Introducción
La movilización de los colectivos de familiares de desaparecidos en Veracruz ha visibilizado diversos problemas: la persistencia de las desapariciones, la falta de atención integral a víctimas a pesar de la emergencia de leyes e instituciones creadas ex profeso, y la actitud de indolencia y desinterés de las distintas administraciones estatales. Desde 2011 a la fecha, las manifestaciones de protesta de los distintos colectivos a lo largo del estado se han mantenido, obteniendo diferentes resultados. Han presionado para la creación de un marco legal e institucional de apoyo a víctimas, así como mecanismos institucionales de seguimiento de casos de desaparición y de rendición de cuentas. Sin embargo, a pesar de la movilización que han llevado a cabo y la importancia que ha tenido en la vida pública estatal, han tenido que enfrentar a autoridades de distintos partidos políticos que han coincidido en considerarles como opositores, rompiendo las vías de diálogo, e incidiendo muy poco en el incremento exponencial de casos de desaparición en la entidad.
La movilización de los familiares de desaparecidos en Veracruz ha pasado por momentos diferentes: desde el bloqueo del diálogo y la inexistencia de un marco institucional de atención a víctimas dado en el sexenio de Javier Duarte (Zavaleta, 2017) , los intentos de gubernamentalización de los colectivos a partir de la creación de algunas instancias de búsqueda y atención a víctimas en la alternancia panista en Veracruz, y una política de atención a víctimas orientada por el modelo de política social de los gobiernos morenistas en la que se elude el diálogo con lo que son considerados “intermediarios perniciosos” —en este caso, los colectivos mismos—, alternando con políticas de pacificación definidas unilateralmente. Así, la movilización de los familiares de desaparecidos en Veracruz ha explorado el potencial movilizador y legitimador de la expresión del dolor y del sentimiento de pérdida, ante gobiernos que públicamente son incapaces de cuestionar sus demandas, pero que tampoco han logrado controlar sustancialmente la escalada de violencia expresada en la desaparición de personas.
El interés académico por el estudio de la movilización de los colectivos de familiares de desaparecidos ha dado como resultado diversos acercamientos (Villarreal, 2014 y 2016; Del Palacio y Torres, 2021; Torres, 2022; Gallagher, 2023; López, 2023) . Sin embargo, el estudio simbólico y cultural a profundidad de la dinámica de la protesta de los colectivos de familiares de desaparecidos ha sido poco abordado, a pesar de otorgarnos claridad sobre las bases de la efectividad del discurso de las víctimas por hacer de su condición un problema público y vinculante (Gatti, 2011) . A partir de estas cuestiones, me he planteado la siguiente pregunta: ¿Cómo es que la movilización de los colectivos de familiares de desaparecidas(os) en Veracruz, ha devenido en un espacio de interpelación pública ante interlocutores políticos diversos?
Algunos autores han abordado el tema desde el punto de vista de la protesta como proceso político y como acción colectiva. La movilización de los colectivos puede entenderse desde el punto de vista del balance entre movilización colectiva, oportunidades políticas y resultados de la protesta. Los métodos utilizados han sido mayormente de tipo cualitativo, reconstruyendo procesos sociohistóricos de corto y mediano plazo, haciendo comparativos entre repertorios de protesta, coyunturas y logros institucionales obtenidos (Villarreal, 2014 y 2016; Zavaleta, 2016 y 2017; Aguilar, 2018; Hevia y Treviño, 2019; Ansolabehere y Vázquez, 2017; Ríos, 2020; Gallagher, 2023) .
Otros han enfatizado en el vínculo entre emociones y movilización social. A partir de acercamientos de corte etnográfico, que recupera el punto de vista de los actores, se han encontrado diferentes resultados: la importancia de la dimensión emocional para la subjetivación colectiva de los familiares de desaparecidos (Robledo, 2017; Querales, 2018; Gordillo-García, 2023) , y el uso de frases y expresiones cargadas emocionalmente como repertorio de protesta (Del Palacio y Torres, 2021; Torres, 2022).
Se ha encontrado en el enfoque de performance social una herramienta útil para la comprensión de la movilización. Partiendo del análisis de prensa, videos o incluso redes sociales, se busca entender la construcción de narrativas binarias de confrontación entre grupos con demandas opuestas, que encuentran su legitimidad desde la lógica de la esfera civil, y utilizan recursos simbólicos para generar una conexión simbólica con audiencias específicas (Arteaga y Arzuaga, 2014, 2017 y 2018; Cardona y Arteaga, 2021) .
Finalmente, especialistas encuentran en la movilización de los familiares de desaparecidos el desarrollo de un drama social, entendiéndolo como un conflicto en el que los intereses y las actitudes de los grupos se oponen entre sí, que ponen en escena elementos simbólicos para hacer evidente dicho conflicto, con consecuencias múltiples en términos del cambio institucional y de cambio de roles sociales (Turner, 1974) . Mediante un acercamiento etnográfico, se reconstruyen las formas en que emergen, de dichos conflictos simbólicos, cuatro momentos de desarrollo del mismo: brecha, crisis, acción correctiva y reintegración; y en el caso de los colectivos de familiares de desaparecidos, estas fases, más los conceptos de liminalidad y communitas son importantes para entender la emergencia de una manifestación particular de protesta basada en el duelo, que genera comunidades emocionales y una identidad basada en el trauma de la desaparición (Panizo, 2010; Regueiro, 2010; Gatti, 2011; Robledo, 2017) .
