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Perfiles latinoamericanos

versión impresa ISSN 0188-7653

Perf. latinoam. vol.33 no.65 México ene./jun. 2025  Epub 27-Mayo-2025

https://doi.org/10.18504/pl3365-006-2025 

Artículos

La persistencia cultural del proyecto neoliberal. Una aproximación a las disputas por la hegemonía en la Argentina reciente

The Cultural Persistence of the Neoliberal Project. An Approach to the Disputes for Hegemony in Recent Argentina

* Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata (Argentina). Investigador del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (CONICET) | elopez@fahce.unlp.edu.ar


Resumen

El artículo presenta un estudio de las luchas por la hegemonía en Argentina desde la crisis orgánica de 2008 hasta la actualidad para dar cuenta de los procesos de emergencia, consolidación y crisis de diferentes proyectos hegemónicos en este país, reconociendo el rol central del empresariado y de las fuerzas políticas como enunciadores privilegiados de la política nacional. Se identifica la persistencia cultural del paradigma neoliberal y cómo ha conducido a un empate en la pasividad y no en la adhesión activa. Para ello, se utiliza el análisis crítico del discurso con un corpus documental conformado por las intervenciones del empresariado y de las fuerzas políticas. Esto permite identificar las principales características de las disputas hegemónicas, cómo se han alterado los nodos interdiscursivos en cada etapa, quiénes fueron los enunciadores privilegiados y de qué modo se articularon las demandas corporativas con los discursos políticos y los núcleos más importantes del sentido común en cada coyuntura.

Palabras clave: proyectos hegemónicos; neoliberalismo; disputas por la hegemonía; análisis del discurso; Argentina

Abstract

In this paper we carry out a study of the struggles for hegemony in Argentina since the organic crisis from 2008 to the present to account for the processes of emergence, consolidation and crisis of different hegemonic projects in the country, recognizing the central role of business and political forces as privileged enunciators of national politics. The cultural persistence of the neoliberal paradigm is identified and how it has led to a situation of hegemonic stalemate in passivity rather than based on active adhesion. The critical analysis of the discourse is used with a documentary corpus formed by the interventions of the business and political forces in power at each stage. This allows us to identify the main characteristics of the hegemonic disputes in the period, how the key interdiscoursive nodes have been altered in each stage, who were the privileged enunciators and how the corporate demands were articulated with the political discourses and the most important nuclei of common sense at each juncture.

Keywords: hegemonic projects; neoliberalism; hegemonic disputes; discourse analysis; Argentina

1. Introducción

El siglo XXI dio a luz en América Latina a una serie de gobiernos populares y progresistas en diferentes países que parecían alcanzar un punto de ruptura con el círculo vicioso del neoliberalismo. Las oposiciones al proyecto neoliberal se expresaban a través de la acción directa de norte a sur del continente. Desde el Caracazo de 1989 hasta las Guerra del Gas y el Agua en Bolivia, pasando por las luchas del movimiento piquetero en Argentina, diversos sectores de las clases subalternas cuestionaron los efectos sociales de un proyecto excluyente en lo económico y conservador en el plano político.

Esta voluntad popular destituyente del orden neoliberal no se quedó estancada allí. El antineoliberalismo ―que en cada país tuvo sus propios macrotemas y nodos interdiscursivos1 sobre los cuales logró construir una hegemonía alternativa― se convirtió en el punto de partida de un nuevo orden social, es decir, que tuvo su momento instituyente. La elección de Hugo Chávez en 1998; la llegada al gobierno de Lula da Silva en Brasil en 1999; el triunfo electoral de Néstor Kirchner en Argentina en 2003; el triunfo del Frente Amplio en Uruguay en 2002; el primer gobierno indígena de Bolivia encabezado por Evo Morales Ayma en 2006; la llegada de Rafael Correa a la presidencia de Ecuador en 2007, fueron hitos trascendentes que revirtieron la tendencia regresiva en la región, impulsando marcos de unidad supranacional donde el rol de Estados Unidos se redujo a su mínima expresión y las clases subalternas tuvieron, con diferencias y bemoles, una recuperación parcial de sus condiciones materiales y, al mismo tiempo, un proceso de empoderamiento y repolitización significativo.

A pesar de estos trascendentes cambios que dieron lugar a nuevas identidades políticas en la región, de 2012 en adelante los proyectos populares sufrieron el embate de una ofensiva neoliberal continental que articuló las estrategias de las derechas nacionales con la perspectiva estadounidense de disputar la hegemonía global intentando una nueva etapa de periferialización de América Latina. A pesar de esto, es preciso reconocer que, en una variedad de casos ―entre los que se incluye la experiencia argentina―, las dinámicas estructurales de dependencia históricas, que luego del giro neoliberal se habían profundizado, no fueron modificadas sustancialmente por las políticas llevadas adelante por los gobiernos progresistas que mostraron línea de continuidad con la década de 1990.

En particular, en Argentina el triunfo electoral de Cambiemos en las elecciones presidenciales de 2015 trajo aparejado un debate importante sobre la capacidad hegemónica de la nueva derecha y los límites del proyecto kirchnerista. Luego de sus cuatro años de gobierno, el proyecto neoliberal fue derrotado electoralmente de nuevo. En el marco de este trabajo nos preguntamos sobre algunas dimensiones importantes para pensar las luchas por la hegemonía política en la Argentina reciente. Proponemos una variedad de preguntas-problema para guiar el análisis: ¿qué capacidad hegemónica ha tenido el proyecto neoliberal de Cambiemos?, ¿en qué dimensiones o niveles podemos analizar las disputas por la hegemonía?, ¿sobre qué bases podemos caracterizar la situación actual luego del triunfo del Frente de Todos2 en lo que atañe a los proyectos hegemónicos en disputa? No pretendemos aquí resolver estos interrogantes de manera concluyente sino más bien indagar acerca de los posibles núcleos centrales sobre los cuales pueden discutirse estos temas en la Argentina reciente.

En lo que sigue, se hace un recorrido que va desde la consolidación del proyecto nacional-popular hasta su crisis y el ascenso al poder político de Cambiemos,3 a la vez que se presentan ciertas coordenadas analíticas que son centrales al momento de analizar las disputas por la hegemonía. Posteriormente se examinan, en primer lugar, los núcleos clave del sentido común neoliberal con cuya base Cambiemos realizó sus operaciones hegemónicas y, en segundo, algunos aspectos de sus limitaciones para implementar una hegemonía duradera. En el cuarto apartado se propone una hipótesis acerca de cuáles son las raíces del empate hegemónico que transita en la pasividad. Por último, repasamos algunas reflexiones finales del artículo.

2. De la hegemonía nacional-popular al gobierno de Cambiemos

De todo el variopinto desarrollo de la ofensiva neoliberal en América Latina (golpes blandos, formatos de guerra híbrida, lawfare, etc.), la forma que adquirió en Argentina fue la de una democracia representativa con la consolidación de un partido político del bloque opositor al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner hacia 2015. Sin embargo, desde años antes venían cobrando peso las estrategias comunicacionales y judiciales enmarcadas en las lógicas de guerra híbrida para reforzar el descontento hacia el gobierno kirchnerista y dar mayor respaldo a las figuras de las referencias opositoras, despojándose incluso de sus ropajes ideológicos.

