SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.73 número2Hortensia Calvo y Beatriz Colombi, Cartas de Lysi. La mecenas de sor Juana Inés de la Cruz en correspondencia inédita. 2 a ed. corregida y ampliada. Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt/M., 2023; 286 pp.Sergio Ugalde Quintana, Filología, creación y vida: Alfonso Reyes y los estudios literarios. El Colegio de México, México, 2024; 390 pp. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Nueva revista de filología hispánica

versión On-line ISSN 2448-6558versión impresa ISSN 0185-0121

Nueva rev. filol. hisp. vol.73 no.2 Ciudad de México jul./dic. 2025  Epub 08-Ago-2025

https://doi.org/10.24201/nrfh.v73i2.4005 

Reseñas

Esther Martínez Luna, Soñadores, espectadores, sabias y pirracas. Figuras y discursos literarios en los albores del siglo XIX en México. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2022; 165 pp.

Gamaliel Valentín González1 
http://orcid.org/0000-0003-1851-4344

1Laboratorio Nacional de Materiales Orales ENES Morelia, UNAM lenguaomuerte@gmail.com

Martínez Luna, Esther. Soñadores, espectadores, sabias y pirracas. Figuras y discursos literarios en los albores del siglo XIX en México. Universidad Nacional Autónoma de México, México: 2022. 165p.


Soñadores, espectadores, sabias y pirracas son los cuatro adjetivos que inauguran el llamativo título del presente libro y que pronto ponen a pensar al lector en su procedencia y significado. El subtítulo, Figuras y discursos literarios en los albores del siglo XIX en México, nos orienta e instala en un lugar y tiempo, justamente, en que los adjetivos, empleados como seudónimos; las iniciales y los nombres, algo chuscos, lo mismo brindaban anonimato que enfatizaban identidades o discursos de los autores firmantes en las páginas de la prensa de aquellos días. De entre los dichos adjetivos, el de pirraca hubo de sacudirse el polvo que el tiempo depositó sobre él para figurar en la portada. Al respecto, Juan Fernández de Rojas, en su Libro de moda en la feria, que contiene un ensayo de la historia de los currutacos, y madamitas del nuevo cuño…, nos ilustra de la siguiente manera: “El pirracas es, por decirlo así, el currutaco en miniatura, en compendio, en análisis. Aun diríamos mejor el currutaco bastardo, o de una clase menos noble. El pirracas es al currutaco, lo que los hombres y los animales de América a los de Europa, una especie floxa, degradada” (Imprenta del Diario, Valencia, 1796, p. 46). Si el extravagante y extrovertido currutaco era señalado como superficial, falso erudito y hasta “afeminado”, el juicio de Fernández de Rojas parecería darle el lugar de un donnadie.

Las líneas anteriores dan pie para señalar que el libro de Martínez Luna, antes que glosar lo que se ha escrito sobre el panorama sociocultural de los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, escudriña las páginas de la prensa en turno para ampliar -mediante la revisión de los llamados subgéneros literarios o géneros menores, tales como la carta, el sueño literario y el género de espectador- y ofrecer una nueva perspectiva sobre la configuración identitaria de las letras de lo que sería el México independiente. Cabe decir que no se trata de un trabajo que intente hallar, a como dé lugar, autores pioneros o “rescatar” expresiones literarias, sino simplemente bordar con nuevo hilo el entramado cultural de un tiempo, a partir de su contexto.

El libro se divide en dos partes de tres capítulos cada una. La primera, donde se exponen modelos literarios, se compone de “«Papeles, papelillos, papeluchos, y papelotes, de todo se encuentra en nuestras esferas»: la carta como soporte de la comunicación letrada”, “«Soñar con utilidad»: el sueño literario, género de la Ilustración” y “«El espectador»: un modelo de escritura periodística en la prensa de los albores del siglo XIX”. El complemento nos adentra en las configuraciones identitarias por medio de “«Bienaventurado el marido de la mujer sabia»: mujeres, educación y espacios de sociabilidad en el discurso ilustrado”, “Nueva sociabilidad letrada: hábitos y comportamientos del currutaco” y “Bajo el dominio de la lengua: la pronunciación, materia de debate público”. Uno a uno, los textos plantean una suerte de “estado de la cuestión” de la época, reforzado con ejemplos tomados mayormente de la Gazeta de México y el Diario de México -se comprende, por ser los impresos de mayor circulación durante el período estudiado, aunque también se citan El Censor, El Sol y la Gazeta de Guatemala- y de la exposición de su contribución futura a la cultura literaria. A este respecto, la autora advierte que en esos textos pueden hallarse

