Introducción
A partir del siglo XX estadounidense, la vejez y el envejecimiento fueron despojados de su cariz espiritual para ser examinados con un carácter científico. Desde una perspectiva histórica, en las siguientes cuartillas mostraré aquella evolución y examinaré, desde el siglo XVII hasta los inicios del siglo XXI, el desarrollo de una serie de ideas políticas, sociales y económicas que llevaron a no pocos individuos a reflexionar sobre la última etapa de desarrollo del ser humano (la vejez) y a su proceso asociado (el envejecimiento).
El texto se divide en cuatro apartados. En el primero, se presenta una reflexión sobre la construcción de la idea de envejecer en Estados Unidos del siglo XVII hasta el XX; el segundo centra su atención en algunos movimientos que lucharon a favor de las pensiones en el siglo XX; el siguiente profundiza sobre el impulso desde la ciencia al estudio del envejecimiento; por último, se expone una breve revisión sobre algunos remedios contra la vejez que, a partir del siglo XIX, se comenzaron a popularizar en el país. Para la elaboración de este artículo se emplearon fuentes primarias (libros y hemerografía de los siglos XIX y XX), así como bibliografía especializada en el tema.
La vejez se ha examinado desde distintas perspectivas. A diferencia de los estudios históricos sobre dicha etapa en América Latina, en Estados Unidos el interés por involucrarse en el tema, así como las acciones para mejorar la vida de millones de per sonas, pueden rastrearse con claridad a partir de la segunda mitad del siglo XX. La creación de la Sociedad Gerontológica de Estados Unidos (GSA, por sus siglas en inglés) en 1945, la proliferación de investigaciones sobre el envejecimiento, así como el surgimiento de una variedad de estudios históricos, dan cuenta de ello (Hacket, 1978; Achenbaum, 1978; 1987; 1995; 2013; Cole y Edwards, 2005; Thane, 2005; Cole, 2006).
Al inicio del siglo XX, el 4 por ciento de la población estadounidense era mayor de sesenta y cinco años. A finales de dicha centuria, ese indicador se incrementó al 13 por ciento. La esperanza de vida al nacer pasó de cuarenta y siete a setenta y seis años en el mismo periodo y se calcula que hacia el año 2050 será de ochenta y tres años. John Rowe, especialista en políticas sanitarias y envejecimiento, afirmó a finales del siglo xx que había “menos de 1 400 000 personas mayores discapacitadas en Estados Unidos de las que habría si el estatus de salud de los mayores no hubiera mejorado desde 1982” (Rowe, 1997: 367).1
La manera de dirigirse a dicho grupo etario ha sido motivo de debate. Por esa razón, en las siguientes cuartillas ubicaré en su contexto los términos y los conceptos empleados para referirse a las personas, por un lado, para evitar anacronismos y, por el otro, para mostrar la evolución y aceptación que han tenido en la sociedad estadounidense. Por ello, a lo largo del texto, aparecerán los términos originales en inglés seguidos, entre paréntesis, de las traducciones al español. Me interesa destacar eso porque, aunque la traducción consiste en el reemplazo de un mensaje escrito de una lengua a otra, cada ejercicio no solo implica alguna pérdida del significado, sino también “un debate surgido de las pretensiones de cada lengua” (Newmark, 1991: 36). De esta forma, lejos de considerar las palabras que han sido empleadas para referirse a las personas envejecidas como una especie de ofensa o vituperio, sostengo la importancia de ubicar al lenguaje y sus significados en su contexto para darnos cuenta sobre las variaciones que han tenido los términos.
Vejeces históricas
Invito al lector a que miremos hacia atrás para tener un panorama más amplio sobre las transformaciones que supuso el acto de envejecer. El historiador estadounidense David Hacket Fischer, examinó la etapa temprana de la conformación de Estados Unidos (1607-1820), y destacó que existió una creciente inclinación a la gerontocracia que dio como resultado que la vejez fuera más venerada y obedecida que en otros momentos. Hacket resaltó que, en aquel periodo, la esperanza de vida se mantuvo al rededor de los treinta años y, aunque menos del 2 por ciento tuvo sesenta y cinco años, eso no significó que fuera común envejecer en las colonias del norte con mejores condiciones de vida, como Nueva Inglaterra (Hacket, 1978; Fleming et al., 2003).2
Los puritanos que llegaron a América desde Inglaterra durante el primer tercio del siglo XVIII, trajeron consigo una concepción sobre el envejecimiento que se relacionó con un peregrinaje en el mundo terrenal, mismo que culminaría con el arribo ante la presencia divina. Lo anterior estuvo presente en sus prácticas religiosas, particularmente en los sermones que pronunciaron los ministros y que, durante todo el periodo colonial, representaron un discurso de autoridad incuestionable (Cole, 2006).
En general, se asume que la vejez fue respetada y venerada en Estados Unidos durante aquel periodo, quizás por una excepcionalidad relacionada con la religión. Para el reverendo puritano Cotton Mather (1663-1728) no existió duda al respecto pues, en Deber y dignidad de los sirvientes envejecidos, afirmó que “existe algo de la imagen de Dios en la edad” (Hacket, 1978: 35). Sin embargo, llegar a esa etapa también se asoció con un deseo de Dios o del diablo por alargar la vida, de tal suerte que, mien tras el primero colmó de bendiciones a los peregrinos en la tierra, el segundo, por medio de la brujería, sedujo a quienes se rebelaron contra la divinidad, particularmen te a las mujeres de edad avanzada.
