La historia escrita, coqueta y liviana, los desdeña, como toda puta que no otorga favores si no pulsa el oro de la paga.
Miguel Méndez
Contexto de producción y recepción
A casi cincuenta años de publicación, la primera novela de Miguel Méndez sigue dejando un hilo abierto para la conversación sobre múltiples tópicos. Los personajes de Peregrinos de Aztlán instalan un espacio para hablar de su memoria y constituyen una colectividad sumergida en la otredad y la alteridad.
Miguel Méndez (Bisbee, Arizona 1930 - Tucson, Arizona 2013), exponente de la literatura chicana, desarrolló su obra literaria con alta conciencia social sobre los procesos migratorios. En su calidad de sujeto social mexicano-estadounidense, construye un universo narrativo que forma parte del sincretismo cultural y lingüístico de la herencia de las culturas mexicana y estadounidense. Para Méndez, escribir surge de una necesidad, de un oficio. Sus letras salen a la luz, por primera vez, en el año de 1969 con el cuento “Tata Casehua”, cuyo título original es “Tragedias del noroeste: Tata Casehua” (1967). Desde sus primeras obras, es posible observar que, además de abordar la temática de la frontera, también mantiene una fuerte preocupación por dar sentido al pasado de los yaquis que habitan entre el noroeste de México y el sur de Arizona; es decir, por marcar la travesía de la pérdida de su cultura, que inicia con la rendición de esta a finales de la Revolución mexicana y continúa con su segunda rendición y situación actual: la marginación social. Para marcar dicha pérdida, se utiliza la memoria como hilo conductor. Lo mismo sucede con Peregrinos de Aztlán: su novela inaugural es un emblema de la literatura chicana, al relatar la historia de la frontera del noroeste mexicano a través de sus personajes. Incluso fue calificada como “[u]na de las obras narrativas más ambiciosas que hasta ahora ha producido la pluma chicana por su variedad de léxicos y por la complejidad de sus personajes y de sus temas. Es unmaremagnumdel mundo chicano” (Alarcón 62).
Los protagonistas de la novela son los marginados: los chicanos, los yaquis, las prostitutas y los mendigos. Para analizar las consecuencias de los conflictos armados en las identidades de cada uno de estos grupos, es necesario definir brevemente el concepto de guerra, el cual puede entenderse como la ausencia de reglas y del orden civil (Illades 12). En el presente trabajo se propone analizar, con base en el concepto de “identidad rendida”, cómo se representan en Peregrinos de Aztlán las consecuencias de la Revolución mexicana sobre la identidad y la posición social de los personajes yaquis. Roberto Cardoso acuñó el concepto “identidad rendida” para referir una identidad a la cual se tiene que renunciar por un determinado tiempo, a través de un contexto hostil, pero que después se recupera y actualiza.
Varios autores, entre ellos Raquel Iglesias, Francisco A. Lomelí y Marta Faggin, hacen alusión a la infancia de Miguel Méndez en El Claro, Sonora, y a la importancia de su formación autodidacta en el ámbito de las letras, que lo diferencia de los demás escritores chicanos. El propio Méndez, en una entrevista con Bruce-Novoa en 1983, detalla que comenzó a escribir desde muy temprana edad; tanto que a los dieciocho años ya tenía esbozada su primera novela autobiográfica, que más tarde se publicaría con el título de Entre letras y ladrillos (1996). En el texto “Aclaraciones” (disponible en la quinta edición de Peregrinos), el autor también toca el tema de sus inicios no solo en la escritura, sino en la redacción de su obra cumbre, y explicita la cercana conexión que siempre tuvo con la familia y con el mundo indígena:
Desde estos antiguos dominios de mis abuelos indios escribo esta humildísima obra, reafirmando la gran fe que profeso a mi pueblo chicano, explotado por la perversidad humana. Relegado de la instrucción bilingüe que le es idónea y desdeñada en su demanda de auxilio por la ignorancia de unos, la indiferencia de otros y, más que todo, por la malevolencia de los que pretenden someterlo a la esclavitud eternamente y sostener el contraste de su miseria y el mito de la superioridad del blanco. (Méndez, Peregrinos)
Podemos ver entonces que vivir en esta región permitió a Miguel Méndez conocer la historia y la memoria de los yaquis de una manera más cercana, y que, de esta manera, el autor pudo obtener testimonios de la historia de esta comunidad de una manera más directa y sencilla.
