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Debate feminista

versión On-line ISSN 2594-066Xversión impresa ISSN 0188-9478

Debate fem. vol.55  Ciudad de México abr. 2018  Epub 20-Nov-2020

https://doi.org/10.22201/cieg.01889478p.2018.55.05 

Artículos

Hacia una trans-pedagogía: reflexiones educativas para incomodar, sanar y construir comunidad

Towards a trans-pedagogy: educational reflections to inconvenience, heal and build community

Rumo a uma trans-pedagogia: reflexões educacionais para incomodar, sanar e construir comunidade

Alanis Bello Ramírez1 

*Licenciatura en Educación Comunitaria, Universidad Pedagógica Nacional de Colombia, Colombia.


Resumen:

En este artículo propongo una pedagogía trans inspirada en la teoría queer y en las luchas, los saberes y las experiencias de mujeres y hombres trans que han sido excluidos del sistema educativo en la ciudad de Bogotá (Colombia). A través del reconocimiento de la experiencia trans como una perspectiva de conocimiento que pone en crisis a la escuela, se presentan algunos cuestionamientos a la pedagogía moderna y sus tecnologías binarias y heterosexistas de normalización. Esta transpedagogía constituye un conjunto de saberes que nos invitan a arriesgar nuestras certezas epistemológicas, a potenciar la multiplicidad de nuestros cuerpos, a establecer diálogos inquietantes a través de las diferencias, y a generar una ética política del amor capaz de crear conexión y reconocimiento. Este trabajo está dedicado a imaginar cómo sería esa educación desde una perspectiva travesti, popular y transformadora.

Palabras clave: Pedagogía trans; Personas trans; Educación; Teoría queer; Normalización

Abstract:

In this article, I propose a trans-pedagogy inspired by queer theory and the struggles, knowledge and experiences of transgender women and men who have been excluded from the education system in the city of Bogotá, Colombia. Through the recognition of the trans experience as a perspective of knowledge that questions schools, the author raises a number of questions about modern pedagogy and its binary, heterosexist and colonial standardization technologies. This trans-pedagogy constitutes a set of knowledge that invites us to examine our epistemological certainties, enhance the multiplicity of our bodies, establish disturbing dialogues through differences and generate a political ethics of love capable of creating connection and recognition. This article is dedicated to imagining what this type of education would look like from a transvestite, popular and transformative perspective.

Key words: Trans pedagogy; Trans people; Education; Queer theory; Standardization

Resumo:

Neste artigo proponho uma pedagogia trans inspirada pela teoria queer e as lutas, conhecimentos e experiências de mulheres e homens trans que foram excluídos do sistema educacional na cidade de Bogotá (Colômbia). Através do reconhecimento da experiência trans como uma perspectiva de conhecimento que coloca a escola em crise, alguns questionamentos são apresentados à pedagogia moderna e suas tecnologias binárias e heterossexistas de normalização. Esta trans-pedagogia constitui um conjunto de conhecimento que nos convida a arriscar as nossas certezas epistemológicas, a aumentar a multiplicidade de nossos corpos, a estabelecer diálogos perturbadores através das diferenças, e a gerar uma ética política do amor capaz de criar conexão e reconhecimento. Este trabalho é dedicado a imaginar o que seria essa educação desde uma perspectiva travesti, popular e transformadora.

Palavras-chave: Pedagogia trans; Pessoas trans; Educação; Teoria queer; Normalização

Introducción

En este artículo exploro, desde una perspectiva trans, queer y feminista, la construcción de una pedagogía crítica orientada a la subversión de las técnicas de normalización de género y sexualidad que estructuran las prácticas pedagógicas dominantes dentro del sistema educativo. La pedagogía, en tanto disciplina que conceptualiza, aplica y experimenta los conocimientos referentes a la enseñanza, se encuentra ligada de manera inexorable a la regulación de los cuerpos, el control de los deseos y el modelamiento de esquemas de subjetivación. La crítica feminista ha sido especialmente incisiva en señalar que la pedagogía no es una herramienta neutral de transmisión de saberes, sino una técnica institucionalizada de dominación que reproduce la hegemonía del pensamiento masculino, las jerarquías de género, los esencialismos y la heterosexualidad obligatoria (Da Silva, 1999, p. 51).

Desde este punto de vista, me interesa cuestionar la vocación normalizadora de la pedagogía, entendiendo la normalización como un conjunto de técnicas ortopédicas y de prescripciones conceptuales que se rehúsan a imaginar la posibilidad de la otredad como un lugar válido, inteligible y deseable. En este sentido, comparto lo que Deborah Britzman llama la normalidad exorbitante de la pedagogía:

La normalidad exorbitante, o de pasión por la ignorancia, ocurre cuando “el otro” es representado bien como algo ininteligible, bien como algo inteligible únicamente en un caso especial y, en consecuencia, nunca como alguien a quien le está autorizado formar parte del día a día. La normalidad exorbitante se construye en el momento en que se representa al otro como un espacio de desviación y dolencia y, por lo tanto, como si fuera necesario contenerlo (Britzman, 2002, p. 208).

La mayoría de personas con identidades sexuales y de género no hegemónicas vivimos experiencias hostiles dentro de los escenarios educativos como producto de la reproducción e imposición pedagógica de la heterosexualidad obligatoria. Para muchxs de nosotrxs,1 y en especial para las personas trans, la escuela, el instituto e incluso la universidad, son lugares donde no nos está permitido formar parte del día a día; son lugares invivibles que convierten nuestras existencias en un asunto de imposibilidad, vergüenza, repudio y silencio.

Los escenarios educativos se encuentran plagados de crueldades normativas donde se impone por la fuerza la masculinidad y la feminidad según un criterio genital que encierra a las personas en categorías mutuamente excluyentes. A través de la arquitectura de los espacios escolares, el currículo oculto, los uniformes, las filas, los insultos, los golpes, las humillaciones y los prejuicios, se nos enseña a incorporar las normas del sistema sexo-género, a cercenar nuestra autonomía corporal y a domesticar nuestros placeres. La violenta educación que recibimos en estos espacios instala en nuestros cuerpos un conocimiento envenenado que deja profundas heridas en nuestras vidas, un sentimiento de odio propio y de desconexión con los demás.

Ahora bien, las personas trans son sujetos que ocupan una posición marginal y subordinada en el orden social y de género. Sus cuerpos se encuentran ubicados en la periferia de la ciudadanía y sus vidas están en constante riesgo por el hecho de haber transgredido la matriz cultural que ordena guardar una coherencia lineal entre el sexo, el género y el deseo.

Fundamentalmente, los espacios educativos -como la escuela- contribuyen a reforzar la posición marginal que tienen las personas trans en el espacio social. Al reconocer como únicas subjetividades legítimas las de los hombres con pene y masculinos, y las de las mujeres con vagina y femeninas (Butler, 2010), la escuela se convierte en un escenario insufrible de exclusión y normalización para las personas trans, y para otros sujetos con sexualidades no normativas y géneros fluidos o no binarios.

Las personas trans han sido depuradas de los escenarios educativos y construidas como el otro del sujeto pedagógico, es decir, no como sujetos productores de conocimiento, sino como objetos, como individuos peligrosos, enfermos, como imposibilidades lógicas, como pertenecientes a la “familia de los perversos”, “vecinas de los delincuentes y parientas de los locos” (Foucault, 1977, p. 53).