La apuesta teórica para entender el funcionamiento simbólico de la movilización de los familiares de desaparecidos en Veracruz está en su análisis como performance cultural. Es decir, como un proceso social mediante el cual los actores, en individual o en colectivo, exhiben para otros el significado de su situación social, con efectos variables en los objetivos de cambio estructural (Alexander, 2005; Turner, 1988) . Éste, el cual opera a modo de una interacción de tipo dramatúrgico, se pone en escena para lograr que una audiencia determinada pueda conectar simbólicamente (o re-fusionar, desde el punto de vista de la pragmática cultural) con los emisores, logrando así resultados políticos y sociales a partir de dicha re-fusión. Pero también puede operar para reinstaurar y hacer valer el vínculo social y las estructuras normativas-simbólicas que lo mantienen, especialmente en momentos en los que dicho vínculo se pone en crisis (Turner, 1988). Se propone un modelo interpretativo socioantropológico de la protesta social en tanto performance cultural, que alterne a un enfoque normativo centrado en la efectividad agencial del performance, y su valoración normativa delineada por la reproducción de una esfera civil, desde la cual se afirma que muchos movimientos sociales latinoamericanos proceden, y desde ahí generan mutaciones simbólicas y narrativas hacia formas que propiamente cuestionan dicha esfera (Alexander y Tognato, 2018).
En lo que sigue, dedicaré un apartado a definir la discusión teórica de la que proceden las categorías analíticas utilizadas, y luego será descrita la metodología. Luego mostraré el análisis del referente empírico a partir de la reconstrucción del proceso performático, los discursos emergentes del propio performance, y el análisis de los niveles implícito y explícito del performance para entender aspectos subjetivantes y desubjetivantes del mismo. Finalmente, expondré algunas conclusiones.
Marco teórico: entre el análisis sociológico y antropológico del performance (una discusión entre Alexander y Turner)
Las propuestas teóricas del performance cultural convergen en la necesidad de analizar cómo lo simbólico se manifiesta en procesos de conflicto social (véase Tabla 1 ). Consideran que los enfoques teóricos clásicos de sus respectivas disciplinas pusieron demasiada atención a la separación, en términos ontológicos, entre “la cultura” y “lo social”, o “la teoría” y “la praxis” (Turner, 1988: 72; Alexander, 2005: 9). Ambos coinciden en pensar a los actores sociales como sujetos inmersos en un mundo simbólico, cuyo horizonte de sentido está históricamente construido, que escenifican los significados al ponerlos en práctica en situaciones específicas, y que las posiciones sostenidas discursivamente dentro de un conflicto pueden ser leídas por diferentes destinatarios (los propios adversarios u otras “audiencias”) sin que haya una interpretación unívoca de su mensaje —confusión que puede llegar a ser aprovechada para diferentes objetivos— (Turner, 1988: 82; Alexander, 2006: 73).
Coinciden en una crítica a enfoques teóricos estructural-funcionales, en la medida que consideran a la cultura no sólo como una construcción de significados preexistente a los actores sociales, sino también como un elemento que es usado, puesto en escena y experimentado en el marco de tensiones sociales. Mientras Alexander califica estos enfoques como una posición nostálgica, conservacionista de lo cultural, que busca el rescate del significado antes que su comprensión en el marco de prácticas sociales concretas (Alexander, 2006: 9), Turner denuncia a la antropología clásica de corte culturalista como un enfoque deshumanizante, de cuyas ataduras conceptuales busca liberar a la antropología con un enfoque performático (Turner, 1988: 72).
El análisis de lo simbólico debe hacerse en calidad de un proceso puesto en marcha mediante fases de expresión dramática. Turner afirmaba que la expresión prototípica del drama social era el ritual, en tanto que escenifica la tensión entre lo sagrado y lo profano, lo cotidiano y lo liminal (Turner, 1988). Alexander sostiene, de igual forma, que el estudio del ritual como drama social hecho por Turner puede utilizarse para entender tensiones sociales en sociedades complejas, como procesos políticos, movilizaciones sociales o conflictos internacionales (Alexander, 2006).
Sin embargo, hay elementos que separan ambas posiciones sobre el performance. Evaluaré cuatro aspectos que son especialmente importantes para entender las protestas de los colectivos en Xalapa: el interés analítico frente al performance, el referente empírico del cual basan sus análisis, las fases desde las cuales analizan el performance, y la visibilidad de las interacciones entre los participantes y lo que ocurre en cada nivel de la misma. 2
Alexander reconoce que el análisis del performance supone la evaluación del éxito o fracaso del mismo, en la medida que los performances buscan exhibir para otros el significado de su situación social (Alexander, 2005: 19). Esto implica un proceso difícil, dado que las sociedades modernas cuentan con un alto grado de diferenciación que impide la interpretación unívoca de símbolos utilizados en la puesta en escena de los actores en disputa. Sin embargo, considerando que un concepto central en la obra de Alexander es el de la esfera civil, que abarca el conjunto de significados y narrativas orientadas a definir oposiciones binarias en relación con ideas como la solidaridad, los derechos individuales y las obligaciones colectivas 3 (Alexander, 2018: 79), y que muchas de las movilizaciones sociales en América Latina con mayor impacto en la vida pública de sus países necesariamente han partido de la idea de esfera civil como una base de sentido necesaria para su éxito (Alexander y Tognato, 2018: 2); el enfoque de análisis del performance de Alexander tiende a orientarse normativamente a evaluar el grado de efectividad de los mismos en relación con el grado de fusión del mensaje del emisor frente al receptor (Alexander, 2006: 79), pero en lo particular, a la penetración simbólica que ha tenido en cada contexto la esfera civil misma —en tanto narrativa liberal-democrática—. 4 En cambio, Turner enfatiza que el performance, en su calidad de drama social, reproduce y actualiza los significados y símbolos constituidos de manera situada en contextos determinados, 5 y su efectividad no puede ser evaluada en términos de una normatividad simbólica homogénea, sino en tanto que refleja las tensiones sociales y sobrepasa justamente el juego de los roles normativos (Turner, 1988: 90). El performance como drama social es la erupción en la superficie de la vida social continua, con sus interacciones, reciprocidades, y costumbres que buscan promover secuencias de conducta regulada y ordenada (Turner, 1988: 90).
