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CONfines de relaciones internacionales y ciencia política

versión impresa ISSN 1870-3569

CONfines relacion. internaci. ciencia política vol.21 no.41 Monterrey ago./dic. 2025  Epub 03-Feb-2026

https://doi.org/10.46530/cf.vi41/cnfns.n41.p114-123 

Savoir Faire

Disciplinamiento del relato en la investigación entre iguales: a propósito de los corridos tumbados entre la juventud de élite

Disciplining The Narrative in Peer Research: On Corridos Tumbados Among Elite Youth

Alejandra Martínez-Blackaller* 

* Licenciada en Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. México.


Resumen:

Este texto parte de una investigación en la que se exploran los significados que jóvenes de élite atribuyen al consumo de corridos tumbados, un subgénero que, aunque popular entre la clase alta, sigue asociado a sectores de clase baja y a la cultura popular. A partir de entrevistas semiestructuradas, se reflexiona sobre los retos de construir rapport en investigaciones entre pares y sobre cómo el perfil de la investigadora operó como un dispositivo disciplinario de clase que condicionaba los relatos. Se argumenta que la propia clase social, encarnada en el fenotipo hegemónico, limitó la apertura sobre gustos considerados “culposos”. Solo al transgredir, junto con ellos, los mandatos de clase, se dejó de ocupar el lugar de quien juzga y con ello se habilitó un espacio de confianza en el que se reconoció su transgresión.

Palabras clave: dispositivo disciplinario; rapport; clase social; corridos tumbados; investigación entre pares

Abstract:

This text draws from a research project to explore the meanings that elite youth assign to the consumption of corridos tumbados, a subgenre that, while popular among the upper class, remains associated with working-class sectors and popular culture. Based on semi-structured interviews, the study reflects on the challenges of building rapport in peer-to-peer research and on how the researcher’s own profile operated as a class-based disciplinary device that shaped participants’ narratives. It is argued that social class, embodied in a hegemonic phenotype, restricted openness around tastes perceived as “guilty pleasures.” It was only by transgressing class mandates alongside the participants that the researcher ceased to occupy the position of the one who judges, thus enabling a space of trust in which participants could acknowledge their own transgressions.

Keywords: disciplinary device; rapport; judging class; corridos tumbados; peer-to-peer research

Introducción

En los últimos años, los corridos tumbados1 se han posicionado como una de las expresiones musicales de mayor alcance entre jóvenes en Latinoamérica. Surgido en 2019, este subgénero fusiona instrumentos tradicionales del regional mexicano, como la guitarra y el acordeón, con elementos del rap, el trap y la música urbana. Sus letras abordan temas como el consumo, el riesgo, el romance y los excesos, e incluyen referencias a vehículos de lujo, uso de sustancias y marcas de diseñador. En algunos casos, también incorporan alusiones al narcotráfico y la violencia, ya sea mediante narrativas explícitas o a través de un​lenguaje codificado.

Aunque su público original provenía principalmente de sectores populares, hoy en día se consume en todas las clases sociales. Como ha documentado Valenzuela (2023), los corridos tumbados han sido progresivamente apropiados por jóvenes de clase media-alta y alta. Sin embargo, la asociación de este género con lo popular persiste, y escuchar esta música sigue sin ser percibido como un consumo legítimo dentro del repertorio cultural de las élites.

La paradoja de que un ritmo con raíces populares haya sido adoptado y consumido cada vez más por jóvenes pertenecientes a la élite constituyó el punto de partida de esta investigación. El objetivo fue explorar los significados que el consumo de corridos tumbados tiene para estos jóvenes y cómo se relacionan con la construcción y expresión de su identidad de clase. El trabajo se realizó a partir de entrevistas semiestructuradas2 a estudiantes de universidades privadas altamente selectivas, familiarizados con el género musical y con conciencia de su posición de clase.

La investigación también buscó examinar si las críticas a los corridos tumbados responden a juicios morales, por su vínculo con el narcotráfico y la violencia, o a juicios de clase asociados a lo que se considera de “mal gusto”. Esta pregunta resulta especialmente pertinente en el contexto mexicano, marcado por altos niveles de violencia vinculada al crimen organizado, lo que lleva a indagar si los jóvenes desarrollan posturas críticas hacia el género o justifican su consumo frente a sus posibles implicaciones éticas.

