El Centro Histórico de Morelia -como es el caso de otras ciudades de pasado colonial en México- se caracteriza por sus plazas y jardines.1 Estos espacios abiertos, la mayoría de origen virreinal, como plazas desprovistas de vegetación y elementos de ornato, asociados a edificios religiosos, fueron transformados en la segunda mitad del siglo XIX para convertirse en jardines donde los árboles, las plantas de ornato, las fuentes, las bancas y los faroles alentaban a la población a pasear y disfrutar de la naturaleza, acorde al pensamiento romántico de la época.
Muchos de estos elementos pueden verse hoy en trazas radiales que dan la impresión, a residentes y visitantes, de haber llegado a la actualidad como vestigios del pasado y testimonios inmutables de la historia de la ciudad. Sin embargo, su imagen actual es resultado, en gran medida, de actuaciones en la segunda mitad del siglo XX realizadas con la intención de enaltecer la zona central de la ciudad como sitio “colonial” con potencial turístico. Estas renovaciones han borrado el capítulo de la historia de los jardines morelianos en el que éstos fueron entendidos como espacios para la recreación y el deporte.
El estudio de los jardines en México ha producido importantes investigaciones; destaca entre ellas la aportación de Amaya Larrucea Garritz y Daniel Jesús Reyes Magaña, quienes clasifican los espacios verdes heredados en “desaparecidos”, “modificados” y “conservados”, además de realizar una propuesta metodológica para su estudio. Consideran la importancia de sustentar la investigación en fuentes de archivo y hemerográficas, así como en fuentes orales que permiten aprovechar la memoria narrada de los habitantes, con el objetivo de lograr estudios más integrales.2
De corte histórico se pueden encontrar trabajos como el de María del Carmen León Cázares, quien realizó una semblanza de la vida cotidiana de la sociedad virreinal en los espacios abiertos de la capital mexicana.3 Félix Alfonso Martínez Sánchez y Saúl Alcántara Onofre4 revisaron las ideas y corrientes que inspiraron los planes paisajísticos de Maximiliano de Habsburgo en México; y Ramona I. Pérez Bertruy5 llevó a cabo estudios sobre la transformación física y los usos de diversas áreas verdes de Ciudad de México entre los siglos XIX y XX, con especial atención a la Alameda.6
Por su parte, Silvia Segarra Lagunes se ha encargado de investigar el mobiliario de los espacios públicos en México,7 mientras que, en un tema estrechamente vinculado al que nos ocupa en el presente trabajo, Aldo Solano Rojas se ha referido a los parques infantiles que se empezaron a instalar desde la segunda década del siglo XX en México, con el desarrollo del movimiento de integración plástica.8
El tema de las plazas y jardines de Morelia ha sido tratado por varios autores; destaca el trabajo de Martín Pérez Acevedo en su detallada revisión de los jardines principales de la ciudad con base en documentación de archivo municipal.9 De relevancia para el espacio verde más grande del actual Centro Histórico de la ciudad, el Bosque Cuauhtémoc, hay numerosos trabajos; esto se debe, en gran medida, a su larga historia (con origen en barrio de indios) y a su carácter híbrido, pues además de ser paseo tenía en su perímetro casas de campo.10 Eugenia Maria Azevedo Salomao también aborda estos espacios pero con un interés principal en su morfología vinculada a su significación comunitaria.11 De gran utilidad para la elaboración de este estudio ha sido el trabajo de Aidée Tapia Chávez, quien proporciona una detallada revisión de archivo que da fe de los cambios en los jardines y plazas de Morelia a finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.12
El presente trabajo está basado en documentación inédita de archivo, fuentes hemerográficas y fotografía histórica; rescata proyectos -algunos no realizados- de mediados del siglo XX que promovieron la instalación de canchas deportivas y juegos infantiles en lo que habían sido jardines, lo que en su momento llevó a cambios en la traza y la remoción de elementos de ornato. El interés es visibilizar, en el contexto de una literatura que ha reconocido la importancia del periodo posterior a la desamortización de los bienes de la Iglesia y la época porfiriana, un fenómeno no estudiado que, además, da fe del carácter cambiante de los jardines e invita a entender su sentido actual como producto de las diversas capas de historia.
