León acuátil que los mixtecos llaman nanaciuta; cierta
especie de nitrie (nutria),
es un cuadrúpedo anfibio que habita en las riberas del
mar Pacífico y en algunos ríos de aquel reino.
Su cuerpo tiene tres pies de largo y la cola dos. Su
hocico es largo, sus piernas cortas y las uñas corvas
(Clavijero 1780)
Introducción
Al igual que la construcción de un paisaje, la vida del ser humano es un proceso temporal y ante la dificultad intrínseca de abordar el estudio cultural de las sociedades pretéritas, Ingold (2000: 93-94) propone puentes de unión entre la Antropología y la Arqueología mediante las relaciones tiempo y paisaje. Por su parte, las etnociencias nos ofrecen modelos verificables sobre diversos dominios del saber y el comportamiento humano, algunos inspirados, por ejemplo, en las interfaces de la antropología con las ciencias naturales, así como en las conexiones temporales entre diversidad ecológica y cultural (Costa Neto y Santos-Fita 2009: 45-53).
Como una de las formas de conocimiento y clasificación indígena del mundo material y social, particularmente de la fauna (Sánchez 1994: 177), la etnozoología suele establecer estrechos vínculos no sólo con la antropología simbólica, sino también con la arqueología (Stepp 2005), cuyos aportes al análisis de procesos socioculturales desde la perspectiva diacrónica (Ramos y Corona 2017; Ramos 2019), permite articular muy diversas preguntas de carácter zoológico respecto a distintas líneas de evidencia arqueológica ofreciéndonos la posibilidad de for mular interpretaciones multidisciplinarias mucho más enriquecedoras.
Asumimos, como sinónimo de ambiente (Thomas 2001, 2008), que el estudio del paisaje y sus percepciones no sólo aporta distintas pistas sobre los entramados hombre-fauna que las pudieron originar (Posey 1982, 1999; Escobar 2015: 25-38; Sánchez-Maldonado 2017), sino también sobre las formas mediante las que los pueblos actuales y del pasado construyen el “aura” de aquellos lugares a los que, junto con los animales que los habitan, revisten de remembranza y de sentido.
Como sistema simbólico y a la vez textual en el que pueden leerse creencias, ideologías, significados y valores (Cosgrove y Daniels 1988; Cosgrove 1992; Duncan 1990, entre otros), el análisis paisajístico de la región sur del istmo de Tehuantepec, que involucra el estudio de las nociones zoológicas tradicionales, la toponimia y las memorias; constituye una vía para aprehender el hecho social desde la óptica de sus habitantes a diferentes escalas espaciales y temporales.
Después de entrelazar naturaleza, cultura, memoria, valores y prácticas de los paisajes construidos (Lindholm y Ekbiom 2019), asumimos que la noción de patrimonio involucra necesariamente a la biota, de la cual destaca la fauna no sólo como referente en nuestra existencia, sino también por la importancia tangible o intangible de su papel ecológico o su arraigo en muy diversos esquemas culturales (Utrera 2016). Aunado al examen de las formas visibles o inmateriales en el paisaje, la articulación de los datos arqueológicos respecto a dichos saberes entre hablantes de zapoteco está permitiendo desentrañar al valor cultural que ciertos animales pudieron tener en los procesos de construcción en algunos momentos de la época prehispánica. Como proceso histórico en el que se amalgaman elementos del medio natural y el rotulado de ciertas estampas en el arte rupestre e incluso en figurillas cerámicas zoomorfas, damos cuenta del eventual simbolismo atribuido a la fauna nativa, así como del papel que ésta pudo tener como parte de diversas expresiones identitarias.
La región sur del istmo de Tehuantepec
Constituyendo desde el pasado un puente natural y vía de comunicación para no pocos grupos humanos en tránsito entre las tierras septentrionales y meridionales de Mesoamérica (Rivas 2016: 50-51), el istmo de Tehuantepec se ubica en la amplia zona de transición entre las regiones Neártica y Neotropical, espacio en el que se entreveran distintos rasgos biogeográficos de las provincias Veracruzana, de la Sierra Madre del Sur, así como de las Tierras bajas del Pacífico y las Tierras altas de Chiapas, condiciones propicias para la formación de diversos nichos ecológicos y distintos ecosistemas, algunos de los cuales sólo quedan relictos (Pérez, Meave y Gallardo 2001). En particular, el sistema de cuencas del estrecho, una hacia el Pacífico y la otra hacia el Golfo, hacen de éste uno de los territorios más húmedos de México, cuyas condiciones ambientales favorecen el desarrollo de una notable biodiversidad, así como un alto grado de endemismo de especies animales y vegetales (Morrone 2005: 207-52, 2019: 16-17; Rios-Muñoz 2013: 1022-1030). De acuerdo con sus características fisiográficas y ambientales, el istmo suele diferenciarse en las regiones norte, centro y sur (Toledo 1995; Martínez-Laguna et al. 2002: 118-135). Esta última es la región delimitada por las laderas orientales de la Sierra Madre junto con las estribaciones suroccidentales de la Sierra Atravesada o Tolistoque, cuyas vertientes descienden hacia el mar después de formar una amplia planicie que, abarca desde Santo Domingo Tehuantepec hasta Tonalá Chiapas, abriga a su vez una serie de lagunas y afluentes que finalmente drenan al Océano Pacífico. Descendiendo de las montañas al occidente de dicha planicie, la cuenca del río Tehuantepec destaca por ser la de mayor caudal además de que su vertiente constituye el paso natural e histórico entre los Valles Centrales y el sur del istmo.