Aunque este trabajo se enfoca principalmente en el análisis del disciplinamiento de los relatos desde la perspectiva de la clase social, también considera hipótesis alternativas o complementarias. Entre ellas se encuentra la posibilidad de que la cautela de expresar abiertamente su consumo esté basada en criterios morales o éticos. También, se explora el posible efecto que el género pudo haber tenido en el disciplinamiento de los relatos, dado que las letras de los corridos tumbados suelen cosificar y hablar de manera despectiva de las mujeres.

Este texto no expone los hallazgos de dicha investigación, sino que se centra en las reflexiones que emanan del proceso de investigar. En específico, indaga en los retos que implica la construcción de rapport en una investigación entre pares, y en cómo la figura del investigador puede operar como un dispositivo disciplinador de los relatos, incluso sin proponérselo o estar al tanto de ello.

Con las personas entrevistadas comparto la edad y el perfil sociológico. Sin embargo, decidí no revelar el gusto propio durante las entrevistas para evitar sesgos en las respuestas. Tras esta decisión, lo que observé fue una suposición generalizada de que a mí no me gustaban los corridos tumbados, lo que llevó a que muchos se justificaran o evitaran hablar del tema. ¿Por qué asumieron esto? ¿Qué les hizo pensar que yo no consumía esta música y podía juzgar su gusto por ella?

Se argumenta que la clase social, encarnada en un fenotipo hegemónico (piel blanca, cabello lacio, rasgos faciales europeos, etc.), condicionó la interacción con los entrevistados. Aunque nunca se mencionó de forma explícita la escuela en la que estudio, mi apellido, ingresos o lugar de residencia, fui identificada como parte de su mismo grupo social y, más aún, como alguien que sí cumplía con los mandatos de consumo cultural que se les atribuyen a los miembros de esa clase social. Esta suposición me colocó, sin intenciones, en el lugar de quien juzga, lo que inhibió en muchos casos la posibilidad de hablar con apertura sobre lo que consideraban un gusto inadecuado para su perfil. Solo cuando me presenté como transgresora de esos mandatos, al compartir el gusto por los corridos tumbados, los entrevistados sintieron la confianza de asumirse también como transgresores y hablar con mayor sinceridad sobre lo que no se espera de la clase alta en términos de consumo cultural.

Este texto se divide en tres secciones. En la primera, se presenta un marco teórico para comprender el consumo de los corridos tumbados como una práctica cultural atravesada por la clase social. En la segunda, se comparte la experiencia empírica en el proceso de entrevistas, enfatizando cómo mi posición como investigadora dificultó que los entrevistados hablasen abiertamente sobre un gusto que consideraban “culposo”. En la tercera, se desarrolla la idea de la investigadora como un dispositivo disciplinador de relatos, a partir del efecto que el cuerpo, habitus de clase y posición social tuvieron en el campo. Finalmente, se concluye con una reflexión puntual sobre lo que implica investigar a quienes se parecen socialmente, y se propone una pregunta que, más que concluir el tema, busca seguir pensando en las relaciones de poder que también se activan en las investigaciones entre pares.

El gusto musical como práctica de clase

A lo largo del tiempo, los patrones de consumo han operado como marcadores simbólicos de clase. Autores como Veblen (1899), Bourdieu (1988) y Currid-Halkett (2017) han señalado que las élites económicas no solo se distinguen por su poder adquisitivo, sino también por las prácticas culturales que adoptan como mecanismos de distinción frente a otros grupos sociales. Bourdieu (1988) afirmó que los grupos sociales se definen tanto por lo que consumen como por lo que rechazan y estas elecciones refuerzan su posición dentro del campo social.

Desde esta perspectiva, ciertos productos culturales han sido históricamente excluidos de lo que se considera el “buen gusto”, particularmente aquellos asociados con lo popular. La música regional mexicana, que incluye géneros como mariachi, norteño, banda, sierreño y corridos, ha sido tradicionalmente desvalorizada por las élites, pese a su centralidad en la identidad musical del país (Moreno Rivas, 1989).

Este contexto permite situar en el centro del análisis la creciente popularidad de los corridos tumbados. Dicho subgénero surge como una reinterpretación del corrido tradicional. Hoy en día, artistas como Natanael Cano, Fuerza Regida y Peso Pluma encabezan este movimiento, cuyas letras y estéticas han trascendido lo regional para posicionarse en rankings nacionales e internacionales. Esta ampliación del público desafía los supuestos tradicionales que asocian el gusto musical con prácticas culturales marcadas por la clase.

