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Debate feminista

versión On-line ISSN 2594-066Xversión impresa ISSN 0188-9478

Debate fem. vol.70  Ciudad de México  2025  Epub 18-Ago-2025

https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2025.70.2594 

Dosier

35 años de debate feminista

“Espacio, lugar y género” de Doreen Massey

Paula Soto Villagrán* 
http://orcid.org/0000-0003-3049-3451

*Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, Ciudad de México, México


La traducción de “Espacio, lugar y género” de Doreen Massey en 1998 por Gloria Elena Bernal en Debate Feminista fue un hito de gran relevancia para quienes buscábamos referentes que pudieran alimentar ideas sobre el espacio y su relación con el género.1 En un contexto académico donde había pocas traducciones al español de los textos de esta geógrafa feminista y marxista, este fue sin duda para mí el inicio de una relación más estrecha con el pensamiento geográfico de Massey. En este contexto, lo que presento en este breve comentario son algunas preguntas, reflexiones y vivencias situadas que me surgieron de su lectura hace ya más de veinte años y las que aparecen ahora, al revisitar este texto clásico de una figura central del pensamiento crítico espacial.

El texto parte de lo que para cualquiera podría ser una vivencia cotidiana sin importancia, como lo es un viaje en ómnibus desde las afueras de Manchester “hacia la ciudad”. Sin embargo, para la autora es una experiencia que a los diez años la llevó a cuestionar la desigual distribución de los espacios de acuerdo con el género. Esos viajes sabatinos, cuando iba a la ciudad junto con su familia, le mostraban que el largo valle que cruzaba estaba destinado en su totalidad a campos de futbol y de rugby, y veía a cientos de personitas corriendo detrás de un balón. Pero lo que más llamaba su atención era la enorme cantidad de terrenos que habían sido entregados enteramente a los hombres; como ella misma lo plantea: “también recuerdo que a la niñita perpleja y pensativa que yo era le sorprendía intensamente que ese enorme trecho de la planicie de inundación hubiera sido entregado enteramente a los muchachos” (39).

Asimismo, siendo adolescente recuerda su sensación de ser cosificada cuando visitó con dos amigos una galería de arte, donde eran exhibidos cuerpos de mujeres en las pinturas. La reflexión de Massey acerca de estas vivencias me marcó y confirmó una serie de experiencias, reflexiones e imágenes que de manera profunda y cercana yo compartía en una ciudad muy lejana a la de Manchester: la Ciudad de México.

Compartí inmediatamente la sensación de ser una extraña, de no formar parte de muchos lugares dentro de la ciudad. Lo escuche muchas veces, lo conversamos con amigas, colegas, estudiantes, y siempre concluíamos lo mismo: “la ciudad no es nuestra”. El transporte, en especial el Metro, las calles a determinadas horas, las paradas de microbuses, algunas plazas, bares o simplemente una cafetería donde sentarse a leer, eran lugares y prácticas que se representaban como masculinas; por lo tanto, la sola presencia de las mujeres muchas veces nos hacía sentir que no pertenecíamos a ellos. En palabras de Massey, “mi pretensión se limita a afirmar que espacio y lugar, los espacios y los lugares, así como el sentido que tenemos de ellos -junto con otros factores asociados, como nuestros grados de movilidad- se estructuran recurrentemente sobre la base del género” (40).

Muchas veces cité este párrafo para mostrar que no era una “sensación personal”, o una “experiencia individual”. Esa incomodidad y esa hostilidad persistentes y monótonas que ya eran parte de mi vida cotidiana en la ciudad formaban parte de un orden social de género el cual utiliza el espacio y los lugares para establecer límites que son al mismo tiempo sociales y espaciales. Y esto podía conceptualizarse como la estructuración genérica del espacio, que al mismo tiempo era un reflejo de como el género se construye en las sociedades, pero sobre todo, “tiene efecto sobre ellas” (40). Esta geógrafa me brindó en estas páginas los argumentos teóricos para seguir cuestionando y sobre todo investigando en mi doctorado la manera en que los espacios eran codificados binariamente como femeninos y masculinos en las ciudades.

Pero la autora iba más allá; una de las mayores aportaciones conceptuales de Doreen Massey es la trilogía espacio, lugar y género, que reafirma el proyecto académico de las geografías feministas. Esto se puede observar claramente en el caso que analiza en el texto sobre el empleo regional en el Reino Unido. Con el espacio como elemento analítico y el género como factor explicativo, evidencia que una política regional se sustenta en las diferencias de género y puede tener efectos positivos para la inserción laboral de las mujeres, lo que matiza los resultados de una política regional de empleo.

