Introducción
En el presente artículo identificamos puntos clave en la consolidación del estudio de las emociones en la antropología, la sociología y las ciencias sociales en México y América Latina en general. Nos apoyamos en una reflexión crítica de la noción de paradigma de Thomas Kuhn (1962, 1982) propuesta hace más de sesenta años y la llevamos al caso del estudio de las emociones. Recuperamos la propuesta de Kuhn porque este físico y filósofo estadounidense invitó a cuestionar las formas de construir el conocimiento científico y sus bases de legitimación, pensando en la ciencia como un conjunto de conocimientos en constante transformación. Asimismo, el autor considera las ciencias como un todo en el que es posible identificar cambios o revoluciones científicas que afectan el conocimiento y el desarrollo de la ciencia en general. De esta manera podemos observar cómo la dimensión emocional representa un nuevo paradigma en las ciencias sociales. Sin importar la disciplina o el acompañamiento teórico, considerar las emociones, el cuerpo y las sensorialidades como categorías analíticas nos permite señalar un cambio paradigmático en la manera de pensar al ser humano, el análisis social y, en consecuencia, la formulación de nuevas metodologías para su abordaje.
La conformación y consolidación del campo de estudio de las emociones, requirió -y sigue requiriendo- la relación e intercambio entre varias disciplinas que encuentran que la realidad social no puede explicarse sin la dimensión emocional como un eje articulador de prácticas, creencias, corporalidades, vivencias y relaciones de poder. Esto ha provocado el cuestionamiento a las dicotomías clásicas de la ciencia occidental: razón/emoción, objetividad/subjetividad, universalidad/particularidad, individualidad/colectividad. A partir de dichas dicotomías, se fundamentó el paradigma racionalista científico y se establecieron jerarquías de conocimiento para dar validez únicamente a aquello que podía ser observable, medible o cuantificable y comprobado a partir del método científico. Este planteamiento pretendía establecer formas de explicación universal y se reforzó con la entrada a la modernidad, las sociedades industrializadas y el afán por el progreso. Se pensaba, entonces, en un sujeto-ciudadano homogéneo, en una racionalidad general, y descartaba la potencialidad de las emociones o negaba las emociones por encima de dicha racionalidad.
Desde este marco objetivista, se pensó pertinente el estudio de las emociones, principalmente desde las ciencias psi o desde la medicina y las neurociencias para explicar y entender qué es una emoción. De esta manera se podían localizar en el cuerpo, estudiar el componente fisiológico e incluso nombrar patologías asociadas al poco control emocional y/o excesos emocionales. Así, la psicología y la psiquiatría se posicionaron como ciencias estudiosas de la emoción, pero también se destinaron a regularlas, reconocerlas con nombre y encauzarlas de ser necesario (López 2019). Será hasta entrado el siglo XX que se hará evidente el interés por las emociones y los afectos desde sus componentes socioculturales.
Thomas Kuhn (1971) 1 señala que el desarrollo científico es disruptivo y revolucionario, está anclado a un contexto social particular del que no puede separarse. En ese sentido, el filósofo de la ciencia dirá que cada época tiene su propio paradigma. Los paradigmas se construyen teóricamente, a partir de técnicas de aplicación, de instrumentos y supuestos filosóficos, pero, también, de formas de ver el mundo y la experiencia en él. Para el autor, el científico no puede abstraerse de su realidad social, la experiencia cobra un lugar importante en la construcción teórico-metodológica, que permitirá la elaboración de un lenguaje común dentro de una comunidad científica. Ésta se encargará de legitimar y reproducir las propuestas surgidas, lo que implica una transformación en el pensamiento: "Sin embargo, es sólo después de que la experiencia haya sido determinada en esa forma [es decir, desde un ejercicio evaluativo retrospectivo], cuando puede comenzar la búsqueda de una definición operacional o un lenguaje de observación puro" (1971: 202).
Si bien podríamos cuestionar la idea del "lenguaje de observación puro o neutral", nos resulta interesante la manera en la que el autor señala que esta experiencia será puesta al servicio científico una vez que la comunidad científica -como sujeto que guía su actividad- valide los métodos, técnicas y leyes que surgen del conocimiento. Kuhn dirá: "el lenguaje no solo transmite palabras y estructuras de palabras sino contenidos y significados sociales [también] transmite sus reacciones, esperanzas y creencias" (1971: 201); a partir de este lenguaje, se hacen distinciones y se clasifica. Una comunidad científica es aquella integrada por personas que comparten un paradigma, un lenguaje y las reglas que lo conforman. Esta comunidad comparte valores y formas de operación que, en todo momento, están siendo reevaluados.