Para muchas personas trans, el sistema educativo ha sido una pesadilla donde el insulto, la crueldad y la violencia operan como moneda corriente. Las personas trans, al momento de poner un pie en la escuela, son sometidas a la estigmatización, al no reconocimiento de su identidad, a la imposibilidad de nombrarse y ser tratadas como personas, y a la exigencia de la normalización como condición para su acceso al derecho a la educación.

En Colombia, las organizaciones de hombres y mujeres trans han posicionado la categoría trans como una plataforma para la acción política y para el reconocimiento de las personas que asumen una identidad de género que no está acorde con su sexo anatómico asignado al nacer (García, 2009). Lo trans es una categoría inestable e imposible de suturar, que disputa la definición y el reconocimiento de las identidades de género no-hegemónicas; da cuenta de las experiencias de vida de personas que transitan por los géneros desde múltiples posiciones sociales y a través de diferentes tecnologías médicas, quirúrgicas, psicológicas, hormonales, legales y estéticas.

En la movilización social, lo trans se configura como una perspectiva política y una forma plural de identificación que se ha desarrollado a lo largo de la historia como un desafío a las jerarquías identitarias de género. O lo que es lo mismo, como una transgresión corporal que hace frente a la conceptualización inmovilista de la sexualidad binaria del poder (Campuzano, Lorenzo y Rodríguez, 2015-2016). En sintonía con este argumento, García señala que “las trans encarnamos nuevas categorías que plantean una política corporal descentrada, híbrida, creativa, alejada de cualquier esencialismo que intente fijar identidades y que abra la puerta a nuevas posibilidades de liberación gradual del género de sus restricciones binarias” (García, 2009, p. 127).

En este artículo exploro lo trans como una perspectiva pedagógica, como un punto de vista constituido “afuera/desde adentro”, que surge de las experiencias marginales de las personas trans en el sistema educativo y que constituye un ángulo de visión diferenciado que nos permite imaginar otras formas de educar (Hill Collins, 1998). Busco el reconocimiento de las personas trans como sujetos creadores de conocimiento, como agentes pedagógicos y no como sujetos desviados o patológicos. Se trata de un conocimiento emergente que de alguna forma puede brindarle a maestros y maestras alternativas para enfrentar las políticas conservadoras que actualmente buscan reestabilizar en las prácticas pedagógicas una fantasía de la diferencia sexual como algo inmutable, transhistórico y natural. Aquí empleo lo trans como una perspectiva crítica que cuestiona la pedagogía moderna y su voluntad de fijar identidades, refrendar jerarquías y crear fronteras para excluir las formas de ser, actuar y pensar que desafían la estabilidad de las categorías de clasificación social (Lopes, 2001).

En este artículo quiero imaginar una transpedagogía capaz de crear otras prácticas escolares, otras formas de democracia sexual y otros modos de conocer los cuerpos por medio del reconocimiento de la autodeterminación sexual, la autonomía corporal y la relacionabilidad mutua. Me sitúo desde mi experiencia de permanente tránsito por los géneros, desde mi cuerpo marica y mi rol de profesora feminista con una posición política en los márgenes, y un “perverso” interés pedagógico en derruir los sistemas de opresión que constriñen nuestros cuerpos, placeres y posibilidades.

Las reflexiones que presento a continuación surgieron en el segundo semestre del año 2016, en el marco de un seminario que dicté sobre pedagogías queer en la licenciatura en Educación Comunitaria de la Universidad Pedagógica Nacional, con estudiantes que se forman para ser docentes en distintas áreas del conocimiento académico. El seminario se cerró con el conversatorio público “Rompiendo la exclusión: experiencias y activismos trans en el campo educativo”, donde participaron docentes de la universidad, estudiantes y profesorxs de colegios distritales. Allí convergieron las organizaciones Mujeres Al Borde, la Red Comunitaria Trans, Hombres en Desorden y activistas trans independientes de Bogotá, con quienes creamos un encuentro de activismo para pensar alternativas que pongan fin a la discriminación en el ámbito educativo.2

A partir de esta experiencia de intercambio de saberes y la teoría queer/ cuir latinoamericana, expongo a continuación el cuerpo de lo que llamo transpedagogía. En un primer momento, describiré a grandes rasgos lo que significa en mi práctica docente la pedagogía queer y sus nexos con el activismo trans, y después situaré lo trans como punto de vista y experiencia de conocimiento pedagógico, en tanto práctica de saber que nos invita a arriesgar nuestras certezas epistemológicas, a transitar a través de diferentes puntos de vista y a conectar la enseñanza con una ética política del amor, basada en la sanación y la construcción de comunidad (Hooks, 2003).

La pedagogía queer, lo trans y lo comunitario

Queer significa raro, marica, torcido, arepera, travesti. Es un término del inglés que se utiliza de manera peyorativa como un insulto hacia las personas con identidades de género y sexualidades no hegemónicas. En los últimos años, algunos grupos gays, lésbicos, bisexuales y trans radicales se han apropiado del término queer y lo usan como postura teórica y política para cuestionar el régimen heterosexual, las identidades de género hegemónicas, la imposición del deseo y el establecimiento de categorías rígidas que constriñen la acción de los sujetos. La teoría queer actúa sobre los procesos sociales de construcción de identidades de género y sexualidad, cuestionando los esencialismos y los binarismos masculino-femenino, hombre-mujer, heterosexual-homosexual. Lo queer no pretende asimilarse en la llamada “diversidad sexual”, pues propone articulaciones entre sexualidad, identidad, género, clase social, raza, con lo cual complejiza el debate y se vincula en muchos aspectos con la teoría feminista, con el movimiento de mujeres y con otros movimientos sociales.

En las grandes ciudades de Colombia, la teoría queer se ha asumido desde una genealogía anglosajona, por la vía de la “inyección académica”, que reproduce los cánones institucionalizados de la universidad para leer lo marginal, lo antinormativo y lo excéntrico (Halperin, 2003). Lo queer se ha operado hegemónicamente como una moda académica, como un parámetro para codificar la subversión y la desviación, y como un asunto reducido a políticas posidentitarias que ignoran la crítica a los sistemas imbricados de dominación, las geopolíticas del conocimiento y el neocolonialismo. En lugar de asumir lo queer como una marca pop del mercado universitario, aquí lo asumo -siguiendo a Valeria Flores (2013) - como un término en disputa: “lo cuir como localización de la disconformidad con las hegemonías no solo identitarias sino también geopolíticas” (Flores, 2013, p. 55).

Lo queer (o lo cuir) puede ser una forma de lectura y acción bastarda que reta las formas bien intencionadas de pensar y representar las sexualidades y el género; implica una movilización disruptiva en contra de la heterosexualidad obligatoria, pero también de los modelos de ciudadanía neoliberales que compulsan obsesivamente las agendas asimilacionistas de la diversidad. Cuir es un hacer chocante que provoca la acción política y una forma de conocimiento que debate categorías de identidad, pero que trabaja en y a través de ellas sin diluirlas. Es un hacer político que busca repensar la sociedad, la historia y el futuro desde la perspectiva de sujetos abyectos, marginados, injuriados, patologizados y precarizados. Es una teoría irrespetuosa de las jerarquías, rara, callejera y espuria. En palabras de la activista travesti argentina Lohana Berkins, podemos pensar lo queer/cuir como una forma de coraje político:

Porque nuestro deseo no es alcanzar la respetabilidad, sino demoler las jerarquías que ordenan a las identidades, y a las y los sujetos, reconociéndonos negras, putas, palestinas, revolucionarias, indígenas, gordas, presas, drogonas, exhibicionistas, piqueteras, villeras, lesbianas, mujeres y travas que, aunque no tengamos la capacidad de parir un hijo, sí tenemos el coraje necesario para engendrar otra historia (Berkins, 2007).

