Introducción1
La diáspora haitiana no es un fenómeno reciente en Chile, pues existen antecedentes de que desde el año 1990 arribaron personas religiosas, estudiantes y diplomáticos, siendo muy pocos los casos (Audebert y Joseph, 2022) ; pero el aumento de este colectivo se acrecentó en Sudamérica con el sismo de gran intensidad de 2010 en Haití, en el cual personas murieron y otras miles huyeron buscando mejores oportunidades sociolaborales y seguridad. En Chile, el ingreso fue fundamentalmente entre 2010 y 2018, disminuyendo después las entradas a causa del estallido social, la pandemia de Covid-19 y las medidas estatales discriminatorias antihaitianas, especialmente el requisito de la visa consular de turismo a partir de 2018.
El objetivo de este artículo es identificar y analizar los espacios laborales segregados y el racismo que experimentan las personas haitianas en Santiago de Chile. La metodología usada es de corte cualitativa con técnicas como la entrevista y la observación donde estudiamos la información producida con análisis de contenido cualitativo. La información recopilada sostiene que una vez instalado este colectivo en el país, se encontraron con barreras de idioma y la negación de reconocimientos de títulos de secundaria, enseñanza técnico profesional y profesional universitaria, teniendo que inclinarse por empleos con baja cualificación laboral, informales y a veces irregulares que conllevó a insertarse en espacios laborales sin protección social y conviviendo cotidianamente con el racismo, porque eran marcadas y diferenciadas por el color de su cuerpo y su procedencia nacional. Las limitaciones de la investigación tienen relación con el desconocimiento del creole, que dificultó traducir algunas expresiones emanadas por las personas entrevistadas.
El artículo está compuesto por los apartados que se describen a continuación. La introducción presenta el objetivo, la metodología y los principales resultados del estudio. El capítulo “Antecedentes del colectivo haitiano en Chile” es un breve marco explicativo sociopolítico, económico y de datos para situar los procesos migratorios haitianos. Los “Apuntes metodológicos” describen la metodología empleada, cualitativa, con entrevistas y observaciones, análisis de contenido cualitativo y resguardos éticos. El capítulo “Migración y racismo en las lógicas del mercado laboral” discute con miradas teóricas e investigaciones previas sobre la contribución al análisis del capitalismo actual y empleo migrante, espacio laboral, segregación laboral y racismo. En el capítulo “Mercados laborales y racismo en el colectivo haitiano en Santiago de Chile” se analizan los hallazgos con las miradas teóricas-conceptuales antes señaladas, en que el racismo estructura las relaciones sociales cotidianas que están fijadas por jerarquías y privilegios por los marcadores de color de piel, clase y nacionalidad.
En el capítulo “Discusión” se analizan los resultados de la investigación con los conceptos presentados en el marco teórico, con el fin de contribuir a los estudios sobre migración, trabajo y racismo. El último capítulo “Conclusiones” reflexiona sobre las características de origen de las personas entrevistadas que son transformadas cuando habitan Chile porque deben insertarse en espacios laborales segregados, informales y de muy baja cualificación, que conlleva a que cotidianamente convivan con el racismo por sus marcadores y diferenciadores de color, clase y origen que fija gran parte de la sociedad chilena hacia este colectivo.
Antecedentes del colectivo haitiano en Chile
Históricamente, Haití ha estado sometido a crisis sociopolíticas, económicas y naturales que han fracturado la estructura social del país, con consecuencias excesivas de pobreza e incertidumbre, forjando dinámicas de movilidad externas y conllevando a una constante crisis humanitaria (Audebert y Joseph, 2022; López y Wessel, 2017). Desastres socioambientales como el terremoto de 2010 y los huracanes ocurridos en este país han generado que el colectivo haitiano migre con más fuerza hacia Sudamérica a partir de 2010 (Audebert y Joseph, 2022; Cejas y Ramírez, 2022; López y Wessel, 2017; Maroni da Silva, 2022; Nieto, 2022) y arribe a Chile en años en que era considerado con un buen crecimiento económico, políticamente estable y seguro para vivir, cuando otros colectivos de migrantes latinoamericanos y del Caribe ya se encontraban instalados en sus principales ciudades.
Entre los años 2000 a 2009, una vez asentado el colectivo haitiano en Chile, se entregaron poquísimos visados (656) para estas personas, según el Centro Nacional de Estudios Migratorios (CENEM, 2018). A partir de 2012 y hasta 2018, se produjo un aumento sostenido del colectivo haitiano ingresando a Chile, contabilizándose en 2018 un poco más de 20% de visados para las personas haitianas, en relación con el total nacional de la población migrante residiendo en el país, siendo una cifra significativa que posteriormente, entre 2019 y 2020, disminuyó a más de la mitad los visados, como también, siguieron mermando por el cierre de las fronteras y la pandemia Covid-19 en 2021 (Orrego, 2022).
Se constata también que 74,0% de personas pertenecientes a este colectivo cuentan con ingresos menores a $400.000, siendo el salario más bajo, relacionado con sus pares de otras nacionalidades, y el 30,7% ha tenido un trabajo no cualificado de acuerdo con las cifras del Centro Nacional de Estudios Migratorios (CENEM, 2018). Principalmente residen en la Región Metropolitana, y en comunas sureñas y nortinas del país. Con estos antecedentes se puede comprobar que la participación laboral de los haitianos estuvo aumentando progresivamente desde comienzos de la década pasada hasta 2018, porque hubo una mayor participación laboral a pesar de que las condiciones sociolaborales no eran las óptimas y dignas.
En cuanto a la política nacional sobre migración en Chile, se conoce que hasta mediados de abril de 2018, el ingreso de personas haitianas se produjo con más cautela porque las políticas restrictivas del gobierno de S. Piñera dificultaron la entrada y tuvieron que solicitar un visado en el consulado de Haití. Esta visa permitía vacacionar por treinta días y sin derecho a emplearse en Chile, en relación con otros países que contaban con el permiso regular de turismo por noventa días, evidenciando una diferencia según nacionalidad. Trabalón (2018) destaca de ese momento que el proceso administrativo tuvo un carácter selectivo con características claras de discriminación hacia el colectivo haitiano. El Estado chileno, con base en la gobernabilidad migratoria sudamericana e instalada con el tiempo en Chile, año tras año más securitista, acrecentó los prejuicios y las discriminaciones para la migración haitiana con medidas expulsoras y restrictivas (Stang et al., 2020).