El periodo enmarcado entre las independencias estadounidense y francesa, se caracterizó por el inicio de cambios en las actitudes hacia la vejez y sus protagonistas. Dado que las revoluciones combatieron tanto al viejo régimen como a sus costumbres, las relaciones entre los grupos etarios también se modificaron aunque, hasta antes de 1850, menos del 2 por ciento de la población fue mayor de sesenta años (Fleming et al., 2003). Un curioso fenómeno que vale la pena estudiar fue la práctica de quitarse la edad (age heaping). Así, en vez de que los censos registraran a una persona de cuarentaiún años, ésta podía pasar por una de treinta y nueve años -caso contrario a lo que sucedió durante el siglo XVII y gran parte del XVIII, cuando la tendencia fue aparentar mayor edad-. A eso se le ha llamado “el síndrome de los treinta y nueve” que, por cierto, fue un ejercicio más marcado en los varones que en las mujeres.
Aunque llegar a la última etapa del ciclo vital no fue tan común como se pudiera pensar, una práctica que comenzó a ser recurrente fue la del retiro, de hecho, el clero puritano sugirió que llegaba un momento en la vida en que este “se convertía en deber” (Hacket, 1978: 43). Así, en las oficinas públicas los empleados comenzaron a retirarse a una edad que fluctuó entre los sesenta y los setenta años.
El lugar privilegiado que tuvo la vejez durante la etapa colonial comenzó a fracturarse a fines del siglo XVIII de tal suerte que, en las primeras décadas del siglo XIX, la autoridad que los mayores tuvieron sobre su familia poco a poco comenzó a desvanecerse. Una muestra clara fue la distribución de las personas en los retratos familiares, es decir, mientras que en periodos anteriores se observaba al patriarca ocupar una posición superior respecto de su esposa e hijos, con el nuevo siglo las fotografías tendieron a representarlos en un plano horizontal.
Esta pérdida de estatus se confirmó en otras áreas. Durante los siglos XVII y XVIII la moda para los varones implicó un esfuerzo por aparentar más edad y así lograr una mayor respetabilidad (sobre todo en la Corte). Sin embargo, tras la Revolución Francesa llegó una nueva tendencia que introdujo cierto tono juvenil que contrastó con el caso en el que las prendas de vestir fueron diseñadas para cubrir sus cuerpos para “no despertar malos pensamientos” (Hacket, 1978: 89).
El siglo XIX abrió las puertas a la industrialización, al flujo migratorio continuo, a una serie de agresiones a la salud (producto de empleos más riesgosos), así como a problemas relacionados con la alimentación y los cuidados. Esto motivó a que, durante los primeros treinta años de la centuria, apareciera una serie de publicaciones sobre el envejecimiento escritas por ministros o por mujeres que ofrecían consuelo o consejos para enfrentar los últimos años de la vida.3 Durante las siguientes cuatro décadas, se incorporaron reflexiones que giraron alrededor de la salud y de la higiene corporal como medidas que buscaron prolongar la vida. Las ideas del médico Benjamin Rush (1746-1813) y del reverendo Sylvester Graham (1794-1851) promovieron acciones como la búsqueda de una vida serena a través del seguimiento de preceptos morales y religiosos, así como una serie de acciones cotidianas como la moderación al comer y al beber. Observar aquellas disposiciones, aseguraría tener una muerte natural, misma que fue concebida como morir de vejez.4
Asimismo, se ha reportado que algunas escritoras de provectas edades publicaron textos a finales de siglo XIX. Generalmente se trataron de manuales de autoayuda en los que se destacaba el valor de la experiencia en la vejez, la importancia de mantener la salud física, el fortalecimiento de la fe y del carácter (Cole, 2006). En aquel periodo, la edad comenzó a ser un criterio de clasificación en la vida estadounidense de tal suerte que, mientras el aprendizaje de las primeras letras se relacionó con la in fancia y el matrimonio con la edad adulta, el retiro marcó la equivalencia con la vejez (Fleming et al., 2003).
Los años que corrieron entre 1909 y 1970 representaron otro cambio profundo, pues esta comenzó a ser percibida como un problema social -las personas envejecidas pasaron del 2 por ciento en 1800, a alrededor del 10 por ciento de la población hacia 1970-. El periodo que comprende del último tercio del siglo XX hasta nues tros días se caracteriza por tres aspectos: la visibilización del envejecimiento como un proceso y la dignificación de las personas mayores gracias a los esfuerzos de un grupo de especialistas; un trabajo interdisciplinario que llevó los estudios del envejecimiento a otro nivel de comprensión; y la labor intergeneracional de grupos como las Gray Panthers (Sanjek, 2009; Gray Panthers, 2021), el National Caucus & Center of Black Aging (NCBA, 2014), o las Raging Grannies (Roy, 2004; Raging Grannies, 2020), organizaciones que se han pronunciado a favor de los derechos de los añosos y en contra del viejismo (la discriminación hacia las personas envejecidas), las injusticias y la desigualdad social.
Las luchas por las pensiones en el siglo XX
Al igual que en el resto del mundo, la mayoría de las personas que envejecieron a lo largo de la historia estadounidense, generalmente tuvieron que desempeñar distintas actividades económicas durante sus últimos años de vida. Solo un reducido grupo de ellos disfrutó de vejeces privilegiadas en las que, además de que tuvieron la posibilidad de contar con personal a su servicio, sus finanzas les permitieron asegurar un hogar e incluso una pensión. El resto se vio orillado a emplear diversas estrategias para paliar sus necesidades.
