Introducción
Este texto nació con el interés de mirar con detalle lo que parece evidente y se ha vuelto cotidiano: la explanada de Las Islas, área central del campus de Ciudad Universitaria (CU) de la Universidad Nacional Autónoma de México. No se podría hablar del complejo universitario sin mencionar esta gran área, aunque es poco lo que se ha dicho de su propio aspecto y carácter, más allá de buscar explicarlo a partir de su relación con los edificios que le rodean y confinan, o de las vistas y perspectivas privilegiadas que se consiguen desde varios puntos de su gran extensión. Nos preguntamos si este espacio fue pensado desde el origen de CU tal como lo conocemos o si se trata del resultado de intervenciones empíricas a lo largo del tiempo, que fueron incorporando especímenes vegetales, mobiliario urbano y montículos. Nos proponemos identificar y reconocer esta explanada a partir de su propia espacialidad y de los atributos con que fue concebida, construida y transformada, para entender su papel en la definición patrimonial del conjunto, sobre todo a partir de la declaratoria del campus central de Ciudad Universitaria de la UNAM como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2007.1 En las páginas siguientes se muestra una discusión entre el pasado y el presente, para luego dar paso a la reflexión y apuntar algunas cuestiones sobre la conservación de la explanada de Las Islas.
Las Islas
A nadie puede pasar desapercibido este gran espacio abierto y verde, la mayor extensión de terreno libre y continuo del campus central de Ciudad Universitaria, coloquialmente llamado Las Islas, sobrenombre con el que le conocen las generaciones que llegaron a CU en el siglo XXI o en los últimos años del XX; otras más antiguas recuerdan llamarlo desde siempre explanada central o, solamente, el campus; otros dicen que las islas son los montículos de tierra con árboles que pueblan este gran espacio al que, a su vez, llaman indistintamente campus central o jardín central.2 La denominación original, o al menos la que propusieron los arquitectos que participaron y vivieron el desarrollo del proyecto y de la obra de CU, fue campus universitario. Mario Pani y Enrique del Moral, arquitectos directores del proyecto del conjunto, se refieren al respecto en su publicación de 1979:
ésta [la zona escolar] tiene como elemento central y dominante el campus universitario, elemento de máxima importancia, no sólo en la composición del proyecto de conjunto, sino por su función destacada y valor moral, puesto que además de ser su elemento central, limitado por los edificios escolares, sirve como enlace de éstos y como gigantesco patio que constituye el lugar de reunión e interrelación de la comunidad universitaria.3

Vista del campus central en dirección al norponiente, desde la Torre II de Humanidades. Fotografía: Carlos Guerrero Rafael, 2018.
El término campus se utilizó en Inglaterra desde el siglo XVIII para denominar a los conjuntos de edificios universitarios, herederos de la tradición europea medieval, en los que se podía estudiar, trabajar y vivir en recintos exclusivos. Mario Schjetnan4 propone un paralelismo entre el campus de CU y el de la Universidad de Virginia, construido entre 1817 y 1826, el más antiguo de Estados Unidos, al hacer referencia a la predominancia de un espacio abierto central ajardinado en torno al cual se ubican los grupos o claustros de escuelas o facultades. El DRAE acepta el anglicismo campus con el significado de “conjunto de terrenos y edificios pertenecientes a una universidad”, aunque su origen es latino y quería decir “el campo, la llanura de tierra ancha y dilatada, la campiña”.5
La misma Real Academia explica que el vocablo empezó a usarse en español a mediados del siglo XX, es decir, contemporáneo al proyecto y construcción de CU. Ya fuera por la novedad del término o por tomar su significado latino, Del Moral y Pani,6 entre otros coetáneos,7 lo utilizaron para referirse al espacio central y no al conjunto de edificios y espacios libres, como se entiende hoy. La declaratoria emitida por la UNESCO en 2007 aceptó la denominación de campus central para una extensión de 176.4 ha, que quedan limitadas por el primer circuito universitario inaugurado en 1952 y sus más de cincuenta edificios.8
Sobre las incertidumbres tempranas para la composición del conjunto estuvo el dilema de concentrar o diseminar las escuelas, facultades y otras instalaciones, incluso en uno de los extremos se llegó a proponer un solo edificio para alojar a todas ellas,9 como una reacción ante la ubicación esparcida de escuelas en el antiguo Barrio Universitario en el centro de la Ciudad de México. En palabras de Carlos Lazo, se trataba de dos tendencias: la dispersión “carente de estructura universitaria” y la concentración “de alto espíritu universitario”, aunque “también imperfecta”; de acuerdo con él, el proyecto aprobado era provechosamente “una solución intermedia”.10 Hablar de esta disyuntiva es pertinente porque fue justamente la incorporación de las explanadas, particularmente la central, lo que dirimió la contradicción entre la propensión a la dispersión y la tendencia a la concentración. Como dice Díaz de Ovando, “el campus equivale al claustro en torno al que, ubicadas independientemente las facultades y escuelas, tienen un centro de referencia como en los grandes conjuntos tradicionales universitarios […] una especie de aglutinante”.11
En el plano de 1952 del proyecto de conjunto de CU, el espacio central se ve delineado como un gran rectángulo en blanco, no lleva nombre, parece que su vocación fuera la vacuidad; esa es la sensación que más impone en las primeras fotografías del campus: un extenso terreno ausente de vegetación, de personas, de mobiliario y de los claroscuros que producen sus sombras, tal como estamos acostumbrados a verle. Incluso, en el plano de rezonificación de la Ciudad Universitaria de 1972 se le vuelve a representar en blanco, que deja en una interrogante su identidad.