Antecedentes
Los espacios donde se configuraron jardines durante los primeros tres siglos de existencia de la ciudad de Valladolid-Morelia y hasta finales del siglo XIX y principios del XX fueron, en su mayoría, plazas públicas; algunos otros habían sido atrios o cementerios de conjuntos religiosos.13
Valladolid se fundó en 1541 como asentamiento de españoles y se desarrolló por poco más de trescientos años bajo una presencia predominantemente religiosa, principalmente por ser sede del obispado de Michoacán desde 1580.14 En su núcleo se concentró la población española y, a manera de satélites, se fueron conformando barrios de indios, cada uno con su capilla, atrio y hospital.15 Carlos Paredes Martínez y Carmen Alicia Dávila identificaron, a través de revisión documental, quince barrios de indios para el año de 1620.16
La traza de la ciudad partió de un gran espacio abierto al centro en el cual se construyó, en el siglo XVII, la catedral (1660-1730), conformándose así dos plazas: la de San Juan de Dios, al oriente, y la plaza principal o de Armas, al poniente. Las otras plazas establecidas durante el virreinato se asociaron con conjuntos religiosos como el convento de los carmelitas descalzos, el convento de las monjas capuchinas, el convento de las dominicas (conocido como Las Rosas), el convento de los dieguinos, la parroquia de San José y las capillas de la Soterraña, San Juan y las Ánimas (Figura 1).17

Fuente: Elaboración Daniel García Barrera y Nurit Zavala Landín en agosto del 2024.
Figura 1 Espacio central de la ciudad con la ubicación de las plazas y jardines en la actualidad.
La mayoría de las superficies de las plazas de esta localidad tenían una forma rectangular que se ajustaba a la traza ortogonal original de la ciudad, con algunas irregularidades; como excepción está la plaza de Las Ánimas, que se asocia con una capilla ubicada al oriente del núcleo fundacional.18
Durante el periodo virreinal y las primeras décadas después del término de la guerra de independencia las plazas en Morelia eran sobrias y sencillas al ser explanadas sin mayores componentes físicos. Esto permitía que se pudieran adaptar a una gran variedad de actividades cotidianas: una fuente pública, generalmente ubicada al centro del espacio, la picota en aquellas plazas donde se impartía justicia, puestos comerciales que se situaban de manera permanente o temporal, además de algunos árboles o arbustos dispersos que crecían naturalmente; éstos no tenían propósito alguno como pieza de ornato, y eran de los pocos elementos que se solían encontrar en estos espacios.19 Lo anterior implica que los componentes de estas plazas fueron establecidos por motivos estrictamente funcionales. Una imagen de la plaza de Las Ánimas al oriente del núcleo fundacional de la ciudad atestigua el carácter de estos espacios antes de ser convertidos en jardines (Figura 2).

Fuente: autor desconocido, sin título, en Archivo Fotográfico del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Fondo Jesús García Tapia, Fotos, núm. 83 (s. f.).
Figura 2 Fotografía de la Plaza de las Ánimas, hoy Jardín de Villalongín, antes de ser convertido en espacio ajardinado en las últimas décadas del siglo XIX.
A mediados del siglo XIX, la ciudad de Morelia era dominada por el clero, el cual era dueño de una gran cantidad de bienes inmuebles y administraba el espacio urbano. Los gobiernos liberales que tenían el propósito de modernizar y mejorar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades mexicanas, entre ellas la capital michoacana, poco podían resolver ante el amplio dominio e influencia de la Iglesia sobre la administración de la ciudad y la población.
Poco después, la Ley de Desamortización de los Bienes Eclesiásticos (1856) y la Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos (1859) hicieron posible que el gobierno pudiera apropiarse de propiedades del clero para reorganizar y refuncionalizar el espacio urbano.20 Fue así como adquirieron nuevas finalidades algunos atrios, cementerios y huertas conventuales, algunos de los cuales fueron convertidos en jardines públicos, como sucedió con los de San Diego y la Compañía. Zonas pertenecientes al barrio de indios de San Pedro se convirtieron en áreas de recreo para la población: la parte norte en una alameda y la sur en un paseo.21 Por otra parte, las plazas virreinales conocidas como la plaza principal o de Armas, San Juan de Dios, las Rosas, el Carmen, San José, San Juan, Las Ánimas y Capuchinas también fueron transformadas paulatinamente en jardines. Este tipo de proyectos tomó mayor impulso durante la presidencia de Porfirio Díaz y los gobiernos estatales de Mariano Jiménez (1885-1892) y Aristeo Mercado (1892-1911) en Michoacán.22
De manera particular, durante el gobierno de Porfirio Díaz se emprendieron acciones para modernizar con mayor fuerza el país, con el apoyo de profesionales y expertos que fundamentaron sus proyectos en ideas y conocimientos higienistas, de modernidad y progreso, tomados de prácticas urbanas en Europa y Estados Unidos. Estas ideas se aplicaron en obras públicas y de planeación urbana con el fin de actualizar las ciudades mexicanas y proporcionar una mejor calidad de vida a la población.23
La planimetría antigua de Morelia, generada durante el periodo porfiriano, revela que las trazas radiales fueron las más empleadas para establecer la distribución espacial general, ya que ayudaban a constituir pasillos para el tránsito de las personas en el interior del espacio y entre las jardineras. A estas últimas se les añadió una amplia variedad de especies vegetales, entre árboles, arbustos, plantas con flor y cubresuelos, donde preponderaron los elementos de origen exótico, generando una composición saturada, exuberante y ecléctica (Figura 3).24

Fuente: Subido por Gerardo Zárate, “Panorama de la Catedral”, en México en fotos (s. f.), consultado el 24 de agosto del 2024.