Kuhn coloca como lugar de posibilidad de maduración y transformación de la ciencia y, por tanto, del surgimiento de un nuevo paradigma, a la anomalía y a la crisis. Ambas surgen de cuestionar las leyes y metodologías establecidas y desde donde se estudiaba y explicaba determinado fenómeno. Para explicar lo anterior, el filósofo recurre al concepto de matriz disciplinar y señala que es "'disciplinaria' porque se refiere a la posesión común de quienes practican una disciplina particular; 'matriz' porque está compuesta por elementos ordenados de varias índoles, cada uno de los cuales requiere una ulterior especificación" (Kuhn 1971: 279-280). Esta categoría kuhniana posibilita identificar las partes o elementos que configuran un paradigma y que son los que se ponen en tensión o disputa al reformularse en el marco de una disciplina. En ese sentido, señalamos que las revoluciones científicas son cíclicas porque el pensamiento científico está constantemente en cuestionamiento y evaluación -aunque haya una matriz que perdura-. Este proceso conlleva a detectar anomalías en su operacionalidad para crear nuevos paradigmas que transforman el concepto del mundo y su forma de verlo (Kuhn 1971).
Sin embargo, para el estudio de las emociones, no hubo una sola dirección disciplinaria. Este campo requirió el reconocimiento y legitimación de una comunidad científica diversa y la conformación de un pensamiento interdisciplinario para dar respuesta a las inquietudes compartidas que surgieron de este naciente interés científico. En palabras de Maíz, se originó de "diversas insatisfacciones epistemológicas" (2020: 12) porque el paradigma emocional imponía el reto de construir nuevas herramientas metodológicas.
Sugerimos tres momentos para entender la conformación y consolidación del paradigma emocional: 1) el contexto sociopolítico que favoreció el estudio de lo emocional, en el marco de lo que Eva Illouz2 llama el capitalismo emocional y de la autenticidad. Se puede reconocer la tendencia social en los siglos XX y XXI de acercarnos a lo psi. De esta manera, surgen agentes sociales que apoyan causas políticas movilizando la emoción. En lo académico, identificamos una tendencia en la que los científicos se hacen presentes en sus trabajos como sujetos históricos activos dentro y fuera de la academia. Consideramos que dicho contexto sociopolítico influyó en: 2) la institucionalización del estudio de las emociones: al socializarse, publicarse avances al respecto y proponer nuevos seminarios con esta temática, se consolida y reconoce su pertinencia académica y social. Para ello fue necesaria una apertura institucional y que personajes sobresalientes en las universidades realizaran investigación de impacto y crearan grupos de trabajo en congresos3. Es relevante mencionar la extensa producción de artículos académicos que dan cuenta de propuestas teórico-metodológicas, los ejes temáticos más relevantes, así como de cuándo, cómo y quiénes precedieron en el campo.4
Consideramos que el debate de colocar la dimensión emocional en el centro de ciertas investigaciones, o bien, de la posibilidad de contemplarla como parte del todo social ha sido establecido (Sirimarco y Spivak 2018; Fernández 2011; Ariza 2020; López y Enríquez 2023; Vázquez 2023). Hemos avanzado en la construcción de metodologías adecuadas para el campo de las emociones. Por ejemplo, recurrir a la etnografía -hoy tan utilizada por diversas disciplinas además de la antropología- como una herramienta teórico-metodológica muy adecuada para registrar aquello que observamos de la dimensión emocional (Jacobo y Martínez 2022). Por eso, proponemos que estamos presenciando otro momento: 3) reconocimiento de las emociones como categoría analítica. Es decir, pasamos de simplemente nombrarlas y considerarlas como un problema de estudio a una construcción teórica que posibilita un análisis transversal de distintas problemáticas sociales. Así mismo es importante reconocer cómo el surgimiento de agentes políticos tanto en el contexto nacional como en el internacional ha movilizado la emoción en el terreno social y académico. Pensamos que es momento de detenernos y mirar con atención que estamos en la construcción de un renovado paradigma científico que coloca las emociones, el cuerpo y las sensorialidades5 en el centro, ya no de forma desarticulada sino en relación permanente. Esto ha provocado la creatividad metodológica y el surgimiento de nuevas formas de pensar al ser humano, construir los datos y entender la realidad social.