CU Plano de conjunto, mayo 1952. Arquitectos directores del proyecto de conjunto: Mario Pani y Enrique del Moral.
Este espacio -explanada, campus, patio, claustro e incluso hoy en día adoptado como jardín público- se distingue a primera vista por el verde de su césped, en cualquier perspectiva, por muy alejada que sea, se diferencia y separa de sus perímetros gracias al color de su pavimento; en sus contornos, otras explanadas, muretes y escalinatas le limitan y separan de las fachadas de los edificios. El gran tamaño de Las Islas, acorde a la escala que caracteriza al campus central, así como su relación espacial y visual con las estructuras arquitectónicas, que de diferentes maneras le forman y conforman, no deja lugar a dudas de su papel principal en el conjunto.
Un reto que se avistó durante la construcción de Ciudad Universitaria fue la regulación de la escala y proporción del sitio; las grandes dimensiones de los edificios y su distribución extendida tendieron a configurar espacios abiertos de gran tamaño, poco adecuados para el peatón; por ello, y sobre la marcha, se resolvió aprovechar los desniveles naturales del terreno, haciendo conexiones y separaciones con el uso de escalinatas, muretes y plataformas, afinando las proporciones de los espacios abiertos, confinándolos físicamente y “reduciendo su tamaño visual y psicológicamente”.12 Los pavimentos también sirvieron al propósito de zonificar y limitar: terrazas, mesetas, plazas y andadores recibieron tratamientos particulares, bajo criterios compositivos, funcionales, de orden y de significación: “Se han aprovechado los pavimentos como elemento importante en la composición general, diferenciando su material, color y diseño, para unir o separar el espacio según conviniera, naturalmente tomando en cuenta el uso a que están destinados […] los grandes espacios de uso ocasional para el peatón se hicieron combinando la piedra volcánica con el pasto”.13
Bajo esta solución de diseño, los bordes de Las Islas encuentran sus límites en donde inician otros espacios abiertos, diferenciados por sus pavimentos, resueltos como plataformas que sirven de transición entre el espacio abierto y libre del centro y los edificios y demás estructuras perimetrales. Cada uno de los cuatro costados fue tratado en su diseño de manera especial, tomando en cuenta su función y papel compositivo con relación al conjunto.
Para la construcción de Las Islas se usó tierra de tepetate para rellenar la gran explanada y para conformar cuatro montículos, dos al norte y dos al sur; piedra braza, como pavimento con la función de estabilizar el suelo; y la vegetación: el césped que debía crecer en las juntas entre las piedras del pavimento y algunos árboles que se plantaron en los montículos.
