Con este libro, fruto del trabajo del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, los autores ponen al alcance del lector una serie de capítulos que abarcan una gran variedad de temas y épocas, articulados alrededor de la historia de las comunidades extranjeras que llegaron a México, fruto del exilio político. Si México no se suele describir como tierra de inmigración, los autores recuerdan con su labor que, si bien se han cumplido recientemente los ochenta años del exilio español, este solo fue el más notable de una serie de fenómenos similares y que, desde comienzos del siglo XX, México fue tierra de asilo. Este fue un siglo saturado de conflictos ideológicos y, por ello mismo, marcado por flujos de refugiados: militantes derrotados en guerras civiles, gobiernos derrocados, o simples opositores; nunca faltaron aquellos que huyeron al extranjero por causas políticas.
La primera parte del libro sigue cronológicamente las oleadas de exiliados que llegaron a México entre comienzos del siglo XX y la década de 1950, así como sus múltiples tribulaciones en un México tironeado entre el rol de país revolucionario que había asumido y las necesidades que dictaba la geopolítica del momento. La segunda y tercera parte están dedicadas al exilio republicano español en México, a las formas de sociabilidad y de vida cultural que preservaron, y a la memoria misma que se conservó del fenómeno del exilio. Sin pretender sintetizar todo el libro y el valor de cada uno de los capítulos —en los cuales los autores nos revelan un amplio espectro de temáticas—, solo resumimos algunos de los hilos conductores.
Lo primero que sobresale a la lectura es que el fenómeno del exilio aquí estudiado —comienzos del siglo XX hasta la década de 1950—, posee una serie de causas comunes que unen las experiencias de los exiliados. Los conflictos políticos que a lo largo del mundo iberoamericano provocaron las oleadas de partidas, comparten un marco más allá de sus particularidades propias.
A comienzos del siglo XX, Iberoamérica se encontraba en los albores de una época de conflicto político e ideológico causado, a la vez, por circunstancias propias al continente y por eventos internacionales cuyos efectos se hicieron sentir en la manera en la cual se articularon los conflictos nacionales. Frente al predominio estadounidense sobre el continente y las consecuencias más deplorables del capitalismo internacional, una nueva generación de activistas latinoamericanos esgrimió un discurso cada vez más radical de rechazo al statu quo y reivindicó un nuevo tipo de política basada en ciertos puntos en común: políticas públicas, nacionalismo económico y reformas agrarias, educativas y sociales para luchar contra la pobreza y la marginación de las clases trabajadoras. Por todo el continente los nuevos movimientos políticos y estudiantiles manifestaron su inconformidad y se volvieron los primeros elementos de esta nueva generación de exiliados que definieron al siglo.
La Revolución mexicana fue, a la vez, consecuencia de este fenómeno de protesta y causa de su exacerbación por el continente, presentándose, a partir de la década de 1920, como el faro de una revolución exitosa que había llevado a cabo las políticas anheladas por esta nueva generación. México se convirtió, a partir de entonces, en un polo de atracción para los exiliados por su política de asilo y por la inspiración que generaba en quienes buscaban apoyo para organizar movimientos capaces de exportar el modelo revolucionario mexicano hacia sus propios países.
Si la Revolución mexicana es el evento continental que abre la puerta a los exilios políticos, fenómenos mundiales van a contribuir a exacerbar esta tendencia. La crisis de 1929 dio impulso a los detractores del capitalismo imperialista, mientras que el ascenso del comunismo y del fascismo, como nuevas alternativas políticas, generaba tanto miedo como esperanzas. En consecuencia, entre las décadas de 1930 y 1940, suben al poder en varios países de América Latina gobiernos progresistas deseosos de seguir la vía trazada por México o, al menos, de llevar a cabo las reformas sociales y nacionalistas que definían a los enemigos de la supremacía estadounidense. Una larga lista de políticos cubanos, colombianos, guatemaltecos, costarricenses, peruanos y venezolanos van a fundar gobiernos o partidos en reacción a la crisis del modelo liberal, inspirados por el modelo mexicano y, más tarde, por el soviético. En respuesta, la hostilidad de los defensores del statu quo va a llevar al continente a una serie de conflictos y golpes de Estado que van a alimentar el flujo de exiliados.
