Petra, la ancestral metrópolis que fuera la capital del reino nabateo, ha capturado la atención de innumerables exploradores, artistas y eruditos del mundo antiguo, y se ha erigido como una de las urbes orientales más preeminentes de la Antigüedad debido a su deslumbrante belleza y atractivo turístico. El entendimiento de este enclave ha sido objeto de una atención constante desde su redescubrimiento a principios del siglo XIX, cuando Johann Ludwig Burckhardt, con el seudónimo de Ibrahim ibn Abdallah, se embarcó en la audaz empresa de explorar la ciudad.
Las restricciones impuestas por los habitantes locales, los beduinos, quienes protegían celosamente sus tradiciones y sus territorios, dificultaron el acceso de los forasteros a las maravillas de Oriente. Sin embargo, Burckhardt urdió una artimaña, pues propuso ofrecer una cabra en honor del profeta Aarón, presuntamente sepultado en Jebel Harum, un montículo elevado ubicado en las profundidades de Wadi Musa. Esta argucia le permitió internarse en el territorio y explorar las antiquísimas ruinas de Petra.
El 22 de agosto de 1812, el intrépido explorador suizo se adentró por el angosto desfiladero conocido como el Sīq, para luego contemplar el Khazne, el monumento más emblemático de la arquitectura nabatea, durante su arriesgada travesía (Burckhardt 1822). Las noticias acerca de su descubrimiento se propagaron con celeridad por Occidente, lo que desencadenó una impresionante oleada de exploradores, como la expedición inglesa encabezada por William J. Bankes, Charles Leonard Irby y James Mangles en 1818 (Irby y Mangles 1823).
A lo largo de los años, varios artistas se han sumado a la tarea de reproducir los monumentos destacados de Petra. Entre ellos se encuentran nombres prominentes, como León de Laborde y Louis Maurice Adolphe Linant de Bellefonds en 1828, David Roberts en 1839, Frederick Catherwood en 1849 y Edward Lear en 1858. A esta efervescencia artística y exploratoria siguió un enfoque más centrado en la interpretación bíblica, representado por el trabajo de John Wilson. No obstante, las primeras investigaciones científicas se dirigieron hacia la recopilación y decodificación de la escritura nabatea, lideradas por Edward Beer en 1840 (Beer 1840). Con el tiempo, los viajes exploratorios cedieron espacio a misiones científicas, como las emprendidas por los dominicos Antonin Jaussen y Raphaël Savignac, quienes surcaron el Hiyaz y recolectaron inscripciones en sitios como Mada’in Saleh/Ḥegra, Tayma y al-Ula (Jaussen y Savignac 1909; 1914).
Paralelamente, la Universidad de Heidelberg encargó a Rudolf Ernst Brünnow y Alfred von Domaszewski la catalogación de los antiguos monumentos de la Provincia de Arabia. Los resultados de esta empresa incluyen una minuciosa catalogación de las principales estructuras de Petra, acompañada de mapas, fotografías y dibujos técnicos (Brünnow y Domaszewski 1904-1909). Es de destacar que los primeros mapas y levantamientos topográficos de superficie los realizaron en 1921 Walter Bachmann, Carl Watzinger y Theodor Wiegan, hecho que reviste una importancia fundamental, ya que cualquier expedición arqueológica requiere de una precisa topografía para la localización de yacimientos no visibles que puedan poseer un gran potencial arqueológico (Arguello 2024, 35).
Sin embargo, las primeras campañas arqueológicas se llevaron a cabo hasta 1929-1936, bajo la dirección de George Horsfield, quien se abocó a excavar las defensas de la ciudad, el Khazne y la Tumba de la Urna. Su interés primordial residía en la determinación de las distintas fases de ocupación de la ciudad mediante el uso de una datación cerámica que, en aquel momento, no estaba disponible en la región.
Un breve periodo de interrupción se produjo con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. A finales de la década de 1950, los arqueólogos Peter Parr y Diana Kirkbride delimitaron la extensión de la ciudad en el banco sur de Wadi Musa, como bien señala Carmen Blánquez (2023, 117). Sin embargo, la primera etapa dorada de los estudios arqueológicos de Petra acontecería con Philip Hammond en el templo de los Leones Alados, ubicado en el epicentro de Petra. En esa misma década, Crystal Bennet concentró sus esfuerzos en la elevación montañosa de Umm al-Biyara, donde halló artefactos que datan de la Edad de Hierro asociados a grupos de origen edomita (“Chronique Archéologique” 1964).
