INTRODUCCIÓN
El 26 de julio de 1952, a las 20:25, murió Eva Duarte de Perón. Figura icónica de la Argentina peronista, el carcinoma de cuello de útero apagó su vida a los 33 años de edad. Los funerales en el Ministerio de Trabajo duraron quince días. Su cuerpo embalsamado fue depositado provisoriamente en la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT). Se esperaba construir un fenomenal Monumento al Descamisado, para colocar en su interior un sarcófago vidriado con el cuerpo momificado de Evita.1 El proyecto nunca se completó. Sus restos reposaron en la cgt hasta el final del gobierno peronista.
Con el quiebre constitucional del 16 de septiembre de 1955 y tras el golpe palaciego, dos meses después, con el que arribó al gobierno el general Pedro E. Aramburu, el cadáver fue objeto de múltiples vejaciones. A tono con las medidas “desperonizadoras” implementadas desde noviembre, el cuerpo de Evita fue robado.2 Tras conocerse la noticia en 1957, se tejieron múltiples explicaciones del hurto y destinos posibles.3 Estas versiones alimentaron la producción periodística y artística entre las décadas de 1960 y 1970 en Argentina.4 El cuerpo “extraviado” y la posibilidad de recuperarlo inflamaron asimismo las imaginerías políticas de las juventudes peronistas, como lo atestigua el caso de la organización político-militar Montoneros, a comienzos de 1970.5
Este influjo en las militancias referenciadas en el peronismo también se puede hallar años antes, en uno de los periodos más dinámicos de los 18 años de proscripción peronista, entre 1955 y 1973,6 específicamente, entre 1962 y 1966, caracterizados para el movimiento liderado por Juan Domingo Perón por una intensa lucha intestina. Las posibilidades electorales brindadas a los partidos neoperonistas7 por los presidentes Arturo Frondizi (1958-1962) y Arturo Illia (1963-1966)8 conllevaron una transformación en las estrategias que Perón desplegaba desde el quiebre constitucional de 1955. La disolución de ciertos mecanismos legales que imposibilitaban al neoperonismo participar en las elecciones horadó y desmoronó las tácticas de “abstención revolucionaria” y “votoblanquismo” a las que el caudillo apostaba desde su exilio.9 Fue precisamente Augusto T. Vandor, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, quien se percató de los cambios hacia los peronistas en el país. Luego de las elecciones internas en el peronismo de 1964 y de las legislativas nacionales de 1965, Vandor consideró que el movimiento estaba listo para un nuevo liderazgo. Éste fue el comienzo de una pugna intestina que tomó mayor intensidad entre finales de 1965 y principios de 1966. En esta disputa, se le otorgó un lugar preponderante a la figura de Eva Duarte de Perón, y fue reactualizado su mito al calor de las luchas entre sectores políticos y gremiales del peronismo.
Insertado en este marco de discusiones, el artículo analiza las representaciones que actores individuales y organizativos peronistas en Argentina hicieron de Eva Duarte entre 1962 y 1966. Entendiendo el mito como un producto colectivo, códigos socialmente significativos para una cultura particularmente considerada y que involucra una representación específica de la realidad social,10 el conjunto de características adosadas a Evita operaba para las voces peronistas aquí examinadas -notas de opinión y declaraciones en semanarios político-partidarios, como Relevo, Compañero y Retorno, y en periódicos y revistas de tirada nacional, como Democracia, El Mundo, La Razón y Primera Plana- como elementos para la disputa política, la confrontación con actores antitéticos. Si es cierto, como sugiere Viviana Paula Plotnik, que las ficciones literarias desarrolladas alrededor de Evita tras su muerte constituyeron “gestos melancólicos” que vinculaban su fallecimiento con el “fin de una época de abundancia” y de “ideales utópicos”,11 los mitos evitistas construidos en esta porción de la década de 1960 se utilizaron para intensificar la disputa política presente y, también, para escenificar proyectos futuros deseados.
En una primera parte del artículo, se examinan algunas representaciones míticas de Eva Duarte entre 1962 y 1966. Estas figuraciones estuvieron atravesadas por las disputas políticas del presente. Aquí, se pondrá especial atención a los sentidos -con sus cambios y continuidades respecto a imágenes del pasado- que las voces peronistas examinadas otorgaron a Evita en dos hechos considerados clave en la historia del peronismo: el 17 de Octubre y el Renunciamiento.12 En la segunda parte, se presentarán las particularidades, con sus innovaciones y continuaciones de sentido, en las narraciones de la biografía de Eva Duarte aparecidas en publicaciones político-partidarias peronistas de la época. Aquí, adquieren un papel central las discusiones alrededor de los homenajes de tipo religioso en su recuerdo.
RETAZOS DE UNA… ¿EVITA REVOLUCIONARIA?
Para una porción del peronismo que se presentaba como “revolucionaria” en los primeros años de la década de 1960, la figura de Eva Duarte tomaba dimensiones gigantescas. Es el caso del semanario Compañero, una de sus cajas de resonancia.13 Evita era representada como la imagen de la devoción a Perón y al pueblo. Su condición de “guardiana de la lealtad” le permitía distinguir, como señala Maristella Svampa,14 a los “enemigos” del campo peronista: aquellos que buscaban divisiones y atentaban contra su imagen de unidad. La construcción de este cuadro le permitió a Compañero y a los sectores que allí se expresaban ahondar en la demarcación de las alteridades que horadaban esa unidad del campo de referencia peronista. En otras palabras, les proporcionó un instrumento para marcar a los presuntos “traidores” a Perón y a su causa.
