En la fascinante introducción a este libro, el autor nos relata las circunstancias que acentuaron su interés por entender y explicar la relación entre los problemas monetarios de la vida cotidiana y los brotes de malestar social como un nudo de problemas que merecen la pena estudiarse a fondo. Nos cuenta que muy pronto después de llegar a Cuba, en el año 1993, fue testigo de las intensas dificultades económicas y monetarias que experimentaba la mayoría de la población de la isla durante una época de enorme escasez, tanto de alimentos básicos como de medios de pago. Piqueras, como agudo historiador social, señala que estas circunstancias contemporáneas le hicieron reflexionar repetidamente sobre los paralelos con la agitada historia social y económica cubana del siglo XIX, y en particular de fines de esa centuria, poco antes de la guerra de independencia de 1895-1898. Como dice de manera muy sugerente en las páginas iniciales de su libro: “El pasado atrapa al presente”.
A pesar de que se había despertado en él el interés por la problemática de la moneda y el malestar social, Piqueras tardó mucho tiempo en hincar el diente en el tema monetario. Probablemente esta demora se explica por el hecho de que a lo largo de los últimos tres decenios le convocaron a su estudio un gran abanico de temas paralelos que han dado fruto en sus múltiples libros sobre la historia entrelazada de Cuba y España en el siglo XIX, el colonialismo hispano, el comercio azucarero, el tráfico de esclavos por navegantes y comerciantes españoles. Su más reciente libro, titulado Negreros, recupera esa tremenda historia de la que fueron protagonistas buen número de empresarios hispanos esclavistas en el siglo XIX que abastecían a la Cuba de mano de obra capturada en África, y transportada y vendida en La Habana, aunque éste es un tema que la historiografía hispana ha ocultado hasta hace muy poco.
El libro que ahora reseñamos sobre moneda y malestar social en Cuba ha recibido el Premio Casa de las América del año 2022, y ello es no sólo un reconocimiento a un excelente texto sino también a la trayectoria de José Antonio Piqueras, historiador multifacético y fundador de la revista Historia Social, una de las publicaciones más longevas y prestigiosas en su campo en los países hispanos. Pero, además, es testimonio de la labor pertinaz de un investigador español que ha construido con enorme entusiasmo y erudición un rico mosaico de estudios entrelazados que nos develan aspectos novedosos y, a veces, poco conocidos de la historia de Cuba a lo largo de todo el siglo XIX. Pero, ahora, vayamos al grano.
El primer capítulo del presente libro ofrece un planteamiento general del estudio histórico de la moneda y, sobre todo, acerca del pensamiento respecto a lo monetario en el tiempo largo. Ofrece una síntesis sugerente de las reflexiones esenciales que expusieron varios autores clásicos sobre esta temática, tanto del Antiguo Régimen como aquellos del temprano siglo XIX. Ello contribuye a clarificar algunos de los desafíos que representa el estudio de la moneda, que frecuentemente desalienta investigaciones históricas sobre este tema crucial de la economía, la sociedad y la política. Eso es así porque, en efecto, la moneda es “misteriosa” en tanto que es varias cosas a la vez: una pieza metálica, un billete, una letra, pero además cambiante en su valor en el tiempo corto y largo. Y cambiante tanto en su valor en metal (plata u oro) como en relación con las mercancías por las que se intercambia y en relación también con monedas de otras tierras. Esta discusión adentra al lector en la universalidad del tema estudiado. A continuación, en el capítulo introductorio se subraya su importancia para la revisión de la evolución del sistema monetario de Cuba en el siglo XIX, señalando el cúmulo de problemas que habría de suscitar y, en particular, en medio de la crisis colonial de los últimos tres decenios del siglo XIX.
