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Fuentes humanísticas

versión On-line ISSN 2007-5618

Fuentes humanist. vol.36 no.68 Ciudad de México ene./jun. 2024  Epub 07-Nov-2025

https://doi.org/10.24275/eppc3855 

Artículos

Un clásico de las letras mexicanas: los aforismos de Julio Torri

A classic in mexican literature:Julio Torri’s aphorisms

Luis Alfonso Martínez Montaño*  
http://orcid.org/0009-0002-6347-4513

* Instituto Politécnico Nacional, Área Humanística alfonsomtz78@gmail.com.


Resumen

El presente trabajo indaga en uno de los géneros más complejos de la literatura: el aforismo. Manifestación escrita que representa un puente entre la literatura y la filosofía y que fue cultivado por Julio Torri; uno de los escritores más notables del ámbito literario nacional. Autor que se vale del humor, la ironía y la escritura fragmentaria para emprender un proyecto literario de una calidad excepcional y cuya directriz más cara estribó en la brevedad.

Palabras clave: Julio Torri; aforismo; humor; ironía; fragmento

Abstract

This article explores the complex literary genre of the aphorism, a form that bridges the gap between literature and philosophy. It focuses on the work of Julio Torri, a renowned Mexican writer who masterfully employed humor, irony, and fragmentation to create exceptional texts characterized by their brevity.

Key words: Julio Torri; aphorism; humor; irony; fragment

Un ateneísta paseando en bicicleta

La aventura de adentrarse en la figura de Julio Torri (1889-1970) conlleva reconocer una complicación: evitar los lugares comunes para estudiar a un creador polémico y a una obra discreta para la literatura mexicana. La utilización de los términos polémica y discreta no se relaciona con un cariz negativo, por el contrario, los adjetivos sirven como una aproximación hacia un personaje que sentó las bases formales y de contenido para otorgarle un nuevo ímpetu al género del ensayo producido en el país.

Además, resalto una curiosidad, a saber, la misma biografía del escritor saltillense no genera consenso entre los que indagan al hombre como tal, pues existen contradicciones y misterios; como en cualquier otro ser humano. Al respecto, se dijo alguna vez que su vida está inmersa en un chismorreo que desilusiona por la fuente: el ámbito universitario al que perteneció más de cuatro décadas (Zaid, 1999, p. 39).

No obstante, el acercamiento a la vida del autor a través del chismorreo posee cierto encanto, ya que deja conocer una imagen atípica de un hombre muy culto. Aún tiene sentido precisar que se revela más de ese catedrático incansable a través de testimonios, pues no legó un diario, una autobiografía o unas memorias. A propósito, Margo Glantz, pupila de Torri, cuenta:

Don Julio salía luego, miraba con curiosidad a sus alumnos; era una mirada perpleja y de repente penetrante, humorística, y sus labios delgados se abrían imperceptiblemente, tanto que no sé en verdad si se abrían, pero por ellos pasaba un cierto aire burlón intermitente [...] A veces, cerca de la facultad, solíamos verlo, ataviado a la inglesa, con zapatos tenis, gorra de visera de celuloide, montado en su bicicleta, con la expresión más feliz y deportista que pueda encontrarse en un hombre tan alejado de la realidad y tan adepto a la vida retirada de la torre de marfil de una exquisita biblioteca (1994, pp. 75-76).

Resulta por demás llamativa la imagen de un ateneísta paseando en bicicleta. Aunque al pensar en Julio Torri, es necesario resaltar, reiterar, que lo biográfico no es un rasgo esencial para explicar una obra que fue una guía para otros autores que se decantaron por la creación de ensayos y otros géneros textuales que apelaban a la brevedad.

Una poética de la brevedad

Una mejor forma de acercamiento a Torri estriba en su misma producción textual. Obra de la cual solamente se publicó en vida del autor Ensayos y poemas (1917), De fusilamientos (1940) y Tres libros (1964); esta última incluye las dos primeras obras y se añaden las “Prosas dispersas”. No está de más mencionar que la encomiable labor del investigador francés Serge I. Zaïtzeff, autoridad en materia torriana, fallecido en 2014 y quien realizó Diálogo de los libros (1980), el Ladrón de ataúdes (Torri, 1987) y Epistolarios (Torri, 1995), facilita adentrarse en los otros mundos que configuró el escritor saltillense.

Otro aspecto relevante, a saber, Julio Torri no puede desligarse de la impronta que significó el grupo de “revolucionarios culturales” denominado el Ateneo de la Juventud. Cuyo mensaje espiritual contenía, según precisa José Luis Martínez, un propósito moral sólido, acometer toda labor cultural con austeridad, y un gran abanico de intereses: el conocimiento y estudio de la cultura de México; las literaturas española e inglesa; la cultura clásica o los nuevos métodos críticos para el examen de obras de carácter literario o filosófico; el pensamiento universal capaz de revelar la propia medida y calidad de nuestro espíritu; y la integración de la disciplina cultivada, en el marco general de las disciplinas del espíritu (1990, pp. 18-19).

Asimismo, el peculiar grupo referido le otorgó a la literatura mexicana un valor por sí misma. Para lograrlo caminaron y exploraron dos derroteros, uno de ellos fue la literatura de carácter realista, en la que incursionaron José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, y el otro fue la literatura de carácter ficcional, ámbito en el que Julio Torri acompañó a Alfonso Reyes, en ambos caminos el lenguaje tuvo un rol primordial.