Este conjunto de características llevó a Compañero a contar de una forma particular la historia de Evita. Según esta publicación, cumplió un papel principal en diversos sucesos de la historia del peronismo. Por ejemplo, en la movilización popular desencadenada a causa de la destitución y detención de Perón a comienzos de octubre de 1945, lo que la hagiografía peronista denominó Día de la Lealtad:15
En ese momento crucial de nuestra historia, en esa coyuntura en la que se juega el destino de la patria, es que Evita muestra su garra combativa, su estatura militante. Incansablemente, en horas sin tregua ni desfallecimiento, Evita instigará a su pueblo a la lucha. Todos los barrios son testigos de este batallar. Hogares humildes, sindicatos, mítines espontáneos son el escenario de su prédica revolucionaria, de su apelación a la lealtad y a la rebelión. Y ese encarnizado combate contra el tiempo da sus frutos […] Evita, gestora decisiva del triunfo, marcha -una más- confundida entre la multitud.16
El papel desempeñado por ella en aquellos días memorables está escrito a fuego en las páginas de la historia y ligado inquebrantablemente al sentir de nuestro pueblo […] En aquellos días de angustia, que precedieron al 17 [de octubre de 1945], cuando era incierto el futuro de Perón y de la revolución, ella junto a los trabajadores que la acompañaron en su acción removió cielo y tierra, hasta lograr dar con el Líder y luego fue una de las impulsoras más fervientes del magno acto, en que el pueblo recuperó a Perón de las garras de la oligarquía.17
La reescritura del papel de Eva Duarte en el 17 de Octubre funcionaba en Compañero como un mecanismo para descalificar a las dirigencias políticas y gremiales peronistas de comienzos de la década de 1960. Se les sindicaba pasividad e intentos de conciliación con el gobierno de Illia, además de una renuencia a bregar por el regreso de Perón a Argentina. Este papel difería del que se autoasignaba la propia Evita. Tanto en La razón de mi vida como en Historia del peronismo, remarcaba la soledad en la que se encontraba, así como la labor principal de los descamisados de su pueblo en la liberación de Perón.18
En su estudio sobre los diversos caminos de la vida post mortem de Eva Duarte articulados a comienzos de la década de 1960, Laura Ehrlich se detiene en la figuración discursiva que algunas publicaciones político-partidarias peronistas hicieron de Evita. Al analizar el modo en el que Compañero representó a la segunda esposa de Perón, la autora destaca que la repolitización y el reconocimiento de su legado se realizaron en torno a la conmemoración del 17 de Octubre, no de la fecha de su muerte. Para Ehrlich, esta elección “recolocaba a Eva en el centro del liderazgo peronista de antaño”, para, en el presente, permitir la “denuncia de las posiciones ‘desviadas’ o ‘traidoras’” que identificaban en gremialistas y políticos.19 Sin embargo, no debe pasarse por alto que Compañero también apeló a otra fecha clave del “calendario peronista”, en general, y de la trayectoria biográfica-política de Evita, en particular: el Renunciamiento de agosto de 1951. Sin ánimos de adelantar discusiones, aquel episodio permitió al semanario capitaneado por Valotta darle nuevos elementos al mito evitista.
Para retomar ideas de los extractos citados, en Compañero se configuraba una imagen de Eva Duarte con rasgos “combativos”, que habría instigado a su pueblo a la “lucha”, recorriendo barriadas humildes y sindicatos, y apelando, en definitiva, a una “prédica revolucionaria”, para, junto a los trabajadores, liberar a Perón y defender las conquistas que legó a su pueblo. Se trataba de una Evita que se habría transformado en pueblo, movilizándose por su líder. Esta idea estaba en sintonía con la que Perón desarrolló en una de sus primeras obras tras el golpe de Estado de 1955, Del poder al exilio,20 no así, como se sugirió, en los libros escritos o adjudicados a Eva Duarte. En definitiva, Evita era representada como la contracara exacta de los dirigentes sindicales peronistas que, mientras abogaban por el plan de lucha de la cgt21 y por el regreso de Perón a Argentina, trataban de congraciarse con el gobierno de Illia y con las Fuerzas Armadas.
No obstante, otra es la versión que los estudios historiográficos han dado al papel de Eva Duarte en octubre de 1945. En la reconstrucción de los episodios que desembocaron en la movilización del 17, Juan Carlos Torre no encuentra mención a Evita entre los “actores importantes de la jornada” que entrevistó.22 Lo mismo sucede con Marysa Navarro, para quien la “participación de Evita en el 17 de Octubre no tuvo ni remotamente las características que le atribuyeron [peronistas y antiperonistas] con el correr de los años”.23 Se coincide aquí con la hipótesis de Eickhoff. Si bien es cierto que la propia Eva Duarte nunca se adjudicó a sí misma un lugar preponderante en la liberación de Perón y que sólo admitió a dos actores en la crisis de octubre, el caudillo y el pueblo, su identificación con este último hizo que el “nombre de Evita cu[bra] también la histórica fecha del 17 de octubre de 1945”.24
Debe insistirse en la importancia de trascender los factum y poner el acento en los efectos de sentido que esas configuraciones del pasado producen. Independientemente de las consideraciones normativas, de la “verdad” o de la “falsedad” de las sentencias elaboradas sobre un hecho, se quiere insistir en los sentidos que dinamiza una apuesta política. Por ejemplo, ¿qué sentidos generaba que Eva Duarte fuera puesta en un lugar principal en las narraciones sobre el 17 de Octubre realizadas por ese peronismo “revolucionario” del cual se decía vocero Compañero? Y ¿de qué manera se enlazaban esas elaboraciones con las propias vicisitudes por las que atravesaron el movimiento peronista, en general, y esa corriente política, en particular, en estos primeros años de la década de 1960? Ésta es otra forma de preguntar, en definitiva, por los ecos que las dinámicas políticas actuales generan en el viaje al pasado.