Desde el título, la novela refiere a una trama que oscila entre lo mítico y la denuncia, entre el trauma y la tragedia. Aztlán1 es un símbolo que la cultura chicana retomó para reencontrar sus raíces. Ubicado en el norte de México, Aztlán fue, según el mito, el lugar desde donde partieron los aztecas hacia la búsqueda de la fundación de su territorio (Gutiérrez 202).2 Ahora, el viaje es desde el sur hacia el norte y los peregrinos son todos aquellos migrantes que buscan mejores oportunidades en la tierra prometida, tal y como se representa en la novela: “Del sur iban, a la inversa de sus antepasados, en una peregrinación sin sacerdotes ni profetas, arrastrando una historia sin ningún mérito para el que llegara a contarla, por lo vulgar y repetido de su tragedia” (Méndez, Peregrinos 50). Así, la peregrinación en la primera novela de Méndez alude a elementos trágicos que rodean a los campesinos e inmigrantes en Estados Unidos, mediante una reinvención del mito de Aztlán, el cual fue retomado por la cultura mexicoamericana durante el movimiento chicano.3 Dicha reinvención denota por su cuenta una de las muchas pérdidas cometidas, consciente o inconscientemente, por la comunidad yaqui durante el período de la conquista y después de la Revolución, sacrificando sus orígenes ancestrales y la consciencia sobre estos en favor de la espera de una mejor calidad de vida. Emprenden pues la retirada, despojándose de sí mismos.
Peregrinos de Aztlán continúa vigente en tanto que representa múltiples tópicos de interés social actual, entre los que se encuentra la guerra como conflicto identitario. A través de la memoria de estos conflictos se desata un espacio en el cual la colectividad reivindica su historia.
Los otros: la memoria y una forma de rendición de identidad
En sus tres partes, Peregrinos relata situaciones de pobreza y migración que vive, en primera instancia, uno de los protagonistas: Loreto Maldonado, un yaqui que figura como un “antihéroe” y por cuya perspectiva se van hilando las historias de la mayoría de los personajes. Los nominalismos en la novela son dados de manera consciente. Si nos detenemos primeramente en el nombre de Loreto Maldonado, dentro de la historia de los yaquis encontramos a Juan Maldonado, mejor conocido como el Tetabiate, quien fue un líder yaqui que participó durante la guerra del Yaqui (1897-1899) para defenderse en contra de la colonización de sus tierras (Padilla 26). Por otro lado, en los antecedentes de la misma guerra también figura un Loreto Molina, quien, en enero de 1885, por órdenes de las autoridades civiles de Guaymas, atacó la casa del jefe José María Leyva (Cajeme). De tal forma se deduce que la elección de los nombres para los personajes de Peregrinos de Aztlán no fue arbitraria; a lo largo de este análisis se mencionarán otros ejemplos.
Aunque Loreto Maldonado es el hilo central, porque es a través de sus sueños y memorias que se cuentan algunas de las otras historias, no existe una jerarquía entre los personajes. Los protagonistas son “los otros”, los olvidados, esas múltiples voces que habitan la calle de una ciudad fronteriza del noroeste mexicano en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado: los pordioseros, los hippies, las prostitutas como La Malquerida, los mojados como Lorenzo Linares, el Vate, jornaleros como El Ramagacha y, claro, los chicanos.
Es importante esbozar brevemente la vida de la frontera durante el contexto de Peregrinos. Durante las décadas de 1960-1970, tiempo en que se ubica la novela, la población fronteriza tuvo un crecimiento acelerado. Para ser exactos, en 1970, se contabilizaron 2’352,691 habitantes (Valenzuela 126). Este crecimiento exponencial en la frontera de México se debió a que la mayor parte de los mexicoamericanos, desde 1960, comenzó a emigrar del campo a las ciudades como consecuencia del Programa Bracero, el cual consistió en la contratación de trabajadores agrícolas de manera “temporal” debido a las altas demandas de producción de la industria estadounidense. Sin embargo, al finalizar este programa en 1964, se propuso un acuerdo entre los gobiernos de ambos países para industrializar la frontera. Como consecuencia de este acuerdo, muchos migrantes repatriados y migrantes de otros sectores de México se aglomeraron en las ciudades fronterizas.