La Segunda Guerra Mundial, además de multiplicar la cantidad de refugiados, anunció el último fenómeno que iba a marcar la vida de los exiliados: la Guerra Fría. El establecimiento del mundo bipolar contribuyó a radicalizar las oposiciones políticas en el continente y la cantidad de conflictos internos que, a su vez, multiplicaron el número de exiliados que buscaban el apoyo del mundo revolucionario, o al revés, el apoyo de Estados Unidos para combatir al comunismo. En 1948 se funda la Organización de los Estados Americanos (OEA), la cual reafirma la hegemonía estadounidense sobre el continente y anuncia el conflicto ideológico que se dará a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en torno a qué postura adoptar frente al mundo bipolar, qué bando elegir y en nombre de qué proyecto político. En este mundo en conflicto, México se mantuvo como una tierra de asilo, incluso tras haberse alejado sus gobiernos de la retórica revolucionaria en la década de 1940. Siguió acogiendo exiliados, algunos por simpatía ideológica, otros simplemente para permanecer leal a su tradición de asilo.
De un capítulo a otro, el lector podrá formarse una idea de la red internacional de grupos e individuos en constante desplazamiento, desde simples militantes hasta gobiernos derrocados que se dieron cita en México, exiliados de ambos lados del Atlántico buscando una tierra desde donde reconstruir una vida comunitaria o preparar el regreso.
El lector comenzará por las vicisitudes de los anarquistas españoles exiliados en México a comienzos del siglo XX, en una época en la cual la circulación de personas y de ideas estaba lo bastante organizada como para permitir la entrada de militantes que buscaban refugio o un lugar desde donde continuar su combate, solo para ser expulsados de México durante la Revolución por el gobierno de Victoriano Huerta. No obstante, los huertistas conocerían la vida en el exilio con el triunfo de la Revolución constitucionalista de Venustiano Carranza.
Con el triunfo del régimen revolucionario en la década de 1920, el lector entrará de lleno en una nueva época durante la cual el país de la Revolución va a atraer a una nueva generación de exiliados, comenzando por militantes estudiantes, como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, futuro fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), uno de muchos que buscó en el México de la revolución no solo refugio, sino también una fuente de inspiración para un movimiento revolucionario continental.
Un estudio de los exiliados cubanos en la década de 1930, proporciona un ejemplo de cómo los vaivenes en la fortuna de los refugiados dependían del apoyo del gobierno mexicano y cómo este podía cambiar según la coyuntura mundial. En el caso cubano, nos enteramos de cómo el buen recibimiento hecho en México al gobierno en el exilio del presidente Grau San Martín en la década de los 30, fue motivado por la simpatía de México hacia un gobierno cubano derrocado, partidario de medidas sociales y con quien comulgaba en la hostilidad hacia el intervencionismo de Estados Unidos en los asuntos nacionales. Hostiles a Estados Unidos y al gobierno de Fulgencio Batista que había hecho de ellos unos exiliados, los cubanos en México gozaron en un primer momento del apoyo del gobierno para organizar un movimiento opositor. La coyuntura mexicana y mundial se prestaba para ello: en 1936, la política de alianzas progresistas inaugurada por la Unión Soviética para hacer frente al fascismo permitió la creación de frentes populares por el mundo, lo que propició un intento de acercamiento entre los comunistas cubanos y los nacionalistas de San Martín.
El 9 de abril de ese mismo año, los exiliados cubanos ratificaron un pacto contra el gobierno de Batista durante una reunión en la Universidad Obrera de la Ciudad de México, prestada por Lombardo Toledano para el evento, cuyo apoyo demostraba las simpatías del gobierno mexicano hacia los cubanos. Tan solo tres años después, la visita oficial de Batista a México anunció un cambio en las prioridades mexicanas. La incapacidad de los exiliados para unirse alrededor de un programa común se conjugó con la reacción general del continente frente a la guerra que se veía venir en Europa: frente al ascenso del fascismo, los gobiernos de América Latina comenzaron a reforzar lazos entre ellos. Como resultado, el gobierno mexicano mejoró sus relaciones con Batista, prohibió las manifestaciones en su contra y los exiliados pasaron a ser ignorados. El ascenso del fascismo permitió esperar una alianza entre todos los exiliados cubanos, pero ese mismo ascenso puso temporalmente a estadounidenses y soviéticos en un mismo bando, y solidarizó a los gobiernos latinoamericanos de cara al conflicto mundial. Los exiliados pasaron a ser un obstáculo para la mejora de las relaciones entre México y Batista.
La Segunda Guerra Mundial exacerbó la tendencia. Durante este tiempo, la imagen de México como tierra revolucionaria siguió jugando un papel a la hora de elegir hacia donde partir. Como revela el capítulo dedicado al exilio de franceses, socialistas, judíos y antifascistas, quienes no solamente llegaron a México en los 40, sino que desde ahí participaron en la campaña de propaganda en contra de la Alemania nazi y a favor de la Francia Libre, con apoyo mexicano.