A este respecto, cabe considerar otra voz peronista del periodo, a distancia del tenor “revolucionario” de Compañero: la del médico y político Raúl Matera.25 En Relevo, otro semanario vinculado al peronismo,26 dedicó una nota especial para recordar el 17 de Octubre y el papel de Evita:
Quebrando estas consignas [la “huelga general era una locura” y “había que esperar otra oportunidad y organizarse para ella”], intuyendo que todo el porvenir estaba contenido en esas dos palabras -huelga general- los trabajadores y Eva salieron a la calle. Solos contra todos. Solos, pero en esa inmensa soledad de las multitudes que es de donde nace, renovándose la historia de los pueblos.27
En el escenario que ofrecían los momentos culminantes del 17 de Octubre, Evita y el pueblo habrían quebrado el sentir general de algunos núcleos dirigentes: la reticencia a lanzarse por una huelga general. Sin embargo, la segunda esposa de Perón y su pueblo entendieron que con ese llamamiento se estaba jugando el futuro del país. Así, unidos en la intimidad de esa díada, habrían salido a la calle a pedir por la liberación de Perón.
En sintonía con los extractos anteriores, Matera marca algunas características otorgadas a Eva Duarte que, al decir de Beatriz Sarlo,28 se vinculan con la ética de la convicción de matriz weberiana.29 Según esta autora, el tenor pasional de Evita, su voluntarismo, su falta de prudencia y la sensación de que todo en ella era siempre excesivo aparecían en oposición a esa construcción figurativa de la conducta de Perón: un sujeto político reflexivo y prudente; a veces, como articuló el mito antiperonista, timorato frente a los arrebatos pasionales de su segunda esposa. La misma distinción halló Julie M. Taylor en la prensa peronista durante las décadas de 1940 y 1950. Mientras se decía que el estilo de Evita era “impulsivo, desordenado y emotivo”, suscitado por un “fanatismo emocional por la causa peronista”, de Perón, en cambio, se remarcaba su estilo “riguroso y científico”, su trabajo disciplinado y metódico,30 y, en su caso, todo ello se ajustaba a la naturaleza de un militar, como remarcó Eva Duarte.31
Resulta pertinente atender otras caracterizaciones que Matera le otorgó a Evita. En una de las partes troncales del artículo referenciado, señalaba:
Cobrada ya su fecha, la revolución nacida el 17 [de octubre de 1945] pasó a llamarse peronismo. De entrada, el movimiento se señaló diferenciado en dos alas perfectamente opuestas: conservadora la una, revolucionaria, la otra […] Encabezando el sector revolucionario y popular, permaneció cada día con mayor claridad y cada día con mayor firmeza, Eva Perón […] En 1952 esta ala reaccionaria [compuesta por “los advenedizos, los interesados, los falsos de fe”] obtiene su primera victoria al impedir que Eva Perón sea candidata a Vicepresidente de la República. Esta es una victoria obtenida sobre Eva Perón contra el 17 de Octubre y su significado revolucionario. Es, asimismo, lo que señala la inminencia del comienzo del fin. Muerta Eva Perón, el fin comienza.32
Según Matera, en su nacimiento, el peronismo habría parido dos tendencias antagónicas: una revolucionaria y otra conservadora. Mientras la segunda estuvo compuesta por un conjunto de “advenedizos”, “interesados” y “falsos de fe”, la primera habría estado encabezada por Evita. Con cada momento de la revolución peronista, Eva Duarte se constituía con más claridad en su adalid. Sin embargo, la tendencia conservadora obtuvo su primera victoria con la asunción presidencial de Perón, en 1952. ¿Por qué razón se identificaba el comienzo del segundo gobierno peronista con una derrota? Debido al impedimento a Eva Duarte de ser la candidata a vicepresidenta en las elecciones del 11 de noviembre de 1951. Unos meses antes, el 31 de agosto, Evita desistió de completar la fórmula presidencial que encabezaba Perón. Se trató del llamado Renunciamiento, el cual, para Matera, puso en jaque lo sucedido en el 17 de Octubre. Amenazó el legado revolucionario del peronismo y, de forma consecuente, inició el fin de aquella corriente encabezada por Evita. Este desenlace habría acontecido con su muerte.33 Desde ese momento, Perón quedó supuestamente “rodeado”, fue hecho un “verdadero prisionero” de “alcahuetes y ladrones”, vaciado, según Matera, del “impulso y [d]el liderazgo revolucionario de Eva y [de] sus ‘descamisados’”.34
El escrito de Matera, aunado a lo visto en el semanario Compañero, brinda nuevos elementos para considerar algunas de las características que comenzó a tomar el mito evitista en este periodo. Si tuvo un papel central en las jornadas del 17 de Octubre, el Secretario general del ccs agregaba que articuló y lideró la corriente “revolucionaria” y “popular” del peronismo. Dicha línea, por otro lado, habría sido desestructurada tras dos episodios troncales de la propia biografía de Eva Duarte: su rechazo a la candidatura a la vicepresidencia y su muerte.35 Luego de ello, tras el supuesto eclipse del ala revolucionaria que encarnaba, la conservadora habría maniatado a Perón, rodeándolo de elementos de dudosa lealtad. A este respecto, parecía como si la desaparición política y física de Evita hubiese dejado al descubierto a Perón. Ya sin esa guía revolucionaria, sin ese “escudo” que parecía ser su segunda esposa, el caudillo habría sucumbido.