La asistencia a la vejez se compartió entre los esfuerzos públicos y los privados. Respecto de los segundos, The Omaha Sunday’s Bee destacó la labor de la Asociación de Mujeres Cristianas, organización surgida en el seno de la Iglesia Metodista que cumplió su aniversario de plata el 4 de diciembre de 1908. El artículo destacó que, tras veinticinco años de trabajo entusiasta, la asociación femenina realizó una labor ejem plar a favor de los pobres. Tal vez su mayor contribución fue el establecimiento del Old’s People Home (Hogar para personas viejas), en el que inicialmente fueron admitidas sólo old women (su nombre original fue The Old Ladies’ Home -El hogar de las damas viejas-). Definido como un establecimiento “único en su tipo”, los familiares de los residentes debían pagar una tarifa de por vida de trescientos dólares (The Omaha Sunday’s Bee, 1908: 1).
En el temprano siglo XX, la mayoría de los trabajadores estatales y municipales carecieron de pensión. Hacia 1910, sólo nueve de cincuenta y seis grandes ciudades estadounidenses tuvieron algún plan de pensión para sus trabajadores (maestros, bomberos o policías) y un sistema de vejez obligatorio que muchas ciudades europeas ya habían adoptado para esa época. Lo anterior representó un inconveniente pues se argumentaba que, de defenderse el seguro obligatorio, entonces todo el sistema económico y político fracasaría. Irónicamente, Estados Unidos mantuvo el más grande sistema público de pensiones en el mundo ya que, desde la guerra civil hasta el fin de la primera guerra mundial, el gobierno federal gastó más de cinco billones de dó lares en beneficios para los veteranos del conflicto, “lo que incrementó las pensiones militares de ciento veintisiete mil a casi un millón” (Hacket, 1978: 169).
En 1921 nació la Orden Fraternal de las Águilas, asociación de carácter nacional que buscó asegurar las pensiones para la vejez en el país. A raíz de la lucha constante de dicha organización, ocho años después se autorizó en California el primer sistema obligatorio de pensiones. La edad estipulada para alcanzar una pensión fue de setenta años y su monto fue menor de veintitres dólares al mes. Sin embargo, la depresión económica de la década de 1930 empeoró la condición de las personas envejecidas (The Butler County Press, 1931: 2).
A las Águilas siguieron otros movimientos como el Épico, promovido en California por Upton Sinclair en 1933, que propuso acabar con la pobreza en el estado con una variedad de medidas como la inclusión de una pensión para la vejez de cincuenta dólares al mes. El Movimiento pensionario del estado de California, cuyo eslogan fue “veinticinco dólares cada martes”, propuso que el dinero fuera destinado para los desempleados mayores de cincuenta años. Sin embargo, la idea de Sinclair nunca se implementó puesto que perdió la elección estatal.
El pronunciamiento que tuvo la proporción de una cruzada nacional durante la década de 1930 fue el Plan Townsend, nombrado así en honor de su fundador de sesenta y siete años, quien buscó solucionar los problemas económicos derivados de la recesión y apoyar al segmento envejecido de la población. Sus promotores más entusiastas, los “townsenditas” se trataron de personas de clase media, anglosajones, republicanos, protestantes y blancos. Sus esfuerzos cristalizaron en la Ley de Seguridad Social que se promulgó en 1935. No obstante, dicha norma “no representó un esfuerzo auténtico por la distribución de la riqueza” (Hacket, 1978: 184).
Este afán de justicia laboral abrió el camino para que aparecieran más organizaciones de personas de avanzada edad dispuestas a discutir no solo el tema de las pensiones, sino del envejecimiento en general: la Asociación Nacional de Empleados Federales Retirados (1921), la Asociación Nacional de Profesores Retirados (1947), la Asociación Estadounidense de Personas Retiradas (1958), el Consejo Nacional de Per sonas Mayores (1961) y el NCBA (1970). En 1971, y a raíz de este auge de organizaciones, más de treinta y ocho mil personas y no menos de cuatrocientos grupos fueron invitados a la Conferencia de la Casa Blanca sobre Envejecimiento. Entre sus asistentes destacó Maggie Kuhn, quien un año después fundaría las Gray Panthers, una organización intergeneracional que, hasta la actualidad, centra su lucha en los derechos de las personas envejecidas.
A partir de la segunda década del siglo XX, las reflexiones sobre la vejez y el envejecimiento se transformaron en acciones que, en aras de una amplia transmisión, se valieron de todos los medios que tuvieron a su alcance. Uno de ellos fueron los perió dicos de corte progresista, que funcionaron como espacios de denuncia y discusión sobre los temas relacionados con la población envejecida estadounidense.
En junio de 1950, el diario Evening Star informó que durante los días 12, 14 y 15 de agosto del mismo año, se llevaría a cabo en Washington una conferencia sobre el envejecimiento cuyo objetivo no se vincularía con algún proyecto legislativo, sino con la exploración y definición de sus problemas.5 Diez años después, el editorial del diario The People’s Voice sostuvo que, comparado con el año 1900, los mayores de sesenta y cinco años se habían incrementado cinco veces hasta alcanzar los dieciséis millones. Asimismo, pronosticó que dicho número casi se duplicaría en las siguientes cuatro décadas.6 La anterior preocupación también se reflejó en el artículo “Tragedy of the Aged”, que señaló la existencia de cuatro principales problemas que desmintieron “el pensamiento poético” sobre los años dorados: la salud (que en aquellos días se debatía en el Congreso), la vivienda, el salario y el trabajo.