las huellas de la prensa y el sistema literario del siglo XVIII español, pero también la impronta de otros países, como es el caso de la escritura periodística practicada por los ingleses Richard Steele (1672-1729) y Joseph Addison (1672-1719), verdaderos pilares del periodismo moderno, cuyo modelo iluminó toda la Europa del setecientos gracias a la circulación de The Spectator (1711-1714), en cuyas páginas se forjaron no pocas normas de la actividad letrada que, vía la Península Ibérica, hallaremos replanteadas en la Nueva España y México (p. 11).

Desde las primeras páginas del libro se indica el carácter moralizante y prescriptivo en los textos estudiados, pues los temas ahondan en comportamientos sociales, ya sea para criticar alguna moda o para decir cómo debería actuar la gente en la ciudad. Dicho tono discursivo se hace notar, unas veces más y otras menos, a lo largo de Soñadores, espectadores, sabias y pirracas… y le acompaña un curioso rasgo: el de la vanidad letrada. Recordemos que hablamos del sector cultivado novohispano, cuya actividad será parte de la configuración identitaria de la entonces futura nación mexicana. Me aventuro a llamar “vanidad letrada” el ánimo de leerse en un medio impreso porque, a sabiendas de que si bien será el diarista quien determine el provecho del texto, habrá lectores expectantes ante los cuales podrán mostrarse las dotes de buen redactor, acaso culto y de buenas maneras. Tal es el caso de la carta, cuya naturaleza íntima (de persona a persona) se hizo colectiva, pública, al llevar las tertulias de los cafés a la estampa para abrir el diálogo a más participantes. Sirva de ejemplo una misiva enviada al Diario de México, citada por Martínez Luna:

¿Es posible Sr. Diarista que he de ser yo tan desgraciado que no he de lograr la dicha de que usted imprima siquiera uno de los varios papeles que le he dirigido? ¿Es posible que todos hayan sido dignos del fuego o del carretón de la basura? No me cabe en el Juicio. Si usted me conociera, o si yo supiera quién es usted, atribuiría sus desaires a una infernal envidia… Soy capaz de morirme de la pesadumbre de no ver de letra de molde alguna producción mía en su diario de usted, cuando he leído en él otras de mis compañeros, que son muy inferiores a mí en el grado que ocupan en la oficina (DdeM., 1809, núm. 1386, pp. 71-72; como se citó en Martínez Luna, pp. 25-26).

Nótese el ánimo no sólo de igualarse a los compañeros de oficina por parte del lector citado, sino de mostrarse superior en mérito y escalafón laboral.

Este desplazamiento del diálogo -antes exclusivo de universidades y espacios eruditos- al soporte del papel impreso acercó el debate público a más personas y halló acomodo en formas discursivas creativas, cercanas a la ficción, como el sueño literario y el género de espectador. Los lectores daban muestra de lo instruidos que eran cuando relataban sus sueños muy bien estructurados: la llegada del cansancio que induce al sueño, la ensoñación, la presencia de un guía, la experiencia propia del sueño, la reflexión y el despertar por diversas causas como ruidos, malestares u otros motivos fisiológicos. Tan lúcidos eran que “nada tienen que ver con el desorden o la irracionalidad; por el contrario, los soñadores no pierden ocasión para afirmar que «discurren dormidos, lo mismo que piensan despiertos»” (DdeM., 1807, núm. 714, p. 55; apud Martínez Luna, p. 44). Para el espectador, “la observación minuciosa y detenida del mundo que los rodea será su carta de presentación para poner de relieve que comprenden la realidad; sus escritos los develan como «espectadores de la vida» (p. 63). Se trata de personas que hablan de lo que ven y sobre ello expresan su sentir: que si las misas en catedral son multitudinarias, habiendo otros recintos religiosos; que si tal o cual tiene vicios o virtudes, etc. Su figura se erige como una autoridad moral, un censor, que gracias al anonimato es capaz de entablar discusiones con otros lectores, incluso con el humor y sarcasmo que un acto presencial inhibiría.