El segundo capítulo proporciona un panorama muy completo y detallado del sistema monetario en Cuba que repasa la evolución de los signos monetarios en el Imperio español en América desde el siglo XVI, para luego detallar sus valores en el siglo XVIII y principios del XIX, en especial el papel de las monedas de oro que cobraron tanta importancia en Cuba, probablemente en mayor grado que en cualquier otra colonia o nación hispanoamericana. Este tema se retoma luego en capítulos posteriores del libro. El tercer capítulo demuestra la gran variedad de monedas que circularon en Cuba a principios del siglo XIX, época de grandes cambios internacionales, guerras atlánticas y revoluciones políticas, que modificaron los intercambios comerciales y monetarios en casi todos lados. Se describe cómo Cuba pasó de ser parte del extenso Imperio hispano en América a convertirse en una singular colonia cuya economía fue propulsada por el comercio de azúcar, tabaco y esclavos. Para mediados del siglo Cuba era el mayor exportador de caña de azúcar del mundo. La consiguiente diversificación de intercambios mercantiles inevitablemente atrajo gran variedad de monedas a su economía, tanto españolas como extranjeras. A su vez, el texto ofrece una descripción detallada del sistema monetario en Cuba, que se basaba en normas españolas, pero con variaciones importantes entre 1810 y mediados del siglo. Los gobernadores españoles de la isla (generalmente militares) acataron los principales cambios en la legislación monetaria en la metrópoli, pero sin demasiado éxito. Por ejemplo, cuando el ministro Manuel Beltrán de Lis ratificó la reforma monetaria de 1848 en Madrid, procuraba poner orden en el sistema monetario hispano abigarrado, pero en Cuba tuvo efectos dispares, al igual que lo tendrían reformas monetarias posteriores.
El capítulo cuarto insta al lector a entrarle a un nuevo problema que era consecuencia de la introducción del papel moneda, o sea, de los billetes bancarios que comenzaron a circular a partir del establecimiento del Banco Español de La Habana en 1856. Esta novedad complicó la circulación local ya que la moneda fiduciaria se difundió en paralelo a la moneda metálica, provocando desconcierto entre muchos sectores sociales en tanto no era fácil determinar el valor preciso de intercambio de los billetes por plata u oro. Los comerciantes se volvieron expertos en el agio, mientras que sus clientes más humildes sufrían las consecuencias. De hecho, la entidad bancaria mencionada se convirtió en un poder tras el trono del poder colonial, pues, aunque era un banco privado, fue controlado por sus accionistas, que eran los más gruesos comerciantes y propietarios de la isla, que estaban prestos a auxiliar y negociar con las autoridades del gobierno español en La Habana. Por instrucciones de Madrid, el Banco Español ayudó a financiar la política imperial española, incluyendo la expedición naval a Veracruz en 1862, en apoyo a la invasión y ocupación francesa de la República mexicana, la intervención y guerra en Santo Domingo (1863-1865), y la primera guerra del Pacífico, cuando las fuerzas navales españolas bombardearon los puertos de El Callao y Valparaíso y ocuparon las islas Chincha para apropiarse temporalmente de sus ricos recursos guaneros.
En el capítulo cinco continúa con una descripción del papel de este banco colonial que era el Banco Español de La Habana, el cual fue instado a colaborar con el gobierno español en la lucha y reducción de las rebeliones en Cuba durante el periodo conocido como la Guerra de los Diez Años (1868-1878). El banco participó en la emisión de sucesivos empréstitos para financiar a las tropas hispanas, pero pronto el capitán general exigió que la entidad comenzara a emitir una gruesa secuencia de billetes que serían respaldados por el Tesoro en La Habana. Esta nueva fuente de papel moneda, sin embargo, no era convertible a oro, como sí lo eran los billetes bancarios del Banco Español, por lo que comenzó a gestarse una creciente confusión y desorden monetario. Uno se pregunta por qué la élite mercantil de Cuba aceptó este esquema complejo. Piqueras sugiere que era porque los empresarios locales deseaban evitar que el gobierno ratificara impuestos de guerra sobre comercios grandes y plantaciones. Pero también argumenta que esta opción les permitía evitar destinar mayores fondos a la compra de bonos de gobierno. Como resultado, las mayores fortunas cubanas pudieron retener sus capitales, que no tardaron en exportar en cantidades crecientes en oro a sus agentes financieros en Londres, París y Madrid, para invertirse en acciones de ferrocarriles y bancos, además de bienes raíces urbanos. De allí se deduce que las élites cubanas se convirtieron en actores claves en la forja de políticas monetarias -en alianza con el Estado- que permitía resolver el dilema del financiamiento de la guerra con billetes no convertibles, pero sus consecuencias sociales y económicas fueron nefastas en el mediano y largo plazo.
En el capítulo sexto uno aprende que, a pesar de existir un régimen monetario asaz complejo, con circulación de monedas de plata y oro, aunada a cantidades crecientes de billetes de banco y del Tesoro, siguió siendo aguda la falta de moneda fraccionaria que usaba el pueblo y el consumidor para sus compras habituales, especialmente de alimentos y bebidas. De allí que muchos comercios detallistas y las tiendas en las plantaciones emitieran seudomonedas, algunas de cobre, níquel, vales o “cuartillos de hojalata”. Las protestas no hacían sino aumentar y por ello el Banco Español de La Habana comenzó a introducir billetes de bajo valor, primero de 1 a 3 pesos y, luego, con valores en centavos. No obstante, el pueblo rechazaba este papel porque se mojaba y deterioraba con facilidad, provocando pleitos y protestas entre comerciantes y consumidores.