Este es el motivo histórico de la migración. Ahora, dicho cruce de la frontera, a través de las inclemencias del desierto de Sonora es relatado con maestría por Miguel Méndez y se convierte en uno de los temas que la crítica destaca de Peregrinos de Aztlán. En la primera novela de Méndez, se puede identificar una analogía del desierto como campo de batalla, ya que es un espacio de tragedia para quienes se dirigen hacia Estados Unidos. Como ejemplo, se encuentra la muerte de Lorenzo Linares. La historia de este personaje es presentada por uno de sus mejores amigos, a quien apodaban el Vate. A ambos los unía su fascinación por escribir versos. El viejo Ramagacha, Pedrito Sotolín, Lorenzo Linares y el Vate forman un grupo de inmigrantes que intentaron cruzar la frontera por medio del desierto. Sin embargo, Lorenzo no corre con suerte y muere durante la travesía. En el camino, después de pasar San Luis Río Colorado “[l]o divisaron parado, dijo, como si fuera sahuaro […] A Lorenzo se le oscureció a mitad del día, llorando a lágrima viva. No hay quien tenga una tumba tan inmensa, ¡el desierto entero!” (50).
Francisco Lomelí observa que en Peregrinosse documenta una realidad social fronteriza que había sido relegada. Entre los recursos estilísticos que analiza de la novela se encuentra la recuperación de la tradición oral: “acude a una fuente verbal y de imágenes arraigada en la tradición oral donde el lenguaje multifacético y rebuscado cuenta por sí como manifestación de una cosmovisión milenaria de matices arcaicos y meticulosos refinamientos” (Lomelí 46). De tal manera, en muchas ocasiones se le otorga la voz al pachuquismo, al caló de la frontera, a los campesinos, así como también a los yaquis mismos. La naturalidad del habla del entorno social fronterizo que se observa en el lenguaje de cada uno de los personajes se debe a que el propio autor formó parte de esa sectorización de grupos subalternos.
Como ya se ha mencionado, desde su publicación, el corpus crítico de Peregrinos de Aztlán se ha enfocado, en su mayoría, en el tema de la representación chicana. Sin embargo, además de denunciar las condiciones de los sujetos fronterizos, el autor también revela en Peregrinos uno de los tópicos que vendrían a acompañar su narrativa: su relación y fascinación por la tradición yaqui. En esta novela, por ejemplo, se habla sobre la participación de los yaquis durante la Revolución, un tema poco tratado por la historia y aún menos visto en el mundo de la literatura. El autor abre entonces un nuevo tópico, mas ésta no es la única cualidad novedosa de esta obra, como se verá a continuación.
El espacio-tiempo donde todos los personajes tejen sus historias se encuentra abierto. Al no nombrar directamente la ciudad en donde se desarrolla la trama, es posible reconocer a un autor con influencias de la novela hispanoamericana. Al estilo de Macondo, en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Miguel Méndez deja en entredicho la ubicación de su historia. Sin embargo, sí se proporcionan ciertas referencias geográficas directas, como San Luis Río Colorado, Sonoyta, Yuma, Empalme, entre otras ciudades fronterizas. De hecho, este tipo de ciudades son reconocidas por algunos teóricos como “ciudades espejo”, un “concepto geográfico aplicado a localidades urbanas contiguas, separadas por un límite administrativo nacional y/o internacional, cuyas interrelaciones, económica, política y social presenten un grado de complementariedad” (Reyes et al., cit. en García 43). A pesar de esto, las referencias contextuales en la novela son claras: es una ciudad fronteriza “en apariencia tan alegre y en el fondo tan trágica” (Méndez, Peregrinos 39).
Por otro lado, Peregrinosse caracteriza principalmente por romper e integrar distintas formas de estructuración narratológica. Se divide en dos tiempos narrativos o secuencias que nos presentan de manera anacrónica los hechos. La primera parte de Peregrinos de Aztlán muestra a Loreto Maldonado: un viejo yaqui que se dedica a lavar coches en una ciudad fronteriza y que rememora desde su contemporaneidad los tiempos que vivió con su compadre Rosario Cuamea, durante la Revolución mexicana. Mientras tanto, en el presente del tiempo narrativo -el segundo tiempo narrativo-, este personaje mantiene encuentros con otros protagonistas que, a través de la rememoración de su pasado, ayudan a construir todo el panorama de este peregrinaje.
La perspectiva histórica acerca de la Revolución mexicana, desde la cual se narra en Peregrinos, es la de la comunidad yaqui. Como se mencionó anteriormente, la hipótesis de este artículo es que los yaquis en la novela mantienen una “identidad rendida”. Cardoso define esta como “una identidad latente a la cual se renuncia tan sólo como un método y en atención a una praxis dictada por las circunstancias, pero que en cualquier momento puede ser invocada o actualizada” (66). Para demostrar esta hipótesis, se analizará la historia de Jesús de Belén y Rosario Cuamea.
