Jaime Pensado es conocido por su historia social y política de la movilización estudiantil en la ciudad de México en los largos años de la década de 1960, que abarcan aproximadamente de 1956 a 1976 (Rebel Mexico. Student Unrest and Authoritarian Political Culture During the Long Sixties, Stanford University Press, 2013). En su más reciente libro opta por una historia cultural del activismo católico, ampliando el periodo para abordar la posguerra (1945-1955) además de los largos sesenta, y mantiene el foco en la juventud que accede a la educación superior, añadiendo a líderes de asociaciones católicas y profesionistas, prioritariamente en la capital del país. Con ello, introduce un ángulo cultural a un número aún pequeño pero significativo de historias del catolicismo del siglo XX en español, tales como la obra colectiva del año 2022 coordinada por Fernando M. González y González, Mario Ramírez Rancaño e Yves Bernardo Roger Solís Nicot (Militancias católicas en el México contemporáneo. Clandestinidad, secrecía y partidismo, Universidad Nacional Autónoma de México); o en inglés como el libro de Patience Schell (Church and State Education in Revolutionary Mexico City, University of Arizona Press, 2003). Este campo en expansión complejiza nuestra comprensión del periodo ca. 1945-1976 al poner al centro un catolicismo frecuentemente excluido, soslayado o menospreciado por historias que priorizan la movilización de izquierda y en las que el componente religioso, si figura, queda circunscrito a los movimientos surgidos de la teología de la liberación y la opción preferencial por los pobres, en diálogo explícito con el marxismo.
Pensado, por el contrario, retoma un amplio abanico de posiciones ideológicas y políticas, desde la extrema izquierda o la contracultura hasta la ultraderecha, enfocándose principalmente en la diversidad de las izquierdas. Quizá su retrato más logrado es el de los progresistas católicos que defendieron opciones pacíficas, a veces con tonos socialdemócratas, otras veces democristianos. El autor alimenta un análisis académico más allá del interés confesional y partidista, y un relato más diverso del activismo, que muestra la importancia política no sólo de la crítica a la violencia gubernamental, sino también de debates culturales como el de la liberación sexual, abriendo caminos para la historiografía del género y la sexualidad en México. Asimismo, aborda las conexiones con América Latina y Europa, contribuyendo a compensar la atención prioritaria al papel de Estados Unidos en la cultura juvenil y las políticas de la Guerra Fría.
Lo más distintivo del texto es cómo el cine y la prensa se vuelven fuentes privilegiadas para entender las preocupaciones y tensiones al interior del catolicismo, pero también agentes históricos. De hecho, aunque el autor no lo plantea así, podría considerarse su investigación como una historia de la heterogénea esfera pública católica contada desde las películas y las publicaciones periódicas, medios de comunicación en expansión. Además de ubicar la prensa más conocida, como La Nación, órgano del Partido de Acción Nacional (PAN), se incluye una multiplicidad de revistas de a veces corta pero significativa vida. Jugosas entrevistas a heterogéneos personajes, desde conocidos sacerdotes hasta espectadoras de cineclub, complementan las ya de por sí llamativas fuentes cinematográficas y hemerográficas. El foco está en los universitarios con recursos para protagonizar las vanguardias artísticas y culturales, disfrutar de sus obras como público, o para involucrarse sin remuneración en iniciativas de educación popular. Manifiestan su autoconciencia como emergentes líderes de opinión y del mundo de la cultura críticos del autoritarismo, y como defensores de la justicia social. Para estos últimos, el amor cristiano implicaba tomar conciencia del propio privilegio y un compromiso social con los que menos tenían.
En nueve capítulos distribuidos en tres partes, Pensado presenta los debates y las tensiones del activismo católico. La primera parte aborda a las y los más jóvenes que buscaron abrir el catolicismo a los nuevos retos de su época. El capítulo uno destaca la convicción de Emma Ziegler, presidenta de la Juventud Católica Femenina Mexicana (JCFM) y representante de la Organisation Catholique Internationale du Cinéma, a finales de los cuarenta y durante los cincuenta, de que la participación de las mujeres en política ya no era una opción sino una necesidad (p. 29). A favor de la castidad femenina, pero también del sufragio, Ziegler y sus compañeras defendieron la entrada de las mujeres en las profesiones y argumentaron que, en lugar de temer al cine, el catolicismo debía apropiárselo, educar al público para apreciarlo y fomentar la demanda y oferta de películas con mensaje católico. Enfrentando un conservadurismo cerrado a la discusión, ellas promovieron clasificaciones etarias para evitar prohibir completamente las películas y buscaron desarrollar una cultura cinematográfica con las voces jóvenes al centro.