La autora reflexiona sobre cuatro aspectos que, desde mi perspectiva, siguen siendo no solo necesarios sino imprescindibles para quienes hemos tomado como posición el desarrollo de las geografías feministas. La primera es que una comprensión aguda de la organización del espacio pasa necesariamente por considerar las diferencias regionales de género (una mirada interescalar). La segunda es que tanto las expresiones de la feminidad como las de la masculinidad tienen un componente geográfico, lo que ella denomina “variaciones geográficas” de la masculinidad y de la feminidad. Esta idea resulta potente porque es necesario considerar la experiencia diferenciada de mujeres y hombres que, en el espacio del trabajo, está articulada sutil y profundamente con la división sexual del trabajo. La tercera es que las variaciones geográficas permiten romper con cualquier esencialismo en relación con los hombres y las mujeres. La cuarta es el imperativo de considerar en el análisis a los hombres y la masculinidad, en tanto hay variaciones de la masculinidad en los empleos que permiten explicar la conformación del género.

Estos planetamientos son un punto de inflexión para mí. Por una parte, Massey politiza el espacio como una clave fundamental de comprensión de la complejidad social. Lejos de verlo de forma objetiva, imparcial o desinteresada -como si fuera solo una superficie- en su argumento el espacio aparece como un objeto vital, potente, que contribuye a generar procesos desiguales y al mismo tiempo permite observar contestación, resistencia y -lo que era más contundente desde mi perspectiva- es creado de maneras diferentes y potencialmente puede generar formas más igualitarias de habitarlo. Me ayudó a cuestionar la manera en que el espacio y el lugar frecuentemente habían sido concebidos como configuraciones naturales y se había esencializado su contenido. A la vez, la organización de la sociedad en el sistema sexo-género se funda en la misma operación de naturalización que se hace sobre el espacio: la división de los individuos en dos sexos, que parece estar en el orden natural de la vida, se da y se normaliza como si siempre hubiera existido y siempre fuera a existir.

Comencé entonces a pensar en las dimensiones espaciales y sociales del miedo a la violencia sexual en el espacio público, en la búsqueda por conocer la influencia que podía tener el espacio sobre el miedo; de igual manera, me interesaban las formas en que el miedo modelaba nuestra comprensión y uso del espacio y el lugar. Las formas en que el miedo se materializa y encarna en diferentes espacialidades me fueron mostrando el papel del espacio en las geografías cotidianas de las mujeres en la ciudad y cómo las mujeres resistían o llevaban a cabo estrategias espaciales. Posteriormente, todo esto me llevó a investigar la importancia de la movilidad cotidiana de las mujeres, sus desplazamientos por la ciudad, la importancia de la experiencia del viaje, del cuidado en movimiento; el papel del cuerpo en una práctica tan naturalizada como moverse, y concluí con ella que las mujeres no preexisten a la práctica -ni la identidad ni los sujetos ni los espacios pre-existen- sino que se van construyendo a partir de relaciones con otros sujetos. De aquí deviene la concepción relacional del espacio de Massey: no se trata de oponer territorios a relaciones, sino de pensar relacionalmente.

Esta conceptualización relacional del espacio es un aporte teórico de gran envergadura y una perspectiva novedosa del espacio que hoy es ampliamente aceptada, ha permitido reconocer el papel de la geografía en las ciencias sociales y ha asentado el giro espacial, un llamado a las ciencias a ampliar la preocupación geográfica por el espacio, la idea de que la “geografía importa” (Massey 1984). En particular, su concepto relacional del espacio fue fundamental para mi reflexión: “el hecho, en primer lugar, de que el espacio es relacional. Hacemos el espacio, producimos el espacio con nuestras relaciones, al interactuar unos con otros. El espacio se construye a través de relaciones sociales” (Massey 2012: 9).