En Peregrinos se reconoce un pasado de los yaquis mediante la narración de los personajes principales, tal como lo muestra la historia del amigo de la infancia de Loreto Maldonado:
Es el caso que el viejo Loreto tenía el cerebro lleno de redes; altos ideales y dignidad eran los hilos que el tiempo conservaba a medias tejidos, a medias demadejados; aunque viéndola del otro lado, a lo mejor su modo le venía de herencia de la muy antigua dignidad de su raza; yaqui de pura cepa con la regia apariencia de una estatua arrancada de la entraña del granito. (Méndez, Peregrinos 21)
También el propio amigo de la infancia de Loreto personaje principal, “Jesusito de Belén, el buqui milagrero” (Méndez, Peregrinos 33), es una muestra clara de la representación del pasado de los yaquis. Los orígenes de este curandero son relatados por una voz onírica que oscila entre la memoria y el sueño: “Por un pelito no nacía en Belén Jesusito. Estaban enmontados en el Bacatete porque el sanguinario Díaz había dado órdenes que les dieran en la madre a todos. Torres el maldito los traía de arriada con órdenes de llevarse corte parejo” (34). Esta referencia extratextual es uno de los primeros vínculos con la historia del Porfiriato y su impacto en la comunidad yaqui, lo que denota la conciencia histórica del autor y exige, asimismo, la misma conciencia al lector. Para entender la imagen de “Torres el maldito” que se enuncia en Peregrinos es necesario referir brevemente el contexto histórico.
Desde la consolidación del régimen de Porfirio Díaz al frente de México a inicios de la década de 1880, el pueblo yaqui se vio afectado por las nuevas políticas que ponían en riesgo su autonomía. Parte de estos conflictos surge del interés por parte del Estado de atraer capital extranjero dentro del territorio yaqui. Sin embargo, este no es un período de rendición de la identidad yaqui, puesto que, pese a la discriminación, los abusos y las amenazas a su territorio, hay dos factores que previenen que este sea el caso. En primer lugar, no hubo un conflicto armado ni un enfrentamiento violento entre dos fuerzas declaradas como enemigos mutuos. En segundo lugar, la comunidad yaqui nunca cesó de ejercitar su cultura y aún conservaba el suficiente territorio para considerarlo propio. La rendición, o mejor dicho, las rendiciones de identidad, como lo veremos más adelante, ocurrieron después.
Existe otro suceso histórico que ayuda a prevenir confusiones sobre por qué no se rinde la identidad durante el Porfiriato. El 15 de mayo de 1897 el gobierno federal firmó el tratado de paz con los yaquis, en el cual “[e]l gobierno procuró cumplir exactamente las promesas hechas a los indios, dándoles tierras, suministrándoles útiles de labranza y proporcionándoles además una ración diaria de mantenimiento, para que pudieran esperar sin sacrificios los productos de las primeras cosechas” (Balbás y Hernández 21). Sin embargo, la Sierra del Bacatete permaneció como espacio de rebelión para la tribu Yaqui, pues “[n]o existían núcleos importantes de rebeldes, solamente pequeños grupos remontados en lo más escondido y aislado de la sierra del Bacatete sostenían la bandera de la rebelión” (Balbás y Hernández 21). La rebelión equivale a resistencia, resistencia a la derrota y a la rendición de su identidad. Hasta cierto punto, también revela que lograron conservar partes de sí mismos, sin perderlas a manos de un enemigo amenazador.
Más allá de lo anterior, la relación entre la historia y la literatura se aprecia en esta novela de manera más sutiles. Durante la campaña antiyaqui, existieron dos aliados de Porfirio Díaz en Sonora. El primero fue Lorenzo Torres, uno de los más importantes militares que participaron en dicha campaña y cuyo cuartel se encontraba en Tórim. El segundo fue el General Luis E. Torres, quien comandó la batalla de Mazocoba, que tuvo por saldo 400 indígenas muertos, entre ellos, niños y mujeres (Torúa 72-77). Sin embargo, este discurso se contrapone a lo que los autores de Crónicas de la Guerra del Yaqui enuncian: “El general Luis E. Torres, jefe de la zona, a pesar de haber combatido tanto tiempo contra esta tribu, le tenía un especial afecto, tanto, que, en muchas ocasiones esta predilección al yaqui motivaba celos entre las tropas federales” (Balbás y Hernández 21).
