INTRODUCCIÓN*
A comienzos del siglo XXI publiqué dos artículos en los que se llevaba a cabo un balance historiográfico que pretendía reflexionar sobre los cambios producidos en las últimas décadas de la pasada centuria en el ámbito de la investigación en historia de la psiquiatría. El primero fue publicado en la revista mexicana Secuencia y analizaba, para el caso español, el tránsito de una historia hagiográfica basada en “mitos fundacionales” a una historia social, más crítica, surgida de la influencia de la escuela de Annales y de las propuestas de corte foucaultiano.1 El segundo, aparecido en la publicación española Frenia, señalaba en un contexto más general la existencia de una historiografía tradicional, centrada en las grandes figuras y los grandes logros de la psiquiatría, que ofrecía una visión “internalista”, confortable, más o menos “heroica” y legitimadora de saberes y de prácticas, y una historiografía crítica o “revisionista”, más “externalista”, más incómoda y cuestionadora de las teorías y prácticas de una psiquiatría que empezó a ser considerada como una disciplina de poder.2 El tránsito del siglo XX al XXI era propicio para este tipo de reflexiones de recuento y balance y también resultaba ser un momento idóneo para plantearse los posibles derroteros por los que podría caminar una historiografía psiquiátrica necesitada de nuevos enfoques que ya entonces comenzaban a apuntarse.
En los últimos veinte años, los estudios sobre historia de la psiquiatría, la locura y la llamada salud mental han aportado novedades diversas y muy significativas. La historia cultural ha irrumpido con fuerza3 y el diálogo con otras disciplinas académicas, como la antropología, la sociología, los estudios culturales, etc., han posibilitado análisis y perspectivas de más largo alcance. Han surgido nuevas e inéditas preguntas de investigación, pero también la necesidad de replantearse viejos temas desde ópticas diferentes y actualizadas. Mi intención en las próximas páginas es plantear una serie de cuestiones que, sin pretensiones totalizadoras, nos permitan reflexionar sobre estos nuevos desafíos historiográficos. Con este objetivo, me centraré en cuatro puntos que, a mi juicio, nos pueden ofrecer claves suficientes para identificar los derroteros por los que la investigación en historia de la psiquiatría ha venido transitando en las dos últimas décadas y hacia dónde puede dirigirse. Así, en primer lugar, abordaremos la consideración de la psicopatología como una elaboración cultural que nos permita entender de qué manera se ha construido históricamente buena parte de los saberes psiquiátricos. En segundo lugar, problematizaremos la historia de las instituciones psiquiátricas realizadas exclusivamente en clave de control social, argumentando la importancia de conocer prácticas clínicas y asistenciales concretas, así como la vida cotidiana en el interior de los establecimientos psiquiátricos, con sus procesos de negociación y resistencia y, en suma, entender que dichas instituciones deben considerarse comunidades complejas con una cultura propia. En tercer lugar, resulta imperativo estudiar otros dispositivos asistenciales fuera del asilo. Del mismo modo que los distintos procesos de desinstitucionalización desplazaron el manicomio como eje de la asistencia psiquiátrica, se hace preciso “desinstitucionalizar la historiografía”, expresión que propongo para señalar la importancia de tener en cuenta la historia de las reformas psiquiátricas y las relaciones con la salud pública, las políticas públicas, etc. Finalmente, en cuarto lugar, insistiremos en la necesidad de una historia de la psiquiatría “desde el punto de vista del paciente”, que considere la experiencia vivida por las personas psiquiatrizadas. Todo un reto historiográfico en la medida que requiere presupuestos teóricos y metodológicos en cierto modo alejados de la historiografía más tradicional.
Una última advertencia: aunque otros ámbitos geográficos y culturales como el centroeuropeo o el sajón, cuentan también con una historiografía psiquiátrica amplia e importante, dadas las características de este dossier, dedicado a las ciencias psi enAmérica Latina, me centraré fundamentalmente en la historiografía psiquiátrica producida en el espacio iberoamericano que, como se verá, ha tenido un muy importante desarrollo en lo que llevamos del presente siglo.