Sin embargo, lo que me conmueve cada vez que vuelvo a leer a Doreen Massey o la intento enseñar en mis clases es la perspectiva relacional no solo del territorio, sino la relacionalidad entre su trabajo académico y su vida personal, que son inseparables. El vínculo que construyó con los movimientos feministas había comenzado durante sus estudios universitarios e inundó su vida intelectual. Había que estudiarlo todo como feminista, sostenía: “Lo que quiero son feministas en todas partes, en física nuclear, en geomorfología, en geografía humana, etcétera. Estudiarlo todo como feminista, no solo estudiar las mujeres y el género” (Massey, Human Geography Research Group, Bond y Featherstone 2009: 405, traducción de P.S.). En este sentido, distingue claramente entre su feminismo militante, asociado con un fuerte antiesencialismo, y su dedicación a los estudios de género (Benach y Albet 2012).

Su interés académico y su posicionamiento político se funden sin poder distinguir necesariamente los límites. El término “posición” es la clave aquí, las feministas han indagado en las complejas relaciones de poder mediante la exploración de su “posición” en la política de producción de conocimiento, lo que algunas geógrafas feministas denominaban una “geografía de posicionalidad” (Rose 1997). Así como también lo ha sostenido Haraway, la posición indica el tipo de poder que permite cierto tipo de conocimiento. En esa línea,

ella misma argumenta a menudo que todo ello es producto y reflejo de sus orígenes de clase obrera y del norte de Inglaterra que se resiste a que desaparezcan: ambos orígenes están presentes, de manera afectiva y afectada, en su rol y su actitud dentro de la sociedad (Benach y Albet 2012: 39).

Así como lo expresa en el texto que he elegido, sus experiencias personales son la base de sus investigaciones; de hecho, uno de los aspectos que más rescato de Massey es que sus planteamientos intelectuales se implicaron en acciones fuera de la academia. Fue así como su planteamiento teórico sobre las “geometrías del poder” tuvo en la Venezuela de Chávez una aplicación concreta en el ordenamiento político y territorial del país. Su estancia en Nicaragua, en el Instituto Nicaragüense de Investigaciones Económicas y Sociales, su intervención en Sudáfrica, donde participó en la construcción de planes económicos y propuestas de descentralización, fueron algunas de las experiencias donde puso el conocimiento teórico a prueba o al servicio de la sociedad. Esto ha sido y sigue siendo una inspiración para una geografía feminista comprometida. Desde su mirada crítica, la academia tiene un propósito en el mundo social:

sea como sea, yo creo que, ante todo y por encima de todo, tenemos que ser personas políticamente comprometidas. Y, después, además también podemos ser académicos. Pero para mí es algo muy importante diferenciar que se trata de dos realidades distintas que no se solapan al completo: yo no desarrollo toda mi militancia política en la academia (Massey 2012: 57).

Ese compromiso político feminista nos envuelve cada vez que interactuamos con su pensamiento sobre las desigualdades de género, la injusticia, el capitalismo, las violencias. Y moviliza porque -de acuerdo con Massey- la geografía más que una disciplina científica es una herramienta para pensar problemas y retos sociales actuales.

Referencias

Benach, Nuria y Abel Albet. 2012. Doreen Massey. Un sentido global del lugar, Barcelona, Icaria. [ Links ]

Massey, Doreen. 1984. “Introduction: Geography Matters”, en Doreen Massey y John Allen (eds.), Geography Matters! A Reader, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 1-11. [ Links ]

Massey, Doreen. 1998. “Espacio, lugar y género”, Debate Feminista, Ciudad, espacio y vida, año 9, vol. 17, pp. 39-46. https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.1998.17.428 [ Links ]

Massey, Doreen, Human Geography Research Group, Sophie Bond y David Featherstone. 2009. “The Possibilities of a Politics of Place Beyond Place? A Conversation with Doreen Massey”, Scottish Geographical Journal, vol. 125, núms. 3-4, pp. 401-420. https://doi.org/10.1080/14702540903364443 [ Links ]

Massey, Doreen . 2012. “Espacio, lugar y política en la coyuntura actual”, Urban NS04, pp. 7-12. [ Links ]

Rose, Gillian. 1997. “Situating Knowledge: Positionality, Reflexivities, and Other Tactics”, Progress in Human Geography, núm. 21, pp. 305-320. [ Links ]

CÓMO CITAR ESTE ENSAYO: Soto Villagrán, Paula. 2025. “‘Espacio, lugar y género’ de Doreen Massey”, Debate Feminista, año 35, vol. 70, pp. 89-95, e2594, https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2025.70.2594

Autor para correspondencia: paula.soto.v@gmail.com

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