El conjunto de reflexiones enumeradas debería poner en suspenso aserciones como las de Navarro, quien señala que fue sólo después de las movilizaciones populares del llamado Cordobazo, a finales de la década de 1960,36 y, sobre todo, a partir del trabajo de Montoneros en la de 1970 cuando se fue “forjando poco a poco el mito de Evita militante, la mujer que ha nacido para la Revolución”.37 Al mismo tiempo, muchas de las “cualidades jacobinas” que Sarlo38 encuentra en las construcciones figurativas de Eva Duarte en 1970 pueden hallarse en las representaciones elaboradas una década antes. En este aspecto, entonces, se coincide con Ehrlich: la representación que el peronismo “revolucionario” de la década de 1970 hizo de Eva Duarte, particularmente por Montoneros, suele darse por sentada, sin preguntarse cuánto de innovación y cuánto de continuidad conlleva.39 Por ello, resulta altamente productivo examinar las características que algunas voces peronistas de la década de 1960 dieron a Evita.
Con el fin de retomar la discusión, es preciso volver al episodio del Renunciamiento. Nótese la manera en la que los semanarios Compañero y Retorno40 lo retrataban:
[El 31 de agosto de 1951] la compañera evita, humilde soldado salida de las filas del pueblo no aceptaba el honor del alto puesto, ese renunciamiento de parte de quien no se había ganado un puesto importante en las contiendas políticas, sino un puesto de honor dentro de las figuras revolucionarias de nuestra historia, nos debe hacer meditar profundamente, nos debe dar la pista para descubrir la conducta de los que circunstancialmente conducen al movimiento, sin vocación revolucionaria, sin abnegación, sin humildad […] tratando nuevamente hoy de cercar y anular a los consustanciados con el espíritu de lucha.41
[Eva Duarte] nos brindó una inolvidable lección: la de renunciar, la de estar siempre listos para dejar nuestro puesto a otro, la de tener nuestras vidas y nuestras voluntades preparadas para las más duras empresas […] Porque en la esencia del Renunciamiento estaba el incondicional acatamiento al Jefe y la médula de una aspiración de su espíritu: fortificar al Movimiento alrededor de la figura de Perón.42
Para ambas publicaciones, el Renunciamiento fue una lección. Por un lado, anotaba Felipe Ludueña, militante del mrp43 y asiduo colaborador en Compañero, al no haber aceptado el “honor” de acompañar a Perón en la fórmula presidencial, Evita brindó un patrón a seguir para todo militante peronista.44 Simultáneamente, dio un método para demarcar a los dirigentes que no siguieran su ejemplo de “vocación revolucionaria”, “abnegación”, “humildad” y “espíritu de lucha”. Al respecto, Ehrlich destaca que muchas de las cualidades utilizadas por Compañero para figurar a Eva Duarte remitían a caracterizaciones a las que apeló previamente el gobierno peronista.45 Por el lado de Retorno, la lección no pasaría por la emulación de esos ánimos “revolucionarios”: era saber dar un paso al costado cuando la unidad del peronismo estaba en riesgo. Aquí, la veta sacrificial de Evita estaba resaltada, más, incluso, que en Compañero.