Me parece importante mencionar que lo queer/cuir emergió a finales del siglo XX como producto de las teorías y las prácticas políticas de mujeres lesbianas y trans latinoamericanas, negras y de color en Estados Unidos, y de ahí que sea necesario descolonizar nuestras propias genealogías para pensar lo queer/cuir desde América Latina. Por ello me inspiro en los trabajos de la feminista chicana Gloria Anzaldúa, quien pensó lo queer/cuir más allá de una simple inestabilidad discursiva de las identidades. Para ella, lo queer/ cuir es un terreno fronterizo donde las clasificaciones raciales, de clase, género y sexualidad producen posiciones marginales desde las cuales se pueden agenciar resistencias a los muros materiales y conceptuales que nos dividen y nos separan. Quiero pensar lo queer/cuir como un constante cruce de fronteras donde podemos establecer diálogos a través de las diferencias para cuestionar el despotismo de las identidades rígidas y crear lazos de comunidad.

No necesitamos romper el mundo en categorías rígidas y escondernos detrás de máscaras de mismidad que demandan que nos definamos a nosotrxs mismxs en oposición a otrxs. Podemos confiar que, a pesar de las muchas diferencias que hay entre nosotrxs, todxs estamos interconectadxs. Al compartir nuestras diferencias a través del escuchar con corazón abierto, podemos buscar comunalidades para transformarnos a nosotrxs mismxs y al mundo (Anzaldúa, 2002, p. 552).

La teoría queer/cuir tiene la intención explícita de perturbar la producción de lo normal y lo normativo, en tanto procesos de exclusión y negación de lo otro. No es una reivindicación de la homosexualidad, sino una actitud crítica que busca hacer estallar el binomio heterosexual/homosexual y sus discursos divisorios, excluyentes y patologizantes. Lo queer/cuir también cuestiona la homonormatividad, entendida como la normalización de ciertos estilos de vida gays y lésbicos que reproducen el clasismo, el racismo y la transfobia. La homonormatividad se reviste de una “heterosexualidad honoraria” que reproduce las normas monogámicas, casamenteras y consumistas del modelo neoliberal (Gil, 2013). De este modo, gays y lesbianas liberales ya no se asumen como grupos radicalizados en contra de la norma, sino como aspirantes a la normalidad, “ciudadanos de bien” que pagan impuestos y aportan a la sociedad.

Cuando hablamos de lo queer/cuir, no celebramos lo otro y lo diferente, sino que cuestionamos los estándares que definen ciertas cosas como diferentes y ciertas cosas como normales. En este sentido, lo queer, lo otro, lo diferente, no es un estado del ser, sino el producto de un contraste sobre el cual se establece la normalidad (Kumashiro, 2003). Asimismo, es una oposición a las clasificaciones del poder, pues reconoce que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico que se sustenta en la naturalización de las desigualdades por medio de categorías de diferencia (Wittig, 2006). Aunque lo queer/cuir reclama la obsolescencia de las etiquetas sociales, no deja de lado que la identidad es también un recurso político estratégico para oponerse a los sistemas de dominación, a las instituciones y a las ideologías de odio como el sexismo, el racismo, el capitalismo, el capacitismo, la heterosexualidad obligatoria y el cisgenerismo.3

Lo normal y lo queer se generan constantemente y de formas muy sutiles, ancladas en nuestros esquemas de percepción. Uno de los principios de esta postura política es el de mantener una crítica permanente en contra de los procesos de normalización, pero también cuestionar las normas que usamos para pensar. Se trata entonces de una forma abierta de pensamiento que no se casa con teorías cerradas ni con categorías inflexibles, e incluso diverge de las teorías críticas sociales que no cuestionan sus propias sombras normativas y sus discursos cerrados, ortodoxos y carismáticos. Es una postura epistémica de apertura radical. Siguiendo a la teórica feminista negra Bell Hooks (2003), esto implica asumir una posición cognitiva de apertura a la ambigüedad y a la falta de certeza, una forma de explorar diferentes perspectivas y transformar la propia visión del mundo a través de la conexión con otrxs y por medio del cuestionamiento permanente de nuestros propios hábitos de pensamiento.

Pero ¿qué significa pensar de una forma rara, incómoda y perturbadora en el ámbito educativo? ¿Qué les pasa a los cuerpos de conocimiento y a los conocimientos de los cuerpos desde una óptica que reclama la no certeza, la ambigüedad y la oposición a lo normal y lo establecido? ¿Qué significa pensar la pedagogía desde lo queer/cuir y desde una perspectiva trans? Para arriesgar una respuesta -nunca definitiva-, quisiera pensar la transpedagogía como un hacer que interrumpe la repetición de las normas sociales por medio de un planteamiento base: la identidad no puede ser nunca el objetivo último ni el fundamento incuestionado de la educación.

La pedagogía, como campo del saber sobre la enseñanza y como práctica que busca de manera explícita, sostenida e intencional formar y gobernar a la población (Sáenz, 2007), opera mediante la imposición de identidades y la selección de ciertos saberes como ideales humanos a alcanzar. Esta formación de sujetos ideales acarrea la prescripción de ciertos guiones normativos para vivir y amar. Me refiero a la pedagogía como una afectividad que genera restricciones, repulsión y dolor frente a aquellos cuerpos que no encarnan los modelos de vida heteronormativos.

En mi experiencia situada como niño marica y adolescente trans, en la escuela aprendí a sentir miedo, vergüenza e incomodidad frente a mi cuerpo afeminado, mi voz partida y mi mala disposición para jugar el deporte de los chicos: el futbol. Ni en mis maestrxs ni en mis compañerxs de colegio encontré un espacio para desnudar el dolor y la humillación que sentía por la injuria de la palabra “marica”. Esa palabra dañina, que me acompañó durante tanto tiempo (y que hoy resignifico), me recalcaba que lo que yo era no se ajustaba con lo que la escuela esperaba. El insulto “marica” marcó en mí la sensación de ser un fallo, un fracaso, un desvío. La escuela me enseñó a sentirme incómoda. Este sentimiento de incomodidad es compartido por muchxs niñxs que no siguen los guiones normativos de la heterosexualidad obligatoria. Para estxs niñxs, parafraseando a Sarah Ahmed (2015), la escuela es un espacio que no expande nuestros cuerpos y que, por el contrario, nos hace sentir fuera-de-lugar, en un estado de angustia y aislamiento. Lxs niñxs raritxs no tenemos la misma posibilidad de encontrar en la escuela un mundo para crecer y vivir.