Por su parte, el proyecto más ambicioso fue dirigido por Martha Sharp Joukowsky, de la Universidad de Brown. Joukowsky se enfocó en el Gran Templo del Sur, una de las edificaciones de mayor envergadura localizadas en el centro de Petra. Los resultados han suscitado más interrogantes que respuestas, especialmente respecto a la determinación de las funciones del templo, ya que se hallaron elementos de índole tanto religiosa como administrativa (Joukowsky 2007, 101). Un gran desafío que enfrentan los arqueólogos en Petra radica en la imposibilidad de localizar el palacio y los archivos de la ciudad, lo que perpetúa el enigma en torno a la mayoría de las edificaciones.
La tarea de reconstruir el pasado de una cultura cuya importancia en la Antigüedad es innegable se presenta como un desafío de considerable trascendencia debido al limitado acceso a la información disponible. Hasta la fecha, los únicos testimonios escritos provienen de inscripciones halladas tanto dentro como fuera de la Nabatea. Otros soportes documentales, como los papiros, son escasos, con ejemplos notables, como los archivos de Babatha descubiertos en las cuevas de Nahal Hever.
Los esfuerzos por sintetizar el conocimiento nabateo han recaído principalmente en arqueólogos y filólogos, cuyas investigaciones han constituido la columna vertebral de nuestro entendimiento actual. En este contexto, la contribución de Carmen Blánquez a los estudios de Petra y la Nabatea la revela como una figura de gran relevancia, cuya labor demanda mayor difusión, no sólo en el ámbito español, sino también en los demás países de habla hispana. A lo largo de su distinguida carrera académica, Blánquez ha dedicado un considerable esfuerzo a profundizar en el devenir histórico de Petra y ha plasmado sus hallazgos en artículos y libros que la posicionan como una de las principales autoridades internacionales en el campo del conocimiento nabateo.
Ciertamente, la escasez de síntesis sobre el mundo nabateo es notable, y obras como las editadas por Manfred Lindner (1970), Philip Hammond (1973), Konstantinos Politis (2007) y Marie-Jeanne Roche (2009) son excepciones relevantes. La mayoría de las publicaciones se centran en la actualización de hallazgos epigráficos y en las memorias de excavación, aunque carecen de una perspectiva profunda que aborde aspectos cruciales como el origen de los nabateos, su sistema de gobierno, su economía, su religión y su notable dominio comercial, que les permitió establecer conexiones con el valle del Indo, Egipto, el sur de Arabia y el Mediterráneo.
En este contexto, Petra y el reino nabateo (Blánquez 2023), publicada por Dilema, representa una valiosa contribución al estudio de los reinos caravaneros, que han sido, en gran medida, pasados por alto en comparación con otras regiones de Oriente, como Mesopotamia y el Levante. Reinos como Palmira, Hatra y Nabatea se han considerado periféricos por parte de los orientalistas. No obstante, tanto Palmira como Petra y el resto de las ciudades nabateas han sido analizadas desde la perspectiva de los estudios clásicos al ser vistas como ciudades influidas por la cultura helenística y, posteriormente, por Roma.
Es innegable el influjo cultural, político y religioso de las potencias helenísticas y del Imperio romano en la región. En Petra, estos elementos se reflejan en la numismática, la escultura, la arquitectura y el urbanismo. Carmen Blánquez siempre ha ofrecido una visión equilibrada que contempla tanto el aspecto clasicista como el oriental, con lo que enriquece enormemente nuestra comprensión de este fascinante periodo histórico.
Desde un principio, Blánquez brinda un panorama más amplio de la Nabatea al abordar aspectos como el territorio controlado por la dinastía de Petra y las diversas áreas de influencia comercial que alcanzaron. Las fronteras del reino se extendieron por lo que hoy conocemos como Jordania, el Haurán, el an-Naqab, el Sinaí y el Hejaz. Los arqueólogos han descubierto numerosos emplazamientos con evidencia de ocupación nabatea que resultan fundamentales para comprender la gran influencia de Petra sobre la región, como Bosra, Oboda, Ḥegra, Tayma y Dadan. Además, se han encontrado pruebas epigráficas y arqueológicas de enclaves comerciales nabateos en lugares como Puteolos, Sidón, la isla de Cos y Mileto (capítulo 1).