PARA UNA HISTORIA (CULTURAL) DE LA PSICOPATOLOGÍA
Hasta hace relativamente poco, la historiografía psiquiátrica ha prestado escasa atención al proceso de constitución de la medicina mental a partir del desarrollo y la difusión de la cultura moderna en torno al yo y a la subjetividad. En España, los trabajos de Enric Novella,4 inspirados en las propuestas de Doris Kaufman5 o Jan Goldstein,6 han insistido en cómo una nueva percepción del individuo alentada en el cambio del siglo XVIII al XIX por el romanticismo, el idealismo y el espiritualismo condujeron a una visión de la locura que, a su vez, resultó decisiva en la creación de nuevas instituciones para locos y en la consolidación de un discurso científico-médico en torno a las enfermedades mentales. Si aceptamos, con Fernando Colina,7 que las psicosis cambian a la vez que lo va haciendo a lo largo de la historia lo que entendemos como subjetividad, es decir, el sentido de la privacidad, el espacio interior o las estrategias del deseo, estaremos en condiciones de reconocer que la historia de la psiquiatría no puede prescindir de la historia cultural de la subjetividad, pero ésta, a su vez, no puede obviar la evolución y la extraordinaria proyección de los saberes psi en la cultura contemporánea.8 Tales planteamientos vendrían a complementar la importante tradición que en la historia de la psiquiatría representa la historia conceptual de los síntomas propuesta por la escuela de Cambridge, cuya figura más representativa es el psiquiatra e historiador de origen peruano Germán Berrios,9 autor muy influyente tanto en América Latina (la Universidad de Antioquía en Colombia creó en 2006 una cátedra de psicopatología descriptiva que lleva su nombre) como en España.10
Ahora bien, la historia de la psicopatología descriptiva, entendida como “una historia de la psiquiatría para clínicos” no es incompatible, en absoluto, con una historia cultural de los saberes y conceptos psiquiátricos, de la que también los clínicos pueden extraer enseñanzas: si determinadas experiencias de las personas se traducen de manera mecánica en síntomas o en patologías se tiende a separar la manifestación clínica del contexto social, cultural y biográfico en que han aparecido. Por eso, conviene tener presente que la psicopatología descriptiva es una semiología con la que se ha pretendido, históricamente, identificar y describir el síntoma (o el signo) con el fin de definirlo, ordenarlo, clasificarlo, pero no de interpretarlo o comprenderlo.11 Se trata de un matiz importante porque permite entender dicho síntoma como un objeto cultural, lo que nos lleva a establecer de qué manera se va produciendo la construcción, evolución e institucionalización de los discursos y los conceptos psiquiátricos.12 En esta misma línea de pensamiento, podríamos afirmar que la historia de las clasificaciones psiquiátricas o psicopatológicas, objeto de interesantes estudios en los últimos años,13 pone de manifiesto que los sistemas clasificatorios pueden ser herramientas útiles para alcanzar consensos tanto en las elaboraciones teóricas como en la práctica clínica o asistencial, pero siempre que aceptemos que son siempre abstracciones artificiales, con categorías creadas en momentos históricos concretos.
Tampoco podemos olvidar que la formulación de los conceptos psiquiátricos, y la construcción del discurso psicopatológico, dependen en muy buena medida del espacio en el que se produce el encuentro clínico, que puede ser abierto o cerrado, de observación o de escucha, público o privado, etc. Las diferencias pueden llegar a ser notables.14 Finalmente, los intereses de los profesionales (alienistas, psiquiatras, psicólogos clínicos, psicoanalistas), traducidos en retóricas de legitimación científica y social y en estrategias de monopolio competencial,15 así como los modelos y las políticas asistenciales, terminan por establecer las características de las instituciones psiquiátricas donde se produce el mencionado encuentro clínico.
DE LA HISTORIA INSTITUCIONAL A LA HISTORIA POLÍTICA Y CULTURAL
Los establecimientos psiquiátricos, entendidos como espacios de observación científica, como instituciones terapéuticas, asistenciales, tutelares o de regulación social, como heterotopías en el sentido foucaultiano,16 o como instituciones totales según la propuesta de Goffman17, han sido uno de los objetos de estudio más frecuentado por la historiografía psiquiátrica. Una vez superada la historia complaciente y hagiográfica de las grandes figuras o de los mitos fundacionales,18 y una vez problematizadas las interpretaciones, a veces simplistas, basadas en el control social,19 las investigaciones sobre las instituciones psiquiátricas se han hecho cada vez más sofisticadas. La vieja historia institucional ha dado paso, en el presente siglo, a una historia política y cultural que ha incorporado nuevas fuentes y ha enriquecido las posibilidades hermenéuticas. Algunos trabajos,20 a un lado y al otro del Atlántico, han apuntado en esa dirección y en los últimos tiempos un número importante de investigaciones se han centrado en comprender la dinámica de las instituciones en función del entorno social, político, económico y cultural en el que se fundaron y desarrollaron su actividad.