Adscritos también a la región hidrológica 22 (Tehuantepec), desde la Sierra Atravesada descienden otros afluentes como el Espíritu Santo y el Ostuta, ríos menores que componen la cuenca de las lagunas Superior e Inferior que, en el área de Santa María del Mar, finalmente drenan al océano. De este mismo sistema, el río Los Perros o Guiigu’ Bi’cunisa, que en lengua zapoteca del istmo [diidxazá] significa “río de los perros de agua”, nace desde las serranías próximas a Guevea de Humboldt, y en su descenso sortea pueblos como Guienagati, Guidxixú, Lachivixá, Laollaga y Chihuitán en su parte media, así como Ixtepec, Ixtaltepec, Espinal y Juchitán, en la parte baja antes de mezclar sus aguas con las de la Laguna Superior en las cercanías de Santa María Xadani. Más que un territorio con límites definidos orográficamente, esta red hidrográfica constituye un espacio donde distintas historias de vida se han visto engarzadas por sus ríos, lagunas y manantiales, cuerpos de agua que desde el pasado igualmente beneficiaron zonas de recursos animales y vegetales propios de selvas altas perennifolias, de bosques de pino-encino y bosques mesófilos en las zonas montañosas, así como de selvas bajas caducifolias, espinosas, palmares y pastizales en la llanura costera (Figura 1).

Figura 1 Regionalización del istmo de Tehuantepec; rasgos fisiográficos generales y principales ríos de la cuenca hidrológica 22 en la región sur (reelaborado de https://es.wikipedia.org/wiki/Istmo_de_Tehuantepec).
Por toda la región sur del istmo igualmente asoman manifestaciones de la experiencia humana sobre el paisaje, gracias a que sus fértiles suelos aluviales, junto a dichos acuíferos, figuran como elementos perentorios en el desarrollo de los grupos que la han habitado desde el pasado (Rivas 2016; Berrojalbiz 2019). Así, por ejemplo, en torno a distintas fuentes de agua, concebidas como lugares sagrados, existen no pocas manifestaciones del pensamiento simbólico que marcan lugares de ofrenda cuyos orígenes se remontan a la época Prehispánica, culto materializado en diversas expresiones culturales.
Breve historia de un paisaje trastocado
De acuerdo con Campbell (1994), la región fue escenario de múltiples contactos entre pueblos ikook, chontales, zoques, nahuas, mixtecos, mixes y zapotecos. La historia de su ocupación se remonta por lo menos 3500 años, de ello destaca que la respectiva cronología pudo ser elaborada a partir de los datos obtenidos principalmente en la cuenca baja del río Los Perros, en cuyas márgenes se registró el mayor número de asentamientos y materiales arqueológicos diagnósticos (Delgado 1965; Peterson y McDougall 1974; Méndez 1975; Zeitlin 1994; Zárate 1997, 2003, 2010; y Winter 2007; Montiel et. al. 2014 citados por Rivas 2016: 22-28). De dicha línea temporal, el esquema general que aquí atañe parte del momento en el que los habitantes de los primeros asentamientos en los márgenes de los ríos Tehuantepec y Los Perros en el periodo Preclásico temprano (ca. 15001100 aC) incrementaron paulatinamente sus actividades agrícolas y de apropiación de recursos vegetales y animales en selvas y montes (Zeitlin y Zeitlin 1990; Winter 2010, 2013); mientras que durante el periodo Clásico (ca. 900 aC a 900 dC), sucedieron diversos cambios, no sólo en las expresiones culturales regionales, sino también en el crecimiento poblacional o reacomodos de nuevos asentamientos a la orilla de ambos ríos con la consecuente intensificación de las actividades agrícolas por toda la llanura costera. Posteriormente, a inicios del Posclásico aumentó la densidad de comunidades a lo largo de la cuenca baja del río Los Perros, aunado a diversos arreglos espaciales habitacionales en el otrora fértil valle de Jalapa, desde las márgenes de los ríos Tehuantepec y Tequisistlán hacia zonas de terrazas dispersas al pie de monte. A finales de este periodo ocurrió un paulatino despoblamiento de la cuenca baja del mismo afluente, lo que se reflejó en nuevos arreglos de aldeas menores e independientes en la planicie aluvial, así como al margen de algunos afluentes al pie de las serranías.
Más allá de algunos cambios en los estilos arquitectónicos e incluso la edificación de sitios monumentales en la cima o las laderas de las montañas como Dani Guiengola [Cerro o Piedra grande] y Cerro Negro (Berrojalbiz 2019), durante el Posclásico destacó el arte rupestre como principal expresión cultural por los discursos que construyeron el paisaje simbólico, la cosmovisión de los grupos humanos que habitaron la región sur y por las abundantes grafías vegetales, y principalmente animales, plasmadas en no pocos abrigos rocosos y cuevas al pie de las montañas o en las márgenes de los ríos (Zárate et al. 2013: 93-122, 2020; Berrojalbiz et al. 2020; Rivas 2016, 2019).
Es improcedente desvincular el paisaje de la dimensión espacio temporal de cualquier fenómeno humano (Thomas 2001, 2008; Ingold 2000), por lo que consideramos dichas manifestaciones como un primer registro etnobiológico y como entidades activas que, a finales del periodo Clásico y durante todo el Posclásico, participaron tanto en los discursos simbólicos implícitos en la construcción y apropiación de los espacios, como en los entramados hombre biota en la región (Figuras 2 y 3).

Figura 2 Interior del abrigo 1 en el sitio Ba’cuana; registro fotográfico del Conjunto 1 (Reelaborado de Berrojalbiz 2019); y disposición de ofrendas actuales a su interior (Imagen de F. Flores 2022).

Figura 3 Región sur del istmo de Tehuantepec, cuencas hidrológicas y principales afluentes. (Reelaborado de INEGI-Conagua 2007). En recuadros negros y rojo, ubicación de los últimos registros de Lontra longicaudis a lo largo de la vertiente litoral oaxaqueña (reelaborado de Enciclovida 2020).