El texto se centró en los seniors citizens (ciudadanos mayores) quienes fueron considerados como el punto nodal de la reflexión. La nota resaltó que uno de cada diez estadounidenses enfrentaba esos problemas, por lo que los líderes políticos, sociales y culturales del país reconocieron que algo se debía hacer para trasladar “los años dorados de la vida a la realidad”. Asimismo, se resaltó que entre el 50 y el 60 por ciento de los mayores de sesenta y cinco años no tenía más de mil dólares de ingresos en efectivo y que solo algunos privilegiados poseyeron pensiones.7
A lo anterior se añadieron los escasos ingresos y el aumento en el costo de los servicios médicos, lo que llevó a algunos sociólogos a establecer una nueva clasificación para las personas envejecidas: médicamente indigente. En cuanto al tema de la vivienda, la segunda parte del texto señaló que las construcciones tendían a caer en mal estado porque, con el retiro, los costos del mantenimiento de los hogares excedían los ingresos de las personas, por lo que dicho rubro fue de los primeros “en sufrir recortes al presupuesto” (The People’s Voice, 1961: 3).
Para el historiador Andrew Achenbaum, a partir de la década de 1960 las personas mayores se convirtieron “en un segmento de la población políticamente poderoso” (Achenbaum, 1995: 189). Esto llevó a que en 1965 se promulgara la Older Americans Act (Ley sobre Estadounidenses Envejecidos) y se conformaran los programas Medicare y Medicaid -mientras que el primero destinó parte del presupuesto federal para atender las necesidades sanitarias de los mayores de sesenta y cinco, el segundo pagaría las cuentas de los pobres-. Dos años después, el Congreso aprobó la Age Discrimination in Employment Act (Ley de Discriminación por Edad en el Empleo), misma que fue enmendada en 1978 para eliminar el retiro forzoso de la mayor parte de los burócratas y lo prohibió antes de los setenta años para los trabajadores en los sectores público y privado (Butler, 1980).
El último tercio del siglo XX fue testigo de la reducción de la tasa de natalidad en Estados Unidos, esto es, si en 1970 por cada mil individuos hubo 18.4 nacimientos, hacia 1996 dicho indicador se redujo a 14.8. Aquella situación, al combinarse con un incremento en la esperanza de vida, abrió las puertas de un debate que no debía postergarse más: las formas en las que se enfrentaría el envejecimiento de la población (Brinkley, 2003).
Uno de los personajes que participó activamente en la discusión fue el psiquiatra estadounidense Robert N. Butler. En 1975 publicó Why Survive? Being Old in America, una útil herramienta para la comprensión del tema. A lo largo de sus casi quinientas páginas, el autor reflexionó sobre la experiencia de envejecer en Estados Unidos, sobre todo en las décadas de 1960 y 1970. Entre otros tópicos, señaló la pro blemática sobre el cuidado de los mayores que cristalizó en un minucioso análisis sobre los nursing homes (asilos) y los conflictos de interés que representó su administración puesto que, en muchas ocasiones, sus dueños fueron médicos.
Asimismo, sintetizó en uno de sus capítulos la importancia que aquel grupo etario comenzó a tener para la vida política y electoral del país debido a que, si bien constituyeron el 10 por ciento de la población, en realidad representaron el 15 por ciento de los electores. Ése fue un importante aliciente para que el gobierno federal promoviera dos conferencias de la Casa Blanca sobre envejecimiento, en 1961 y 1971, respectivamente. Aunque la mayor parte de los asistentes a la segunda fue mayor de cincuenta y cinco años, y no obstante que diversas organizaciones trabajaron de manera conjunta, “nada dramático, convincente, innovador o sorprendente emergió de la conferencia de 1971” (Butler, 1975: 331).8
A pesar de los escasos acuerdos tomados, el autor destacó el nivel de organización de las agrupaciones que asistieron a los eventos, así como su posterior desarrollo. Por ejemplo, el National Council of Senior Citizens (Consejo Nacional de Ciudadanos Mayores) (formado en 1961), doce años después llegó a tener tres millones de miembros distribuidos en tres mil quinientas asociaciones a lo largo del territorio estadounidense. La organización incluso contó con su propio órgano de difusión, el periódico mensual The Senior Citizens News, una publicación “informativa y sumamente política” (Butler, 1975: 337).
Finalmente, Butler sintetizó en su libro Agenda for Activism una serie de actividades con las que se buscó incentivar a un mayor número de personas envejecidas a involucrarse en la vida pública, entre lo que destaca: votar en bloque sobre asuntos relacionados con las personas mayores; promover candidatos para puestos de elección popular; la exigencia de educación política y legal; el fomento de las acciones cooperativas, entre otras.9
Estudios científicos sobre el envejecimiento en el siglo XX
La búsqueda de las causas que provocaron el envejecimiento, llevó a un sector de la comunidad científica europea y estadounidense a desarrollar una serie de teorías para explicar el proceso (Vivaldo, 2019). En un inicio, estas se vincularon intensamente con la biología aunque, a medida que pasaron las décadas, se nutrieron de otras áreas del conocimiento. Los modestos inicios de la reflexión sobre la edad avanzada tomaron un gran impulso en 1930 mediante la ayuda de algunas fundaciones que financiaron las primeras investigaciones sobre el envejecimiento. En consecuencia, a mediados del siglo XX la gerontología se consolidó como la disciplina científica encargada de examinar a los individuos envejecidos dentro de su contexto, y contó con recursos federales con los que se sostuvieron no solo los institutos de salud, sino también la in vestigación (Achenbaum, 1995).