Además, en la novela las líneas ya citadas respecto al origen del curandero unen la historia real con la historia dentro de la ficción: “Por un pelito no nacía en Belén Jesusito. Estaban enmontados en el Bacatete porque el sanguinario Díaz había dado órdenes que les dieran en la madre a todos. Torres el maldito los traía de arriada con órdenes de llevarse corte parejo […]” (34). De estas referencias, se puede inferir que el Torres del cual se habla en Peregrinos es el general Lorenzo Torres, ya que Balbás y Hernández afirman que “nunca creo en la buena fe de los indios, y tenía la convicción de que por la buena no se lograría la pacificación” (22). En esta cita, además, es posible observar una configuración de la identidad de los yaquis como una comunidad conflictiva y cerrada al diálogo. Además de esta referencia al contexto histórico, el nacimiento de Jesusito de Belén tiene también una fuerte carga semántica por su relación con la tradición judeocristiana, que se da a través de diversas analogías como: “a lomo de burrito llegaron a Belén. El pobrecito de Don Pepe se moría de la congoja. A poco nació el niño. Doña Mariquita tan valiente y sufrida sonreía con el cielo en brazos” (34).
Para retomar el concepto de identidad rendida es necesario realizar una aclaración sobre los dos momentos de rendición que se presentaron en la historia yaqui durante el siglo XX. El primero fue, como lo observamos en la novela, durante la Revolución mexicana. El segundo, sin embargo, fue durante la migración hacia el norte, donde los yaquis nuevamente se enfrentan a la pérdida de identidad, de costumbres, de respeto, de familia, de dignidad y hasta de memoria. Es decir, el primero de ellos se da durante un conflicto. Al terminar este, termina temporalmente la rendición, y comienzan los primeros intentos de recuperación; esto se ha visto en discusiones previas sobre las “reformas” hechas a favor de la comunidad yaqui después de la guerra.
Es importante discutir ahora el contexto sociohistórico establecido en Peregrinos.Durante el Porfiriato, debido a la política latifundista, muchos mexicanos migraron hacia Estados Unidos: “Las emigraciones se fortalecieron a principios del siglo XX debido a la agudización de los problemas sociales internos, y se ampliaron con la Revolución mexicana (Valenzuela 129)”. Por otro lado, un año coyuntural para la comunidad yaqui fue 1908, cuando el gobierno porfirista dio orden de deportar a todos los yaquis a Yucatán “fueran éstos pacíficos o alzados, mansos o broncos” (Padilla 71). Según Spicer, “[l]a lucha de los yaquis para mantener su identidad a pesar de todas las presiones abrumadoras para eliminarla es una experiencia humana recurrente (Spicer 359; trad. mía)4. De esta forma, el personaje de Loreto Maldonado, a pesar de encontrarse en una situación completamente lejana al conflicto armado y ser ahora, un simple lavador de automóviles en una ciudad fronteriza, recuerda su identidad: “saboreó el trigo con los ojos semicerrados, recordando su tierra, los guerrilleros en el Bacatete, los cascabeles suene y suene con las pascolas […]” (63). La segunda rendición de identidad, si bien no se debe a un conflicto bélico, constituye un conflicto comunal. Nuevamente, los yaquis sufren los más atroces niveles de violencia, desolación, carencia, miedo, desprecio y humillación, comparables únicamente a los períodos de la Revolución. Al terminar esta especie de tregua, cesan los intentos de resistencia y comienza el testimonio de la novela.
Así, la identidad de los yaquis tiene que rendirse -ponerse en pausa frente a los demás, esconderse, desusarse cuando se carece de la comunidad que la nutre o comprende, olvidarse casi por completo- a las circunstancias contexto-históricas, pero a través de la lengua, de la religión, de usos y costumbres dejan una fuerte huella entre su pasado y el presente. Un ejemplo histórico sobre los primeros intentos de recuperación de identidad tras la “primera rendición” del siglo XX es la repartición de tierras para los yaquis en tierra sonorense, en el año de 1911. Por otro lado, durante la Revolución mexicana, grupos militares tanto en Mérida como en Sonora aprovecharon la experiencia de combate de los yaquis para que estos se sumaran como soldados o incluso generales oficiales, dándoles un trabajo fijo y sueldo estables. Particularmente en Sonora, de acuerdo con Raquel Padilla Ramos “fueron aprovechados como soldados por diferentes gobiernos revolucionarios, destacándose junto con los mayos en las fuerzas constitucionalistas” (197).