Figura 3 Composición del jardín principal (de los Mártires) hacia finales del siglo XIX.
Entre las piezas ornamentales se instalaron pedestales con jarrones en la parte superior para colocar algunas plantas, fuentes con diseños sencillos y quioscos para realizar audiciones y serenatas en los jardines Los Mártires (principal), La Paz y la Alameda. En algunos espacios también se colocaron esculturas, ya fuera en memoria de algún héroe nacional o local, o de algún personaje de la mitología griega o que simbolizara alguna virtud humana. Se incluyó también infraestructura para la iluminación, lo cual hacía accesibles estos espacios de noche, mientras que para el descanso de los usuarios fueron colocadas bancas de cantería o de fierro con listones de madera.25

Fuente: autor desconocido, sin título, en Archivo Fotográfico del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Fondo Gerardo Sánchez Díaz, Morelia I, núm. 30 (s. f.).
Figura 4 Fotografía donde se observa la profusa vegetación con la que contó el jardín Melchor Ocampo, posiblemente durante las últimas décadas del siglo XIX.
Estos cambios físicos embellecieron los espacios públicos y los hicieron más amenos, por lo que rápidamente se convirtieron en sitios predilectos de la población para el recreo cotidiano y, en tanto que eran de libre acceso, también se utilizaban para organizar festividades populares y cívicas que ayudaban a reforzar los vínculos sociales y culturales.
El deporte en la posrevolución
Las primeras instalaciones deportivas en Morelia surgieron en el siglo XIX, en un contexto en el que prevalecían las ideas higienistas, destacando los beneficios para la salud derivados de la exposición al aire puro en áreas verdes urbanas. Entre estos espacios se encontraban sitios propicios para caminar, como el paseo de San Pedro, el de Las Lechugas, el parque Juárez y la Loma de Santa María, los cuales eran frecuentados por las familias morelianas los domingos y en sus momentos de ocio. Con el transcurso del tiempo, algunos de estos lugares expandieron su oferta de actividades, orientándose hacia sectores de la población con mayor poder adquisitivo mediante el desarrollo de infraestructura adecuada para la práctica de deportes como el tenis y el ciclismo.26
La práctica de ejercicio físico comenzó a generalizarse entre amplios sectores de la población moreliana, al generarse una creciente conciencia sobre su impacto en el mejoramiento de la salud tanto física como mental. Este fenómeno adquirió mayor impulso y relevancia social con la llegada de los gobiernos posrevolucionarios. En la década de 1920, José Vasconcelos, entonces secretario de Educación Pública, incorporó la práctica de actividades relacionadas con la cultura y el deporte dentro de las políticas educativas, puesto que las consideraba esenciales para el desarrollo óptimo del ser humano y la sociedad. Asimismo, las actividades deportivas fueron vistas como herramientas valiosas para inculcar en los ciudadanos valores como el trabajo en equipo, la solidaridad, la disciplina, la cohesión social y la lealtad.27
Cabe destacar que el periodo posrevolucionario en México coincidió con el de entreguerras en Europa, caracterizado por la inestabilidad política y económica, así como por movimientos nacionalistas, militaristas y expansionistas. En este contexto, los juegos olímpicos, que habían sido retomados desde 1896, se convirtieron en el escenario idóneo para que las naciones más poderosas mostraran su poder y supremacía a través de las capacidades físicas de sus ciudadanos. México participó por primera vez en este evento internacional en 1924, y a partir de ello el gobierno mexicano se propuso fomentar la educación física entre la población y participar en la competencia para mostrar al mundo las capacidades de sus ciudadanos.28
No puede soslayarse que la niñez mexicana fue un sector de la población particularmente importante para las políticas públicas nacionales, ya que se consideraba a los niños un sector que debía atenderse prioritariamente con miras a la construcción de una sociedad educada, solidaria y con un profundo sentimiento patriótico; en otras palabras, se buscaba mejorar a la nación a través de la formación de los más jóvenes. En este sentido, el Estado mexicano impulsó el desarrollo de equipamiento urbano de carácter deportivo destinado a la formación física de sus ciudadanos, política que se expandió a diferentes ciudades del país, incluyendo Morelia.29
La resignificación de los jardines: recreación y deporte