El colectivo de personas haitianas en su trayectoria por Chile se ha encontrado con diversas exclusiones, así como sucedió con el “Plan de Retorno Humanitario Ordenado” de 2019 como parte de la política migratoria chilena, en que el colectivo haitiano denunció que el Estado estaba provocando una deportación forzada, enlazándolo con delincuencia, pobreza e inseguridad ciudadana. En efecto, la gobernabilidad migratoria instalada en Chile generó que se legitimara la “retórica de los derechos humanos y humanitaria, articulada a la de la gestión y administración eficiente, el rol funcional que desempeña el control migratorio en el capitalismo contemporáneo” (Stang et al., 2020: 21).
Asimismo, los nacidos en Haití se han encontrado con diferenciadores que los margina en las interacciones cotidianas, y como señalan Berríos-Riquelme et al. (2023) , las personas migrantes son excluidas por aspectos sociodemográficos como el país de origen, sexo y vinculación con otras personas migrantes. Por ello es que cuando las personas haitianas se encuentran en la metrópolis, perciben un rechazo pues la figura de la migración “negra” está asociada al estigma social, y como señala Tijoux (2014) , el cuerpo negro es percibido como “otro” que carga en su piel el estigma social. La realidad que viven los residentes haitianos en el Gran Santiago permite reflexionar sobre las relaciones que se observan y materializan en los mercados laborales en que se emplean, e identificar cuáles son las expresiones de racismo.
Apuntes metodológicos
El estudio que presentamos es de tipo descriptivo, analizando los espacios laborales en que se desempeña el colectivo haitiano. La metodología es cualitativa con observaciones etnográficas y entrevistas en profundidad. El trabajo de campo se realizó entre 2016 y 2023, y las transcripciones de las entrevistas fueron realizadas tal como expresaba cada narrativa, con el fin de validar el conocimiento del lenguaje de uso diario, adquirido y aprendido por las personas entrevistadas. Se utilizó un consentimiento informado que fue firmado por los interlocutores, pero los nombres usados en el documento son ficticios a modo de proteger la confidencialidad.
Inicialmente, las personas haitianas fueron contactadas por actores clave y luego se continuó con la técnica de bola de nieve en el trabajo de campo, las observaciones permitieron registrar y caracterizar lugares y actividades laborales desempeñados por este colectivo. En el presente artículo analizamos con mayor atención los empleos ejercidos en los mercados mayoristas denominados popularmente como Vegas, y a las empresas de construcción inmobiliaria ubicadas en Santiago. Las entrevistas y las observaciones en terreno permitieron proporcionar información empírica para categorizar y realizar análisis de contenido cualitativo. Por ello se diseñó una planilla Excel donde se incorporaron los relatos relacionados con cada categoría del objetivo propuesto; tipos de empleos, espacios laborales y experiencia de racismo en estos lugares.
Algunos criterios de selección de los 29 entrevistados fueron: personas haitianas mayores de 18 años que vivieran en comunas de la provincia de Santiago que comprendieran el lenguaje español chileno y que tuvieran experiencia laboral en el país. Las entrevistas fueron realizadas en casas particulares, plazas, mercados mayoristas, iglesias evangélicas, liceos y consultorios médicos públicos de comunas pertenecientes a la ciudad de Santiago.
Respecto a los espacios laborales, identificamos que en los mercados mayoristas se venden productos de origen agrícola como frutas y verduras, el mercado Central se encuentra en la zona norte en la comuna de Recoleta y el mercado Lo Valledor en la zona sur, en la comuna de Pedro Aguirre Cerda. En estos mercados mayoritariamente observamos a proveedores chilenos que emplean a personas migrantes para trabajar como camareros, asistente de ventas, de limpieza y de cocina, y cargadores de cajas o sacos con frutas y verduras. Se realizaron observaciones semanales hasta alcanzar los objetivos planteados en el estudio.
En el barrio República en Santiago Centro, una de las zonas más antiguas de Santiago, donde se encuentran casas en buenas condiciones de habitabilidad que fueron ocupadas por las clases altas en los siglos pasados, se ubican empresas de construcción inmobiliaria. Algunas casas están ocupadas por instituciones educativas de enseñanza superior que prestan servicios educacionales, y otras casas que están más empobrecidas son alquiladas por personas migrantes. A causa de la “burbuja inmobiliaria”, se fomenta la masificación significativa de la construcción y venta de departamentos en edificios modernos que especula alzando los precios, afectando a muchos arrendatarios migrantes.
Se realizaron observaciones en jornadas de mañana y tarde a dos inmobiliarias de la construcción, lugares en que constatamos una participación de personas de origen haitiano que interactuaban diariamente con trabajadores chilenos, latinoamericanos y del Caribe como: peruanos, bolivianos, colombianos, venezolanos y dominicanos, donde prestamos atención a las relaciones asimétricas y diferenciadas de la chilenidad, e incluso de otras personas migrantes, contra personas haitianas.
Migración y racismo en las lógicas del mercado laboral
El modelo capitalista se ha transformado con los años generando una división social del trabajo, cuyo resultado es la acumulación, creando plusvalía en la economía mundo-capitalista, a costa de la clase trabajadora que tiene una importante participación en el mercado laboral perteneciente a empresarios capitalistas que tienen como interés costear el trabajo que se produce y no costear el tiempo de trabajo sin uso porque no genera utilidad (Harvey, 2013; Wallerstein, 1991) . Los empresarios capitalistas consideran que el espacio laboral es variable y sin limitación, esto quiere decir que la fuerza del trabajo que crean los trabajadores puede ser distribuida por continentes, urbes y ruralidades, puesto que los valores que se originan por esta fuerza son minimizados, compartidos y estratificados por etnia, nacionalidad y sexo, y donde la incorporación del empleo migrante se observa a partir del siglo XVIII (Wallerstein, 1991).
