INTRODUCCIÓN
La noción de territorio es de amplio uso en la geografía de hoy. Por un lado, parece ofrecer precisión al momento de utilizarla, y por el otro, brinda cierta versatilidad para designar distintos espacios. Sin embargo, como todos los conceptos geográficos, no parece conveniente aceptar definiciones cerradas ni tampoco utilizarlos con significados que sean demasiado abiertos y que por ello puedan causar confusión. Por tanto, y según el enfoque cultural, nos parece conveniente ubicarlo a una escala local y en casos de estudio específicos. Esto nos permite entender cómo, las y los habitantes de un determinado lugar, construyen el territorio con el que se identifican y se conciben como un grupo con aspiraciones comunes. En este artículo estudiaremos un caso en donde el territorio es construido y reconstruido socialmente mediante ritos que se celebran cada año. Nos referimos a la festividad de los xhitas, que tiene lugar en Calpulalpan, una de las localidades del municipio de Jilotepec, en el Estado de México, representada por una delegación municipal cuya jurisdicción abarca las cuatro manzanas de Calpulalpan: Calpulalpan centro, Las Jaras, San Vicente y El Saltillito. Las tierras que le corresponden se encuentran mayormente inscritas en el ejido de Santa María Magdalena Calpulalpan, cuyas principales autoridades son los comisariados ejidales (Figura 1).
En el territorio reposa la identidad de una comunidad, pero en ocasiones encontramos distintas definiciones que no coinciden en sus límites y en su estructura espacial. La fiesta de los xhitas es reveladora en este sentido. Los xhitas son principalmente jóvenes oriundos de alguno de los dos barrios de Calpulalpan que se disfrazan diariamente durante 18 días con camisolas o ayates y pantalones fabricados a partir de costales de ixtle. En la cabeza portan un sombrero con flores artificiales y una gran cabellera de colas de res o caballo llamada xirguero, y en la mano sostienen un chicote en forma de látigo para imitar el ruido de los truenos (Figura 2). También llevan consigo una máscara que solo usan cuando entran en el patio de una casa a bailar y durante los tres días de procesiones. Su devoción o su compromiso con la colectividad los lleva a aceptar la responsabilidad, durante siete años seguidos, de participar en las festividades sin protestar y sin ausentarse de ninguno de los ritos; es lo que denominan su “manda”.