En un primer momento de este artículo, analizamos, a partir de la propuesta de Eva Illouz, cómo el contexto social y político ha influido en la introducción de las emociones como un elemento primordial tanto en la vida cotidiana como en el ámbito académico. Esto ha dado paso al paradigma emocional que permitió la consolidación de la dimensión emocional en las ciencias sociales y humanas y, así, en un segundo momento, recuperamos algunas situaciones que han dado pie a la institucionalización de estos estudios en México, cuestión que ha influido en las aulas y en los procesos de enseñanza-aprendizaje, hasta dar el empuje necesario para generar nuevos temas, problemas y preguntas de investigación que acompañan a las nuevas generaciones.
El paradigma emocional y sus diversas formas de aplicación
El siglo XX dio paso a lo que Eva Illouz ha llamado la cultura terapéutica. Por ejemplo, hoy día es notable la incorporación del lenguaje psicoanalítico en la vida cotidiana o la popularización de distintas corrientes psicológicas que, como consecuencia, ha introducido en distintas esferas sociales una nueva forma de explicación de la vida, de comprensión del yo y su relación con "los otros". Según la autora, esta cultura terapéutica se configuró como una medida para operativizar las emociones en el marco del sistema capitalista. Se conformó un lenguaje emocional cotidiano que apela a la organización, cooperación y producción, mediante el fortalecimiento y desarrollo del "yo" a través de la gestión emocional, lo que genera la construcción de sujetos hiperproductivos, "responsables de sí mismos" y de sus acciones (Illouz 2010).
El desarrollo de lo psi en el contexto de lo que Eva Illouz llama el capitalismo emocional y de la autenticidad lleva a establecer nuevas normativas de comportamiento que trascienden la esfera privada y se convierten en discursos públicos. Para la autora, "la construcción del capitalismo se hizo de la mano de la construcción de una cultura emocional especializada" (2007: 18). A decir de Illouz, cuando nos centramos en la cultura emocional, podemos ver y analizar, de otra forma, cómo se organiza el capitalismo y cómo las esferas pública y privada no están radicalmente separadas. Por el contrario, nunca como ahora el yo "tuvo una representación tan pública ni estuvo tan ligado a los discursos y valores de las esferas económica y política" (2007: 19). Es un tema del que han llamado la atención diferentes autores,6 por lo que es necesario reflexionar respecto a cómo el capitalismo ha dado pie a pensar las emociones desde otro lugar y favorecer el control de las mismas. Esto provoca una instrumentalización, una sobreidentificación de la emoción y el nombramiento de las mismas a partir de herramientas psicológicas.
Esto es visible a través de la cultura de la autoayuda que ha permeado a las empresas, las universidades y al Estado, sobre todo en las grandes ciudades. Eva Illouz señala que "el discurso terapéutico ha mostrado una resonancia cultural enorme que ha sido representada en el interior y a través de las principales instituciones de la modernidad" (2010: 21). Esto crea un marco de valores, imágenes, hábitos y sentidos que compartimos en tanto nos desenvolvemos en el contexto capitalista que genera expectativas de vida, pero, también, de sujetos.
la identidad moderna se encarna de manera cada vez más pública en una serie de lugares sociales a través de una narrativa que combina la aspiración a la autorrealización y la afirmación del sufrimiento emocional. La frecuencia y la persistencia de esa narrativa, que podemos llamar una narrativa de reconocimiento, se relaciona con los intereses ideales y materiales de una variedad de grupos sociales que operan en el mercado, en la sociedad civil y dentro de los límites institucionales del Estado (Illouz 2007: 19).