Para comprender este desplazamiento en los patrones de consumo, resulta útil recuperar la noción de desclasamiento de públicos y escuchas propuesta por Valenzuela (2023). Según este autor, los corridos tumbados, cuyos creadores y públicos originales provenían de sectores populares, han sido progresivamente apropiados por sectores medios, altos y muy altos. Además, Valenzuela también describe la condición transclasista del corrido tumbado como aquella en la que el género circula entre distintas clases sociales sin perder su condición de popular. En este sentido, los corridos tumbados operan como un producto cultural asociado a lo popular y lo marginal que, aún al ser consumido por las élites, conserva su carga simbólica de clase.

La transgresión mutua como vía para el rapport

En los estudios sobre élites, uno de los principales retos metodológicos suele ser el acceso a sus relatos y experiencias​(Odendahl y Shaw, 2001). En este caso, dicho obstáculo no se presentó pues tengo un parecido con quienes entrevisté. Soy una mujer blanca, alta, rubia y estudiante de una de las universidades privadas más exclusivas de México. Estas características no son neutras, pues son elementos propios de un fenotipo hegemónico que, tanto en México como en otros contextos occidentales, ha sido históricamente asociado con la superioridad de clase. Como plantea Segato (2007), este tipo de jerarquización corporal se funda en una lógica colonial que organiza la diferencia y legitima desigualdades estructurales.

Por lo tanto, más allá de la edad y de una trayectoria académica similar, compartimos ciertos códigos estéticos y lingüísticos que me identificaban como parte de la clase alta. Estos códigos pueden entenderse como manifestaciones del habitus, entendido como una matriz estructurante de disposiciones duraderas que, interiorizadas desde la socialización, orientan percepciones, apreciaciones y prácticas dentro del campo social (Bourdieu, 1990). Así, la apariencia y maneras de actuar funcionaban como señales visibles de pertenencia a una misma clase social.

Esta cercanía me colocó en una posición estratégica para la entrada al campo, que en un inicio intuí que también facilitaría la construcción de rapport. Sin embargo, el campo terminó revelando que, más allá de estar en una posición ventajosa, estaba en una posición contraintuitiva para los participantes. Fue desde esa posición que pude observar ciertas tensiones de la investigación entre iguales, especialmente aquellas vinculadas a lo que la clase alta no espera de sí misma.

La idea de investigar los significados que jóvenes pertenecientes a la élite atribuyen a su consumo no surge de una revisión formal de literatura, sino de una inquietud personal. Después de haber concluido el proyecto de investigación, resulta evidente que el sentimiento de vergüenza estaba atravesado por una negociación en torno a la identidad de clase. Como investigadora en formación, mi comprensión del rapport se limitaba a lo aprendido en algunos cursos de metodología de la investigación. Estos insistían en la importancia de mantener una actitud neutral, evitar la sugestión en las respuestas, no compartir aspectos personales y abstenerse de convertir la entrevista en un diálogo. (Taylor y Bogdan, 1987; Hammersley y Atkinson, 1994). Bajo esa lógica, y como parte de las primeras decisiones metodológicas, opté por no mencionar el gusto propio por los corridos tumbados, ni al comienzo ni en el transcurso de las entrevistas, con la intención de no sesgar las respuestas de los interlocutores. Así, desde la “neutralidad”, se asumió que ellos compartirían su gusto y revelarían los significados que le otorgan, sin reparar demasiado en la culpa que yo misma sentía y que había inspirado curiosidad por el tema.

Para reunir a los participantes, se recurrió a un muestreo por bola de nieve. Esto permitió contar con la certeza de que quienes aceptaban la entrevista tenían afinidad con los corridos tumbados, aunque en la invitación solo mencionaba que el estudio giraba en torno a los gustos musicales de jóvenes, sin precisar el género. Desde la primera entrevista noté una incongruencia: las personas recomendadas por su cercanía con el género no hablaban abiertamente de su gusto, o respondían con timidez. Por ejemplo, Paulina Salomón, a quien recomendó un compañero de clases que sabía que disfrutaba de este estilo de música, relató su acercamiento al género con cierta reserva: “Y fue ahí donde dije bueno, sí está... no sé si me gustó, pero fue ahí donde empecé a familiarizarme más… conocí a más gente del rubro y ya después me medio gustó”.

