en Murcia], manifestándonos que […] entre las matas del Soto hay un animal, bastante largo, que debe ser un lagarto, el cual todas las noches al pasar él está cantando peteneras.16
La concurrencia de animales en las comitivas de espectros es una constante que reafirma el nexo entre los duendes y cierta clase de fauna, a menudo huidiza o de hábitos nocturnos, como razonaremos luego. En otro documento la hueste será, así, escoltada por un cortejo de sabuesos y lechuzas.17
Metamorfosis animal y otros fenómenos ¿paranormales?
En su denodada tentativa de objetivar científicamente la existencia de los duendes, hacia el ocaso del seiscientos Antonio Fuentelapeña escribió en El ente dilucidado (1676) que ciertos animales emanaban, por generación espontánea, de la podredumbre provocada por la falta de luz y aire en sótanos y desvanes,18 una superstición vetusta que se remonta a los naturalistas clásicos.19 Tales criaturas invisibles (los duendes) serían irracionales e inofensivas, y no pertenecerían a la jerarquía de los ángeles ni a la de los demonios, ambas bien acreditadas por la taxonomía teológica de la época.
Se tiende a representar a los trasgos con una figura antropomórfica, corta estatura y rasgos faciales exagerados y grotescos. Suelen exhibir deformidades y manifestar atributos animalísticos, como patas de carnero o pieles escamosas,20 lo que los separa de la esfera humana e instila pavor, en virtud de estas transgresiones corporales.
Si el mal tiempo anunciaba su venida, las emisiones vocálicas de la fauna también podían presagiar su aparición. Esto nos da a entender que los animales eran los primeros en percatarse de su presencia, como se atisba en algunos cuentos y como se ha afirmado siempre en relación con su aptitud para predecir catástrofes meteorológicas.21
Una de las herramientas básicas del repertorio de trucos y portentos de los duendes es el cambio de forma, en particular, su transmutación en animales.22 Las especies predilectas son criaturas esquivas y de tamaño reducido a las que no costaría equivocar por sus sonidos, hurtos y picardías, bajo las circunstancias arriba estipuladas (como la ausencia de luminosidad), con un huésped sobrehumano: aves,23 roedores o serpientes. Leamos un episodio modélico, vertido en clave literaria pero susceptible de ser extrapolado a otros ámbitos:
—¿Cómo era aquel duende?— preguntaréis. En realidad, ninguno lo había visto, al menos cara a cara. Sin embargo, algunos atrevidos aseguraban que sí, dando pelos y señales de su catadura. Quien le representaba en forma de culebra, cuya longitud no bajaría de dos metros y que solía enroscarse entre los higos chumbos; quien le había visto como enorme mochuelo asomado a la ventana de la casa, y cuyos ojos brillaban como ascuas en la oscuridad de la noche; y, en fin, no faltaba quien asegurase haberle visto vestido con la verde piel del lagarto.24
La culebra verifica los requisitos físicos y conductuales indispensables para ser una de sus apariencias preferidas: escurridiza, pequeña, sigilosa... Resulta, asimismo, oportuna por su simbolismo negativo en la tradición cristiana. Como explicábamos, los duendes carecían de acomodo estable en el dogma católico, de ahí que los desconcertados doctores de antaño no supieran cómo clasificarlos ni qué propósito conferirles.25 Por eso, a veces, en testimonios conjeturablemente etnográficos se los integra en las huestes del Averno, ocupando el escalafón de los diablillos de baja ralea,26 como había acaecido con algún pariente novohispano del siglo XVII.27
Duendes y animales no son idénticos, pero no quedan lejos unos de otros. No ha de sorprendernos que sean confundidos en determinados lugares o que la fauna funcione como indicio de su comparecencia en otros. En los rotativos proliferan las crónicas sobre canalladas típicamente adjudicadas a los duendes (mover objetos de sitio, proferir sonidos extraños...) que en verdad fueron perpetradas por un perro28 o por alimañas como las ratas.29
Un caso inédito y noticioso atañe a la mona fugada de un francés que, hacia el ecuador de la centuria, incomodó a todo un vecindario barcelonés con sus bribonadas. El simio no sólo causó desaguisados hogareños al más puro estilo duendesco, también adoraba los dulces, otra peculiaridad en la que concuerda con multitud de espíritus domésticos:
Referíamos en uno de nuestros últimos números la alarma y consiguientes sustos inferidos a los vecinos de las casas situadas a la entrada de la calle del Hospital por las travesuras de una mona que, habiéndose fugado de su amo, […] continúa discurriendo libremente por toda la isla, habiendo visitado —en los tres días que dura la escapatoria— la mayor parte de las habitaciones de la misma. Podríamos consignar un largo catálogo de travesuras llevadas a efecto por el bullicioso y ligero animalito, que de otra parte se muestra inofensivo con las personas, y solo despliega singular complacencia en ejercitarse en las más diabólicas fechorías.30
Cincuenta años más tarde, vio la luz “El duende asesino”, un relato corto de José Sesarg acerca de un asesinato imputado a los duendes, pero ejecutado, en realidad, por un mono.31 Si estuvo influenciado por la noticia precedente, queda al discernimiento del lector.