En el capitalismo moderno se comienza a ver cómo el trabajo transforma los espacios que va acompañado de la fronterización del mundo actual que está situado el trabajo. En este sentido, la migración y la frontera son elementos claves para comprender cómo la migración tiene un lugar importante en los mercados de trabajo y cómo la frontera es entendida como un método y un lugar de lucha para las personas migrantes que son sensibles en este lugar (Mezzadra y Neilson, 2017) .
En relación con estos antecedentes, las teorías de la migración fueron desarrolladas para explicar la existencia del trabajo migrante de menor cualificación en la industria manufacturera y de la construcción en las décadas de 1960 y 1970, que generó un modelo de análisis de la economía política (Castles y Miller, 2004) . Se observa que con el capitalismo actual, la multiplicación del trabajo produce un proceso de división e intensificación del trabajo porque la vida se coloniza más, se diversifica la división del trabajo y se propagan otras formas de trabajo que van de la mano con la producción, heterogeneizando sus regímenes legales y sociales porque está más fragmentado, conllevando a que las condiciones sociolaborales de la clase trabajadora se transformen (Mezzadra y Neilson, 2017) . Las personas migrantes que están insertas en trabajos con menor cualificación juegan un rol fundamental, porque se ubican en espacios fronterizos que están colonizados por nacionales, con diversificación de tipos de empleos de carácter informal, irregular, realizados en condiciones de miseria y evidenciando una segmentación del mercado laboral para y con migrantes.
Se ha reflexionado sobre el concepto de segmentación de mercado en las lógicas del trabajo relacionado al empleo migrante, los trabajadores migrantes de ambos sexos son clasificados y ocupados en empleos mal pagados, con bajo estatus, discriminados y explotados, produciéndose una segmentación del mercado laboral y mecanismos de diferenciación laboral con discriminadores de género, raza, estatus migratorio, entre otros aspectos (Castles, 2013; Castles y Miller, 2004). Se observa que el racismo institucional y actitudinal opera en las personas migrantes trabajadoras con la segmentación del mercado de trabajo, porque los reglamentos administrativos y legales son restringidos en cuanto a derechos laborales, siendo un hecho discriminatorio, como también son racializados por aspectos socioculturales y diferenciados por capas sociales e insertados en empleos precarizados, sin seguridad social y con desregularización del mercado laboral (Castles y Miller, 2004).
Canales (2018) destaca que la inserción laboral y el origen migratorio de las personas latinoamericanas y del Caribe que residen en Chile está caracterizado por ubicarse en empleos inferiores, precarios y con un salario menor al ingreso promedio mensual del país, siendo segregadas socioeconómicamente y vinculadas con la clase trabajadora nacional, constituyéndose como parte de una migración que se estructura con base en la desigualdad social y diferenciación social, debido a que es discriminada y estigmatizada en este país.
Asimismo, se observa cómo en Chile opera la segmentación laboral en el sector de la construcción, porque usualmente se emplea a personas migrantes por contrato por obra que son encargados de realizar los trabajos más pesados, con baja cualificación y precarios, enfrentándose a distintos tipos de vulnerabilidad porque no pueden exigir sus derechos laborales al encontrarse en una condición migratoria irregular, siendo seleccionados por empleadores porque son “más económicos”, no se costea la seguridad social y el finiquito, y frecuentemente están expuestos al incumplimiento de las normativas laborales a nivel nacional e internacional (Stefoni et al., 2017) .
En este sentido, los procesos migratorios son parte de la reproducción del sistema capitalista global; según Canales (2015) , contribuyen en la reproducción de lo social con la producción de desigualdad social y de estructura de clases en los países de origen y de llegada porque se genera una fuerza de trabajo en entornos medios y altos en los países de llegada. Asimismo, detalla que a causa de la migración aumenta la tasa de natalidad en los países de llegada y la proliferación de la reproducción demográfica, y en el ámbito de la reproducción del capital implica llevar una fuerza de trabajo de los países de orígenes hacia países de llegada con mejores economías que, en efecto, genera envío de remesas hacia países de orígenes.
Al respecto, y debido a estas realidades, es que las desigualdades están completamente relacionadas con la segregación laboral y el racismo, puesto que conlleva a una diferenciación laboral entre “pares” trabajadores, generando más inequidad para la comunidad migrante que está inserta en los mercados nacionales y transnacionales de corte neoliberal. Para Magliano y Mallimaci (2018) , la segregación laboral se manifiesta en los mercados de trabajo donde se reúnen a personas de similares rasgos de tipo económico, cultural, político y social, y que tienen acceso a tipos de empleos excluyentes. Y como sostiene Massey (1999) , las personas jóvenes migrantes se encuentran vulnerables en los mercados de trabajo, puesto que son reclutadas e insertadas en los estratos inferiores donde se ubica a la clase obrera, porque la categoría clase tiene relevancia en los procesos migratorios y en el mercado de trabajo desigual que recorren.
La segregación laboral determina los espacios sociales y laborales que transita una persona migrante; para Bourdieu (1998) , el espacio social está determinado por las experiencias cotidianas que se presentan en las relaciones sociales entre individuos, y pueden ser en el espacio social como el trabajo, la escuela, la sociedad o distintos espacios sociales donde se manifiestan las relaciones diarias. En el espacio social se manifiesta la segregación laboral que presta atención a las diferencias y divisiones sociales que presentan las personas migrantes, y donde la diferenciación espacial es notoria entre las personas nacionales y no nacionales, donde las primeras son posicionadas como mejores, mientras que las segundas como migrantes son segregadas con empleos con menor cualificación en espacios laborales inferiores e informales.