Sin duda, la escuela opera como una máquina inculcadora de heterosexualidad. La teoría queer/cuir ha señalado que la heterosexualidad no solo es una orientación erótica, sino que opera como un sistema que naturaliza la diferencia sexual a la vez que fomenta como único vínculo sexual posible la relación obligatoria entre un hombre y una mujer. Es un régimen porque no solo opera a través de prejuicios y discursos, sino también mediante formas totalizadoras de entender el mundo y formular universales que postulan lo heterosexual como lo natural, lo verdadero y lo legítimo (Wittig, 2006).

Ante dicha violencia naturalizada e institucionalizada, he construido a través de mi experiencia como maestra una pedagogía queer/cuir que parte de un trabajo imaginativo, de otras palabras, de otros mundos y de otros conceptos donde busco cuestionar las normas sociales que reproducen daño sobre los cuerpos. Particularmente, dirijo mi crítica a la forma en que la heterosexualidad limita la posibilidad de habitar el espacio educativo en igualdad de condiciones. Cuando hago pedagogía queer/cuir, intento convertir la incomodidad que sienten las personas que no encajan en los moldes de lo normativo en una invitación para incomodar la seguridad y el confort de quienes ocupan una posición privilegiada dentro del mundo social.

Incomodar significa desafiar lo incuestionable de nuestras identidades, ese lugar seguro que nos sirve de núcleo para actuar en la vida. Aquí siempre es importante la curiosidad, estimular entre nuestrxs estudiantes el interés por conocer lo que se supone que no se debe conocer. Se trata de generar condiciones para experimentar sobre la propia identidad. Significa realizar ejercicios críticos para desvincular lo normal del yo.4

Cuestionar las normas que encarnamos es un ejercicio complejo que involucra abordar la intimidad, el sufrimiento y las emociones de nuestrxs estudiantes. Para ello, asumo lo queer/cuir como una pedagogía poética sanadora que reflexiona y actúa sobre las heridas que produce la incomodidad de no habitar la norma heterosexual (y otras normas como las de raza, clase, capacidad, género o corporalidad).

Esta poética pedagógica de sanación tiene la potencia de crear condiciones para habilitar la experiencia de otros cuerpos, otros placeres y otras formas de ver el mundo. Mi práctica cuir es magia para reparar “alitas rotas” -como diría Pedro Lemebel-, es un acto para levantar con palabras reparadoras la autoestima quebrada por la norma.5 Es expandir el aula para que abrace los cuerpos que han sido dañados por la pedagogía venenosa y habilitar otras formas de vida como legítimas y valiosas. No es un acto de inclusión, sino un acto de rebeldía para que la escuela deje de estrangularnos con sus apretados ideales regulatorios.

Si pensamos en una pedagogía que sacude lo normativo, que incomoda, molesta, extraña y produce curiosidad, quizá lo trans es la metáfora perfecta para entender sus alcances éticos, políticos y estéticos. Para la antropóloga Josefina Fernández (2004), lo trans es tanto una experiencia de vida como una perspectiva de lucha. Lo trans va en contra de la biología como fuente identitaria irreductible; es un acto de insubordinación que parte de la intervención del cuerpo para subvertir la programación de género hegemónica que decreta que cada sujeto posee un cuerpo-propiedad inmutable, regido por la ecuación: “un individuo=un cuerpo=un sexo=un género=una sexualidad” (Preciado, 2008, p. 90).

Lo trans es un acto político para desordenar las categorías naturalizadoras y estabilizadoras que regulan los cuerpos, las identidades y los deseos. Es una irreverencia política y una estética de transgresión que pone en crisis a todas las instituciones. Un lugar de marginación y de dolor, pero a la vez un permanente estallido de los binarismos de género y de la heterosexualidad como destino y naturaleza (Fernández, 2004).

Cuando hablo de una transpedagogía, me refiero a una pedagogía capaz de cachetear con sus tetas de silicona a Comenio, a Rousseau y a todos los pedagogos modernos que pensaron el cuerpo como una cosa que debe ser sometida a vigilancia para evitar su desviación, y como un “objeto de manipulación y experimentación pedagógica que se interviene con la imperiosa necesidad de hacerlo devenir natural y universal” (Hincapié, 2009, p. 102).

La transpedagogía rechaza vehementemente la comprensión de la práctica docente como el arte de patrullar las normas y las fronteras de género y sexuales. En vez de ser la guardiana de una supuesta noción de naturaleza y universalidad, la docencia puede ser otra cosa: un arte capaz de trabajar con la incertidumbre y la heterogeneidad, capaz de aceptar la subjetividad sexual y de género como procesos abiertos y no como identidades cerradas, corregibles, fijas e inalterables.

Frente a este panorama, una perspectiva pedagógica trans debe avanzar sobre estas regulaciones del cuerpo hacia una crítica que lo arranque de la naturaleza y lo lleve hacia el terreno del poder y la disputa (Torres, 2012). Se trata de pensar otra forma de educación sexual que cuestione la concepción del cuerpo como dotado de funciones reproductivas, como algo diseñado para el sexo heterosexual y como algo sujeto a mutación a partir de su naturaleza biológica. Las personas trans han sido enfáticas en señalar que sus cuerpos intervenidos han sido vigilados, repudiados y violentados por la escuela, que concibe el cuerpo trans como uno que encarna un género equivocado. La pedagogía ganaría mucho terreno si reconociera que no nacemos en un cuerpo equivocado, sino en una sociedad equivocada que no tolera la fluidez, la mutabilidad y la contingencia de nuestros cuerpos.

Como plantea la filósofa Judith Butler (2010), el cuerpo sexuado no es natural ni verdadero, sino el producto de tecnologías reguladoras de poder que se encarnan. En este sentido, no hay cuerpos esencialmente femeninos o masculinos, sino formas de estilizar el poder, de significar los cuerpos, de representarlos y de disputarlos: todas las identidades son formas de travestismo y entonces no es posible argumentar que unas identidades son más reales y verdaderas que otras, que unas merecen atención pedagógica y otras no.

No pienso la transpedagogía como un manual ni un corpus coherente y homogéneo de contenidos, sino como un conjunto de reglas y dinámicas metodológicas útiles para leer, pensar e implicarse en la vida diaria. Significa acciones y no actores; no es indispensable ser marica, trans o lesbiana para operar la transpedagogía; es una orientación ética que puede ser encarnada por cualquiera y que implica oponerse a la reproducción de las normas heterosexuales en el aula y empeñarse en la producción creativa de alternativas para historizar y desnaturalizar lo normal y lo normativo. Implica dejar de ver la sexualidad como un problema educativo y considerarla un lugar para estimular la curiosidad, desestabilizar las identidades fijas y fomentar el placer y la libertad.

No se trata de una pedagogía llena de explicaciones atontadoras y respuestas fáciles sobre el sexo, el género y la sexualidad. Se trata de un cuestionamiento constante de los límites que impone la pedagogía frente a lo que podemos o no conocer, y de traspasar las barreras que ocultan otras formas de sentir, pensar y actuar. Otorga a las personas poder para autodeterminar sus cuerpos y sexualidades. Es un terreno que genera posibilidades para exceder las restricciones identitarias y un espacio que reconoce la diferencia como “la única condición de posibilidad para crear una comunidad” (Britzman, 2002, p. 210).