Para entender la movilización de los colectivos en Veracruz, es importante tener en cuenta ambos argumentos: es una lucha social emergente de la esfera civil, pero también reproduce expectativas y significados que reproducen moralmente el horizonte cultural de la sociedad de la que forman parte. Así, el performance es un balance entre el uso recursivo de la cultura para el logro de objetivos de lucha, pero también la reproducción de un orden moral y simbólico histórica y socialmente situado.
El segundo aspecto tiene que ver con el referente empírico del que parten los autores para desarrollar sus propuestas teóricas. Alexander parte del análisis de notas periodísticas, videos, notas editoriales, y material sujeto a análisis que permita dar cuenta de acontecimientos puntuales que son interpretados como performances, o que en sí mismos se vuelven recursos dentro de una disputa pública entre actores sociales 6 (Alexander, 2006 y 2011). En ese sentido, Alexander pone el foco en la reconstrucción de eventos específicos, para dar cuenta de cómo estos se tornan una expresión de la agencia social a partir de medios culturales, y en el uso de materiales dotados de sentido dentro de dichos conflictos. 7 Turner, en cambio, aunque echa mano ocasionalmente de referentes como archivos históricos o producciones literarias y teatrales, privilegia la etnografía como forma de acercamiento a los dramas sociales, especialmente por su capacidad para rescatar al drama social como un proceso que emerge de la cotidianidad, y que procede de contextos situados (Turner, 1974). Para el caso de la protesta social de los colectivos de familiares de desaparecidos, tanto la observación etnográfica como el uso de notas de prensa, publicaciones en redes sociales y entrevistas semiestructuradas, permitieron rescatar ese doble vínculo del performance: la acción agencial y la reproducción estructural del horizonte de sentido cultural que reproduce la protesta.
Ambos autores están de acuerdo en que el performance debe analizarse como un proceso constituido por fases. Sin embargo, cada uno se posiciona de manera diferente en relación con su desagregación como elementos integradores de un guion dramatúrgico. Turner habla de fases como la brecha, crisis, acción correctiva y fase final o de reintegración, evidenciando que el drama social no tiene necesariamente una resolución al terminar el mismo, sino que puede dar pie a la continuidad del conflicto y a la acumulación de significados puestos en marcha en momentos posteriores (Turner, 1988). Alexander lee de manera distinta esta distinción de fases de la puesta en escena del performance, considerando que: 1) Turner naturaliza dichos conceptos (es decir, que los hace intrínsecos al performance mismo) y 2) aunque cada performance se desarrolla de forma distinta, generalmente se presenta un inicio, una fase crítica y un cierre que puede terminar en un éxito o fracaso, dependiendo de los objetivos de cada actor involucrado (Alexander, 2006: 62-63).
De esta manera, y partiendo de que la protesta de los colectivos en Veracruz es una puesta en escena recurrente, no resuelta, pero constituida en la expresión de mensajes diferenciados de acuerdo a momentos distintos, considero que es importante dar cuenta de momentos como el inicio —en el que se preparan y construyen los recursos simbólicos de protesta—, la escenificación —el momento en el que las narrativas y los recursos simbólicos se expresan públicamente a las audiencias y a las contrapartes de los familiares de desaparecidos—, la crisis —el momento en el que la expresión del conflicto adquiere mayor intensidad emocional y expresiva—, y el reacomodo simbólico —momento en el que, si bien el conflicto no queda resuelto, las emociones y la expresión del conflicto se atemperan, en espera de respuestas o reacciones por parte de las contrapartes—.
El performance puede analizarse desde la visibilidad de lo que en él ocurre, y esto también es materia de debate entre ambos autores. Mientras Alexander sostiene que existen dos niveles de visibilidad del performance (la propia puesta en escena y la mis-en-scene —escena perdida—), en las cuales pueden presentarse elementos generadores de agencia social que, aunque no son expuestos de manera manifiesta, contribuyen a amplificar y legitimar una posición en el conflicto (Alexander, 2006: 36). Turner, en cambio, al asumir que existen dichos niveles de visibilidad como performance implícito y explícito, considera que no son formas de escenificación necesariamente congruentes, y parte de esa incongruencia radica en el carácter reproductor de los significados culturales y de las asimetrías generadoras del conflicto en un nivel de la escenificación del performance —el implícito—, y la escenificación manifiesta del conflicto para generar cambios mediante el drama social —el explícito— (Turner, 1982: 73). Para el caso que ocupa al presente estudio, será importante analizar la dualidad existente en la relación estructura-agencia a partir de los desfases entre niveles de visibilidad dentro de la protesta; es decir, asumimos junto a Turner que mientras la escenificación explícita adquiere eficacia a partir de la expresión manifiesta del conflicto, un nivel implícito de la misma tiende a la reproducción de valores y condicionantes morales que impiden un desborde agencial que pueda atentar contra el vínculo social entre manifestantes y su contraparte.