A aquel se le ha cuestionado su actitud evasiva, pero lo que no se le puede reprochar bajo la óptica literaria consiste en la fidelidad que profesó a la brevedad. De hecho, en su misma producción literaria no se corrobora:

[...] esa voluntad de devorar y discutir el universo circundante, desde las culturas de otras latitudes […] hasta lo que está ocurriendo en el México revolucionario del momento, que era la voluntad de la mayor parte de los ateneístas […] (Pereira, 2007, p. 117).

Incluso los tópicos relacionados con la sociedad, la política y la identidad mexicana no están presentes en su obra. Armando Pereira señala que a Torri le interesa indagar en el universo interno del hombre con el fin de hallar conductas y comportamientos que tornan al individuo y la colectividad en sujetos irrisorios (2007, p. 119). No está de más enfatizar que ese interés por los sujetos referidos lo lleva al límite y sin escatimar ni un ápice de dedicación absoluta.

Otro rasgo relevante de Torri consiste en que es consciente del carácter innovador de su literatura que rompe con algunos de los modelos formales y temáticos más aceptados de su época (Olea, 2002, p. 144). Carácter que se manifiesta por su aversión al exceso de palabras, la cual quedó asentada con la siguiente afirmación incluida en el texto “El ensayo corto”:

El horror por las explicaciones y amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias. Prefiero el enfatismo de las quintas esencias al aserrín insustancial con que se empaquetan usualmente los delicados vasos y las ánforas (Torri, 1984, pp. 33-34).

Con dicho ensayo sobre el ensayo, valga la redundancia, Torri se aleja, como Odiseo de las terribles sirenas, de la tentación de explotar todo el tema, el “decir todo de un jalón”.

Esta brevedad de la escritura tiene su correspondencia precisa en las formas literarias frecuentadas por Torri, quien desde sus inicios como lector (y luego escritor) se acercó a géneros que entonces (e incluso ahora) se consideraban como menores y que se caracterizan por su concisión y su lengua muy cuidada: el poema en prosa, el miniensayo, el cuento breve, el epígrafe, el aforismo; de ahí, por ejemplo, su inveterado afán de coleccionista de epígrafes, los cuales suelen servirle de punto de partida para sus escritos, es decir, como la fuente de la cual se nutre su creación […] (Olea, 2002, p. 148)

La actitud del escritor saltillense es totalmente coherente con su rechazo de las expresiones demasiado categóricas y desarrolladas, así como su ideal de la sugerencia delicada y rica en alusiones.1 En este orden de ideas, con otro texto denominado “El descubridor” (incluido en De fusilamientos), Julio Torri fija, según le refiere a Emmanuel Carballo, una síntesis de su poética y su estética (1986, pp. 174-175). Además, enuncia un método de trabajo para todo aquel que se dedique a la escritura, aspecto que se enfatiza con una singular comparación: “A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera” (Torri, 1984, pp. 57). Y cada derrotero seguido por Torri adquiere matices diversos y llamativos que exigen a su receptor una lectura muy atenta, obligándolo a que se convierta en una especie de coautor.2

Humor e ironía como herramientas imprescindibles

Sin duda, llama la atención del lector que cada intuición del universo narrativo y lírico propuesto por Torri, porte la indumentaria de lo absurdo (que hace evocar a Kafka), lo paradójico, lo fantástico, o bien cubrirse con el horror, el humor y la ironía. A propósito de los dos últimos, Carballo señaló, en juicio favorable hacia el escritor, que constituyen características:

[...] que deberíamos aclimatar no sólo en la literatura mexicana sino en las letras hispanoamericanas. Nuestros autores […] ¿son por lo general, más tristes que una tumba y su humor, cuando deciden utilizarlo, por plantígrado no pasa de ser lamentable (1986, p. 178).

Para Torri el humor y la ironía, terminan siendo herramientas necesarias y estrechamente ligadas a su labor creadora. En este sentido, sobre el término humor preciso que durante la Edad Media fue usado según la tradición de Hipócrates,3 posteriormente, a fines del siglo XVI el dramaturgo inglés Ben Jonson, en sus comedias Cada uno según su humor y Cada uno más allá de su humor, perfila tipos que, según el humor que les caracteriza, están dominados por una inclinación que les empuja a sobrepasar las actitudes de naturalidad de los demás personajes; de esta manera, el vocablo acaba por asociarse con lo excéntrico y lo irrisorio.

A partir de entonces el término amplió extraordinariamente su significación, aunque es en el transcurso del siglo XVIII cuando se perfila la actual, que considera el humorismo como una actitud distanciada y aguda que lleva a valorar las cosas con jovialidad y gracia. En diversas ocasiones, se insiste en que no debe confundirse el humor con la ironía o la comicidad, sin embargo, la amplitud del término no permite una delimitación muy clara.4 El humor ha permeado la literatura de diversos lugares y su desarrollo debe relacionarse en particular con la inglesa.

Torri como literato, inseparable de la figura de Reyes, acusa la influencia, junto a la de los socráticos, Sócrates y Platón, de los humoristas ingleses del XVIi, grupo en el que se encuentran Laurence Sterne, Jonathan Swift o Daniel Defoe, y de los autores del XIX como Marcel Schwob, Charles Lamb u Oscar Wilde. La admiración del escritor saltillense por este último se hace patente en diversas ocasiones, tanto que enfatizará su futura influencia benéfica en la irrespirable atmósfera intelectual mexicana.