Como parte de aquel escenario, rasgos topográficos particulares y registros estratigráficos en distintos lugares de la planicie costera (Walrath 1967) señalan que las condiciones ambientales durante la época Prehispánica pudieron ser significativamente más húmedas que las actuales, ya que el Sistema Lagunar Huave, formado por la Laguna Mar Tileme, la Laguna Inferior y las lagunas Oriental-Occidental, había cubierto mayores extensiones de terreno, por lo que existieron pequeños estanques y cuerpos de agua salada en diferentes puntos de la región. Si asumimos que los aportes de las cuencas hidrológicas que drenan hacia el sur del istmo (Centro Cultural y de Convenciones de Oaxaca 2015) no sólo eran permanentes, sino también de mayor caudal incluso en tiempo de secas, concierta con el modelo generado por extrapolación de datos geomorfológicos e hidrológicos (CentroGeo, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología 2012) en el que se aprecia la extensión potencial de aquellos humedales que pudieron existir tanto en la llanura costera como en algunos lugares de la cuenca media del río Tehuantepec (valles de Jalapa y Narro), así como en la del río Los Perros. Sin embargo, casi 1000 años después de aquel momento en que ríos, manantiales y lagunas, junto con la biota formase parte importante del discurso de los antiguos habitantes del lugar, el paisaje entre las cuencas del río Tehuantepec y la del río Ostuta fue alterado severamente durante toda la época Colonial y hasta finales del siglo XIX (Machuca 2007, 2008; Reina 2013; Martínez-Laguna et al. 2002, entre otros).
Posteriormente, las afectaciones más graves ocurrirían a partir del siglo XX, a consecuencia de la construcción de diversas obras hidráulicas, entre las que destaca la presa Benito Juárez (1962), cuyos cárcamos de bombeo desvían el agua del río Tehuantepec hacia los extensos campos agrícolas en la llanura costera y abastecen del líquido a la refinería en Salina Cruz desde finales de 1980. Si bien el ariete más violento fue la alteración del ecosistema ripario del Tehuantepec junto con la de extensos humedales cercanos a la costa (Ellis et al. 2016: 37-39), a ello se sumó el emplazamiento de diques, canales y represas a lo largo del río Los Perros, lo que exacerbó la especulación y monopolización de las tierras agrícolas cercanas a ambos afluentes (Sánchez y Oropeza 2000; citados por Gómez-Martínez 2005).
Con mayor impacto en los últimos 60 años, la ya histórica alteración de los ecosistemas naturales montaña arriba, sumado al trastorno de las dinámicas geohidrológicas en las cuencas bajas de ambos ríos, se tradujo en la destrucción del hábitat de algunas especies animales antes comunes por toda Mesoamérica y de las que sabemos muy poco desde la perspectiva etnozoológica y zooarqueológica. Tales son los casos del tapir centroamericano Tapirus bairdii, en zapoteco pechezolo o pèche-zólo, cazado por última vez en 1950 en las márgenes del río Tehuantepec a unos pocos kilómetros del poblado de La Mixtequilla (Martín-Regalado et al. 2013: 458-461) o de la nutria neotropical (Lontra longicaudis annectens, Major 1897), mamífero que prácticamente desapareció de ambos afluentes en los últimos 50 años.
De acuerdo con los actuales planteamientos en torno a las relaciones interespecies, entidades sensibles cuya existencia material y la de los mundos a los que pertenecen está actualmente amenazada (Granados y Piar 2007; De la Cadena 2020, citados por Gómez et al. 2023: 115-122), lo antes bosquejado ilustra cómo determinadas acciones humanas, tanto del presente como del pasado, han puesto en grave peligro la conservación de los no humanos en muy diversos lugares del ámbito mesoamericano y, en particular, en la región sur del istmo (Flores en prensa).
Bicunisa
De acuerdo con Gallo Reynoso (1997), en México existen tres especies de nutrias, dos que habitan ecosistemas riparios y una, la Enhydra lutris nereis (Merriam 1904), es eminentemente marina. En lo que respecta a las nutrias de río, son dos las subespecies que habitan en la región septentrional del país, en el noroeste la Lontra canadensis sonorae (Rhoads 1898) y Lontra canadensis lataxina (Cuvier 1823) en el noreste; mientras que Lontra longicaudis annectens (Major 1897), la nutria neotropical, originalmente se distribuía en casi todos los grandes ríos de las planicies costeras, arroyos, lagos, presas y lagunas costeras, tanto de la vertiente del Golfo como del Pacífico, aunque sus poblaciones han declinado drásticamente en las últimas cinco décadas debido principalmente a factores antropogénicos (Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad 2020). Adaptados a una variedad de hábitats, a estos mamíferos se les solía encontrar en casi todos los ríos, presas, lagos y lagunas de ambas franjas costeras a todo lo largo de la Sierra Madre y toda la vertiente del Golfo de México, principalmente en afluentes de relieve poco pronunciado, de aguas claras y perennes con vegetación de galería propicia para la construcción de sus madrigueras en áreas rocosas o troncos caídos en sus márgenes, aunque en ambientes secos suele encontrárseles en las pozas profundas que retienen el agua en periodos de sequía (Gallo-Reynoso 1989; Briones et al. 2016; Casariego-Madorell et al. 2006).
Adscritos a la Familia Mustelidae (Sánchez et al. 2015), son carnívoros exitosos y ávidos depredadores al tope de la cadena ecológica que se alimentan principalmente de peces, crustáceos y pequeños mamíferos, aunque también pueden ingerir pequeñas aves, anfibios, reptiles y ocasionalmente insectos y frutos (Quadros y Monteiro 2000; Soler-Frost 2004).
