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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.66 Ciudad de México may./ago. 2021  Epub 02-Mayo-2025

 

Esquinas

De la costa al interior: caminos, paisajes y redes trashumantes en el noreste de la Patagonia

From the Coast to the Interior: Roads, Landscapes, and Transhumant Networks in the Northeast of Patagonia.

Matías Rodrigo Chávez1 

Julio Vezub2 

Ana Cinti3 

Gerardo Bocco4 

1Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas, Consejo Nacional de Investigaciones, Científicas y Técnicas, Puerto Madryn, Chubut, Argentinamatiaschavez22@gmail.com

2 Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas/Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Puerto Madryn, Chubut, Argentina, vezub@cenpat-conicet.gob.ar

3 Centro para el Estudio de Sistemas Marinos/Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Puerto Madryn, Chubut, Argentina, cinti@cenpat-conicet.gob.ar

4Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, Universidad Nacional Autónoma de México, Morelia, Michoacán, México, gbocco@ciga.unam.mx


Resumen:

En este artículo se presenta un relato etnográfico sobre el viaje de un equipo transdisciplinario por las rutas del noreste de la Patagonia. Se describen las huellas recorridas por la costa atlántica y los caminos esteparios que bordean la meseta del Somuncurá, a partir de una hipótesis que vincula ambas regiones a través de las trayectorias de los recolectores pulperos. El registro etnográfico se combina con documentos y con la reconstrucción de la densidad histórica de las rastrilladas indígenas. Se plantea que los caminos y paisajes se articulan por medio de las biografías trashumantes, más allá de las transformaciones impuestas por las lógicas viales del Estadonación y el mercado.

Palabras clave: Patagonia; paisajes; caminos; economías trashumantes; Argentian

Abstract:

This study presents an ethnographic report on the travel of a transdisciplinary team through the roads of the Northeastern portion of Patagonia. The paths traveled along the Atlantic coast and bordering the Somuncurá Plateau are described, starting with a hypothesis that connects both regions -the coast and the steppe- through the life trajectories of octopus coastal gatherers. The ethnographic record is combined with archive documents and with the reconstruction of the historical density of ancient indigenous paths. The study proposes that roads and landscapes are articulated through the transhumant biographies, beyond the transformations imposed by the road logic of the State and the market.

Keywords: Patagonia; landscapes; roads; transhumant economies; Argentina

Una etnografía de dos rutas patagónicas

En la década de 1930 se habilitó el tramo entre San Antonio Oeste y Puerto Madryn de la ruta nacional número 3, con lo que ésta se convirtió en la principal arteria del sudeste de Río Negro y el noreste de Chubut, en sentido Norte-Sur, a la que se subordinaban los caminos alternativos. Históricamente, las principales rutas de la región eran la huella costera -hoy ruta provincial primaria número 2, entre San Antonio Oeste y Sierra Grande- y la ruta interior que bordea la meseta del Somuncurá -ruta provincial secundaria número 58, entre Valcheta y Arroyo de La Ventana-. Aunque dichos caminos fueron degradados por la nueva lógica vial metropolitana y la organización de un mercado centralizado, mantuvieron una dinámica propia y una función estratégica para la población.

Recorrimos estos tres caminos durante agosto de 2016, en una campaña de investigación transdisciplinar que buscaba reconstruir los diferentes usos históricos y socioambientales de las rutas y los paisajes del sudeste de Río Negro; nos concentramos con mayor detalle en la huella costera, y de manera secundaria en el camino interior estepario de la Patagonia argentina septentrional.1

La pregunta inicial era si sería posible vincular dos regiones a las cuales la mayoría de los antecedentes había abordado como unidades espaciales desconectadas. Para responderla, recorreríamos dos caminos distintos: primero, la huella conocida como “ruta de los pulperos”, y a continuación, el camino interior estepario, ocupado históricamente por pequeños criadores trashumantes de ganado. La segunda ruta se recorrería para buscar indicios del funcionamiento de un campo de prisioneros en la década de 1880, durante la Conquista del Desierto, como se detalla más adelante. No obstante, la secuencia del itinerario encontró su justificación en las historias familiares, biografías y redes trashumantes que articulan ambas regiones.

El Estado argentino hizo efectiva la soberanía sobre el sudeste de Río Negro por medio de las campañas militares de finales del siglo xix, como parte de un proceso que implicó la subalternización y popularización de la población indígena. Río Negro fue creado como territorio nacional en 1884 y adquirió el estatus de provincia en 1955. Durante las primeras décadas del siglo XX se aceleró el flujo inmigratorio, proceso concomitante a la concentración de la tierra pública por los estancieros especializados en la ganadería ovina extensiva. Fuera de las estancias, los pequeños criadores trashumantes, en su mayoría indígenas y criollos, sufrieron presiones económicas y en muchos casos debieron emigrar hacia zonas urbanas. Si bien la ganadería fue la principal actividad en la región, hubo otros proyectos económicos, como la minería y la pesquería, sobre todo entre las décadas de 1960 y 1990. En el litoral costero, durante los últimos años, las principales inversiones se concentraron en los negocios turísticos.

