Preliminares
Los conceptos de vulnerabilidad y dignidad humanos son bellamente expuestos en la presente obra: La vulnerabilidad como origen de la obligación política (en adelante, LV), texto que comenzó a ser escrito a mediados del año 2019, pocos meses antes del inicio de la pandemia ocasionada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, situación por demás dramática que nos recordó precisamente eso: la vulnerabilidad humana. Su autor, el Dr. Pablo Galindo Cruz, profesor investigador en el Instituto de Humanidades de la Universidad Panamericana, Campus Aguascalientes, culminó sus estudios doctorales el pasado mes julio de 2022 en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, cuya tesis ha sido publicada y que pongo en manos del lector por medio de este escrito.
En cinco capítulos de entre 50 y 70 páginas, a lo que se añade un capítulo conclusivo y una extensa bibliografía, el autor desarrolla su argumento a partir de la revisión de la filosofía aristotélico-tomista del filósofo escocés Alasdair MacIntyre, quien más que dejar de lado el pensamiento clásico en su intento por subrayar la interdependencia y la vulnerabilidad, se da a la tarea de repensar por sí mismos los conceptos de necesidad e interdependencia humanas. Me parece que aquí encontramos el principal acierto académico del Dr. Galindo, pues su obra ocupará un lugar muy importante en los estudios relativos a la ética del cuidado, la feminidad, pero, sobre todo, en los referentes a la domesticidad, es decir, la emergente sensibilidad que exalta la importancia que tiene el hogar familiar en la vida de las personas humanas.
Estructura
Para analizar la problemática con la seriedad y profundidad indispensables, el autor sigue una rigurosa metodología filosófica y argumentativa que, con todo, no deja de lado el estilo ensayístico y la toma de postura ante una temática cada vez más ideologizada. En el capítulo introductorio (LV, 17-42), Galindo propone una delimitación conceptual: la necesaria diferenciación entre la vulnerabilidad en sentido ontológico y las vulnerabilidades accidentales o sociológicas. Apunta a que la mayor parte de la literatura científica se ha centrado en lo accidental y eso ha provocado una comprensión a veces parcial, otras veces errónea, de la fragilidad humana. En la delimitación de estos conceptos, el autor enmarca su discusión en el amplio debate relativo a la ética del cuidado, que ha ido en ascenso en la última década, pero que no ha sido ajeno a esfuerzos por convertirlo en un frente de batalla de ideologías parciales y reduccionistas de la persona, la mujer, el cuidado y la familia.
Los capítulos segundo (LV, 43-54) y tercero (LV, 55-87) amplían el aparato metodológico y profundizan sobre el concepto de vulnerabilidad partiendo, como se anunció desde un inicio, de lo escrito por Alasdair MacIntyre, particularmente en Animales racionales y dependientes (1999), texto de forzosa consulta sobre la fragilidad humana y su vinculación con la “animalidad”, la cual no es comprendida sólo en términos estrictamente físicos, sino también cognitivos. Lo dicho apunta a que las visiones ilustradas, que proponen una racionalidad absolutamente autónoma, olvidan o menosprecian la necesidad humana de convivir para aprender a pensar. Finalmente, se aborda la relación entre lo sociológico y lo filosófico, es decir, el modo en que estás disciplinas se disputan el estudio de la vulnerabilidad humana, a veces sin interactuar entre sí, lo que puede llevar a importantes equívocos en la comprensión del fenómeno.
En el cuarto capítulo (LV, 89-180) se continúa la exposición de la vulnerabilidad hasta el momento planteadas por el autor escocés, sin que por ello se convierta en un mero comentario -lo que ya de por sí sería útil- sino que aporta ideas propias del Dr. Galindo y se enriquece con una amplia discusión sobre la corporalidad, en la que se subraya la relación entre el cuerpo como la realidad material y simbólica, interrelacionado estos aspectos y señalando atinadamente su relación con la realidad individual y social e interdependiente del sujeto. A partir de estas bases, en el quinto capítulo (LV, 181-252), se presenta lo que considero el aporte más valioso del texto: una formulación de una ética de la vulnerabilidad, que integra de manera adecuada conceptos complejos como las diversas concepciones de justicia, la ética del cuidado, la autonomía moral, la igualdad y la dignidad. Resulta de particular interés la confrontación entre diversas concepciones de justicia, pues de ella se deriva uno de los conceptos centrales del planteamiento macInteryano y que constituye una profunda revisión a los postulados clásicos aristotélicos: la virtud de la justa generosidad. Galindo profundiza en lo planteado por MacIntyre y logra enriquecerlo, para no quedarse sólo en la relación de la justa generosidad que se da en las relaciones individuales, sino que busca justificarla como una virtud social, que moldee el carácter de las relaciones comunitarias.
El capítulo final concluye con una crítica perspicaz a la concepción eurocéntrica y autonomista de los Derechos Humanos, lo que podría parecer paradójico, siendo que el trabajo se fundamenta en un autor anglosajón, pero que se resuelve con éxito al entender con claridad la crítica de MacIntyre al proyecto ilustrado, y el modo en que tradiciones intelectuales originadas en el continente americano son capaces de proponer una alternativa que no sólo parece ser más viable, sino también más acorde a una concepción menos estrecha de la naturaleza humana.