Arbolado en el campus central
Mario Pani y Enrique del Moral refieren a un solo espacio arbolado en el conjunto de Ciudad Universitaria, al que singularmente relacionaron con una alameda; se trata del ubicado frente a la fachada poniente de la Facultad de Medicina: “Sus edificios [los del conjunto original de Ciencias Biológicas] se agrupan alrededor de una gran plaza, al oriente del campus y de la Facultad de Ciencias, a la que se le dio el carácter de alameda, tratamiento que la diferencia francamente del campus”.14
Llama la atención que los directores del proyecto del conjunto no hicieran otra alusión a la vegetación del campus, aun cuando por fotografías antiguas fácilmente se descubre que, al menos desde 1952, se integraron árboles para hacer zonificaciones, diferenciar espacios y crear ambientes; también, en algunas ocasiones se usaron como elementos compositivos. Este fue el caso de los pirules (Schinus molle) que se plantaron en la explanada y la escalinata de Rectoría, posiblemente recolocados de las inmediaciones, uno de ellos en un arriate entrante a manera de península sobre el estanque y que hoy apreciamos de la mano de su reflejo en el agua. ¿Acaso la vegetación fue un asunto que se resolvió en el curso de la obra, más que una cuestión pensada integralmente al proyecto?, ¿fue un tema que cayó en manos de otros arquitectos y especialistas, distintos a los directores y coordinadores? Es posible suponer que así ocurrió.

Izquierda: Explanada central en construcción, con la Torre de Ciencias (hoy Torre II de Humanidades) al fondo y la presencia de algunos árboles, como los pirules que se ven a la derecha, 13 de febrero de 1952. ISSUE/AHUNAM/ Colección UNIVERSIDAD/Construcción de CU/CU-003542.
Derecha: Biblioteca Central al fondo, con los pirules plantados en un borde del estanque central y el reflejo del conjunto sobre él, s/f. ISSUE/AHUNAM/Colección UNIVERSIDAD/Construcción de CU/CU-003472.
En el Archivo de Arquitectos Mexicanos de la Facultad de Arquitectura de la UNAM se resguardan algunos planos que llevan a pensar que la vegetación fue seleccionada y plantada sobre la marcha de la obra, cuando la inauguración del campus estaba próxima e incluso en los años subsecuentes, aunque no por ello dejó de obedecer a razones de diseño y a intencionalidades compositivas, aprovechándola como elemento de integración plástica. Un plano fechado en diciembre de 1951, denominado “Esquema del plano de conjunto. Arreglo del campus” muestra una propuesta de zonificación junto con diversos árboles y zonas arboladas; en Las Islas se identifican dos bosquetes. Otro plano, una copia en maduro del plano de la “Sección de Humanidades y Comercio” con fecha 8 de enero de 1952, deja ver el trazo a mano alzada de una barrera vegetal en la plataforma al norte lindante con la explanada central, al frente de la Facultad de Filosofía y Letras, que se acompaña de la anotación manuscrita “sembrar pirules junto a los sauces formando alameda”, que no pasó a ser más que una propuesta de diseño.
Otro ejemplo sobre la voluntad de integrar a la vegetación de manera armónica lo tenemos en el costado oriente de Las Islas, a los pies del mural “La Conquista de la Energía”, que cubre la fachada el Auditorio Alfonso Caso, donde existe un jardín y pervive una gran yuca (Yucca gigantea), con sus crecidos retoños en el derredor; posiblemente fue trasplantada de las inmediaciones del mismo pedregal durante la construcción de CU, para darle lugar a unos cuantos metros al frente de la fachada-mural. Chávez Morado, autor del mural refiere a este jardín y a su composición original:
La decoración del Auditorio ofrece grandes posibilidades de estudio para la decoración integral, pues además de la pintura y el mosaico, hemos usado la jardinería en relación con la arquitectura y la plástica pictórica. Los árboles plantados en el prado anterior al mural, por su color y aún por el carácter de su follaje, acentúan las partes de la composición pictórica. Además, con tales árboles hemos creado un elemento que tiene la función psicológica [sic] de retardar la visión completa del mural y ofrecerla en el sitio más impresionante, según conviene a la temática.15
Por fotografías antiguas se conoce que hubo más de un intento para formar este jardín. Es muy probable que los árboles a los que se refería Chávez Morado fueran yucas y colorines, aunque de estos últimos no hay evidencia pues los ejemplares murieron por competir entre sí o por el tipo de suelo con el que se rellenó el lugar. Lamentablemente, desde hace años, este jardín fue alcanzado por la práctica de plantar especies arbóreas sin un plan de diseño, sin entendimiento de la concepción original de los espacios abiertos del campus y su sentido plástico y compositivo: se incorporaron rosas de varias especies y laureles de la India, que hoy vemos tratados a manera de “arte topiario”, técnica que es completamente ajena al diseño de Ciudad Universitaria.