La transpedagogía hunde sus raíces en lo comunitario y consiste en afirmar que la identidad, no solo individual sino también colectiva, puede construirse de un modo que no reproduzca la homogeneidad ni el esencialismo para definir quién pertenece a lo que definimos como “nosotrxs”. Pensar en otras formas de educar implica enarbolar un proyecto amplio de emancipación que permita involucrar la diferencia como punto de encuentro y no como barrera.

Pensar lo comunitario significa ir más allá de la denuncia de la discriminación. Significa construir conexiones entre la escuela y los movimientos sociales para producir transformaciones políticas profundas que acaben con las injusticias del heterosexismo, el capitalismo y otras matrices de dominación. La transpedagogía es una praxis emancipatoria que lleva a profesorxs y estudiantes a tejer lazos comunitarios no regidos por identidades fijas y excluyentes; al contrario, nos enseña a “confrontar sentimientos de pérdida y aislamiento, y a restaurar nuestro sentido de conexión. Esta pedagogía nos enseña modos de cómo crear comunidad” (Hooks, 2003, p. XV), modos de transitar a través de nuestras diferencias.

Lo trans como experiencia de conocimiento pedagógico

En las experiencias de vida de hombres y mujeres trans, la educación ha sido un campo paradójico; por una parte, ha sido un espacio de negación, rechazo, violencia y humillación, pero también, un lugar para agenciar resistencias y transformar la cultura. Los grupos conservadores y las iglesias han usado el discurso de los derechos de lxs niñxs como excusa para impedir que en las escuelas se hable sobre género y sexualidad. Bajo esta máscara se ha legitimado todo un discurso opresor y prácticas de violencia que en realidad no protegen la niñez, sino las normas binarias y heterosexuales de las personas adultas. Desde tempranas edades, en nuestras familias y en las escuelas, lxs niñxs trans y no heterosexuales somos machacadxs por el peso de una escuela que no nos desea y que no comprende nuestras identidades en tránsito. Laura6 habló en el conversatorio “Rompiendo la exclusión” sobre una pedagogía que imagina “lógico” maltratar los cuerpos de lxs niñxs que subvierten el orden binario de los géneros.

Mi hija […] se nombró Estrella. Me culpé mucho, lloré mucho, y después de todo eso permití que hiciera su tránsito. La llevamos a un colegio alternativo, que se supone tiene otra mirada, le hicieron lavar el baño de niñas porque ella había decidido usar el baño de niñas. Yo fui y hablé y los confronté: “Mire, usted le hizo lavar el baño a mi hija”. Me dijeron: “No, lo que pasa es que fue porque ella lo ensució y toda la cosa”. Y para ellos, esto, todo era lógico, para ellos estaba muy bien maltratar a una persona o a un niño porque era diferente. En definitiva, eso es muy doloroso para uno, lo que hice fue cambiarla de colegio (Laura, pedagoga, madre de una niña trans).

Asumir una identidad de género no hegemónica no solo significa transitar por el género; significa asumir el peso de vivir en una sociedad rígida que excluye y margina a quienes desafían sus normas de masculinidad y feminidad. El género en sí mismo es una forma de violencia en contra de los cuerpos, pues nos obliga a adaptar nuestras subjetividades a sus mandatos, y la escuela históricamente ha servido como un dispositivo disciplinario de control para que no nos salgamos de los márgenes.

Las personas trans son sujetos periféricos excluidos de los capitales culturales que reproduce el sistema escolar. Los currículos, los uniformes, los baños, los espacios, los materiales pedagógicos y los discursos de la escuela son sumamente binarios, heterosexuales y excluyentes. Es por esto que desde edades tempranas abandonamos la escuela, porque preferimos vivir tranquilxs en vez de que nos sometan a la ortopedia horrible de tener que ser hombres o mujeres según una perspectiva netamente genital y binaria. La escuela y la familia sellan nuestro futuro con sangre porque sin capitales escolares, marginadxs y sin apoyo social, las personas trans nos vemos enfrentadas a círculos de pobreza, exclusión, violencia y criminalización que ponen en entredicho nuestros derechos humanos.

Pamela, líder trans de la Red Comunitaria, habló de cómo para la escuela las personas trans somos sujetos imposibles, sujetos pensados como su otro externo, como lo que no pertenece a ella:

Nosotras hemos sido vulnerables, hemos sido muertas por la sociedad, muertas por las FARC y los paramilitares, muertas por la limpieza social, muertas por los punkeros y todo el mundo nos acosaba y nos subyugaban en un solo lugar. Entonces, cuando nosotras decidimos entrar al colegio, nos decían [un profesor arrogante]: “¿Usted para qué estudia si no va a tener ningún futuro como profesional?, usted es una puta o aprenda lo de peluquería, que eso es para lo que usted sirve”. Y yo no servía para eso solamente (Pamela, mujer trans, Red Comunitaria Trans).

Las experiencias trans nos permiten observar cómo operan las normas de la escuela y de la pedagogía. La pedagogía funciona en un vínculo apretado entre la normalidad, la verdad y el poder. Funciona como una antropología esencialista que espera que las personas aprendan, pero que no cambien; es un aparato que forma sujetos idénticos a sí mismos y, si son hombres y mujeres, espera de ellxs que sean respetables ciudadanxs y honorables reproductorxs; pero si son personas trans, se espera que sean putas, peluqueras, ladrones o rebuscadores.

En contra de este sujeto unitario de la pedagogía moderna, y de los destinos marcados, la transpedagogía aboga por que la identidad no sea un objetivo a formar, sino algo a poner en riesgo. Se trata de abrir en cualquier espacio educativo la posibilidad disruptiva que tiene la otredad como una diferencia transformadora capaz de asombrar y desestabilizar al sujeto, esto es, capaz de reconocer que dentro de cada quien habita lo diferente y que, a pesar de las abismales diferencias que nos separan, podamos afirmar: yo soy otra tú (Sandoval, 2002). En conexión con esta idea, para producir este tipo de reconocimiento en la alteridad, es de vital importancia abrir la posibilidad de la enunciación propia de las identidades y los deseos como experiencias que habilitan un cambio de visión. Podemos pensar en lo trans como un cambio epistémico que abona el terreno para ampliar nuestras percepciones del mundo.

La escuela, como se ha dicho, restringe las formas en que podemos llamarnos y prohíbe ciertas formas de enunciar los deseos. Produce la ignorancia, no como lo opuesto al conocimiento, sino como su efecto, su correlato (Britzman, 2002). La pasión por la ignorancia de la pedagogía está en todos esos discursos que no soporta el saber, en esas formas de vida, sexualidad y corporalidad que la escuela considera enfermas, desviantes e imposibles.