Finalmente, otro aspecto importante es el de la comunicación de mensajes, y la forma de proceder analíticamente para su estudio. Alexander da algunas ideas en su propuesta de análisis de la esfera civil, teniendo en cuenta que el discurso y el sentido del performance pueden separarse analíticamente para comprender las posiciones en disputa dentro de una puesta en escena. Sugiere tres categorías analíticas: motivos (las características movilizadoras que deberían movilizar a los actores), relaciones (evaluación moral del desempeño de los actores) e instituciones (las organizaciones que deberían ser formadas a partir del tipo de relaciones descritas), las cuales definen códigos binarios de lo que a juicio de los actores es positivo o negativo (Alexander, 2018: 85). Si bien Turner no tiene un desarrollo analítico tan meticuloso para comprender los discursos emergentes entre los actores performáticos, advierte que, como en el ritual, el mito adquiere materialidad y presencia en el desarrollo del performance. Al aislar analíticamente al mito del ritual se corre el riesgo de esencializar la producción simbólica, por lo que no debe perderse de vista el carácter creativo y pragmático de la escenificación del mito (Turner, 1988). De esta manera, hay dos movimientos importantes a realizar dentro del análisis de las narrativas comunicadas por los actores en el marco de mi objeto de estudio: la reconstrucción de posiciones dentro del conflicto, la forma en que construyen oposiciones binarias para dar sentido a las diferencias entre los actores, y la comprensión del valor de dichas narrativas en la puesta en escena del performance.
Metodología
El presente estudio es de corte cualitativo, con un enfoque de tipo etnográfico de orientación pragmática. Esto implica que su unidad de análisis es la protesta pública de los colectivos de familiares de desaparecidos como: 1) un performance, pero no sólo como un evento aislado que por sí mismo genere resultados transformadores, sino como: 2) un proceso en el que también se hacen presentes significados, horizontes morales y simbólicos, y estructuras que delimitan el carácter agencial del propio performance. Por ello, entiendo por acercamiento etnográfico pragmático aquel que permite observar de manera prolongada, continua o fraccionada de situaciones, en espacios públicos, que implica manejar con habilidad con habilidad la entrada a terreno, el registro de la observación, y un trabajo de análisis situado y encarnado de la acción (Cefaï, 2013).
Esto implicó un acercamiento al objeto de estudio a partir de diferentes herramientas de recolección de información. Primeramente, se realizó un seguimiento de notas periodísticas desde febrero hasta diciembre de 2023 que permitió conocer al mismo tiempo datos específicos sobre hechos puntuales de protesta y declaraciones públicas de actores involucrados en el performance (familiares de desaparecidos, activistas acompañantes, actores gubernamentales y actores ciudadanos no movilizados). Al mismo tiempo, se realizaron inmersiones a campo durante el mismo periodo (febrero-diciembre de 2023), registradas en reportes de observación etnográfica, en las que acompañe in situ las protestas de los colectivos “María Herrera-Xalapa”, “Buscando a Nuestrxs Desaparecidxs Xalapa”, y “Familiares Enlaces Xalapa”, en el mismo rango de fechas. Los reportes etnográficos permitieron conocer en profundidad tanto el desarrollo de las protestas y los puntos de vista de los diversos actores, como también las recurrencias en la puesta en escena de la protesta. Se realizaron entrevistas desestructuradas a los actores involucrados en el performance en el marco de la observación etnográfica, y se recurrió también al análisis de publicaciones en redes sociales (particularmente Facebook) para conocer las respuestas que se generaron públicamente sobre el desarrollo de las protestas. Todo este cúmulo de información fue analizado mediante MAXQDA 2020, software que permitió identificar las condensaciones emergentes, diferencias del desarrollo del performance en distintos niveles de visibilidad y un ordenamiento de información que permitiera darle una interpretación crítica a la información recabada. Se presentan al final del documento las tablas 2 y 3, que se construyeron a partir de la codificación de tipo abductiva realizada mediante el mencionado software.
Esto implica un manejo ético en el que es importante el resguardo de las identidades de los actores involucrados, particularmente con los que se mantuvo un diálogo en campo. Si bien algunos de los nombres de figuras públicas que provienen de notas periodísticas de acceso público podrán ser mencionados (especialmente en los casos de funcionarios de alto nivel estatal y liderazgos de los colectivos que tomaron la voz públicamente en las protestas observadas), no será el mismo caso para los actores que hayan compartido su testimonio a niveles de performance no explícito.
La movilización de los colectivos como performance: desarrollo, discursos y niveles de visibilidad
Fases performáticas de las protestas
Siguiendo a Turner (1988) , y a partir de la categorización que hacen Arteaga y Arzuaga (2014) basados en dicho enfoque performático, describiré brevemente algunos elementos identificables por su persistencia en el desarrollo de actos de protesta (marchas, mítines, proyección pública de documentales). Esto permitirá identificar los elementos que han sido hallados en el análisis de las protestas públicas de los colectivos como un performance político, y que serán discutidos posteriormente (véase Tabla 2) .