En función de la abundancia relativa de sus presas y en virtud de su sensibilidad a las perturbaciones y la contaminación, la presencia de las nutrias en los ecosistemas acuáticos es considerada un importante indicador del estado de salud y conservación de los cuerpos de agua (Casariego-Madorell 2013). Sujetos a una intensa explotación durante la época Colonial, estos mamíferos han padecido desde entonces la progresiva destrucción de su hábitat por contaminación, deforestación y la construcción de grandes embalses, así como por el comercio ilegal que hasta hace poco aún persistía en algunas localidades del sur del país a pesar de que se trata de una especie amenazada (nom-059) y bajo protección (Gallo-Reynoso y Manfred 2018, entre otros).
Su importancia cultural entre los antiguos pueblos mesoamericanos y de Aridoamérica se corrobora por su amplia distribución en territorio mexicano y los topónimos que, en lenguas como el amuzgo, maya, mixteco, ópata, purépecha, rarámuri, tzotzil o zapoteco, designan tanto poblados como ríos, por ejemplo Tampico, que en huasteco o teenek significa “Lugar de los perros de agua” o Escuinapa, Sinaloa, vocablo que procede del náhuatl Aitzcuinapan [atl, agua, izcuintli, perro y pan, río].
En diversas leyendas, mitos, cantos y poesía se asoma la visión que los antiguos grupos humanos que poblaron la región tenían de la nutria neotropical, que en lengua zapoteca del istmo se llama bi’cunisa o “perro de agua”, pues al subsistir gracias al agua de sus afluentes, igualmente atribuyeron particular simbolismo a la biota de los ecosistemas riparios a lo largo de sus cauces (Flores en prensa). Acotado al caso del litoral oaxaqueño y con base en registros directos e indirectos a lo largo de un periodo que va de 1958 hasta finales de 1990, Gallo-Reynoso (1989, 2013) señala que podían encontrárseles o que era común observar sus rastros (letrinas, comederos, madrigueras, huellas e incluso pieles para su venta), desde la cuenca del río La Arena en Pinotepa Nacional, hasta los ríos que desc ienden de la Sierra Sur y la Sierra Atravesada. Hacia 1969 las reporta en la cuenca baja del río Tehuantepec, así como en sus tributarios, lo ríos Quiechapa, Nejapa y el Tequisistlán, antes de su embalse en la presa Benito Juárez, en cuyos márgenes también registró algunos de sus rastros. Aunque el mismo autor no precisa fechas o lug ares específicos, en la llanura costera istmeña también da cuenta de su presencia a lo largo del río Los Perros, así como en los cauces de los ríos Ostuta y el Zanatepec.
Estudios más recientes, realizados de 1998 a 2013, ubican las poblaciones de nutrias más importantes en San Pedro Huamelula, Santiago Xanica, Santiago Astata y San Miguel del Puerto, así como en la cuenca alta del río Copalita (RH 21, Costa de Oaxaca), y los cauces permanentes de los ríos Ayuta, Chacalapa y Zimatán. En este marco, destaca el hecho de que, desde finales de 1960, no existen registros sistemáticos de nutrias en los cuerpos de agua adscritos a la RH22 (Tehuantepec), específicamente en la cuenca baja de este río, luego de la obstrucción de su caudal original por la presa Benito Juárez (1962), así como en la del río Los Perros, afectada igualmente por las distintas obras hidráulicas emplazadas a lo largo de su cauce en los últimos 60 años (Figura 3).
Información zooarqueológica
En territorio mexicano, además de algunos registros fósiles correspondientes al Pleistoceno, contamos solamente con algunos registros arqueológicos de la época Prehispánica en el Cerro El Indio, Durango, en Xochicalco, Morelos y en la Laguna Miramar en Chiapas (Guzmán 2003; Álvarez y Ocaña 1999; Rivero Torres 1992; citados por Arroyo Cabrales et al. 2013), ninguno de los cuales fue interpretado como evidencia de uso por los humanos, sino como elementos intrusivos que llegaron al depósito de manera natural.