Tampoco podemos pasar por alto un reportaje que refiere los descubrimientos del hispanista inglés Leonardo Williams, de la Real Academia Española, en torno a la villa del Escorial (Madrid). En esta leyenda, de remota procedencia seiscentista, su autor nos hace partícipes de la incógnita que planteaba un duende con forma de sabueso negro, cual can de cementerio —o sus homólogos anglosajones, el grim y el Barghest—, que brincaba entre los andamios, aullando y gimoteando lastimeramente toda la noche. Los frailes averiguaron que el trasgo era un animal de carne y hueso (uno especialmente dócil) que añoraba a su amo, el marqués de las Navas:
Dice que empezó a susurrarse que alguien había visto un misterioso perro negro que de noche subía y bajaba por los andamios, saltando de tabla en tabla y lanzando una serie de gritos teúrgicos… Y que poco a poco el rumor se fue extendiendo, hasta que el perro negro de San Lorenzo llegó a infundir el más absurdo terror pánico en aquellas gentes…
Pero una noche, los frailes, estando cantando los maitines […] fueron distraídos por caninos aullidos y lamentaciones, que procedían de una pared cercana: […] dos de los monjes se dirigieron al lugar fons et origo de los ruidos: y allí descubrieron y apresaron un infeliz sabueso negro, flaco como un alambre y manso como un cordero, perteneciente al Marqués de las Navas, cuya ausencia plañía.32
Otra noticia finidecimonónica transmite el espanto que desencadenó entre unos orensanos cierto castaño de cuyo tronco brotaban gritos y exclamaciones.33 El elemento encantado es aquí un árbol; no obstante, lo más probable es que su inquilino fuera un pájaro (quizá un autillo, cárabo o lechuza) y que los chillidos consistieran en sus gorjeos y cantos, que asustarían al anochecer a campesinos incapaces de hallar al responsable de los chirridos.
En esta línea dendrológica, hemos recuperado una supuesta leyenda cántabra sobre el castaño, el primer árbol del mundo según este escrito signado por Manuel Llano, reputado folclorista de la aldea de Carmona, al cual trepaban las doncellas que buscaban defender su virginidad ante los lúbricos e insistentes asaltos de sus agresores duendescos, en un alarde de sexismo y brutalidad machista:
Había en aquellos lejanísimos tiempos unos duendecillos mal intencionados que perseguían a las doncellas por los senderos serranos “atenazaos por el resabiu de los pecaos verdes”.
Las doncellas perseguidas se encaramaban a las ramas del castaño y esgrimiendo las “cañas” caían los “erizos” sobre los duendecillos, que huían “sin arrecatase” ante el “escozor” da los “pinchus encrespaos”.
De esta manera —añade la tradición— Dios velaba por la honestidad de las muchachas. La doncella que ante la persecución de los duendecillos no buscaba la protección del árbol, era apedreada por los mozos y enterrada en un muladar.34
Sobre los duendes ha pesado desde siempre el estigma de la lascivia: ya en procesos inquisitoriales como el de la salvadoreña María de la Trinidad, en 1716, se les asignaba el delito de acosar mujeres,35 y narraciones como la nuestra refrendan dicha percepción.