El conocimiento sobre la geografía nabatea sobresale como un punto fuerte en los estudios de Blánquez. Un libro anterior, Viaje por la arqueología de Jordania, escrito con Ángel del Río Alda, muestra su dominio del área de influencia nabatea, por donde transitaban las distintas rutas del incienso y, posteriormente, la Via Traiana Nova, visible en algunos puntos de la actual Jordania (Blánquez y del Río 2009). Precisamente este conocimiento del entorno le brinda gran experiencia para reflexionar sobre aspectos clave que se presentan en su obra más reciente, como el control del agua, la agricultura y el comercio de las caravanas.
El segundo capítulo, por su parte, ofrece una exhaustiva investigación historiográfica que abarca desde las primeras indagaciones llevadas a cabo en el siglo XIX hasta el advenimiento de las exploraciones modernas, cuyos resultados propiciaron el redescubrimiento de Petra y otros enclaves nabateos. El lector podrá tener una perspectiva diacrónica de Petra, máxime si se consideran las modificaciones que han afectado a algunos de los monumentos de la ciudad, así como el entorno natural que en otro tiempo enmarcó las ruinas de la antigua capital.
El tercer capítulo está construido a partir de diversas fuentes primarias que incluyen los testimonios escritos de autores como Diodoro de Sicilia, Estrabón, Plutarco, Dion Casio y Flavio Josefo. No obstante, el estudio de las sociedades antiguas exige otro tipo de testimonios, como es el caso de la epigrafía nabatea, la cerámica, la numismática y los datos arqueológicos. Este estudio presenta una síntesis que va desde los orígenes de los nabateos hasta la anexión romana por parte del emperador Trajano en el año106 e. c. Algunos autores han explorado el pasado de los nabateos, pero al ser un grupo nómada ha sido difícil rastrear su lugar de origen. Tribus con nombres similares aparecen en registros asirios, en la Biblia y en fuentes helenísticas, como Heródoto.1 No obstante, los arqueólogos han explorado en regiones distantes de la península de Arabia, en sitios como Mleiha, donde se han registrado tumbas muy parecidas a las encontradas en Petra y Ḥegra (Mouton 2009).
La subsiguiente sección aborda una diversidad de instituciones y aspectos sociales reconstruidos a partir de diversos testimonios que abarcan los diferentes estratos de la sociedad nabatea, las relaciones de parentesco, las instituciones, así como las reinas que compartieron el poder con sus homólogos y que han sido individualmente retratadas en distintos ejemplares numismáticos (capítulo 4). Por otro lado, el quinto capítulo representa una exhaustiva revisión de la historia económica nabatea cuyo propósito es desmontar los estereotipos que circunscriben este pueblo exclusivamente al comercio de resinas aromáticas, noción desacreditada desde que Diodoro esbozara las características incivilizadas de los nabateos errantes. La composición económica, por consiguiente, requiere de una revisión actualizada y considerar que los nabateos, al establecer importantes urbes, se vieron compelidos a buscar medios para sostener sus cuantiosas poblaciones, razón por la cual idearon la integración de una agricultura intensiva en su economía.
Asimismo, como se mencionó en la primera parte, surge la cuestión de las rutas comerciales que conectaban diversos territorios desde el sur de Arabia hasta la costa oriental de África e India. Se sugiere incluso una posible vinculación con la Ruta de la Seda, que conectaba a los pueblos árabes con China a través del puerto de Gerra. Las actividades económicas se complementan con el capítulo siguiente sobre el agua y la tierra.
Los principales bastiones nabateos se encuentran en zonas donde escasean los recursos naturales. Sin embargo, según describe Estrabón, eran ciudades en las que crecían vides, olivos y cereales, además de contar con una infraestructura hidráulica que permitía a sus habitantes subsistir y embellecer la ciudad con fuentes y jardines, como el Petra Pool Complex (Blánquez 2023, 264).
El mundo religioso y funerario ha sido objeto de interés; sobresalen las obras de John Healey (2001) y Peter Alpass (2013). Blánquez, por su parte, señala la heterogeneidad de los aspectos religiosos nabateos, y evidencia una amalgama de divinidades de origen árabe y extranjeras (capítulo 7). Entre ellas, Dūšarā destaca como el emblema de los reyes de Petra, al ser el principal dios representado en numerosos betilos a lo largo de la ciudad. Además, se aprecian cultos provenientes de otras regiones como Siria, Egipto y los panteones grecorromanos. Los nabateos no mostraron dificultad para asimilar elementos iconográficos, como lo demuestran las esculturas encontradas en Khirbet et-Tannur y Qasr al Bint.