A propósito del vínculo estrecho del ateneísta con una de las herramientas aludidas previamente, se ha dicho que en sus obras el conocimiento particular da paso a una sabiduría general, lo cual se logra mediante un recurso literario en esencia, pero muy trabajado y discutido, es decir, la ironía. Margo Glantz precisa:

La ironía fue estudiada por los románticos y especialmente por Schlegel, quien decía “Uno no puede burlarse de la ironía. Sus efectos pueden hacerse sentir después de un tiempo increíblemente largo”. Y en efecto la ironía no se presta a la burla, aunque con la ironía se puede fustigar a los demás; la ironía es un recurso filosófico, más precisamente, un recurso socrático, recurso que para Torri es especial porque es un medio muy eficaz para desarrollarlo en aforismos, los cuales […] están a caballo entre la filosofía y la literatura [...] (1994, pp. 79-80).

Precisamente, Torri consigue realizar de forma destacada aquel texto erudito y sintético denominado aforismo, aspecto que lo equipara a otros autores reconocidos como Pascal, Montaigne, Quevedo y Nietzsche. Vale reiterar que la filosofía fue una disciplina de gran importancia en la formación del escritor mexicano,5 ya que todo ese cúmulo de saberes adquiridos fue condensado en singulares reflexiones breves que son la mar de ingeniosas y atemporales; esta virtud se explica en parte por el carácter autónomo de la ironía utilizada por el autor.

Asimismo, cabe precisar que sus reflexiones se vinculan con un montón de preocupaciones estéticas y literarias nada extensas y que se tornaron:

[…] en una suerte de obsesiones a las que les fue fiel a lo largo de toda su vida: el antihéroe, la vocación por el fracaso, el autorretrato, el mal gusto del éxito, la otra cara del mito o la leyenda, la mujer, la relación entre la vida y el arte. Nunca le interesó escribir sobre otra cosa […] (Pereira, 2007, p. 120).

En otras palabras, el singular abanico temático, propio de los aforismos, resulta muy interesante para cualquier lector sin importar la época.

Un “arte menor” de gran rebeldía

El filósofo Javier Recas precisa, en sus reflexiones sobre el aforismo, que existen cosas que únicamente son aptas de alcanzar cierta excelencia a través de la concisión, de lo contrario abandonan lo elocuente y lo incitador del esbozo que solo sugiere (2014, p. 7); se puede advertir que se plantea esa cercanía, podría decir se indisoluble, del género textual con la brevedad.

Aun vale recordar que en un sentido tradicional el término aforismo alude a una sentencia que pretende ser válida como norma de conocimiento del mundo. No obstante, al profundizar en el concepto, este se desliga de lo normativo. En este orden de ideas, el término no siempre se utilizó, pues en la Edad Media y el Renacimiento se prefería usar “sentencia”. Posteriormente, en el siglo XVII, reaparece el concepto como se conoce ahora, “[...] con entidad propia y conciencia de género, filosófica y literariamente relevante a un tiempo” (Recas, 2014, p. 9).

El aforismo se diferencia, a decir del filósofo, de la sentencia y la máxima porque estas albergan alguna regla, norma o precepto de carácter moral, aun cierta recomendación o advertencia que exigen un cumplimiento; el aforismo no posee una naturaleza normativa. La distinción entre sentencias, máximas y aforismos en la práctica no es tan evidente; las tradiciones nacionales determinaron su uso.6

Asimismo, Recas precisa que la delimitación a partir del siglo XVII es más artificiosa. El aforismo moderno superó las formas propias de la literatura breve (sentencias, máximas, apotegmas) y se sirve de las mismas como simples registros expresivos. “Esta vocación de concisión expresiva al servicio de un saber sin desarrollo argumentativo, es, tal vez, la única caracterización realista del aforismo actual” (2014, p. 10). Para el lector atento el rasgo mencionado se relaciona con la propuesta de Julio Torri.

Por otro lado, resulta pertinente señalar lo que aclara Gabriel Zaid en relación con el género, es decir, el aforismo se origina del saber profesional, de la compilación de dichos memorables. Con el tiempo el proceso literario de acuñación de frases cambia con la aparición del en- sayo. Ciencia que junto con un tipo novedoso de conciencia posibilitan:

[...] que los fragmentos conservados de obras inexistentes o perdidas inspiren un proyecto literario nuevo: el texto intencionalmente fragmentado, el texto audaz o irónico que habla como si lo supiera todo, como si hablara con la autoridad de un Tales o de un Hipócrates (Zaid, 1999, p. 53).

Julio Torri y el arte de elaborar aforismos

El gran emprendedor del proyecto literario enunciado fue Julio Torri. Sus aforismos fueron únicos desde su aparición porque sentaron un precedente innegable para la elaboración de una literatura de carácter fragmentario, que luego cultivaron otros escritores durante el resto del siglo XX en México, y por los procedimientos que emplea:

El escritor emplea todos los recursos a su alcance para crear un texto breve pero, sin duda, de la vasta gama hay algunos que empiezan a aparecer constantemente como el uso del fragmento como referencia intertextual o bien un humorismo que sirve como mecanismo de ocultación y, al mismo tiempo, de atracción a los lectores. Ambos recursos exigen al lector un cierto bagaje para acceder a este pequeño mundo de complejidad y completitud (Sánchez Pineda, 2012, pp. 66-67).