Nuestro objetivo en este artículo es proponer una reinterpretación de las distintas escalas de región y paisaje del noreste de la Patagonia a partir de una etnografía de caminos. Para lograrlo, organizamos una serie de fuentes documentales que se contrapusieron con las observaciones de terreno. En discusión con la etnología esencialista (Casamiquela, 2001), que aisló la explicación de la costa y el interior como unidades espaciales, se mostrará que las redes sociales preexistentes a la ocupación nacional han perdurado pese al reordenamiento vertical Norte-Sur que impusieron la vialidad y las jurisdicciones metropolitanas.

Nuestra campaña involucró nueve participantes: dos pulperos, un geógrafo, una bióloga, una arqueóloga, un guarda ambiental, un conductor y dos historiadores. Tomás Hueche y Juan Carlos Vargas fueron los pulperos que oficiaron de baqueanos a través de terrenos en los que habían trabajado desde 1950.

El primer camino que recorrimos fue la huella costera, una rastrillada2 indígena conocida como antiguo Camino Real, que unía el pueblo de Carmen de Patagones con Península Valdés desde la época colonial, si bien ya existía como senda de cazadores y recolectores. Según la evidencia arqueológica, se consumían mariscos desde el Holoceno medio, hace más de 5 000 años, y el poblamiento de las mesetas centrales se habría producido desde la costa atlántica y los ríos Colorado, Limay y Chubut con una cronología de 3 500 a. p. (Boschín y Andrade, 2011).

Un objetivo era reconstruir la ocupación y el tránsito por parte de los pulperos desde comienzos del siglo XX. Sabíamos, a partir de relevamientos previos, que algunas familias de los bordes de la meseta se habían asentado en San Antonio Oeste, empujadas por las campañas militares y la expansión estatal, y desde allí habían comenzado a especializarse en la recolección de pulpos. Esas familias utilizaban la ruta costera mediante una serie de acuerdos entre ellas. Durante las temporadas de recolección, entre noviembre y abril, se instalaban en riales -campamentos precarios, con enramadas o matorrales- a lo largo de la línea costera. Los recolectores practicaban la captura manual del pulpito tehuelche -Octopus tehuelchus- en la zona intermareal, con fines comerciales. La pesca artesanal supone reconocer que los pescadores viven y desarrollan su economía ligados a un sitio geográfico específico: su comunidad y una porción de costa y mar adyacentes (Bocco, Cinti y Urquijo, 2013).

El segundo camino fue la ruta esteparia que bordea la meseta del Somuncurá, una antigua “picada” que permitía el tránsito de caballadas y ofrecía aguadas, y que fuera la senda para la penetración militar. Abarca una región caracterizada por la ocupación permanente y dispersa de campos fiscales sobre los bordes de la meseta, como un “verdadero eje ordenador de las comunicaciones terrestres y de los circuitos comerciales” (Moldes, 1998: 111, 125).

La participación de los pulperos Hueche y Vargas en el trabajo de campo fue esencial para comprender los usos locales del territorio según un abordaje en el que intervinieron diferentes culturas científicas junto con actores no disciplinarios (Vessuri et al., 2014). En el aspecto metodológico ensayamos una etnografía, es decir, “una concepción y práctica de conocimiento que busca comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva de sus miembros” (Guber, 2011: 16). De este modo, la investigación se propone una articulación de experiencias, memorias y documentación que tiene por objeto sistematizar el saber histórico local. Este artículo es el resultado de un reporte elaborado durante el viaje, en diálogo con los pulperos, y se vale de la recopilación de Constanza Santa Ana (2015), quien había realizado entrevistas y talleres con pescadores.

El registro actual se confrontó con fuentes históricas que refuerzan la densidad sociotemporal de los caminos. Crónicas de viaje y cartografías se cotejaron con los instrumentos legales que regulaban los territorios nacionales, estatus que se adjudicó a las conquistas de Argentina en el siglo XIX. Se consultaron los archivos de las autoridades de Carmen de Patagones en 1850, partes militares, informes de mensura e inspecciones de tierras de principios del siglo XX, que registraban los desplazamientos y estrategias de los pobladores.3

La categoría “paisaje”, concebida como construcción material natural y cultural de una parte del espacio terrestre, atiende a las dimensiones sociales y biofísicas que inciden en la configuración de un medio, en el entendido de que los procesos humanos y naturales sólo se escinden como parte de un artificio científico (Urquijo y Bocco, 2011). En este sentido, los caminos son rasgos básicos del paisaje fuertemente anclados en el territorio y en los procesos históricos que construyeron espacialidades. André Corboz (2004) definió el territorio como palimpsesto, un manuscrito antiguo sobre el cual se acumulan sucesivas marcas y escrituras que no alcanzan a borrar los trazos del pasado y al que a su vez las sociedades actualizan. Ello es congruente con la importancia que en la Patagonia adquiere el “paradero”, término utilizado por los pobladores y unidad de análisis de las ciencias sociales que remite a la acción de parar, característica de las poblaciones trashumantes o de “hábitat móvil” (Bascopé, 2018). Rey recogió lo que consideraba la mejor y más sintética definición de paraje en la Patagonia: “donde se encuentran reunidos los cuatro elementos principales de la vida en aquellas regiones, esto es, carne, agua, pasto y leña” (Del Castillo, citado en Rey, 1964: 78). Es decir, el territorio puede leerse como palimpsesto a partir del seguimiento de las rutas y los parajes que articulan la región, y por medio de la reconstrucción de las trayectorias efectivas de los actores.