Aparecen algunos tópicos que Jesús Casquete identifica con la construcción del mártir. A diferencia del héroe, refiere a la persona que muere o padece excesivamente por la defensa de sus ideales, negándose a renunciar a ellos. Sin resistencia aparente, continúa Casquete, “soporta estoicamente el sufrimiento que el destino le depara”.46 A partir de estas reflexiones, puede sostenerse que la imagen de Eva Duarte construida desde Compañero y Retorno presentaba determinadas aristas vinculadas a la imagen clásica del mártir. También Taylor se refirió a la presencia del sacrificio de Evita en la prensa oficialista durante el gobierno peronista. Tras el Renunciamiento y su muerte, el “tema del martirio aparece explícitamente vinculado con ambos episodios”, en tanto actos sacrificiales.47 En un sentido similar, Roberto Baschetti señala que, para publicaciones peronistas durante las décadas de 1940 y 1950, el Renunciamiento se vinculaba a tópicos como el martirio y el sacrificio, decantando en la santidad.48 El encadenamiento de temas, señala el autor, le permitió a Democracia, periódico afín al régimen peronista, referir a “Santa Evita”, al analizar los episodios de agosto de 1951.49 Retomando lo expuesto en Compañero y Retorno, si bien Eva Duarte no perdió su vida con el Renunciamiento, sí habría padecido por su negación a renunciar a la “fe peronista”.50
Asimismo, salta a la vista el lugar disímil en el que los semanarios mencionados colocaban a Evita. En lo que refiere a la nota de Ludueña, con su gesto de abnegación de la renuncia, Eva Duarte entraba en la galería de figuras revolucionarias del peronismo. Con ello habría reafirmado, entonces, los contornos revolucionarios de su estampa, además de ser un ejemplo para la militancia. Retorno, en cambio, colocaba el acento del Renunciamiento en otro lugar. Si bien su dimensión sacrificial no dejaba de marcarse, Eva Duarte sólo siguió una orden de Perón: su negativa a la candidatura a vicepresidenta se dirigió lisa y llanamente a fortalecer al movimiento, a apuntalar la figura del líder. El carácter ejemplar de la Eva renunciante pasaría menos por la abnegación, la humildad y el tesón revolucionario, que por el acatamiento a las directivas de Perón. A través del Renunciamiento, Eva Duarte habría privilegiado al caudillo por sobre sus apetencias personales. Para Retorno, el movimiento peronista, en esos primeros años de la década de 1960, debía destacar la figura obediente de Evita ante Perón, más que su imagen revolucionaria. Son dos formas asimétricas de representar esta fecha capital de la historia del peronismo. También, de pensar e imaginar la vibración del mito evitista.
Las dos figuraciones contrapuestas de Evita en Compañero y Retorno estaban vinculadas a los intereses de las corrientes de los que eran voceros los semanarios. Mientras el segundo aspiraba a fortalecer el papel de Perón como último decisor en medio de la disputa con Vandor y su grupo, desde la publicación de Valotta se destacaba el componente revolucionario del peronismo y la necesidad de radicalizar sus postulados, elementos que posicionaban a Compañero frente a políticos y sindicalistas peronistas por igual. En este campo de disputas al interior del movimiento acaudillado por Perón, el mito de Eva Duarte ofrecía elementos para intensificar la lucha entre sectores. Para Retorno, por ejemplo, la Eva obediente era útil para destacar el acatamiento irrestricto a las decisiones de Perón desde su exilio. Compañero, en cambio, utilizaba a la Eva revolucionaria para inclinar hacia la izquierda del espectro político al movimiento en su lucha con gremialistas y políticos peronistas.
Estas representaciones más o menos polares del Renunciamiento permiten complejizar un argumento de Sarlo expuesto más atrás. Evita sería la encarnación, para esta autora, de la ética de la convicción de cuño weberiano, tanto en la década de 1940, con Eva Duarte viva, como en la reconstrucción realizada por Montoneros en la década de 1970. Sin embargo, en lo que respecta al periodo analizado en este artículo, el episodio de agosto de 1951 marcaría que tanto para el peronismo revolucionario que se expresaba en Compañero, como para el vinculado al pj bonaerense y del que era vocero Retorno, la figura de Eva Duarte presentaba también una ética de la responsabilidad. En el caso del vocero del mrp, Evita, “responsablemente”, habría decidido continuar su trabajo “desde el llano junto al pueblo”, pese a su “quebrada salud”.51 De forma aun más clara, para Retorno, la actitud responsable de Eva Duarte habría pasado por acatar las órdenes de Perón, sopesando la situación en la que colocaba al gobierno peronista al aceptar la candidatura, con el consabido descontento que generaba en las cúpulas militares y eclesiásticas. Ambas publicaciones recalcaban que Eva Duarte tuvo en cuenta las dificultades que podría traer a su marido el concurrir a las elecciones de noviembre como candidata a vicepresidenta. En este sentido, habría valorado las consecuencias de sus actos, para decidir finalmente no lanzarse hacia el goce de sus apetencias personales ni, mucho menos, de los cargos políticos. Si en el caso de Retorno la obligación moral y el seguimiento apasionado de los principios -características cardinales de la ética weberiana de la convicción- parecían estar aplacados frente a la valoración de las consecuencias de sus actos, en Compañero, los rasgos de las dos éticas convivían. Ello no debería sorprender si se recuerda, con Max Weber, que la convicción y la responsabilidad son menos términos antagónicos, que “elementos complementarios que han de concurrir para formar” al hombre -o a la mujer, en este caso- auténtico, con vocación política.52
EVITA: RELATOS DE VIDA, IMÁGENES DE MUERTE53
Luego de examinar algunas figuraciones de Eva Duarte en los primeros años de la década de 1960, surge la pregunta por la forma en la que actores individuales y organizativos del peronismo representaron los tiempos iniciales de su biografía y pensaron el impacto en su actividad política posterior. A este respecto, Laura Ehrlich señala el hiato entre las figuraciones de una Evita de sectores juveniles y sindicales a comienzos de la década de 1960 y la revolucionaria de la izquierda peronista de la de 1970. En medio de ellas, según la autora, una suerte de “eslabón perdido” rondó la producción intelectual y cultural de aquellas dos décadas en Argentina. Mientras ensayistas como David Viñas y Juan José Sebreli vincularon la biografía de Evita con “su combatividad y radicalidad política”, esa ligazón, según Ehrlich, “no se halla acentuada en la figuración ‘peronista revolucionaria’” que realizó Compañero.54 Empero, esta aserción debe matizarse.