En el capítulo séptimo se pone el acento en la desvalorización de la moneda de plata a raíz de la baja internacional de precios del metal precioso. A su vez, la creciente desconfianza en el papel moneda llevó a las clases propietarias y los grandes comerciantes, así como a medianos propietarios y clases profesionales de la isla, a valorar cada vez más al oro que acaparaban como ahorro y también para fugar al exterior. Tan grave fue la desvalorización de los billetes bancarios y aquellos emitidos por el Tesoro que, después del fin de la guerra, las autoridades del gobierno y el Banco Español resolvieron iniciar el retiro de los billetes, política que de nuevo tendió a perjudicar a trabajadores y comercio detallista por falta de circulante. Al mismo tiempo, comenzaron las huelgas y revueltas populares, provocadas por las políticas monetarias perjudiciales. Como señala Piqueras, uno de los meollos de la situación conflictiva consistía en que “El azúcar y las restantes exportaciones se cobraban en oro, mientras los salarios de pagaban en plata o billetes”. Este sistema monetario desigual beneficiaba a los sectores pudientes, pero causaba daños fortísimos entre los asalariados y sectores trabajadores de todos los ramos económicos.
Durante la década de 1880, la situación empeoró en la medida en que se produjo una baja en valores de exportaciones de azúcar, que fue rematada por las restricciones presupuestarias oficiales y la entrega de los ingresos aduanales a una nueva entidad bancaria, el Banco Hispano Colonial, muy ligada a fuertes empresarios y políticos metropolitanos. Esta firma semioficial se encargaba del servicio de la deuda con Madrid y lo realizaba quedándose con la mayor parte de los impuestos pagaderos en oro en las aduanas cubanas. La fuga del metálico más valioso era reforzada por los pagos en oro de las importaciones mercantiles y las remesas de oro por parte de plantadores y grandes comerciantes habaneros. Como consecuencia para el comercio local no hubo otra alternativa que aumentar el uso de billetes no convertibles del Banco Español y del Tesoro o, alternativamente, utilizar pesos de plata mexicanos, que entraban a raudales para cubrir la demanda de moneda circulante. Sin embargo, los comerciantes ya habían aprendido cómo aprovechar el agio con las monedas de plata y los billetes cada vez más desvalorizados, creando situaciones cada vez más difíciles para los sectores populares.
El cúmulo de circunstancias adversas en los planos económico y monetario, ocurridas después del fin de la guerra en 1878, provocó un creciente malestar social pero también espoleó nuevos grupos y movimientos políticos en la isla. Después de 1880 se permitió una mayor actividad política de reunión, prensa y asociación. La principal división dentro de la población libre y blanca isleña se definía por las afinidades a la Unión Constitucional -conservadora y colonialista- o al Partido Liberal Autonomista, que también atrajo a los independistas. Pero a nivel popular, la expresión política fue más bien descontento, el cual se visibilizó no sólo en agitación social, algunas huelgas y motines de operarios, sino también en expresiones culturales de gran interés. En el capítulo noveno el autor recoge muchos testimonios del teatro bufo de la década de 1880 con selecciones de versos que transmiten -con mayor vivacidad que cualquier otro testimonio- la crítica irónica, el malestar, la desazón, pero también la burla y el humor popular en respuesta a circunstancias económicas y sociales muy penosas.
El malestar social se acentuó a principios de los años noventa, cuando, de acuerdo con Piqueras, los dos grandes bancos en la isla demostraron su falta de sensibilidad con el pueblo, pero también falta de realismo económico, que se acentuó a partir del estallido de la guerra de independencia en 1895. El autor subraya que el mayor banco, ahora bautizado como Banco Español de la Isla de Cuba, superó sin demasiadas dificultades los coletazos de la crisis financiera de 1893 en Estados Unidos, pero adoptó estrategias riesgosas a raíz de las prácticas cada vez más especulativas de un nuevo grupo de accionistas. Estos comprometieron la mayor parte de las reservas en intentos por manipular los precios del azúcar y en operaciones con bonos municipales de La Habana. Ello derivó en el rechazo renovado del billete bancario que carecía de adecuado respaldo en oro. Al mismo tiempo, el otro coloso, el Banco Hispano Colonial, siguió aplicando unas políticas extractivistas y colonialistas, exigiendo pagos en oro en las aduanas, que controlaban, pero remitiendo el metal de inmediato a España para cubrir las demandas metropolitanas de fondos para cubrir pagos de la deuda externa pública. Por otra parte, Piqueras señala la paradoja de que se mantuviera en principio un régimen monetario nominalmente anclado al oro en Cuba, mientras que en España seguía vigente un tipo de patrón plata.