Después de encontrar un patrón en las primeras entrevistas y tras varios intentos por ajustar las preguntas, supuse que una razón podía ser que la misma vergüenza que se sentía al confesar mi gusto, ellos la sentían también. Esta intuición colocó a la investigación ante un dilema metodológico: la postura del investigador neutral que no comparte de sí mismo parecía estar operando como un obstáculo, dificultando la apertura de los interlocutores frente a un gusto compartido. Fue entonces que decidí experimentar con una postura distinta.

En una conversación donde percibí respuestas calculadas explicité mi gusto por los corridos tumbados. El entrevistado soltó una risa leve antes de responder: “¡Nombre, me lo hubieras dicho antes!... yo ya me sentía contra la pared”.3 A partir de ese momento, el tono de la entrevista cambió, y la conversación, ahora sobre un gusto compartido, continuó con mayor apertura y sinceridad.

Si bien continué las entrevistas sin revelar inicialmente mi afinidad con el género, comencé a mencionar el gusto cuando percibía cierta reserva en las respuestas. Esta revelación estratégica se convirtió en una herramienta metodológica valiosa para generar confianza y observar con mayor claridad los sentimientos, como la culpa y la vergüenza, que emergen entre los miembros jóvenes de la élite al hablar de lo que no se espera de ellos. Al poco tiempo comprendí que la cautela al hablar del género no se debía tanto a su contenido violento o asociado al narcotráfico que incorporan las canciones, temas que, de hecho, solían abordarse con relativa normalidad. Como señaló uno de los entrevistados: “... creo que sí hacen apología del delito, pero... es lo que somos. O sea, vivimos en un país donde hay 99 % de impunidad”.4

A la par, los relatos evidenciaron un distanciamiento activo respecto al contenido violento, que permite a los jóvenes establecer una separación clara entre el gusto musical y los mensajes que lo acompañan. Por ejemplo, una participante comentó: “... pues no sé, es algo fuerte lo que cantan, a veces no es tan agradable, pero es algo que existe. Entonces, por un lado, sí me siento mal de escucharlo, [pero] por el otro digo … no es como que si no lo escucho ya no va a pasar […] no es como que por una canción [los narcos] ya van a dominar un territorio, pues no ... ya lo tienen dominado”.5

A partir de este hallazgo, se descartó la hipótesis de que el rechazo a los corridos tumbados radicara en motivos morales y se concluyó que dicha resistencia respondía, más bien, a la incomodidad de realizar una práctica que ellos mismos reconocen como inapropiada para la clase de la que forman parte. En este contexto, revelar el gusto propio permitió entender que establecer rapport no dependía únicamente de conectar con ellos como miembros de la élite, sino de compartir la condición de transgresores de los mandatos que regulan la clase social.

La persona que investiga como dispositivo disciplinario de relatos

A pesar de que nunca se mencionó explícitamente mi apellido, la condición socioeconómica o, en muchos casos, la escuela de procedencia, los entrevistados reconocieron a su par. De manera generalizada, asumieron que no me gustaba esta música, no porque contaran con información concreta sobre mis preferencias, sino porque ese gusto no se espera de alguien que, acertadamente, identificaron como miembro de su misma clase social. Esta suposición ilustra lo que Beverly Skeggs (2004) denomina clase encarnada, que se refiere a la manera en que el cuerpo, el habla y los gestos operan como signos visibles de la posición social. Este fenómeno se vincula directamente con el concepto de habitus desarrollado previamente, dado que el fenotipo de piel blanca, cabello rubio y registro lingüístico constituyen una forma de encarnar la clase sin necesidad de mencionarla explícitamente.

Más aún, los entrevistados asumieron que compartían su posición de clase conmigo y que yo también cumplía con sus mandatos, y por ello me colocaron en la posición de quien puede juzgar una conducta considerada transgresora. Esto inhibió, en la mayoría de los casos, la posibilidad de hablar con apertura sobre lo que consideraban su gusto culposo. Siguiendo a Foucault (1975), los dispositivos disciplinarios son ensamblajes heterogéneos que articulan discursos, instituciones, prácticas, saberes, normas y tecnologías con el fin de producir y regular subjetividades. Estos no se limitan a espacios físicos como la escuela o la prisión, sino que operan como redes de poder que actúan sobre los cuerpos a través de la vigilancia, la normalización y la corrección, moldeando la conducta desde dentro. En el contexto de la investigación, los cuerpos portadores de un habitus también encarnan la disciplina, operando como extensiones de estos dispositivos y sus mandatos.