Así pues, el capitalismo emocional creó un lenguaje que da cuenta de un determinado ethos enfocado en formular nuevas formas de accionar y operar frente a los cambios provocados por la modernidad íntimamente ligados a las emociones y sus efectos en las relaciones sociales. La cultura terapéutica propia de un discurso profesional, que se popularizó a través de la industria cultural -libros, guías de autoayuda, audios, talleres, etcétera- y las tecnologías de la información, marcó el establecimiento de un estilo emocional, caracterizado por la combinación de distintos modos de atención y terapéuticas, de marcos de sentido, de representación y comunicación que permearon la vida pública y privada. El impacto ha tenido largo alcance, que ha resultado en modificaciones en el discurso de las luchas sociales, en la reivindicación de derechos y en las propias nociones de justicia. Las emociones se convirtieron en el escenario protagonista de las desigualdades sociales, las luchas de poder y las disputas por el reconocimiento.
Si damos unos pasos hacia atrás, el giro reflexivo en América Latina de alrededor de los años 80 del siglo XX7 viene acompañado de una serie de procesos políticos que pretendían cambiar drásticamente a la sociedad y provocar la inclusión de actores históricamente dominados o subalternos. Las guerras centroamericanas y las dictaduras en el Cono Sur, la lucha por la libertad sexual, así como el feminismo encaminado a legitimar y reivindicar a las mujeres sus derechos, además de denunciar las múltiples violencias estructurales y cotidianas a las que estamos expuestas, todo ello implicó una crítica al pensamiento y posturas teórico-metodológicas que permeaban en la academia y evidenció las grandes contradicciones de las ciencias sociales. Se reconoció otra dimensión de lo humano, en donde lo emocional está presente para entender fenómenos, protestas, efervescencias sociales. Si bien se había propuesto al subalterno como "su sujeto de estudio"-sobre todo de la antropología-, no se lograba establecer un diálogo con dicho sujeto que posibilitara la construcción de un conocimiento y reuniera las múltiples voces existentes. Fue una época en la que se pretendía que el quehacer científico tuviera impacto más allá de la academia -cuestión que hasta hoy perdura en términos de la antropología colaborativa o comprometida.
En este contexto, y frente a las ciencias exactas, las ciencias humanas han tenido que voltear y observar "su propia humanidad". Ha sido fundamental reconocer el cuerpo y las emociones desde una concepción sociocultural y no solamente biologicista, o al menos ya no de forma separada sino en relación y mutua influencia. Tanto el viraje hacia la reflexividad como los acontecimientos históricos antes mencionados fueron la antesala de lo que hoy conocemos como el giro afectivo -del inglés affective turn-, que ubicamos dentro del paradigma emocional. Al respecto, es importante señalar el debate que existe en torno a la diferenciación entre emoción y afecto y, en consecuencia, por nombrar giro afectivo a este nuevo campo de estudio en las ciencias sociales. Respecto a ello, como mencionan Lara y Enciso (2013), el uso de giro para nuevas tendencias teóricas proviene de un interés de la ciencia por nombrar aquellos cambios revolucionarios de paradigma. Para el caso específico del giro afectivo, los autores mencionan que
Se ha definido principalmente por dos urgencias teóricas: el interés en la emocionalización de la vida pública, y el esfuerzo por reconfigurar la producción de conocimiento encaminado a profundizar en dicha emocionalización. Así el afecto y la emoción aparecen como el nuevo affair que está seduciendo con fuerza a las ciencias sociales provocando un movimiento académico que se concentra en "aquello que se siente" y que combina la teoría psicoanalítica, teoría del Actor Red, estudios feministas, geografía cultural y teorías posestructuralistas entre otras (Lara y Enciso 2013: 102).
Quien posicionó el debate sobre la diferencia entre afecto y emoción fue el teórico y filósofo Brian Massumi, en The autonomy of affect (1995). El autor pensó los afectos independientes de significados socioculturales desde un principio corpóreo y presocial. Al separar estos dos conceptos se produjo, de alguna manera, un acercamiento a la emoción y a los afectos a partir de una lógica occidental-moderna y encerrada en un paradigma cientificista racionalista. Es decir, estudios que mantienen una idea del afecto medible, cuantificable y explicable a partir de la constitución fisiológica y biológica del cuerpo y estudios que se orientan a lo cultural y social para explicar las emociones entendidas desde la cultura y las personas que las enuncian, las explican y las definen.