Izquierda: Fachada norte del Auditorio de Ciencias (hoy Auditorio Alfonso Caso) con la gran yuca en el jardín frontal, 23 de enero de 1952. ISSUE/AHUNAM/Colección UNIVERSIDAD/ Construcción de CU/CU-003199.
Derecha: Fachada norte del Auditorio de Ciencias (hoy Auditorio Alfonso Caso) y jardín de bosquete de colorines a sus pies, ca. finales de 1952. ISSUE/AHUNAM/Colección UNIVERSIDAD/ Construcción de CU/CU-003282.
En realidad, el paisaje del pedregal rocoso, abrupto y con flora nativa e imagen rústica, ofrecía gran complicación para el proyecto de jardinería. Carlos Lazo, gerente general de la construcción, había solicitado técnicos en jardinería que ayudaran a Luis Barragán, a quien se había invitado a participar, en el “complicado e interesante problema de los jardines de la Ciudad Universitaria”.16 Posiblemente en ese momento no se reconocieron las posibilidades paisajistas del sitio o no hubo tiempo de actuar, como sí se hizo casi simultáneamente en el vecino fraccionamiento Jardines del Pedregal.17 Díaz y de Ovando relata al respecto:
Ya en nuestros días, según me ha dicho en charla el arquitecto Luis Barragán, hacedor junto con el artista Jesús Reyes Ferreira del fraccionamiento “Jardines del Pedregal”, el primero en ponderar la fascinante belleza del Pedregal fue, en 1940, el poeta Carlos Pellicer. Por esos años también Diego Rivera sostuvo que el Pedregal era utilizable. Barragán me cuenta que a él se le encomendó el arreglo de los jardines de la Ciudad Universitaria, que no realizó; eso sí, mucho lamenta que en la Ciudad Universitaria no se hubiera respetado, salvado, el paisaje natural del Pedregal.18
Una vez iniciada la obra de la Ciudad Universitaria, Carlos Lazo habló sobre el interés que había por aprovechar los pocos árboles que existían en el lugar, de protegerlos con cercos de piedra que sirvieran de bancas para permitir que “en toda la superficie del campus” los estudiantes tuvieran “donde sentarse para preparar sus exámenes, estudiar, platicar o descansar”.19 En agosto de 1952, con la inauguración en ciernes y cuando el sitio no había perdido del todo su imagen pedregosa y gris, el mismo Carlos Lazo refirió: “aun cuando aquí no se ve verde -verde de color, no verde de realización- se han estado sembrando árboles […] Con objeto de forestar Ciudad Universitaria, tanto para cambiar el clima como para defenderla de las tolvaneras”.20
Para apoyar la forestación, el arquitecto Lazo tomó la iniciativa de establecer un vivero, gracias a lo cual, en la segunda mitad de 1950, se habían plantado 400 mil árboles y plantas de especies diversas, como fresnos, jacarandas, laureles, colorines y eucaliptos,21 con lo que se verifica que estas especies, algunas no nativas del Pedregal, fueron incorporadas al sitio desde sus primeros momentos, aunque no se conoce por qué se eligieron estas frente a otras posibles, a pesar de no ser todas ellas idóneas dada su dificultad para convivir con el suelo del sitio. El vivero se extendía en una superficie sin lava de 70 mil y con lava de 80 mil metros cuadrados y se pensaba que funcionaría después como un parque.22
Aunque en las plataformas colindantes al norte y sur de la explanada de Las Islas se pensaron con zonas arboladas, no parece haber existido claridad sobre las especies preferidas. En la septentrional, en su extremo poniente, se plantaron filas de jacarandas (Jacaranda mimosifolia) en cajetes recortados en el pavimento de piedra braza, supuestamente propuesta del arquitecto Villagrán García.23 Esta primera solución se vio trastocada al paso del tiempo, cuando se fueron sumando otros ejemplares de distintas especies que afectaron finalmente toda la extensión de la plataforma: en los ochenta se abrieron nuevos cajetes para plantar cedros, con el objetivo de contrastar la vegetación caducifolia -jacarandas- con la perennifolia -cedros (Cupressus lucitanica)-. En un tercer momento de intervención, se plantaron jacarandas que tomaron el sitio de los cedros que fueron muriendo. Hoy encontramos a lo largo de esta plataforma varios especímenes que evidencian esos tres tiempos; también hay un pirul, que pervive en un arriate, lugar que le tocó desde los comienzos de la obra de la Ciudad Universitaria. Otros árboles fueron plantados libremente, por personas no identificadas, sin nociones de diseño.