Por racismo entendemos un fenómeno social que se sustenta sobre la base de prácticas, discursos y representaciones que se reflejan en los discursos de superioridad e inferioridad racial, reflejado en humillaciones, desprecios y formas de violencias que se van articulando a estigmas de alteridad como la práctica religiosa, el color de piel y el apellido, y asociando a la migración con raza (Balibar, 1991) . Mientras que para Memmi (2010) el racismo legitima su dominación a través de marcas de violencia e injusticia que establece el dominador a través de los privilegios y anulación del dominado que presenta una raza impura y detestable, la persona racista es quien ostenta su raza superior, pura y con privilegios sociales, y que establece diferencias biológicas con el otro por el color de piel, olor corporal, características físicas y formas de relacionarse. En efecto y siguiendo con el autor, una persona racista es quien tiene acciones desiguales, privilegiadas y superiores en contra de una persona que será sacrificada por el racista; por tanto, entregarle valor al racismo significa otorgarle importancia a las diferencias biológicas que se manifiestan de manera real o imaginadas a raíz de la desigualdad, y de los procesos de la globalización que son fundamentales para reforzar discursos sociales sobre el racismo que ejerce un grupo de personas hacia otro grupo con menor valoración (Memmi, 2010).
Grosfoguel (2016) puntualiza que existe el “yo” opresor racial de clase que con sus privilegios se posiciona en la línea superior de lo humano, y que bajo esta línea se encuentra la inferior de los dominados por características raciales y de clase, que son una consecuencia de los procesos de opresión y negación de las identidades en la colonización en América que utilizó marcadores raciales, biológicos, culturales y religiosos. En esta idea, el racismo se sitúa sobre la línea de lo humano en la zona del ser, con superioridad y jerarquía contra quienes se ubican en la zona inferior del no ser, dichas ideas son tomadas de Fanon quien destaca que serán considerados seres humanos con todos los privilegios y con acceso a la estructura sociolaboral y ciudadanía, mientras quienes se ubican en la zona inferior del no ser serán considerados como infrahumanos o no humanos, y con una humanidad negada y cuestionada (Grosfoguel, 2012 y 2016).
Rodríguez y Gissi (2020) mencionan que el colectivo haitiano se encuentra conviviendo con esquemas de clasificación para acceder a distintos medios laborales que están fijados por dos regímenes como “deseable-no deseable; bueno-malo; mejor-peor; legítimo e ilegítimo” (Rodríguez y Gissi, 2020: 157), observándose una racialización de las relaciones de producción de un segmento social que frecuenta trabajos irregulares. Como también, el país de nacimiento y el tipo de educación que alcanzaron en el país de origen son características discriminatorias que se materializan en los mercados de trabajo que frecuenta el colectivo migrante, porque se piensa que al tener estas particularidades producen menos por la deficiencia del idioma, por la falta de reconocimiento de títulos y por la inexperiencia laboral, conllevándolas a discriminaciones institucionales y de interacciones con quienes se vinculan en estos espacios (Cachón y Aysa-Lastra, 2021).
Es fundamental reflexionar y analizar las ideas expuestas con el fenómeno migratorio haitiano e identificar cómo el racismo que experimentan las personas entrevistadas influye en la búsqueda de empleos y en la convivencia en los diferenciados mercados laborales que transita este colectivo en las zonas urbanas de la metrópolis santiaguina.
Mercados laborales y racismo con el colectivo haitiano en Santiago de Chile
Constatamos a través del trabajo de campo que el colectivo haitiano está ubicado en el último eslabón del empleo migrante de la economía nacional porque realizan empleos de baja cualificación con salarios exiguos y experimentando diversos tipos de violencia. Algunas personas entrevistadas se emplean con jornadas extensas de trabajo en los mercados mayoristas que pertenecen a la economía nacional y ubicadas en comunas del Gran Santiago. La experiencia de Leandre (28 años) es la siguiente:
En la Vega yo trabajo desde las 3 de la mañana, termino a las 12:00 hrs. o a 13:00 hrs. de tarde, yo tuve que cargar un palet de cuarenta cajas de plátanos amarillo y aparte plátanos verdes (…) me gusta porque no hay otro pero quiero un trabajo con contrato (Leandre, comunicación personal, 19 de septiembre de 2017).
En los relatos del colectivo haitiano entrevistado detallan que están empleados irregularmente en estos mercados, desempeñando empleos como cargadores, ayudantes de ventas, auxiliares de limpieza e improvisando pequeñísimas tiendas para vender productos locales y/o de origen extranjero, y a pesar de que estos mercados no son lugares deseados para trabajar de igual forma permanecen en ellos con la esperanza de conseguir un contrato de trabajo y regularizar su condición migratoria, así como menciona Jean Paul (29 años):
Tú sabes que cualquier trabajo para buscar ahora, la primera cosa que piden para el trabajo es el papel, si no tengo el papel no consigo (...) Sí he buscado trabajo porque el trabajo que tengo en la Vega ya no me gusta, pero yo no consigo el papel. El primer jefe me presentó “bien el trabajo” y me dice: “ayuda a mi hermano” y tengo que levantar cajas de manzanas y trabajo de noche y en el día (Jean Paul, comunicación personal, 20 de agosto de 2017).
Al constatar las inadecuadas circunstancias laborales y pese a que será infructuoso persistir en la búsqueda de un contrato de trabajo, continúan deambulando por otros mercados laborales informales donde el anhelo está cargado con intentar conseguir un contrato laboral, como señala Emeline (31 años): “No me gustaba el trabajo [en La Vega\ pero tenía obligaciones de quedarme por el documento [...\ trabajé como siete meses, yo dejé ese trabajo y me fui a un restaurante que era peruano” (Madriaga-Parra, 2020: 263 ; Emeline, comunicación personal, 16 de febrero de 2017). Al referirse a documento o papel aluden a un contrato de trabajo que permitirá obtener la cédula de identidad nacional que ilusionados piensan que les abrirá las puertas a mercados laborales formales y en mejores condiciones. Asimismo, como puntualiza Madriaga-Parra (2020), el nexo laboral para encontrar trabajo en los mercados mayoristas tiene relación con la “herencia laboral” entre el mismo colectivo, es decir, estos trabajos irregulares y precarios son traspasados a familiares y conocidos con el objetivo de beneficiar a un consanguíneo que ha llegado recientemente al país.