La filósofa argentina Mariela Solana (2020) contribuye a este debate sobre la diferencia entre afecto y emoción visto a través de los ojos de Massumi. La autora se pregunta si es necesaria esta distinción. ¿Es útil para el estudio de los afectos y las emociones? A lo que responde:
Lo que sugiero, en síntesis, es que la transformación y la reproducción, la novedad y la repetición, el movimiento y la posición no son lugares establecidos en un mapa ontológico que divide entre afectos y emociones o entre sensaciones y representaciones o entre lo no conciente y lo conciente. Las sensaciones corporales no siempre son espontáneas e indeterminadas ni las prácticas culturales son tan fácilmente predecibles. Puede haber tendencias al detenimiento o impulsos transformadores en ambos lados. Esto no es algo que se pueda determinar a priori sino que debe ser el resultado de la investigación [...] Cuando además de una distinción entre niveles de conciencia y articulaciones verbales se empieza a construir una ontología binaria que deja a lo novedoso, impredecible, mutable, contradictorio, complejo y fluido del otro lado de lo social, emotivo, discursivo y cultural creo que es problemático y reduccionista. El proceso corporal-discursivo, afectivo-emotivo y sensorial-cognitivo de la vida social incluye tanto prácticas que tienden a reforzar lo establecido como actos que logran trastocar lo heredado. Es imposible saber de antemano si una acción será meramente reiterativa, fuente de novedades o si hace ambas cosas al mismo tiempo. En lugar de armar mapas ontológicos binarios a partir de los cuales poder situar la fijeza y el cambio, es preferible que estas valoraciones surjan de la investigación de fenómenos sociales específicos (Solana 2020: 37).
Coincidimos con la autora en que pensar una diferencia entre afecto y emoción conduce a antagonismos o binarismos que no contribuyen a este campo de estudio. El estudio del cuerpo también conlleva un análisis social sobre comportamientos, técnicas, expresiones, gestos que se repiten, se reproducen y, por supuesto, cambian en el tiempo y en el espacio. Por tanto, lo importante es construir teorías y metodologías que den cuenta respecto a la articulación entre cuerpo y emoción al tiempo que confrontan los binarismos del modelo científico clásico. Nos parece que la apuesta es integrar una visión no dicotómica que comprenda al ser humano en su construcción social, cultural y biológica, sin pares de oposición o mutuamente excluyentes. Por tanto, como ya han dicho varios colegas, la dimensión emocional está siempre presente, pero de alguna manera, desde los marcos del paradigma de la objetividad, se había dejado a un lado como medio de construcción de conocimiento.
Lo anterior acentúa "la tensión esencial" entre el pensamiento divergente y el pensamiento convergente planteada por Kuhn. De acuerdo con esta línea, consideramos que el estudio de las emociones y los afectos proviene de un pensamiento divergente que, situado en un locus y corpus crítico, cuestiona los posicionamientos tradicionales de la ciencia, es decir, al pensamiento convergente. Esto genera una ruptura epistemológica que envuelve al paradigma emocional en suspicacias y dudas surgidas de aquél, aún centrado y formulado desde la noción de objetividad.
Sin embargo, como diría Feyerabend (1975) en el prólogo de Tratado contra el Método, "no hay una racionalidad científica que pueda considerarse como guía para cada investigación", es decir, hay múltiples racionalidades. Para el caso que nos compete, podríamos decir que el estudio de las emociones como paradigma está conformado por lo que el filósofo anarquista austriaco llama el pluralismo metodológico. Puesto que ha permitido la creación de puentes de comunicación entre distintas disciplinas, como la sociología, la historia, la antropología, la neurociencia, el arte y la psicología social, que toman a las emociones como categoría analítica, éstas han coincidido en la importancia y necesidad de su estudio para la compresión de los fenómenos sociales emergentes.
En esta búsqueda de nuevas estrategias, planteamientos éticos y herramientas teórico-metodológicas, se ha dado por incorporar las emociones de quien investiga dentro del proceso de construcción de conocimiento a través de diferentes técnicas, como la autoetnografía o los trabajos desde la perspectiva reflexiva, la etnografía reflexiva y otras metodologías (Ghasarian 2002; Peláez 2020; Jacobo y Martínez 2022). También se han aplicado técnicas de elicitación para establecer la conexión entre olfato y memoria (Sabido 2021), el performance como una expresión artística a través de la cual se narran corporalmente determinadas experiencias socioemocionales y saberes (Citro 2020) o el análisis de la historia de las sociedades a través de lo audible o aural (Dominguez 2022).
