El 1 de noviembre de 1937, el Dr. Ignacio Chávez daba a conocer en un periódico nacional1 lo que sería la actividad médica y social de un proyecto que venía preparando por lo menos desde 20 años antes. «Instituto y no hospital», sostenía Chávez. Tenía más de dos lustros a cargo del Servicio de Cardiología en el Hospital General de la Ciudad de México y ya estaba en marcha la organización del Instituto Nacional de Cardiología. Desde fines del siglo XIX existieron en el país institutos relacionados con las ciencias médicas y biológicas. En 1888 se creó el Instituto Médico Nacional2 y en 1895 se fundó el Museo Anatomo-Patológico y el Instituto Bacteriológico Nacional, que, en 1921, cambió su nombre a Instituto de Higiene; en 1929 se inició el Instituto de Biología en la Casa del Lago del Bosque de Chapultepec3.
Como parte del plan sexenal del presidente Lázaro Cárdenas, el 31 de agosto de 1934 se publicó el Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos, que contenía los proyectos para la creación de escuelas de salubridad e institutos de higiene. El artículo 464 del capítulo XVI de dicho Código establece que: «El Departamento de Salubridad fundará también institutos de higiene para la investigación de sus problemas propios»4.
En 1936, Ignacio Chávez envió una propuesta a la Junta Directiva de la Beneficencia Pública, donde enfatizaba la justificación para crear un instituto de cardiología. Las razones eran la elevada cifra de morbilidad y mortalidad por enfermedades del corazón y la falta de camas en el país. El Dr. Chávez estimaba que en México existían aproximadamente 170,000 enfermos cardiacos y que se producían 7,000 muertes al año por dicha causa. Chávez claramente diferenciaba lo que debería ser un instituto, y no solo un hospital; él enfatizaba que solamente el nombre marcaba una organización y un funcionamiento diferente a lo que hasta entonces tenían los hospitales del país, debido a que cumplían exclusivamente la función de atender enfermos que requerían estar encamados. De tal manera que el Dr. Chávez concebía un instituto como el lugar donde el problema tenía que ser abordado de forma integral, es decir, en todos sus aspectos, incluyendo el social. Es urgente, decía, «iniciar la resolución del problema, creando un organismo médico social que atacara a las enfermedades del corazón en todos sus aspectos de prevención, curación, reeducación profesional de los enfermos, investigación científica, docencia y ayuda social»5. Su propuesta era parte del plan de unificación asistencial en México que había emprendido el gobierno del general Lázaro Cárdenas, consecuencia de la tesis revolucionaria del derecho a la salud y a la atención médica de los enfermos. Uno de los primeros institutos de ese plan fue el Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales de México, que abrió sus puertas un año después de la expropiación petrolera, el 18 de marzo de 19396.
El proyecto para construir el instituto de cardiología fue aceptado por el presidente de la Junta de Beneficencia, el Dr. Enrique Hernández Álvarez. El gobierno cardenista aportó 200,000 pesos de la Secretaría de Hacienda, a cargo del licenciado Eduardo Suárez, quien simpatizaba con el proyecto5. Se comisionó al arquitecto José Villagrán García para la edificación de las instalaciones, que se inició en 1937. Los planos y presupuestos habían sido aprobados después de un largo y cuidadoso estudio y se pensaba inaugurarlo en 1939, pero diversas circunstancias, entre ellas la muerte del Dr. Hernández Álvarez y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, retrasaron la construcción del edificio. La cimentación se inició en 1939, pero la obra quedó detenida a fines de 1940. Eso permitió que el Dr. Chávez perfeccionara el programa de funcionamiento que originalmente se había diseñado y que se hicieran rectificaciones y adiciones para adecuarlas a las técnicas modernas de construcción hospitalaria7. Para continuar la construcción fue necesario establecer el Comité Impulsor, integrado por los doctores Gustavo Baz, Salvador Zubirán, Eduardo Villaseñor y el propio Ignacio Chávez. A mediados de 1943, durante el gobierno del general Manuel Ávila Camacho, la construcción ya estaba terminada. Del 15 al 22 de agosto de ese año, allí se llevó a cabo el Primer Congreso Nacional de Asistencia8 (Fig. 1), que dio como resultado la creación de la Secretaría de Salubridad y Asistencia. El primer titular de la nueva dependencia fue el Dr. Gustavo Baz9 y se nombró al Dr. Salvador Zubirán subsecretario de Asistencia Pública. Ambos funcionarios emprendieron un vasto programa de construcción de hospitales en el país10.