Vista de la plataforma norte, con el edificio de Humanidades y Comercio, hoy Facultad de Filosofía y Letras, con las hileras de jacarandas en cajetes cuadrangulares, ca. 1953. ISSUE/AHUNAM/ Colección UNIVERSIDAD/Construcción de CU/CU-003020.
En este mismo costado norte, en el alineamiento del murete de piedra que separa la plataforma del espacio de Las Islas, se respetó en su lugar un árbol nativo que, en solitario y con gran armonía, contrastaba con la solidez y negrura del paramento tras de él. En los ochenta se integró una fila de cedros con lo que se perdió esa idea original y se enfatizó la división entre ambos espacios. Ya en el siglo XXI se sumaron pinos, cedros y liquidámbares, aprovechando los cajetes libres o haciendo otros nuevos ex profeso.
En el andador o plataforma sur, y como parte del plan original, se dio espacio a dos filas de fresnos o posiblemente de álamos (no se tiene bien identificada esta vegetación) que igual que en otros espacios de Ciudad Universitaria murieron o fueron derribados por los vientos; entonces, se les sustituyó con los truenos y la grevílea (Grevillea robusta) que actualmente vemos. Frente a este espacio, dentro de Las Islas, en el costado sur, se plantaron dos alineamientos de fresnos. Solo unos pocos de esos siguen vivos hoy: varios fueron sustituidos por eucaliptos que, a su vez, fueron reemplazados por fresnos -nuevamente- y también por cedros, ante el temor de que se convirtieran en una plaga y causaran daño a otras especies vegetales. Actualmente solo hay un eucalipto en toda la extensión de Las Islas.
Las Islas: de la idea original a la actualidad
Previo a la inauguración del campus, dada la falta de claridad que había para resolver el diseño de la explanada central, se organizó un concurso de convocatoria cerrada.24 El documento es ilustrativo de la noción que se tenía en ese momento de este gran espacio: se le llama gran plaza o campus, “punto central y elemento de enlace con todas las construcciones y espacios del conjunto”, y se reitera su función como lugar de relación y reunión de los estudiantes en su tiempo libre, como recurso para consolidar el espíritu universitario y propiciar una verdadera comunidad. Se pedía a los concursantes dar solución a las circulaciones -techadas o no-, proponer plazas al aire libre para la reunión del estudiantado en sus horas libres y hacer uso de la lava25 para formar muros de talud, en los pretiles resultantes, en plataformas, en los pavimentos, etc. También se solicitaba el uso de la flora de la región para el diseño de la jardinería.26

Vista desde la Torre de Ciencias (hoy Torre II de Humanidades) en dirección a la Facultad de Ingeniería y a la plataforma sur, con las dos hileras de especies arbóreas y los fresnos dentro de la explanada de Las Islas, 27 de febrero 1953. ISSUE/AHUNAM/Colección UNIVERSIDAD/Construcción de CU/CU-002783.
No conocemos si la solución que tomó la explanada fue resultante o no de este concurso. Las fotografías de la época dejan ver que entre 1950 y 1953 se trabajó en la uniformización del pavimento de la explanada, con bloques pétreos de roca volcánica y en la formación de cuatro montículos. Como ya se ha referido, estos son formaciones artificiales y no resultado de la orografía natural del lugar; se trata de pequeñas colinas de tierra, diferentes entre sí por su tamaño, forma y altura; su distribución sobre la gran explanada, ajena a los ejes compositivos y trazos ortogonales imperantes en el campus, hace pensar en un proyecto de inspiración naturalista, orgánica y libre, contrastante con la arquitectura del conjunto, de trazos y volumetrías ortogonales. Estos montículos podrían interpretarse como una alternativa a la creación de espacios contenidos, de plazas al aire libre y como recursos para “evitar la monotonía”, requerimientos que se enunciaron en las bases del concurso mencionado.

Vista desde la Biblioteca Central en dirección a la Facultad de Ingeniería y a la plataforma sur, con las dos hileras de especies arbóreas y los fresnos dentro de la explanada de Las Islas, 27 de febrero 1953. ISSUE/AHUNAM/Colección UNIVERSIDAD/Construcción de CU/CU-002783.