En el espacio laboral de los mercados mayoristas, prestamos atención a cómo son las interacciones de personas chilenas con migrantes haitianos. Advertimos que una parte de la sociedad chilena a través de discursos de no aceptación y prácticas violentas deja en manifiesto que la migración haitiana por portar su negritud y por pertenecer a un país con características de pobreza y color no es bienvenida al país. También observamos que las personas entrevistadas están expuestas a trabajos con menor cualificación en relación con otras comunidades de migrantes y reciben tratos vejatorios por jefes, por colegas que trabajan en estos mismos lugares y por clientes que asisten a estos mercados, siendo humilladas con blasfemias que aluden a su origen “desgraciado”, a su color de piel y a su clase, y haciéndoles notar la diferencia entre el nosotros chilenos y el “otro” cargado de diferenciadores y estigmas. La realidad que soporta la migración haitiana es de sufrimiento porque durante años se ha reportado que son violentados y abusados sociolaboralmente (Carrère y Carrère, 2021; Chilevisión Noticias, 2017; Labbé, 2018).
La labor de cargador que es realizada por migrantes haitianos consiste en cargar físicamente frutas y verduras en sacos o cajas, y por parte de las jefaturas infringen la ley que contempla no exceder un cargamento humano por más de 25 kilogramos. Por las tardes se informa si deben o no presentarse a cargar en la madrugada siguiente, mientras que otros cargadores omiten dicha información y asisten para asegurar un lugar de trabajo y una baja paga diaria. Reconocemos a Emile (35 años), un profesor de enseñanza primaria y secundaria en Haití que ha tenido que desempeñarse como cargador una vez llegado a Santiago de Chile, porque sus estudios universitarios no son reconocidos en el país. Emile menciona lo siguiente:
¿Tu jefe de qué país es?
Chilenos, tres...
¿Tienes tres jefes chilenos?
Sí... tres jefes chilenos.
¿Cómo son contigo?
Uno bueno y otro, plus ou moins, más o menos... ¿Por qué? Toca poto [culo\ el hombre. Sí, ¡toca! es un problema, yo necesito trabajar, eso necesito, otro trabajo…
¿Te trata mal el jefe?
Plus ou moins, más o menos, saca la lengua y dice hueón…
¿Te molesta, te da pena, te pones triste?
Sí, porque yo soy de un país extranjero, me hace falta trabajar y si yo tengo otro trabajo, no trabajaría ahí…yo trabajo en la Vega para pagar mi casa para comida, si no trabaja yo no como. Yo trabajo en carga de plátanos, cuarenta cajas enguinchar en un pallet para cargar camión. Trabajo lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, trabajo desde las tres de la mañana hasta las doce o una de la tarde, pagan 15.000 mil pesos al día (Madriaga-Parra, 2020: 301; Emile, comunicación personal, 13 de agosto de 2017) .
El cuerpo “negro-caribeño-haitiano” como categoría racial (Madriaga-Parra, 2020) , pasa a constituirse en un cuerpo deseado, pero violentado a la vez, distinguiéndolo como un cuerpo animalizado y asociado a la barbarie, expuesto a la humillación y a las violencias racial y sexual, porque se deduce que puede recibir tocaciones sin su consentimiento. Observamos relaciones asimétricas del jefe hacia el empleado haitiano, el nacional tiene el poder de dar a conocer las reglas del juego laboral y el “otro” migrante haitiano debe acatarlas. Cuando se ofertan y trazan las pautas que deben ser seguidas, éstas a veces no son entendibles porque el idioma y las expresiones chilenas no están bien incorporados en la vida cotidiana del colectivo haitiano que les impide entender si las condiciones sociolaborales son mejores o no. El oficio cuenta con agotadoras jornadas de trabajo, es mal pagado y desafiliado al sistema de salud, que es una demanda necesaria que aflora en los relatos.
Otro entrevistado, Jean Paul (29 años), comenta que trabajaba como supervisor en una finca agrícola en Haití y que tenía a cargo a connacionales que se empleaban como jornales en la finca, pero en Chile ha tenido que experimentar un nuevo tipo de empleo como cargador en la Vega, y revela su experiencia: “A mí no me gusta trabajar [en la Vega\, el trabajo que tanto que pesa. Y uno no tiene su carné y si un día está enfermo para ir al hospital, no es bueno para nosotros” (Jean Paul, comunicación personal, 20 de agosto de 2017). El trabajo de cargador es un trabajo no deseado por los hombres haitianos porque requiere de un esfuerzo físico mayor que con el tiempo provoca lesiones; este tipo de empleo reemplaza en parte la mano de obra con muy poca cualificación de algunos hombres chilenos que no desean insertarse en este espacio laboral porque es un trabajo mal remunerado e inhumano.
Identificamos que este tipo de trabajo es realizado por grupos de migrantes haitianos que se encuentran en condiciones marginales, vulnerables y de sobrevivencia cotidiana que conlleva a una segmentación del mercado de trabajo en el espacio laboral. Estas personas al no contar con un empleo formal son invisibilizadas sin acceso a la seguridad social, menos a las redes socioeducativas que devienen de la interacción en el trabajo formal que la migración haitiana no alcanza a tener por su inestabilidad sociolaboral.