Debido a su carácter comunitario y de acceso gratuito, a través de los espacios públicos se buscó promover la convivencia social y familiar cotidiana. Varios espacios públicos morelianos, entre ellos algunos jardines heredados de la época porfiriana, fueron reaprovechados parcial o totalmente para establecer allí canchas o juegos infantiles. En Morelia, este interés parece haber surgido de la sociedad. Documentos de archivo atestiguan la inquietud de muchos vecinos por promover ante el Ayuntamiento la mejora de los espacios públicos de sus colonias. Una de las primeras solicitudes de este tipo es de 1931, cuando un grupo solicitó a la autoridad municipal la mejora de la plaza Primero de Mayo, un espacio contiguo al rastro ubicado al norte de la ciudad que se encontraba en condiciones inadecuadas y con muy mala higiene, probablemente por la cercanía con ese matadero. Los vecinos pedían financiamiento para transformar el sitio en una cancha deportiva, integrada de manera sencilla con la colocación de tepetate. A cambio, los vecinos se ofrecieron a pagar el sistema de luminarias para que la cancha pudiera usarse también por las noches.30
Para 1932 nuevamente los vecinos del lugar, junto con la profesora Herlinda Jiménez y el profesor Wenceslao Alvarado Ruiz, entregaron un croquis a las autoridades en el que planteaban el establecimiento de dos canchas de básquetbol en la parte sur del terreno y una pequeña plaza al centro, donde se colocaría un monumento y se acondicionaría con bancas, árboles y pasto inglés. El proyecto finalmente se materializó en 1944, constituyéndose con frontones y una plaza para la convivencia.31

Fuente: Archivo Histórico Municipal de Morelia (AHMM), Fondo Independiente II, caja 128, expediente 30, 1932.
Figura 5 Propuesta de intervención entregada por los representantes de los vecinos de la plaza Primero de Mayo.
Otro proyecto revelador de la inquietud por el equipamiento recreativo se planteó en 1935 para el Bosque Cuauhtémoc. Este espacio se había proyectado originalmente (1860) con un sentido de jardín romántico para el paseo y disfrute de la naturaleza. Algunos lotes se habían destinado a un pequeño lago artificial alrededor del cual se colocaron cenadores (uno de ellos con alusiones a la arquitectura asiática), un puente, así como diversos elementos de ornato, como una casa en miniatura y varias estatuas. En 1935 estos elementos fueron retirados en su totalidad y el sitio se transformó en una pista de patinaje que aprovecha el espacio cóncavo que había ocupado el lago.32 Con el tiempo se instalaron juegos mecánicos y un trenecito, convirtiendo el espacio en un pequeño parque recreativo.
En 1928 se pretendió transformar la plazuela de la Soterraña. Los vecinos del barrio pidieron al gobierno municipal que ésta fuera renovada quitando los puestos comerciales que se encontraban allí y que causaban problemas relacionados con la higiene y la inseguridad. Los lotes ajardinados que conformaban este espacio serían arreglados y atendidos por los vecinos, quienes también proponían que en su costado oriente se estableciera una cancha de básquetbol.33 Para 1938 el profesor Carlos Pérez Guerrero, subdirector de Educación ―se desconoce con certeza si era autoridad estatal o federal―, solicitó al municipio que en este mismo espacio se construyera, además de la cancha, un parque infantil que sería utilizado por los alumnos y profesores de las escuelas cercanas al barrio; lo anterior para que ahí se pudieran impartir las clases de educación física, ya que las escuelas de esta zona no contaban con los espacios idóneos para realizar estas actividades como lo indicaba el programa de la Secretaría de Educación Pública (SEP). Pese a que se desconoce si la cancha o el parque infantil se instalaron o no, la existencia de estos expedientes da constancia de los anhelos de la ciudadanía de disponer de espacios deportivos y de juego cercanos a sus casas y a las escuelas de la zona.34
A mediados de febrero de 1930, el Club Rotario de Morelia empezó a desarrollar la idea de establecer un parque infantil en el antiguo jardín de El Carmen, situado tres manzanas al norte de la catedral de la ciudad. El parque estaría conformado por varios aparatos, como volantines, resbaladillas, pequeños quioscos, columpios y sube y bajas, entre otros, los cuales estarían rodeados por bancas y pasto. El espacio fue finalmente inaugurado en octubre de 1930 con el nombre de Parque Infantil “Rotario”, y a él empezaron a acudir niños y niñas de todas las clases sociales. Al cabo de un mes de su apertura, el lugar fue dotado de un vigilante para que evitara que personas mayores de 14 años hicieran uso de los aparatos, ya que habían empezado a desbalancearse y descomponerse. Esta historia se repetiría en las décadas de 1930 a 1960 con otros aparatos de juego que fueron colocados en otras partes de la ciudad.35

Fuente: AHMM, Fondo Independiente, caja 103, expediente 12, 1930.
Figura 6 Croquis con la propuesta para intervenir el jardín de El Carmen para convertirlo en un parque infantil.
