Entre 2019 y 2023 América Latina experimentó un ciclo significativo de contestación social. El caso de Chile fue el más destacado debido a su magnitud -cinco millones de personas movilizadas durante el mes de octubre, en un país de 19 millones- y porque rompió el mito de la “excepcionalidad” chilena de estabilidad política y económica. Sin embargo, al estallido chileno se sumaron también movilizaciones de gran intensidad en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Puerto Rico.
Los intentos por explicar el malestar democrático y la inestabilidad política varían. Algunos, como Andrés Malamud (2020), atribuyen los estallidos a factores económicos como la desigualdad, la desindustrialización y la volatilidad de los mercados financieros, y a factores políticos como la crisis de los partidos, la debilidad institucional y la intervención extranjera. Otros, como Fernando Calderón y Manuel Castells (2019), los explican como resultado de una triple crisis: la del modelo neoliberal, la del modelo neodesarrollista y, como consecuencia de ambas crisis, una crisis de legitimidad política e institucional.
El libro Repúblicas defraudadas. ¿Puede América Latina escapar de su atasco?, autoría del profesor del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Pacífico en Lima, Alberto Vergara, no busca explicar las movilizaciones como tales, sino las condiciones que producen el extendido malestar regional. Esto a partir de un enfoque multidisciplinario y un marco teórico en el que la república y el republicanismo desempeñan un papel central para estructurar la argumentación del autor. A manera de ensayo, nutrido de textos académicos, entrevistas, estadísticas, conversaciones, viajes personales y autores clásicos, Vergara postula que América Latina no está atrasada respecto a otras regiones del mundo, sino que está estancada. El objetivo del ensayo es, precisamente, comprender ese estancamiento a partir de coordenadas que “podrían servir para reencauzar nuestras repúblicas a medias, y con ello sacar a nuestras ciudadanías de la ansiedad que las envenena” (Vergara, 2023: 245).
El libro se estructura en cinco capítulos, sin contar el prefacio. El primer capítulo, titulado “la trampa de las repúblicas a medias”, nos invita a reflexionar sobre la distancia entre la igualdad republicana que se prometió tras la independencia, y la profunda inequidad social, económica y política que padecen todos los países de la región. Es decir, sobre “la vieja frustración de nunca haber constituido repúblicas en el sentido que prometieron las independencias latinoamericanas hace 200 años” (Vergara, 2023: 27). Una promesa incumplida que se refleja en la aplicación diferen-ciada de las leyes según el poder político o económico, el apellido o la pigmentación privilegiada.
De acuerdo con Vergara, vivimos en “repúblicas a medias” en las que, por un lado, el disfrute de la libertad -aquella por la que luchan los liberales- es profundamente desigual, y, por otro, las instituciones públicas -aquellas que son vistas con desconfianza por esos mismos liberales- no permiten disminuir dicha desigualdad. Un punto destacable del análisis de Vergara es que trasciende el enfoque exclusivo de “la crisis de la democracia” como la única respuesta para entender el panorama político actual. Señala que, “aunque la democracia y su mal funcionamiento son aspectos importantes del malestar latinoamericano contemporáneo, resulta evidente que éste la desborda por los cuatro costados” (Vergara, 2023: 28). Es por ello que Vergara propone el concepto de república para “armonizar la relación entre la democracia y varias [...] dimensiones que deben nutrirla para que sea satisfactoria” (Vergara, 2023: 30).
Si la democracia suele asociarse con el poder del pueblo, Vergara sostiene que el autogobierno es el corazón del republicanismo. En este sentido, la idea de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como definió Lincoln a la democracia moderna en 1863, sería esencialmente una idea democrática de la república en el mundo contemporáneo. Sin embargo, Vergara advierte que, más que una corrección, para que la república cobre vida efectiva, es necesario que contenga tres activos esenciales: 1) un tipo de individuo: el ciudadano y la ciudadana integrados al proceso político y a la esfera pública; 2) un tipo de gobierno que trate a todos y todas por igual y que administre lo común para el interés general, y 3) un tipo de sociedad entendida como comunidad política de semejantes. El libro, una vez que establece el marco teórico en el primer capítulo, se organiza a partir de estas tres dimensiones: la república como individuo, como sociedad y como gobierno.