Fase de inicio
Previa convocatoria al evento, activistas acompañantes y los propios familiares arriban al punto de reunión donde acuerdan concentrarse. Usualmente, se trata de espacios que tienen alguna significación relacionada con lo que se está protestando (el Panteón Palo Verde, 8 Plaza Regina, 9 el Memorial de Desaparecidos 10 ). Al arribar al lugar, comienzan a preparar los contingentes, repartir objetos que tendrán alguna utilidad en la protesta como distintivos, pancartas con fotos de desaparecidos, globos con forma de estrella, sombrillas con frases que enuncian la protesta, etc. Arriban al lugar periodistas de distintos medios de comunicación y personas que integran los colectivos, sean acompañantes o representantes públicos del colectivo, ofrecen entrevistas y declaraciones. Se procura generalmente que sean los familiares de desaparecidos quienes puedan ser entrevistados, para visibilizar sus casos particulares. Acordadas las consignas a gritar, el orden de los contingentes y otros detalles logísticos, las marchas y los mítines comienzan.
En otro nivel escénico, acuden funcionarios de distintas instituciones que acompañan a los colectivos, como empleados de la Comisión Estatal de Búsqueda y de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, integrantes del Consejo Estatal Ciudadano, quienes usan distintivos como chalecos o camisetas con imágenes de su institución. Ofrecen agua, apoyo logístico, insumos para luz y sonido, y otros servicios que pudieran requerir los actores movilizados. Oficiales de tránsito también se suman, garantizando la seguridad vial del evento.
Escenificación
Iniciada la protesta, comienza también la expresión de consignas contra el gobierno y otros actores a los que buscan interpelar: ¡vivos se los llevaron, vivos los queremos! “No somos uno, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos (búscalos) bien” (entonada con especial fuerza y emotividad al llegar hacia el lugar donde culmine la protesta, especialmente al decir “pinche gobierno”); “Hijo(a), escucha, tu madre está en la lucha”, “No son ausentes, son desaparecidos, grita fuerte, grita fuerte”, “Ahora, ahora, se hace indispensable, presentación con vida y castigo a los culpables”, “Únete, únete, que tu hijo puede ser”, “Señor, señora, no sea indiferente, secuestran nuestros hijos, enfrente de la gente”, entre otras. Se sostienen con mayor visibilidad las pancartas con las imágenes de los familiares desaparecidos y los objetos hechos para el desarrollo de la protesta. La reacción de las personas que atestiguan la protesta es variada: desde señales de apoyo y solidaridad ante la protesta, gestos de desaprobación por el cierre de vialidades, gritos de interpelación en señal de desacuerdo con la protesta, e incluso la no reacción misma de los transeúntes ante los actos desarrollados. En el curso de los hechos, sea en redes sociales o mediante declaraciones a la opinión pública, funcionarios públicos de alto nivel pueden llegar a manifestar su desacuerdo o su comprensión de los motivos de las protestas, dando la idea de que la puesta en escena está siendo claramente recibida.
Entre tanto, los funcionarios que acompañan la protesta se mantienen atentos tanto a la seguridad de los manifestantes, como a las necesidades físicas que pudieran tener en el camino. Ofrecen botellas de agua y llevan como parte del contingente algún vehículo (a veces una ambulancia o una unidad oficial de la institución) que ofrecen a quien pueda tener síntomas de insolación o fatiga. Algunos de los funcionarios presentes en la protesta pueden ser vistos con teléfonos móviles en mano, intentando coordinarse entre ellos, o intermediando para ser recibidos por alguna autoridad estatal que permita atender las demandas de los familiares movilizados.
Crisis
En esta fase hay un desdibujamiento entre los niveles de visibilidad del performance. Todos los actores están unidos a partir de la expresión manifiesta del conflicto, y el drama social alcanza su clímax (Turner, 1988) . Se presenta en el momento en que la autoridad interpelada inicialmente se hace presente, sea porque arriba al evento de protesta, o porque simbólicamente se le ubica al haberse llegado a algún espacio simbólicamente asignado como el lugar donde dicha autoridad debería estar presente: edificios gubernamentales, plazas públicas, monumentos, memoriales, etc. Las consignas anteriormente mencionadas se entonan con mayor fuerza, las personas manifestantes expresan su dolor mediante el llanto y discursos que interpelan tanto a la autoridad gubernamental requerida como a los transeúntes. Se hace uso de los artefactos culturales de protesta, en este caso, objetos elaborados para esta fase performática: globos con forma de estrella se lanzan al cielo en memoria de los desaparecidos, se coloca un tejido rojo —símbolo de la sangre de las víctimas— en algún monumento dedicado a la justicia para escenificar la impunidad, se exhiben frente a las oficinas de gobierno las fotos de los desaparecidos para recordar que sus casos siguen sin respuesta, etcétera.
Periodistas y acompañantes de la protesta guardan silencio o sólo se limitan a tomar fotografías de los acontecimientos. Hay momentos en que todos guardan silencio, después de realizar estos actos de mayor emocionalidad, y se busca la participación activa de todos, sin distingo de jerarquías o de condición en relación con experiencias victimales. En algunos casos, incluso, algunos funcionarios de menor nivel o visibilidad habrían soltado en llanto, contagiados por el despliegue emocional del momento. Estas condiciones de comunión y solidaridad son las que Turner define como communitas, es decir, un momento en el que se reconoce un vínculo social generalizado que ha dejado de existir, pero que debe todavía ser fragmentado en una multiplicidad de vínculos estructurales (Turner, 1969: 96). Sin embargo, la sacralidad de la experiencia victimal no es el único valor generador de vinculación que se hace patente en este momento, sino también, tanto la afirmación del poder simbólico del Estado como la única entidad capaz de resolver las demandas de las víctimas, como la propia legitimidad de sus demandas.