Foto: Rubén I. Tovar-Cabrera. Archivo de campo, 30 de enero de 2024.
Figura 2 Xhita de Calpulalpan con vestimenta tradicional. Identidad reservada.
La investigación que aquí reportamos comenzó los días previos al carnaval de 2022, durante una visita para presenciar el rito que esos personajes enigmáticos protagonizan con recorridos, aparentemente desordenados, a lo largo y ancho del pueblo de Calpulalpan. En 2023 nos propusimos identificar, en sus desplazamientos, una reivindicación territorial y una confirmación identitaria, lo que nos llevó a hacer un seguimiento de los xhitas durante tres jornadas en días no sucesivos. Nuestra pregunta de investigación fue: ¿las autoridades y los habitantes de Calpulalpan coinciden en los límites y la estructura espacial del territorio que conciben, o bien se trata de dos espacialidades discordantes?
No fue sino hasta enero de 2024 cuando arribamos a Calpulalpan con lecturas previas (Carrasco, 1979; Soustelle, 1993; Brambila et al. 2010; Cruz, 2012; Jarquín y Morales, 2023) y con una hipótesis formada: el desplazamiento de los xhitas, durante sus festividades, revela una concepción popular de la tierra que les pertenece al tiempo que confirma la manera en la que ellos mismos se conciben como grupo con intereses comunes, y tal concepción no coincide con los límites y organización del territorio formalmente aceptado por sus autoridades civiles y religiosas.
Este artículo echa mano del enfoque cultural en geografía que nos conduce a entender las definiciones espaciales desde la óptica de la comunidad que las construye. Durante mucho tiempo, tanto la geografía como la antropología interpretaron con una lógica externa lo que ocurría al interior de las comunidades originarias (Bartolomé, 2006), pero gracias al giro cultural se han revelado imprecisiones e incluso aberraciones que exigen un trabajo mucho más fino y respetuoso de la idiosincrasia local (Claval, 2001; Oaks, 2008; Anderson, 2015). El enfoque cultural insiste en la escala local como ámbito explicativo de manera que, para un análisis como el nuestro, parece ser la forma de aproximación más adecuada sin perder de vista las especificidades propias del ámbito mexicano. Esta investigación se propuso comprender la lógica de las comunidades autóctonas aun sabiendo que tal tarea presenta un altísimo grado de dificultad para quienes viven fuera del pueblo estudiado. El enfoque derivado del giro cultural (Hiernaux, 2008; Urquijo Torres, 2021) valora por tanto el diálogo entre la academia y las comunidades locales como una oportunidad para presentar explicaciones más elaboradas sobre procesos y fenómenos complejos donde se conjugan concepciones diversas sobre la conformación de territorios.
Aunque algunas investigadoras (Brambila, 2000; Albores, 2000; Ruiz Castro, 2010; Reyes Retana, 2020), se han ocupado de describir rasgos de la celebración, el valor innovador de nuestro artículo estriba en que nunca se había detallado y georreferenciado la festividad de los xhitas de Calpulalpan y tampoco se había interpretado a la luz del concepto de territorio según el enfoque cultural en geografía. Como se verá adelante, hemos generado mapas que permiten reconstruir los recorridos jornada tras jornada y que exhiben las diferencias conceptuales. Aquí vale agregar que el trabajo de campo, día y noche, correspondió a Rubén Ismael Tovar-Cabrera (2024), coautor de este artículo, quien ha realizado su tesis con una temática más amplia basada en el mismo fenómeno.
METODOLOGÍA
Existe poca bibliografía específica sobre la tradición xhita de Jilotepec (Brambila, 2000; Albores, 2000; Reyes Retana, 2020) y ninguna conocida sobre el caso de Calpulalpan, aunque el Museo de Jilotepec, inaugurado en 2024, sí lo contempla en sus cédulas. Por su parte, Mónica Ruiz Castro (2010) ha estudiado una celebración de “xitas” para Temascalcingo, que tiene lugar durante el jueves de Corpus Christi y que es sugerente comparativamente con nuestro caso porque en esta localidad, del mismo Estado de México, hay herencia otomí. Para nuestro artículo comenzamos por estudiar precisamente la historia cultural del pueblo otomí, además de la historia del municipio y la historia de la región (Soustelle, 1993; Carrasco, 1979; Galinier, 1990). Por otro lado, nos adentramos en la discusión, desde el punto de vista geográfico, sobre la definición de “territorio” que ha evolucionado de manera importante en los últimos años (Giménez, 2000; Vanier, 2009; Haesbaert, 2011; Ramírez y López, 2015; Goluvov y Hatch, 2022). A partir de la lectura de estas fuentes académicas, confeccionamos tanto la pregunta de investigación como la hipótesis respectiva, para lanzarnos posteriormente al trabajo de campo que nos permitiera confirmar o matizar tal hipótesis.
En enero de 2024 se solicitó una cita con el delegado municipal de Calpulalpan para pedir los permisos formales. Ello derivó en una presentación ante la asamblea comunitaria para explicar el propósito de nuestra estancia durante las festividades. Se conversó con los mayores, los menores y los tesoreros que organizan a los xhitas y, en retribución, asumimos el compromiso de realizar una crónica gráfica de los recorridos que hicieran en los 18 días que dura la fiesta. Salvo las excepciones que se explican adelante, se acompañó a los xhitas, desde el primer momento, a todos los hogares a los que fueron invitados para bailar con los músicos, tronar cohetes, comer, beber y, principalmente, enmarcar la visita de la efigie del Señor de la Humildad cargado por el xhita mayor del barrio en cuestión, quien es acompañado a cada costado por el xhita menor de su mismo barrio y el xhita mayor del otro barrio. Recordemos que Calpulalpan tiene dos barrios llamados simplemente el primero y el segundo. A cada uno corresponde un xhita mayor y uno menor, un tesorero, un “segundo” y un “tercero”, así como un número variable de jóvenes que se caracterizan y se visten como ya lo hemos indicado.
Las extenuantes jornadas comenzaron al alba, al repicar de las campanas, y terminaron más allá del ocaso. En cada hogar y en cada hito relevante del recorrido, se capturaron puntos con GPS. Así, se recopilaron centenas de ellos entre el 28 de enero y el 13 de febrero de 2024, que funcionaron como insumos vectoriales que, al final de la temporada, nos permitieron realizar los mapas que aquí se presentan. Siguiendo nuestra pregunta de investigación, buscamos evidenciar las diferencias espaciales entre los desplazamientos inicialmente imprevisibles de los xhitas y las ordenadas procesiones sancionadas por las autoridades religiosas, realizadas del jueves 8 al sábado 10 de febrero, intercaladas dentro de la propia festividad xhita.
En mayo de 2024, con el primer borrador de este artículo redactado, regresamos a Calpulalpan para conversar con algunos de los actores y para obsequiar fotografías impresas a pobladores de la localidad. Este fue también el momento para realizar entrevistas a algunos informantes que consideramos claves por su elocuencia y por sus experiencias en la materia.1 El texto final que aquí se presenta es producto de la contrastación entre nuestra versión de campo y gabinete con las expresiones de los informantes.
RESULTADOS
Los mapas de las Figuras 3, 4 y 5 ilustran el complejo y ruidoso itinerario de los xhitas. El mapa de la Figura 3 traza los recorridos documentados durante la festividad de 2024, mientras que los dos mapas mostrados en las Figuras 4 y 5 se enfocan en documentar dos jornadas específicas que revelan recorridos más allá de los límites ejidales que marcan las autoridades civiles. Por otro lado, el mapa de la Figura 6 ilustra la procesión tradicional de la comunidad, que difiere del itinerario de los xhitas. Para estos, el territorio se construye englobando a los hogares de aquellos vecinos que los recibieron con la imagen del Señor de la Humildad.