La génesis de dicho bloque se encuentra en la crisis orgánica de 2001 (Adamovsky, 2017, p. 9). La crisis del proyecto hegemónico neoliberal de ese año cumple con los elementos propios de una crisis de hegemonía orgánica, la cual imposibilita la dinámica normal de acumulación del capital y, al mismo tiempo, la capacidad de dominación consensual del proyecto neoliberal se fue diezmando. Además, el proyecto hegemónico “desarrollista” emergió como alternativa en ese marco4 (López, 2015, p. 180).5

En una historia más corta, el bloque opositor tuvo su capacidad de interpelación hegemónica sobre todo a partir de 2008. Fue conformándose a través de las posiciones que adoptaron los sectores más concentrados de las clases dominantes que, desde ese momento, encontraron una caja de resonancia en la disconformidad con el gobierno “populista”6 de Cristina Fernández de Kirchner, y desde entonces, por momentos erráticamente, empezaron a construir una opción político-partidaria que le diera forma a la disputa hegemónica en contra del proyecto desarrollista nacional-popular liderado por la fuerza política devenida en kirchnerismo (López, 2015, p. 263). Como indican distintos trabajos (López, 2015; Cantamutto, 2017, p. 70; Varesi 2021, p. 150), 2008 constituyó un parteaguas en la política nacional. La decisión del gobierno de modificar el régimen de derechos de exportación para el sector agrícola condensó hipertróficamente la fractura político-social populismo-antipopulismo que puede rastrearse desde la década de 1940 (Adamovsky, 2017, p. 487; Semán, 2021, p. 25). En cierta medida, la tradición nacional-popular tiene su contracara en la de tipo antipopulista que involucra, como destaca Semán (2021, pp. 13-15), una heterogeneidad de elementos y tradiciones que se articulan bajo esta categoría política como delimitación de la frontera con el campo enemigo en el sentido laclausiano. Sin embargo, de ninguna manera es una estrategia discursiva que opera sobre la abstracción de la estructura social realmente existente. Por el contrario, la tradición antipopulista se encuentra arraigada en la tradición ideológica de la oligarquía argentina, al menos desde la conformación del Estado nacional en la década de 1880 hasta nuestros días.

Durante 2008-2009, la abierta disputa por la hegemonía formuló dos bloques donde el enunciador privilegiado7 se integró durante un corto periodo por las organizaciones gremiales de productores agropecuarios agrupados en la “Mesa de Enlace”.8 Por supuesto, con una amplificación significativa por parte de los medios de comunicación masivos y las grandes cámaras empresariales (como la Asociación Empresaria Argentina9) que en todo momento elevaron a mito republicano de interés nacional la disputa que, en principio, respondía a un interés meramente corporativo de una parte del empresariado agropecuario. Quizá un momento emblemático fue el acto realizado por las entidades frente a más de cien mil personas el 25 de mayo de 2008 en la ciudad de Rosario. Allí, los representantes de las entidades agropecuarias destacaron el carácter “universalista” de las demandas.10 Si estableciéramos un mapa de las posiciones discursivas condensadas en los años 2008-2009, podría ser el de la figura 1.

Fuente: López (2015).

Figura 1 Mapa de posiciones discursivas 2008-2009 

En esos años, comenzó a expresarse en el cuerpo social la fractura del campo discursivo en dos grandes bloques: el kirchnerista y el opositor. Aquí hay una tradición que opera fuertemente y abreva en el antiperonismo como frontera discursiva, pero también nuevas lógicas de las derechas globales (Adamovsky, 2017, pp. 65-104; Stefanoni, 2021, pp. 33-61). Esa mixtura de conservadores, liberales y derechas alternativas conformará un campo político articulado en torno al populismo del siglo XXI como enemigo común.

El campo antipopulista no tuvo el éxito esperado por sus mentores. Más aún, el kirchnerismo logró una mayor adhesión a su proyecto hegemónico con iniciativas de amplio consenso social hasta 2011. En este año, el proceso electoral consolidó a Cristina Fernández de Kirchner con 54% de los votos frente a poco más de 20% de la segunda fuerza. En cierta medida, fue el momento de más alto despliegue de políticas estatales que abonaron a la inclusión económico-política de las mayorías populares. La hegemonía desarrollista así consiguió recomponerse, pero con diferencias sustanciales respecto al periodo 2003-2008.11 El enunciador privilegiado en la política nacional pasó a ser la fuerza política en el poder devenida en proyecto político ―el kirchnerismo― con identidad propia surgida de una articulación de políticas estatales concretas y de construcción simbólica.12 Por su parte, este enunciador privilegiado impulsó en clave diferente a los años previos la hegemonía desarrollista. La hegemonía discursiva de entonces no solo se sustentaba en las típicas del ideario desarrollista clásico (crecimiento económico, industrialización, expansión del mercado interno, etc.), sino que logró incorporar otros elementos que, si bien presentes desde 2003, tomaron creciente preponderancia en 2009-2011. El primero es la clave nacional-popular como parte de una tradición de larga data en Argentina, en el sentido que lo destaca Williams (1997), y que se activa en esta coyuntura. Esto permitió el consenso de buena parte de los actores subalternos a la vez que fragmentó y bloqueó parcialmente las iniciativas de otros actores que avanzaron hacia una postura “oposicionista” ante las iniciativas del gobierno. Puede entenderse al ideario nacional-popular en Argentina también en su carácter “religioso”, puesto que la religión es “[...] dimensión esencial de la vida política porque un movimiento político existe realmente sólo en cuanto es una «voluntad colectiva», y ésta puede formarse sólo gracias a los mecanismos de identificación y movilización que implica el lenguaje religioso” (Frosini, 2017, p. 6). En cierto modo, esta reactivación de una tradición o la “identificación religiosa” de las clases subalternas bloqueaba parcialmente las capacidades hegemónicas de las racionalidades liberales y tecnocráticas.

El segundo elemento es un reconocimiento explícito del nuevo contexto mundial, de la necesidad de “exportar lo que el mundo demanda”.13 Este nodo presente en las prácticas discursivas de la fuerza en el poder obtuvo el consenso de los actores más dinámicos del agronegocio y reforzó el de los sectores industriales (López, 2015). Las expresiones más importantes de este segundo elemento se aprecian en los lanzamientos de dos “programas para el desarrollo” de largo plazo: el Plan Estratégico Agroalimentario (PEA) y el Plan Estratégico Industrial 2020 (PEI), ambos en 2011. Cuando fueron presentados, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner interpelaba directamente a los sectores dinámicos del agronegocio y la industria con dos ideas. Por una parte, la noción de “industrializar la ruralidad” (Presidencia de la Nación, 2011), y la apuesta a no producir una “antinomia entre campo e industria” (Presidencia de la Nación, 2011). Nos referimos a un planteo que llevaban adelante los productores de siembra directa y otros empresarios significativos de la agroindustria. Por otra parte, la noción de inserción internacional exitosa mediante la producción de manufacturas de origen agropecuario. En este sentido, Cristina Fernández señalaba: “Hablábamos y hablaba recién el señor decano, que me antecedió en el uso de la palabra, como también lo hizo el titular de Agricultores Federados Argentinos (AFA), de las posibilidades de esta Argentina como líder global en materia agroalimentaria. Y yo quiero decirles que ya hoy la Argentina es un líder a nivel global agroalimentario” (Presidencia de la Nación, 2011).

En tercer lugar, la inclusión a mediados de 2011 de la noción de batalla cultural, fuertemente asociada a la militancia juvenil, la cual proponía la profundización de los valores simbólicos que el proyecto nacional-popular identificaba como nueva frontera. Claro que la batalla cultural tuvo momentos relevantes y masivos, como la fiesta popular del Bicentenario el 25 de mayo de 2010, pero por lo general se ciñó a un espacio social reducido: los sectores medios progresistas. En buena medida, la discusión posterior a 2011 en el campo intelectual, sobre todo desde la conformación del grupo Carta Abierta,14 rondó alrededor de la discusión de la “hegemonía cultural kirchnerista” (Wainman, 2013, p. 119).

Este hecho es fundamental al retomar la discusión del posterior derrotero de esta fuerza política emergente, a su potencia y límites como proyecto hegemónico.

De manera resumida, podemos señalar que en el periodo 2009-2011 se consolidó una hegemonía desarrollista en clave nacional-popular. Sumado a esto, hubo un intento de reactualización de las raíces históricas y culturales de la tradición nacional-popular que activó algunos de los sedimentos de buen sentido en el seno de las clases subalternas y de los sectores medios progresistas que matizaron sus posiciones antiperonistas históricas (Adamovsky, 2015, pp. 475-492).

A pesar de la capacidad hegemónica del proyecto nacional-popular, el bloque opositor quedó conformado como una minoría intensa, con capacidad de vetar crecientemente ciertas políticas y que, después de 2011, emprendió una estrategia más ofensiva hasta conducir al proyecto kirchnerista a la crisis de hegemonía. Para ello, fue clave el rol de las asociaciones corporativas del gran empresariado para producir una nueva articulación discursiva y poner en crisis el orden social del kirchnerismo, en una coyuntura en la que los movimientos orgánicos del patrón de acumulación de capital comenzaban a mostrar señales de inestabilidad. La capacidad política de este sector del empresariado para instalar su agenda fue parte de una estrategia de pinzas donde el poder judicial (mediante dinámicas de lawfare) y el poder mediático (a través de fake news y otras operaciones de prensa) tuvieron un rol importante en el desgaste del gobierno (López, 2018). Por supuesto, la situación económica socavaba la capacidad de interpelación del proyecto nacional-popular hacia las clases subalternas y sectores intermedios de las clases dominantes. Además, como elemento explicativo, no debe dejarse de lado lo que Cantamutto (2017, p. 65) ha llamado “afirmación particularista en la política del kirchnerismo” en los últimos años de gobierno que implicó la ruptura con los sectores de su frente político más vinculados al movimiento obrero organizado y al Partido Justicialista.

Por lo dicho, la explicación de la crisis del orden social posneoliberal posee múltiples dimensiones. Una de particular interés para pensar las luchas por la hegemonía en los años recientes es el desplazamiento de los nodos discursivos a nivel del empresariado que expresan un intento de movimiento de revolución-restauración (Gramsci, 2001, C8, SS25, 231). Estos sectores fueron adoptando posiciones crecientemente conservadoras, lo que permite recuperar para el debate la hipótesis de la lógica pendular de la burguesía argentina que propuso O’Donnell (1977, p. 539). El discurso de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) y la Sociedad Rural Argentina (SRA), desde 2008, pero sobre todo luego de 2012, proponía la necesaria construcción de un “consenso republicano” para el “desarrollo del país”, en contraposición al “populismo antidemocrático” que expresaba la presidenta.15

Esta es la posición que ambas entidades adoptan en cuanto a temas de la agenda política que exceden por lejos sus demandas sectoriales. Así, en cada una de sus intervenciones tanto la AEA como la SRA expresaron su vocación de aportar a un “cambio de etapa”, un “dar vuelta la página”. En 2015 se da la coyuntura en la que estas entidades terminan de apostar por una de las opciones partidarias. Sin embargo, hasta aquí no hay ningún cambio en sus posiciones en relación con su trayectoria histórica. Cabe preguntar por qué estos discursos ubicados en el polo opositor al gobierno nacional-popular consiguieron cierta capacidad hegemónica al interior del bloque en el poder y luego en ciertos sectores de las clases subalternas. Esto pide explicar cuáles fueron las posiciones de la Unión Industrial Argentina que fue el actor que expresó con más claridad en los años de emergencia el rol de la hegemonía desarrollista (2002-2007).

Aquí hay dos cuestiones de interés. En primer lugar, el contexto de enunciación tuvo una alteración significativa: las limitaciones del patrón de acumulación fueron el eje central sobre el que se dieron nuevas posiciones discursivas. Esta nueva coyuntura se dio en 2012, pero fue más radical a partir de enero de 2014. Por estos años, las tensiones económicas se tornaron en barreras significativas para el desarrollo del patrón de acumulación y por tanto constituyeron una limitante a la reproducción del orden social con las características adquiridas desde la crisis orgánica de 1998-2001. Las tensiones acumuladas entre 2008 y 2011 (conflicto distributivo que aceleró la inflación, el estancamiento de la productividad, los diferenciales de capacidad productiva entre actividades primarias e industriales, los bajos niveles de inversión reproductiva en ciertos sectores, elevada tasa de transnacionalización del capital) implicaron limitaciones en 2012-2015: en la balanza comercial, en la distribución de ingresos progresiva, en la dinámica de las tasas de crecimiento del producto, en la producción energética, y en la exacerbación de la fuga de capitales (López & Barrera Insua, 2020, pp. 11-15).

La segunda cuestión vinculada a la anterior fue que, en 2011, el empresariado productivo ligado sobre todo a la UIA se distanció progresivamente del gobierno nacional. Un movimiento parecido a la lógica pendular de la economía argentina: en las etapas recesivas, luego de una expansión de la industria y una mejora en la distribución de los ingresos, los sectores industriales tienden a articularse con el bloque del gran capital transnacional y agropecuario. Así, el bloque opositor amplió su base social hacia el conjunto del empresariado y comenzó a operar sobre esa “filosofía espontánea” que es el sentido común de las clases subalternas (Gramsci, 1981, CC 11, SS 12, 11).

A medida que las barreras económicas del “modelo kirchnerista” se acentuaron, las soluciones propuestas desde el espacio oficialista encontraron grados cada vez menores de politicidad16 frente a la mayor politización y radicalización del polo opositor. Las asociaciones empresariales de mayor peso nucleadas en el Foro de Convergencia instalaron en la agenda pública demandas que consolidaron la base para un programa de oposición al kirchnerismo de orientación republicana liberal.17 Ya por esos años, las diversas organizaciones empresariales retomaron la iniciativa con una crítica mordaz a la política del gobierno. Esto les permitió aparecer como un actor clave en la articulación de las iniciativas liberales, más allá de sus demandas corporativas, de cara a los procesos electorales de 2013 y 2015. En definitiva, después de 2011, las principales entidades empresariales avanzaron en consolidar una alternativa política al kirchnerismo.