El segundo capítulo trata de las dos organizaciones laicas más importantes en las universidades durante las décadas de los cincuenta y sesenta: La Corporación de Estudiantes Mexicanos (CEM), leal a los jesuitas, y el Movimiento de Estudiantes Profesionales (MEP), fiel a las autoridades de Acción Católica. Para mediados de la década de 1960 el MEP mantenía buenas relaciones con el Secretariado Latinoamericano en Sudamérica y el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), que adoptó la opción preferencial por los pobres y criticó el desarrollismo por fomentar la dependencia y explotación. A pesar de estos acercamientos a la izquierda, el MEP no llegó a establecer un diálogo pragmático con estudiantes marxistas. Tras rechazar las luchas armadas, y al aumentar los ataques conservadores a la teología de la liberación, adoptaron el lenguaje de los derechos humanos.
La segunda parte aborda a quienes criticaron abiertamente la violencia gubernamental de 1968 y 1971, distanciándose de los miembros de la jerarquía eclesiástica que prefirieron ignorarla. Se reconocen las divisiones del catolicismo progresista en torno a la opción armada como respuesta a la represión estatal, particularmente después de la masacre de Corpus Christi en 1971. Toma protagonismo la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, fundada en 1949 y formadora de escritores católicos y líderes del PAN. Algunos que empezaron en Señal, la revista de la Escuela, como Miguel Ángel Granados Chapa o Vicente Leñero, pasaron a Siempre!, Excelsior o Proceso, entre otros medios. Contribuyeron, así, a defender la libertad de expresión y construir una esfera pública más plural y diversa en México. Las diferencias entre los activismos católicos se discuten además en publicaciones como las jesuitas Christus y Liberación, o la dominica Contacto, y con la ayuda de personajes como Pedro Velázquez, cabeza del Secretariado Social, el claretiano Javier Hernández, el dominico Alex Morelli, el marista Rafael Reygadas, o José Luis Sierra, antiguo miembro de la conservadora CEM que se unió a la guerrilla en los setenta.
La tercera parte discute tanto las películas mexicanas que presentaron una dura crítica al catolicismo, deudora de Buñuel y actualizada para los radicalizados años setenta (en el capítulo nueve), como a quienes buscaron compatibilizar el catolicismo con la contracultura y la liberación sexual (en los capítulos seis a ocho). El capítulo seis aborda al cura hippie Enrique Marroquín, autor de La contracultura como protesta, colaborador de la revista de “la Onda” Piedra rodante, y defensor, como los xipitecas, de la justicia medioambiental. El capítulo siete se ocupa del Centro Universitario Cultural, un cineclub establecido por dominicos en Copilco donde se veían películas de Pasollini, Fellini, Antonioni o Buñuel. Entre sus espectadores estaban “los cerfs”, quienes consideraban “la liberación de la mujer y la homosexualidad como expresiones genuinas de amor” (p. 199). En entrevistas, mujeres y varones cerfs contaron que los estudiantes marxistas les parecían demasiado autoritarios y cerrados, entre otras cosas por despreciar la revolución sexual como insignificante o mero efecto del imperialismo gringo. En el capítulo ocho, siguiendo la trayectoria del periodista y novelista Vicente Leñero, se retoma la lucha por la dignidad homosexual de inicios de los setenta en la que fue clave Nancy Cárdenas. En el capítulo nueve se da mayor atención al conservadurismo escandalizado por el rock, las películas de Alejandro Jodorowski, o Sergio Méndez Arceo, el “obispo rojo” de Cuernavaca. El “amor” y la “desesperación” del título están presentes a lo largo del texto. El amor aparece en la caridad, con o sin opción por los pobres, así como en su versión contracultural y menos casta en la homosexualidad y la liberación sexual. Si el pánico moral ilustra la desesperación de la derecha, la izquierda vive su propia desesperanza ante la represión y la frustración de revoluciones y utopías.
Si bien la variedad de personajes, asociaciones, publicaciones y posturas políticas puede, por momentos, desorientar, la pluralidad de la militancia católica queda reconocida. Pensado restituye de forma persuasiva el componente católico de una escena cultural y una esfera pública crecientemente complejas. La desigualdad de género del activismo queda patente al mostrarse cómo el liderazgo femenino, cuando aparecía, se circunscribía a las campañas morales y sociales, mientras que era el “poder viril” y el liderazgo de jóvenes varones el que se creía que podría enfrentar la incertidumbre social y el conflicto político proveyendo una guía (p. 96). Sin perder de vista la represión, el autor recupera formas de democratización cultural que, aun con sus límites, buscarían plantar semillas para futuros más abiertos. En este sentido, resulta llamativo que, a pesar de la riqueza de los debates, y de las referencias a pedagogías que buscaban la horizontalidad, trasluce cómo, en la misión por concientizar y politizar al público, tanto entre conservadores como entre progresistas, aparecieron formas de “educar” con distintos grados de paternalismo y superioridad moral, con el cine y la prensa vistos como herramientas para convertir a un público “pasivo” en “activo”. El libro de Pensado ciertamente deja a tirios y troyanos con mucho que pensar.










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