Vayamos a los comienzos de aquella aventura. A inicios del siglo XX, el microbiólogo ruso e investigador del Instituto Pasteur, Ellie Metchnikoff (1845-1916) afirmó en 1903 en The Nature of Man libro dirigido a “las mentes disciplinadas [y] en especial a los biólogos” (Metchnikoff, 1903: IX), que era necesario estudiar la vejez desde una perspectiva científica, idea que lo llevó a acuñar el término gerontología. En su siguiente libro, The Prolongation of Life (1908), profundizó sobre el tema y persiguió la orthobiosis, que definió como “el más completo ciclo de la vida humana que acaba en el extremo de la vejez” (Metchnikoff, 1908: 212).10
Aun cuando es importante aclarar que lo anterior no fue el equivalente al desarrollo -ni mucho menos a la consolidación- de la gerontología como disciplina científica, el trabajo de Metchnikoff fue difundido con cierto éxito en Estados Unidos, lo que impulsó su surgimiento a partir del primer tercio del siglo XX, como se discutirá más adelante.
En Old Age Deferred, libro de la autoría del médico Arnold Lorand (1865-1943), se compartió la idea de que la vejez era una enfermedad crónica provocada por el desgaste de las glándulas endocrinas así como “de otros tejidos y funciones” (Lorand, 1913: 94). Publicado en 1911, en apenas quince meses tuvo cuatro reediciones, lo que muestra el creciente interés en un pequeño sector de la comunidad científica estado unidense por examinar el tema. En su texto, el autor ofreció sugerencias para evitar la vejez prematura (producto de una vida sedentaria) y sostuvo que, con los cuidados apropiados, se podrían alcanzar los noventa o incluso los cien años con base en una serie de medidas higiénicas y terapéuticas que fueron desde la actividad física y un descanso apropiado, hasta una moderación en el uso del tabaco y del alcohol.
Aunque la reflexión sobre la vejez en sus comienzos se desarrolló con una marca da perspectiva médica, también influyó en la exploración temprana de otros ámbitos como el de la psicología. En 1922, el hasta entonces estudioso de la adolescencia, Stanley Hall, a raíz de su jubilación publicó Senescence. The Last Half of Life (Senescencia. La última mitad de la vida), texto ambicioso en el que reflexionó, entre otras cosas, sobre la importancia de elaborar un plan de vida para la vejez (Hall, 1922).11
La especialidad médica que se encarga del estudio de las enfermedades de las personas viejas surgió también a inicios del siglo XX. El término “geriatría” fue acuñado en 1909 por el médico de origen austriaco Ignatz Leo Nascher (1863-1944), quien se retiró de dicha práctica a los sesenta y seis años (Granjel, 1991; Morely, 2004; Cole, 2006).12 Nacido en Viena el 11 de octubre de 1863 y graduado como farmacéutico a la edad de diecinueve años, en 1885 obtuvo su título por la Universidad de Nueva York. Su interés por la última etapa de desarrollo del individuo lo llevó a escribir algunos artículos sobre el tema y a publicar en 1909 su texto más importante: Geriatrics: The Diseases of Old Age and Their Treatment. Su dedicación y compromiso lo llevarían a fundar la Sociedad Geriátrica de Nueva York tan sólo seis años después. Nascher insistió en que una manera de entender las condiciones de las personas en edad avanzada sería mediante la construcción y la comprensión de las estadísticas sociales.13
En 1939, Edmund Vincent Cowdry (1888-1975) publicó Problems of Ageing y anunció el surgimiento de la gerontología como un campo de investigación científica en Estados Unidos. Aunque aceptó que gran parte de los cambios durante el proceso se relacionaba con mecanismos físicos, químicos y biológicos, subrayó que aún existían vetas por explorar como “los aspectos psiquiátricos, emocionales y sociológicos del envejecimiento” (Cowdry, 1940: 53). Además, subrayó el importante incremento de la esperanza de vida hasta 1930.
De manera paralela a la investigación científica, persistió una preocupación más general por la salud de las personas envejecidas. De esta manera, hacia 1939 el médico Logan Clendening compartió una nota en el Henderson Daily Dispatch, titulada “How to Protect Old in Winter Weather?”, en la que resaltó la sensibilidad de las personas de avanzada edad a las condiciones atmosféricas debido a un desequilibrio en su temperatura corporal.
En cuanto al terreno afectivo, Clendening solicitó a sus lectores tomar en cuenta a las personas envejecidas pues, de lo contrario, se sentirían rechazadas. Dicha idea bus caba combatir la llamada oikiomania, es decir, “el estado mórbido en el que el amor natu ral por aquellos más cercanos se convierte en odio” (Henderson Daily Dispatch, 1939: 2).
Los esfuerzos no cesaron y en 1939 se organizó el Club de Investigación sobre el Envejecimiento -del que se desprendería la GSA-, cuyo objetivo sería el de promover su estudio científico e impulsar su crecimiento y difusión. Aunque en 1940 no existió una teoría unificadora sobre el envejecimiento, los miembros de la GSA se dieron cuenta de la importancia del trabajo multidisciplinario, por lo que concibieron como una prioridad tejer redes con otras asociaciones como la Sociedad Geriátrica de Estados Unidos, la Asociación Psicológica de Estados Unidos (APA, por sus siglas en inglés) y la Academia Estadounidense para la Promoción de la Ciencia. Hacia 1946, la GSA tenía ochenta miembros y se organizó en tres secciones: investigación médica, biológica y general.14 Esta preponderancia del enfoque biologicista se constata en las publicaciones aparecidas en los primeros números de las principales revistas sobre el tema: Journal of Gerontology y The Gerontologist (Achenbaum, 1987).