Del comportamiento de la Asociación Empresaria Argentina, el Foro de Convergencia Empresarial y las posiciones en el Coloquio de IDEA, se observa que las demandas del empresariado se sintetizan en tres: la integración al mundo, la cuestión energética, y la reducción de costos. Sobre lo primero, lo que buscaban estos actores se vinculaba a la solución del conflicto con los fondos buitre para recuperar el acceso al crédito internacional, un incremento del tipo de cambio para volverlo competitivo, y la solución de las regulaciones sobre el comercio exterior (Cantamutto & López, 2019b, p. 14).

Desde su fundación en 2014, el Foro de Convergencia Empresarial puntualizó en el mercado energético como el paradigma para ver que la intervención estatal provocaba una distorsión de precios que redundaba en insuficiencias de inversión y producción, y abonaba a la tensión sobre la balanza de pagos debido a que la demanda de energía terminaba cubriéndose con importaciones.

Por otra parte, la demanda de la reducción de costos incluía los laborales y los fiscales. La batalla discursiva por la flexibilización del mercado de trabajo formal y la reducción de la presión tributaria fue clave por esos años y para el gran empresariado se trataba de las causas salientes de la compresión de la rentabilidad entre 2008 y 2015.18

Estas demandas corporativas del gran empresariado comenzaron a articularse y a mostrar su pretensión hegemónica y se expresaron políticamente en el proyecto neoliberal de Cambiemos que las tomó en su mayor parte como programa de gobierno. Tal es así que, como señala Bona (2018), el presidente Mauricio Macri, previo al triunfo electoral de 2015, destacó en el coloquio de IDEA que “en un año, al que le toque organizar el Comité de IDEA será un privilegiado porque va a estar todo mi gabinete a disposición para trabajar y acordar toda la política” (Bona, 2018, p. 45).

En términos discursivos, el desgaste de las bases materiales económicas del proyecto kirchnerista se relacionó con el surgimiento de limitaciones en la lógica agonística de la política que había sido central durante la consolidación de la hegemonía post 2008 (Balsa, 2017; López, 2015). Así, la prioridad de la lógica administrativista (Balsa, 2017) dio lugar a una creciente despolitización del conjunto de la sociedad y, sobre todo, de buena parte de los sectores que habían apoyado el proyecto kirchnerista. De acuerdo con Balsa (2017), la lógica administrativista tramita y diluye el conflicto, que de acuerdo al enfoque posfundacional es constitutivo de “lo político”. En este sentido nos referimos aquí a la despolitización. De acuerdo con Laclau (2005), es la resolución de demandas democráticas a través del aparato estatal frente a la lógica populista que repolitiza cada demanda construyendo fronteras discursivas y activando y reactivando las identidades políticas a partir de la confrontación. Este desgaste de la politicidad del proyecto hegemónico, la pérdida de legitimidad, los problemas de la dinámica de acumulación de capital y la ampliación del alcance del proyecto hegemónico alternativo, dieron lugar a una crisis de hegemonía del proyecto kirchnerista que fue capitalizada por una restauración conservadora a través de la elección de Mauricio Macri.

Entendemos aquí a la crisis de hegemonía como una pérdida de adhesión al proyecto político que logró subordinar a otros proyectos hegemónicos y, al mismo tiempo, ciertos elementos subalternos al interior del proyecto hegemónico. En todos los casos, las crisis de hegemonía contienen momentos coyunturales y orgánicos que se interrelacionan:

Los fenómenos de coyuntura son ciertamente dependientes, también ellos, de los movimientos orgánicos, pero su significado no es de gran alcance histórico: estos dan lugar a una crítica política menuda, cotidiana, que afecta a los pequeños grupos dirigentes y a las personalidades inmediatamente responsables del poder. Los fenómenos orgánicos dan lugar a la crisis histórico-social que afecta a las grandes agrupaciones, más allá de las personas y más allá del personal dirigente (Gramsci, 1981, CC. 13 SS17, 32-33).

En este punto, resulta dificultoso comprender la importancia de cada elemento en la crisis de hegemonía de Argentina del periodo 2012-2015 para caracterizarla como orgánica o no orgánica (Balsa, 2020, pp. 328-330). Más allá de esto, lo interesante es comprender esta crisis en el sentido que lo plantea Fabio Frosini:

Hay que insistir sobre esta doble implicación recíproca entre el carácter global de la hegemonía y la visibilidad de las capas de los discursos hegemónicos. Si la fórmula hegemónica es global, es decir, si se relaciona con el conjunto de las relaciones de fuerza a nivel nacional e internacional, el carácter contingente del sistema hegemónico no aparece como tal. La visibilidad del carácter hegemónico de sus elementos coincide con su crisis, con su disgregación (Frosini, 2017, p. 10).

Por tanto, la crisis de hegemonía del proyecto kirchnerista queda expuesta por su incapacidad de rearticular el campo discursivo y la acción material para sostener los consensos construidos hasta 2011 o plantear otros nuevos. A tal punto queda expuesta en 2015 que fue asumida como por la propia fuerza política en el poder que intentó proponer una alternativa electoral más digerible para el establishment económico y moderar algunos de los ejes discursivos más movilizadores del kirchnerismo. Así, los tres candidatos presidenciales con mayor intención de voto para ese año representaban opciones que confirmaban un giro conservador en la política nacional.

Por supuesto, resulta clave que, si bien es complejo determinar de modo conclusivo la justa dimensión de la crisis entre factores permanentes y ocasionales, en todos los casos “[...] la crisis depende de la presencia de una propuesta hegemónica alternativa de carácter global que consigue articular de manera coherente todos los niveles de las correlaciones de fuerzas” (Frosini, 2017, p. 7). Esto es lo que alcanzó el proyecto hegemónico de Cambiemos como expresión en el plano político-electoral de un bloque social conducido por los sectores con mayor poder estructural al interior de las clases dominantes. Cambiemos tradujo políticamente las demandas empresariales que fueron ampliando sus márgenes de consenso operando sobre elementos del sentido común acordes a la correlación de fuerzas existente a escala nacional y continental.

Así, 2015 fue una inflexión sin precedentes en la historia argentina: una coalición hegemonizada por un nuevo partido de derecha accedió al poder mediante elecciones libres, desplazando al proyecto que quizá ha obtenido más adhesión popular y activación política desde la dictadura militar de 1976.

3. Cambiemos como una restauración conservadora fallida

La llegada al poder de Cambiemos modificó significativamente las relaciones entre los diferentes “nudos históricos” que daban cuenta del estado de las correlaciones de fuerza nacional e internacionales de aquellos años. Los nudos históricos, que en este artículo llamamos nodos interdiscursivos, son elementos constitutivos del sentido común que pueden ser interpretados, combinados y proyectados de manera hegemónica. Cambiemos articuló las demandas del empresariado con ese tipo de elementos que opacaban cualquier núcleo de buen sentido que pudiera haberse visto potenciado en los años previos.

¿Por qué una coalición empujada, financiada y compuesta por las clases dominantes consiguió la adhesión de sectores subalternos en el proceso electoral? Este es un interrogante clave. Como hemos señalado, el análisis de los discursos del empresariado en estos años muestra que lograron proponer, desde un género discursivo tecnocrático, una vía de presunta superación del estancamiento del patrón de acumulación de los años finales del gobierno kirchnerista. Esto es importante, puesto que, en el planteo de Gramsci (2001, CC. 9, SS 103), un movimiento hegemónico debe resolver una tarea “potencialmente común” para su nación. La resolución potencial de los problemas de orden macroeconómico que el empresariado instaló como macrotemas relevantes en el contexto de crisis de la hegemonía kirchnerista, se convirtió en una alternativa creíble para la resolución de la crisis.

Las demandas de “volver al mundo”, “resolver la cuestión energética” y “reducir costos”, los macrotemas del gran empresariado en 2014-2015, tuvieron su correlato en las políticas de Cambiemos durante sus primeros meses de gobierno. El “regreso al mundo” se expresó unificando el mercado cambiario, cancelando las restricciones a la adquisición de divisas y el control del comercio exterior, además de la reducción de los derechos de exportación de bienes primarios. Por su parte, la nueva dinámica de endeudamiento público dio su primer paso en diciembre de 2015 cuando el gobierno de Cambiemos convirtió alrededor de cinco mil millones de dólares de letras intransferibles en títulos negociables en el mercado secundario de activos. Estos títulos de deuda se colocaron en JP Morgan, Citibank y Goldman Sachs, entre otros bancos de inversión (Cantamutto & López, 2019a, p. 81).

Sobre la demanda del empresariado respecto al mercado energético, Cambiemos la convirtió en una de las decisiones clave de su política económica declarando en diciembre de 2015 la Emergencia Energética (decreto N° 134/15), básicamente para favorecer las inversiones privadas en ese sector. El interés del empresariado en estas oportunidades se constata en el encuentro convocado por la AEA en noviembre de 2016, al que nombró “La Energía como Motor para el Crecimiento”, evento en el que participaron los ministros Juan José Aranguren y Francisco Cabrera, así como Marcos Peña, el jefe de Gabinete. Allí se insistió en la necesidad de un aumento de precios que garantizara la rentabilidad y colocara sobre la mesa el alto costo de los trabajadores petroleros. Se utilizaba así una sinécdoque ―figura retórica típica de las estrategias hegemónicas―, pues en el discurso del empresariado y del gobierno de Cambiemos el reacomodamiento de precios sería favorable al conjunto de la sociedad en el largo plazo. Sostenían que el ajuste mejoraría el nivel de vida de las clases subalternas, pues así se evitaba una crisis mayor.

Por su parte, las demandas que apuntaban a la reducción de costos y las mejoras en la competitividad fueron significativas. La AEA organizó la jornada “Infraestructura del transporte y costos logísticos: los desafíos de crecer” para discutir los costos de la logística, en la que se contó con la presencia del ministro Dietrich. Evaluando el tipo de cambio estable, sus demandas se centraron en reducir trámites, ampliar la red ferroviaria, disminuir el costo laboral, eximir del IVA al transporte de cargas y subsidiando el combustible.

Pero el eje más importante en relación con la reducción de costos fue el vinculado a los laborales. Este nodo interdiscursivo se mantuvo entre los reclamos empresariales más relevantes hasta fines de 2017. Cabe señalar que, aunque debido al programa de política económica regresiva, el aumento del desempleo y la caída sostenida del salario real, los costos se redujeron, esto no sucedió en los niveles que requería el empresariado. La intención del gobierno de Cambiemos fue, por tanto, el descrédito de las clases trabajadoras organizadas para legitimar una reforma laboral regresiva. Los sintagmas “mafias sindicales”, “industria del juicio laboral” y otras formas de desprestigio de la organización sindical pesaron entonces (Reartes & Pérez, 2018). Si bien las cámaras entendían la necesidad de avanzar con gradualismo en esta flexibilización, la aprobación de una reforma laboral en Brasil en julio de 2017 aceleró los tiempos. En esa línea, el gobierno y la cúpula empresarial comenzaron a hablar de las demandas por juicios laborales como un sistema criminal, que excedían la protección de quienes trabajan convirtiendo la normativa en un mecanismo de presión. Este discurso se profundizó luego de que Cambiemos ganó las legislativas de octubre, y desde entonces el presidente Macri sostuvo que se entraba en un “reformismo permanente” [sic], consistente en impulsar las reformas prometidas: laboral, tributaria, previsional (Argentina entra..., 2017). Luis Etchevehere, entonces presidente de la SRA y luego ministro de Agroindustria, señaló el carácter “fundacional” del discurso de Macri. Mientras que varias organizaciones empresariales habían expresado públicamente su acuerdo con el resultado favorable al gobierno en las PASO (primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias) de agosto. Sin embargo, la aceleración del paso en el tratamiento de estas reformas fue muy costoso políticamente para el gobierno que, tras ganar las elecciones, vio desplomarse su imagen en la opinión pública debido a la resistencia de amplios sectores subalternos, como organizaciones sindicales y movimientos sociales. Al recurrir al FMI en 2018, en medio de las corridas cambiarias, regresaría la necesidad de reformas más profundas, incluso en los ejes ya señalados: laboral, previsional e impositiva. Con la llegada del FMI, se agotó el tiempo para el gradualismo.19

En su estrategia hegemónica, Cambiemos retomó casi por completo la agenda del gran empresariado. Las demandas corporativas de quienes conducen los procesos de acumulación de capital en la Argentina tuvieron su correlato en la política económica de Cambiemos. Más allá de esto, la acentuación de la crisis desde fines de 2017 y principios de 2018 comenzó a provocar el desgaste del bloque de poder, que incluía a la mayor parte del empresariado y a la fuerza política en el gobierno. Las expectativas de los sectores ligados a los servicios y a la cadena energética se desvanecieron frente al aumento sin parangón de las ganancias de la fracción financiera (Cassini et al., 2021, pp. 199-230). Esta última hegemonizó el bloque en el poder. No obstante, las políticas macroeconómicas y sectoriales que lo favorecían tenían la desventaja de la debilidad estructural de las finanzas para encabezar una alianza del empresariado (López, 2023, p. 14).

Las críticas de las cámaras industriales no se hicieron esperar adosándose a las del comercio y la construcción que, en este último caso, vio paralizada su actividad casi por completo (Cassini et al., 2021, pp. 199-230). Más aún, el sector agropecuario, considerado el núcleo central de la oposición al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y, por tanto, parte esencial en la coalición de Cambiemos, comenzó a criticar al gobierno.

Cambiemos fue entonces la expresión de la correlación de fuerzas favorables a los sectores más concentrados del capital y consiguió tres cambios que darían lugar a un nuevo mapa de ganadores y perdedores dentro del empresariado. Por un lado, la alteración de la estructura de precios relativos que mejoró la posición de algunas fracciones (tasa de interés real, tarifazos, medicina, alimentos y energía) en contra de otras ―el salario, en primer lugar, sectores industriales de consumo masivo, en segundo―. En tanto que el cambio en la estructura de los gastos estatales fue significativo dado que el pago de intereses desplazó a las transferencias económicas a los servicios públicos; mientras que los ingresos también se modificaron vía reducción del aporte de impuestos directos y al comercio exterior pero conservando los impuestos indirectos. Estas modificaciones motivaron la apropiación de un excedente económico diferente a los años de hegemonía kirchnerista: las finanzas eran las grandes ganadoras; las clases trabajadoras, las mayores perdedoras. Por último, el financiamiento de las cuentas externas se modificó al priorizar los dólares “financieros” por sobre los “comerciales”, lo cual otorga mayor poder estructural al capital financiero.

La pregunta relevante sería por qué y hasta dónde este proyecto hegemónico restaurador llegó al poder estatal mediante el voto popular y durante algunos años pareció lograr consenso en sectores de las clases subalternas y garantizar su gobernabilidad. En este punto, discrepamos con la lectura respecto a que el neoliberalismo no puede ser un proyecto hegemónico sino uno que fundamenta su dominio basado en la coerción (Alemán, 2016, p. 19). Por el contrario, la fortaleza y profundidad del proyecto neoliberal a escala global, y en particular en América Latina, estuvo marcado por su capacidad de construir hegemonía por parte de las fracciones de clase y los partidos políticos que impulsaron el giro neoliberal, sus trasfondos ideológicos y político-culturales. Contrario al planteo de Alemán (2016), múltiples autores encuentran una continuidad en las apuestas del proyecto neoliberal que han decantado en un “sentido común neoliberal”, “valores neoliberales” o en una “cultura neoliberal” (Crouch, 2012, pp. 237-240; Murillo, 2020).

A partir de esta lectura, es posible pensar en cuáles fueron los “nudos históricos” que recibieron una importancia decisiva en los años de Cambiemos y consiguieron, por un breve lapso, un consenso entre los sectores subalternos. Lejos de la eficacia de los géneros discursivos técnico-científicos20 para ordenar los diferentes nodos del sentido común neoliberal, los discursos de la fuerza política en el poder, como los del gran empresariado, profundizaron las operaciones ideológicas para producir consensos.

Un eje relevante para consolidar el bloque social en el poder, al menos hasta mediados de 2018, fue el antipopulismo. Desde las asociaciones empresariales y el gobierno, el bloque social dominante intentó construir en este eje la refundación de la Argentina para dejar atrás lo que llamaban “el fracaso de los últimos 70 años” (El discurso del presidente..., 2018). Esta operación discursiva pretendía reactivar el mito de que la Argentina puede volver al sendero de países “normales”, “democráticos” y “ricos”, dimensiones que el populismo históricamente había bloqueado. En palabras de Marcos Peña: “Es un fracaso que en 70 años no podamos resolver nuestro equilibrio fiscal” (Marcos Peña negó cambios..., 2018). Del mismo modo se expresaron las voces empresariales. Tanto la AEA, como los discursos que confluyen en los sucesivos coloquios IDEA desde 2015, desarrollaron la impugnación del orden social anterior.21 Esta postura del empresariado, como ocurrió en las demandas económicas concretas, tuvo su correlato en las expresiones del presidente Mauricio Macri en el marco del mismo coloquio a través de un sintagma similar: “El desafío de fondo es el cambio cultural, volver a reafirmar los valores que nos trajeron hasta acá, que trajeron nuestros abuelos, que el trabajo dignifica, que vale la pena esforzarse, valores que el populismo puso en crisis” (Las 12 frases..., 2017).

Con base en lo dicho, es posible pensar este nodo interdiscursivo (populismo) como articulador de la posición ideológica del bloque en el poder y como parte de una estrategia refundacional conservadora del orden social, fundamentada en el rechazo del pasado y, al mismo tiempo, como una “promesa de redención” potencial según lo explica Zemelman (2008). El populismo tiene el peso de un desplazamiento metonímico que alude a “autoritarismo”, “demagogia”, “nacionalismo”, “vulgaridad” y “crisis” (Adamovsky, 2017, pp. 91-103). El significante “pesada herencia” alude a un contenido similar en esos años. Pero, como hemos destacado, construir una hegemonía requiere que la frontera discursiva se desarrolle entre la negatividad del pasado y una positividad potencial que construya un consenso en el presente (Frosini, 2017, pp. 6-9). Es decir, debe haber un desplazamiento desde el peso del “pasado” ―pesada herencia, populismo, demagogia, autoritarismo― para revalorar el presente, hacia una polaridad donde lo “potencial” ―el orden, la estabilidad, el desarrollo― comience a ganar peso a fin de consolidar la estrategia hegemónica en el presente (Zemelmann, 2008, p. 86).

Consideramos que en el periodo 2015-2018 el nodo positivo del trazado de una frontera discursiva por parte del bloque en el poder fue “la república”. Esta lógica binaria entre populismo y república fue una constante de la política argentina luego del “conflicto del campo” en 2008, pero fue más protagónica después de 2012, cuando las tensiones económicas y el “giro particularista” profundizado en el segundo mandato de Cristina Fernández colocó a la AEA y la SRA a la cabeza de la construcción de “un consenso republicano para el desarrollo del país” (Campos, en encuentro de la AEA, marzo de 2016). Desde esta perspectiva, un crecimiento económico y social sostenido dependía de este consenso; excediendo por lejos sus demandas sectoriales, mostrando un contenido político-ideológico categórico. A su vez, el marco de correlaciones de fuerzas continental favoreció esta interpretación de acuerdo con la cual la república y la democracia ocupaban de nuevo el centro en la región, desplazando a los populismos autoritarios (Merino, 2020, p. 167).

Si bien este mito republicano fue la principal base ideológica del proyecto liberal-conservador en Argentina, cabe preguntar sobre qué otro eje se ha venido articulando una estrategia discursiva enfocada principal, aunque no exclusivamente, en el plano político-ideológico. Sin pretender la exhaustividad, podemos señalar que se trata de la institucionalidad, el debate Estado vs. mercado, y la posibilidad de cambio cultural que dieron lugar a una controversia entre intelectuales y organizaciones políticas acerca de la capacidad hegemónica de Cambiemos.

Las luchas sociales articuladas de diferentes representaciones de las clases subalternas para resistir el embate de la reforma jubilatoria y la laboral que pretendía imponer el gobierno de Cambiemos, fue un evento clave para el desgaste de los consensos del proyecto neoliberal. La reforma jubilatoria fue aprobada en el Congreso de la Nación en diciembre de 2017, pero las manifestaciones callejeras y movilizaciones para enfrentarla fueron un punto de inflexión en las capacidades hegemónicas del proyecto de restauración conservadora. Los movimientos orgánicos en esta crisis se corresponden con una crisis de la dinámica de acumulación entre las fracciones productivas, una exacerbación del rol del capital financiero que incrementó la volatilidad macroeconómica y un proceso acentuado de desigualdad basado en el ajuste monetario y fiscal. La llegada del préstamo stand-by del FMI por una cifra récord para este tipo de créditos terminó de delinear una tendencia a la crisis del patrón de acumulación. En términos coyunturales, el desgaste del breve periodo de consenso de Cambiemos tuvo mucho peso en el plano estructural, puesto que más allá de las promesas republicanas antipopulistas, la situación económica fue de mal en peor, tanto para las clases subalternas como para amplias franjas del empresariado productivo (López, 2023, p. 19).

Las fuerzas de la sociedad civil que resistieron el avance del neoliberalismo fueron las que pusieron en crisis dicha hegemonía. La articulación de estas luchas subalternas con las limitaciones de las dinámicas de acumulación que estaban en el centro de los discursos del empresariado y de la fuerza política en el poder, concretaron la crisis definitiva de esta nueva experiencia neoliberal. La derrota electoral de Mauricio Macri a manos del Frente de Todos (espacio diseñado e impulsado por Cristina Fernández de Kirchner) culminó el desgaste y en la crisis del proyecto hegemónico neoliberal.

Lo interesante es que la derrota electoral en lugar de producir un efecto centrífugo sobre el bloque de poder de Cambiemos y la porción más significativa del empresariado, consolidó el espacio opositor a partir de una estrategia de polarización más acentuada, más fundada en dimensiones ideológicas que pragmáticas y alienadas con la tradición política oligárquica argentina. Esta estrategia dio sus frutos durante la campaña electoral post PASO, dado que Cambiemos remontó buena parte de su desventaja en votos de cara a las elecciones generales de octubre de 2019.

4. La cultura neoliberal y la precarización de la vida: un empate hegemónico arraigado en la pasividad

Hemos discutido aquí el derrotero de dos proyectos hegemónicos a escala nacional y descrito parcialmente el marco de la correlación de fuerzas internacionales que afectan directamente a Argentina. Desde nuestra perspectiva, la impugnación al proyecto neoliberal impulsada por fuerzas sociales y capitalizada en el plano político por el Frente de Todos logró desplazar del gobierno al proyecto restaurador-conservador de Cambiemos.

El punto de partida del Frente de Todos ha sido el nodo discursivo antineoliberalismo. Este apela a la memoria de la crisis orgánica de hegemonía de 1998-2002 y lo construye como oposición a las nociones de justicia social, soberanía, integración social e independencia económica, entre otras cuestiones. Más allá de los cambios globales y regionales que pusieron en tela de juicio la capacidad misma de la civilización occidental para reproducirse en el marco de la pandemia del covid-19, las expectativas de diferentes sectores o fracciones de las clases subalternas se esfumaron rápidamente. Si bien el nodo antineoliberal en el plano de la política macroeconómica y el gesto oligárquico de la alianza ahora opositora (Juntos por el Cambio) no origina una adhesión política activa, el Frente de Todos parece tener bases pocos firmes para la construcción de una hegemonía estable. Esta situación recuerda lo planteado por Portantiero (1977, pp. 532-536) acerca de una situación de empate en la que ninguno de los proyectos hegemónicos consigue subordinar al otro.

¿A qué se debe esta situación de empate hegemónico? Una respuesta excede las posibilidades de este trabajo. Pero podemos indicar algunas guías para un análisis de la emergencia, consolidación y crisis de proyectos hegemónicos en la Argentina reciente. Siguiendo los argumentos arriba planteados, es posible pensar diferentes niveles de la hegemonía según sus grados de profundidad. Concretamente, dos niveles. En primer lugar, en el más coyuntural o superficial, se encuentra la hegemonía política donde los discursos que circulan en un tiempo y lugar determinados, los aspectos más coyunturales de las correlaciones de fuerza, y ciertos eventos fortuitos, pueden tener un impacto significativo en la emergencia de un proyecto hegemónico o qué tanta adhesión convoca. Estos momentos coyunturales empalman u organizan diferentes núcleos del sentido común que aparecen en la superficie.

En segundo lugar, aparece la hegemonía económica y cultural. La inclusión de estos dos aspectos en el mismo nivel radica en comprender la cultura como parte de la construcción material de la vida, de la misma forma que la reproducción económica (Williams, 1997, pp. 19-32). La importancia que le otorga Gramsci al plano cultural en sus Cuadernos echa por tierra la interpretación de que las determinaciones últimas de un orden social se refieren exclusivamente a las dimensiones económicas (Gramsci, 1981, CC4, SS 43, 455). Por el contrario, la reproducción material de la vida incluye la reproducción cultural y cristaliza en los núcleos más duros del sentido común, es decir, en el modo de comprender el mundo y analizarlo a partir de un movimiento orgánico y estructural que se reproduce en tensión y a la par de las dimensiones económicas. Mientras que por lo general estas dan lugar a elaboraciones políticas donde predominan como trasfondo las demandas corporativas o sectoriales, es en el plano cultural donde la dinámica orgánica o estructural de la hegemonía opera con mayor profundidad. Los núcleos culturales de sentido común que se reproducen a lo largo del tiempo y que requieren de momentos de crisis de hegemonía orgánicas para modificarse, son los principales insumos que se activan con los discursos políticos en coyunturas específicas. El desgaste o desorden de un patrón de acumulación acelera la subjetivación en favor o en contra de determinados proyectos hegemónicos.

Planteamos lo anterior para dar cuenta del desgaste del Frente de Todos, de la incapacidad de Juntos por el Cambio para capitalizar el descontento y, lo novedoso, cierta acumulación de parte de una ultraderecha o de derecha alternativa con mayor incidencia en las juventudes (López & Pulleiro, 2022). Nuestra hipótesis es que no solo en Argentina, sino en general en América Latina, los planos económico y cultural de la reproducción social de las clases populares están hegemonizados por los discursos neoliberales. La cultura neoliberal de fuertes núcleos de sentido común tales como el hiperindividualismo, el consumismo, la meritocracia, el racismo, el privatismo y el apoliticismo han subordinado duraderamente los núcleos de buen sentido que habían preponderado en los periodos previos. En lo económico, la mayor parte de las formas de reproducción de la vida de las clases subalternas está sujeta a la constante degradación de un modelo capitalista occidental crecientemente excluyente, con particularidades de nuestra posición periférica que no hace más que reducir las posibilidades de éxito de patrones de reproducción económica que continúen con esta inercia. Se presenta la paradoja de una propuesta política del neoliberalismo que toma elementos de la cultura neoliberal dominante, pero no puede cumplir sus promesas de satisfacción económica que el mismo proyecto plantea (Fisher, 2016, p. 131).