Duendes que susurraban a los caballos
Si nos enfocamos en las especies domésticas, el trato que les propinan los duendes es variable. En no pocas ocasiones las ponen en peligro con sus juegos, aunque no de un modo consciente o malintencionado; o bien lo que persiguen es castigar a su dueño, infligiendo daño a sus pertenencias. Otras veces cuidan de las cabalgaduras y escarmientan a sus abusadores. No olvidemos que estos animales han sido apreciados desde hace miles de años por connotar estatus social y prosperidad económica (debido a los costes asociados a su manutención), y, esencialmente, porque servían para el desplazamiento y las faenas agrícolas, de acuerdo con la visión antropocéntrica que privilegia a las especies útiles para el hombre, en detrimento de las que no merecen este calificativo.36
Fuentelapeña nos brindó un ejemplo importado de Milán —con reverberaciones en los periódicos ochocentistas—37 donde, al parecer, los duendes sentían gran afecto por los caballos.38 En otro texto dieciochesco semejante, el trasgo procura sustento a los corceles y reprende a los palafreneros que desamparan a los que tienen a su cargo, en sucintas líneas que se erigen tanto en un aviso moralista contra la negligencia laboral, la ociosidad y la pereza (vicios execrables para los pensadores ilustrados) como en un alegato a favor del ganado equino: “El duende, dicen, entra en las caballerizas y en los establos, cuida los caballos, sangra las bacas y tuerce el cuello á los palafreneros descuidados, pasease toda la noche en los cementerios, baxo de las horcas, en los muladares”.39
Casas enduendadas en la era contemporánea
No existe localidad española que no disponga en sus anales de una casa enduendada. A pesar del escepticismo que reina en la intelectualidad desde la Ilustración, el interés popular por estos prodigios cristaliza en cientos de noticias publicadas en la prensa decimonónica. Muy alejados de los objetivos de preservación del patrimonio de los folcloristas de la primera ola, sus firmantes se valían de estos rumores para enhebrar ácidas sátiras políticas y sociales, ridiculizando las disparatadas creencias del vulgo, en una ostentosa exhibición de clasismo y elitismo cultural.
Consignaremos un único domicilio enduendado de los miles que se repartían por la península. Ubicado en Barcelona al albor del novecientos, el cronista reveló la agresividad y el autoritarismo de la policía ante una muchedumbre susceptible de alterar el orden público:
A pesar de la actitud pacífica del público, que estaba esperando la aparición de los trasgos, a las dos de la madrugada compareció el escuadrón de la muerte, repartiendo sablazos.
[…] Los caballos de la policía limpiaron de público el arroyo, practicando después los agentes algunas detenciones.40
Los duendes habitan tanto ruinas abandonadas como inmuebles de la urbe. Se sienten más cómodos en las cocinas, escenario usual para sus trastadas, de las que derivan sustos y lesiones menores. Su aparición ha sido achacada a ciertas dolencias y al alcoholismo; muchos de los relatos coleccionados en México41 ilustran esta última propiedad,42 y también nosotros hemos exhumado de las cabeceras españolas algún ejemplo de esta índole.43
En las literaturas oral y escrita, la convivencia con duendes se probaba tanto una bendición como un fastidio. Pese a que en muchos relatos abiertamente fictivos colaboran con los propietarios o con el servicio, ayudándolos en sus quehaceres, siguen siendo entidades tornadizas y volubles, y hasta un desaire involuntario bastaba para mudar su temperamento amable en otro caótico y cruel. Si se sufría el infortunio de que un duende invadiese el hogar, cambiar de morada no solucionaba el problema. En el cuento tradicional del duende cariñoso, bien distribuido por el solar ibérico,44 nuestra criatura no le profesa apego al inmueble, sino a la familia asentada en él, a la cual planea unirse en el traslado. Leamos un texto prototípico publicado por el Diario de Barcelona:
lo que pasa me recuerda un cuento que oímos en nuestra niñez, según el cual, unos vecinos de una casa resolvieron mudarse de ella por las incomodidades y travesuras que les hacía sufrir un duende, y cuando ya tenían cargado todo su mobiliario en un carro para hacer su mudanza, oyeron una voz que salía de entre los trebejos y que decía: “aquí voy yo también”.45
Esta narrativa presenta una amplia dispersión en la que no vamos a detenernos, y fue asiduamente incrustada en diatribas sociales o políticas en calidad de referencia paródica,46 lo cual nos previene de la inexistencia de una convicción genuina en la materialidad de los duendes por parte de los redactores y, al mismo tiempo, de lo propagadas que estaban estas fábulas entre el pueblo llano, quien todavía las aceptaba como verosímiles, aunque fuera de una manera parcial, graduada y variable, dependiendo del individuo y su nivel de instrucción.
Por lo demás, los periódicos no se limitaban a registrar los casos de domicilios enduendados, también dejaron constancia de la enorme fascinación que ejercían entre los viandantes. El éxito de estos espectáculos era tal que algunos vendedores ambulantes establecían quioscos con refrigerios en las proximidades, para sacar tajada financiera.47
En Madrid ha habido varias construcciones hipotéticamente encantadas;48 en todas ellas acontecían fenómenos inasequibles para la razón, tal vez debidos a las fechorías de golfos juveniles o de bromistas ocultos: muebles que se desplazaban por arte de magia, gritos horribles, ruidos de cadenas, piedras disparadas por atacantes invisibles... Uno de los incidentes con mayor resonancia mediática ocurrió en el Convento de las Hermanas Concepcionistas. En este monasterio de la calle de Sagasti se escuchaban golpes enigmáticos que aterraban a las monjas.49 La crónica tuvo una excelente acogida en los rotativos de toda España y concitó el interés de las autoridades madrileñas, que se afanaron en desvelar el misterio, invirtiendo en la empresa no pocos recursos.