Hay dos antecedentes para esta investigación sobre el poblamiento posterior a las campañas militares, la territorialidad y la dinámica social en el sudeste de Río Negro. Beatriz Moldes (1998) se centra en la “transición social” de la economía doméstica en Somuncurá durante el periodo previo y posterior a la Conquista nacional. Al referirse a los caminos, propone una perspectiva integral de la movilidad y las relaciones entre meseta y costa, e identifica las claves del proceso de popularización indígena. Ricardo Freddy Masera (2005) recoge aspectos del mismo enfoque relacional por medio de entrevistas que muestran la pervivencia de conexiones entre la meseta y la costa rionegrinas.

De Camino Real a ruta de los pulperos

La huella costera del sudeste de Río Negro es una rastrillada que fue transitada en diferentes tramos por europeos y criollos desde finales del siglo XVIII, la mayoría de ellos guiada por indígenas. La rastrillada conectaba el poblado de Carmen de Patagones y el fuerte San José, un emplazamiento colonial. Aunque los viajes se habrían discontinuado por la ausencia de agua,4 esta conexión quedaría bajo control de las jefaturas “pampas” o gününa küne durante la mayor parte del siglo XIX. Hacia 1820, cuando escaseaba el ganado en las estancias, los caciques abastecían a Carmen de Patagones con ganado cimarrón reproducido en Península Valdés desde la caída del fuerte San José (Bustos, 1993). En 1854, las autoridades municipales de Carmen de Patagones se quejaban por los arreos que se robaban para llevarlos hasta el río Chubut, donde el comerciante británico Enrique Libanus Jones había instalado una factoría lobera. También protestaron por este intento de colonización, bajo acuerdo con los indígenas, que eludía su control, advirtiendo que “sin que fuese un hombre bien pagado nadie quería arriesgarse a ir” a recuperar el ganado hasta ese punto fuera de las fronteras.5

Una de las primeras descripciones del camino se encuentra en la carta del emprendedor Jones, quien recorrió a pie la huella entre el golfo San José y San Antonio Oeste en la década de 1850, y señaló la ausencia de aguadas (Dumrauf, 1991). A su vez, dibujó con gran precisión la línea de costa, mencionando hitos como cerro Fortaleza -hoy Fuerte Argentino-.

Nuestro plan inicial era acceder a la huella costera desde la ruta nacional número 3, a través de una estancia situada a la altura de Sierra Grande, y seguir hacia el norte hasta Las Grutas. No se pudo realizar porque la tranquera de la estancia estaba cerrada, pese a lo acordado previamente con el propietario. Por ello debimos invertir el sentido y viajar hasta Las Grutas por la ruta número 3 para completar el antiguo Camino Real. Desde un principio, la travesía estuvo supeditada al ciclo de mareas. En la actualidad, el camino se ha convertido en una huella de tránsito tortuoso, con muy baja circulación. Durante el recorrido hubo que superar salitrales, dunas y desniveles, con el principal obstáculo de los bancos de arena en los que se puede encallar. El camino bordea y cruza cascos de estancias, y si bien se encuentran tranqueras abiertas conforme a la ley de servidumbre de paso, no todos los estancieros se avienen a cumplirla, celosos de potenciales perjuicios.

Dejamos Las Grutas por el sur, atravesando la Villa de los Pulperos, un barrio periférico con casas precarias en el que reside la mayoría de los recolectores. A pocos kilómetros por la huella costera se encuentra el paraje Los Chañares, que presenta la geoforma que se mantiene a lo largo del camino: costa estrecha recortada por lomas bajas, arena fina, amplio intermareal y terreno ondulante sobre suelo blando. Después recorrimos Las Coloradas, una playa amplia en la que la huella se desdibuja sobre la línea de costa con una importante cantidad de rocas rojizas que justifican el topónimo.

Julio Vezub Tareas para desvarar camioneta cargada con piquillín, paraje El Sótano, Río Negro, Argentina, 2016. 

René Henry Lefebvre, antiguo poblador de San Antonio Oeste, propuso una síntesis sobre la actividad de los pulperos y su articulación con los intermediarios pesqueros:

durante muchos años la mayor actividad de costa fue la captación del pulpito […]; durante la temporada se llenaba la costa de enramadas de pulperos; pasaban diariamente siguiendo las mareas, los camiones de recolección que además traían víveres y agua dulce […]. De esa organización que funcionaba redondamente, el dinámico Don Valentín Galdo era el rey (1977: 105).