Figure 1 El Instituto Nacional de Cardiología poco antes de su inauguración, durante la celebración del Primer Congreso Nacional de Asistencia.
Al planear el instituto de cardiología, Chávez se encontraba en una etapa de plena madurez creativa. Había iniciado la carrera de medicina en 1914, en Morelia, Michoacán, durante el periodo revolucionario. Las condiciones existentes obligaron a cerrar la Facultad de Medicina de la capital michoacana en diciembre de 1915, y fue necesario que se trasladara a la ciudad de México para continuar sus estudios11. Se tituló en la Universidad Nacional de México el 4 de mayo de 192012. En el jurado del examen participó el Dr. Genaro Escalona, quien años después sería director del Hospital de México y apoyaría a Chávez en la creación del primer servicio de cardiología del país. El ambiente revolucionario, las demandas sociales del pueblo de México y la organización nacional que se logró con la Constitución de 1917, durante el gobierno de Venustiano Carranza, abonaron a favor del profundo sentido social y de ayuda que ya mostraba Chávez desde su juventud. La formación médica en las dos universidades amplió sus horizontes y pronto fue incorporado por sus maestros al mundo médico de la Universidad Nacional, donde ingresó como profesor de la Escuela de Medicina en 1922 como jefe de Clínica, y de 1924 a 1926, como profesor de Patología Interna13. Ya en 1917, antes de titularse, había estado en el Hospital General como practicante numerario en los servicios de medicina general, ginecología y cirugía. De 1920 a 1922 fue rector en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Morelia y en 1922 regresó al Hospital General en la Ciudad de México como médico interno, el equivalente a la actual residencia de medicina interna14. Eli de Gortari menciona que ese año se renovó la enseñanza de la medicina en el Hospital General, bajo la dirección del Dr. Gastón Melo. Se implementaron estudios de laboratorio, como la coprología clínica, los exámenes de jugo gástrico y los estudios radiológicos seriados.
En julio de 1924, durante la presidencia de Álvaro Obregón, se transformó la Beneficencia Pública en el Distrito Federal. Los nuevos vocales encargados, Aquiles Elorduy y Beltram E. Holloway, mejoraron las obras materiales y la dotación del establecimiento15. Una de las primeras acciones fue nombrar al Dr. Genaro Escalona como director del Hospital General, que implementó los servicios especializados en cardiología, gastroenterología y urología16. El primero de ellos, bajo la dirección del Dr. Ignacio Chávez, quedó ubicado en el pabellón No. 21. Con la creación de este servicio se iniciaba una nueva etapa en la medicina nacional. Quedaba atrás la era del diagnóstico físico y de la exploración manual, vestigios de la medicina del siglo XIX, para dar paso al diagnóstico integral y de las exploraciones, mediante instrumentos y aparatos complicados y de mayor precisión. Por su parte, el Dr. Fernando Ocaranza, al tomar la dirección de la Facultad de Medicina el 1 de enero de 1925, incorporaba el pensamiento fisiológico en la enseñanza médica, que consistía en apartar los estudios de cualquier clase de empirismo y sujetarlos estrictamente a un criterio científico, como se hacía en Francia y en otros países desde la época de Claude Bernard17.