Reconocemos que las características sociolaborales y educativas son heterogéneas del colectivo haitiano entrevistado, y designadas como perfil de origen que tiene relación con su práctica anterior en el país de origen y/o residencia antes de arribar a Chile (Madriaga-Parra, 2020) . Mayoritariamente, residían en la capital Puerto Príncipe y otras personas en departamentos pertenecientes a zonas rurales en Haití. Se ocupaban en cargos profesionales, técnicos y como pequeños vendedores con empleo formal y salario fijo mensual en las zonas urbanas, y operarios con menor cualificación en las zonas rurales, mientras que algunas también estudiaban en la capital (Madriaga-Parra, 2020). Se ha identificado y analizado que quienes contaban con empleos profesionales y oficios cualificados en el lugar de origen han visto cruelmente transformadas sus principales actividades laborales una vez llegado a la ciudad de Santiago, porque en la búsqueda de empleo transitan en espacios laborales informales con tratos inhumanos y expuestos a condiciones de explotación en los mercados mayoristas y en las construcciones inmobiliarias. Puesto que se encuentran con una superexplotación de la fuerza de trabajo (Marini, 2015) , porque habitan espacios laborales precarizados y desprotegidos socialmente por su condición administrativa migratoria de carácter irregular, que conlleva a insertarse en mercados laborales informales donde no se valora la fuerza laboral migrante, por parte de los empleados que están en los mercados laborales capitalistas periféricos. Para el caso de las personas entrevistadas que son profesionales, una vez instaladas en Chile se encuentran situadas en la base del mercado laboral segmentado y diferenciado porque están obligadas a insertarse en un puesto laboral irregular y de baja cualificación, quedando sociolaboralmente excluidas, porque sus conocimientos no son reconocidos en el país. Se han observado también jerarquías de superioridad en los mercados mayoristas que provienen de personas chilenas, y de otras personas migrantes de distintas nacionalidades que disputan los mercados laborales que están empleadas informalmente, pero en “mejores condiciones” que las personas haitianas entrevistadas. Reconocemos en esta idea que se arman alianzas racistas de chilenos y migrantes para violentar a las personas haitianas. Renaud (30 años) describe su experiencia:
Cuando uno va a una pega como el haitiano, dicen: el negro va a buscar pega y no dan porque solo tienen a los peruanos. Hay un chileno y peruano, y también tienen palabra mala [palabrotas\ y eso a mí no me gusta, hay quienes dicen mala palabra como “negro culiao”.
Hay un amigo [haitiano\ que trabaja y dijeron que él era malo para la pega ¡mentira! porque su raza no queda bien porque es haitiano, es negro y no lo quieren. El encargado es un peruano, ahí entrevista a un haitiano y no lo quiere y dice que no y contrata al amigo de él (Madriaga-Parra, 2020: 306 y 307; Renaud, comunicación personal, 24 de septiembre de 2017).
La frase “negro culiao” es periódica en las narrativas de las personas entrevistadas y es una expresión utilizada por las personas chilenas para despreciar, ofender, humillar y violentar al cuerpo “negro” haitiano, que denota hipersexualización por el color de piel; su “raza”, que se nutre con la acción del racismo que ejerce jerarquía, dominación y superioridad racial de las personas chilenas hacia el “otro” negro haitiano racializado.
Ahora bien, observamos que debido al boom inmobiliario, existe una gran oferta de trabajos en la construcción, donde mayormente las personas profesionales y técnicos son hombres chilenos que organizan y ejecutan las labores técnicas. Describiremos y analizaremos cómo la segregación laboral y el racismo alimentan las diferenciaciones sociales que recibe el colectivo haitiano en el lugar de trabajo como la construcción inmobiliaria, donde mayormente trabajan como jornal cargando materiales de construcción y también como auxiliar de limpieza. La experiencia de Jean (35 años) trabajando como limpiador en el rubro de la construcción es la siguiente:
Hay mucha gente que abusa de nosotros porque no conocemos la ley [laboral\ y no sabemos cómo funciona el país y cuando se encuentra trabajo nos pagan a nosotros muy menor del salario normal. No sé si ellos discriminan a los argentinos o a los brasileros, o no sé a los peruanos, a los bolivianos, no lo sé, entonces a nosotros los haitianos ¡sí! ¡sí!, y ¡mucho! El tema más abusivo es dentro de las empresas de trabajo, es el primer sector que abusan mucho de los haitianos porque es más fácil porque primera cosa los haitianos no conocen bien el idioma, no conocen bien la cultura del país, y segundo depende de la historia de Chile porque no sé si saben que hay otras razas de color en el planeta o en el mundo porque parece que a ellos les molesta mucho este color de raza. Trabajé con dos empresas que hacen construcción y ellos saben que tratan mal a la gente y tratan mal a los extranjeros (Madriaga-Parra, 2020: 306; Jean, comunicación personal, 13 de octubre de 2017).
Observamos que las personas entrevistadas están ubicadas en un espacio laboral diferenciado y adjudicándoles los peores empleos en relación con sus “pares” migrantes. Distinguimos en las afueras de una obra de construcción la interacción de trabajadores chilenos y un trabajador haitiano. Inferimos que son todos jornales a excepción del jefe chileno que porta un casco de color blanco, estos invitan a un haitiano a formar parte de un círculo que es realizado con los cuerpos de los chilenos, y el haitiano es encerrado en este círculo donde es golpeado y tocado sin su consentimiento. El juego o broma inventada por los chilenos continúa con exclamaciones como: ¡negro, mono baila!, ¡negro, mono baila!, donde el haitiano sin comprender mayormente por qué es generada hacia él la violencia física y verbal, se une al acontecimiento como forma de ser integrado. Una vez finalizado el inhumano juego, el joven de contextura delgada y pequeña recibe de un chileno un golpazo en la espaldilla, retoma la jornada laboral y carga con impedimento cinco tubos largos de acero (Madriaga-Parra, 2020) . El haitiano como forma de ser incluido en una dinámica de un “juego” es ridiculizado y expuesto a un juego perverso que deriva en racismo puro, porque es diferenciado y marcado por los trabajadores nacionales.