El caso guatemalteco ilustra el cambio que se dio con la Guerra Fría. En un mundo bipolar, en el cual la necesidad de elegir un bando contribuyó a polarizar las posiciones políticas en el continente, la imagen de México como faro revolucionario se mantuvo a pesar de que la coyuntura internacional había acercado a México a Estados Unidos y no a la URSS y que las políticas revolucionarias del régimen iban decayendo conforme el régimen del PRI asentaba su nuevo statu quo. Cuando en 1944 inicia la Revolución guatemalteca, durante la cual los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz llevaron a cabo un intento de reforma agraria y políticas, sociales y nacionalistas, los primeros exiliados que huyeron a México fueron precisamente sus opositores. Repartidos por Centroamérica, México y Estados Unidos, militantes anticomunistas guatemaltecos van a organizar una oposición con miras subversivas, gozando del apoyo de Estados Unidos y de la indiferencia de México, cuyo gobierno se negó a vetar las actividades de los anticomunistas como se lo pedía el gobierno de Guatemala. Esta oposición y sus aliados estadounidenses lanzarían un golpe de Estado que en 1954 acabaría con el proceso revolucionario. Esta vez fue una oleada de exiliados progresistas, entre ellos el mismo Árbenz, quienes recibirían asilo en México. La imagen de México como país revolucionario se iba desdibujando en el marco del anticomunismo creciente del continente.
Casi la mitad del libro está dedicado al estudio del exilio republicano español. Los autores recuerdan oportunamente que México fue, junto con Francia y la Unión Soviética, el principal destino de los españoles que huyeron de la España franquista. El estudio en profundidad del caso español ayuda a entender las diversas definiciones que se ocultan detrás de la palabra exiliado y cómo dichas definiciones podían significar la permanencia de la comunidad en el exilio o su desaparición. A través del estudio de las actividades culturales, periodísticas, artísticas y de la memoria misma del exilio, los autores revelan cómo la vida de la comunidad española continuó y cómo aún tras haber desaparecido la esperanza de ver caer al régimen franquista, sus actividades comunitarias continuaron. Esta situación no fue la misma para los obreros anarquistas de comienzos de siglo, aislados y sin apoyo; la de los cubanos en la década de 1930, cuya fortuna varió en función del interés del gobierno mexicano; o de los guatemaltecos de Árbenz.
Los conflictos políticos llevan a exilios diversos que se superponen en el tiempo. Los autores nos presentan exiliados progresistas huyendo de gobiernos conservadores, a conservadores huyendo de progresistas, a gobiernos revolucionarios acogiendo a exiliados de diversos países que se coordinan entre ellos, creando en el exilio una comunidad de pensamiento, una red de contactos formada tanto por la internacionalización de las cuestiones políticas e ideológicas como por la coyuntura misma del exilio. El buen recibimiento hecho a los cubanos de Grau San Martín duró el tiempo que a México convino apoyarlos, o en cualquier caso, mientras no afectara su política extranjera. En un mismo momento histórico, en una misma coyuntura, podían los anticomunistas guatemaltecos huir a México, mientras el gobierno de Árbenz recibía a exiliados españoles para luego invertirse la tendencia y ver a los anticomunistas volver y a Árbenz buscar asilo en México.
Todo ello a la sombra de los conflictos internacionales que influyen en la situación vivida por las comunidades en el exilio. Los autores revelan la importancia de esta cuestión para entender los desplazamientos de los exiliados y que tan exitosos fueron a la hora de preservar una comunidad de ideas y de acción. Ninguno de estos casos de estudio se entiende sin conocer el contexto cambiante de la política en México y su relación con el contexto mundial. Cada exilio es un actor que interviene en un momento distinto y ese momento influye en su recibimiento, tanto como la ideología que motivó el exilio.
Este libro tiene como principal valor que integra estudios de caso diversos dentro de un todo colectivo capaz de presentar tanto las diferencias entre exilios particulares como las corrientes históricas subyacentes que explican la razón misma de esos exilios. Al mostrar con precisión quiénes componen las distintas corrientes de exiliados, las causas de su partida, la manera cómo son recibidos, cómo se organizan en el exilio y cómo interactúan unos con otros, esta obra abarca desde la historia de los exilios a la historia del siglo XX, tan influida por la proliferación de estas redes de exiliados. El libro abre al lector una multitud de temas pertenecientes a la historia de México, Iberoamérica y el mundo en el siglo XX, todos vistos a través de la experiencia de quienes —grupos e individuos— vivieron en las redes creadas por estos exilios.










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