Uno de los puntos destacables del tratamiento que la autora hace de la construcción del sujeto femenino es el deslinde de las pesquisas de mujeres pioneras en las letras mexicanas: “las mujeres novohispanas no fueron colaboradoras del Diario de México como insistentemente y de manera errónea se ha venido afirmando. Es muy frecuente, en el trabajo desarrollado por algunas estudiosas del periodo, dar por verdaderos los falsos seudónimos femeninos utilizados por los letrados novohispanos” (pp. 95-96). No está de más reiterar que la prensa novohispana y mexicana del siglo XIX ha sido el principal objeto de estudio de Martínez Luna y que, respecto de los seudónimos, puede consultarse, entre otros, el Estudio e índice onomástico del “Diario de México”. Primera época (1805-1812). Antes de una participación femenina en la prensa, lo que había eran opiniones masculinas sobre cómo debían desenvolverse y educarse, y sobre qué actividades les iban mejor. Se trataba de un discurso encaminado a formar ciudadanas que “trabajaran por su nación” a la luz de la virtud, y queda claro que estaba dirigido a mujeres españolas y criollas que ya gozaban de reconocimiento social; así, “paradójicamente, a partir de ciertas transformaciones en los hábitos más cotidianos de las jóvenes se reafirmaba la hegemonía del control del discurso patriarcal bajo la aparente apertura de nuevas prácticas de sociabilidad” (p. 98).

Párrafos atrás, por medio de Juan Fernández de Rojas nos acercamos a la figura del currutaco, simpático personaje desdeñado y satirizado por los eruditos y buena parte de la sociedad, acaso por su extravagante manera de vestir, sus cultivados modos de conducirse o su locuacidad. Un poema de Manuel Gómez (El currutaco por alambique, Mariano José de Zúñiga y Ontiveros, México, 1799, pp. 9-10; apud Martínez Luna, p. 114) es botón de muestra de lo dicho hasta aquí:

Salió por fin, repito,

de allí un hermafrodita muñequito:

cuyo traje y figura, semblante relamido y compostura,

presentó una persona

que obligaba a dudar si es mono o mona:

de hembra el cuerpo parece,

pero el alma es de macho y bien merece

llamarse hermafrodita,

aquel que siendo macho a la hembra imita.

……………………………

No obstante el talle fino,

pertenece al sexo masculino.

Prejuicios aparte, los currutacos, pirracas, pisaverdes y otras figuras afines, abrieron brecha para que el conocimiento bajara de los pedestales de la ortodoxia erudita: “El hombre de letras, recordemos, solía representarse en la seriedad de su gabinete y en el tono grave de la restringida sociabilidad de las tertulias… Por su parte, el currutaco o petimetre buscaba ampliar sus horizontes sociales mostrando y compartiendo su «sapiencia»” (p. 120). De este modo, el desdeñado currutaco se deja ver como un agente de cambio en el modo de sociabilizar el conocimiento, pues, ni aristócrata ni burgués, movió la palestra de los “templos” en los que se reunían los eruditos y contribuyó a llevar la discusión a otros sectores que no detentaban títulos nobiliarios.

Muy importante es también el capítulo que cierra el libro, dedicado al debate acerca de la pronunciación de la lengua -española, claro está, pues hablar una lengua indígena estaba vinculado a una idea de retraso, contrario a la presunción por hablar otra lengua europea, como en el caso de los currutacos. Hablar correctamente, según la prescripción académica, era una cuestión de identidad que derivó en encono político. Unos se empeñaban en pronunciar correctamente las zetas, ces y elles, y otros veían en las variantes una marca distintiva de la cual no se sentían avergonzados. De alguna forma, esta exposición de motivos deja entrever que la Península era vista como modelo de “perfección” por un sector letrado y que aquello que salía de su norma era una deformación que debía evitarse desde la instrucción doméstica y escolar: las etimologías y el cambio filológico no tenían vela en el entierro. Tales razones, sin duda, pusieron de relieve encuentros y desencuentros ideológicos que repercutieron en los posteriores procesos independentistas y fueron señuelo del estudio del español en el continente americano.

Es así como con brevedad y concisión Soñadores, espectadores, sabias y pirracas… se suma al trabajo historiográfico con el que Esther Martínez Luna ha incorporado el quehacer literario del siglo XIX en el engranaje sociocultural de la época, para ayudar a tener un conocimiento integral de la configuración de sus actores.

Recibido: 18 de Julio de 2024; Aprobado: 27 de Septiembre de 2024

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons