Las infecciones de trasmisión sexual causan afectaciones físicas que repercuten en el bienestar mental y social de las pacientes, y generan una importante carga económica para los sistemas de salud.1 Las infecciones provocadas por Chlamydia trachomatis y Neisseria gonorrhoeae son las más prevalentes en todo el mundo;2 sin embargo, su efecto es desconocido, porque los programas de notificación obligatoria en países como Colombia se centra, casi exclusivamente, en el VIH o sífilis. Las infecciones de trasmisión sexual bacterianas son asintomáticas en más del 50% de las mujeres y cuando expresan síntomas se asocian con signos de infección ascendente. En hombres también suelen ser asintomáticas, pero cuando el cuadro es sintomático se relacionan con inflamaciones en la vía urinaria inferior, lo que favorece la atención oportuna y evita graves secuelas,3 y aunque resultan menos graves que en las mujeres, en los hombres se consideran importantes reservorios para este tipo de infecciones4
Las infecciones asintomáticas no suelen detectarse, incluso en los países con sistemas de salud sólidos, por lo que los datos epidemiológicos disponibles deben interpretarse con cautela, porque no son representativos de la población general.5 Además, debe resaltarse la importancia de la detección en sitios extragenitales, por ejemplo: la orofaringe y el recto, que suponen zonas relacionadas con el tipo de prácticas sexuales.6 En Colombia, la Guía de Práctica Clínica para el abordaje sindrómico del diagnóstico y tratamiento de pacientes con infecciones de trasmisión sexual y otras infecciones del aparato genital7 recomienda que el diagnóstico se integre con los síntomas reportados por el paciente, las prácticas sexuales de riesgo y los signos identificados durante la exploración física; así, se asocian síntomas, riesgos y signos con síndromes clínicos, se identifica al microorganismo probable y se establece el tratamiento. Aunque se recomienda efectuar pruebas rápidas en el sitio de la atención, su sensibilidad varía entre el 17 y 49%, lo que incrementa el subdiagnóstico y, sumado a la naturaleza asintomática de las infecciones de trasmisión sexual previamente mencionadas, limita el control epidemiológico.
El Centro de Enfermedades Contagiosas (CDC: Communicable Disease Centers) de Estados Unidos publicó en el 2021 la “Guía para el tratamiento de las infecciones de trasmisión sexual,”8 que informa los últimos avances en el diagnóstico y tratamiento de estas infecciones. Esta guía inicia con la explicación de la diferencia entre los términos “infección de trasmisión sexual” y “enfermedad de trasmisión sexual”, lo que resalta el carácter asintomático de muchas infecciones y se enfoca en su prevención y control mediante métodos de biología molecular específicos para los patógenos causales, lo que implica que cada paciente tendrá un diagnóstico y tratamiento específico, y de esta forma disminuirá la posibilidad de fracaso terapéutico.
La guía colombiana y lo sugerido por el CDC difieren en múltiples aspectos: el diagnóstico en la guía del CDC no se basa únicamente en la identificación de síntomas, signos y prácticas relacionadas con las infecciones de trasmisión sexual sino que opta por una identificación del agente etiológico a través de cultivos (en el caso de N. gonorrhoeae), pruebas en el punto de atención y exámenes de amplificación de ácidos nucleicos, lo que permite diagnosticar y confirmar la relación entre la detección del microorganismo con la enfermedad.
De acuerdo con las instrucciones del CDC, el tratamiento sin diagnóstico solo se ofrece al paciente si manifiesta síntomas y muestra riesgos, pero se administra el tratamiento antimicrobiano advirtiendo el riesgo de falla y, adicionalmente, para verificar el éxito terapéutico, tanto el paciente como sus parejas deberán repetir el diagnóstico mediante amplificación de ácidos nucleicos, técnica mucho más sensible y específica que el cultivo, tres meses después. Con este método no solo se logra identificar a la población asintomática, se incluye además la recomendación de practicar exámenes una vez al año en presencia o ausencia de síntomas para contrarrestar la alta prevalencia, prevenir la reinfección y las nuevas trasmisiones, incluso la detección en zonas extragenitales (orales o anales).
Por último, es importante recalcar que en temas de prevalencia de infecciones de trasmisión sexual, nos estamos enfrentando a un “iceberg” del que no sospechamos su real profundidad, es vehemente la necesidad de crear programas de control de la trasmisión de este tipo de infecciones, que contemplen personas asintomáticas como una verdadera y efectiva medida para repercutir en las secuelas de las infecciones de trasmisión sexual, su prevalencia y eliminar los “reservorios” de la infección, tanto en hombres como en mujeres que puedan establecerse por el desconocimiento o por problemas en la aplicación de las sugerencias expuestas en las guías.









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