En el caso de la región sur del istmo, el especial interés por conocer el papel que las nutrias y otros animales pudieron tener entre los antiguos habitantes de la región sería inicialmente motivado por diversos materiales recuperados de El Carrizal, sitio ubicado justamente en las márgenes del Guiigu’ Bi’cunisa o río Los Perros, a menos de dos kilómetros al noroeste de Ixtepec (figura 4). Previamente registrado a partir de los materiales en superficie (Wallrath 1967: 164; Zeitlin 1978: 173), en 2003 el lugar fue objeto de excavaciones arqueológicas en las que, junto con algunas residencias, entierros humanos y hornos, fueron hallados otros elementos diagnósticos, principalmente del Preclásico tardío, asociados muy probablemente a grupos mixe zoques (Winter 2004a: 1748; Campa y Winter 2009: 2019-2034). De entre las abundantes figurillas zoomorfas recuperadas, correspondientes a la fase Kuak (ca. 200 aC-1 dC), algunas serían clasificadas por Violeta Campa (2008: 72-77), como “tipo” nutria al tratarse de piezas en posición sedente con cabezas redondeadas, ojos aplicados y cuerpos en proporción normal respecto a sus extremidades cortas. Junto a éstas, también se identificaron representaciones de ardillas, monos y aves (fase Goma 400-200 aC), así como de cánidos o venados, felinos, búhos, tortugas, armadillos, ranas, jabalís, liebres, tlacuaches y reptiles, fauna oriunda de la selva baja caducifolia del istmo. A diferencia de Winter (2004a: 27-28), quien argumenta que este tipo de piezas pudieron servir como juguetes al igual que los aerófonos, desde un primer momento concertamos tanto con Campa (2008: 72), como con Sánchez y Cortés (2012: 78-81), respecto a que estuvieron vinculadas al significado atribuido a todo el conjunto de figurillas antropomorfas y zoomorfas, no sólo como elementos de la parafernalia ritual de los antiguos pobladores de la región, sino también como elementos del paisaje sonoro (Zalaquett et al. 2014), de distintos lugares hacia finales del periodo Clásico. De particular interés resultaron las excavaciones en el área A de El Carrizal, donde al nivel de un estrato de sedimentos aluviales a 3 metros de profundidad y por debajo de los materiales culturales, fue hallado el esqueleto completo y articulado de una nutria, cuyo arreglo anatómico sugiere que ésta pudo morir, ya sea por causa natural o por el derrumbe de su madriguera ubicada en la antigua orilla del río, aproximadamente 10 metros por encima de su cauce (Figura 4). Además de que en El Carrizal no se hallaron basureros domésticos o evidencias directas de consumo masivo de carne de estos y otros animales como venados o conejos (Winter 2004a: 27), la ubicación de la osamenta en la estratigrafía permitió descartar la posibilidad de que se tratase de un espécimen usado para la alimentación de sus antiguos habitantes. La ausencia de este tipo de evidencias motivó la idea de que antes o incluso durante la ocupación humana del Clásico en las márgenes del Guiigu’ Bi’cunisa, las poblaciones de nutrias en aquel ecosistema ripario debieron ser prósperas, además podría dar cuenta del eventual establecimiento de una relación de convivencia entre las nutrias y aquellos pobladores del lugar, principalmente con los pescadores. Ya que estos carnívoros son ávidos depredadores de peces, crustáceos, pequeñas aves, anfibios, reptiles, insectos, frutos (Quadros y Monteiro 2000; Soler-Frost 2004) y de acuerdo a la abundancia de sus presas, su presencia en los ambientes acuáticos da cuenta de la calidad del acuífero (Casariego-Madorell 2013; Martín-Regalado y Lavariega 2016), dicha relación parece reconfigurarse actualmente entre los habitantes de mayor edad en distintos pueblos cercanos al Guiigu’ Bi’cunisa, quienes suelen referir con nostalgia que antes, “donde sabían que andaban las nutrias”, había que echar las redes y poner las trampas pues habría buena captura de peces y crustáceos (Flores en prensa).

Figura 4 Ubicación de El Carrizal y la Cueva del Diablo en relación con otros sitios arqueológicos y rupestres en la cuenca del río Los Perros (reelaborado de Berrojalbiz 2006); osamenta de nutria hallada en El Carrizal, y soportes de vasijas en la Colección Arqueológica de la Casa de la Cultura de Ixhuatán (imágenes de F. Flores 2022).
Trascendiendo en el tiempo, la importancia atribuida a las representaciones zoomorfas de El Carrizal y otros sitios pudo haberse incorporado durante el periodo Posclásico al simbolismo atribuido a las plantas y animales figurados en el arte rupestre como parte de los discursos constructivos del paisaje cultural en aquel entonces. Razonar el paisaje rupestre como una construcción histórica que combina elementos del entorno natural (por ejemplo geoformas, hidrografía, vegetación, entre otros) con el rotulado de determinadas imágenes sobre los soportes rocosos (Buxo 2006: 1-6) permite concluir que es un proceso de vida (Di Gimimiani y Fonk 2015: 7-24); el cual, en el caso de la región sur istmeña, se manifiesta en las actuales y antiguas experiencias de percepción y uso de los espacios (G. Di Méo 1998, 2005), propios de la selva baja caducifolia, así como de sus ríos, lagunas y manantiales.
Un ejemplo de cómo el paisaje se imbuye de significado en las prácticas sociales ligadas a un lugar y de cómo se manifiesta a través de procesos que operan en diferentes escalas espaciales y temporales (Lefebvre 1991; Soja 1997), podría ser el que asoma en la llamada Cueva del Diablo, abrigo rocoso ubicado al noroeste de Santiago Laollaga al fondo de una pequeña cañada formada por un arroyo estacional en las laderas del cerro La Pedrera, mismo que desagua directamente al cauce del Guiigu’ Bi’cunisa (Figura 4). Se trata de un sitio de arte rupestre cuya composición pictórica, con motivos animales y líneas ondulantes fue motivo de una inspección arqueológica en 2006, de la que posteriormente derivó uno de los estudios compilados en el texto Las pinturas rupestres y petroglifos del istmo de Tehuantepec, en el que Zárate y colaboradores (2013: 115-121), elaboraron una detallada descripción de los distintos conjuntos pictóricos en varios sitios de la región para los que, a falta de códices zapotecos que aportasen códigos de interpretación, recurrieron a las propuestas de Seler (1980; citado por Espinosa 2010: 196-199) en su estudio sobre el Códice Borgia, como método comparativo crítico de las fuentes, así como de la información arqueológica implícita en esculturas y cerámicas. En el caso particular de la Cueva del Diablo, sus interpretaciones giraron en torno al tema de las montañas sagradas como morada de los primeros dioses, del fuego y los alimentos, así como lugar calendárico, religioso y mítico, principalmente durante el periodo Posclásico. En sus glosas destacan algunos elementos del panel como por ejemplo, gotas de agua o gotas de sangre del sacrificio a manera de chalchihuites (piedra preciosa) y que dan origen a un río que desciende en cascada, junto con representaciones de conchas de caracol que simbolizan la vida y -aunque no precisan ubicación- el origen subterráneo de dicho afluente desde una cueva por donde corren las aguas primordiales y de donde surgió un pueblo, una cultura y una religión (Zárate et al. 2013: 115-121). Ubicado en la parte inferior del panel principal, señalan además la existencia de un petrograbado formado por un circulo interno y otro externo, unidos mediante líneas que semejan 13 rayos, añadiendo que alrededor del mismo se observan figuras semejantes a los xonecuillis, símbolos identificados por Sahagún (1989 [1582]) como panes de uso ritual, cuyo arreglo pictórico glosan como re presentaciones esquemáticas de rayos solares. A manera de estanque o poza, el espacio en el que aparecen los personajes que escenifican la acción principal lo interpretan como un chalchihuitl grande y circular, en cuyo centro identifican una figura zoomorfa como un ozamatli-mono, parado dentro del agua y en acción de amenazar o azuzar al personaje que tiene al frente, al lado izquierdo del panel. Completando la escena, añaden que la otra estampa “de grandes fauces abiertas y largos colmillos curvos” corresponde a la de un jaguar que, con ambos brazos extendidos [sic], trata de apartar al ozamatli-mono, que lo acosa. Por las líneas horizontales que el supuesto felino luce en el abdomen se puede interpretar que éste se encuentra atado e inmovilizado del tórax hacia las patas; dicho rasgo resulta semejante a los tepeyolomeh que previamente han reconocido en otras pinturas de otros sitios cercanos como Ba’cuana y Zopiloapan, conjeturando que, en este caso, pudiera haberse tratado de un guerrero jaguar antes de ser sacrificado (Figura 5).

Figura 5 Principales elementos iconográficos del panel en la Cueva del Diablo (reelaborado de Berrojalbiz 2017); rasgos anatómicos patas delanteras de la nutria neotropical (Enciclovida 2020).
Aproximación iconográfica
De acuerdo con Estrada (2000: 115), el mundo de vida es el mundo intersubjetivo, objetivado en un lenguaje común y natural que involucra un entramado de productos simbólicos y todo dominio particular de los sentidos (en este caso visual y sonoro), así como sus respectivos estilos cognitivos y de praxis. Alrededor de esta idea y de acuerdo con Ingold (2000: 9), el contenido temático del panel en la Cueva del Diablo primeramente es concebido como un registro vivo tanto de la visión del mundo de los antiguos grupos mixe zoques o zapotecos que habitaron la región, como de sus maneras de relacionarse con el entorno y sus diversas formas de percibirlo.
Más allá de poner en relación un texto con una determinada imagen, la interpretación de aquellos mensajes considera tanto el contexto cultural de aquellos artistas y la obra rupestre, como el entorno ideológico en el que ésta fue creada, el correspondiente al periodo Posclásico en el sur del istmo de Tehuantepec. De acuerdo con lo anterior, el examen de algunos elementos a nivel preiconográfico (Panofsky 1994: 28-31), sustenta la hipótesis de que la figura así identificada dista mucho de corresponder a la de un jaguar o incluso a la de cualquier otro tipo de felino tal como estos solían ser representados en el ámbito mesoamericano prehispánico (Saunders 2005: 20-27; Guerrero 2020: 64-67, entre otros).
A diferencia de las representaciones del “hombre-jaguar” o del “hombre-felino” tanto en vasijas y códices mixteco- zapotecos (Jansen y Pérez Jiménez 1992; Carmona García 2015; Urcid 2005: 40-45), como en el arte rupestre en la región sur del istmo (Berrojalbiz 2015; Rivas 2016, 2109), el supuesto jaguar no luce cuello corto, tronco musculoso, cabeza redondeada y robusta, ni nariz redonda y pequeña en relación con unas mandíbulas poderosas, cuadradas y mejillas sobresalientes, sino más bien muestra una cabeza y mandíbulas alargadas tipo cánido pero sin distinción anatómica del cuello. Además del poco énfasis pictórico en representarle con colmillos curvos (gruesos en la base, afilados en la punta y cuyos premolares pueden también lucir afilados), otros rasgos que no corresponden a las usuales grafías de felinos en tanto su distintiva actividad crepuscular y capacidad visual extraordinaria son los ojos alargados con una línea horizontal en lugar de pupilas redondas, así como un pelaje que no es corto ni sedoso, sino más bien sin motas, crespo o espinoso.
Esto último destaca de manera particular al recordar que en los ríos y lagos del centro de México a las nutrias o aizcuintli [atl, agua; izcuntli, perro] se les llamaba en náhuatl ahuitzotl que literalmente significa “el espinoso del agua” [atl, agua; huitzili, aguate o espina en su declinación huitzo, espinoso]; (Gallo-Reynoso 2013: 191-199). Otros elementos iconográficos que no figuran en el personaje de la Cueva del Diablo pero que son usuales en las grafías de felinos son una cola gruesa y cilíndrica, orejas pequeñas y redondas pero casi siempre erguidas aludiendo a su fina audición al igual que extremidades fuertes que terminan, las anteriores en cinco dedos, y las posteriores de cuatro dedos, todas con poderosas garras curvas. De ello, resulta especialmente distintivo que las extremidades anteriores del personaje zoomorfo en la cueva son cortas respecto al cuerpo y no terminan en patas con garras curvas y afiladas, sino más bien en líneas rectas que, al igual de las que ostenta el mono araña en el mismo panel, parecen resaltar que se trata de “manos” prensiles al igual de las que tienen otros animales como es el caso de las nutrias (figura 5). Aunado a ello, la corriente de agua insinúa que, a diferencia de los jaguares que de manera ocasional pueden zambullirse, aquí se trata en cambio de otro carnívoro con colmillos afilados, pero eminentemente acuático, que ágilmente se mueve y asoma fuera de la superficie.