Se trata de trabajos que prestan especial atención al contexto: contextos políticos que permiten entender la organización de la asistencia psiquiátrica en el marco del modelo de Estado; escenarios urbanos (la relación del manicomio con la ciudad, con sus habitantes o, incluso, con determinados intereses especulativos), contextos sanitarios y científicos (modernización tecnológica, reformas organizativas, etc.) y, naturalmente, las diferencias entre los establecimientos públicos y privados tanto en los medios materiales como en la selección de pacientes. En el ámbito iberoamericano son de destacar aportaciones recientes que han tenido en cuenta todos estos aspectos,21 obras en las que se puede apreciar de qué manera han cristalizado una serie de ideas, de enfoques y perspectivas sobre las que se ha venido trabajando en las dos últimas décadas. La producción al respecto ha sido muy amplia e imposible de reproducir aquí. Tan solo señalaré algunos trabajos que me parecen especialmente relevantes tanto por la importancia de las instituciones estudiadas como por el novedoso enfoque historiográfico. En México, La Castañeda ha sido, sin duda, uno de los establecimientos psiquiátricos mejor estudiados;22 en España el antiguo manicomio de Leganés, próximo a Madrid, ha sido también objeto de investigaciones detalladas;23 destacaré finalmente el reciente estudio sobre el Hospicio Nacional de Alienados en Río de Janeiro.24 Otro aspecto interesante que se ha señalado en algunos trabajos es la consideración de las instituciones psiquiátricas como factorías de producción de bienes y servicios, una dimensión económica no siempre suficientemente explorada por la historiografía.25
En todo caso, lo que me parece más relevante de esta renovada historiografía de las instituciones psiquiátricas es la posibilidad de compaginar diversos acercamientos metodológicos (cuantitativos y cualitativos) que sean capaces de analizar los saberes pero también las prácticas psiquiátricas,26 los tipos de ingreso y las estancias medias, las características sociodemográficas de la población manicomial –con especial énfasis en las diferencias de género y de clase–, las experiencias y subjetividades de los internos e internas, etc. Todos estos elementos permiten contestar preguntas de investigación que van más allá de interpretaciones cerradas, como la ya referida del control social,27 o como la crisis permanente de los manicomios a lo largo de la historia. La mayoría de los estudios sobre establecimientos psiquiátricos de todo el mundo ponen de manifiesto la masificación, el hacinamiento, la insalubridad, los maltratos, los escasos recursos, la falta de personal, etc. Se trata de lugares comunes que, siendo ciertos, pueden impedir análisis más finos que tengan en cuenta los múltiples intentos reformistas, desarrollados con mayor o menor éxito, y que ponen de manifiesto las tensiones, negociaciones y debates entre profesionales y políticos, entre políticas institucionales y presiones sociales, etc. Precisamente por eso, se viene señalando la necesidad de acometer, a través de estudios individuales o de proyectos colectivos, investigaciones que abarquen varias décadas y varios periodos de la historia política y social de un país determinado, pues los ciclos de crisis y renovación deben ser entendidos en contextos políticos e ideológicos de larga duración.28
Para todo ello, resulta fundamental un riguroso trabajo de archivo (documentos administrativos, libros de registro, información financiera, estadísticas, expedientes clínicos, escritos de pacientes, prensa, etc.) que aspire a reconstruir la historia de las instituciones a partir de las muy diversas voces que emergen de dichas fuentes,29 que no se limitan al discurso –o las prácticas– de los médicos sino también al del personal de enfermería y vigilantes, así como al resto de profesionales y agentes sociales que intervienen, de manera más o menos directa, en la gestión de la locura: administradores, arquitectos, jueces, policías, periodistas y, por supuesto, los propios pacientes y sus familiares. Se trata, pues, de instituciones con sujeto, generadoras de fuentes polifónicas que nos obligan a tener visiones poliédricas de las instituciones psiquiátricas y a considerarlas en una complejidad cambiante según el momento histórico que se considere.