A pocos días de un nuevo aniversario de su muerte, este semanario le dedicó un número especial:
Evita surge […] en las jornadas memorables del [17 de octubre de 19]45. Detrás quedaba una mujer que, como tantas, había palpado y sufrido el país oscuro de la década infame, que había asistido con ojos de niña y de adolescente a las aristas más duras de una realidad que golpea sin piedad a millones de argentinos [… E]sta fue la imagen que Evita recogió de su pueblo durante su formación como mujer y como militante. La imagen que en lo hondo de su rabia -rabia hacia los infames que condenaban al pueblo a una existencia postergada- estaba, día tras día, engendrando la semilla erguida de su futura rebeldía.55
Ya se mencionó el papel central que Compañero le otorgó a Evita en las jornadas de octubre de 1945. Aquella fecha habría sido un momento de quiebre para Eva Duarte. Desde el instante en el que acompañó a los trabajadores a pedir por la liberación de Perón aconteció una transformación en su persona: atrás quedó la mujer que percibió y padeció en carne propia la injusticia social. El 17 de Octubre parecía tomar la forma de un rito de pasaje. A través de él, Evita transformó las “aristas más duras” de su niñez y de su adolescencia en elementos para su formación como militante. Esa “rabia” frente a las injusticias que padecían los sectores “populares” de la sociedad argentina de la década de 1930 se convirtió en la semilla de una “rebeldía” que traía consigo y que creció al conocer a Perón.56 Al decir de Compañero, entonces, las vicisitudes por las que atravesó Eva Duarte en su niñez y en su juventud fueron gérmenes de lo que sería su actuación política luego del 17 de Octubre.57 De modo similar, el semanario Retorno se detuvo en su background biográfico. La encargada de ello fue la dramaturga Maruca Ortega.58 En la primera de las notas dedicadas al nexo entre el pasado personal de Evita y su mito, la escritora marcaba que la única manera de comprender a Eva Duarte era insertarla en el tiempo y el espacio, esto es, en su época y en el lugar en donde nació y creció. Ella habría pertenecido, según Ortega, a una “generación que aprendió a vivir enfrentando el desaliento en actitud de inercia peligrosa”, y en la cual la apatía y la consternación eran actitudes comunes. Aun así, a pesar de esta pertenencia generacional, se revelaba la “actitud de María Eva frente a la injusticia”. Esto la habría destacado entre sus contemporáneos: no soportaba con resignación la situación de inequidad social de la Argentina de la década de 1930.59 De a poco, continuaba relatando Ortega, Eva Duarte “se iba sacudiendo el desentendimiento social”; sin embargo, de forma similar a sus coetáneos, no habría podido ir más allá de un arrebato de bronca. En otras palabras, frente a la injusticia social que percibía, sólo atinaba a expresarse con un “crispar de puños”.60
Al decir de Ortega, empero, habría un cambio de proporciones en la personalidad de Evita a partir del encuentro con Perón.61 A diferencia de Compañero, se aducía que, al casarse, el 22 de octubre de 1945, sintió que “la vida empezaba en ese instante” y que todo lo que dejaba atrás, lo que formaba parte de su vida como artista, “pertenecía al mundo de su indignación frente a la injusticia”. Desde que conoció a Perón, abandonó el camino del “resentimiento social”, de esa posición incómoda que sentía frente a las injusticias. Para Maruca Ortega, ese fue el momento en el que Evita se “incorpor[ó] a la revolución”.62 Al conocer a Perón, habría comprendido que debía reintroducirse en otra lógica: la revolucionaria. Aquí también, como se vio en Compañero, el pasado biográfico de Eva Duarte funcionaba como una suerte de explicación de su tenor rebelde o revolucionario. En el caso de las notas de Ortega en Retorno, tal pasado asignaba un papel fundamental a Perón en esa presunta transformación, en consonancia, por otro lado, con lo que la propia Evita sugirió en La razón de mi vida. El “día maravilloso” en el que conoció a Perón abandonó la resignación de una “vida común, monótona… estéril”, que parecía inevitable.63
Como un modo de ahondar en los significados dados a la biografía de Eva Duarte en los primeros años de la década de 1960, es preciso volver a su muerte. Interesa interrogar los sentidos que activó el recuerdo de su fallecimiento en el periodo considerado.64 En relación con esto, Anabella Gorza examina las prácticas de memoria elaboradas por las militancias peronistas en los homenajes a Evita en el lapso de 1955 a 1963. Según la autora, los recuerdos, pudiendo tomar otras formas, se “mantuvieron estrechamente vinculad[o]s a lo religioso”, lo cual fue “producto de costumbres del pasado que se repetían y se reactualizaban en el presente”. 65 Piénsese, por ejemplo, en las numerosas misas bajo el gobierno peronista al conocerse la enfermedad de Eva Duarte. Asimismo, las conmemoraciones tras 1955 fueron “acorde[s] con el marco ideológico que caracterizó a esta etapa” en el peronismo proscripto: años en los que primaron “deseos del retorno al orden social y político” que existió durante el gobierno de Perón.66
Sin embargo, deben matizarse estas aserciones. Más que referirse a un mero reflejo del pasado o a una simple actitud nostálgica de épocas perdidas, las misas y los actos religiosos en homenaje a Evita tras el quiebre constitucional de 1955 se relacionan con una característica de los sentidos de la muerte en un grupo social: la integración.67 Por ejemplo, Emilio Gentile puntualiza que el fascismo ofreció una respuesta al problema de la muerte: exaltó el sentido comunitario que integraba al individuo al grupo. De ese modo, aquel que moría creyendo en el credo fascista “ingresaba en su universo mítico y adquiría la inmortalidad en la memoria colectiva” mediante una serie de liturgias relativas a los caídos.68 La muerte intentaba ser desterrada del universo individual, transformándola en una experiencia grupal a través de celebraciones litúrgicas. Casquete argumenta que este valor integrador de la muerte puede encontrarse, por ejemplo, en el derrotero de los mártires del cristianismo.69 De forma latente o manifiesta, ellos habrían cumplido la función de reforzar la cohesión grupal en los primeros círculos cristianos. En definitiva, matizando la observación de Gorza,70 se sugiere que en la intimidad del culto religioso a Evita los asistentes se reconocían como pertenecientes a un mismo colectivo. El recuerdo de su muerte, entonces, daba forma y cohesionaba el sentimiento de pertenencia grupal.