En la práctica, este efecto disciplinador se evidenció en risas nerviosas, respuestas ambiguas o justificación de sus preferencias con comentarios como: “No siento que me identifique porque, pues no… pero sí siento que te da un boost de querer echar ganas a algo en general”,6 o “Sí, me gusta más que nada por la melodía, no tanto por el simbolismo”, como si sintieran la necesidad de distanciarse del contenido. Incluso cuando se reconoció su afinidad por el género, venía acompañado de aclaraciones que reforzaban su carácter intelectualizado (Veblen, 1899) o irónico (Thornton, 1995). En este contexto, el gusto por los corridos tumbados opera como una transgresión a las normas internalizadas de consumo cultural de la clase alta, lo que da lugar a su presentación como un gusto culposo.

En esta situación particular, el fenotipo occidental actuó como dispositivo disciplinario de clase. Aunque no reconocí fácilmente, la variable de clase social que se buscaba estudiar desde afuera terminó atravesando la presencia en el campo, operando como una condición disciplinaria que moldeaba los relatos que intentaba comprender.

Desde una perspectiva situada y decolonial, el rapport no puede pensarse únicamente como una estrategia para generar confianza, sino como una relación atravesada por estructuras de poder. Tal como propone Rinaldy (2015), las categorías como clase, raza y género no solo condicionan el campo, sino que actúan como formas de subjetivación, moldeando tanto al “yo” que investiga como al “otro” que es investigado. Las teorías poscoloniales ya han advertido que la figura del investigador ha operado históricamente desde un lugar de superioridad epistémica y moral, especialmente cuando se observa al otro como sujeto de exotización o como objeto de conocimiento.

Esa lectura me colocó en una posición que disciplinaba sus relatos, condicionando la forma de hablar sobre sus preferencias, muchas veces con cautela, culpa o justificaciones que buscaban suavizar la transgresión. Al revelar que se trataba de un gusto mutuo fue como si se hubiera dado autorización para expresar sus propias afinidades, aquellas consideradas indeseables dentro del repertorio legítimo de la clase que juzga. Esa confesión degradó simbólicamente mi figura de investigadora como autoridad y reconfiguró la relación de poder. Ante una transgresora, se puede transgredir.

Además de la clase, el género también operó como una dimensión relevante en la relación de poder con los entrevistados. En varias ocasiones, los hombres justificaron espontáneamente que no se “identificaban” con la parte machista presente en las letras de los corridos tumbados, una aclaración que no se solicitó ni sugirió. Esta manifestación de conciencia de género, de acuerdo con Marcela Lagarde (2001), fue una forma de “limpiar” su gusto ante la suposición de que se pertenece a una generación de mujeres que es más sensible y vocal ante la objetivación y la hipersexualización.

Aunque nada garantiza que los hombres entrevistados hubieran expresado esta distancia si el entrevistador hubiera sido uno de sus pares, resulta evidente que la condición de mujer, en una época en la que es socialmente poco deseable asumirse como machista, condicionó la manera en que abordaron esta dimensión del género musical. Una vez más, se posiciona a la investigadora en el lugar de quien juzga; en este caso, como el género que juzga.

Sin embargo, considero que la clase social tuvo mayor peso que el género en la producción de esta “timidez”. También entre las mujeres entrevistadas se observó una tendencia a matizar o justificar su gusto. Cuando traían a la conversación, o cuando se preguntaba por el componente machista del género, generalmente señalaban que ciertas letras les resultaban incómodas, pero enfatizaban que este tipo de representaciones no eran exclusivas de los corridos tumbados y que también aparecían en otros géneros como el reguetón o el pop. Esto sugiere que, aunque el género operó como un filtro relevante en la interacción con todos los entrevistados, fue la clase social el dispositivo disciplinante predominante en ambos grupos.