Un aspecto en el que merece la pena insistir, para terminar, es la importancia que en la historiografía psiquiátrica ha tenido, y tiene, la consideración de la medicina mental como dispositivo, es decir, como una extensa red de vínculos que articulan instituciones, leyes, espacios arquitectónicos, medidas policiales y judiciales, saberes y prácticas médicas, etc.30 Buena parte de dicha historiografía producida en América Latina y España en las últimas dos décadas ha utilizado como marco teórico y explicativo, de manera implícita o explícita, esta noción de dispositivo.31
Pero semejante marco teórico permite entender la psiquiatría más allá de sus estrictas fronteras disciplinales.32 Otras instituciones, que no son el manicomio ni otros espacios sanitario-asistenciales, son objeto de estudio en el ámbito de la historia psi, así la escuela y la construcción de la categoría “infancia anormal”33 o los tribunales de justicia y los peritajes psiquiátricos.34La prensa35 y la literatura, siendo fuentes tradicionales, continúan resultando fundamentales para la actual historiografía psiquiátrica.36 Pero junto a la literatura de ficción, merece la pena destacar también otros productos culturales que están siendo objeto de estudio en el ámbito de la historia de la psiquiatría y de la locura, en particular las relacionadas con las producciones artísticas y la cultura visual, desde el arte psicopatológico37 a las fotonovelas38 o al cine y otros productos culturales.39 Una amplia variedad de escenarios que, a mi entender, favorecen el diálogo interdisciplinar, la amplitud de miras y el abanico de posibilidades que puede llegar a abrirse en el análisis histórico de una problemática tan compleja como la locura en sus muy diversos contextos, médicos, psicológicos, políticos, culturales, etc.
DESINSTITUCIONALIZAR LA HISTORIOGRAFÍA
No cabe duda de que el estudio de la asistencia psiquiátrica manicomial cuenta con una amplia tradición. Aunque susceptible de enfoques diversos, podemos afirmar que contamos con un marco teórico más o menos depurado, más o menos aceptado y consensuado para comprender la psiquiatría del siglo XIX. Sin embargo, para el siglo XX los modelos teórico-metodológicos y hermenéuticos centrados en la institución asilar dejan de ser efectivos. En los últimos tiempos las investigaciones históricas en torno a la psiquiatría y la salud mental en el siglo XX han ido en aumento, lo que demuestra el creciente interés por este periodo. Trabajos que ponen de manifiesto que el modelo decimonónico de profesionalización (la preocupación de los psiquiatras por su espacio competencial) o el de disciplinamiento social (las instituciones como instrumento político-social, con todos los matices que queramos ponerle), no nos permiten incluir problemáticas ni acontecimientos acaecidos en el siglo XX, sobre todo en su segunda mitad. La atención psiquiátrica en dicha centuria se caracteriza, entre otras cosas, por procesos de desinstitucionalización que fueron desplazando el manicomio hacia otros dispositivos asistenciales. Se hace preciso, pues, desinstitucionalizar la historiografía pues, aunque los establecimientos psiquiátricos cerrados siguen siendo objetos de estudio, lo que podríamos llamar la atención extramuros ha cobrado un innegable protagonismo.