A la par de la formación de los montículos, sobre cada uno de ellos se plantó un bosquete: en el del norponiente (a) frente a la actual Facultad de Filosofía y Letras, con jacarandas; en el del nororiente (B), frente a la ahora Facultad de Derecho, con álamos; en el montículo suroriente (c), frente a la que era entonces la Escuela de Ingeniería, con jacarandas; y en el que se hizo en el costado oriente del antiguo Club Central, edificio ocupado actualmente por DGOSE ( d), con fresnos. Este proyecto de arbolado buscaba el contraste entre colores y frondas: el morado propio de las flores de las jacarandas y su estacionalidad con el verdor y estacionalidad de los fresnos y el carácter caducifolio y el color plateado de los álamos. Hoy, de este proyecto, solo restan algunos ejemplares; muchos murieron y fueron remplazados con individuos de otras especies.27

Croquis explicativo de Las Islas. Elaboración: Andrea Berenice Rodríguez Figueroa y Diana Ramiro Esteban, 2020.
Agentes externos, entre otros las bajas temperaturas y la llegada de plagas, trajeron la muerte de varios árboles al poco tiempo de su plantación; también por la poca profundidad del suelo rocoso (o el relleno realizado con cascajo) en determinadas zonas con particular afectación a especies como las jacarandas, que vitalmente requieren extender sus raíces. Contra lo que pudiera pensarse, en la reforestación realizada en los años subsecuentes no hubo interés por conservar las especies iniciales y se prefirió incorporar otras varias, disponibles en el invernadero “Faustino Miranda”, establecido en 1959, o que fueron donadas por el ejército mexicano y la corena,28 por ejemplo: los truenos y los cedros. Esta cuestión habla de cómo el arbolado y el ajardinamiento originales fueron desconsiderados o ignorados como parte sustancial del conjunto. Como se sabe, en los sesenta el crecimiento de la población estudiantil desbordó la capacidad de CU y llevó a transformaciones irreversibles, entre las que hay que mencionar la desaparición de varios espacios ajardinados:29 “cambios, ampliaciones y agregados destruyeron la correcta relación mutua y el equilibrio que tenían los edificios entre sí […] sin el menor propósito de lograr una integración correcta a lo existente, y ocupando espacios abiertos jardinados que en el proyecto original tenían un valor tan importante como el de las propias construcciones”.30
Si bien los montículos en Las Islas, en términos formales y estructurales, no han sufrido cambios, son innegables los muchos agregados a esta explanada que han terminado por hacer invisibles las ideas primeras sobre su diseño paisajístico. Actualmente se ha preferido plantar y sustituir con diversas especies arbóreas la vegetación de la explanada y no hacer una monoplantación como se pensó en un principio. Es común identificar árboles que no corresponden a las ideas originales sobre el campus y que fueron plantados por personas anónimas que decidieron dejar un recuerdo dentro de esta explanada. Ese es el caso del bosquete ubicado entre los montículos a y b, en el que hay entre las especies un acezintle y un aile; lo mismo ocurre con el ahuehuete que apareció hace unos cuantos años en la esquina sur poniente de la explanada de Las Islas.
Otro bosquete intrusivo fue plantado en la parte oriente de Las Islas a finales de los ochenta, se trata de un grupo de jacarandas, entre los montículos B y C. Llama la atención cómo este conjunto de árboles se dejó crecer y se ha conservado al paso de los años, aun cuando se interpone en el eje principal y original -oriente poniente- del campus central, contrariando la idea compositiva del conjunto, así como de la articulación entre espacios y consecuentemente de la comprensión y percepción del conjunto para los usuarios.
Más allá de los árboles, la especie vegetal que caracteriza a Las Islas es el césped, el cual se pensó originalmente solo como junteo del pavimento de piedra; con el tiempo ganó espacio y la cubrió mayormente, hasta resultar en lo que vemos hoy, una gran explanada verde. Un corte imaginario a lo largo de la explanada mostraría en el fondo un suelo accidentado de piedra volcánica, en algunos puntos con profundidades hasta tres y medio metros,31 encima un relleno de tepetate para lograr una superficie plana y una cama de arena sobre la que se asientan bloques de piedra volcánica de 30 cm de peralte, separados entre sí por juntas de tierra vegetal en las que crece el pasto. Con este pavimento se resolvió el interés por incorporar césped a la gran explanada, así como el de evitar que el tránsito de los peatones lo destruyera.