La transpedagogía se opone a los conocimientos que producen desconocimiento por medio de la incitación a la curiosidad, a la exploración de lo otro y lo desconocido. Es una forma de pensar la sexualidad no como una ventana sobre la cual tenemos que observar nuestra verdadera identidad, sino como una práctica que puede provocarnos placer y que no define lo que somos ni nos determina. Como lo planteó la activista trans independiente Jacqueline Aponte, lo trans es una acción orientada a derrumbar la “ignorancia sexual de la sociedad”, una forma de enunciar lo silenciado:

La discriminación contra las personas gay o lesbianas y trans demuestra nuestro profundo analfabetismo sexual. Vivimos, lamentablemente, en una sociedad que le tiene miedo a lo desconocido. Una sociedad que en vez de construir, destruye; en vez de enriquecernos de las diferencias, de las diversidades, las apagamos y las destruimos para que todos seamos iguales […] Vivimos en una sociedad ignorante que le teme al sexo y que cree que de eso no se puede hablar con los niños y las niñas. Para miedo de muchos, el sexo está en todas partes y la educación no ha sabido entender eso […] Lamentablemente, durante nuestra evolución educativa, en vez de aprender y superarnos, lo que hemos tenido es un retroceso impresionante (Jacqueline, líder trans de la Mesa LGBTI de Puente Aranda, Bogotá).

La pasión por la ignorancia opera como una ley no escrita que impide nombrar lo marica, lo trans, lo lésbico, lo no binario, lo múltiple y lo placentero dentro de la escuela. Esta pasión genera un silencio opresivo y una negación de las experiencias de muchxs estudiantes y docentes en el acto pedagógico. Por ello, “la mención de nombres prohibidos por leyes no escritas se convierte en la ocasión de una comunicación incontrolable […], en un espacio de contagio” (Flores, 2013, p. 234). Quiero pensar que este contagio no es el de la homosexualidad ni el del transgenerismo, sino un contagio de la libertad y de la posibilidad de autodeterminación sobre nuestros propios cuerpos, deseos y sexualidades. Esto significa contagiar el purismo de la escuela y sus normas, su obsesión por la mismidad y por la ausencia de conflictos.

Camilo, activista trans del Colectivo Hombres en Desorden, señaló esto con meridiana claridad: que nos llamen por nuestros nombres elegidos y que reconozcan nuestros cuerpos en tránsito constituye una transformación de la escuela en sí misma.

La enunciación de lo trans en el escenario educativo es algo material, algo de lo que hay que hablar y no debería ser relegado a experiencias de la otredad, lo distinto, lo anormal […] Cuando una persona trans siente que su experiencia es valiosa en la escuela y que puede ser nombrada, se puede relacionar con las demás personas, encontrar un espacio de protección y cuidado, y esto es parte de la tarea educativa […] La experiencia del tránsito se convierte en una forma de pedagogía misma en la cotidianidad; somos las personas trans con corporalidades marginadas quienes hacemos un trabajo desde lo cotidiano para que la cultura se modifique, para que el binario de género, que produce violencia, frene de alguna manera (Camilo, activista del Colectivo Hombres en Desorden).

Pero esta enunciación radical de lo trans o de las identidades no hegemónicas en el sistema educativo no se debe confundir con una petición de inclusión, como sucede en las agendas liberales de muchas organizaciones LBGT. Las personas trans no queremos entrar simplemente a la escuela, a la universidad, al instituto o a donde sea. No se trata del cliché de “respetar al otro”, pues esto es solo un gesto humanitario de gentileza, delicadeza o magnanimidad. Ese “respetar al otro” es una benevolente tolerancia que deja ilesas las jerarquías, las relaciones de poder y las técnicas de gestión de las fronteras de la normalidad.

Hablar de diversidad sexual en la escuela no es lo mismo que operar una transpedagogía. La diversidad sexual es un término que se basa en políticas neoliberales y en el ámbito educativo se instaló como tolerancia e integración, cuyo fin es el de armonizar, organizar y calmar el conflicto político que plantean las diferencias. Es decir, vino a exigir “respeto” para las identidades LGBT sin generar demasiado ruido ni causar demasiada incomodidad en el terreno de lo sexual, del cuerpo y del placer. Quizás a la diversidad sexual no le queda nada de sexual. Al exigir la tolerancia y la “convivencia armónica”, la perspectiva de la diversidad sexual deshabilita las preguntas por las tramas materiales que organizan la discriminación y el repudio.

Está bien trabajar en contra de la homofobia dentro de las escuelas, y es algo urgente, pero la perspectiva de la diversidad no contempla que es la norma de la heterosexualidad la que está en el centro de la producción de violencias, jerarquías y disciplinamientos que afectan no solo a las personas LGBT, sino a lxs miembrxs de la comunidad educativa en su conjunto.

Además, en las prácticas de la diversidad sexual, las existencias de lesbianas, gays, bisexuales y trans siempre son bastante estereotipadas, blanco-mestizas, de clase media, homogéneas y desproblematizadas. En las prácticas escolares, lo LGBT termina convertido, al igual que otras categorías subalternas, en identidades exóticas o folclóricas donde la diferencia se muestra como algo despolitizado, y se invisibiliza el porqué lo otro fue convertido en otro. Así opera el currículo multicultural acrítico: simplemente incrementa informaciones superficiales sobre otras culturas e identidades. Una perspectiva crítica del currículo, dirá el educador brasileño Tomaz Tadeu da Silva, buscaría lidiar con la diferencia como una cuestión histórica y política. No se trata simplemente de celebrar la diferencia y la diversidad, sino de cuestionarlas (da Silva, 1999).

La perspectiva de la transpedagogía nos habla de las diferencias como un terreno político inestable, fluctuante y atravesado por conflictos, jerarquías, desigualdades y deseos. De ahí pienso la transpedagogía como una práctica que crea intimidad en y a través de las diferencias, y que nos invita al contacto, al diálogo, a las divergencias, pero también a la negociación de consensos y a la transformación de la vida colectiva como un todo (Miskolci, 2012).

La insistencia en la construcción de un acto pedagógico íntimo nace de la necesidad de derrumbar estereotipos y crear condiciones para que los cuerpos se acerquen, reconozcan su entrelazamiento, sus pasiones, su vida cotidiana, sus luces y sombras, su humanidad. La intimidad suele ser definida como un ámbito que concierne a “la cercanía de ‘almas’ y/o cuerpos en el marco de una relación especial de revelación” (Bawin y Dandurand, 2003); es este sentido de profundidad, cercanía y contacto el que puede contribuir a quebrar las fronteras que nos separan.

No se trata de informar sobre lxs otrxs como si fueran piezas de museo u objetos distantes y exóticos; por intimidad entiendo un puente que abraza una premisa fundamental: Te invito a que me conozcas.

Esta invitación radical a escuchar al otrx, a acompañarlx, implica profundizar en las diferencias para que nos transformen y nos desborden. Esta invitación hace eco de un planteamiento de Butler: nos pide que permanezcamos en la linde de lo que conocemos, “que pongamos en cuestión nuestras certezas epistemológicas y que, a base de arriesgarnos y abrirnos a otro modo de conocimiento y de vivencia del mundo, ampliemos nuestra capacidad de imaginar lo humano” (Butler, 2010a, p. 322).

Aquí retomo la noción de Anzaldúa del puenteo como parte constitutiva de la transpedagogía: crea puentes entre las diferencias con el propósito de reconocer nuestra interdependencia mutua, nos invita a arriesgar nuestras seguridades frente a la identidad propia y crea coaliciones para la transformación de nuestras subjetividades y del planeta entero. Se trata de cuestionar la certeza de nuestras “casas”, de nuestras identidades fijas que en alguna medida nos limitan y nos impiden el contacto. La transpedagogía es un acto de puenteo, un acto de intimidad.