Estas características toman aun más sentido si se repara en una idea que desarrolla acabadamente la propia Gorza. Según ella, eran importantes los lugares elegidos para llevar a cabo las prácticas conmemorativas. Por las medidas prohibitivas que pesaron sobre el peronismo en el periodo considerado, para los gobiernos y las fuerzas de seguridad, no era lo mismo homenajear a Evita en iglesias y cementerios que en las calles. En este aspecto, el espacio era “fundamental para determinar si se trataba de prácticas políticas o no, y por lo tanto si era pertinente la intervención policial”.71 Así, con las conmemoraciones prohibidas en las calles, las misas en diversas iglesias a lo largo y a lo ancho del país se transformaron en un lugar resguardado de la mirada policial-represiva. Expandiendo el argumento de Gorza, puede sostenerse que las prácticas celebradas en esos espacios seguros, y más o menos alejados de las prohibiciones que campaban a sus anchas en Argentina tras 1955, operaron también como un punto de encuentro y reconocimiento entre peronistas.
A este respecto, entre 1962 y 1966 se sucedieron numerosas recordaciones del fallecimiento de Eva Duarte. Por ejemplo, en 1962, los actos planificados por los diez años de la muerte de Evita eran muchos.72 El principal se celebró en el sindicato de los trabajadores del Calzado en Capital Federal. No fue ni en una iglesia ni tampoco presidida por un sacerdote.73 Uno de los que hablaron allí fue Matera. Sin embargo, los homenajes de los años posteriores sí tuvieron las misas y demás actos religiosos como instancias características. Por ejemplo, en 1964,74 el ccs eligió la iglesia de Nuestra Señora de Monserrat, en Capital Federal. Del mismo modo, las unidades básicas de la Lista Verde Revolucionaria de la Asociación Obrera Textil optaron por la parroquia de Nuestra Señora de Luján, de esa misma ciudad, para celebrar el acto central.75
Ese año, el semanario Compañero dedicó un pequeño recuadro para recordar los doce años del fallecimiento de Evita. Luego de denominarla “guía de la Revolución Nacional Peronista”, se mencionaban las distintas celebraciones organizadas. Sin referirse a los actos religiosos, se hacía especial hincapié en la represión policial que motivaron los homenajes en las ciudades de La Plata, Mendoza, Córdoba y Bahía Blanca. Según Compañero, estos episodios de violencia sucedieron debido a que el gobierno de Illia notaba que los peronistas estaban consustanciados con el “contenido revolucionario de las banderas enarboladas” por Evita. Estas últimas, a decir del semanario, instaban al pueblo a luchar; asimismo, eran jirones que la “burocracia sindical-política” del peronismo quería esconder. Según estos peronistas autodenominados revolucionarios, los sectores sindicales y políticos del peronismo no sólo no habían exigido la restitución del cuerpo de Eva Duarte: tampoco declararon al 26 de julio como el Día de la Tristeza Nacional. Más que una simple declaración, urgía “transformar [al 26] en un día de lucha y de combate”.76 Para este semanario, los peronistas vinculados a los órganos políticos y sindicales pretendieron esconder los perfiles revolucionarios que habría tenido Eva Duarte. Las misas y procesiones eran entendidas como simples estratagemas para encubrir sus supuestas facetas rebeldes. En definitiva, las conmemoraciones religiosas no eran vistas con buenos ojos por los peronistas revolucionarios que hablaban a través de Compañero: se las asociaba, en cambio, a una tendencia opuesta al “ánimo de lucha” que debía vivificar a las huestes peronistas.