Si bien en este periodo no suele ser lo común (al menos, no en soportes impresos fidedignos), trasgos y brujas han sido consuetudinariamente identificados con el origen de determinados males50 y perturbaciones hogareñas. Los periodistas coincidían en que tales eventos poseían explicaciones lógicas, aunque no fueron los primeros en señalarlo: Feijoo ya expuso que el miedo hacia los duendes era rentabilizado por individuos sin escrúpulos, para enmascarar actividades ilícitas.51 La hemeroteca del diecinueve nos suministra una noticia afín a las palabras del benedictino: en la calle de San Sebastián, en Madrid, unos monederos hacían correr el bulo de la presencia de duendes, para evitar miradas indiscretas.52 Dicho en otros términos, los duendes fungían como tapadera para los turbios tejemanejes del hampa desde edades pretéritas y aún hasta el ochocientos. Eran también blancos magníficos a los que culpar de extravíos, padecimientos y deterioros inexplicables, acaso fruto de descuidos, patologías severas (fuera del radio intelectivo de alguien con una educación rudimentaria) o consecuencia de actos realizados por ciertos animales, invasores o domésticos.
Cómo combatir a los duendes: exorcismos, recuentos y prendas de sastres
Las casas enduendadas suscitaban una curiosidad morbosa entre los habitantes de sus vecindarios. Algunas de estas atracciones de masas alcanzaban su clímax con la intervención de la Iglesia, esporádicamente dispuesta a conceder carta de naturaleza a estos seres,53 aunque fuera para demonizarlos, como evidenció Sánchez Pineda para la Santa Inquisición de Nueva España.54 De la copiosa casuística de exorcismos contra duendes que hemos hallado buceando en la prensa, expondremos uno particularmente significativo:
Se ha extendido por Carcabuey [en Córdoba] la voz y la creencia íntima de que existe en casa del escribano un duende […].
Avisado de la ocurrencia un sacerdote, se presentó inmediatamente en la puerta de la habitación, y se puso a conjurar con la mayor solemnidad al espíritu maligno y a recitar los Evangelios ante la criada para que volviese en sí, y la casa se llenó, como por encanto, de bulas y amuletos, con el fin de ahuyentar al temible huésped.55
En Occidente, el uso de reliquias y rituales cristianos —jamás ayunos de oraciones en latín— para desterrar duendes era una práctica muy divulgada. Un método más cotidiano y distante de la oficial, doctrinaria y pomposa praxis eclesiástica era arrojar un montón de semillas, ya que estas criaturas sienten la compulsión de contar hasta el último grano, pero no son capaces de llevar a buen puerto la tarea porque un agujero en sus manos se los impide, como recopiló en Caravia (Asturias), hacia los inicios del novecientos, el folclorista Aurelio de Llano en El Libro de Caravia.56
Otro procedimiento tradicional en el folclore para expulsar a los duendes consistía en regalarles una prenda en pago por sus favores.57 Con independencia de que su fábrica fuera de lujosa seda o del más humilde lino, el huésped recibía estas galas con gratitud y decidía que no necesitaba continuar trabajando, o bien se ofendía por la calidad del tejido y se despedía de sus amos.58 El siguiente relato de nuestro corpus demuestra a la perfección dicho intercambio:
En una panadería entraba por las noches un duende diminuto, y en un santiamén amasaba todo el pan.
[…] Sus hábitos eran tan raídos, que causaba lástima el verlos; y el panadero, para recompensarle y para estimularle también a mayores faenas, le compró unos hábitos nuevos y de la tela más exquisita que pudo encontrar.