Puentear significa aflojar nuestras fronteras, sin cerrarnos a otros. Puentear es el trabajo de abrir la puerta a lo extraño, tanto adentro como afuera. Dar un paso a través del umbral es desnudarse de la ilusión de seguridad pues nos mueve hacia un territorio no familiar y no garantiza un pasaje seguro. Puentear es apuntarle a la comunidad, y para ello debemos arriesgarnos a estar abiertas a una intimidad personal, política y espiritual; es arriesgarse a ser heridas. El puenteo efectivo viene de saber cuándo cerrar la verja a aquellos que están fuera de nuestra casa, grupo, comunidad, nación, y cuándo mantener las puertas abiertas (Anzaldúa, 2002, p. 568).

Puentear complejiza nuestras prácticas pedagógicas porque no se trata de tolerar y respetar la diferencia, sino de hacer todo un trabajo subjetivo de autocrítica y de desmontaje de privilegios para permitirnos ser transfor-madxs por la otredad que habita tanto dentro como fuera de nosotrxs. Es una perspectiva que invita al cruce de fronteras y a habitar entre mundos diferentes marcados por la raza, el género, la sexualidad, la clase, la dis/capacidad, la edad, entre otras, con el fin de generar una inclusión epistémica que produzca conexión y proximidad, “una cierta intimidad que no aniquila la diferencia” (Hooks, 2003, p. 49).

La transpedagogía significa, en efecto, transitar en términos corporales, intelectuales y espirituales hacia otras perspectivas con el fin de aliarnos y producir transformaciones sociales. Así lo imagina Ángel, un profesor trans del colectivo Mujeres Al Borde.

Si usted realmente quiere generar un espacio educativo diferente y diverso, rompa con ese sistema que lleva dentro, ese sistema binario que nos reprime, nos limita, nos condiciona y que nos dice que usted tiene que ser así, actuar así, porque cuando usted cambia eso, cambia prácticas cotidianas, y eso los chicos lo notan y dejan de reproducirlas; entonces, el proceso de trasformación educativa se tiene que dar de forma interna y luego exteriorizarlo y naturalizarlo […]; usted como docente es capaz de pensar sin casillas y al no clasificar a la gente por lo que es o lo que le gusta, usted cambia de pensamiento ¿Por qué? Porque no se trata de poner a la gente en una casilla y dejarlos ahí y para siempre, eso significa seguir reproduciendo lo mismo y eso no es sano. Por eso, es importante reconocer que lo masculino y lo femenino no son las únicas formas de ser y de existir (Ángel, hombre trans, Colectivo Mujeres Al Borde.)

Las personas trans redefinimos la educación comunitaria. Desde nuestra cotidianidad, y sin un título académico, educamos a otros y a otras sobre nuestros derechos, nuestros dolores, sobre las discriminaciones que vivimos y de los sueños que gestamos. Hablamos de nuestros placeres y lo hacemos desde los lenguajes del arte y de la calle,7 desde el afecto y el amor como herramientas fundamentales para sanar y reparar el odio y la violencia que las instituciones siembran sobre nuestras vidas.

Las personas trans educamos todos los días y en todas partes como un acto de supervivencia. Somos una “praxis pedagógica andante”, tenemos que educar a nuestros familiares, amigxs, profesorxs, médicxs, empleadorxs y demás personas sobre nuestros cuerpos, sobre el derecho que tenemos a existir y a que nos traten como seres humanos. Educamos para que no nos atropellen, para que respeten nuestros nombres identitarios, para que nos den servicios de salud acordes a nuestras necesidades, para que la policía no abuse de nosotrxs y para que nuestras familias y escuelas no nos expulsen de su seno. Educamos para que deseen nuestros cuerpos en tránsito, para que la soledad no nos engulla, para que nos amen, para que no nos maten.

Educar a otrxs es casi que una tarea forzada, pero no por eso, menos interesante, disruptiva y transformadora. Devenimos “educadorxs comunitarixs”, conectamos la crítica a instituciones excluyentes -como la academia, el hospital y la familia- con nuestras experiencias y realidades cotidianas. La experiencia trans es una fuente importante de producción de conocimiento y un lugar de agencia: un espacio discursivo donde se inscriben, reiteran o repudian posiciones de sujeto, subjetividades diferentes y diferenciales que se imponen a través de las normas de género, clase, raza y sexualidad (Brah, 2004).

Lo trans como práctica de educación comunitaria fue un término acuñado por la Red Comunitaria Trans en Bogotá y, desde allí, estas mujeres trans se sublevan ante la sociedad, el Estado y la academia, poniendo sus experiencias como punto de vista que engendra movilizaciones colectivas por la justicia social:

Las personas trans hemos tomado la educación como una herramienta de resistencia. Nosotras nos volvimos educadoras comunitarias un poco a la fuerza, una tarea que no nos fue asignada, pero que nos tocó asumirla para poder permanecer o luchar contra la ignorancia de toda la gente. A diario tengo que re-educar a mi familia, re-educar a mis amigos, re-educar a mis vecinos, a toda la gente que está a mi alrededor, hasta en el Transmilenio, de formas muy contundentes y fuertes, y otras veces muy dulces, dependiendo también de cómo sea el ataque y en qué circunstancias […] Hay que diseñar estrategias de pedagogía dependiendo con cada persona que se trate, es una tarea mamona de asumir, pero si no lo hacemos estamos expuestas a más violencia y hostigamiento, es como necesario de asumir este rol de re-educar a la gente todo el tiempo y como forma de resistencia (Daniela, mujer trans, líder de la Red Comunitaria Trans).

Finalmente, quiero mencionar que la pedagogía trans concibe el amor y el afecto como elementos constitutivos de su quehacer educativo. Las personas trans sobrevivimos a la violencia diaria gracias al afecto que se genera dentro de nuestras comunidades, nuestras familias sociales y redes de apoyo. Ante la injuria, el matoneo y la exclusión, la transpedagogía aboga por espacios de duelo y de acompañamiento para sobrevivir, unir a la comunidad, reelaborar los lazos de afinidad, entretejer relaciones de sostén mutuo.

Un colega educador brasilero me dijo que la escuela no es monolítica y tampoco opera como una maquinaria de dominación; prueba de ello, decía él, es que las personas trans hemos logrado sobrevivir a la escuela. Puede que sea cierto, que la escuela no sea una institución tan cerrada y que en ella surja la potencia de la transformación. Sin embargo, siento que quienes hemos sobrevivido a la escuela nunca hemos sido desagraviadxs por dicha institución, ni tampoco hemos recibido reparación por el daño emocional y físico causado. La escuela nunca ha guardado duelo por las personas que se han suicidado a causa de ella.

Es por esto que mi propuesta de transpedagogía aboga por una pedagogía del amor que propende por espacios de oposición al racionalismo, donde se puedan discutir temas que incrementen nuestra autoestima, nuestra propia afirmación y una crítica acérrima a las normas corporales que devalúan nuestras subjetividades (Dussel, 2008; hooks, 2003; Vásquez, 2010).

La escuela puede cambiar sus lógicas de insulto, vergüenza y discriminación por experiencias que posibiliten la autoaceptación, el amor propio y el cuidado de todos los cuerpos. Pienso de igual manera en una escuela que puede desagraviarnos rescatando nuestras memorias de lucha, reconociendo nuestras existencias como vidas que importan y como agentes de conocimiento que, pese a que se nos ha exterminado sistemáticamente, tenemos el coraje de engendrar otra historia, reescribir otros futuros y posibilitar nuevos modos de entender la educación, la política y la cultura.