La fuerza de los militantes yaquis durante la Revolución se narra en Peregrinos a través del protagonista, o bien, antihéroe, el Indio Yaqui Loreto Maldonado, quien mediante la dicotomía juventud/vejez relata sus recuerdos: “Repasaba el hombre sus experiencias obstinadamente, tal si buscara la falla que en algún percance hubiera trastocado las cosas convirtiendo lo que pudo ser sublime en algo disparatado, absurdo” (24). Y así, tan absurda como es la memoria, Loreto Maldonado nos inicia en la historia de combate de su gran amigo Rosario (Chayo) Cuamea durante el movimiento armado en Sonora:
El terrible yaqui Chayo Cuamea salió ileso de la rociada. La fiereza de los ojillos estirados y el gesto pétreo habían cedido a una mirada de profunda melancolía. La descabellada pasión del atrabancado indio empezaba a germinar. Buscaba lo más tupido de la matazón para contemplarla a ¡Ella! Su amada Flaca. No pasó mucho tiempo sin que se la… ¡Qué yaqui más temible! (25-26).
El epíteto “la Flaca” para denominar a la muerte es una de las constantes en la narrativa de Méndez. Varios de sus personajes, como es el caso del propio Rosario Cuamea, encuentran esa fascinación obstinada por la muerte. Por otra parte, para continuar con el contexto sociohistórico de los yaquis durante esta época a la que hace referencia la novela, se puede mencionar lo siguiente. Al inicio de 1910, la población yaqui había descendido unos quince mil en suma entre Sonora y demás estados vecinos, de ese total, solamente tres mil se mantuvieron en los pueblos originarios (Cárdenas 1870). Sin embargo, no fue sino hasta un par de años después, en los que el impacto de la Revolución se manifestó en Sonora, ya que a finales de 1912 y principios de 1913 se dio un fortalecimiento para los yaquis, como consecuencia del golpe huertista, de manera que se convirtieron entonces en aliados para los revolucionarios en este estado del norte (Cárdenas 1888).
Continuando con las memorias de Loreto Maldonado respecto a este suceso histórico, en la tercera parte, además de enfocar el desenlace de algunos de los personajes, hay una analepsis hacia el tiempo de la Revolución y la participación de los yaquis -“por la patria y libertad ésa, pues” (Méndez, Peregrinos 156) - y nos muestra cómo Rosario Cuamea inició en la militancia en San José de Guaymas: “un yaqui bronco en estado de barbarie: su primer contacto con la civilización fue la guerra” (156). Como se mencionó anteriormente, una de las maneras en las que retrata Peregrinos la tragedia de los personajes durante los conflictos bélicos es a través de “La Flaca”, personificación de la muerte que aparece durante la locura de los personajes. Rosario Cuamea no es el único que se deja hipnotizar e incluso enamorar por ella: “la Flaca, llegó a llamarla con familiaridad” (157). Así, se puede afirmar que los yaquis, tal y como ocurrió durante la Revolución mexicana, se tuvieron que adaptar a las circunstancias y cometer una segunda rendición de identidad durante su migración hacia Estados Unidos.
El fenómeno de las identidades dentro de las culturas étnicas ha sido revisado por varios autores como Van Woodard, quien propuso el concepto de “Surrendered Identity”, retomado por Roberto Cardoso para hablar de un puente entre el pasado y el futuro de una comunidad. De tal manera, si analizamos el conflicto armado de la Revolución mexicana, se observa que este, de 1911 a 1915, también supuso para la comunidad el retorno, en oleadas hacia el Valle, de los yaquis deportados a Yucatán. Aunque este evento no forma parte coyuntural de Peregrinos, se pueden encontrar ciertas analogías y explicar cómo, a pesar de sus condiciones, los yaquis mantuvieron y dejaron una fuerte huella en Yucatán:
Porfirio, de los Díaz de Puebla, un mestizo que se revolcaba en ceniza para verse blanquito, el mismo chacal con humos de patricio, también quiso acabar con los yaquis. Los jalaba para Yucatán comerciándolos como esclavos, o corrían los indios a refugiarse a los Estados Unidos […] (Méndez, Peregrinos 150)
Por ejemplo, Padilla Ramos menciona que en el ámbito lingüístico “[l]a lengua yaqui sobrevivió en Yucatán aun con el correr de los años. El censo de 1970 reporta en el cuadro lingüístico […]) había entonces seis hablantes de yaqui” (72).
La Revolución y la lucha no solo son de los yaquis, sino de los campesinos y los migrantes. Estos personajes que transitan reafirman que uno de los objetivos de la novela cumbre de Miguel Méndez es reafirmar identidades que se han rendido a sus condiciones de marginalidad. Por ejemplo, el Vate, un campesino que vio morir a varios de sus compañeros al cruzar la frontera, señala dichas condiciones: “con todo lo mucho que quiero yo a mi tierra, por más que me arda, sé por propio dolor que entre más indio es el campesino, más condenado está a la esclavitud y al olvido” (Méndez, Peregrinos 54).