Preparación de Ignacio Chávez en Europa y la medicina institucional que observó
El 11 de febrero de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles inauguró los cursos de la Universidad Nacional en el Teatro Olimpia del Distrito Federal. Durante el acto, el joven y ya destacado médico Ignacio Chávez, que tenía más de un año organizando el Servicio de Cardiología del Hospital General, pronunció unas palabras y leyó un poema de su autoría, que causó una excelente impresión en el primer mandatario. Se planeó que fuera a Europa para hacer estudios de Clínica Interna, sobre todo la relacionada con las enfermedades del corazón. Por acuerdo presidencial se le otorgó una pensión de 100 dólares mensuales y 300 dólares para cubrir los gastos del viaje18. Además, se le concedió una licencia del 1 de marzo al 1 de diciembre de 1926, con el sueldo de su cátedra universitaria. El 22 de abril de ese año, Chávez, acompañado por el Dr. Rosendo Amor, vocal del Consejo Superior de Salubridad, visitó las clínicas universitarias de Berlín. Ambos fueron recibidos por el Profesor Munk, catedrático de la Universidad y médico del Hospital La Charité de esa ciudad19. En París, Chávez asistió a los hospitales más prestigiosos, que habían experimentado reformas sociales y administrativas después de la Revolución francesa20. En los informes que envió desde la ciudad de las luces, tanto al director de la Facultad de Medicina de México, el Dr. Fernando Ocaranza, como al rector de la Universidad Nacional, daba cuenta de haber asistido a los cursos de Radiología del Corazón y Electrocardiografía en el servicio del profesor Henry Vaquez, en el Hospital La Pitié, a cuyo servicio siguió asistiendo para entrenarse en la parte clínica de la especialidad. También había tomado un curso de treinta y tres lecciones sobre la exploración funcional del hígado, páncreas y diabetes, con el profesor Augustin Gilbert, en el hospital Hotel Dieu. En el Hospital St. Antonine de París tomó un breve curso sobre las técnicas modernas de exploración del estómago, que impartía el Dr. Gautier. En su tiempo libre, Chávez asistía a las lecciones de clínica y de organización de la atención médica que el profesor Ferdinand Widal impartía en el Hospital Cochin, y también asistía al Hospital Laennec. Observó cómo se exploraba el pulso con los esfigmógrafos de Etiénne Jules Marey, de 186021 y el de Robert Ellis Dudgeon22, el esfigmomanómetro de Scipione Riva-Rocci, de 1891, el oscilómetro del fisiólogo francés Michel Victor Pachon, de 1909, el hemodinamómetro de Jean Léonard Poisseuille, así como los registros eléctricos que se empezaron a aplicar al corazón humano por Augustus Waller, en 1887 y, finalmente, su incorporación a la práctica clínica en el dispositivo de Willem Einthoven, en 190323. Además, encontró los grandes tratados de cardiología de Jean Baptiste Senac, Jean Nicolas Corvisart, René T. H. Laennec, Pierre C. E. Potain, Joseph Skoda y Castaigne & Esmein, entre otros24.
La institucionalización de las ciencias había cobrado una destacada relevancia en Europa durante el siglo XIX. Aparecieron cátedras universitarias, sociedades profesionales, institutos y academias, si bien algunas de estas ya venían desde el siglo XVII de Italia25. La química y la física evolucionaban sobre todo en Francia, Alemania e Inglaterra, naciones donde lograron un proceso de consolidación social. En 1839, Johannes Evangelista Purkinje estableció en Breslau el primer instituto de fisiología del mundo26.
Los factores esenciales para el progreso de los institutos europeos fueron la existencia de científicos, capaces no solo de resolver problemas de conocimiento, sino de educar a nuevos profesionales creativos. Los institutos eran los lugares ideales para impartir la enseñanza y desarrollar la investigación. Ese modelo se inició en Alemania con Justus von Liebig, catedrático de Química en la Universidad de Giessen, con el establecimiento de un Instituto Químico Farmacéutico, en 1826; el procedimiento consistía en una intensa práctica de laboratorio, a veces durante todo el día, que pretendía, además de entrenar, educar. Pensaba que no todo debería ser práctica química, sino una verdadera ciencia, aliada de las otras ciencias naturales y de las disciplinas humanísticas. Von Liebig sostenía que la mejor manera de enseñar era combinar las lecturas de estudio con la práctica27. Se asignaban problemas de investigación a los alumnos, empleando de manera novedosa diversos instrumentos de observación, medición y experimentación, así como métodos sistemáticos para abordar los problemas. Esa manera de trabajar ya se venía haciendo en la École Polytechnique de París desde 1795, aunque de una manera modesta y con escaso impacto en el mundo de la ciencia. Al avanzar el siglo XIX, la formación de institutos se extendió rápidamente por Europa y en todos los ámbitos del saber. A esas instituciones acudían cada vez más alumnos, atraídos por la búsqueda del conocimiento por medio de métodos científicos muy sólidos28. A partir de la química orgánica, de la farmacología y de la morfopatología, se desarrolló la fisiología, que tanto impulso daría al conocimiento sobre la manera en que se desarrollan las enfermedades. El profesor de fisiología más influyente en Alemania fue Johannes Müller, cuyo tratado de fisiología de 1838 produjo una revolucionaria influencia en las ciencias biológicas y médicas a mediados del siglo XIX. Amplió las observaciones de Alexander von Humbold sobre la actividad eléctrica del corazón, demostró que era posible provocar contracciones en el corazón inactivo mediante estimulación eléctrica y estableció que la sangre realiza un ciclo circulatorio en un periodo de uno a dos minutos29.