Vista hacia el poniente, en la que se ve en primer plano un bosquete intruso en la idea original de vegetación de la explanada, además de una lámpara de poste. Fotografía: Andrea Berenice Rodríguez Figueroa y Diana Ramiro Esteban, 2017.
Solo en algunas zonas de Las Islas es posible apreciar las rocas junteadas con el césped, tal como la idea original, evidenciando el atractivo plástico de este pavimento, producto del contraste entre texturas y colores. En la primera década del siglo XXI se propuso rescatar el proyecto original de pavimentación de Las Islas, dejando descubierto el suelo rocoso de algunas áreas; sin embargo, esta propuesta se vino abajo por el costo tan elevado de mantenimiento, dado que el césped crece muy rápido y es un área muy grande, y por el actual uso deportivo, que requiere de espacios amplios con césped.
Consideraciones finales
Al revisar la historia de Las Islas, y a más de una década de la declaratoria de la Ciudad Universitaria como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, se hace claro que falta mucho por hacer para garantizar la protección, la conservación y el mantenimiento de los múltiples espacios abiertos de la zona núcleo de CU. Un estudio de diagnóstico relativo al plan de gestión del campus central, publicado en 2018, permitió conocer que el elemento físico de mayor identificación y aprecio entre los usuarios es la explanada de Las Islas, seguido de la Biblioteca Central, la Torre de Rectoría, los murales y la arquitectura del sitio en general, con lo que se demuestra que más allá de la importancia como elemento compositivo y articulador del conjunto, mantiene un valor superior como elemento de filiación y cohesión universitaria.32 Su permanencia como espacio abierto y público no está a discusión, las preguntas se dirigen más hacia cómo actuar sobre sus atributos materiales, especialmente la vegetación.
Los retos son diversos, por ejemplo, saber en qué medida se debe permitir o no el reemplazo o plantación de nuevas especies y de qué manera es posible conservar lo que existe o si es mejor intentar y reconfigurar lo que se perdió. Actualmente se ha fomentado una política en Ciudad Universitaria de plantar especies nativas y endémicas del Pedregal. Una posible solución es identificar cuáles fueron los rasgos estéticos de la vegetación original para reemplazarla por plantas nativas. Ejemplo de esto se puede promover con las jacarandas, especie exótica de Sudamérica, y que en México se cuenta con la Tabebuia rosea que muestra el mismo efecto que la jacaranda:33 marcar la estacionalidad con las flores.
Con lo anterior, la discusión necesariamente debe abrirse en torno a varios puntos: 1) reformular en la declaratoria la protección de las especies vegetales, ya que estas son componente del carácter artístico del campus central de Ciudad Universitaria; 2) cuestionar si se quiere conservar y mantener esa variedad de vegetación o, en caso de dar la oportunidad a un cambio, sustituirla por especies arbóreas del Pedregal de San Ángel que den los mismos efectos estéticos esperados, para así motivar la conservación y el desarrollo de la flora y fauna de la zona, ya que mucha de ella es endémica y habita en la actual Reserva del Pedregal de San Ángel, la cual está en posesión de la UNAM; 3) especificar si lo que se pretende en un futuro es generar bosquetes dentro de Las Islas y saber si esto afecta a la declaratoria, ya que actualmente se identificaron varias zonas arboladas que contienen especies muy jóvenes y que en algunos años serán de gran talla, especies que evidentemente no son parte del proyecto original de Las Islas y cuya copa oculta las fachadas y murales de los edificios declarados, tal como el bosquete de jacarandas ubicado al oriente de Las Islas y el bosquete joven de la zona norponiente; 4) generar un proyecto integral de conservación e intervención de los espacios abiertos de la zona núcleo de la Ciudad Universitaria; este proyecto demanda mayor énfasis en la vegetación, en el mobiliario, en los pavimentos y en la reubicación de iniciativas que terminaron en proyectos de movilidad como la ciclopista y de las zonas de contenedores de basura; 5) estudiar el uso e impacto social que tienen Las Islas como espacio abierto público de la Ciudad de México (espacio considerado actualmente por la población como un jardín o parque público los fines de semana) y generar un proyecto acorde a esos usos, pero que no transgreda el proyecto original de Las Islas y, en general, de los espacios abiertos públicos de CU.










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