Según José Promis (1989),Peregrinos de Aztlánfue escrita con “el objetivo de entregar un testimonio y lanzar al mismo tiempo una denuncia sobre las dramáticas condiciones socioeconómicas que atravesaban los chicanos al sur de los Estados Unidos” (7). Sin embargo, como se ha visto a lo largo de este trabajo, los personajes de Peregrinos no solo representan esa dicotomía entre la sociedad fronteriza; sino que también muestran el lado de los indígenas, los desplazados como el viejo Ramagacha y el mismo Loreto Maldonado. Miguel Méndez refleja ese sentido estético a través del poeta Lorenzo Linares quien muere trágicamente al intentar cruzar la frontera:
Pero Lorenzo olvidó que estaba condicionado al tiempo de su carne y de sus huesos y se convirtió en parte del cuadro que contemplaba; olvidó las palabras y fluyó entre las dunas como un aire tierno y amoroso; palpó los horizontes en su lejanía, como si fuera el cielo un globo de poesía contenido por un azul etéreo, hecho con miradas santas de ojos hermosos (52-53)
De esta manera la otredad se reafirma constantemente en la novela como menciona Claudia Páez: “La aspiración de esta voz es la de todos, cada uno actúa como sinécdoque: el individuo que representa a toda la comunidad, la cual manifiesta su deseo de ser reconocida, respetada y tratada con dignidad por ese otro que la ha oprimido y la ha sumido en la pobreza” (32). Según Alberto López, los personajes de Peregrinos han perdido su historia: “Personajes como El Buen Chuco, Ramagacha, La Malquerida o El Cometa han perdido su valor humano o se ha considerado insignificante porque son simples vagabundos ‘que no tienen ni historia’(79; trad. mía).5 Sin embargo, es justamente a través de la memoria y su acercamiento a la tradición oral, ambos elementos constantes en la narrativa de Miguel Méndez, que dichos personajes pertenecientes a alguna minoría recuperan su historia y su identidad. A través de los ojos del autor y su propia experiencia como chicano se logra visibilizar esa identidad que se había rendido a través de la memoria colectiva, memoria que Maurice Halbwachs reconoce como una forma de resistencia hacia la transformación de las costumbres locales, fenómeno que se puede lograr a través de la colectividad dentro de un espacio determinado (136).
La revolución desmitificada
Las historias de la nación Yaqui inspiraron a Miguel Méndez desde su infancia en El Claro, Sonora lugar al que su familia fue repatriada, ya que desde el siglo XIX inició la diáspora yaqui, emigrando hacia el norte de sonora, al sur de Estados Unidos y al sur de México. En relación con el conflicto de la Revolución mexicana y las consecuencias que tuvo en la nación Yaqui, se pudo observar que los personajes de la novela, al pasar los años y ver la decadencia de su contexto, comprenden y comparten con el lector la visión de este movimiento armado en el país como absurdo. Como lo menciona el Coronel Rosario Cuamea: “El concepto ‘revolución’ había allanado todos los ámbitos: politiquillos logreros, vividores perniciosos que mamaron de su pura invocación como puerquitos afortunados” (166). Así, como afirma Leal “los yaquis de Méndez, que han sido arrojados de sus tierras por los que traicionaron la Revolución no protegiendo ni al campesino ni al indígena, abandonan sus tierras, empujados no solo por el mito, sino también por el hambre” (39).
Por otro lado, los desenlaces de la mayoría de los personajes en Peregrinos son trágicos. En ellos los motivos principales -como el hambre, la pobreza, la locura- son temas recurrentes para la finalización de las historias narradas. Por ejemplo, el mismo Loreto Maldonado muere de hambre y es encontrado días después de su muerte en su “casita”, que se ubicaba en el Barrio del Río Muerto; nadie supo de su muerte hasta que “la noticia la propagó la hedentina insoportable” (162). Fueron justamente los “tirabichis” quienes se dieron a la tarea de recoger el cuerpo y, en una especie de acto funerario, tras encontrar un cofre con papeles amarillentos y una fotografía del indio Loreto “de uniforme, muy joven y completo” (Méndez, Peregrinos 164), se describe el lugar que habitó, así como ese pasado de revolucionario. En la fotografía, Loreto se acompañaba del general Cajetes y del gallardo Coronel Chayo Cuamea. Este último también logra llegar a viejo, pero, a diferencia de Loreto, él mantiene una conciencia de rencor y furia hacia las desigualdades que dejó la Revolución y, en medio del olvido de la sierra, encuentra por fin a “su adorada Flaca”. El encuentro entre la muerte y el Coronel Cuamea es narrado como un acto erótico. Esto revela la personalidad depravada del Coronel y todas aquellas veces que aprovechó la situación de la Revolución para no dejar escapar a ninguna mujer de su hambre carnal. En esta violación a La Flaca, la personificación de la muerte, se narra: “Llena de rabia y dolor se llevó las manos a las verijas, buscando desesperadamente cómo librarse del enorme mástil aquel que invadía profundo el interior de su figura” (168).