En Francia, Claude Bernard terminó por consolidar la fisiología y la farmacología experimental en la segunda mitad del siglo XIX. En 1865, en su obra Introduction a l´étude de la médecine expérimentale escribía con orgullo: «El impulso científico partido de Francia se ha esparcido por Europa, y poco a poco el método analítico experimental ha entrado como método general de investigación en el dominio de las ciencias biológicas. Hoy día existen en toda Alemania laboratorios a los cuales se da el nombre de Institutos Fisiológicos, admirablemente dotados y organizados para el estudio experimental de los fenómenos de la vida».
Su obra influyó para que la práctica clínica hospitalaria fuera orientada por una mentalidad fisiopatológica. Bernard sostenía que toda ciencia experimental exige un laboratorio, lugar al que se retiraba el sabio para procurar comprender, por medio del análisis experimental, los fenómenos observados en la naturaleza. Afirma que el objeto de estudio del médico es el enfermo, por lo que su primer campo de acción es el hospital. Sin embargo, la práctica y la observación clínica son insuficientes para hacerle comprender la naturaleza de la enfermedad. De tal forma, es necesario penetrar en el interior del organismo para investigar cuáles son las partes lesionadas en sus funciones y, más allá de la observación anatomopatológica, considera la necesidad de conocer todas las condiciones físico-químicas de las manifestaciones vitales, normales y patológicas. Ello exigía que el laboratorio de fisiología debía ser el más completo posible y el sitio culminante de los estudios para el médico científico. Así se transitó hacia una medicina científica, que tantos beneficios acarrearía en la comprensión y tratamiento de numerosas enfermedades. Bernard afirmaba: «Yo considero el hospital solo como un vestíbulo de la medicina científica; como el primer campo de observación en que debe entrar el médico, pero el laboratorio es el verdadero santuario de la ciencia médica»30,31.
Viktor von Weizsäcker describe la actividad en los hospitales de Alemania a principios del siglo XX: «La visita hospitalaria del asistente joven no duraba mucho, pero su trabajo en el laboratorio consumía horas y horas del día y de la noche». Pedro Laín Entralgo comenta que: «lo que el médico realmente miraba cuando en la sala del hospital veía al enfermo, no era la realidad somática y psíquica de este, sino el kimógrafo o el alambique que en el laboratorio le estaban esperando»32. Esa medicina científica, impregnada de una mentalidad anatomo-fisiopatológica, iba más allá de la siempre bondadosa y caritativa asistencia del médico clínico, que, aun impulsado por toda la intención de ayudar, no lo lograba por completo, si carecía de los fundamentos para descifrar el misterio de la enfermedad y seleccionar un tratamiento eficaz. Esa fue la práctica médica institucionalizada que observó Ignacio Chávez durante su formación en los hospitales y universidades de Europa.
El Servicio de Cardiología del Hospital General de México, germen y raigambre del Instituto Nacional de Cardiología
Mientras Chávez permanecía en el viejo continente, se ampliaron las instalaciones del pabellón 21 del Hospital General, siguiendo las instrucciones que él mismo había dejado. Impulsado siempre por el deseo de mejorar las condiciones precarias de la medicina y de los hospitales en México, regresó al país con un cúmulo de conocimientos y, sobre todo, un bagaje de ideas creativas. Con el apoyo del director del Hospital, el Dr. Genaro Escalona, terminó de organizar lo que fue el primer servicio de cardiología del país, inaugurado el 16 de julio de 1927. Seguía el modelo de los hospitales que había visitado en Europa, dotando a su servicio de las secciones necesarias para practicar una medicina institucionalizada: una sala de hospitalización con cuarenta camas; un laboratorio para análisis clínicos rutinarios, a cargo del Dr. Ignacio González Guzmán, hematólogo experto en biología celular; un gabinete de medicina experimental; un aula de enseñanza y un anexo con rayos X y electrocardiografía, este último a cargo del Dr. Manuel Martínez Báez. Allí se instalaron, por primera vez en México, un fluoroscopio con un dispositivo para realizar ortodiagrafía, la telerradiografía, la auscultación cardiaca con un estetoscopio colectivo y el primer electrocardiógrafo, un equipo