Reacomodo simbólico
Luego de la crisis, se hace una pausa en el desarrollo de la movilización y el contingente se repliega. Se arman diversos grupos en los que pueden platicar lo acontecido, seguir dando declaraciones a la prensa, o hacer actividades como comer o seguir tejiendo bordados rojos. En este momento pueden acudir funcionarios de alto nivel a intentar tener un diálogo o lograr acuerdos para reuniones en las que puedan ser tratadas las demandas de las personas manifestantes.
Fuera de escena, funcionarios y empleados de las instituciones siguen atendiendo y colaborando con manifestantes. Dependiendo del momento, pueden seguir proveyendo de agua y protección vial, o acudir a concentraciones de manifestantes a proveer de cobijas, café, pan y alimentos si es que desarrollan acciones de protesta por las noches. No es raro ver en estos momentos a manifestantes y funcionarios platicando o conviviendo. Si bien las condiciones en las que se da esta tregua aparente no genera una solución final al conflicto explicitado, sí marca el término de la fase crítica. El drama social no necesariamente sirve para solucionar los conflictos, pero sí tiene la función de hacerlos evidentes, desplegar una serie de recursos simbólicos y emocionales, y sumar experiencias a una memoria colectiva atravesada por el trauma de la pérdida compartida de familiares desaparecidos (Alexander, 2012) .
Contrario a las propuestas sobre el éxito o fracaso del acto performático de Alexander (2006) , desde la cual las puestas en escena pueden ser evaluadas en relación con lograr exponer una situación u obtener objetivos de lucha, el reacomodo simbólico de las protestas de los colectivos muestran, en su persistencia, que a pesar de darse un momento en el que la fuerza emotiva y la intensidad de las expresiones de dolor y sufrimiento disminuyen, esto no significa por sí mismo un éxito en la medida que los objetivos de lucha pocas veces son obtenidos en su totalidad, y la percepción pública del problema de la desaparición sigue siendo segmentaria. Posiblemente, un abordaje del performance como hecho aislado permita elaborar afirmaciones evaluativas del mismo, pero un enfoque etnográfico, orientado a la reconstrucción del performance como proceso, impide sostener de forma tajante si un acto performático es, o no, exitoso. Coincido con Robledo (2017) en que la tragedia del drama social de la protesta de los colectivos estriba en que es un problema que no logra su resolución, ni en su ocurrir generalizado ni en la obtención de justicia por parte de los manifestantes, gracias a condiciones históricas, políticas y estructurales que permiten la persistencia de la impunidad y la opacidad en el tratamiento de casos de desaparición.
Los discursos en juego
Alexander menciona que los discursos tienen un valor importante en el performance, dado que expresan opiniones, marcan distancias y pueden organizar lo que es o no es social (Alexander, 2018). Siguiendo la metáfora dramatúrgica, operan como libretos que son puestos en escena, en tanto que orientan sobre las distinciones entre lo que se puede y no se puede hacer, lo bueno y lo malo.
En el marco de la movilización social, los elementos que componen al discurso se dividen en tres características: los motivos, que definen las características morales y prácticas para el logro de objetivos políticos; las relaciones, que dan cuenta de la legitimidad o ilegitimidad del vínculo entre actores políticos; y las instituciones, que describe las características morales de las formas de organización política desarrollada por los actores con ese tipo de relaciones (Alexander, 2018: 85) . Lo hallado en la expresión explícita e implícita del performance es la expresión de tres tipos de narrativas que definen expectativas y valores diferenciados entre sí sobre el tema de la desaparición y la intervención pública de los colectivos (véase Tabla 3) .
La que los colectivos sostienen implica una valoración puro/impuro orientada a la solidaridad y comprensión por el sufrimiento de madres e hijas(os) que pierden a sus familiares en una condición de liminalidad tal que no puede determinarse si se trata de casos de búsqueda en vida o muerte. Así, lo puro se define en relación con la búsqueda de empatía y apoyo moral a las familias, a la construcción de confianza y sinceridad con las víctimas, y al apego a un marco normativo que garantice eficiencia y atención humana a las familias de desaparecidos. 11 En cambio, lo impuro se manifiesta a partir de la falta de solidaridad y empatía mostrada por actores gubernamentales y una sociedad insensible; en el uso electoral del diálogo que el gobierno desarrolla ocasionalmente con los colectivos; y con instituciones que generan impunidad, falta de respeto a la legalidad y una atención excluyente a víctimas. 12 En suma, se trata de una construcción cultural de un trauma en el que se quiebra el vínculo familiar, se vulnera principalmente a madres y mujeres que pierden a sus seres queridos, y se busca convencer a una audiencia amplia (el gobierno, la sociedad) de que son hechos que pueden afectar a cualquiera, por lo que cada desaparición debe ser evaluada como un asunto colectivo (Alexander, 2012) .
Otro de los discursos emergentes es el sostenido por los actores en el gobierno y la clase política en el poder, que se ve interpelada por las protestas de los colectivos. Orientado a la construcción de una identidad colectiva basada en la idea de pueblo como un elemento aglutinante de las demandas y las aspiraciones políticas de la sociedad, construye una idea de puridad basada en la atención de las víctimas como sujetos afectados por un proceso previo de descomposición social atribuido al régimen neoliberal, que deben ser atendidos en su individualidad y a partir de la intervención sobre las causas sociales de la violencia (pobreza, falta de acceso a educación y a empleo). Lo impuro, entonces, será atribuido a la reproducción del antiguo régimen, considerado como corrupto, criminal y enemigo del pueblo: sea a partir de la politización de las intervenciones públicas, la irracionalidad de las críticas al desempeño gubernamental, y la vinculación directa o indirecta a los políticos neoliberales. 13 Parafraseando a Alexander y Tognato (2018) , se trata de actores que habiendo venido de una trayectoria de movilización civil, señalan su componente liberal como una limitante en un vínculo más cercano entre gobernantes y gobernados.