La Higiene Mental ocupa un lugar privilegiado en la historiografía psiquiátrica más reciente. Tanto los trabajos sobre estudios de caso concretos,40 como los análisis comparados,41 han puesto de manifiesto que el desarrollo de la Higiene Mental, como movimiento trasnacional, refleja el papel desempeñado en las sociedades europeas y americanas por las utopías científicas y sociales inspiradas en ideales de regulación social. Nuevas líneas de investigación en historia del psicoanálisis han venido a complementar esta visión al analizar su relación directa con la Higiene Mental42 y, de manera más general, con la defensa social.43
Sin embargo, a partir de la década de los cincuenta, las novedades y los cambios conceptuales son cada vez más importantes. La vieja higiene mental (eugenesia, higiene racial y defensa social) será reemplazada por una salud mental (prevención, bienestar y ciudadanía) que actuará desde otros parámetros, con otros modelos y en el seno de organismos supranacionales, como la World Health Organization (WHO)-Organización Mundial de la Salud (OMS), con sus comités de expertos en salud mental, cuyos presupuestos y actividades están empezando a estudiarse.44 Además, los años cincuenta son los del descubrimiento de la clorpromazina (1952)45 o los de la propuesta de comunidad terapéutica por parte de Maxwell Jones (1953),46 que tanta influencia ejercerá en las múltiples experiencias de transformación asistencial de los años sesenta y setenta, tanto las vinculadas al llamado movimiento antipsiquiátrico,47 como las más técnicas, pero igualmente críticas, reformadoras y alternativas al manicomio.48 El psicoanálisis desempeñaría, en este nuevo contexto, un papel algo diferente al apuntado más arriba, pudiéndose identificar, al menos en algunos ambientes psicoanalíticos, un compromiso por lo político y lo social, en ocasiones con una clara apuesta revolucionaria, que merece la pena indagar.49
Así pues, la reformulación de las políticas de salud mental en relación con los procesos de cambio social resulta ineludible.50 El estudio histórico de las reformas psiquiátricas, de la desinstitucionalización y de la implantación del modelo de salud mental comunitaria, implica abordar, además de experiencias reformadoras concretas, el concepto y desarrollo de la llamada psiquiatría social, entendida como aquella que debía propiciar “medidas preventivas y curativas que están encaminadas a conseguir la competencia del individuo para un uso satisfactorio de su vida en relación con su propio ambiente social”.51 Definición que contiene dos premisas fundamentales: por un lado, que las personas con enfermedades mentales pueden adaptarse a un entorno social complejo; y por otro, que los contactos y las relaciones sociales resultan útiles para la prevención y curación de los trastornos mentales.52 Golpe de gracia al encierro manicomial y apertura de posibilidades de investigación histórica que salta definitivamente del espacio cerrado del asilo, al gran y abierto espacio social.
Es de notar que esta apertura hacia nuevas fuentes y perspectivas se ha producido de manera simultánea con una diversificación historiográfica internacional sobre los trastornos mentales, no solo en cuanto a temáticas y enfoques, sino también a contextos geográficos que nos permiten profundizar en dinámicas nacionales y en circuitos regionales y globales. Algunas obras recientes han profundizado en esta cuestión, demostrando que existe una pluralidad de epidemiologías psiquiátricas impulsadas por un amplio abanico de elementos: cuestiones intelectuales, estrategias políticas, ideales reformistas, culturas nacionales, experiencias coloniales, influencias internacionales y, cómo no, objetivos de control social.53 Con trabajos centrados fundamentalmente en África, Asia y América Latina, se describe un desarrollo desigual de las epidemiologías y conceptos psiquiátricos en las distintas regiones socioculturales, pero todas influidas por una circulación transnacional y selectiva de conceptos, técnicas y conocimientos, que se movían a través de caminos multidireccionales entre y dentro del norte y del sur globales. No podemos ignorar, en este sentido, la importante tendencia historiográfica que apunta a la superación del eurocentrismo también en historia de la psiquiatría.
EL PUNTO DE VISTA DEL PACIENTE
Con el antecedente fundamental de trabajos como los de Roy Porter54 o de Heinrich Schipperges,55 en las últimas décadas la historiografía médica ha prestado especial atención a “la voz del paciente” y, de manera particular para el caso que nos ocupa, a la perspectiva de las personas psiquiatrizadas. En los archivos de las instituciones psiquiátricas se encuentran con frecuencia, junto al expediente clínico de los pacientes, diversos escritos, diarios o cartas que, por diversos motivos, nunca llegaron a su destino.56 Unas narrativas que contrastan con lo que los psiquiatras escribían en los expedientes clínicos produciéndose, en expresión del historiador mexicano Andrés Ríos, una “polifonía de los expedientes clínicos”,57 que debe tenerse en cuenta a la hora de abordar este tipo de fuentes.