En realidad, José Galdo fue quien empezó ese comercio hacia 1920.6 Posteriormente, su hijo Valentín realizaría la venta de productos de mar en la línea sur de Río Negro hasta Bariloche, lo que probablemente lo conectó con las regiones desde las cuales se incorporaron los pulperos. Su actividad se fue diversificando hasta especializarse en la exportación de pulpos y vieiras.

Al parecer, la recolección pulpera fue una práctica antigua entre los pobladores, quienes aportaron conocimientos previos y premisas para la explotación moderna, a juzgar por los indicios que provee la documentación del Estado argentino cuando su jurisdicción real no se extendía más allá de Carmen de Patagones. Así lo muestra un informe del juez de paz de esta localidad al jefe de la Oficina de Estadística Nacional en 1865, que detalla la existencia del pulpo entre otros recursos de la costa patagónica que “no se exportan”. A partir de los datos que proporcionó el marino Luis Piedrabuena, se mencionan en el informe “varias roquerías” -pesquerías- en la “Bahía de San Matías”; una en Aguada de los Loros, en las proximidades de la desembocadura del río Negro, y otras seis en Península Valdés, lamentando la incapacidad para gravar la pesca y la caza de lobos y ballenas que realizaban las embarcaciones europeas y norteamericanas.7

Medio siglo después, Valentín Galdo se convertía en el referente pesquero de la región, al controlar el mercado del pulpo entre San Antonio Oeste y Puerto Lobos hasta la década de 1970. La producción de los pequeños recolectores, organizados por familias mediante redes de solidaridad y alianza, fue prácticamente acaparada por Galdo.8 Los pulperos recuerdan que las relaciones con los Galdo fueron respetuosas, aunque hubo tensiones por diferencias sobre el valor del producto y las condiciones de trabajo.

El itinerario continuó por El Sótano, espacio acotado por la costa, sobre acantilados escarpados, en el que se forman grutas profundas con abundancia de rocas. Llegamos con la marea alta, alrededor de las 15:00 horas, y no pudimos pasar, lo que nos obligó a pernoctar en Las Grutas. A la madrugada siguiente regresamos para atravesar este punto cuando se retiraba la marea. Esto se hizo con tiempo suficiente como para retornar y poder pasar con la luz del atardecer en caso de que no pudiéramos llegar al balneario Playas Doradas. Seguimos por el hito conocido por los pulperos como El Molino de Sarlangue -en referencia a un antiguo estanciero- y luego continuamos por La Mata Negra. La prolija enumeración de topónimos costeros por los pulperos indica el conocimiento profundo de los paisajes, lo que redunda en precisión para designar geoformas e identificar sitios específicos (Pulido y Bocco, 2016).

Los recolectores explican el ciclo de acumulación de Galdo y el éxito de su empresa. Este comerciante recorría la huella día por medio, al principio con un pequeño camión Commer antiguo y luego con modernos Mercedes Benz, para repartir víveres y comprar la producción. Galdo tuvo ventajas técnicas y de capital respecto de sus competidores, quienes con vehículos más pequeños y rústicos sólo podían cubrir los primeros kilómetros de costa hasta Las Grutas. La familia Galdo recorría el Camino Real íntegro, y en las épocas de mayor actividad hacía el acopio con dos camiones. Valentín recorría desde San Antonio Oeste hasta el paraje El Fume, mientras su hijo José también llegaba hasta allí, pero al transitar la ruta en sentido contrario desde Sierra Grande. Éstos fueron los primeros vehículos que colonizaron huellas que habían sido creadas a partir del tránsito de animales.

Los camiones acopiadores dejaron de transitar la huella y hoy es extraño ver automotores más allá de las camionetas de las estancias. Solamente vimos un par de vehículos. Primero nos cruzamos con un camión tipo Unimog al que le adaptaron la caja de carga para incluir asientos para el transporte de turistas. Este tipo de vehículos, más algunas camionetas 4 × 4, forma parte de la flota de empresas que ofrecen excursiones por la ruta de los pulperos hasta el Fuerte Argentino; explotan los mitos que circulan sobre conexiones con los templarios, el cáliz sagrado y los piratas europeos, y se benefician de las dificultades del terreno, que imposibilitan el tránsito de automóviles particulares.