Otro caso destacable es el de la transformación parcial del jardín de Capuchinas, ubicado al sureste de la ciudad. A finales de octubre de 1953 los vecinos del barrio realizaron peticiones ante las autoridades municipales para que éste fuera objeto de mejoras, porque no recibía mantenimiento desde hacía ya más de dos décadas. Los vecinos contaron con el apoyo económico parcial del municipio, por lo que organizaron una noche mexicana para reunir más fondos y poder realizar una mayor mejora del espacio.36 Para los primeros días de noviembre se iniciaron los trabajos de renovación del jardín, el cual fue inaugurado el 27 de diciembre del mismo año.37 Finalmente, la obra consistió en la reparación de los prados del jardín, la repavimentación de sus andadores, la colocación de un nuevo sistema eléctrico de iluminación nocturna, nuevas bancas y, como elemento nuevo, un pequeño parque infantil en el costado poniente, equipado con sube y bajas, columpios, resbaladillas y juegos de argollas corredizas.38
Expedientes adicionales del Archivo Histórico Municipal de Morelia (AHMM) de entre 1930 y 1938, aunque escasos, señalan que otros espacios de lo que actualmente se conoce como el Centro Histórico de Morelia también fueron dotados con aparatos de juegos infantiles; entre ellos se mencionan la zona norte de la explanada poniente de la catedral de la ciudad, el jardín Michelena ubicado al poniente de la misma (también conocido hacia mediados del siglo XX como Dr. Miguel Silva), la plaza Carrillo ubicada al sur y el bosque Cuauhtémoc.39
Aunque los expedientes de archivo que dan fe de lo anterior no dan detalles sobre las modificaciones que se hicieron en los espacios que fueron dotados de aparatos infantiles de recreación, sí hacen referencia a algunas mejoras que se tuvo que hacer, lo que da muestra de que este tipo de áreas fueron muy importantes y estuvieron muy presentes dentro de la cotidianidad de los habitantes de Morelia. También es destacable que, en varias ocasiones, organizaciones vecinales solicitaron el reaprovechamiento y mejoramiento de los espacios ajardinados como sitios de recreación y deporte. Estas inquietudes son reflejo de las necesidades sociales e institucionales de crear espacios donde la población pudiera realizar actividades deportivas y de esparcimiento, para así responder a los requerimientos sociales y objetivos que se planteaba el gobierno en ese momento.
El acondicionamiento de numerosos espacios de recreación y deporte logró revitalizar de alguna manera los espacios públicos a lo largo del país (entre ellos algunos ajardinados creados durante el Porfiriato en la ciudad de Morelia) e impulsaron la convivencia y la unión social; respondían a una necesidad social tan importante que terminaron por difundirse y ser una tendencia entre 1930 y 1960, alcanzando su declive para la década de 1980.40
El regreso a la historia
A decir de Eugenio Mercado,41 el interés en la conservación de la arquitectura virreinal de la ciudad de Morelia se vincula con la pérdida de propiedades experimentada por algunas de las familias de alcurnia a raíz de la Revolución mexicana. Como se verá más adelante, la celebración del iv Centenario de la fundación de la ciudad fue una oportunidad para relavorar el pasado virreinal y su origen vinculado con los encomenderos españoles.
El culto al origen "colonial" de la ciudad de Morelia se vinculó con las políticas nacionales que trataban de conservar una imagen histórica de ciudades y poblaciones que fuera atractiva para el turismo, así como con la promulgación, en 1956, de un reglamento para su conservación. Ese culto a lo colonial se vería consagrado en la obra Casas y familias de la antigua Valladolid, de Gabriel Ibarrola,42 y la publicación de un instructivo para la nueva arquitectura en el centro histórico en la década de 1960, el cual limitaba la libertad creativa en aras de crear una arquitectura contextual que conservara las características del pasado y que sirviera de acompañamiento a los monumentos y edificaciones relevantes de esa zona.43 La imagen urbana así desarrollada fue ampliamente aceptada por la comunidad local y apropiada como parte de su identidad.