Justo ese lector no pasa por alto el vínculo de la propuesta del autor con lo lírico.7 Aun la presencia de lo ensayístico cobra relevancia, en cierto sentido, el aforismo de Torri bien podría ceñirse a esta singular definición: “No hay ensayo más breve que un aforismo” (Zaid, 1999, p. 50). De hecho, los ecos del ensayo ya los apuntaba Pedro Henríquez Ureña, contemporáneo del autor, pues consideraba que los tres primeros párrafos del texto “Beati qui perdunt…!” parecían aforismos8 (Torri, 1995 citado en Rodríguez, 2021, p. 151).

Más allá de la cuestión de los géneros, inseparable del legado textual del autor, el lector no duda en considerar a sus aforismos como tales porque reflejan vivencias significativas. Además, esos escritos personales tienen un alcance más amplío:

La pérdida de la hegemonía de la forma sentenciosa ha tenido clara expresión en el gusto actual por los aforismos de carácter subjetivista, que no pretenden ya expresar una verdad, sino tan solo hacer una declaración personal. Declaración, eso sí, que [...] nos atañe a todos en tanto seres humanos (Recas, 2014, p. 11).

La vivencia de Torri, podría decirse, posee un carácter universal.

Dicha experiencia de vida en Ensayos y poemas, primer apartado en Tres libros, se exhibe a través del género sintético del aforismo. Y vale precisar que el mismo epígrafe que da apertura a “Xenias”, es decir, “Las buenas frases son la verdad en números redondos”, resulta significativo, pues Torri alude al sentido de la precisión con que debe usarse un texto ajeno y que también revela una cualidad loable en él: la sobriedad como escritor.

Posteriormente, en “Almanaque de las horas”, último apartado en De fusilamientos,9 el autor esparce algunas muestras de singular sapiencia. Los aforismos muestran al hombre que trasciende el sólo vivir (tarea digna de gran mérito para Montaigne) a través de la enseñanza que deriva de la experiencia. El primer ejemplo es relevante:10 “Cuando alguien fracasa, nadie se ríe ni se alegra sino el que fracasó antes” (Torri, 1984, p. 82); la reacción legítima ante un resultado malogrado únicamente tiene sentido en otra persona que falló antes.

Para el siguiente aforismo se refiere que en ocasiones una elección puede poseer matices poco gratos, pero que es necesario hacerla:

La vida presente está compuesta como de muchas notas. Nos corresponde sin embargo escoger de ellas la que sea dominante en este acorde, que tiene a veces disonancias tan extrañas y desapacibles (Torri, 1984, p. 83).

El ejemplo posterior alude una manera pertinente de estimar la conducta de una persona: “Toda la historia de la vida de un hombre está en su actitud” (Torri, 1984, p. 83). Aun se le exige al lector11 que vincule dichas palabras con su experiencia vital, que las mismas no permanezcan indiferentes.

En este orden de ideas, el siguiente aforismo, de la sección referida, alberga una comparación elocuente y bien usada:

Las mentes son como los relojes: no las más finas las que fácilmente se descomponen, las que acogen a ciegas cualquier necia moda que las apasiona y saca de tino (Torri, 1984, p. 84).

Y se muestra el autor como gran ironista, ya que:

[…] es una ironía que conserva su vigencia en virtud de que no acude, para completarse, a ningún elemento fuera del texto o de la literatura misma […] requiere muy poco de “situacional” o pragmático para ser comprendida (Olea, 2002, p. 158).

Más adelante, el lector halla esta declaración por demás honesta:

Todos tenemos dos filosofías: aquella cuyas ideas morales quebrantamos en nuestra conducta, a causa de nuestra voluntad frágil; y otra filosofía, más humana, con la que nos consolamos de nuestras caídas y flaquezas” (Torri, 1984, p. 85).

Llama la atención el acercamiento de Torri al ser humano, ya que lo ve imperfecto y que no está libre de contradicciones; lo mira desde la óptica del desencanto.12

En la última parte del almanaque se incluyen dos reflexiones que vale la pena revisitar: “Los informales desperdician como cosa propia el tiempo precioso de las gentes puntuales” (Torri, 1984, p. 86); un verdadero alegato contra la impuntualidad, y “No hay que envanecerse nunca de una incomprensión” (Torri, 1984, pp. 89); en otras palabras, es innecesario mostrar orgullo ante la incapacidad de comprensión de un determinado saber o ciencia.

Cabe indicarse que el artista creador que acompaña al lector en las Prosas dispersas, último libro publicado en vida del autor deja un legado mayor de ese texto aforístico y realizado con pleno conocimiento de causa. Inclusive Torri vuelve a dejar al receptor con la tarea titánica de afirmar si los textos pertenecientes al apartado “Fantasías” se adscriben al cuento, al ensayo o al poema en prosa. No obstante, un rasgo que sí es indiscutible estriba en su habilidad para usar un lenguaje que alberga poesía.13

Además llama la atención que en “Muecas y sonrisas”, sección de las Prosas…, Torri deja solamente un par de mues- tras de su talento como hacedor de aforismos: “En el amor más espiritual hay algo de sensual. En el más sensual hay mucho de espiritual” (Torri, 1984, pp. 106); se advierte la irreductible combinación de lo carnal ligado a las sensaciones que producen los sentidos y lo intangible, dos caras de una misma moneda, ambas se complementan y no se anulan; tal vez un ortodoxo no entendería esa dualidad que propone el escritor. El otro ejemplo declara: “Cuando una mujer nos hastía, nos enfadan todas las que se le parecen, las que son de su mismo tipo” (Torri, 1984, p. 106); vale precisar que Torri provee un tratamiento hosco a la figura femenina en otros de sus escritos.14