Púsoselos el frailecito, se pavoneó gallardamente con ellos como niño que estrena zapatos, y cantó insolentemente:
Ya que logro estos hábitos nuevos,
nunca más vuelvo a ser panadero.59
Un talento adjudicado a los duendes atañe al manejo de la aguja y el hilo.60 En cierto ramillete de cuentos afiliado a la categoría de los auxiliares sobrenaturales en el índice ATU,61 nuestros seres son menos propensos a cometer diabluras y se muestran solícitos con sus patrones. La insigne ilustradora inglesa Beatrix Potter compuso una versión en la cual trocaba a los duendes por ratones que salvaban de la miseria a un sastre enfermo, después de haberle asistido en la víspera del día de Navidad.62 Del comienzo del siglo XX proviene una historia de sospechosa factura literaria, a pesar de que viene encabezada por el título de “Leyendas y tradiciones”, que invierte los parámetros regulares: el primer dueño de la casa es una persona avara y con él los duendes se comportan de un modo destructivo. Tras su deceso, se apropia de la vivienda un modista honrado y los inquilinos empiezan a mermar en número conforme éste se dedica a reparar el daño moral que había infligido su predecesor.63
Martinicos, gnomos y otros duendes asociados a literatos
Una prueba más de la aceptación de los duendes es el interés que han despertado entre autores de habla hispana de la talla de Quevedo, Calderón y Cervantes. Un ejemplo conspicuo sería la leyenda becqueriana —de contornos netamente cultos— “El gnomo”, que impulsó al teósofo Mario Roso de Luna a sugerir que el fallecimiento prematuro del poeta pudo haber sido pergeñado por estos entes.64
Anel Hernández Sotelo estudió el relato de Martinico, el duende de Mondéjar, a partir de la declaración de Teresa Murillo a la Inquisición en 1760.65 Martinico era allí una criaturita inerme, afable con las jóvenes, que agradecía sus muestras de afecto y que llegó a remendarle el jubón a una de ellas. Se aparecía como un monje capuchino66 aniñado a quien le fueron otorgados rasgos domésticos típicos de la estirpe duendesca: era un costurero diestro, dotado para la lírica, y exhibía la facultad familiar de metamorfosearse en serpiente.
Para clausurar este epígrafe, recordaremos al duende no menos literario que infestó la casa de Cervantes en Esquivias (Toledo), que iba precisamente ataviado con la túnica de un fraile capuchino (es decir, de un martinico) y actuaba con arreglo al patrón cuentístico del duende cariñoso, enunciado en párrafos previos. Según las habladurías, se aposentó en el edificio que habitaron el escritor y su esposa, y tendía a dialogar con quienes lo detectaban.67 Del fragmento que ahora trasladaremos podrá deducirse la popularidad de la que gozaban estos seres, pues quien lo rubrica deplora que el domicilio de Cervantes sea más afamado por su enduendamiento que por haber alojado al insigne alcalaíno, un dislate imputado al analfabetismo de sus residentes, en lo que constituye un cliché de la intelectualidad contemporánea:
Martinito fue un trasgo revoltoso y bonachón que vivió en esta casa […] en tiempos de Maricastaña […].
Llegó un día en que el dueño de esta vivienda peregrina, harto de soportar á Martinito, decidió marcharse, y cuando ya iba á partir la última galera cargada con los trebejos domésticos, nuestro pequeño trasgo apareció encaramado en la lanza del carro.
—¿Qué es eso, Martinito; á dónde vas? —le gritaron.
Y él respondió, apacible y burlón:
—¿No estamos de mudanza? Pues yo también me mudo.
A lo que el abatido propietario dijo:
—Duende aquí, duende allá. Estémonos quedos.
Y desistió de su empeño.68
Conclusiones
A los duendes les tocó representar durante siglos el papel de explicaciones mágicas, provisionales y prerracionales, hasta que los conocimientos médicos y naturalistas de cuño empírico pudieron hacerse cargo, entre sectores progresivamente más extensos de la población, de fenómenos hasta la fecha indescifrables (estruendos, afecciones, tormentas…) que eran considerados producto de poderes malévolos.
Con el avance de las centurias y el refinamiento de las ciencias, estos personajes folclóricos quedaron relegados a la fantasía infantil y la literatura popular, aunque conviene no ignorar que hasta hace alrededor de cien años la idea de que un duende se instalara en el domicilio justificaba pedirle socorro a la Iglesia.
Las casas enduendadas fueron un blanco habitual para las burlas de los periodistas, lo cual no era óbice para que las cabeceras diesen cobertura a estos sucesos, cuyo público se componía de transeúntes, cotillas y mercaderes oportunistas, que se arremolinaban en torno a estos inmuebles y seguían admirados la evolución de su encantamiento. Así pues, la puntual inclusión de duendes en textos de diversas tipologías y fuentes hemerográficas de toda laya es un indicativo fiable tanto de su resistencia al desvanecimiento como del voraz apetito de contenido de impacto en este medio.
En los dos últimos siglos será el fantasma, en su acepción coetánea, el que cautive a los entusiastas de lo paranormal, gracias a la notoriedad que cobró el espiritismo en el diecinueve. Aun así, en ciertas partes de España los trasgos sobrevivieron hasta bien entrado el novecientos, y todavía entonces conjuraban temor en sus muy diversas manifestaciones.









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