Enseñar con amor, como lo hace la transpedagogía, significa combinar el cuidado, el compromiso, la sabiduría, la responsabilidad, el respeto, y la confianza en nuestras prácticas docentes (Hooks, 2003). Significa estar atentxs a lo que enseñamos, pues ciertos conocimientos pueden dañar a algunxs de nuestrxs estudiantes. Implica reconocer que el conocimiento que creemos objetivo y universal puede ser un arma de guerra que borra las historias, las luchas y los deseos de las personas con quienes trabajamos. Significa enseñar con cuidado. La transpedagogía implica una aproximación emocional a nuestros estudiantes, no para ser su terapeuta, sino para comprender que cuando creamos un ambiente que reconoce las diferencias, abre espacios para expresar el dolor y escucha con el corazón abierto, se produce un mejor clima para los procesos de aprendizaje. El amor como ética política es la base pedagógica para crear comunidad:

El amor es profundamente político. Nuestras más profundas revoluciones vendrán cuando sepamos entender esta verdad. Solo el amor puede darnos la fuerza para ir hacia adelante en medio de la miseria y el corazón roto. Solo el amor puede darnos el poder para reconciliarnos, redimirnos, el poder de renovar espíritus cansados y salvar almas perdidas. El poder transformativo del amor es la base de todo cambio social significativo. Sin amor nuestras vidas no tienen sentido. El amor es el corazón de la materia. Cuando todo se ha caído, el amor nos sostiene (Hooks, 2001, p. 17)

A modo de cierre

En este artículo he esbozado una propuesta pedagógica inspirada en las experiencias de vida de activistas trans en Bogotá, en tanto puntos de vista específicos capaces de cuestionar las normas heterocentradas, binarias y esencialistas que se reproducen en el sistema educativo. Este intento de imaginar una transpedagogía nace en las calles e infecta la academia con sus sueños de una educación antinormativa volcada a la libertad, el placer, el amor y la autodeterminación de los cuerpos. Esta propuesta emerge como un reto a los poderes conservadores que intentan gobernarnos por medio de sus discursos estabilizadores de la diferencia sexual.

Esta transpedagogía no quiere el paraíso cómodo de las diferencias ornamentales y las identidades monolíticas; al contrario, desea incomodar y perturbar el sueño de la escuela de un mundo sin conflictos. Es un impulso contagioso de otras formas de educar, de otras maneras de pensar y de crear comunidad.

La transpedagogía es una forma de pensar en movimiento que rechaza los lugares seguros de la identidad y propone una conciencia de tránsito que nos invita a puentear entre diferentes puntos de vista, y a crear conexión e intimidad por medio de la construcción de alianzas políticas, una ética del amor y una disposición disruptiva en contra de todas las formas de normalización, sin importar de dónde vengan.

Lo trans como práctica pedagógica es una experiencia de cruce de fronteras sexuales, de género, pero también de clase, raza, edad, entre otras, e implica la imaginación de la enseñanza como un proceso que engendra conocimientos que sanan, que tejen comunidad y que abogan por la construcción de un mundo sin categorías clasificatorias. Soñamos con una educación que no fomente la “ignorancia sexual”, sino que esté atenta a la estimulación de la curiosidad, a la experimentación del placer y a la exploración de lo desconocido. Soñamos con una pedagogía travesti, revolucionaria y popular que potencie la multiplicidad de nuestras subjetividades. Esta es una utopía loca de una educación para el placer y la vida, y no para la verdad y la norma.

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1La flexión de género en “x” apunta a desmantelar críticamente el protocolo hegemónico de la construcción masculina del sujeto universal. No es la mera inclusión —políticamente correcta— de “ellos y ellas”, sino una crítica al binario femenino y masculino en el uso cotidiano del castellano para referirse a los sujetos. La “x” en la lectura involucra una incomodidad para quienes leen y tal es su objetivo político: servir como un elemento incómodo que transmita la inadecuación de aquellas personas que no se sienten incluidas o representadas ni por el “ellos” ni por el “ellas”.

2En el marco del conversatorio, se presentaron seis intervenciones de personas trans y el testimonio de una estudiante de la Universidad Pedagógica Nacional, madre de una niña trans de 10 años. El trabajo de campo que sirve de base a este artículo recopila las intervenciones de estas personas en el conversatorio y plantea un ejercicio autoetnográfico de la experiencia de la autora como maestra universitaria, travesti y feminista. Cabe señalar que estas organizaciones trans emergieron más o menos en la última década en las grandes ciudades de Colombia; son grupos de base comunitaria que trabajan desde las artes, la pedagogía popular y la exigibilidad de derechos. “Rompiendo la exclusión” surgió como un escenario de alianzas estratégicas para llevar las voces trans al espacio de la academia, y reconocer la riqueza y los aportes de este movimiento social para repensar la pedagogía, la educación y la formación de docentes.

3El cisgenerismo es un sistema de opresión que decreta como únicos sujetos inteligibles a aquellos cuyo sexo asignado al nacimiento corresponde de manera coherente y no problemática con el género esperado de ellos. En este sentido, el cisgenerismo excluye a todos los cuerpos que transgreden la linealidad establecida entre el sexo y el género, sometiéndolos a condiciones de abyección, rechazo, violencia y discriminación.

4Los ejercicios que he realizado van desde la lectura de textos críticos hasta el abordaje de técnicas teatrales drag, artes performáticas, creación de fanzines, escritura poética, juegos de intercambio de roles y uso de mapas corporales.

5Aquí entiendo autoestima como un elemento central para aprender y no como un asunto de autoayuda. La autoestima es algo que descartamos como poco serio en el acto de enseñar; sin embargo, es fundamental para resistir los contornos sociales hostiles que minan la confianza en nosotrxs mismxs. Como plantea bell hooks (2003), la autoestima es la confianza en nuestro derecho a existir y ser felices, nuestra confianza en nuestras habilidades y la posibilidad de sentirnos merecedorxs, valiosxs y fuertes para encarar los desafíos diarios de la vida.

6Se usan pseudónimos para garantizar el anonimato de nuestrxs informantes.

7Las personas trans bogotanas se refieren a la calle de manera coloquial como “la universidad de la vida”. La calle emerge como un espacio de aprendizaje vital y de conocimientos prácticos que surgen de la experiencia de habitar un lugar abyecto, en este caso, el lugar de la prostitución, de la peluquería, de la esquina, el lugar del consumo de drogas. La calle se reivindica de manera opositiva al lugar de la academia. La calle es un territorio duro y violento, el único lugar para existir que les ha permitido la sociedad binaria y heterosexual. En este sentido, muchas personas trans vemos en la calle un lugar de emancipación, de lucha, de experiencias, de producción de conocimientos subalternos, de lenguajes propios, un lugar de odios y amores que llamamos “casa”. La calle es una forma de manifestar que la teoría de lucha se lleva en la carne y no en un diploma o en un certificado académico.

Recibido: 22 de Mayo de 2017; Aprobado: 23 de Octubre de 2017

Correo electrónico: alanisupn@gmail.com

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