Los otros vehículos son las desvencijadas camionetas en las que los pobladores transportan ramas de piquillín que venden como leña en San Antonio Oeste. Estas “chatas”, con neumáticos lisos y carrocerías derruidas, soportan toneladas y son testimonio elocuente de un saber local que permite el tránsito eficaz con vehículos obsoletos. Cuando las camionetas quedan varadas en los bancos de arena, ofrecen verdaderos espectáculos mecánicos en el intento por liberarlas. En El Sótano pudimos participar en una de estas hazañas, en las que se combinan la habilidad del conductor, la fuerza de empuje de los ayudantes y la colaboración estratégica de asistentes que colocan chapas acanaladas delante de los neumáticos para que la mole pueda desahogarse de arena. Esto se inspira en un análisis de los usos locales de los camiones en la puna de Atacama (Richard, Moraga y Saavedra 2016), ya que, tal como se plantea en dicho estudio, las personas son adaptadores que se le han puesto a la máquina, un dispositivo que resuelve su relación con el entorno; gestos, saberes y técnicas que le son exteriores, pero sin los cuales la máquina no funcionará.

Los principales interesados en limitar el tránsito por el camino costero han sido los estancieros, celosos de eventuales lesiones a su propiedad. Desde principios del siglo xx azuzan el fantasma del cuatrerismo, abigeato o robo de ganado, y exageran los casos que se puedan verificar. Tanto los pulperos como los intermediarios comerciales solían buscar el favor de los dueños de los campos, quienes les vendían carne y les permitían el tránsito. Hoy los recolectores rememoran conflictos suscitados con ganaderos, enfatizan que las tensiones aumentaron hacia 1970 y en la actualidad se registran incendios intencionales de las enramadas de los pulperos (Santa Ana, 2015). Otro factor de tensión proviene del turismo, porque, desde la perspectiva de los recolectores, los operadores turísticos disputan el control de la huella con el objetivo de limitar el tránsito.9 Además, algunos turistas realizan la recolección de manera inapropiada, lo que provoca la destrucción de las rocas y cuevas en las que se instalan los pulpos.

El recorrido continuó por los parajes La Correntadita y La Correntada, dos vertientes de agua. Luego seguimos hacia La Enramada, un sector con mayor presencia de vegetación. Esta porción costera está cubierta de restinga, con lenguas de agua de poca profundidad y pequeños bancos que emergen cuando la marea baja.

El siguiente paraje fue La Bañadera, espacio con restos de enramadas y pozones anegados, que Hueche y Vargas atribuyen a “los indígenas” de tiempos remotos. Nos detuvimos en la zona porque fue donde acampaba la familia Hueche, enraizada en los linajes gününa küne que poblaban el interior estepario (Harrington, 1946). Tomás describió en forma pormenorizada los distintos usos del lugar, las divisiones entre los riales para lavar, los sitios de almacenamiento del pulpo, los ámbitos para comer y dormir. En este paraje los riales se mantuvieron en buenas condiciones, además de distintos vestigios que testimonian las ocupaciones de los campamentos. El uso de riales está extensamente documenta do en el interior patagónico por los indígenas y criollos. De manera específica, en la meseta del Somuncurá proliferaron los riales de piedra, como corrales y parapetos en zonas de caza (Boschín y Castillo, 2005). Esta arquitectura trashumante anticipó las vinculaciones entre el camino costero y la región mesetaria. Esta conexión se refuerza con el testimonio de César Galdo, quien identificó los riales pulperos como una continuidad material de la cultura indígena (Santa Ana, 2015).

Hueche y Vargas recuerdan que los riales no se reemplazaban anualmente, sino que se reacondicionaban por temporadas. Es significativo que, ante los incendios estancieros, los pulperos construyan en el mismo sitio. De la confrontación con los antecedentes arqueológicos y etnohistóricos, muchos de ellos, provenientes del interior, adaptaron conocimientos tradicionales y produjeron intervenciones similares en los paisajes esteparios y costeros.

Julio Vezub Juan Carlos Vargas y Tomás Hueche, paraje El Sótano, Río Negro, Argentina, 2016. 

Otro indicio de la profundidad histórica de la recolección pesquera fue el intento temprano de regulación estatal. En 1894 se promulgó el Código Rural para los Territorios Nacionales, que tenía un capítulo específico sobre caza y pesca. En el artículo 19 se establecía que: “los productos naturales que se encuentren en tierras públicas o en las riberas del mar no son apropiables sin permiso del Estado”.10 Con independencia de las posibilidades de fiscalización, el Estado identificaba recursos que estaban siendo explotados más allá de su control. Este tipo de legislación específica, articulada a la prohibición de las boleadas de avestruces y guanacos, apuntaba a eliminar la economía de subsistencia de gran parte de la población indígena, como medio para afianzar la propiedad privada, la fijación de la población, y la proletarización.