Finalmente, emerge un discurso proveniente de actores ciudadanos que al no estar plenamente vinculados a la problemática de la desaparición y saberse directamente interpelados por los colectivos como un sector social insensible, se distancian emotiva y políticamente del discurso de los colectivos y de las protestas consideradas radicales, aunque sigan manteniendo dentro de sus parámetros de pureza moral la libre manifestación de las ideas y el comportamiento ciudadano pautado por un Estado de Derecho vigente. Es decir, la única forma legítima de incidencia pública, de vinculación política y de relación con el Estado es a partir de la conducción de las demandas mediante un vínculo no contencioso con las instituciones, y la no afectación de terceros. 14 Se enfatiza la presencia de un discurso basado en la asignación de sentido de la ciudadanía como elemento integrador, en oposición a un sentido de ciudadanía como una forma de fragmentación de lo social, muy similar a las críticas que algunos sectores sociales han hecho a diversas movilizaciones feministas como el movimiento #MeToo (Arteaga y Cardona, 2020) .
En suma, vemos una serie de narrativas que proponen formas distintas de cambio social, que difieren en términos de la relación entre transformación y orden. Los colectivos sostienen la necesidad de poner en crisis un modelo de relaciones sociales que ha perdido el valor moral de la empatía y el apoyo al prójimo, expresado en el abandono social y político a las víctimas, apelando a una estructura de sentido basada en el valor moral del amor materno y los vínculos familiares; el gobierno estatal sostiene la necesidad de apoyar un nuevo orden establecido en el que todas las necesidades sociales (incluida la atención a víctimas) deben ser atendidas en su individualidad, sin intermediarios, e institucionalmente; y un sector ciudadano no vinculado a partidos políticos considera importante la libre expresión y el control ciudadano al gobierno, pero rechaza sentirse responsable de la condición victimal de los familiares de desaparecidos, y establece diferencias entre la buena manifestación (sin causar afectaciones a otros ciudadanos, sin dañar edificios o monumentos) y la mala manifestación (perjuicio a ciudadanos y empresarios, daño al patrimonio).
Niveles de visibilidad del performance y relación estructura-agencia
De acuerdo con el análisis, es posible sostener junto con Turner la existencia de dos niveles diferenciados de visibilidad del performance de la protesta de los colectivos: un nivel explícito, en el que se manifiestan posiciones claramente encontradas entre un actor colectivo que busca visibilizar una condición social para generar acciones concretas y una contraparte que le descalifica y cuestiona sus acciones y narrativas, buscando activamente su visibilidad y expresándose en la escena pública (espacios de mayor afluencia vial, medios de comunicación masivos, publicaciones en redes sociales); y un nivel no explícito, en el que, fuera de escena e intencionalmente desarrollado en lo más oculto del desarrollo del performance, las solidaridades y las emociones contienen la protesta, generan matices morales y evitan un desborde agencial que genere rupturas en un vínculo básico de lo social (Turner, 1988).
En el nivel explícito, la escenificación implica una intencionalidad de expresar claramente las posiciones de cada actor. Los colectivos hacen patente su crítica tanto al gobierno y su falta de eficacia en las búsquedas de los desaparecidos, y a una sociedad denunciada como poco solidaria e insensible, haciendo patente una crítica de un modelo de sociedad que elude tocar e intervenir en el tema de las desapariciones y la violencia. Los actores gubernamentales de alto perfil defienden públicamente sus acciones, minimizando las expresiones de protesta a través del acto de “informar al pueblo” y “no politizar” 15 los temas públicos. Y los actores ciudadanos se expresan a partir del rechazo a la protesta cuando consideran que son afectados sus intereses, su “derecho de tránsito”, y criticando lo que denominan como “las formas correctas” para protestar. En ese sentido, Alexander (2005) explica esta relación entre performance y agencia en la medida que el performance, en su nivel explícito, opera como una forma de pragmática cultural en la que actores individuales o colectivos buscan generar acciones a partir de la exhibición para otros de su situación social.
En cambio, en un nivel no explícito del performance, los vínculos personales y afectivos funcionan como un mecanismo social de solidaridad y contención, en el que la cercanía moral, logística y afectiva de algunos actores estatales pone freno a un rompimiento total de los colectivos con lo político y lo social. En este nivel, los funcionarios gubernamentales a nivel de calle acompañan a los familiares de desaparecidos usando sus propias funciones y atribuciones institucionales para brindarles apoyo, o incluso de manera más personal a través de proveerles de alimentos, abrigo, agua, comunicación, entre otros bienes, sin que esto necesariamente sea una consigna estatal o institucional. Lo que sostiene esta solidaridad es la reproducción de valores como la empatía hacia un otro sufriente (el dolor de una madre sin sus hijos, me decía una trabajadora de la Comisión Estatal de Búsqueda) sin importar las mediaciones estatales o institucionales, y el valor moral de los vínculos familiares para las familias xalapeñas. Es decir, lo no explícito, a diferencia de lo que propone James Scott (1988) en torno a los discursos y espacios ocultos en una relación de subalternidad, no opera en este caso como un espacio de resistencia. No al menos para las víctimas. Aquí se desarrollan vínculos afectivos y solidarios que derivarán en la visualización de matices en el discurso público de los familiares de desaparecidos en torno a su crítica al gobierno y la sociedad. No toda la sociedad es insensible, ni todo el gobierno es ineficaz o poco empático: hay actores solidarios que brindan esperanza a las personas manifestantes.