En lo que respecta al año siguiente, se sucedieron grescas callejeras en el barrio porteño de Belgrano y en Avellaneda, tras la finalización de los oficios religiosos en 1965.77 En Madrid, Perón celebró una misa en la iglesia de los Padres Mercedarios, en la que compartió el oficio con María Estela Martínez, pronta a partir en su periplo sudamericano.78
A distancia de Compañero, el semanario Retorno dedicó una larga nota para mostrar de qué forma se recordó a Eva Duarte en distintas partes de Argentina. Según esta publicación, se realizaron misas en casi todas las barriadas humildes de Buenos Aires, las cuales permitieron a la Iglesia recoger el “fervor católico del pueblo peronista”. Aducían que no tenía sentido separar al pueblo de las “tradiciones morales y religiosas de la argentinidad”. En tanto expresión de la “personalidad nacional”, del “estilo de vida argentino”, el peronismo se habría volcado masivamente, según esta publicación, a los “templos a rezar a Dios y rogar” por Evita. Cada una de las conmemoraciones demostraba que el movimiento acaudillado por Perón aún recordaba su lección de “sacrificio y renunciamiento”. El pueblo peronista, al igual que Eva Duarte, también habría renunciado a algo: a su bienestar, por mantenerse junto a su líder. Por eso mismo, con “su alma bien limpia y su conciencia tranquila”, pudo llevar adelante los oficios religiosos.79 Si, por un lado, las misas tenían aquí un lugar fundamental en la forma de recordación de la segunda esposa de Perón, por el otro, se trataba de equiparar su sacrificio con el de las huestes peronistas en los años que siguen a 1955. Este parangón era el que le permitía al pueblo peronista recordar sinceramente a quien fuera su ejemplo. Al igual que Evita, el pueblo debía conocer y aceptar su lugar dentro de la estructura del movimiento: Perón en la cúspide, luego los dirigentes, y, finalmente, ellos.
PALABRAS FINALES
Este artículo examinó las representaciones de la figura de Eva Duarte que llevaron a cabo los principales actores individuales y organizativos peronistas en Argentina entre 1962 y 1966. Las características asociadas a ella por las voces peronistas consideradas conducen a complejizar algunas cuestiones. En primer lugar, la vinculación de Evita exclusivamente con la ética de la convicción de matriz weberiana. Las lecturas del Renunciamiento en la década de 1960 marcan que ciertos elementos particulares de la ética de la responsabilidad estaban también presentes en la caracterización del personaje. A su vez, los capítulos de su biografía anteriores a su entrada en la escena política, a mediados de la década de 1940, eran entendidos como troncales de su actuación posterior. Aquí, se hallaron ciertas continuidades respecto a los modos en los que la propia Evita figuró su vida en libros como La razón de mi vida. Y, por último, que la continuación de misas y procesiones en homenaje a ella, a comienzos de la década de 1960, señalan una particular faceta de la muerte concebida como práctica social: la integración dentro de un grupo.
Ahora bien, ¿qué otros elementos imprescindibles para comprender el mito evitista arrojaron las figuraciones de las voces peronistas examinadas? Principalmente, la condición modélica o ejemplar de Eva Duarte. Esta caracterización continúo, en cierta medida, prácticas desarrolladas por el gobierno peronista tras el fallecimiento de Evita, pero también produjo combinaciones propias al calor de la lucha política presente a principios de la década de 1960. Éste fue el caso de los semanarios Compañero y Retorno. Mientras ese peronismo que se autodesignaba revolucionario destacaba el Renunciamiento como un ejemplo de abnegación y humildad por parte de Evita, Retorno colocaba el acento en otro lado. Para esta publicación ligada al Partido Justicialista, la lección de Eva Duarte pasaba por el acatamiento irrestricto de las órdenes de Perón, incluso, al precio de sus propios deseos. Una Evita revolucionaria vs. una obediente. Esta misma figuración dicotómica puede hallarse en el recorrido biográfico de la segunda esposa de Perón que hicieron Compañero y Ortega en Retorno. Aunque sutil, la presentación de dos modelos de Evita estaba allí presente: a una Eva Duarte que necesitó encontrarse con Perón para reconducir su “rabia” innata, desde el vocero del peronismo revolucionario, se señalaba que esa transformación ocurrió a partir de los sucesos del 17 de octubre de 1945.
Estas representaciones modélicas de Evita eran un insumo fundamental para las polémicas intestinas por las que atravesaba el peronismo a comienzos de la década de 1960. Las alternativas aperturas y cierres de los canales electorales para los neoperonistas, la imposibilidad de participación para Perón y el creciente influjo del sindicalismo de cuño peronista en las estructuras partidarias y gremiales enmarcaban las disputas al interior del movimiento. En el caso de Compañero, en su lucha contra las dirigencias políticas y sindicales, destacaba el tesón “rebelde” y el carácter “popular” de Eva Duarte. Desde otro lado, un órgano ligado a los políticos peronistas como Retorno resaltaba la influencia de Perón en su segunda esposa: sea el cambio que produjo en ella el encuentro o la obediencia a los designios del caudillo que reflejaba el Renunciamiento. Así, entonces, a un grupo que rivalizaba con las dirigencias actuales del peronismo como el sector del cual era vocero Compañero le era particularmente relevante recalcar la “rebeldía” de Eva Duarte frente a políticos y gremialistas. Del mismo modo, a una publicación vinculada a un sector del peronismo político como Retorno le interesaba destacar el cariz disciplinado y obediente de Evita. Esta caracterización resultaba de utilidad cuando el movimiento peronista estaba atravesando uno de sus cimbronazos más intensos en el periodo: el intento de Vandor por hegemonizar completamente al peronismo y desplazar el liderazgo a distancia de Perón.
En definitiva, la figura de Eva Duarte aparecía como prenda para dirimir los conflictos que sacudían al peronismo a comienzos de 1960 en Argentina. El estudio sobre los efectos de sentido que sus representaciones produjeron permite ahondar en esas polémicas y, simultáneamente, entender qué estaba en juego para cada uno de los actores principales del drama político peronista.










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