Volviendo a la descripción del viaje, llegamos al hito más notorio del Camino Real, el Fuerte Argentino, una formación mesetaria que se explota con fines turísticos. Juan Carlos y Tomás recordaron que ese paraje fue ocupado por la familia Fidel, de afamados pulperos, entre quienes revistaba el legendario “Suncho Negro”, un recolector que juntaba 20 kg en media hora, con lo cual duplicaba el rendimiento de sus colegas. Vargas y Hueche comentaron que era usual que se formasen pequeños remolinos aun en los días más calmos, y que sus mayores adjudicaban esos vientos intempestivos a la presencia de salamancas.11

El viaje siguió por los parajes que los pulperos identificaron como Palo Blanco, El Chingolo, El Fume Blanco y El Fume Negro, en los que la huella se estrecha por la vegetación, lo que indica que se trata de un segmento menos transitado. Después continuamos hasta el paraje conocido como Lo de Pierre; llegamos frente a La Isla, pero no pudimos avanzar porque un alambrado se adentra de manera perpendicular al mar y porque detrás del tendido han cavado una fosa con un terraplén que clausura la ruta a la altura de la misma estancia cuya tranquera nos había impedido el ingreso al comienzo del viaje. Vargas explica que la especulación inmobiliaria es la causa de que no se pueda pasar y el reclamo de los pulperos es que se levanten las interdicciones que imponen los propietarios, ya que: “es ley nacional el acceso costero a los primeros 600 metros, y nadie nos puede prohibir el paso, es un medio de vida que traemos de nuestros abuelos. Mi hermana nació en la enramada. Mi abuelita Ángela Chiñao vivió hasta los 102 en su rancho tejido de olivo. [Los estancieros] compraron el campo, pero no han comprado el mar”.12

La clausura ilegal de la huella -ya que el alambrado se interna más allá de la línea intermareal- impidió completar el itinerario, entonces tuvimos que volver por el Camino Real hacia Las Grutas, retorno que emulaba el regreso entusiasta de los pulperos al final de cada temporada, cuando las campañas del pulpo se reemplazaban por trabajos más duros durante el otoño e invierno. En esas estaciones la mayoría trabajaba en la fábrica de Galdo en la descarga de los barcos, o bien clasificando o cocinando lo recogido, mientras otros migraban para ocuparse actividades rurales o mineras. Ellos siempre preferían la recolección del pulpo porque dejaba mejores ganancias e implicaba menos sacrificios. La mayor experticia y calificación que requería es el fundamento de que la identidad de pulperos sea la que privilegian como trabajadores.

El borde oriental de la meseta del Somuncurá y las conexiones con la costa

El camino estepario fue la principal rastrillada indígena de la región y la ruta más utilizada entre Valcheta y el río Chubut durante el siglo XIX (Deodat, 1958-1959). Era la única huella que garantizaba agua, y aunque su trazado varía del original, aún pasa por las principales aguadas. Las primeras anotaciones sobre el camino pertenecen a Jones, quien lo transitó acompañado por indígenas a mediados del siglo XIX. Asimismo, es el camino que recorrió la división de Lino Oris de Roa (1887) durante la campaña militar de 1883, y se trata de la ruta que siguieron las expediciones científicas de Ramón Lista en 1885 (Lista, 1998) y Carlos Burmeister (1888).

Por esta huella se efectuaron los primeros arreos hacia Chubut y Santa Cruz, algunos infructuosos por la dificultad de la picada y por la oposición de los indígenas que la controlaban. Los problemas se manifestaron desde 20 años antes, cuando los galeses intentaron trasladar ganado en pie desde Patagones: “habíase hecho salir por tierra 600 vacunos y yeguas, los que, desgraciadamente, fueron desbandados por los indios ladrones de aquella época” (Jones, 1993: 63). Más allá de su condena, Jones reconocía el control indígena de la ruta.

Leoncio S. M. Deodat (1958-1959: 393), a partir de la cartografía de Lista (1998) y Burmeister (1888), así como del croquis de Pedro Ezcurra (1898), elaboró un balance histórico del camino y concluyó que era la vereda indígena más importante de la región.

En el segundo tramo de la campaña viajamos desde Las Grutas hasta Valcheta por las rutas número 3 y 23, ya que buscábamos indicios de un campo de reclusión de prisioneros que funcionó a finales del siglo XIX. Aunque es innegable que en Valcheta se redujo a la población indígena, fue imposible encontrar vestigios materiales de la construcción que fue anunciada por La Prensa en 1885.13 En la prospección se identificaron parcialmente los accidentes y paisajes representados en los dibujos de Ezcurra (1898), y se reconocieron los bajos con disponibilidad de agua y los puntos elevados. Moldes (1998) había señalado que muchos indígenas fueron concentrados en Valcheta y según un censo de 1886 estaban Chiquichano, Pichalao, Cual, Velázquez, Esperanza y gente de Yanquetruz. Nuestra hipótesis es que Valcheta habría funcionado menos como una prisión o “campo de concentración” arquetípicos, que como un punto estratégico a partir del cual se administró la relocalización forzada de población gününa küne o pampa, tehuelche y mapuche, así como su desterritorialización y su incorporación a la economía capitalista. Las formas de gestión de población luego de las campañas militares fueron la precondición para arrojar productores libres trashumantes a la economía de mercado, tanto hacia las estancias como hacia la recolección del pulpo.