La tragedia del pueblo yaqui también se muestra en los desenlaces de Jesús de Belén -curandero en constante conflicto: “Nací en Jesús de Belén como cualquier pelado pero la gente necia me hizo milagroso de su pura cuenta” (91)- y de Chayo Cuamea. Las variaciones dialectales de pachucos, pochos, yaquis, entre otros, responden a esa necesidad de enunciar un mundo fronterizo lleno de fragmentación a través del lenguaje.
Como se aclaró al principio, Peregrinos se encuentra dislocada en la construcción temporal, lo cual responde también a la conciencia de un momento histórico en deconstrucción. En relación con los recursos estéticos, Miguel Méndez decide que serán los propios personajes quienes narren su historia a través del recurso retórico de la analepsis. Además de la denuncia social, Miguel Méndez, consciente de su condición de “mexicano, indio, espalda, mojada y chicano” (Méndez, “Aclaración”) establece un diálogo con las personas en marginación, siendo este el leitmotiv de la novela.
Como se ha visto, la historia de la frontera en Peregrinos de Aztlán muestra una perspectiva de las distancias abismales entre la sociedad y el relato histórico hegemónico de los marginados. Según Jayson Gonzales: “La historia de la frontera ha sido constituida por varios actores sociales, enfrentando ideologías políticas con una perspectiva amplia, geográfica y temporalmente hablando” (38).6 Esta temporalidad y geografía sitúa a los mexicoamericanos desde la otredad en varias dimensiones. Una de ellas es la lingüística: el español, durante años, fue considerado dentro del sistema de educación anglosajona un símbolo de ignorancia. Así, la “República de mexicanos escarnecidos” (Méndez, Peregrinos 83) que se dibuja en la novela forma un relato fundacional de la frontera del noroeste mexicano a través de la empatía con los personajes menos favorecidos. Loreto Maldonado, después de ser general en la Revolución mexicana reconoce que la muerte, personificada múltiples veces en las tragedias de los personajes, es quizás la única fuerza redentora en este mundo.
Conclusiones
Tanto la guerra como la migración son en Peregrinos de Aztlán una constante que transciende los conflictos históricos de la Revolución y las explotaciones laborales del Programa Bracero.
Las voces de “los otros” son una muestra de un retrato crudo de lo que significó para cada uno de ellos el tener que rendir su identidad a cambio de una oportunidad para prosperar. Primero durante o a causa de la revolución que abusó de su fuerza y sus esperanzas, y luego durante la migración hacia un país hostil que los explotó y despojó de lo último que les quedaba de sus tradiciones, su memoria, su alma. La rendición significó dejar que les arrebataran sus tierras, aceptar que su pasado no tenía importancia y no podía ser compartido, y resignarse a vivir como marginados sociales, sobreviviendo en los límites del desierto, en las orillas de las calles, a las orillas del pasado que alguna vez fue un poco más dulce y que ahora solo atestigua su descenso… un descenso distinto, inverso, al que hicieron sus antepasados hacia la mítica tierra de Aztlán, puesto que aquel era hacia la grandeza y este es hacia la nada.
Miguel Méndez y su novela unen el contexto histórico de las rendiciones de identidad con la ficción, hilando la segunda a través de las huellas que él mismo encontró sobre el primero. Asimismo, va un paso más allá al utilizar las herramientas de la analepsis, la fragmentación narrativa y una prosa trágicamente poética para fortificar la pérdida, para resignificarla en algo más grande y, de alguna manera, más bello que su caída y el dolor individuales de los personajes.
Aún queda mucho por discutir sobre Peregrinos de Aztlán, como ya se ha mencionado antes, y esa es otra razón para mantener esta pieza literaria y a su autor dentro de las conversaciones y estudios actuales en torno a lo chicano, lo indígena, lo marginal y la identidad.










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