Sintetizando, en los mercados mayoristas llamados popularmente Vegas y en las inmobiliarias del Área Metropolitana, identificamos que el racismo se moviliza con la presencia socializadora de la dominación, jerarquía y privilegio racial, nacional y clase de la chilenidad que tiene el poder y el control de clasificarse superiormente. Las personas que son chilenas obtienen mayormente empleos en mejores condiciones y con una valoración económica y social superior, en oposición al colectivo de personas haitianas que son identificadas como un colectivo migrante de clase inferior, que solo puede acceder a empleos informales, precarios e inhumanos en espacios laborales segregados y marcados por su condición de “raza”, origen y clase. El racismo es una estructura socializadora con que las personas entrevistadas conviven cotidianamente en los espacios laborales, y están expuestas a situaciones de dominación y desvaloración porque son ubicadas en espacios laborales informales que conllevan a maltratos, humillaciones y agresiones. En efecto, la migración está asociada a la categoría “raza”, donde emergen discursos de superioridad que se posicionan con los marcados raciales que son encarnados en las prácticas y representaciones raciales (Balibar, 1991) .
Discusión
Los datos sobre extranjería en Chile del Instituto Nacional de Estadísticas y del Servicio Nacional de Migraciones (INE y SERMIG, 2023) destacan que la población haitiana es la tercera fuerza migratoria en la región metropolitana con 12,3%; este dato da luces para conocer qué personas de este colectivo se encuentran empleadas en diversos mercados laborales en la metrópolis. Al respecto, constatamos que el colectivo haitiano entrevistado se encuentra en una condición migratoria irregular en algunos casos y circulan en mercados laborales donde reciben maltratos laborales, porque necesitan del trabajo para paliar la sobrevivencia diaria en un país con un elevado costo de vida como Chile. Asimismo, en estos mercados capitalistas informales la fuerza de trabajo está sostenida por atributos como nacionalidad, etnia y sexo para producir y reproducir una fuerza de trabajo migrante explotada (Wallerstein, 1991). Mezzadra y Neilson (2017) plantean que se observan fronteras internas en el trabajo informal y en el trabajo actual donde se emplea al colectivo migrante, en concordancia, el trabajo informal que realizan las personas entrevistadas presenta varias deficiencias porque es realizado sin contratación laboral e inseguro socialmente, con paga miserable y jornadas laborales extensas que, de acuerdo con la demanda laboral este tipo de trabajo, está enfocado para migrantes haitianos y otros migrantes, en este orden jerárquico.
El empleo de cargador que realizan los haitianos está ubicado en un mercado laboral desregularizado, fragmentado y polarizado, es decir, como plantean Castles y Miller (2004) , es un mercado laboral inseguro porque se materializan las condiciones de explotación para las personas migrantes. Como sostiene Orrego (2022), y asemejándose a los resultados de este estudio, la migración haitiana al encontrarse en una condición irregular es mayormente violentada porque los empleadores se aprovechan de la informalidad y abusan de su fuerza de trabajo al estar desprovistos de los derechos sociales. Se ha verificado que existen denuncias de este colectivo a entes fiscalizadores que están asociadas al exceso de jornadas de trabajo donde los empleadores amenazan con la pérdida del estatus migratorio y los súper-explotan laboralmente (Orrego, 2022).
Los migrantes haitianos han sido víctimas de abusos individuales y colectivos por parte del Estado y la sociedad chilena que no ha respetado sus derechos, su trayectoria está marcada por luchar constantemente con su experiencia vulnerable y por la necesidad de obtener mayores derechos sociales (Rodríguez y Gissi, 2020), que se ve reflejado en las personas entrevistadas que en los relatos aluden a la necesidad de solicitar mayores ingresos económicos y mejoras laborales a sus empleadores, así como también, un contrato laboral para realizar el proceso de la regularización migratoria, con el deseo de obtener empleos regulados por la normativa laboral nacional.
Subrayamos que los mercados laborales que frecuenta la migración haitiana son segmentados y se materializan las prácticas racistas de las personas nacionales hacia las personas migrantes que portan con una condición sociocultural distinta que se distingue en el trabajo. Sobre la base de los resultados de este estudio, concordamos con Amode (2022) y Madriaga-Parra (2019) , quienes señalan que las personas migrantes haitianas en las trayectorias laborales en Chile se encuentran con una negación de la trayectoria profesional que portan del país de origen porque no son reconocidas sus experiencias y cualificaciones sociolaborales en el país de llegada, cuya consecuencia es posicionarlas en mercados laborales con baja cualificación y segmentados.
El colectivo haitiano en los espacios laborales que transita es segregado, pues es diferenciado y marcado por categorías como raza, clase, género, origen nacional, entre otras (Castles, 2013; Castles y Miller, 2004; Magliano y Mallimaci, 2018) , y porque el empleo haitiano está ubicado en lugares fragmentados donde se acentúa su exclusión, desigualdad y diferenciación que proviene por parte de los empresarios y personas chilenas que generan un rechazo por la identidad sociocultural y por los marcadores negativos que están asociados a dicha migración por pertenecer a un país pobre y negro que deviene en exclusión por clase. En este sentido, el racismo en las personas haitianas se cristaliza porque sólo tienen acceso a tipos de empleos con bajísima cualificación que escasamente otras personas nacionales desean realizar en el espacio laboral de los mercados mayoristas o de la construcción; pese a contar con una profesión o un oficio cualificado son usadas para realizar el trabajo informal en estos mercados.
Identificamos que las personas entrevistadas son segregadas sociolaboralmente por mecanismos de exclusión y condicionadas a mercados laborales inferiores por características culturales, económicas y sociales (Magliano y Mallimaci, 2018) , y son ubicadas bajo la línea de lo humano en la zona del no ser porque la exteriorización de sus marcas raciales, orígenes y de clase social las ubica en esta zona por quienes se ubican sobre esta línea (Grosfoguel, 2016) .
En los mercados mayoristas y de la construcción inmobiliaria que circulan los haitianos, se construyen representaciones diferenciadas que están relacionadas y divididas socialmente (Bourdieu, 1998) . En este sentido, las experiencias cotidianas de este colectivo están marcadas por mecanismos de exclusión que determinan las relaciones racializadas entre nosotros y el “otro”, donde dichas diferencias y divisiones sociales conllevan a la segregación sociolaboral, exclusión y racismo cotidiano que son alimentados por los marcadores de “raza”, clase y nacionalidad que fija una parte de la sociedad chilena que se jerarquiza superior. Convenimos con el estudio de Mercado-Órdenes y Figueiredo (2023) , en que las manifestaciones de racismo están asociadas por ser migrante haitiano y por el color de piel, pero los hallazgos de este estudio también indican que la clase intersectada con los marcadores de nacionalidad y negritud cruzan las experiencias de opresión, dominación y racismo para las personas entrevistadas.