La literatura epistolar, así encontrada, permite obtener informaciones adicionales sobre el funcionamiento y la vida cotidiana en los establecimientos psiquiátricos desde la experiencia del internado, sobre sus preocupaciones, sus angustias o sus miedos. Este tipo de investigaciones exige un notable trabajo heurístico, de localización de fuentes no siempre fáciles de ordenar y analizar, además de un esfuerzo de recopilación y trascripción.58 Asimismo, los periódicos escritos y editados en el interior de los manicomios han sido tradicionalmente considerados subproductos institucionales con un interés, como mucho, en el ámbito de la laborterapia. Sin embargo, este tipo de publicaciones (revistas, fanzines, murales impresos, hojas escritas a mano o impresas, etc.) constituyen una fuente histórica importante, aunque poco explorada, en la que poder recabar información sobre aspectos muy variados de las instituciones y de sus dinámicas internas.59 Fuentes que deben tratarse con cautela y han de ser contrastadas con otras pues, aunque en algunos casos los internos pudieron tener más iniciativa, en general cabe pensar que la mayoría de las veces debieron ser actividades tuteladas y sujetas a la censura de los responsables de la institución, cuando no a la autocensura de los propios pacientes-redactores.60 En todo caso, se precisan ajustes metodológicos que avancen tanto en la configuración tipológica de estos escritos, como en las preguntas a formular y los posibles enfoques analíticos en el estudio de tales narrativas.61
Entre los estudios que abordan este tipo de fuentes, merece la pena destacar los desarrollados desde un enfoque de género, que han tomado como fuentes los escritos de mujeres ingresadas en instituciones psiquiátricas.62 Asimismo, más allá de las investigaciones empíricas, las epistemologías feministas pueden ofrecer claves interpretativas (la teoría del punto de vista, el concepto de conocimiento situado, etc.) muy útiles en este marco de análisis.63 Descentrar el lugar de la enunciación, según la recomendación de Sandra Harding,64 implica no centrarse necesariamente en lo que se enuncia desde el lugar del experto (desde los saberes oficiales y hegemónicos) sino poner el foco en el análisis el discurso del no experto, de los grupos subalternos: mujeres, colonizados, obreros, enfermos y, en nuestro caso, locos y locas. Siempre teniendo en cuenta que dichos grupos subalternos son también capaces de generar un conocimiento profano,65 adquirido por la experiencia, que se confronta en no pocas ocasiones con el saber experto y que no debe ignorarse desde el punto de vista histórico o epistemológico.
Cabe decir, finalmente, que este interés por la locura escrita es compartido por otro tipo de acercamientos, como los procedentes de los estudios culturales y, más concretamente, de los llamados mad studies. Los mad studies pueden definirse como un gran programa de producción de conocimiento y de activismo político que tiene por objeto el estudio crítico de las formas de estar, pensar, comportarse o relacionarse con el psiquismo. Valoran y tienen muy en cuenta las experiencias de los supervivientes de la psiquiatría y se esfuerzan por transformar las ideas, las prácticas, las leyes e, incluso, los lenguajes opresivos, tanto en el ámbito de la salud mental y de los saberes psi, como en contextos sociales y culturales más generales.66
Estos “estudios locos” pretenden desarrollar una metodología transversal que obligue a poner en diálogo la medicina, la psiquiatría, la psicología o el trabajo social con la historia, la sociología, la antropología, la literatura o los estudios culturales. En el marco de estos últimos, los gender studies, los disability studies, los body studies, los queer studies, etc., forman parte de un pool de áreas de estudio que se atraviesan constantemente y que se caracterizan, en muchos casos, por análisis en torno al poder y a la norma y por la propuesta de discursos contrahegemónicos. En el caso de los mad studies resulta muy evidente la voluntad de elaborar un discurso que cuestione la psiquiatría biológica (biomedical psychiatry), así como de conocer y reconocer la importancia de los colectivos de personas psiquiatrizadas y de sus actividades de reivindicación, marcando el acento asimismo en la dimensión ética de las prácticas psiquiátricas.67