Por un lado, en “Lucubraciones de medianoche”, incluido en el apartado referido de las fantasías, Torri deja más “pedacería textual” que se relaciona con lo aforístico y que presenta uno de sus temas predilectos, a saber, el artista (imperfecto). Figura que sin pudor descubre su experiencia vital a través de agudas reflexiones: “Los espíritus hablan a pesar del hipnotizador y del hipnotizado” (Torri, 1984, p. 114), lo incorpóreo y sustancial se manifiesta sin necesidad de una mediación; aquí está presente el autor irónico; “El gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir” (Torri, 1984, p. 114), pensamiento que hace evocar al autor saltillense que se aleja de los reflectores; y “El pudor de los filántropos está en no ser tiernos” (Torri, 1984, p. 115), de forma humorística se declara que aquel amante de la humanidad es bruto al divulgar sus acciones benefactoras.

Para Torri, un artista desprovisto de perfección logra vincularse con su singular consciencia creadora. Misma que le impide el anhelo por meras banalidades, como la fama, y con ello mantener una perspectiva prudente. Por ello afirma:

El artista. No proponerse [sic] fines secundarios en la vida: como posición social, dinero, buen nombre entre las gentes o sus amigos, etc. Su pan y su arte (Nietzsche). El artista tiene una orientación y vive por lo tanto dentro de la moral (Torri, 1984, pp. 115-116)

La afirmación del autor no es sorpresiva, pues representa una actitud a la que profesó fidelidad.

Al escritor saltillense no se le puede leer de forma impune, ya que sus textos breves estimulan sin duda al receptor.

El auténtico aforismo es mucho más que una cita. Cuando nos auxilia es porque nos asalta, si no estimula es porque nos provoca. Si no es provocador no es un aforismo logrado (Recas, 2014, p. 18).

En este sentido, los siguientes aforismos poseen ese rasgo provocador: “Los sueños nos crean un pasado” (Torri, 1984, p. 115); “La moral es a la postre un problema estético. Como «estética de las costumbres» la definió Fouillée” (Torri, 1984, p. 116); “Unas cuantas experiencias afortunadas dan el sentido de los negocios” (Torri, 1984, p. 116); “Matemos al cuáquero que todos llevamos dentro” (Torri, 1984, p. 116); con el último ejemplo se vuelve a mostrar al creador irónico que lanza sus dardos sobre tópicos delicados, a saber, una creencia religiosa.

En la lectura de los aforismos resulta inevitable no recordar al Torri creador que huía de los reflectores y cuya obra resulta tan original y por demás aleccionadora. Por eso no resulta extraño que mire al héroe como alguien a quien la arrogancia debe parecerle detestable: “El heroísmo verdadero es el que no obtiene galardón, ni lo busca, ni lo espera; el callado, el escondido el que con frecuencia ni sospechan los demás” (Torri, 1984, p. 117). Héroe que a su vez le son tan caros los instantes de soledad como aquellos cuando acomete una empresa creativa: “Somos una planta de luz (acción); pero también de sombra (reconditez, intimidad, aislamiento propicio al perezoso giro de nuestros sueños y meditaciones)”(Torri, 1984, p. 117).

Por otro lado, en la sección “Meditaciones críticas”, último texto de “Fantasías”, Torri retoma su tópico esencial, ya que las reflexiones se centran en un artista único: el escritor. Así como la actitud de éste en relación con el trabajo que culmina, a saber, la literatura. Además, el autor pone sobre la palestra su filosofía que se alimentó con la experiencia. Destaco los siguientes ejemplos: “Uno de los peores males de las guerras es la propaganda, la asfixia espiritual de la propaganda, de cualesquiera propagandas. La peor es la que utiliza falsedades” (Torri, 1984, p. 119), la crítica a uno de los peo- res vicios de cualquier ideología es contundente; “Cuando alguien reacciona contra los que le preceden, contra los mayores, contra las modas bajo las cuales creció, algo y mucho recibe de aquello mismo que combate” (Torri, 1984, p. 120); “X hacía muchas explicaciones y salvedades pero en realidad no tenía nada nuevo que decir” (Torri, 1984, p. 125), llama la atención este último aforismo y el precedente, pues enuncia el problema de desprenderse de las influencias y la dificultad de ser original que en otras palabras son los problemas que suele enfrentar el creador literario.

Refiero otros aforismos: “No pierdas de vista tus ideas fijas. Mantente alerta porque son la puerta que da a la locura” (Torri, 1984, p. 126), otra provocación, mandato, que alude a lo necesario de algunas representaciones mentales rígidas; “Ley de salud mental: no sufras por cosas imaginarias” (Torri, 1984, p. 126), una de las reflexiones que tal vez alcanzarían el estatus de entrañable para el receptor por su veracidad.

Se mencionó en líneas anteriores que Torri centra sus meditaciones en el escritor. Dentro de ese cúmulo declara una especie de principio relacionado con su experiencia vital que se liga a una derrota aleccionadora en lo artístico:

Los diálogos socráticos lo demuestran con certeza: El que sabe hacer algo nunca acierta a explicar la finalidad última de sus actividades. El que fracasa discierne en cambio perspicazmente los principios del arte (Torri, 1984, p. 119); y el lector halla una comparación destacada que señala “Hay artículos de crítica -los peores- que tienen lamentable semejanza con alegatos de abogado” (Torri, 1984, p. 125); esa mala crítica contra la que protesta el autor es sumamente dañina para la obra en sí.