El fin de la segunda guerra mundial representó para Estados Unidos no sólo emerger como una de las dos potencias que influirían en el panorama internacional a partir la segunda mitad del siglo XX, sino que también se tradujo en una inversión sin precedente en la investigación académica, sobre todo la realizada en las universidades (Achenbaum, 1995).15 Con la fundación de la GSA en 1945, el estudio sobre el envejecimiento tomó un impulso inusitado y con la publicación un año después del Journal of Gerontology, la investigación en la temática se perfiló como uno de los nuevos campos de estudio en Estados Unidos.
Roy Hoskins, director de investigación de la escuela médica de Harvard, se pronunció en 1947 por la necesidad de publicar más investigaciones a nivel molecular en especial sobre los aminoácidos, el colesterol, el ácido fólico, la producción de hormonas, las enzimas y las vitaminas “que se relacionan con el proceso de envejecimien to de varias funciones orgánicas” (Hoskins, 1947: 590). Pero, sobre todo, enfatizó la importancia de estudiar el grado en que varias anomalías en el funcionamiento son reversibles en diversas etapas de la vida.
Así, solicitó la incorporación de más trabajos que, desde la psicología, analizaran la autoestima y la seguridad, además de que se relacionaran con factores socioeconómicos -que consideró causantes de ciertos niveles de ansiedad y que se podrían resolver con psicoterapia-. Lo anterior es importante pues Hoskins consideró que los principales retos de la gerontología se vincularon con los problemas derivados de la adaptación individual al cambio social (Hoskins, 1947).
Otro de los pioneros en la disciplina fue el médico ruso V. Korenchevsky (1880-1959). Su interés por la vejez fue temprano. En 1903, y después de visitar una enfermería para personas envejecidas en Moscú, se dedicó a investigar las formas en que ellas podrían desarrollar su potencialidad durante los últimos años de vida. Sus contribuciones a la gerontología fueron esencialmente tres: descubrió que las hormonas sexuales tienen efectos en los tejidos; consideró a la gerontología como una superciencia que no sólo dependía de la anatomía y la biología, sino de la psicología y la sociología; y, finalmente, promovió la investigación gerontológica a nivel internacional.
Apoyado por el filántropo y millonario lord Nuffield, organizó en 1950 el primer congreso internacional en Gerontología en Lieja, Bélgica y fundó la Asociación Internacional de Gerontología (AIG). Un par de años después, cuando se retiró de su laboratorio, dedicó sus esfuerzos a la promoción de la investigación gerontológica. Esto implicó que viajara en tres ocasiones a Estados Unidos en donde participó en el segundo congreso internacional de la disciplina en 1951 (Cowdry, 1959). Debido a su formación (y a su férreas ideas), Korenchevsky consideró que la solución de todos los problemas básicos de la gerontología dependían “enteramente de la investigación médica y biológica”, por lo que el cuidado y atención a las personas envejecidas debía dejarse en manos de “los gobiernos, municipios y sociedades de beneficencia” (Korenchevsky, 1952: 375).
En el Primer Congreso Gerontológico Internacional, sugirió que la AIG fuera la en cargada de organizar reuniones académicas mundiales en las que la crítica sería un componente fundamental. Asimismo, subrayó el peligro que representaba para la orga nización que su cuerpo directivo se volviera senil, por lo que veía en los congresos una gran oportunidad para encontrar “nueva y vigorosa sangre” para que fuera absorbida por la Asociación y así garantizara su rejuvenecimiento. De igual forma, destacó la importancia que tenía para los asistentes -la mayor parte médicos y es tudiantes- establecer vínculos con los investigadores en sesiones organizadas para dicho fin.
Así, a mediados del siglo XX, Korenchevsky alentó el desarrollo de la gerontología y sostuvo que esta tendría que tener en cuenta tres elementos principales: la fundación de laboratorios experimentales y clínicos o de institutos para la investigación sobre el envejecimiento; el establecimiento de sesiones de investigación en los congresos internacionales; y la necesidad de solicitar un mayor presupuesto destinado a la investigación (Korenchevsky, 1952).
A finales de la década de 1960, la GSA unió esfuerzos con la Sociedad Estadounidense de Geriatría (AGS, por sus siglas en inglés) para promover la fundación de un Instituto Nacional Gerontológico. Dicho impulso llegó a su clímax cuando el presidente Richard Nixon inauguró en 1974 el Instituto Nacional sobre Envejecimiento (NIA, por sus siglas en inglés). Hasta este momento, las anteriores instituciones se mantienen vigentes y representan la punta de lanza sobre la investigación en envejecimiento.
Otro de los grandes aciertos por visibilizar el tema se relacionó con la publicación de investigaciones. La mayor parte de las revistas sobre gerontología vieron la luz en el periodo 1946-1970. La pionera fue The Journal of Gerontology en 1946, que en 1988 daría origen a los Journals of Gerontology, mismos que se dividieron en cuatro ramas.16 En 1961, surgió The Gerontologist como una revista especializada sobre el envejecimiento.
La gerontología y la geriatría tuvieron un definitivo impulso gracias a los buenos oficios del doctor Robert Neil Butler (1927-2010), quien de manera muy temprana en su carrera decidió trabajar con personas envejecidas, un grupo de la población que con sideró ignorado y que se vinculó principalmente con la enfermedad, la fragilidad y la incapacidad. Psiquiatra de formación desde 1953, y de manera opuesta a la visión de la mayoría de sus colegas, Butler optó por impulsar las potencialidades de las personas envejecidas. Por tanto, promovió proyectos de investigación in ter dis ciplina rios y materializó sus ideas no solo en textos, sino también en instituciones. Él estaba convencido de que el envejecimiento, representaba lo opuesto al estereotipo que circu ló por la mayoría de las mentes estadounidenses, es decir, para Butler implicó otra opor tunidad para desarrollar proyectos y construir nuevas experiencias (Achenbaum, 2013).