Para muchas familias asentadas en Morelia que asociaban su estirpe a los españoles de la Colonia, y cuyo único patrimonio que pudieron conservar tras la Revolución fueron sus casas -ligadas con la fundación de la ciudad de Morelia-, éstas simbolizaban el origen de su linaje y les permitiría refrendar su posición social. Para ello, fue necesario promover la conservación de sus inmuebles de la época virreinal, ideal que adoptó el resto de la sociedad moreliana, la cual también empezó a valorar y defender la arquitectura “colonial” de Morelia como símbolo de su identidad y a desarrollar, paralelamente, un rechazo por lo ajeno y lo nuevo, al no ser representativo de lo tradicional moreliano.44
Esta idea se reforzó con motivo de la celebración del aniversario de los 400 años de la fundación de Morelia (1941), cuando algunos habitantes de la clase media de la ciudad, junto con Antonio Arriaga, director del Museo Regional Michoacano, resaltaron el ideal de conservación del núcleo histórico y la necesidad de establecer los criterios sobre cómo se debía preservar e intervenir este legado arquitectónico. Estas ideas e inquietudes derivaron en la redacción del Reglamento para la conservación del aspecto típico colonial de la ciudad de Morelia, de 1956, y el Instructivo para ingenieros arquitectos y constructores del centro histórico de Morelia, documentos que surgieron como reacción ante las intervenciones de carácter moderno que se estaban empezando a realizar en el área antigua de la ciudad, mismas que afectaban su aspecto típico y colonial. Con estos documentos se logró identificar lo que caracterizaría el conjunto histórico de Morelia, aquello que debería de ser preservado para mantener su fisonomía urbano-arquitectónica y los criterios a seguir al realizar una intervención en los bienes inmuebles.45
Las recomendaciones incluidas en estos dos documentos se centran principalmente en el exterior de las fachadas de los edificios históricos y en su carácter histórico artístico y estético, en tanto que identifican sus aspectos más distintivos a ser preservados, con un claro rechazo hacia lo moderno y lo ajeno; todo ello con el fin de dar continuidad a la imagen tradicional y colonial de Morelia. Asimismo, en estos criterios -que eran respaldados por el gobierno estatal y municipal, así como por un grupo de expertos en el tema- se enfatiza que las intervenciones radicales sólo podrían ser realizadas por expertos en el tema.46
Por otra parte, desde la década de 1930 el turismo empezó a cobrar relevancia en las políticas públicas mexicanas debido a que aportaba grandes beneficios económicos a nivel nacional y local, además de ayudar a mejorar la imagen del país en el extranjero, como señal de progreso y modernidad.47 El vasto territorio mexicano contaba con una amplísima gama de riquezas culturales y naturales a las que se podía echar mano para desarrollar esta industria, además de representar una oportunidad para modernizar distintas regiones del país y contribuir a forjar la identidad mexicana.48
Los gobiernos posrevolucionarios vieron el turismo como una herramienta valiosa para recuperar la economía del país, buscar el desarrollo regional y construir una identidad mexicana basada en sus expresiones culturales. De esta manera, México lograría restaurar la imagen nacional y exponer su progreso y modernización ante las miradas estadounidense y europea. Para poder dar impulso a esta actividad y atraer a visitantes, el Estado unió fuerzas con el sector empresarial para desarrollar estrategias, infraestructura y servicios que dieran soporte a las actividades turísticas en el país.49
Las autoridades de Morelia también vieron el potencial turístico que tenía la ciudad por el hecho de contar con múltiples monumentos y edificios de carácter colonial, con una imagen e identidad propias y destacables. En aras de su aprovechamiento se comenzaron a realizar mejoras y a reconocer los aspectos y elementos más característicos de la ciudad, aquellos vinculados con un sentido de identidad. A partir de la década de 1940 los periódicos de la ciudad publicaron varias notas que hacían referencia a inmuebles y atractivos locales; entre ellos, los espacios ajardinados del núcleo histórico de Morelia se distinguieron como elementos representativos por su composición física, la atmósfera especial que creaban sus diseños y el enriquecimiento que proporcionaban al paisaje urbano -de la mano de los monumentos coloniales-, además de su importancia para la vida cotidiana de los habitantes y el medio ambiente.50
Gracias al reconocimiento del valor de estos espacios públicos -y de su potencial para funcionar como puntos de interés turístico- fueron objeto de mejoras y promocionados como parte de la oferta de la ciudad, sin embargo, las notas periodísticas y guías de turismo revelan una clara prioridad por resaltar los elementos arquitectónicos.51 En efecto, fueron los edificios los que se concibieron como los que con mayor claridad trasmitían la imagen y la identidad de Morelia, caracterizada primordialmente por una arquitectura hecha a base de cantera rosa.52 Dado lo anterior, a partir de la segunda mitad del siglo XX los espacios ajardinados fueron intervenidos desde dos perspectivas contrastantes: la primera implicó el aprovechamiento de estos espacios para dar realce y favorecer la apreciación de los monumentos, y la segunda, el reconocimiento del valor de las áreas verdes urbanas como sitios identitarios, es decir, como parte esencial de la herencia urbano-arquitectónica de la ciudad, razón por la cual merecían ser conservados.