Se trata de un tipo de estudios que giran en torno a cuatro ejes temáticos y que permiten interesantes diálogos interdisciplinares. En primer lugar, se preguntan ¿qué es la locura?, lo que no es un problema menor si tenemos en cuenta los debates en torno a la (des)medicalización, (des)estigmatización y (des)cosificación de las personas psiquiatrizadas,68 así como los intentos epistemológicos de resignificar la locura no como sinónimo de enfermedad mental, sino como una dimensión esencial de nuestra cultura que, como propone el filósofo húngaro afincado en Brasil Peter Pelbart, implica extrañeza, amenaza, alteridad radical y todo aquello que una civilización ve como su límite, su contrario o su otro.69 Una manera de entender la locura que ha influido en posteriores estudios históricos que, como vengo diciendo, no necesariamente vinculan la locura con la psicopatología.70 En segundo lugar, la historia de los tratamientos y del confinamiento psiquiátrico tiene, como ya sabemos, una larga tradición que, según hemos visto en páginas anteriores, ha precisado de reformulaciones que han abierto el panorama historiográfico a nuevas preguntas y nuevos enfoques. En tercer lugar, los estudios sobre mujeres y locura tienen cada vez más presencia en una historiografía en la que el enfoque de género ofrece claves interpretativas especialmente relevantes,71 tanto en ámbitos manicomiales,72 como en los procesos de psiquiatrización de comportamientos femeninos.73 Finalmente, en cuarto lugar, el activismo en salud mental se ha configurado en los últimos tiempos como un objeto de investigación histórica en diálogo, una vez más, con la sociología, la antropología y los estudios culturales. En efecto, el llamado activismo en salud (Health Activism) viene ocupando en las últimas décadas un lugar incuestionable en aquellas reflexiones relacionadas con la acción ciudadana, es decir, con el papel desempeñado por personas o grupos–profesionales sanitarios o no– en la denuncia de determinados problemas de salud, en la sensibilización de la opinión pública y de las administraciones y en los procesos de negociación y resistencia relacionados con la salud individual y colectiva.74 El ámbito de la salud mental no ha sido una excepción, pudiendo distinguirse un activismo profesional75 y un activismo en primera persona, que tiene en cuenta el mencionado punto de vista de las personas psiquiatrizadas, definidas en los ámbitos más militantes como supervivientes de la psiquiatría,76 y cuyos antecedentes y desarrollo histórico está empezando a ser estudiado.77 Se trata, a mi juicio, de una línea de trabajo que puede ampliar visiones historiográficas y dar frutos interesantes en un futuro inmediato siempre que se diferencie cabalmente la historia del activismo en salud mental, del activismo propiamente dicho.78
CONCLUSIONES
En definitiva, podemos concluir señalando que la historiografía psiquiátrica ha alcanzado en los últimos tiempos un grado de complejidad creciente. La diversificación de fuentes ha motivado nuevas preguntas de investigación, pero también la necesidad de nuevos recursos teóricos y metodológicos. Si bien la diferenciación entre abordajes internalistas y externalistas fue superada hace tiempo, lo cierto es que no existe un único modelo de investigación y todos plantean dificultades epistémicas que tienen que ver, en parte, con las peculiaridades de las fuentes objeto de estudio. Documentos muy diversos, como los apuntados, que pueden ser estudiados de manera aislada o más o menos conjunta, agrupando categorías interpretativas en la búsqueda de diversas y novedosas rutas de análisis.
A modo de reflexión final, me parece que la historiografía psiquiátrica del siglo XXI ha evolucionado hacia temas, enfoques y perspectivas que se alejan definitivamente de aquella historia positivista, descriptiva, acumulativa, complaciente con el pasado y acrítica con el presente, propia de lo que en el siglo pasado llamábamos historiografía “tradicional”, pero también ha sabido, a mi entender, superar, matizar, atemperar y reconducir lo que en su día definíamos como historiografía crítica o “revisionista”. Me parece que las tendencias actuales apuntan a una historia de la psiquiatría analítica, hermenéutica y crítica, que tiene muy en cuenta el contexto histórico, pero que también interpela al pasado para ayudar a pensar el presente. El diálogo interdisciplinar resulta, en este sentido, fundamental y debe ser a mi entender a múltiples bandas: con la historia general y las historias especializadas (historia de la psicología, de la medicina, de la ciencia, de la pedagogía), con la filosofía y los estudios literarios, con las ciencias sociales (sociología, antropología), etc., pero también con la propia psiquiatría79 y el resto de las disciplinas psi. Un diálogo que resulta imprescindible si pretendemos prestar la máxima atención a la subjetividad, en su dimensión individual, pero sobre todo social y cultural. Una historia política, social y cultural, sí, pero una historia con sujeto, de modo tal que el logos, el pathos y el ethos se conjuguen en el núcleo mismo del pensamiento y de la reflexión histórica de la psiquiatría y de la locura. Quiero pensar que por ahí podrían ir los desarrollos futuros. Al menos eso parecería vislumbrarse de la producción historiográfica en Iberoamérica que he mostrado en las páginas precedentes y que, como es lógico, resulta incompleta, aunque creo que suficientemente significativa.
También puedo equivocarme, y es posible que este balance y perspectivas de la historiografía psiquiátrica que aquí presento cambie en el futuro según vayan surgiendo nuevas preguntas, nuevas fuentes o nuevos métodos.










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