En 1969 acuñó el término ageism (viejismo) -como un término análogo al racismo y al sexismo-, que aludió a la discriminación por edad y que definió orignalmente como el “daño que provoca un grupo etario sobre otros” (Butler, 1969: 243), aunque en sus posteriores trabajos fue mucho más específico.17 Para Butler, el viejismo permeó todos los niveles del gobierno y la sociedad, pues no solo se reflejó en que el presupuesto total de los institutos nacionales de salud destinado al estudio del envejecimiento, fuera menor al 1 por ciento, sino en el desprecio que se respiraba en el pueblo estadounidense hacia las personas envejecidas.
Butler buscó hacer del estudio sobre el envejecimiento una prioridad nacional por lo que impulsó la Asociación Estadounidense de Psiquiatría Geriátrica (AAGP, por sus siglas en inglés) en 1978 y la Federación Estadounidense de Investigación del Enve jecimiento en 1981. Incluso, después de dejar el NIA, en 1986 le dio forma a la Alianza para la Investigación del Envejecimiento (AFAR, por sus siglas en inglés), que combatió la charlatanería, atrajo la atención de académicos y estudiantes, y remarcó la importancia del trabajo interdisciplinario para impulsar la educación, las políticas públicas y el entrenamiento de los profesionales de la salud.
Su lucha por extirpar los estereotipos de la vejez en la sociedad estadounidense fue notable y además abogó por incrementar las oportunidades de mujeres y hombres para continuar cosechando oportunidades en la vejez. Esta reflexión formó parte de lo que él llamó: la revolución de la longevidad. Su pensamiento contagió a importantes personajes como Maggie Kuhn, fundadora de la organización Gray Panthers, quien criticó el uso de eufemismos para dirigirse a las personas envejecidas tal como lo hiciera David Hacket en 1978 (Hacket, 1978; Khun et al., 1991).18
En 1983, y desde el Centro Médico Monte Sinaí en Nueva York, Robert Butler de fi nió a la Gerontología como un campo interdisciplinario centrado en la biología del desarrollo, así como en la búsqueda de la comprensión de los mecanismos de la senes cencia y de la longevidad. Además, subrayó que su objetivo era “mantener el máximo de integridad y eficiencia del organismo a través del tiempo” (Butler, 1983: 352)19. Para él fue fundamental que los gerontólogos fueran incorporados al campo médico para que colaboraran en la distinción entre el envejecimiento nor mal y la enfermedad. De esa manera, la gerontología tendría múltiples beneficios pues se potenciaría un envejecimiento saludable, del que por cierto, afirmó que poco se sabía.
Su incansable labor lo llevó en 1990 a crear el Centro Internacional de Longevidad (ilc, por sus siglas en inglés) para estudiar la población envejecida bajo una perspectiva socioeconómica, de salud y de calidad de vida. Además, propuso la Declaración de los Derechos de los Mayores que fue adoptada en la Segunda Asamblea sobre En vejecimiento (Achenbaum, 2013).
Para recapitular, aunque David Hacket Fischer sugirió en 1978 que “probablemente la gerontología nunca será una disciplina teórica sino una consumidora de teoría de otras ciencias” (Hacket, 1978: 194), en este apartado se ha mostrado que en realidad, y a partir de la mitad del siglo XX, “los académicos estadounidenses dominaron la comunidad gerontológica internacional” (Achenbaum, 1995: 18). Eso los llevó a generar una serie de teorías que desde la biología, la psicología y la sociología, han explicado el envejecimiento humano, al tiempo que su contribuciones nutren nuevas investigaciones alrededor del mundo.20
Remedios contra la vejez en el siglo XX
Aun cuando el impulso que tuvo la gerontología y la geriatría durante el siglo XX provocó que se pensara al envejecimiento como un proceso natural, el temor a envejecer fue empleado por una industria que no desaprovechó la oportunidad de lucrar con él. En este apartado final se presenta un breve recuento sobre esta idea.
A finales del siglo XIX, fue común que se explotara en los periódicos estadounidenses la idea de una vejez relacionada con la enfermedad y la fragilidad; eso abrió una serie de espacios publicitarios en distintos de la época en los que se promocionaron diversas mercancías para combatir los trágicos efectos del envejecimiento. Por ejem plo, el “compuesto de apio de Paine” ofreció fortalecer el sistema nervioso de las personas viejas, considerado como el origen de la diarrea, la indigestión y el reu matismo; mediante su ingesta, el anuncio aseguraba eliminar “los trastornos propios de la vejez” (The Salt Lake Herald, 1888: 3). De forma similar, la “Peruna” prometía combatir de forma eficaz el catarrh (catarro), “el enemigo más grande de la vejez” (The Bossier Banner, 1900: 3).
En 1903 los lectores de The Commoner se enteraron de un “descubrimiento geológico [con un] poder medicinal notable y virtudes curativas” que obtendrían a vuelta de correo por la mínima cantidad de un dólar: el “Vitae-Ore”. El producto ofrecía curar desde el reumatismo, el envenenamiento de la sangre y los problemas del corazón, hasta los desórdenes femeninos, la fiebre malaria y la debilidad general; “Vitae-Ore” fue recomendando para las elderly people (personas de avanzada edad) en su combate contra “la sequedad y la rigidez de la vejez” (The Commoner, 1903: 16).