Ponderaciones
Se puede afirmar que el modelo institucional que se proponer en esta obra no es uno basado en el poder -como lo es el Estado- sino fundamentado en el apoyo mutuo y la interdependencia. Estos pilares se encuentran, precisamente, en el centro de la institución más elemental: el hogar. Éste puede ser considerado la principal construcción humana y, por su esencia, el máximo parámetro de promoción social y cultural, pues en el hogar se ha de cuidar y proteger a sus miembros de la contingencia, de las intemperancias del mundo de los seres humanos, sin dejar de crecer “hacia dentro”. En efecto, la imagen del hijo que aún “habita” el vientre materno es, sin duda, la realidad simbólica que nos recuerda aún más nuestra condición de “criatura” y, por tanto, de nuestra natural necesidad de ser sostenidos en la existencia. Esta afirmación puede incomodar a muchos, sobre todo a aquellos pensadores modernos que pretenden reinventar la sociedad y la cultura asumiendo que todo ser humano ha de ser racional y libre, pero no vulnerable. Pareciera que el hombre contemporáneo está diseñado para transformar toda la realidad, incluso a sí mismo, en favor de los intereses individuales o colectivos, los del mercado o los del Estado, los de los varones o los de las mujeres, pero -paradójicamente- no en favor de los “necesitados”, es decir, de todos, pues nuestra condición de “necesitados” une a las razas, a la condición social y a los sexos.
El drama hasta ahora expuesto se puede estudiar y justificar desde los nuevos y muy diversos estudios sociológicos, clínicos y estadísticos con gran precisión, pero no sin controversias. Sin embargo, para el observador sensible y honesto basta con volver la mirada a la vida familiar doméstica -en acto o en potencia- para apreciar con claridad que padres, madres e hijos estamos llamados a saber hacer hogar o, mejor dicho, estamos llamados a reconocer nuestra vulnerabilidad y, consecuentemente, apoyarnos mutuamente desde nuestra condición sexuada y generacional. En efecto, la familia está pensada por Dios para saber “instalarse” en su propia existencia, en su propio hogar, en su propio espacio vital, de manera contundente, para luego hacer extenso ese mismo espíritu a su entorno inmediato, esto es, a las periferias, como afirma el Papa Francisco, a su comunidad, a su nación, sin dejar de ser “familia”. Éste es, quizás, el mensaje que el entrañable San Juan Pablo II (1920-2005) dejó con mayor claridad en su Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (1981): ¡Familia: sé lo que eres! ¿Quién puede oponerse a que el mundo civil y corporativo incluya en su visión la posibilidad de que sus colaboradores tengan un hogar y una familia a la que han de volver para ser restaurados? ¿Quién podría estar en desacuerdo con tan necesario ideal? ¿Por qué motivo? ¿Cuál puede ser el principal reto a vencer si lo que se quiere es poner el hogar familiar en el centro de la sociedad?
Me parece que lo primero que tiene que pasar es que tanto los padres como las madres de familia y, consecuentemente, los hijos, aceptemos que somos eso: vulnerables, y que nos necesitamos a nosotros mismos en cuanto familia para “sacarnos adelante” y, en consecuencia, a la humanidad entera. Para ello, no hace falta convertirse en un permanente “transeúnte” que va de “puerto en puerto” sin lograr asentarse definitivamente en ningún lado. No, lo que hay que recordar es que, en mi hogar, yo importo en cuanto que “soy” varón, esposo, padre de familia y trabajador. Lo mismo se puede decir de la mujer, pero el tema se complica un poco más, pues ella “es” hogar en donde quiera que se instale, pero de modo más radical en el suyo propio: ella es el fuego del hogar, pero ese fuego ha de ser alimentado por las manos del esposo-padre y de los hijos. Esta última idea se ha transmitido en los estudios de matrimonio y familia como el modelo de la “corresponsabilidad”, en la que todos los miembros de la familia deciden libremente asumir las funciones domésticas hasta el momento encargadas principalmente a la ama de casa. Sin embargo, este nuevo modelo se ha acompañado por la actual promoción feminista de la “mujer liberada” que decide asumir una profesión fuera de casa como su actividad principal, hasta el grado de olvidar que la mujer también es vulnerable: ella también tiene que ser sanada.
Es evidente que la nueva cultura postmoderna nos está llevando irremediablemente hacia una nueva sociedad más “femenina” y hacia un nuevo hogar más “masculino”. Pero hay un problema: no se puede aprender a ser “doméstico” sin el genio de la mujer. Estar de vuelta en el hogar implica estar de vuelta principalmente en la esposa-madre, pues ella sabe restaurar la vida familiar de modo más entrañable, a lo que todos nos deberíamos de sumar con entusiasmo. A reflexionar sobre estas ideas nos invita la obra que pongo en manos del lector: La vulnerabilidad como origen de la obligación política, esfuerzo de incalculable valor que da argumentos filosóficos y sociológicos que permitirán al lector profundizar en la realidad del ya mencionado concepto de vulnerabilidad, el cual es presentado como originario de toda obligación, en lo individual y en lo social. Un concepto mucho más profundo de lo que a primera vista pudiera parecer y mucho más fundamental de lo que ha sido considerado.









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