En la república como individuo, Vergara ilustra con mucha claridad y perspicacia los diferentes tipos de ciudadanía y agencia -e incluso de culturas y geografías políticas latinoamericanas- a partir de dos personajes ficticios: Cleo, interpretada por Yalitza Aparicio en la película Roma de 2018, y Alicia, interpretada por Norma Aleandro en la película La historia oficial de 1985. Ambas películas ganadoras del premio Oscar en la categoría de mejor película extranjera. Cleo representa la agente sin república, personaje principal de la sociedad y la política latinoamericanas. No alcanza a ser un individuo autónomo y activo en la gestión de su comunidad política en la Ciudad de México. Alicia, en cambio, es una ciudadana con más oportunidades de elegir, como individuo autónomo y como partícipe de la naciente democracia en su país, Argentina.
En la república-en-tanto-sociedad, Vergara nos invita a cuestionarnos de qué sirve elegir a los gobernantes y tener un producto interno bruto (PIB) ejemplar, como es el caso de Panamá, si la democracia y la economía no están al servicio de un orden social menos desigual. La desigualdad, como sostiene Abramo (2019), es una característica histórica y estructural de las sociedades latinoamericanas que se ha mantenido y reproducido incluso en periodos de crecimiento y prosperidad económica. Por ello, señala Vergara, es importante “acercarse a la cuestión republicana no sólo con lentes político-institucionales, como ha sido lo usual, sino también socioeconómicos” (Vergara, 2023: 83).
Los altos niveles de desigualdad conspiran contra el desarrollo y son una barrera para la erradicación de la pobreza, la ampliación de la ciudadanía, el ejercicio de los derechos y la gobernabilidad democrática (Abramo, 2019). Es por ello que, de acuerdo con el análisis de Vergara, quien se basa en datos tanto cuantitativos como cualitativos, en América Latina y el Caribe carecemos de repúblicas-en-tanto-sociedad. Por lo que, de seguir así, en sus palabras: “el desaliento y malestar se sostendrán, y andaremos de estallido en estallido, y de populista en populista; con las clases altas, rosario en mano, preguntándose qué hemos hecho para merecer esto” (Vergara, 2023: 101).
En lo que respecta a la república-en-tanto-gobierno en América Latina, Vergara nos invita a reflexionar más allá de la ecuación Estado-sociedad civil, entendida como el grado de existencia de la sociedad hacia el Estado y viceversa, de la que nos hablaba René Zavaleta. Nos insta a considerar, además, todo aquello que vulnera nuestras ya de por sí “repúblicas a medias” latinoamericanas, incluyendo las dinámicas de poder y los factores que erosionan la legitimidad y funcionalidad de nuestras instituciones. De acuerdo con el análisis de Vergara (2023: 215), “nos hemos atascado en procurar ordenar políticamente sociedades del siglo XXI con organizaciones ideadas para el siglo XX”.
Según Vergara, se requiere de una república-en-tanto-gobierno que logre combatir el orden de cosas actual y procure un Estado en el que ciudadanos y ciudadanas tengan condiciones igualitarias para ejercer su libertad, evitando que algunos sean más iguales que otros, como se observó recientemente con la pandemia de covid-19. Este fenómeno también se manifiesta en el “capitalismo incompetente” que profundiza la desigualdad social y exacerba las asimetrías políticas, y en las criminocracias que organizan nuestras vidas y nuestras dinámicas sociales desde la amenaza de la violencia. Además, el “apartheid educativo”, lejos de reducir la desigualdad, la agudiza.