Conclusiones

No se puede afirmar con certeza que en el revelar el gusto por los corridos tumbados dejé de ser percibida como parte de la clase que juzga o que la condición de clase se disolvió por completo. Lo que sí se puede identificar son las pistas que dejó el propio perfil sociológico en el campo, evidencias que emergieron a partir de cambios en la actitud de los entrevistados o en comentarios explícitos posteriores a la revelación. Esas reacciones permitieron observar cómo es que la representación social funciona como un dispositivo disciplinador de los relatos.

Es importante señalar que los relatos nunca dejaron de estar atravesados por la clase social. De hecho, uno de los hallazgos principales de esta investigación fue constatar que los significados que los jóvenes atribuyeron a su consumo siempre se articularon desde una conciencia de su posición social. La diferencia fue que, en esos momentos de apertura, se dejó de operar, al menos de forma activa, como un mecanismo disciplinador de clase. La revelación pareció desactivar ese efecto momentáneamente, lo cual generó cierto alivio entre los entrevistados. Ellos lo expresaron a través de frases como “¡Ay, pensé que me ibas a funar!”7 y “… yo ya me veía cancelado en Twitter [risa]”.8 No obstante, el dispositivo no desapareció, simplemente dejaron de verlo encarnado en mi y lo desplazaron a otro locus.

Al inicio pensé que entrevistar a pares sociales sería metodológicamente ventajoso. Sin embargo, la experiencia no consistió únicamente en identificar las relaciones de poder presentes en el campo, sino en evidenciar cómo el cuerpo, la escuela, la forma de hablar y el fenotipo desempeñaban un papel activo en la configuración de esas dinámicas.

La cautela respecto a la posicionalidad del investigador y su impacto en el campo suele anticiparse en estudios que involucran grupos sociales diferenciados o históricamente marginados. A primera vista, resulta más intuitivo encontrar este ejercicio de reflexividad en investigaciones con poblaciones con menor acceso a recursos económicos y educativos, o que enfrentan formas estructurales de exclusión. Lo revelador fue constatar que las dinámicas de poder también se manifiestan en la interacción entre individuos similarmente situados socialmente, y que, por tanto, también es importante preverlas.

Por eso se propone una pregunta metodológica para futuras investigaciones entre pares: ¿qué es lo que podría constituir al investigador como parte del grupo que juzga? En este caso fue la clase social, pero este mismo razonamiento podría trasladarse a otras dimensiones, como la edad, el género, el capital cultural o la trayectoria académica, que también pueden operar como mecanismos de disciplinamiento, incluso cuando no se tematizan de forma explícita.

Este trabajo invita a repensar el lugar que ocupa el investigador en el campo cuando comparte el perfil sociológico de sus interlocutores. En este caso, construir rapport no dependió de parecerse o no a los entrevistados, sino de transgredir junto con ellos lo que se esperaba de los miembros de la élite socioeconómica. Esa transgresión compartida abrió un espacio de confianza que no surgió de la neutralidad, sino del reconocimiento mutuo como personas que desafían los mandatos relacionados con su posición social.

Referencias

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1José Valenzuela Arce (2023) en “Corridos Tumbados: Bélicos ya somos, bélicos morimos” expone que “tumbado” es el pasado participio de tumbar, verbo que puede significar derribar, caer, robar, herir, matar o eliminar. En su forma reflexiva, tumbarse implica rendirse o dejarse caer: una vida “tumbada” es aquella vivida al borde de la muerte. Los corridos tumbados son un subgénero de los corridos influenciado por el delirio de la narcocultura. Se caracterizan por ser pistas lentas, de tempo bajo, cuidadosamente producidas, ricamente arregladas y deliberadamente “tumbadas”.

2Con el objetivo de resguardar la confidencialidad de las personas entrevistadas, todos los nombres han sido anonimizados mediante el uso de pseudónimos. Se mantuvieron constantes la edad y lugar de residencia al no representar un riesgo identificable para la privacidad o seguridad de los participantes.

3Mauricio Medina, 21 años. Originario de CDMX, reside en Monterrey, Nuevo León

4Sebastian Altamirano, 22 años, CDMX

5Jimena Meza, 22 años, Chihuahua, reside en Monterrey

6Daniel Castañeda, 21 años. Reside en CDMX

7Maria Ponce, 22 años. Reside en Monterrey, Nuevo León

8Gael Jimenez, 19 años. Reside en Monterrey, Nuevo León.

Recibido: 21 de Junio de 2025; Aprobado: 21 de Julio de 2025

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