Cuando las autoridades, empresarios y miembros de la élite moreliana comenzaron a entender a la ciudad como una joya colonial que formaba parte de su identidad y era digna de ser promocionada como atractivo turístico, comenzó un proceso de identificación de los monumentos y de las características de la arquitectura del núcleo urbano de la ciudad; siendo que la difusión debía concentrarse en los edificios, los espacios públicos ajardinados fueron identificados como sitios a través de los cuales se podría resaltar y apreciar la arquitectura colonial de Morelia.53 Sin embargo, la vegetación, especialmente las copas de los árboles, obstaculizaban la vista de las bellezas arquitectónicas, de ahí que se empezara a vislumbrar la necesidad de reducir drásticamente la vegetación de estos espacios para que las fachadas de los edificios pudieran apreciarse mejor.54
Para inicios de la década de 1960 el jardín Melchor Ocampo, ubicado en el costado oriente de la catedral de Morelia, era uno de los espacios públicos ajardinados más importantes y emblemáticos de la ciudad, no sólo por la jerarquía de su emplazamiento, sino también por su configuración física. Su traza radial, que partía de un quiosco central, formaba pasillos a través de los cuales la población podía transitar o sentarse en las bancas desde donde podía disfrutar de la composición vegetal de cada una de sus jardineras, además de los elementos ornamentales y la escultura en honor a Melchor Ocampo que se encontraba situada en el área norte del jardín.55
A pesar de su relevancia urbana, sociocultural y paisajística, las ideas relacionadas con la exploración de la identidad de Morelia y el énfasis puesto en la relevancia de la arquitectura para su aprovechamiento turístico fueron la causa de la eliminación de este jardín en 1961 para ser convertido en una explanada con escasa vegetación, justamente buscando resaltar la arquitectura del lado izquierdo del recinto más importante de la ciudad.56

Fuente: Chávez Ruiz, “Jardín Melchor Ocampo. Morelia Mich.”, subido por Gerardo Zárate, en México en fotos, consultado el 26 de agosto de 2024.
Figura 7 Configuración del jardín Melchor Ocampo durante las primeras décadas posrevolucionarias.
Estos mismos procedimientos se pretendieron replicar en otros jardines públicos del centro histórico; ejemplo de ello son las obras que se pretendían llevar a cabo en el jardín de San José, espacio ubicado a poco más de medio kilómetro al noreste de la Catedral. El sitio se caracterizaba por una depresión gradual del perímetro hacia su centro, donde se encuentra una fuente; había sido construido así durante el virreinato para permitir la llegada de agua por gravedad a esta área de la ciudad, que se encontraba en una zona alta. Para febrero de 1961, el presidente municipal, Alberto Cano Díaz, informó que el jardín sería radicalmente transformado: se renovarían las bancas y farolas y se quitarían los árboles innecesarios, que serían reemplazados por nuevos; pero, sobre todo, se pretendía corregir el “defecto” del hundimiento del terreno.57
Como era de esperar, los cambios extremos que se pretendía realizar, a la par de la transformación radical que se estaba produciendo en el jardín Melchor Ocampo, causó conmoción entre los habitantes de la zona, quienes se mostraron en contra de estas mejoras porque los espacios ajardinados eran importantes para ellos, además de ser piezas urbanas únicas y sellos distintivos de la ciudad; concebidos así, lo que procedía, a su manera de ver, era protegerlos, porque, de lo contrario, se deterioraría parte de la imagen tradicional de Morelia, su esencia y legado.58 Finalmente, las demandas sociales en contra de modificar el jardín de San José propiciaron la valoración y defensa de los espacios verdes del centro, considerados como parte del patrimonio de la ciudad de Morelia y de sus habitantes; además, al ayudar a dar marcha atrás a este proyecto de alguna manera contribuyeron a salvaguardar la fisonomía del resto de los jardines de Morelia.59
Reflexiones finales
El recorrido histórico realizado permite observar que los jardines antiguos de la ciudad de Morelia, ubicados dentro de lo que se conoce actualmente como la Zona de Monumentos Históricos sufrieron, en poco más de 100 años (de mediados del siglo XIX a la sexta década del XX), cambios constantes, modestos o radicales, debidos a una multiplicidad de factores, tanto intrínsecos como extrínsecos a estos elementos urbanos.
Como se pudo observar, las circunstancias históricas han repercutido en los enfoques de gestión y manejo de estos sitios, incidiendo en sus procesos de transformación y salvaguardia. Algunos de los factores más influyentes fueron las ideas y enfoques que orientaron las transformaciones de estos espacios públicos a través del tiempo. Para mediados del siglo XIX, los conceptos de higiene, progreso y modernización fueron los ejes centrales que dirigieron la transformación de las antiguas plazas virreinales en jardines para el recreo de la sociedad, con la intención de proporcionar una mejor calidad de vida a sus habitantes, además de encauzar sus momentos de ocio, al funcionar como espacios moralizantes. Por todo ello, estos espacios fueron transformados en jardines públicos compuestos de andadores, jardineras con profusa vegetación nacional y exótica, bancas, luminarias, fuentes, quioscos y esculturas; fue así que se convirtieron en sitios de ornato que pronto adquirieron popularidad entre los habitantes.