Al respecto, Vergara (2023: 147) sostiene que
[…] la desigualdad no sólo proviene de la debilidad del Estado al redis-tribuir la riqueza [como sostiene la izquierda institucional antineoliberal], sino que, antes de su acción, somos desiguales porque nuestro capitalismo incompetente [sumado a la inseguridad y al difícil acceso a una educación de calidad] produce desigualdad [como argumenta la izquierda social anticapitalista].
En este orden de ideas, desde una perspectiva a favor de un capitalismo competente, menos segregado y más cohesionado -si es posible-, Vergara señala que, contrario a los libertarios y neoliberales en la región -la derecha política y económica-, el mayor peligro a la libertad no proviene de la acción del Estado todopoderoso, sino que el riesgo para la libertad de los latinoamericanos -al que se suma indudablemente la violencia- lo da la ausencia de éste.
Si aspiramos a repúblicas verdaderamente dignas de ese nombre, afirma Vergara, es fundamental garantizar que la ciudadanía no sea explotada por un capitalismo incompetente. Debemos asegurar que las personas puedan vivir sin el miedo impuesto por la delincuencia y sin la angustia de sistemas de salud y educación que atentan contra una vida digna. Además, es imprescindible contar con un régimen democrático que promueva estas libertades y oportunidades, facilitando el autogobierno ciudadano.
En pocas palabras, se necesita un Estado democrático de derecho tal como lo concibe Guillermo O‘Donnell y que retoma Vergara. Es decir, un Estado que no sólo garantice las disposiciones básicas de la democracia formal, como los derechos políticos y los pesos y contrapesos, sino también que impida la indefensión cotidiana de los más humildes a través de un sistema de justicia para todas y todos; que haya igualdad ante la ley. Un Estado en el que se hagan valer tanto los derechos políticos como los derechos civiles y sociales. Vergara sostiene que este tipo de Estado está más vinculado con la construcción de una república que la de una democracia.
Vergara termina su obra señalando que “el rescate y la reformulación del republicanismo pueden ayudar a un continente que bombea insatisfacción y que ha visto cómo derecha e izquierda desaprovechan 15 años de boom económico que no volverán” (Vergara, 2023: 231). Para lograr esto, Vergara indica que se requieren dos condiciones: el rescate del reformismo, por un lado, y un pluralismo garantizado por la presencia de sectores no extremistas, por otro. Ambas condiciones, sumadas al mecanismo electoral que procesa los conflictos surgidos en la sociedad, sirven de forma adecuada según Przeworski (2022), cuando lo que está en juego en las elecciones no es ni demasiado pequeño -continuismo, más que reformismo- ni demasiado grande -refundación en lugar de reforma.
La polarización política, con raíces en la profunda des-igualdad económica, social y cultural, “vuelve las derrotas electorales difíciles de aceptar e induce a los perdedores a orientar sus acciones fuera del marco de las instituciones representativas” (Przeworski, 2022: 10). Un ejemplo de esto fue la reacción de la oposición venezolana tras la llegada de Hugo Chávez al poder.
Si bien podría pensarse que estas condiciones son las que defienden los liberales, Vergara argumenta que la agenda liberal no logró construir mecanismos colectivos para regir lo que compartimos ni buscó democratizarlos. Al contrario, “las instituciones estatales fueron interpretadas como enemigas de la prosperidad, y desde ese desdén echó raíces un Estado imparcial que, en la práctica, es bastante parcial con el statu quo” (Vergara, 2023: 235). Javier Milei es la máxima expresión de esta desconfianza hacia lo público y hacia la igualdad política de los ciudadanos. Su animadversión al Estado, como la de otros libertarios y neoliberales, se aleja del republicanismo que defiende Vergara en su obra, y que propone “una forma de reincorporar la preocupación por lo público, el poder ciudadano y el interés general sin poner en entredicho las garantías individuales” (Vergara, 2023: 236).









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