Hacia la segunda década del siglo XX, se publicaron anuncios sobre distintos tónicos y remedios para devolver el vigor a los cuerpos envejecidos. Así, se promocionó la ingesta del “Jarabe Pepsina del Dr. Caldwell” para estimular los intestinos de las personas de ambos sexos y así evitar el estado de constipación “peligroso para la vida y la salud” (The Keota News, 1913: 2; Richmond Daily Register, 1919: 5).
No obstante el impulso que tuvieron los estudios científicos sobre el envejecimiento a partir de la segunda guerra mundial, en los medios de comunicación se continúa explotando el temor a envejecer para vender toda clase de remedios para evitar el proceso. Andrew Achenbaum destaca un par de ejemplos que no dejan lugar a dudas. Por un lado, mientras que siete mil miembros de la GSA reciben The Gerontologist, trescientas mil personas compran la revista Longevity -que se enfoca en encontrar maneras para combatir el envejecimiento-. Por el otro, en 1990 los estadounidenses gastaron entre tres y cuatro billones de dólares en cirugías estéticas, lo cual representa, a todas luces, “mucho más que lo destinado a la investigación sobre el envejecimiento en Estados Unidos” (Achenbaum, 1995: 257).
Por tanto, se observa que los avances en el estudio científico del envejecimiento se han enfrentado, al menos desde finales del siglo XIX, a una serie de obstáculos manufacturados por una industria que ha lucrado con la idea de detener el proceso biológico por medio de mercancías o sustancias destinadas a ese supuesto fin. Asimismo, desde finales del siglo XX se nota una tendencia aún en boga que, por medio de recursos financieros, busca acceder a una tecnología antienvejecimiento para evitar las marcas del paso del tiempo en su cuerpo.
Conclusiones
Si bien es cierto que siempre se ha percibido que las personas envejecen, es una realidad que las formas de hacerlo son distintas y obedecen a una serie de situaciones que se vinculan con elementos como la genética, el género y el contexto socioeconómico, entre otros.
En 1870, las personas mayores de sesenta y cinco años representaron el 2.9 por ciento de la población. Un siglo después, el indicador se incrementó al 9.9 por ciento (Achenbaum, 1978). Ello llevó en 1983, a que el doctor Robert N. Butler sostuviera que el impacto del envejecimiento individual “pronto será uno de los temas científicos y políticos más potentes de nuestro tiempo” (Butler, 1983: 356). El médico no se equivocó.
En 2019, la Oficina del Censo de Estados Unidos registró un total de 328 239 523 habitantes. De ellos, 54 058 263 (equivalentes al 16.5 por ciento de la población) fueron personas mayores de sesenta y cinco años. Para darnos una idea sobre el crecimiento demográfico, basta echar un vistazo a la media de edad nacional que, de 37.2 años en 2010, se incrementó a 38.4 en 2019. Dicho con otras palabras, a inicios del siglo XXI ningún grupo de edad tuvo un incremento tan acelerado como el de las personas mayores (U.S. Census Bureau, 2020).21
Lo anterior ha representado una serie de dificultades y tensiones relacionadas con las pensiones de vejez (para quienes tienen la fortuna de tenerlas) y con el incremento en los costos de los servicios de salud que ocasiona que “las personas mayores continúen ocupando un status inferior en la moral de la comunidad” (Cole, 2006: 237). Sin embargo, y como se ha mostrado en estas cuartillas, dichas vicisitudes estimularon no solo a que ellas se reúnan, discutan y defiendan sus derechos, sino al nacimiento de nuevas organizaciones. Así, Gray Panthers o Raging Grannies han fomentado una comunicación intergeneracional que poco a poco se materializa en grupos de activistas en los que la edad sólo es un dato en su historia particular, y la vejez representa una etapa diferente en la que se examina un panorama al que, tal vez, no se le había prestado la atención suficiente.
El fin de la segunda guerra mundial representó una inyección de recursos a la investigación científica sobre el envejecimiento y, aunque en un principio los estudios surgieron con un marcado cariz médico y biológico, el paso de las décadas trajo consigo una amplia reflexión que llevó a un diálogo entre distintas disciplinas. En consecuencia, en la actualidad referirse al envejecimiento implica ampliar la mirada para considerar una variedad de factores que inciden en él. Sin embargo, aún existe un amplio sector de la población que, hoy como ayer, teme al paso del tiempo.
En la Unión Americana, el estudio histórico de la vejez surgió en el último tercio del siglo XX de la mano de historiadores sociales y culturales que consideraron útil profundizar sobre dicha etapa de la vida visibilizando, al mismo tiempo, a los actores que hasta ese momento habían ocupado posiciones marginales en la historia del país. Así, el envejecimiento dejó de percibirse exclusivamente como un proceso biológico anclado en circunstancias sociohistóricas, para considerarse también como: “una experiencia, una incalculable serie de eventos, momentos y actos vividos por una persona” (Cole, 2006: XXXII).
Para concluir, a finales de la década de 1960, la amplia visión de Robert Butler lo llevó a afirmar que “quizás algún día se escuchará sobre el Senior Power (poder mayor)” (Butler, 1969: 246). Hoy en día, y a más de seis décadas de distancia, parece que esa idea se ha fortalecido, y aunque la pandemia de Covid-19 ha sido especialmente cruel con las personas mayores, es muy probable que el debate sobre la seguridad so cial, los asilos y las vejeces tome nuevos bríos en Estados Unidos.










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