Bicunisa en el arte rupestre
Atender estos rasgos fisonómicos y concertar con las ideas de Zárate y colaboradores (2013: 118), referentes a que el contenido temático secundario alude a elementos como agua, montaña y eventualmente un lugar de origen o cueva primigenia, nos permite sostener que la representación en la Cueva del Diablo guarda una estrecha relación con el Guiigu’ Bi’cunisa como afluente portador de vida, atribución explicada en buena medida por la antigua abundancia de nutrias a lo largo del mismo y, principalmente, por sus particularidades etológicas en tanto animales eminentemente acuáticos.
A su vez, considerar que entre los antiguos pueblos mesoamericanos, así como de otras áreas culturales, los ani males, plantas y hongos, no eran concebidos como seres con características fijas, sino con la capacidad de transformarse en otros entes con atributos compartidos entre unos y otros en una sola entidad (Guerrero 2015) nos remite, por ejemplo, a la figura mítica de sustrato zapoteco reconocida como la serpiente de agua, protectora del pueblo de San Bernardo Miahuatlán (Hernández Paulino 2018: 165-176) y de los habitantes de San Vicente Coatlán en Ejutla (Zulaica Carpio 2015). Barabas (2004: 145-168) distingue estos relatos como mitos insertos en un complejo contexto de relaciones entre zapotecos, chontales, mixes, huaves y zoques, en las regiones de la Sierra Sur, Costa y el istmo de Tehuantepec.
Respecto a los pueblos zapotecos o binnigula’sa’, Víctor de la Cruz (2007: 164-174) destaca la similitud entre éste y otros mitos registrados en distintas localidades del istmo, que narran la existencia de grandes culebras, a veces cornudas, que habitan en el interior de las montañas donde se originan los ríos Tehuantepec y de los Perros. Entre otras glosas, el mismo autor señala que, según la tradición oral, en la serpiente cornuda o beendayuze o serpiente venado con grandes cuernos, también conocida como culebra de agua, subyace una expresión de la dualidad antagónica mesoamericana, personificada mediante la serpiente de fuego o del agua, del rayo, de las aguas telúricas, cuya constante lucha permite el equilibrio climático que, cuando llega a romperse, acarrea catástrofes como grandes inundaciones o, por el contrario, peligrosas sequías (Rivas 2016: 138-139). Estos dos últimos escenarios corresponden en buena medida a la dinámica hidrológica del Guiigu’ Bi’cunisa (Consejo de Cuenca de la Costa de Oaxaca, 2015), manifiesta a lo largo de su cauce, ya sea en determinadas huellas de fuertes y caudalosas avenidas en tiempo de lluvias o, por el contrario, de trechos completamente secos, donde la escasa corriente fluye lentamente por el subsuelo, para formar pozas en algunos lugares río abajo que nuevamente se ven interrumpidas por largos techos secos del afluente.
Así, a reserva de contar con información particular que permita ampliar nuestras interpretaciones, formulamos que el significado intrínseco de la obra rupestre, y particularmente del ser sobrenatural que parece serpentear desde lo alto de las montañas, se trata de la nutria neotropical, de los bi’cunisa, personificando un ser fantástico que, en aquella poza de agua, al emerger del agua y girar su cuerpo, muestra la parte superior de su abdomen en el que se distinguen líneas a manera de escamas longitudinales y dispuestas en paralelo, tal como lucen por ejemplo, la víbora de cascabel neotropical (Crotalus ehecatl), o incluso la Boa constrictor imperator (Meza Manríquez et al. 2015: 15-18), ambas especies comunes en la vertiente oaxaqueña del Pacífico. Al entablar contacto visual y eventualmente discursivo con el ozomatli-mono, la lectura a nivel iconológico también nos conduce al posible motivo creador de la escena, la importancia cosmológica y vital del Guiigu’ Bi’cunisa, ya que tanto en esculturas y va sijas del Preclásico, como en algunos códices mixtecos y la pintura rupestre del Posclásico, las figuras barrigonas del ozomatli suelen estar asociadas con la fertilidad, cualidad primordial para la subsistencia, implorada en ciertos momentos mediante danzas, música y el sacrificio ritual (Winter 2013; Echeverría 2015: 17-56).
Como marcador calendárico, posiblemente 10 venado, así como de un evento de particular relevancia, la figura de un cérvido junto con dos círculos, volutas de humo o nubes, son otros elementos que sustentan la idea de que el discurso implícito del conjunto tenía como marco ambiental el inicio del ciclo agrícola, temporada más seca y calurosa del año, cuando se necesitaban las lluvias y la renovación de la naturaleza. Simbolizando la sequía en muy distintos lugares del ámbito mesoamericano, la estampa del venado en el panel pudo relacionarse entonces con la lluvia de fuego, con las deidades de la lluvia, al mismo tiempo de enfatizar la eventual sensación corporal del fuego sagrado del Sol lloviendo sobre la tierra o sobre los hombres. De manera preliminar, formulamos que el espacio formado por la pequeña terraza del abrigo, con dominio visual hacia el Guiigu’ Bi’cunisa, bien pudo ser escenario de algún tipo de ritual propiciatorio para las lluvias, mismo que pudo incluir sacrificios rituales destinados a las deidades del fuego y de la lluvia, así como música y danza a manera del ozomatli, al momento de implorar que haya agua y fertilidad en los campos de cultivo y la selva. Se engarzan componentes primordiales como cuevas, montañas, ríos, manantiales y los seres que los habitan, cuyas representaciones no sólo ilustran la articulación fenomenológica (Llorente 2019) entre los habitantes de la región sur del istmo de Tehuantepec y su paisaje, sino también apuntala la idea de que, en el pasado, a ciertos animales como la nutria se les atribuyó un particular simbolismo, tanto en las formas de apropiación de los espacios como en la construcción de lugares sagrados e incluso etnoterritorios (Saynes-Vásquez 2017; Barabas 2004, 2021). Como ocurre actualmente entre pobladores de algunas comunidades del istmo que peregrinan y ofrendan en las montañas o lugares sagrados como el sitio rupestre Ba’cuaana “donde los ancestros pedían la lluvia” (Figura 2); el abrigo, desfavorablemente conocido como Cueva del Diablo, en algún momento del periodo Posclásico fue un espacio percibido y construido para implorar a los dioses la preciada lluvia, habiendo sido además un lugar especialmente elegido en virtud de la composición paisajística del paraje al pie de las montañas sagradas desde las que surge el Guiigu’ Bi’cunisa, así como lugar de origen y fuente de vida donde igualmente se conjugó el simbolismo y carácter mítico atribuido a los perros de agua o bi’cunisa y, con ello, el de los pueblos zapotecos de la región sur del istmo.