Para Quijano (2014) , la categoría “negro” es producto de la clasificación social ejercida por el patrón de la dominación colonial que deviene en violencia racista y que hasta nuestros días se reproduce en el sistema mundo capitalista en los cuerpos de las personas “negras-caribeñas-haitianas” (Madriaga-Parra, 2020) , en oposición al cuerpo chileno, y de otros migrantes que se autoperciben “más claros” y “menos pobres”, posicionándose jerárquicamente superior por el color de piel, mejor estatus y por pertenecer a un país con mayor reconocimiento. Identificamos que la dominación, el privilegio y la superioridad racial (Balibar, 1991; Grosfoguel, 2012; Grosfoguel, 2016; Memmi, 2010) de los trabajadores nacionales en el espacio laboral, en relación con los trabajadores haitianos entrevistados, está sostenida por sentirse excluidos, discriminados, violentados y expuestos a burlas por una parte de compañeros de trabajo. En este sentido, los trabajadores chilenos se posicionan en una jerarquía y superioridad racial, sometiendo al trabajador haitiano a la zona del no ser; como detalla Grosfoguel (2012 y 2016) es la zona donde se encuentran las personas oprimidas, humilladas y violentadas.
Las personas haitianas entrevistadas se encuentran en la zona del no ser, inferior a la línea humana donde están las personas oprimidas por “raza”, clase y nacionalidad, a causa del “yo” opresor que se posiciona en la zona del ser que se ubican las jefaturas con superioridad racial y de clase, como también trabajadores chilenos. Las personas entrevistadas están expuestas cotidianamente a desigualdad y segregación laboral porque la chilenidad ostenta un sentimiento de superioridad racial y de clase hacia el cuerpo “negro”. Como puntualiza Memmi (2010) , las personas son expuestas al racismo porque presentan marcadores y diferencias biológicas.
En este caso, el chileno establece prejuicios por la “raza” y el color del cuerpo haitiano, ambas categorías son productos de las marcas provocadas por el dominador chileno que se jerarquiza superior al colectivo haitiano que es el dominado, y estas asimetrías se observan en las interacciones cotidianas en los mercados de trabajo que circulan. El dominador chileno permite que el trabajador haitiano participe en el juego inhumano en el espacio laboral y, como revelan Rojas et al. (2015), parte de este colectivo normaliza las experiencias raciales. Por tanto, son situados en las fronteras de la exclusión sociolaboral porque no son reconocidas las profesiones u oficios que trasladan del país de origen, y porque son diferenciados y marcados por su color, su cuerpo y su origen.
El racismo emerge negando al “otro” y la sociedad chilena proyecta su blanquitud en contra del “otro” que no es claro (Tijoux y Córdova, 2015), que se observa en las relaciones de poder que despliegan las personas nacionales hacia las personas “negras-caribeñas-haitianas”, y en el imaginario sociocultural chileno, la persona racista se posiciona con un cuerpo blanco, “civilizado”, europeizado y con cualidades de “desarrollo” porque el proyecto de “mejorar” la raza chilena para acceder a la modernidad, en la actualidad sigue predominando con la idea de pertenecer a esa mirada europea o norteamericana (Larraín, 2001) , en oposición, a la persona haitiana que proviene de un país negro, “incivilizado”, caribeño y pobre que no es del agrado para el país.
Conclusiones
Los resultados apuntan a que el “perfil de origen” de las personas entrevistadas no ha sido valorado en el país de llegada porque la cualificación laboral es invisibilizada y anulada, son relegados a espacios laborales inhumanos y explotados, conviviendo con el racismo en los mercados mayoristas y de la construcción inmobiliaria. Reconocemos que los empleos realizados por migrantes haitianos son “heredables” entre ellos, y en caso de que alguno encuentre uno “mejor”, se inserta un connacional en el puesto de cargador o jornal de la construcción, reproduciendo la desigualdad y exclusión hacia ciertos tipos de empleos que son reconocidos por ubicarse en el último eslabón del trabajo migrante inhumano y explotado. En los espacios laborales que circulan son maltratados e hipersexualizados por jefaturas y trabajadores, quienes dominan, marcan y diferencian a las personas haitianas porque son identificadas por descender de la historia de la esclavitud, negritud y pobreza de Haití, con marcadores raciales intersectados por “raza”, clase y nacionalidad, y como señala Madriaga-Parra (2020) , es diferenciada como una migración “negra-caribeña-haitiana”, entendiéndola como una categoría racial.
Estos diferenciadores raciales son determinantes para incorporar a estas personas a los espacios laborales segregados porque son empleos realizados en pésimas condiciones laborales con baja remuneración, con jornadas de trabajo extensas, realizados en condiciones de insalubridad y sin resguardo del código laboral. Deslegitimando la capacidad laboral y la cualificación profesional, técnica y de otros conocimientos que portan las personas entrevistadas, en efecto, son homogeneizadas y puestas en el espacio laboral inferior, en relación con la chilenidad que se posiciona superior y sobre la línea de lo humano.
En consecuencia, el racismo es un problema estructural que opera como un ente socializador en los espacios laborales segregados que circulan las personas entrevistadas porque son marcadas, jerarquizadas, diferenciadas y clasificadas biológicamente y culturalmente con estigmas asociados a lo “animal”, a la pobreza y a la negritud con marcadores inscritos en una práctica social dominante de una parte de personas de origen chileno que se autodefinen como “blancas” o “más claras”, con mejor estatus sociocultural, y pertenecientes a un país con imagen de progreso económico como Chile.










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