La Campaña del Desierto es una marca que aparece en las historias familiares de los pulperos, a propósito de los desplazamientos que explican la inserción en la recolección. Éste es el caso de Vargas, cuya familia provenía de Bajo Gualicho (Santa Ana, 2015). Su abuela materna se había establecido en ese paraje a finales del siglo XIX, proveniente de Azul, Buenos Aires, como parte de los contingentes indígenas que sufrieron la relocalización forzada.

Retomamos la ruta número 23 hasta la aldea Aguada Cecilio y seguimos por el camino de ripio de la ruta provincial número 58 en dirección sur hasta Sierra Pailemán. Bordeamos el camino hacia el arroyo Tembrao, donde la huella se muestra estriada por una serie de sucesivas picadas que suben a la meseta, por las que se accede a parajes mesetarios como El Tembrao, El Tunal o Sierra Campana Mahuida. La ruta se caracteriza por la diferencia altitudinal y cerca de Pailemán el camino alcanza los 700 msnm.

La biografía del pulpero Miguel Fidel -Sun cho Negro- permite conectar las experiencias de costa y meseta, incluso de la cordillera de los Andes, de su familia. Miguel nació en Sierra Campana Mahuida sobre la meseta del Somuncurá en campos de veranada, que se complementaban con los campos de invernada de la costa. Esto se verifica en los expedientes de tierras que para 1920 registran a los Fidel en Fuerte Argentino, especializados en la cría de ganado.14 Según esos documentos, José Fidel -el primer Fidel registrado- nació en 1870, en Collón Cura, territorio de la Gobernación Indígena de Las Manzanas de Valentín Saygüeque, lo que marca el tipo de desplazamiento que produjo la expansión militar que expulsó hacia el sur a los mapuches y tehuelches “manzaneros” a cientos de kilómetros. Para 1920, la familia Fidel ocupaba un campo con enramadas que el inspector de tierras describió como “pieza redonda […] pared y techo de paja”. Los Fidel contaban con una provisión ganadera considerable, lo que sugiere que la pesquería fue un complemento que luego devino en una especialización productiva.

Seguimos por laguna La Verde, una zona de estancias, aunque perviven allí pequeños criadores. Luego atravesamos el triángulo que forma el área irrigada por los arroyos Los Berros y La Ventana, ambos afluentes del arroyo Salado, que desagua en el Atlántico. Dos caminos paralelos conectan la ruta número 54 con la ruta nacional número 3 a la altura de Los Berros y La Ventana, y refuerzan las conexiones entre la meseta y el mar.

Julio Vezub Juan Carlos Vargas y Tomás Hueche, paraje El Sótano, Río Negro, Argentina, 2016. 

Otro ejemplo de las vinculaciones entre ambas regiones es Tomás Hueche, quien nació en Sierra Campana Mahuida, en una familia de criadores trashumantes. Ellos mantenían a los animales en la costa durante el verano y arriaban el ganado hasta los bordes de la meseta en invierno. Tomás conoció muy temprano las conexiones entre estos espacios y se familiarizó con los recursos. Su familia fue afectada por la crisis productiva y la falta de empleo, por lo que decidieron migrar a San Antonio. Allí se instalaron en el barrio La Loma, igual que otros migrantes de la meseta, y se iniciaron en la recolección del pulpo, trabajo estacional que se complementaba con el empleo en la compañía minera Geotécnica, S. A.; en la estiba de Galme Pesquera, o con tareas rurales.

En el último tramo de viaje pasamos por Arroyo de La Ventana, donde desviamos por la ruta provincial secundaria número 5 hasta Sierra Grande y el empalme con la omnipresente ruta nacional número 3, para emprender el regreso a Puerto Madryn.

Conclusiones

Desde la década de 1930, la ruta nacional número 3 parecía marcar una división absoluta entre los paisajes esteparios y costeros como dos realidades separadas, aunque estos espacios tuvieran conexiones históricas y mantuvieran su articulación. La nueva lógica vial metropolitana estableció una jerarquía de caminos que no contemplaba los usos locales y las necesidades regionales de menor escala. Testigo elocuente de la imposición para lograr la integración nacional fue el hecho de que los responsables de priorizar la vialidad de la Patagonia a mediados del siglo XX emprendieron un viaje de reconocimiento que no contempló el sudeste de Río Negro (Sánchez y Cornejo, 1958). En este artículo, a partir de un estudio de caso, propusimos una reinterpretación de las escalas de región en la Patagonia septentrional, así como la integración entre un ámbito costero y otro estepario, para poner en discusión las unidades espaciales.

Historias como las de la familia Hueche exponen los límites de las tipologías clasificatorias, ya que no existían criadores esteparios por un lado y pulperos por el otro, sino que los actores podían cambiar de actividad de manera estacional o desplazarse entre distintas economías y escalas territoriales. Galdo, al vender los productos del mar en la línea sur de Río Negro y aprovechar estas redes para reclutar mano de obra, también ejemplifica la continuidad de una integración regional.