Memorias de un paisaje
A diferencia de otros animales de especial importancia para los antiguos pueblos americanos, ya sea en la subsistencia o por algún valor simbólico, de las nutrias conocemos muy poco a pesar de que, como ya se mencionó, existe un buen número de topónimos en lenguas como el amuzgo, maya, mixteco, ópata, purépecha, rarámuri y tzotzil que dan cuenta de su importancia cultural desde el pasado (Gallo-Reynoso 2013: 191-199). Fortuitamente, tanto las anécdotas compartidas por distintos habitantes de pueblos istmeños como Ixtaltepec, Ixtepec y Laollaga, algunos hablantes del zapoteco, como aquellos otros acervos contenidos en la tradición escrita, la música e incluso la obra plástica y artesanal, dan cuenta del lugar que este mustélido tiene y tuvo hasta hace varias décadas, en la memoria individual y colectiva. Además de muy distintas evocaciones de su otrora abundancia en determinados parajes, así como de su cercana y cotidiana presencia en el ecosistema ripario como elemento fundamental del paisaje, las nociones zoológicas locales, la tipificación lógica del animal a partir de su etología, permiten identificar ciertas construcciones en torno a las nutrias que, aún reconfiguradas a través del tiempo, pudieran ser muy similares a aquellas otras forjadas por los antiguos pobladores de la región.
En referencia al panel en la Cueva del Diablo, sustentando las glosas previamente esbozadas, leyendas como la referida por el etnohistoriador Gubidxa Guerrero (2021) ofrecen algunas pistas sobre el nacimiento del Guiigu’ Bi’cunisa desde una cueva cercana el poblado mixe de Ixcuintepec [en náhuatl: ixcuin “cabeza de perro”, tepetl “cerro”; “cerro con cabeza de perro”] y sobre el simbolismo de aquel lugar en el que habita una deidad de la que surgen los perritos acuáticos que “se alejan y nadan por las montañas río abajo”. Actualmente en dicha localidad, el culto a la virgen de la Concepción como fuente de vida y símbolo de pureza (Ruiz 2005), ilustra el porqué de determinadas relaciones entre distintos seres habitantes del mundo y diferentes ámbitos del universo simbólico (López 1983, 1998) que, en este caso, podría ser una reminiscencia de los antiguos rituales de los pueblos mixes y zapotecos en aquellas montañas, tema apenas en exploración desde la perspectiva etnozoológica.
La cosmovisión es una forma de relacionarse en el mundo que involucra todos los sentidos y hace posible la construcción de la experiencia; por lo tanto, el carácter fundacional del relato parece también manifestarse en el topónimo “Cerro con cabeza de perro”, descriptor geográfico que alude específicamente a bi’cunisa y rubrica, más que un lugar en el territorio, un lugar mítico de origen tanto de seres humanos como de no humanos. Mientras que el escritor juchiteco Macario Matus (1997) propone, “de aquella cueva nacieron los zapotecas […], el sol alto, nuestro padre grande, entrelazaron sus manos con las nutrias, también madres nuestras”, el escritor ixtepecano Alejandro Cruz (2005) también anota “la montaña se alegró del mundo de su risa brotó agua […] que el Guiigu’ Bi’cunisa fue caudaloso […] que había nutrias”. Como procesos históricos que entretejen elementos del entorno natural y signan muy diversas memorias, dichas grafías dan cuenta de la trascendencia histórica de una compleja y antigua cosmovisión, misma que incluso hoy parece reconfigurarse en el paisaje sonoro regional, mediante composiciones musicales como la canción Guigu Bicu (Martínez Hinojosa 2021), así como en el trabajo artesano del tradicional bordado istmeño (Marcial Lagunas 2019). En continua construcción mediante las actividades de los seres vivos, como entidad que existe en virtud de que es percibida, conocida y conceptualizada con base en la experiencia (Knapp y Ashmore 1999). El paisaje cultural regional, y en particular el de la cuenca del Guiigu’ Bi’cunisa, articula así una serie de lugares donde las relaciones de usos y significados de la fauna no sólo siguen siendo remembrados, sino también incorporados como historias de vida mediante muy variadas expresiones culturales (Flores en prensa). Constituyendo al mismo tiempo conceptos y espacios vinculados con los ámbitos de lo imaginario y lo simbólico (Nash 1997, 2000), la memoria oral zapoteca, especialmente rica en expresiones identitarias, constata la trascendencia temporal de diversos procesos cognitivos inmersos en los entramados hombre-fauna. Tanto las líneas de evidencia zooarqueológica como las nociones zoológicas apenas bosquejadas son productos de larga duración que, surgidos de añejas observaciones de la naturaleza y transmitidos de manera oral e incluso mediante el arte rupestre, amalgaman actualmente prácticas y creencias sobre el papel que la fauna originaria pudo tener en la vida simbólica y material de los antiguos habitantes de la región sur y a lo largo de la historia.










nueva página del texto (beta)