Podemos encontrar estas tendencias en otros estudios que ponen en el centro las dificultades de realizar investigación en medios y con personas poco "tradicionales" para la antropología (Shoshan 2015, 2021; Martínez-Moreno 2020, 2022). La recuperación de la experiencia en campo, cómo el género, la edad y las emociones, incide en la redacción de textos académicos y la importancia de hablar de ello para la formulación de nuevas prácticas éticas (Cerri 2011; Mazariegos 2022). Otro ejemplo es el trabajo de Rubén Muñoz y Claudia Salinas (2017), quienes sugieren las metodologías encubiertas como recurso para ciertos temas y poblaciones. Estos trabajos permiten evidenciar el cuestionamiento a lo que se hace o hacía en el pasado en la ciencia y lo que ahora se propone hacer. En este mismo sentido Sirimarco y Spivak señalan que:
la implicación emocional es un ingrediente sustantivo del proceso de comprensión de un grupo social y que dicha emocionalidad, lejos de ser un componente residual del análisis, puede ser conceptualizada como una de las múltiples relaciones que construyen el campo (Sirimarco y Spivak 2018: 12).
Lo colectivo en la emoción, su estudio, institucionalización y nuevas prácticas pedagógicas en la investigación social
La institucionalización del estudio de las emociones en México, fue un proceso y plataforma necesaria que brindó un suelo firme a quienes comenzaban a abordar las emociones como objeto o como categoría de análisis. Dicha institucionalización se dio en el marco de distintas coyunturas políticas y sociales que dirigieron la mirada académica a nuevos actores sociales, por ejemplo, la guerra contra el crimen organizado durante 2006 implicó vivir una guerra de "baja intensidad" en la que el país se encontraba en tensión constante. Las noticias sobre detenciones y muertes se volvieron parte de nuestra rutina, una de sus consecuencias fue el surgimiento de movimientos sociales, como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (2011). Esto traería al contexto mexicano un nuevo actor político: los buscadores, madres, padres y familiares de desaparecidos y asesinados a consecuencia de la cruda violencia del país. Hoy, esa situación ha adquirido una magnitud inimaginable que permea el contexto mexicano de dolor y frustración frente al aumento de las desapariciones. En los últimos tiempos, no podemos obviar el impacto que tuvo la pandemia por covid-19 y la reflexión que trajo sobre la salud mental, emocional y física en el ámbito académico y social.
Ante esta coyuntura, la academia enfocó su mirada hacia problemáticas vinculadas a las violencias provocadas por "la lucha contra el narcotráfico", a la violencia de género, a los procesos de salud-enfermedad-atención, a los movimientos migratorios y a los activismos políticos de búsqueda de desaparecidos, feminicidios y las demandas feministas. Estas manifestaciones sociales se han descrito, desde una perspectiva socioantropológica, como comunidades unidas a partir del dolor, la rabia y el miedo (Vargas 2021, 2024; Bravo 2022). Es decir, la emoción-acción política colectiva ha cobrado un papel medular que podemos explicar, entre otras cosas, por el rompimiento de la dicotomía público/privado y, con ello, el reconocimiento de las emociones en la esfera pública y común a los agentes sociales.
Todo ello ha marcado una impronta colectiva en su reflexión. Lo que nos lleva a reconocer que el paradigma emocional no surgió únicamente desde la academia, sino desde otros marcos de acción y sentido, como son los activismos políticos. Esto es importante para comprender el boom que hoy día tiene el estudio de las emociones y del cuerpo, ya que los grupos y sujetos con los cuales trabajamos se posicionan desde ahí en la lucha por sus derechos. También para la reproducción de la vida cotidiana que, vinculado a ello, constantemente coloca categorías analíticas, como cuidado, acuerpamiento, responsabilidad afectiva, crianza afectiva, entre muchas otras. Es decir, ha surgido una nueva forma de construir relaciones sociales donde las emociones se consideran, visibilizan y recuperan en la construcción de nuevas normativas de interacción, encaminadas a la construcción de un bienestar común; al menos, esa es la utopía.