Boulitte, donado por el licenciado Aquiles Elorduy, vocal de la Junta de Beneficencia Pública, y que el propio Chávez trajo de Europa6; con ese aparato se tomaron los primeros trazos de la actividad eléctrica del corazón en el país. Después agregaría una biblioteca con publicaciones periódicas y una diversidad de libros clásicos de medicina, en particular de cardiología. De esa manera fusionaba la clínica, el laboratorio y la enseñanza. En el discurso pronunciado durante la inauguración del servicio de cardiología, hablaba del estado que guardaba la práctica de la medicina clínica y de la incipiente cardiología antes del surgimiento de las especialidades médicas. Hasta entonces, no había existido un gabinete ni un laboratorio debidamente acondicionados para profundizar en el estudio de los enfermos del corazón. Quedaban atrás «la vieja percusión de Leopoldo Auenbrugger, la percepción de la presión arterial realizada en forma rudimentaria con los dedos, para estimarla ahora, en forma moderna, mediante el cuadrante de un esfigmomanómetro». Chávez se maravillaba de cómo el «caos verbalista para describir el trabajo intracardiaco» quedaba plasmado objetivamente en trazos poligráficos con «el impulso genial de Mackenzie y de Wenckebach», y cómo la sucesión de las distintas fases de la actividad eléctrica del corazón terminaba por inscribirse en la «maravilla de una cinta cinematográfica» desarrollada por Einthoven. Ignacio Chávez dotaba al servicio con los elementos necesarios para realizar una medicina científica, incorporando la exploración por medio de instrumentos complicados y de mayor precisión33. En 1928 realizó otro viaje de estudios a Europa18. Con orgullo, Chávez afirmaba que el servicio de cardiología instalado en el pabellón 21 del Hospital General nada tenía que envidiar, en lo material, a los servicios de cardiología europeos: el Hospital La Pitié del profesor Henry Vaquez, el Hospital Broussais de Charles Laubry, al del profesor Krauss, de Berlín, ni al del profesor Libensky, de Praga o al Policlínico de Roma. En el servicio de Cardiología recién creado, Chávez desarrolló una intensa actividad clínica y académica; organizó numerosos cursos, impulsó la formación de especialistas y la creación de gabinetes de diagnóstico. La estrecha colaboración entre el cardiólogo Ignacio Chávez y el hematólogo Ignacio González Guzmán resultó en la fundación de la revista Archivos Latinoamericanos de Cardiología y Hematología, en 1930. En diciembre de 1936 Ignacio Chávez fue nombrado director del Hospital General, pero en su mente se gestaba la idea de institucionalizar la cardiología científica, lo que daría como resultado la creación del Instituto Nacional de Cardiología (Fig. 2).
El Instituto Nacional de Cardiología, parte del gran proyecto de salud y asistencia en México
El 30 de noviembre de 1928, el licenciado Emilio Portes Gil tomó posesión de la presidencia de México y nombró jefe del Departamento de Salud Pública al Dr. Aquilino Villanueva. Asimismo, Ignacio Chávez fue nombrado jefe del Servicio de Demografía, Propaganda y Educación Higiénica. Al año siguiente, el 20 de noviembre de 1929, se inauguraba el edificio del Departamento de Salud Pública, ubicado en la glorieta de los leones del Paseo de la Reforma, hoy edificio de la Secretaría de Salud34. Se iniciaba una nueva organización en los servicios de sanidad en México, en la que surgirían las principales instituciones nacionales de salud. El presidente Portes Gil mejoró decididamente la atención médica. Con la colaboración del Dr. Aquilino Villanueva se crearon el Comité Nacional de Protección a la Infancia, los centros médicos para mujeres embarazadas, el servicio de Higiene Infantil, una unidad Médico Higiénica en los llanos de Balbuena, la campaña «Gota de leche», encargada de proveer ese producto a los niños de las clases más necesitadas, el apoyo a organizaciones médicas como la Casa de Amparo y Protección a la mujer, al antiguo Hospicio del niño de la calzada de Tlalpan, la creación del Centro de Higiene Infantil de la colonia Obrera y las campañas contra el alcoholismo, entre otras acciones35. La labor fue continuada por el presidente Lázaro Cárdenas y culminaría con la fundación del Hospital Infantil de México en 1943 y de varios institutos de salud a partir de 1944, cuando ya era presidente de México el general Manuel Ávila Camacho36.