Ahora bien, poco antes de mostrarse un tanto solemne, Torri muestra su faceta irónica, que consigue deleitar, pues alude a los pésimos escritores, sean los noveles, los experimentados que revelan sus defectos o aquellos que profesan fidelidad al mal gusto. Tres aforismos refieren lo indicado respectivamente: “Los viejos estamos un poco obligados a conocer a los nuevos valores literarios, hasta los de segunda categoría; pero de ningún modo a los de la decimosexta fila” (Torri, 1984, p. 120); “Hay escritores que a ratos dejan entrever las principales cualidades y limitaciones de su raza. Así Nerval” (Torri, 1984, p. 125); “Ese garrapateado con falsas elegancias y perendengues de pésimo gusto, de estilo pomposo y vacuo, promueve simpatía para los que escriben con sequedad” (Torri, 1984, p. 125).

Puede mencionarse que el autor más destacado, el que se despreocupa por el género de sus textos,15 es aquel que se ocupa del problema de la escritura, para él un oficio riesgoso, digno de un héroe y que debía mantenerse lejos del mal gusto y de ciertos vicios.16 Dicho escritor descubre, con gran delicadeza, verdaderas vetas dignas de apreciar con detenimiento: “Escribir hoy es fijar evanescentes estados del alma, las impresiones más rápidas, los más sutiles pensamientos” (Torri, 1984, p. 126).

Este escrito, un desdoblamiento del artista, no puede eludir la dimensión heroica referida, tan es así que Torri afirma:

Escribe luego lo que pienses. Mañana será tarde. Tu emoción, tu pensamiento se habrán marchitado. El escritor ha de tener a su servicio una firme voluntad; siempre ha de estar dispuesto a escribir (esa sombra de la acción) (Torri, 1984, p. 126);

ambos aforismos cierran las “Meditaciones…”.

El lector nota los grandes alcances de la reflexión -intencionalmente no polemizaré en la colindancia del género con el epigrama-,17 ya que se asemeja a un mandato irrevocable y además se pueden reconocer dos momentos en el aforismo. Explico: en el primero, se alude a un pensamiento susceptible de secarse, se revela una filosofía de vida para el escritor, porque él sabe lo insensato que resulta el desaprovechamiento del instante presente donde la imaginación capta algo que reclama plasmarse en el papel; en el segundo, la referencia a la voluntad de quien escribe, lo dicho no consiste en una perogrullada, por el contrario se habla de la alta consciencia del creador para con su arte, un trabajo que se va perfeccionando solo con la práctica constante.

Tras este breve recorrido por algunos aforismos de Torri, confirmo que sientan un precedente en la literatura fragmentaria del panorama literario mexicano. Aun me interesa destacar que se devela un escritor agudo e incisivo. Y vale la pena preguntar ¿por qué el autor se decantó por la realización de aforismos? La respuesta se centra en una actitud rebelde del autor, es decir, según Olea, él contradice algunas tendencias de la literatura nacional que dominaban a la primera mitad del siglo XX, no es extraño que se aleje de “cualquier teoría que postule […] un propósito no artístico. Por ello incluso se burla finamente del realismo literario […]” (2002, p. 153).18

Cabe precisar que para Julio Torri la brevedad y la ironía rebasan el hecho de ser técnicas literarias, pues permiten un acercamiento al mundo para entenderlo (Pereira, 2007, p. 121). Su uso de la ironía llama la atención porque decide vincularlo a lo fragmentario19 y alejarlo de lo innecesariamente extenso; la forma20 es una virtud que no pasa por alto.

En este orden de ideas, Elena Madrigalprecisó que la conciencia de Torri respecto a su proyecto literario era tan grande:

[...] que lo condensó en unas cuantas frases y recurrió a la ironía para expresarlo con el doble propósito de dar a entender que su obra no aspiraba a la trascendencia de las grandes formas literarias y de mostrar la originalidad de su técnica compositiva (2011, p. 152).

Resulta evidente para el lector atento, bajo esta óptica, que el escritor no buscó legar textos de largo aliento, sino revelarse como un artífice capaz de dominar un arte, aunque jamás con la intención de vanagloriarse de ello.

Asimismo, la investigadora alude a la manera como Torri desarrolló sus temas a partir de un epígrafe, trabajó géneros de esterilidad y compuso a base de cascajo, para indagar sobre ellas a partir de tres reflexiones filosóficas pertenecientes al Círculo de Jena: la capacidad generadora del fragmento; la imposibilidad de abarcar la totalidad (que torna al fragmento en signo de lo inacabado); y la mezcla de géneros con miras a la unidad (Madrigal, 2011, pp. 153-154). La perspectiva resulta de gran interés, pues intenta explicar con claridad la predilección de Torri por el fragmento, más allá de solamente referirse a su gusto por la brevedad.

En especial llama la atención que Torri, el artista, en relación con la mezcla genérica con la intención de unificar, se encamina a un problema complejo en dos sentidos, según Madrigal:

[...] porque si por una parte sus textos son completos y ordenados en sí, por la otra lo dejan con un sentimiento de frustración y pérdida puesto que jamás disimulan la heterogeneidad de los elementos que los conforman ni dejan de evidenciar la parcialidad de los esfuerzos de su creador (2011, p. 155).

Sin duda, lo heterogéneo en la conformación de los textos del autor hace resaltar un aspecto esencial que merece reiterarse, es decir, la preeminencia de la forma.