En el ámbito funerario (capítulo 8), Blánquez explora las diversas prácticas y creencias en el más allá a través de estudios realizados en las tumbas nabateas de Ḥegra y Petra. Sobresalen las fórmulas funerarias en inscripciones asociadas a tumbas, así como los memoriales nefesh, monumentos en forma de pirámide que honran la memoria del difunto. En Petra, algunos de estos memoriales se observan en la entrada de la ciudad, en el Sīq.
Los últimos dos capítulos se centran en los aspectos distintivos de la cultura nabatea (capítulo 9) y la vida cotidiana (capítulo 10). La atención de varios epigrafistas se ha dirigido a la lengua y la escritura nabateas, si bien los estudios generan más interrogantes que respuestas debido a la falta de consenso sobre el idioma antiguo empleado en Petra, donde las inscripciones reflejan una variante local del arameo. Respecto a la numismática, esta disciplina constituye una valiosa herramienta para reconstruir la secuencia dinástica de los gobernantes de Petra, ya que amalgama elementos tanto helenísticos como orientales. Finalmente, la cerámica fina nabatea se distingue por sus decoraciones florales, su pasta delgada y su excepcional calidad, lo que la convierte en un indicador crucial para identificar la presencia nabatea en diversos yacimientos. El último capítulo, centrado en la vida cotidiana, analiza aspectos como los tipos de vivienda, el clima, la dieta y las enfermedades.
Los estudios sobre Petra y la Nabatea requieren de actualizaciones continuas y nuevas perspectivas críticas. La disciplina del orientalismo antiguo, aún en sus fases iniciales, demanda una diversificación de voces y enfoques para alcanzar una comprensión más profunda de Oriente Próximo. Con el tiempo, es probable que muchos temas tratados en este libro sufran modificaciones, ya que la mayoría de los yacimientos nabateos no han sido explorados y gran parte de los edificios en Petra no se han localizado.
Es fundamental destacar la formación y la trayectoria académica de Carmen Blánquez como una contribución significativa al estudio de la Arabia preislámica, en especial en un contexto donde el orientalismo español estaba en sus primeras etapas. Blánquez demuestra un manejo excepcional al utilizar una amplia gama de fuentes, incluidos autores griegos, romanos y bizantinos que hacen referencia a Petra y a la Nabatea. Sin embargo, su papel como historiadora le permite incorporar otro tipo de testimonios, como las inscripciones, la cultura material, la emisión de monedas, la iconografía y datos científicos provenientes de estudios paleobotánicos, arqueozoológicos y antropológicos.
Aunque la huella humana nabatea puede ser mínima, Blánquez sostiene que aún es factible interrogarla para contribuir a la reconstrucción de su pasado. Desde sus primeras investigaciones, ha explorado preocupaciones teóricas y desafiado los falsos tópicos y los estereotipos generados en la narrativa historiográfica sobre los antiguos pueblos árabes (Blánquez 2007). Su sensibilidad hacia el mundo nabateo trasciende el mero interés histórico; se enriquece al aprovechar las experiencias de los bdul, los ocupantes más recientes, quienes conocen cada rincón de Petra y sus zonas cercanas con alto valor histórico y arqueológico. Se trata de una obra que no pierde de vista el presente.
La obra de Blánquez no se limita a un simple estudio introductorio o monográfico. Más bien refleja las ideas, las reflexiones y las vivencias de la mayor especialista del mundo nabateo en lengua castellana. Su enfoque crítico sobre la historia la lleva a cuestionar aspectos poco tratados en obras de los autores ya citados, como la sociedad, el desarrollo económico, las relaciones internacionales y la vida cotidiana de un pueblo que fue un importante nexo entre Occidente y Oriente en el cambio de era.
Para cerrar, el interés en Petra y los reinos caravaneros ha generado un eco significativo nacional, como lo evidencia la participación de Carmen Blánquez en el I Congreso Internacional de Estudios de Oriente Próximo y Egipto, celebrado en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo en la Ciudad de México en 2018, donde presentó una ponencia sobre Petra. Esta obra seguramente será de gran valor para los investigadores dedicados al estudio de la lengua árabe y la historia de los pueblos árabes en el contexto del periodo preislámico, debido al origen árabe de la sociedad nabatea. Este tema aún está pendiente en la agenda de la academia mexicana, particularmente en instituciones como El Colegio de México, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Nacional de Antropología e Historia.










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