Instituto y no hospital, insistía Chávez en la prensa nacional de 19371. Exponía sus planes para enfrentar a las enfermedades cardiovasculares, enfatizando que el hospital propendía, de un modo casi exclusivo, a la atención médica de los pacientes asilados. Un instituto, en cambio, debería ser la organización donde el problema que tuviera encomendado se atacara integralmente, en todos sus aspectos. En igualdad de importancia estaría la prevención de los padecimientos cardiacos, en una época en que la fiebre reumática y la sífilis eran dos de los tipos más frecuentes de cardiopatía. La docencia e investigación ampliarían el radio de los conocimientos y los difundiría entre los médicos y estudiantes, lo que equivaldría a prolongar la acción del instituto hasta los más apartados rincones del país. Así se cumpliría con la necesidad de formar especialistas en el número que el país reclamaba. La combinación del ejercicio clínico con la investigación y la enseñanza proporcionaría los conocimientos para poder ser eficaz en la atención del enfermo, además de hacer avanzar la ciencia. Esta triple amalgama es la que daría al médico la verdadera capacidad de socorrer a los pacientes. Chávez lo resumiría varios años después con una frase contundente: «El médico ayuda por lo que sabe, no por lo que ignora». Además, la misión del instituto se completaría con una acción social organizada y coherente. A Chávez le preocupaba el impacto de las enfermedades sobre la condición social de cada enfermo. Para él resultaba «dolorosamente absurdo aconsejar reposo a quien no podía abandonar su trabajo, aun con el riesgo de que murieran de hambre los familiares que dependían del enfermo, mientras este se encontraba incapacitado por la enfermedad. Resultaba cruel lanzar a un cardiaco, apenas salido del hospital, al rudo desgaste de su labor y de su oficio, sabiendo que su corazón no resistiría el trabajo intenso que el enfermo y su familia necesitaban». Vio la necesidad de «una acción social, comprensiva e inteligente, que impidiera esa forma lenta de sucumbir ante la enfermedad». Sostenía que el instituto no podría merecer ese nombre, si no completaba su obra mediante una organización que resolviera, en lo humanalmente posible, las imperiosas necesidades de ayuda social a los enfermos. Otra labor del instituto sería la de «buscar al cardiaco que se ignora, revisando a las grandes masas de la población, niñez y juventud, grupos de obreros y población general, para llegar a tiempo con el consejo para prevenir y proporcionar el tratamiento útil oportuno». Así se adelantaba a las campañas de detección oportuna de las cardiopatías. Incluso el Dr. Chávez sostenía que el instituto debería marcar un derrotero a los cardiacos que se ignoran y a los que conocían su mal, para que recibieran una orientación vocacional y eligieran una carrera o un oficio que los protegiera del desgaste por la enfermedad. El instituto debería preocuparse, mediante su servicio social, porque el cardiaco cambiara de oficio para rescatar su vida y su salud. Veía «cómo en la consulta, día tras día, se producía la dolorosa escena en que los médicos recomendaban guardar reposo a los enfermos por algunas semanas, incluso en cama, y cómo el propio paciente se rehusaba, porque los familiares quedarían sin sustento. Entre el hambre de sus hijos y la tortura suya por la enfermedad, el paciente optaba por seguir adelante». Esa situación trágica e inhumana, escribía Chávez, «solo podría remediarse el día en que el Estado asegurara al trabajador contra las enfermedades y la miseria que acarrean». Nuevamente, el Chávez humanista se adelantaba a su tiempo, proponiendo una organización de servicio social en el Instituto de Cardiología, que asegurara el sustento de la familia del paciente mientras este se encontraba hospitalizado. «Esto es lo que haría el instituto, pobre y limitadamente al principio, pero con la convicción de que los fondos para esa noble labor irían en aumento, cuando el público y las instituciones gubernamentales se dieran cuenta del dolor y la miseria que acarrean las enfermedades». Pensaba que el instituto pudiera buscar la liberación económica de los enfermos que estaban obligados a la incapacidad por la naturaleza de su cardiopatía1.