En ese sentido, cuerpo y afectos son dos herramientas teórico-políticas para la comprensión del acontecer actual de las sociedades que habitamos. Ya no bastaba con nombrar las emociones y decir que existen o establecer tipologías; se requería considerarlas como un elemento teórico. Como señalan Spivak y Sirimarco, "la emoción, no se vuelve una pieza solitaria que vale por su sola enunciación, sino que se transforma en un engranaje que -anclado en objetos, personas, eventos, decires- colabora en la dilucidación de una determinada pregunta en un determinado campo empírico" (2018: 11).
En paralelo, dentro de la academia, se fue institucionalizando el estudio de las emociones. Por ejemplo, en México, la consolidación de este estudio se ha desarrollado gracias al trabajo de investigadoras que han construido grupos de trabajo y seminarios:
Mariza Ariza, Seminario Institucional de Sociología de las Emociones (SISE), Instituto de Investigaciones Sociales (IIS), Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 2008.
Oliva López, fundadora de seminarios y, junto a Rocío Enríquez, de Red Nacional de Investigadores en el Estudio Socio-Cultural de las Emociones, UNAM, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 2012.
Edith Calderón, pionera mexicana en el estudio de las emociones, ha ofrecido diversos seminarios desde 2010, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y Universidad Autónoma de México (UAM) Iztapalapa.
Ana Josefina Cuevas Hernández, Universidad de Colima; Tania Rodríguez Salazar y Zeyda Rodriguez Morales, Universidad de Guadalajara; coordinadoras del Seminario Interinstitucional de Emociones e Interdisciplina, 2015.
Frida Jacobo, Las Emociones de Ida y Vuelta. El registro etnográfico de la dimensión emocional en la investigación social, UNAM, 2018.
Alice Poma, coordinadora del Seminario Interinstitucional sobre Emociones y Activismo de Base, IIS, UNAM, 2021.
Olga Sabido, UAM Azcapotzalco, quien ha recuperado la obra del sociólogo alemán Georg Simmel para proponer el estudio de la dimensión sensorial.
Vinculado con lo anterior, desde nuestra experiencia como docentes e investigadoras en clave emocional, consideramos que esta institucionalización del estudio de las emociones ha estado y debe seguir fortaleciéndose a través de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Las aulas, como señala bell hooks (1994), se convierten en espacios donde el pensamiento crítico que se construye a través del diálogo lleva a reconocer la potencia de lo colectivo en la emoción. En este sentido, las nuevas generaciones apuntan y empujan a reivindicar el posicionamiento, la subjetividad y la emocionalidad como elementos indispensables para entender, conocer y explicar el mundo, lo social. Para ello, consideramos pertinente revisar la relación entre ontología, metodología y teoría.
La socióloga estadounidense Margaret Archer (2009) propone que ontología, metodología y teoría deben enseñarse articuladas entre sí y señala: "Mi argumento principal es que no podremos salir de este caos teórico si no reconocemos las conexiones tripartitas entre ontología, metodología y teoría social práctica y aseguramos la consistencia entre ellas" (Archer 2009: 32). No desarrollamos aquí la propuesta de esta autora, sin embargo, nos interesa reflexionar sobre cómo este cambio de paradigma en las ciencias sociales involucra una manera distinta de concebir al ser (dimensión ontológica). El agente social tiene una presencia más participativa, emotiva y corporal tanto en las acciones políticas como en iniciativas que apuntan hacia un cambio cultural y social.8 Esto repercute en analizar la realidad social considerando marcajes de género, clase, etnia, desde donde ese agente reacciona, se posiciona y actúa frente a su realidad. Las emociones son concebidas dentro de un marco sociocultural y reflexivas en el sentido en que los sistemas culturales de significado ayudan a entender, vivir y expresar la emoción. Cornejo señala que:
una emoción tendría un nivel corporal que incluye lo sensorial y lo discursivo (entendido como acto de habla) para establecer un puente conceptual entre el nivel físico del cuerpo y las sensaciones y su relación con una actividad intelectual que se produce cuando se intenta expresar lo que se siente en palabras. (2016: 97).