Nuestra campaña por caminos subsidiarios permitió leer el paisaje como un archivo con indicios para la reconstrucción de la dinámica social, por medio de las marcas culturales del entorno. Los paisajes se interpretaron como espacios construidos y sujetos a disputa, lejos de los discursos armónicos que reducen la región a lo exótico y lo prístino, o de versiones interesadas, como las escuchadas en el camino, según las cuales “no había indios” en la región. También se discutió el modo en el que la etnología tradicional influyó en el sentido común para repetir que la ocupación nacional habría operado sobre un vacío poblacional. En cambio, este estudio refuerza la comprensión del “territorio como palimpsesto” (Corboz, 2004), ligada al reconocimiento de la historicidad de las marcas que dejaron los conflictos, mediaciones y negociaciones entre prácticas de territorialización.

Por sobre las diferencias entre los caminos costeros y esteparios existen fuertes conexiones, que se desprenden de las biografías de los pobladores que, como los pulperos, se desplazaban entre los paisajes para buscar recursos, afectos y trabajo. Los quiebres de la conectividad vial, y la nueva territorialidad estanciera, terminan por suturarse en la memoria y las prácticas de los actores que transitaron y transitan los caminos del sudeste de Río Negro.

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Archivos

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Archivo Histórico de la Provincia de Río Negro, Viedma, Río Negro, Argentina. [ Links ]

1Este trabajo se enmarca en dos proyectos, “Las dimensiones sociales del uso y conservación de recursos en sistemas socioecológicos: reglas en uso, redes sociales y conocimiento local como insumos para el manejo de áreas marinas protegidas en Chubut” (PICT 2013-0533), Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de Argentina, y “Estudio multidimensional de la población y el territorio en el Chubut y la Patagonia central” (IPCSH-Conicet, 2016-2021).

2En su papel de explorador militar, Lucio V. Mansilla definió las rastrilladas como “los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos. Estos surcos […] suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido” (1890: 23-24).

3El estudio de Raúl Rey Balmaceda (1964) sobre la crónica de George Chaworth Musters proporciona un modelo de reconstrucción de itinerario geográfico. Joaquín Bascopé Julio (2018) combinó estrategias de observación por medio de cartografía satelital y video aéreo, y propuso una interpretación de la caminería trashumante en Fuego Patagonia.

4Carmen de Patagones, en la desembocadura del río Negro, y San José, en Península Valdés, se fundaron en 1779. El primero sería el principal enclave argentino en la Patagonia durante el siglo XIX, mientras que el segundo fue destruido en 1810 por un malón (Dumrauf, 1996).

5Archivo del Museo Histórico Regional “Emma Nozzi” de Carmen de Patagones (AHRCP), Libro de Actas de la Comisión Municipal Provisoria, Carmen de Patagones, 10 y 23 de agosto de 1854.

6Entrevista con César Galdo, nieto de Valentín Galdo (Santa Ana, 2015: 46-49).

7AHRCP, Juzgado de Paz de Carmen de Patagones, Carmen de Patagones, 1865, Notas y oficios varios, f. 10.

8Existe un análisis de una experiencia análoga de intercambio desigual entre acopiadores y pequeños productores pesqueros en las islas fluviales del delta entrerriano, Argentina, durante los años noventa (Boivin, Rosato y Balbi, 2008).

9El estudio de un conflicto análogo entre el sector turístico y pescadores artesanales sobre el litoral occidental de México mostró que los negocios del turismo provocaron desplazamientos de población y deterioro ambiental de los ecosistemas (Alcalá, 1995).

10Véase SAIJ, s. f., Código Rural para Territorios Nacionales, Ley 3.088, Buenos Aires, 11 de agosto de 1894. Disponible en línea: <http://www.saij.gob.ar/3088-nacional-codigo-rural-para-territorios-nacionales-lns0002455-1894-08-11/123456789-0abc-defg-g55-42000scanyel>.

11Estos súbitos remolinos llamaron la atención del naturalista Carlos Burmeister (1888) en su paso por la región, quien los explicó como el resultado del encuentro repentino de dos corrientes de aire opuestas. La pulpera Sara Pérez también refirió la existencia de salamancas en Fuerte Argentino y agregó que, según comentarios de pobladores, en ese lugar usualmente se “siente música” (Masera, 2005: 146).

12Ángela Chiñao “hablaba la lengua” y a sus familiares “los corrieron de Azul”, provincia de Buenos Aires, cuando las campañas militares de las décadas de 1870 y 1880, conforme a la memoria de Natividad Paileman, hermana de Juan Carlos Vargas, y la intervención de éste en las Jornadas de Zoociología (IPCSH-Conicet, Puerto Madryn, julio de 2018).

13"Patagonia", en La Prensa, 7 de enero de 1885.

14Archivo Histórico de la Provincia de Río Negro, Tierras, Inspecciones generales de tierras, tomo 39, sección ii a y zona de influencia Fuerte Argentino, Viedma, 1920, ff. 371-372.

Recibido: 29 de Enero de 2019; Aprobado: 04 de Noviembre de 2019

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