Instituto y no hospital
Es lo que pedía Chávez al Estado en 1936. Comprendía que la sabiduría y la erudición sobre una especialización del conocimiento eran el fundamento de la autoridad científica, y eso solo podría lograrse mediante la institucionalización. La ciencia realmente ha sido un fenómeno del pensamiento moderno, definida por el filósofo alemán Martín Heidegger como la «teoría de lo real». En ella interviene un proceso básico de «aprovechamiento organizado». Siendo investigación, la ciencia se fundamenta en el campo limitado de un sector caracterizado por la objetividad. En el caso de la obra de Ignacio Chávez, el estudio del corazón, sano o enfermo, se transforma en una ciencia particular con cohesión y unidad propia dentro de la medicina mexicana de su tiempo, desarrollada y colocada en un momento en que se carecía de soluciones sistematizadas para enfrentar, no solo la carga de padecimientos cardiovasculares, sino otros problemas de salud en el país. Chávez sabía que la ciencia médica también debería tener un carácter propio de aprovechamiento, que solo se podría obtener por medio de una organización cristalizada en la estructura de un instituto. Este garantizaría los procedimientos necesarios para obtener el máximo beneficio del saber, con un plan y funcionamiento llevados a cabo mediante el rigor de la objetividad y una utilización metódica de la práctica institucional. En el Hospital General, la cardiología mexicana se desarrolló, floreció y se convirtió en una especialidad. Después de 20 años de maduración, la obra del Dr. Ignacio Chávez se hizo realidad el 18 de abril de 1944, con la inauguración del Instituto Nacional de Cardiología (Figs. 3 y 4). Fue un acontecimiento con proyección internacional37. Él mismo expuso la razón de ser: «Nacimos para realizar la obra de estudio, de investigación y de dominio de las enfermedades del corazón. Casa de salud para los enfermos, por supuesto, pero algo más que eso, una alta escuela para los médicos, un gran laboratorio para los investigadores y un instrumento social de ayuda humana». El ideario quedó resumido en el lema: amor y ciencia al servicio del corazón38.

Figura 3 Dr. Ignacio Chávez. Discurso durante la inauguración del Instituto Nacional de Cardiología, el 18 de abril de 1944. Propiedad de la Secretaría de Cultura. INAH. SINAFO F.N. MEX. (reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia).

Figura 4 Presidium durante la inauguración del Instituto Nacional de Cardiología. De izquierda a derecha: Dr. Salvador Zubirán, subsecretario de Asistencia; Dr. Gustavo Baz, secretario de Salubridad y Asistencia; general Manuel Ávila Camacho, presidente de la República; Dr. Manuel Martínez Báez, subsecretario de Salubridad y Dr. Octavio Mondragón, oficial mayor. Propiedad de la Secretaría de Cultura. INAH. SINAFO F.N. MEX. (reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia).
En 1954, durante el discurso del X aniversario, Chávez recordaría que en 1936 había pedido al Estado un instituto y no un hospital39. El año anterior, el instituto había realizado 22,544 consultas a enfermos externos y había practicado 46,539 análisis del laboratorio de hematología, 9,061 de microbiología, 31,990 de química sanguínea y pruebas funcionales, 5,027 radiografías y 6,980 electrocardiogramas40. Para 1962, al cumplir 18 años de vida, el instituto había publicado 49 libros científicos, sin contar los que sus médicos e investigadores publicaban con otras editoriales41. La cifra se incrementó a 190 libros en 202242. Por otra parte, al cumplir 80 años de su fundación, el instituto había publicado 4,085 trabajos43. Paul Puech, de la Facultad de Medicina de Montpellier en Francia, mencionó en 1969, con motivo del XXV aniversario del instituto, que su inauguración había sido una verdadera revelación para los cardiólogos del antiguo continente, que ignoraban los enormes progresos llevados más allá del Atlántico. Y agregaba que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa se encontraba destrozada y dividida y con un considerable retraso de las ciencias médicas. Con el instituto cardiológico de México había surgido un magnífico instrumento de trabajo, como no existía en ninguna parte del mundo, a la punta del progreso en todos los campos de dicha especialidad; se volvió un gran centro de atracción para los cardiólogos del mundo entero44. Ignacio Chávez atribuía el éxito del Instituto de Cardiología al: «grupo brillante de colaboradores que habían sabido crear una mística: la de entregarse por entero, la de dar cuanto pueden, sin reclamar un provecho personal; la de colaborar sin egoísmos ni mezquindades, entregando lo mejor que tienen, sus ideas y su trabajo; la de anteponer el interés del instituto antes que el interés de ellos mismos»45.