Conclusiones

Para terminar, destaco que los aforismos de Julio Torri ya son un clásico de la literatura mexicana porque consiguen que el lector asuma su rol de coautor y evoque la dificultad de otorgar una clasificación genérica a la producción textual del autor saltillense; tarea que a la fecha sigue resultando complicada y quizás innecesaria. Sin duda, aquellos allanan el camino para que otros autores, en el ámbito literario mexicano del siglo pasado, cultiven el género con más frecuencia.

Precisamente, Torri muestra con audacia la capacidad de poner un lenguaje poético al servicio de un texto breve. Exhibe una visión poética, denominación otorgada por la misma crítica, que estimula al lector con base en sugerirle, de ahí que mencione que el receptor de los aforismos, y demás textos, requieran tornarse coautores.

Asimismo, los singulares aforismos torrianos albergan una sabia reflexión de carácter universal. A su manera revelan ese vínculo indisoluble entre la vida y la obra que culmina un autor. Aun aluden al escritor que tiene un conocimiento profundo y consciente de su labor y que es capaz de comprender su oficio, de suyo complejo, en su justa dimensión, pues para Torri un texto no es un acontecimiento que fije pensamientos insustanciales. El escritor es una especie de héroe cuya obra demanda alcanzar lo perfecto.

Al respecto, el autor saltillense crea el aforismo genuino, aquel que va más allá de una frase ocurrente. Ya que su grandeza no estriba:

[...] en la agudeza per se, sino en la agudeza al servicio de una genuina reflexión. Su fuerza, es cierto, proviene de su sagacidad y elocuencia, pero su hondura procede de su carga alusiva. En el aforismo tanto pesa lo que se expresa como lo que inspira (Recas, 2014, p. 12).

Por una parte, nuestro autor es el gran artífice del trabajo con el fragmento que posee su manifestación por medio de la forma breve, la cual convierte en su principio guía. En realidad, se trata de una poética, una teoría de acuerdo con la de- nominación que le otorgan ciertos investigadores, a la que profesa una fidelidad indiscutible.

Por otra parte, Torri consigue cultivar de manera destacada el humor y la ironía en el ámbito literario nacional; navegando a contracorriente de la literatura en boga que se producía en su época. Ambas son para él herramientas esenciales, aun el lector reconoce la predilección por lo irónico.

Me atrevo a afirmar que en el seno de los peculiares escritos de Julio Torri, sean aforismos u otra clase de texto, ironiza con una reflexión del Retrato de Dorian Grey21 que enuncia el pintor Basil Hallward: “Un artista tiene que crear cosas bellas, pero no debe poner nada de su propia vida en ellas. Vivimos en una época en que la gente trata al arte como si tuviese que ser una forma de autobiografía. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza” (Wilde, 1981, p. 17). Señalo que ironiza, pues el autor saltillense juega un tanto con la imposibilidad de ocultar lo relativo a su persona en cada una de sus creaciones; aspecto que puede advertirse en los mismos aforismos.

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1 Según Zaitzeff, es de recordar que suele haber en Torri un repudio de todo lo discursivo y lógico para favorecer, en cambio, una visión eminentemente poética. El escritor está convencido de que el poder evocador de la palabra puede captar lo esencial y estimular la imaginación del lector (ver Zaïtzeff, 1983, p. 30).

2Sobre el rol del lector en la obra de Torri la crítica menciona: “[…] la exigencia de comunión absoluta entre el espectador y el creador, necesaria para generar el hecho estético, se convierte en sus escritos creativos en el deseo de que el lector participe activamente para completar el significado potencial (o los significados potenciales) del texto […] Al establecer una relación dinámica con el lector, Torri otorga a su obra un rasgo muy moderno que en parte explica la vigencia de la mayoría de los textos que nos legó” (Olea, 2002, pp. 151-52).

3El médico griego afirmó que en el cuerpo humano se mezclan cuatro líquidos relacionados con los cuatro elementos de que está formado el universo: la bilis amarilla con el fuego, la bilis negra con la tierra, la sangre con el aire y la flema con el agua. El comportamiento moral y el temperamento de cada hombre dependían de la relación con que estuviesen mezclados los humores y el predominio de uno o de otro, y así resultaban el colérico, el melancólico, el sanguíneo y el flemático

4El investigador Ernesto Sánchez Pineda delimita puntualmente en su tesis de Maestría, denominada Fragmento e ironía en las obras de Julio Torri y Carlos Díaz Dufooo Jr., los siguientes temas: el humor, lo cómico y el humorismo, recurriendo a conceptos como la ironía, la parodia y el sarcasmo. En este sentido, lo cómico viene a ser una acción o reacción del ser ante el humor, asimismo, es una generalidad y una de sus formas complejas es el humorismo, el cual es evidente porque uno de sus mecanismos estriba en exhibir la conciencia creadora. Por otro lado, la ironía (junto con el sarcasmo, la sátira y la parodia) es un recurso al servicio del humorista (Sánchez Pineda, 2012, pp. 69-86).

5Los aforismos de Torri sin duda pueden mirarse críticamente desde las siguientes vetas: filosofía y humor. Derroteros inagotables, por transitar para los diversos investigadores, que proveerán de una lectura interesante, original y enriquecedora a los breves textos del autor en cuestión.

6El filósofo aclara que en Francia maxime; en Inglaterra se usó sin distinción maxim o aforism; en España aforismo, varios de los aforismos de Baltasar Gracián son sentencias (Recas, 2014, p. 10).