Durante el periodo posrevolucionario, el anhelo de “modernizar” el país y mejorar la situación social mediante la inculcación de valores y la formación de una sociedad más culta y unida se hizo presente, materializándose mediante la incorporación de áreas deportivas comunitarias y aparatos de juego infantil en espacios públicos; esto implicó el reaprovechamiento y transformación parcial o total de algunos jardines públicos.
Décadas después, a mediados del siglo XX, la búsqueda de la identidad moreliana a través de la arquitectura característica del núcleo antiguo de la ciudad y su posterior aprovechamiento como recurso turístico generó una perspectiva que favorecería su conservación y apreciación por encima de algunos espacios públicos, entre ellos sus jardines; este proceso, sin embargo, despertó inquietudes en la opinión pública que ayudaron a salvaguardar muchas áreas verdes de la ciudad y, con ello, parte de la esencia y riqueza paisajística y cultural de la misma.
Todas estas ideas se generaron principalmente en la capital del país, y posteriormente se difundieron e implementaron en ciudades del interior, como sucedió en Morelia, donde se adecuaron a las necesidades, preexistencias, anhelos sociales, culturales y circunstancias históricas locales.
Asimismo, hay que comprender que las áreas ajardinadas a las que nos hemos referido son espacios al aire libre y de acceso público, por lo que cada uno de los elementos que las componen, ya sean fijos o naturales, experimenta un deterioro gradual, tanto por la exposición a la intemperie como por el uso continuo al que están sometidos. Por otra parte, contienen elementos vegetales vivos cuyo crecimiento es constante y acorde a sus ciclos de vida; así, cada uno tiene requerimientos particulares para subsistir y son sensibles al entorno en el que viven. Los jardines públicos, en síntesis, están en constante cambio; al ser espacios de naturaleza, su mantenimiento es complejo.
Todas estas variables han repercutido en las transformaciones que han sufrido los jardines históricos; cada época ha dejado huellas o capas que relatan la biografía de un lugar, de una sociedad, de una ciudad y de la humanidad. Tomar conciencia de esto ayuda a entender su trascendencia, así como los valores patrimoniales materiales e inmateriales que implica, es decir, a reflexionar sobre su significación y la importancia de su salvaguardia.
Pese a que los jardines públicos dan la idea de que su materialidad ha permanecido inmutable a lo largo del tiempo, la revisión histórica realizada devela que su aspecto se ha modificado muchas veces, de múltiples formas, lo que da muestra de la gran fragilidad y complejidad de las labores de salvaguardia que se llevan a cabo en la actualidad, pero al mismo tiempo revelan su capacidad de resiliencia y su importancia social y cultural.
El estudio y comprensión de los procesos históricos que han ido moldeando los espacios verdes de Morelia pueden ayudar a comprender el proceder de los planes y proyectos de gestión y manejo actuales por parte de las autoridades, las cuales se han decantado por su aprovechamiento desde un enfoque turístico, de consumo y marketing. Esto ha llevado a la banalización de estos espacios y, por lo tanto, a intervenciones que deterioran paulatinamente su carga patrimonial material e inmaterial.
De manera particular, se puede observar que las intervenciones de conservación de los edificios históricos y los jardines son muy distintas, y que continúa un claro favoritismo hacia la salvaguardia de los primeros. A pesar de que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) o el Decreto de Zona de Monumentos Históricos de la Ciudad de Morelia consideran a los jardines parte de los bienes patrimoniales de la ciudad de Morelia, no se percibe el desarrollo de una conciencia o la voluntad de salvaguardar estos espacios a partir de una metodología con bases científicas y teóricas congruentes con su naturaleza para prevenir la pérdida paulatina de su legado y evitar intervenciones inadecuadas. De igual forma, actualmente las intervenciones que se realizan en los jardines privilegian el cuidado y conservación de los elementos fijos, como la traza, las fuentes y las esculturas; sin embargo, el resto de piezas compositivas como bancas, luminarias y, sobre todo, sus elementos vegetales (principalmente arbustos y plantas con flor) no reciben tantas atenciones y se deterioran rápidamente, provocando cambios constantes que no consideran su carga patrimonial.
Sin embargo, más allá del panorama descrito, este estudio puede contribuir a encontrar estrategias para la salvaguardia integral y adecuada de los jardines históricos, como sucedió con la influencia que ejerció la opinión ciudadana en 1961. Los habitantes, aquellos que han vivido y hecho parte de su cotidianidad estos espacios, que se han apropiado de ellos, que los han incluido en su memoria individual y colectiva, e internalizado como parte de su identidad comunitaria y territorial, pueden jugar papeles clave en la salvaguardia de los jardines de su ciudad.










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