El performance opera como una puesta en escena que va más allá de la expresión de subjetividades que fuerzan los límites de lo social; de hecho, la interpelación al gobierno como un actor que puede solucionar el problema de las búsquedas de desaparecidos y la atención a víctimas sigue dando fuerza política al Estado, así como también el recurso simbólico de la toma de las calles y plazas públicas como un acto de apropiación del espacio público, o la resignificación de edificios y monumentos durante el performance, e incluso el mantenimiento de relaciones solidarias en lo personal con funcionarios gubernamentales de bajo nivel, actualiza el vínculo afectivo y solidario de los manifestantes con lo social. De acuerdo con Durkheim, estas manifestaciones morales y solidarias, llevadas a cabo por deseo propio de los actores con un sentido de abnegación, reivindican el vínculo y la estructura sociales, más allá de romperlos (Durkheim, 2006 y 2016).
Como se anticipó en el apartado de descripción del performance, es importante destacar en el análisis que la fase de crisis de la protesta, como en otros tipos de performance ritual o político, desdibuja aquello que es implícito y explícito, y con ello todo se vuelve eminentemente explícito en el performance de la protesta pública de los colectivos. La sacralización de las personas desaparecidas, es decir, el estatus simbólico en el que se vuelve inmoral y sancionable el cuestionamiento de cada caso de desaparición, se hace evidente en este momento de la protesta. Esta confrontación de la sacralidad se da en el momento más liminal del performance, y en este mismo también se busca activamente el desdibujamiento de las diferencias entre todos los participantes del mismo. Los funcionarios de alto y bajo nivel se vuelven seres liminales que no tienen estatus, propiedades, distintivos, o si los tienen, no son reconocidos por las personas que desarrollan la protesta (Turner, 1969: 95) . La puesta en escena del communitas, es decir, del vínculo homogéneo e indiferencial entre los actores que participan en el performance (Turner, 1969: 96), permite una efectiva interpelación de las autoridades que en otro momento son vistos como una autoridad desligada de la cotidianidad de los gobernados, y, por lo tanto, refuerza el mensaje de los actores en protesta en torno a la urgencia de la atención a los casos de desaparición. Así también es importante destacar que esta fase liminal tiene efectos prácticos en la constitución de una identidad común entre los integrantes de los colectivos, reafirmando los lazos emocionales, afectivos y políticos que supone la experiencia de protestar en conjunto; es decir, se genera una comunidad político-afectiva, y una experiencia de socialización política en colectivo (Robledo, 2017; Gordillo-García, 2023) .
Conclusiones
El estudio de las protestas públicas de los colectivos de familiares de desaparecidos permite entender la movilización social no solamente como un mecanismo subjetivante y agencial, sino como la reproducción de estructuras de relaciones sociales, de significaciones y de vínculos de poder político. Aunque la sociología cultural de Alexander pone un énfasis muy fuerte en el carácter transformador del performance, es importante tener en cuenta que los alcances de dicha acción simbólica están limitados tanto por estructuras de sentido como de relaciones políticas y económicas, por lo que su potencial transformador está determinado por condiciones estructurales situadas. En ese sentido, la gran paradoja de la acción cultural performática es que a pesar de la persistente movilización de familiares de desaparecidos, las cifras de desaparición forzada y por particulares sigue, así como también las deficiencias en la atención a víctimas por parte del Estado y la estigmatización desde entornos cotidianos hacia los desaparecidos y sus familiares (González-Villarreal, 2022) .
Las protestas de los colectivos de familiares de desaparecidos, como productos culturales, no sólo se explican desde una narrativa liberal-democrática que divide al mundo en términos de lo positivo y lo negativo para la consecución de una sociedad democrática. Aunque la propuesta de Alexander permite entender cómo es que el trauma puede ser pensado como un mecanismo de motivación de acciones y narrativas orientadas a la acción social en general y la reivindicación de ciertas banderas social liberales, también es importante tener en cuenta que el dolor, la pérdida, la impotencia y la frustración también coexiste con la solidaridad y la construcción de vínculos afectivos que no necesariamente tienen anclaje en el control estatal u otras características del discurso civil. Los vínculos afectivos, emocionales y simbólicos que se expresan dentro de la protesta también adquieren sentido en condiciones situadas, en las que el juego de la construcción de la democracia es uno de varios juegos de lenguaje que se ponen en práctica en el debate público.
El estudio de los performances, por lo menos en la lógica propuesta por Alexander, ha privilegiado el estudio de puestas en escena muy puntuales, claramente identificables, y metodológicamente accesibles a partir de referentes como videos, notas de prensa, notas editoriales, etc. Este enfoque tiene la limitación de poner un énfasis analítico más fuerte en la efectividad y éxito del performance como expresión de la agencia social en la esfera pública. Sin embargo, la combinación de este enfoque con acercamientos de tipo etnográfico, y una discusión teórica cercana a la teoría antropológica, permite entender en la práctica a los performances como expresión tanto de dicha agencia social como de los condicionamientos estructurales que unen a los seres humanos en el vínculo social, como ya se ha hecho en otros estudios desarrollados desde el propio programa fuerte de sociología cultural (McCormick, 2017; Broch, 2015) . Por ello, es importante no renunciar al análisis etnográfico de los performances, en la medida que permite una visión más compleja de la pragmática cultural y de los anclajes localmente situados de la acción performática.










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