7Zaitzeff señaló, a propósito de la labor de Torri, el desarrollo poético o la consciencia de la enorme expresividad de los adjetivos. Desde la perspectiva de Carballo es la extraordinaria habilidad para juntar de manera perfecta e indisoluble el sustantivo y el adjetivo (1986, p. 176).

8Solamente a manera de referencia se citarán esos tres párrafos: “Las cosas que vemos siempre, llegan a ser para nosotros una obsesión, una pesadilla. Afean nuestra vida, sin que nos demos cuenta de ello. Nuestro espíritu vive sólo dentro de la variedad infinita. Lo que lo fija en alguna impresión que se repite, lo daña gravemente. Viaja si cesar, he aquí lo que quiere la parte más ágil de nuestra alma”. En el segundo declara: “Renuncio a interpretar el instinto de conservación en los anima- les; pero en los hombres lo atribuyo a un sentimiento profundo de curiosidad”. Y en el tercero añade: “Nos interesamos en vivir como por el desarrollo de una novela; novela singular en la que el protagonista y el lector son una misma persona; novela que leemos a veces de mala gana, y cuya narración se anima muy de tarde en tarde” (Torri, 2011, p. 96).

9Sección que incluye textos que, si bien son pequeños ensayos, dan la idea de constituir una suerte de muy breves relatos de carácter didáctico.

10Aclaro que no se agruparon los aforismos de acuerdo con su tema, sino que se refieren en el orden que los encuentra el lector al revisar las tres obras mencionadas. Asimismo, no se propone una problematización interpretativa de los aforismos, pues necesitan un artículo o ensayo nuevo con base en esa perspectiva. Por ello se estimó pertinente tratarlos de forma general usando los parafraseos.

11Cabe reiterar la importancia del lector en la obra de Torri, pues se encarga de interpretar y sacar una conclusión personal de los textos. Véase Cabrera, Peñaloza y Muñoz (2013, p. 82).

12Zaitzeff puntualiza “que toda la visión del mundo de Torri está matizada y transformada por una ironía inglesa. Sin embargo, no se debe perder de vista que detrás de esta sonrisa suave se esconde un hombre triste y desencantado” (1980, p. 24); lo señalado parece corroborarse con un aforismo del propio Torri: “La melancolía es el color complementario de la ironía” (Torri, 1984, p. 83).

13A propósito de lo poético, Recas señala que resulta inasible la “magia del aforismo” que da brillo a una modesta frase que logra sustituir a una abundante explicación. Aunque son diversos los recursos que respaldan dicha “magia”, la definición es uno muy común; junto con la metáfora, el juego de palabras, la repetición, la comparación, el sarcasmo, la sátira, y otros (Recas, 2014, pp. 11-12).

14Por ejemplo, algunos contenidos en el “Almanaque de las horas”.

15En este sentido, se aclara: “[…] la despreocupación por la fidelidad estilística es una de las ca- racterísticas más evidentes del estilo aforístico. La negación misma del estilo como tal o la falta de conciencia de género no son infrecuentes entre los grandes aforistas” (Recas, 2014, p. 9).

16Cabrera, Peñaloza y Muñoz precisan: “Al parecer para Torri, el trabajo del escritor es una labor silenciosa, rigurosa y de mecanismos perfectos, de tal modo que la exigencia es mucha y la retribución poca, excepto por la perfección que exige la obra de arte” (2013, p. 83).

17Estima la crítica que los aforismos de Torri, en particular los de la obra De fusilamientos, pueden mirarse bajo la óptica de Mijail Malishev quien señala que el aforismo es un texto pequeño en que los sentidos de los términos pueden y cruzarse y chocar entre sí, al respecto la aforística es todo aquello susceptible de ser pensado de manera lógica y no corresponde (necesariamente) a algo externo al pensamiento; o bien, acorde a lo que señalan Irma Munguía y Gilda Rocha, ellas señalan que el aforismo es un tipo de discurso “intrigante”, ya que pretende insertar la duda y provee un valor a lo incierto, a lo otro, a lo desconocido; para concretarlo aparente formular una gran verdad para poner en entredicho y someter a juicio las certezas e ideas preconcebidas. Véase Cabrera, Peñaloza y Muñoz (2013, p. 84).

18Una perspectiva semejante es la que indica Armando Pereira: “Construida mediante la razón, la inteligencia, la lucidez, la brevedad y la ironía, la obra de Julio Torri […] nunca se sometió a ninguno de los lenguajes al uso de su época. Ni a la retórica revolucionaria […] ni a la estridente y ampulosa retórica modernista […]” (2007, p. 128).

19Destaco que el papel esencial del fragmento en la configuración textual y las diferentes nociones básicas del mismo, a saber, el fragmento como: ruina (objeto que perdió su completitud con el paso del tiempo); objeto inacabado (con intención o sin ella); objeto mutilado (principio básico del collage); e imposibilidad de la totalidad (contraponiéndose a los grandes tratados y discursos filosóficos), son tratados con amplitud por Sánchez Pineda (2012, pp. 54-64).

20En el aforismo la originalidad no constituye un valor decisivo, sino la forma representa lo valioso (como en la lírica). La agudeza, elocuencia y hondura residen ahí (Recas, 2014, p. 12).

21Obra cuyo prefacio está constituido de aforismos sobre el arte y el artista.

Recibido: 25 de Septiembre de 2023; Aprobado: 05 de Marzo de 2024

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