Chávez había logrado la institucionalización de las ciencias del corazón en México. Heidegger sostiene que la ciencia es conocimiento riguroso y efectivo. De la racionalidad científica emana la técnica que proporciona la eficacia práctica para buscar la verdad, entendida esta como alétheia (desvelamiento, desocultación, quitar los velos, unverborgenheit) y también como lichtung (despejamiento, luminidad), que nos separa de toda subjetividad46. La técnica es un modo de llegar al estado de desocultamiento, donde acontece la verdad47. Serán las herramientas de la ciencia, la tecnología y la investigación las que puedan acercarnos a la atención eficaz en contrarrestar los efectos de la enfermedad en la sociedad. La esencia de la ciencia está en la investigación, con la rigurosidad de sus procesos. Sus elementos propios son el experimento, el cálculo, la regla, la ley, la explicación. Heidegger resume que la ciencia moderna se funda y aísla, al mismo tiempo, en los esbozos de determinados campos; conoce su validez como conocimiento riguroso y efectivo. Para el filósofo alemán, la ciencia y la técnica modernas son el fenómeno y el signo distintivo de nuestra época, que participan decisivamente en la formación y desarrollo del mundo moderno48. La ciencia se especializa en campos distintos del conocimiento y forja sus propios objetos de estudio. Toda ciencia está fundada sobre el proyecto de una región circunscrita y por ello es ciencia particular, que tiene que especializarse en el desenvolvimiento del proyecto, por su procedimiento, hacia determinados campos de investigación49. La especialización no es el resultado, sino la causa del progreso de toda investigación. La ciencia moderna se determina por un proceso fundamental: el servicio. Una ciencia adquiere su justa prestancia solo cuando se ha hecho digna de recibir los honores de un instituto. Los institutos son necesarios porque la ciencia, como investigación, tiene en sí el carácter de servicio50.
Chávez también así lo comprendía y sabía que la especialización es una consecuencia positiva de la ciencia; también se asombraba del progreso tecnológico. Heidegger ya había advertido el peligro en la fascinación que el hombre tiene por el poder tecnológico en el mundo contemporáneo51. Como él, Chávez intuyó que la superespecialización podría llevar al problema del divorcio con el humanismo. Deseaba que, sobre la aparición de máquinas y técnicas de diagnóstico cada vez más sofisticadas, debería prevalecer la medicina clínica, entendida esta como la del binomio médico-enfermo, la de un hombre que se inclina sobre otro para ayudarlo en su enfermedad. Ante todo, debía prevalecer el humanismo y las máquinas no deberían triunfar sobre la humanidad. Señalaba que «la admiración llevada al culto de la máquina pone al hombre en grave riesgo de secarle el alma. Mientras más sabio sea el médico, más se perfila el peligro de la devastación y más necesita equilibrar el espíritu fomentando su cultura humanística»52. Sostenía que «no hay peor forma de mutilación espiritual de un médico que la falta de cultura humanística. Quien carezca de ella podrá ser un gran técnico en su oficio, un sabio en su ciencia, pero en lo demás no pasará de un bárbaro, ayuno de lo que da la comprensión humana»53. Así, Chávez se empeñaba en que la ciencia que se hacía en el instituto creado por él debería estar impregnada de humanismo y de cultura. Enriqueció su obra dotándola del más elevado sentimiento de compasión y de un noble afán de ayuda para mitigar el sufrimiento del enfermo.
En palabras de Alfredo De Micheli, «las ideas renovadoras de Ignacio Chávez hallaron su expresión más fiel y acabada en la creación del Instituto Nacional de Cardiología. La revolución didáctica y profesional que impulsó Chávez en México lanzó una chispa que cundió rápidamente, originando una reacción en cadena en la que surgieron otros institutos de salud en nuestro país. Con la influencia y el ejemplo de Chávez, surgieron nuevas ideas y nuevas instituciones en el ámbito médico nacional, que terminaron por irrumpir en el ambiente médico internacional. El instituto forjado por Chávez se transformó en un modelo para que aparecieran instituciones semejantes en toda América y en otros continentes»54. Pierre Duchosal ha mencionado que Ignacio Chávez se convirtió en motor del movimiento cardiológico internacional y que realizó una obra de amor, de inteligencia y de cultura, dedicada al corazón y al cuidado del hombre. En su escrito de prensa de 1937, al anunciar la construcción del instituto, Chávez ya presagiaba que a México le tocaría el honor de ser el primer país donde se fundaría un Instituto de Cardiología, y que al propio instituto le tocaría, cuando acudieran a él las caravanas de cardiacos indigentes, escuchar el clamor de los que piden a la solidaridad humana un gesto de comprensión y ayuda. Al instituto le correspondería responder al llamado de la angustia, para impedir que esa legión de inválidos cardiacos siguiera creciendo y muriendo1. «Instituto y no hospital» ha sido la grandiosa obra concebida por Chávez, cuya misión ha sido brindar ciencia y amor a los enfermos del corazón. La fidelidad al lema ha sido total y las ilusiones y planes del genio nicolaíta han sido coronadas por el éxito: L´opus Chavezi est consacré55.










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