La discusión sobre la batalla cultural durante la hegemonía del proyecto kirchnerista se redujo a un sector menor de las clases subalternas y sobre todo a sectores medios intelectuales. En los años posteriores a 2015, se manifestó una tendencia de larga data que la etapa más progresiva del gobierno kirchnerista no superó y provocó que la gran mayoría de las clases subalternas reprodujera su existencia en marcos de empobrecimiento económico estructural y de predominio de una hegemonía cultural cada vez más alejados del igualitarismo, la solidaridad de clase y la cultura del trabajo. Estos núcleos neoliberales del sentido común fueron subestimados por los proyectos hegemónicos progresistas y de las izquierdas y se activan hoy, ante una desmejora de las condiciones de vida, con los discursos políticos de los espacios conservadores o de las derechas alternativas. El proyecto nacional-popular aparece bloqueado para producir articulaciones virtuosas o nuevos mitos que intenten activar los buenos sentidos que son parte de las tradiciones políticas populares en Argentina. El statu quo es, por tanto, neoliberal.

El empate que transitamos en los niveles continental y nacional tiene menos épica que el empate catastrófico de la década de 1970, es un empate en el que la pasividad y no la activación aparece como el elemento más importante (Modonesi, 2017, pp. 25-51).

5. Comentarios finales

En este artículo se ha intentado reponer el recorrido de las disputas por la hegemonía en la Argentina reciente. Analizando la correlación de fuerzas a escala continental, hemos dado cuenta del derrotero de la hegemonía desarrollista desde su emergencia hasta su crisis orgánica, de la emergencia del proyecto neoliberal de Cambiemos como alternativa y de la situación de empate hegemónico que caracteriza la situación actual, la cual se fundamenta en la cultura neoliberal como núcleo de ideas que habitan el sentido común de manera estructural en Argentina de la misma manera que la acentuación periférica y dependiente de la economía nacional.

A lo largo del trabajo, se ha dado cuenta de este recorrido mediante algunas categorías del análisis gramsciano de la hegemonía que resultan de interés para el estudio de la sociedad argentina contemporánea. En adelante, queda pendiente profundizar estas dimensiones analíticas y, al mismo tiempo, desarrollar más en detalle una perspectiva metodológica acorde a este tipo de investigaciones.

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Qué piensan los líderes de las empresas sobre 2013 y callan. (2012, 9 de diciembre). La Nación. [ Links ]

1 Para el estudio de estas categorías y formular un análisis crítico del discurso, véase Wodak & Meyer (2003).

2 El Frente de Todos fue una coalición de diferentes fuerzas políticas vinculadas al peronismo: partidos progresistas, expresiones de las izquierdas y movimientos sociales, entre otros, ellos reactivaron el espacio político nacional-popular luego de la derrota electoral del proyecto kirchnerista en 2015. Tuvo la fortaleza de incluir a la mayor parte de las expresiones que se oponían al neoliberal encarnado en la figura de Mauricio Macri que se presentó para ser reelecto como presidente en 2019.

3 Alianza Cambiemos fue la coalición de Propuesta Republicana (un novedoso partido de centro-derecha fundado en 2008) con el Partido Radical y otros partidos políticos de menor importancia. Se formó para enfrentar al Frente para la Victoria liderado por Cristina Fernández de Kirchner de clara identificación con el peronismo histórico y una variedad de agrupamientos progresistas y de izquierdas.

4 Para una tipología de las crisis de hegemonía y sus principales componentes, véase Balsa (2020).

5 A dicho proyecto también se le ha llamado neodesarrollista (Féliz & López, 2012; Schorr & Wainer, 2023).

6 “Populismo” alude aquí a una categoría nativa planteada por la oposición, el empresariado y los medios de comunicación masivos con una connotación negativa en relación a las categorías “república” o “democracia”. En la teoría social, populismo se considera como una lógica de la política (Laclau, 2005).

7 “Enunciador privilegiado” refiere a los actores colectivos o dirigentes que logran ubicarse en el centro de la escena donde circulan los discursos en un momento determinado. Véase Verón (1987).

8 Coordinación política formada por la Sociedad Rural Argentina (SRA), la Federación Rural Argentina (FAA), las Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) y la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (CONINAGRO).

9 “El punto de inflexión fue la crisis agropecuaria, porque desde entonces pasamos a un período en que sentíamos que los empresarios eran concesionarios, no dueños de empresas. Y eso fue minando la autoestima del empresariado” (Entrevista a Jaime Campos, La Nación, 2009).

11 Para los detalles de la emergencia (2003-2007) del proyecto hegemónico desarrollista, véase López (2015).

12 Retamozo (2013) relaciona la construcción de hegemonía del kirchnerismo con diversas lógicas políticas: movimientista, populista, institucional, entre otras. Además, como fue desarrollado en López (2015, pp. 159-190), el enunciador privilegiado de la etapa de emergencia del proyecto desarrollista en el marco de la crisis orgánica de 1998-2001 fue el Grupo Productivo, con un rol preponderante de la Unión Industrial Argentina.

14 Carta Abierta fue un grupo de intelectuales afines al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner; tuvo varias intervenciones en el marco de la batalla cultural.

15 Qué piensan... (2012), La independencia... (2014), La independencia el 70% de las empresas... (2012), Ningún gobernante... (2015). Véase, por ejemplo, “[...]las entidades aquí firmantes entienden que el mejor homenaje que se puede hacer a la democracia es reafirmar la plena vigencia del sistema republicano de gobierno, en el cual el federalismo, la efectiva separación de poderes, la independencia del poder judicial, el debido funcionamiento de los entes de control de la actividad administrativa y el debido respeto a la libertad de prensa, constituyen sus pilares fundamentales” (AEA, 2014). El presidente de la SRA, Luis Miguel Etchevehere, oponía un gobierno republicano al proyecto populista que atribuía al gobierno de Cristina Fernández (El populismo demagógico..., 2014). Este empresario afirmaba sobre la entonces presidenta: “cree que todo se resuelve con algunos pesos y mucha publicidad. Con el campo en marcha, el país que viene no tendrá nada que ver con este. Es urgente cambiar el rumbo” (Etchevehere, 2014).

16 En este texto, politicidad se entiende como la categoría propuesta por Laclau & Mouffe (2004). De acuerdo con estos autores, “lo político” radica en la capacidad de construir un discurso que produzca una partición del campo político en polos potencialmente antagónicos. Tal como plantea Balsa (2017), la alternativa es la política como administración o tramitación institucionalizada del conflicto.

17 Véase el documento fundacional del Foro de Convergencia Empresarial de 2014, https://archivo.consejo.org.ar/noticias14/foroempresarial_2404.html.

18 Estos puntos se encuentran en el texto liminar del Foro de Convergencia Empresarial conformado por más de 70 grandes empresas.

20 Para una discusión sobre los géneros discursivos en la construcción hegemónica, véase Angenot (2010, pp. 21-51).

21 Por ejemplo, el discurso de Gastón Remy, presidente de Dow Argentina, en el marco del 53° Coloquio de IDEA en octubre de 2017; luego de citar datos económicos y políticos de los últimos cincuenta años, concluye “Esos números nos muestran que perdimos el camino y nos descarrilamos como sociedad”.

Recibido: 30 de Noviembre de 2023; Aprobado: 20 de Agosto de 2024

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