Una vez iniciadas las rebeliones independentistas en el oriente de la isla en febrero de 1895, el gobierno español respondió rápidamente con el envío de decenas de miles de tropas y decenas de barcos de guerra para sofocar la insurrección. Tanto los políticos conser vadores en Madrid como los grandes hacendados y comerciantes habaneros temían por el futuro de sus negocios azucareros y tabacaleros que producían abundantes fuentes de rentas privadas y públicas que habían sido eje de la relación simbiótica entre metrópoli y colonia desde hacía un siglo. Al enfrentar un aumento de la actividad de los insurrectos cubanos, en 1896 el gobierno mandó al sanguinario general Valeriano Weyler para hacerse cargo de la represión. Aplicó los métodos de devastación de las tierras de los rebeldes y concentración de campesinos en lo que se pueden llamar pueblos estratégicos, método aplicado medio siglo más tarde por los estadounidenses en Vietnam con el término strategic hamlets. Weyler necesitaba financiar su guerra, cada vez más virulenta, con nuevos recursos y por ello volvió a la vieja práctica de la emisión de billetes de Tesoro no convertibles, que pronto comenzaron a depreciarse.
El capítulo once describe sintéticamente las consecuencias monetarias del desembarco de las tropas estadounidense en Cuba desde mayo de 1898 y la subsiguiente capitulación de las tropas españolas en agosto. El gobierno interventor de Estados Unidos en la isla reemplazó a los gobernadores militares españoles con generales estadounidenses que gobernarían hasta mayo de 1902, acompañados por gabinetes de civiles cubanos. Se introdujo el dólar como el patrón monetario de facto de Cuba. Este cambio no fue sencillo debido a la permanente circulación de diversos instrumentos monetarios en la isla, plata española y mexicana y billetes de banco desvalorizados, que eran de uso corriente entre los sectores populares, al tiempo que seguían abundando pesos de oro españoles y franceses, que era moneda manejada por grandes comerciantes y rentistas. No obstante, eventualmente los problemas monetarios tendieron a disiparse y aumentaron las exportaciones de azúcar y tabaco con destino a los mercados estadounidenses y permitieron incrementos muy sustanciales de los superávits comerciales. A su vez, Cuba se convirtió rápidamente en un destino preferente para las inversiones de grupos empresariales de Estados Unidos, con lo que se reforzó la creciente difusión de dólares en la isla. Entre 1899 y 1902 varias huelgas de trabajadores azucareros y tabacaleros lograron que se les pagara en dólares. De todas formas, subsistieron numerosos problemas, porque en la práctica seguía vigente un sistema monetario dual, en el que la plata se mantenía como moneda para el pago de muchos salarios y gran parte del comercio detallista. En efecto, la República cubana, puesta en marcha desde fines de 1902, heredaba muchos de los problemas monetarios del largo siglo XIX.
En el epílogo, Piqueras ofrece una serie de reflexiones finales sobre la relevancia del estudio de la historia monetaria cubana decimonónica para ahondar en la difícil comprensión de los graves problemas monetarios y financieros de los países latinoamericanos en épocas más contemporáneas. En particular remite a consideraciones sobre las devaluaciones e hiperinflaciones desde la década de 1980 en tantas naciones del hemisferio que han sido un vía crucis para la economía, el Estado y la sociedad, pero especialmente para sectores asalariados y pobres que no han podido mejorar sus ingresos, sino que, al contrario, han sufrido graves pérdidas que han llevado a una caída general del bienestar social. En este sentido, el autor sostiene que la moneda y los sistemas monetarios siguen ejerciendo efectos bastante inesperados y misteriosos por sus impactos sobre el bien común. Por ello, libros como el presente son un acicate para entender mejor las trayectorias tan complejas y a veces desalentadoras de las economías y sociedades latinoamericanas. La historia es por ello un espejo del presente que se ilumina con el reflejo del pasado.










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