Introducir la dimensión emocional es una nueva forma de entender y analizar al ser humano -incluido el investigador- desde su cuerpo, sus sentidos que no sólo dan forma a la realidad, sino que nos permiten construirla en nuestras actividades, relaciones sociales, etcétera. En consecuencia, es necesario adoptar y generar un pensamiento crítico y metodologías experimentales que permitan enfrentar nuevas realidades, nuevas temáticas de estudio donde se conciba a ese sujeto como un ser emocional, racional y complejo. Es decir, desde una ontología que promueve un ser activo, propositivo y en resistencia; un punto de partida teórico que humaniza al ser y lo provee de emociones, contradicciones y transformación constante, así como desafiar el pensamiento occidentalizado que rechaza lo colectivo y pone el acento en la emoción individual. Frente a diferentes posibilidades metodológicas, para nosotras un auxiliar importante a considerar serían aquellas que recuperen la subjetividad de quien enuncia (en un ejercicio de ida y vuelta), que acentúen el carácter político y público de las emociones e involucren a quien hace investigación en sus propios temas de estudio. No se trata únicamente de "aparecer" en nuestros textos o etnografías, sino de problematizar nuestra presencia en campo como herramienta metodológica.
Esto resulta desafiante porque las emociones son el lugar donde se intersectan lo individual y lo colectivo y se pone en juego el peso del contexto social y cultural para enunciar, silenciar o expresar emoción. Una herramienta conceptual a la que se ha recurrido es la comunidad emocional proporcionada por la antropóloga colombiana Myriam Jimeno (2010) y, desde la historia, por Barbara Rosenwein (2006). Ambas autoras coinciden en señalar que, si bien no será siempre estable la conformación de esa comunidad, se cruza con compartir emociones en un momento histórico particular. Amaranta Cornejo (2016) señala, a partir de la propuesta de Rosenwein, que
al hablar de comunidad emocional me refiero a una colectividad donde sus integrantes evalúan un evento de forma común [...]. Sin embargo, a pesar de la convergencia emocional, la comunidad no es un espacio estable, sino provisorio en términos de quiénes la integran y cómo la habitan. A la par que cambia su conformación cambia la convergencia emocional. De esta forma, como lo explica Marina Garcés (2013), no es un punto de llegada, sino un espacio ya existente en el cual afectamos y nos dejamos afectar. Conforme cambia la convergencia emocional, cambian las formas de actuar, y cambian también quienes integran esos espacios (Cornejo 2016: 99).
En este apartado llamamos la atención respecto a un cambio importante en cómo, desde lo académico, se ha transformado la manera de pensar a los agentes sociales. Desde nuestro quehacer antropológico nos interesa recuperar el posicionamiento al hacer investigación, la subjetividad propia y de los actores sociales aunado a la posibilidad de pensar en comunidades emocionales para analizar las convergencias, divergencias y transformaciones constantes de dichas comunidades.
Conclusiones
Los contextos histórico-sociales contemporáneos apuntan a nuevas realidades y, por lo tanto, a nuevas formas de explicar y comprender los fenómenos. Si estamos frente a un nuevo paradigma que introduce cuerpo, emociones y sensorialidades, como hemos visto en este ensayo, se debe tanto a una respuesta a este nuevo contexto como a que las teorías tradicionales no alcanzan a explicar lo que vivimos. Abrirse a concebir las emociones como parte de lo social empuja a diversas perspectivas del ser, a nuevas teorías y a herramientas metodológicas que permitan el involucramiento de las personas en los procesos de investigación que realizan y, así, dar cabida a encuentros afortunados y desafortunados que generen estrategias frente a temas y contextos nuevos o "no tradicionales".
Proponemos promover desde el aula otros caminos para la comprensión social, ser transparentes en cuanto a la manera en que experimentamos el trabajo de campo y mostrarnos como seres complejos en transformación, en cuestionamiento del lugar de enunciación y propio. Sin embargo, es necesario aprender a distinguir espacios donde es importante mantener el anonimato -propio y de los otros-, modificar nuestros acercamientos, subjetividad, complicidad con los sujetos y, por supuesto, construir una nueva ética de investigación.
El objetivo de este artículo ha sido exponer algunos de los elementos que consideramos que han nutrido al paradigma emocional, a partir de ciertos momentos coyunturales, pasando por la formalización e institucionalización del estudio de las emociones y la enseñanza como un recurso para su fortalecimiento. Se agrega a ello que hemos cambiado la manera en la que concebimos los objetos de estudio, ahora como sujetos vivos en movimiento y conformando comunidades emocionales dinámicas. Movernos a la par de estos sujetos vivos evitará el estancamiento del pensamiento social.










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