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo.
Figura 3 Recorridos documentados en el trabajo de campo durante la festividad xhita.

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo.
Figura 4 Ruta de los recorridos xhitas durante la primera jornada de la festividad en 2024.

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo.
Figura 5 Ruta de los recorridos xhitas durante la segunda jornada de la festividad en 2024.

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo.
Figura 6 Rutas seguidas en los tres días de procesiones de Calpulalpan, 2024.
Esto quiere decir que el territorio es el espacio ocupado por las familias que forman su comunidad. Ruiz Castro (2010) coincide en esto para el caso de Temascalcingo. Es interesante, por ejemplo, haber constatado que algunos de los habitantes de Calpulalpan no forman parte de la comunidad por cuanto explícitamente han dejado la fe católica para abrazar alguna otra expresión del cristianismo protestante. En las casas de estos cristianos, los xhitas no se detienen. En años anteriores solían hacer mofas o gritaban afuera de las casas de los conversos que abandonaron el catolicismo, pero en la asamblea comunitaria previa a las festividades del 2024 acordaron que los xhitas no debían detenerse en dichas casas y debían respetar las otras creencias. Consecuentemente, en nuestro estudio, evitamos cartografiar los puntos de tales hogares.
En contraste, para las autoridades, el territorio es un espacio señalado por la caminata ritual de la procesión y por los rumbos hacia donde se extiende visualmente. Estamos tomando en cuenta dos tipos de autoridad: la eclesiástica, representada por el párroco, y la civil, simbolizada por el delegado municipal y por los miembros del comisariado ejidal de Santa María Magdalena. Podría decirse que el territorio aceptado por las autoridades eclesiásticas tiene límites con la demarcación de las diócesis y las parroquias. De manera complementaria, para las autoridades civiles, el territorio se delimitaría con base en las localidades amanzanadas definidas por el municipio y por los linderos del ejido de Santa María Magdalena.
Mientras que para los xhitas el territorio es dinámico y evoluciona, para las autoridades, tanto civiles como religiosas, la integridad territorial trata de ser salvaguardada mediante las procesiones y los documentos formales. Entender el territorio como un espacio cambiante significa abrir la puerta a una concepción que en Occidente ha sido rechazada y que en México ha sido sistemáticamente combatida por las instituciones tanto coloniales como aquellas formadas durante la época independiente. El territorio en Occidente es, ante todo, una entidad de límites precisos, preferentemente defendida por normas jurídicas (Brunet et al., 1992; Elden, 2010). Lo que vemos en Calpulalpan es un territorio que aún expone rasgos de las sociedades tradicionales del México antiguo, como lo son la autonomía política y la permeabilidad limítrofe.
DISCUSIÓN
Enfocar el problema desde una perspectiva cultural nos lleva a definir el territorio como la apropiación simbólica de un espacio a manos de una comunidad dentro del cual deposita su identidad (Giménez, 2000), pero también como la apropiación funcional de dicho espacio, pues, dentro de sus límites, la comunidad encuentra los satisfactores básicos que requiere para reproducirse en él (Ramírez, 2006; López Austin, 2021). Si no los encuentra adentro, sale a conseguirlos por medio del intercambio. En el caso de México, el territorio está, además, sujeto a consideraciones que escapan a la noción de cultura adoptada por la geografía occidental (Broda y Báez, 2001). Tenemos que acercarnos por lo tanto a los estudios etnohistóricos que se ubican en la transición entre el mundo mesoamericano y el colonial mexicano.
En este ámbito, según Alicia Barabás, el territorio es un espacio que puede estar regulado también por el mito. En sus palabras: el territorio es "parte de una realidad cultural compleja que relata una historia sagrada, por lo tanto vivida como verdadera" (Barabás, 2003, pp. 23 y 26). Ella misma asegura que en México, “los pueblos indios actuales construyen territorialidad a través de la puesta en acción de lugares sagrados, procesiones y peregrinaciones a santuarios" (Barabás, 2003, p. 15).
Procesiones y peregrinaciones a santuarios como ritos de reivindicación territorial
Para la geografía, las procesiones que se llevan a cabo al interior de un pueblo, o bien, las peregrinaciones que comunican una localidad con un santuario de importancia regional, revelan un deseo colectivo de recordar tácitamente el momento en el que esos espacios fueron fundados. Ángel Julián García Zambrano (2006) habla de las peregrinaciones y procesiones como recordatorios de las migraciones mesoamericanas que dieron lugar a la fundación de pueblos en tiempos remotos. Más aún, subraya la vinculación entre estos desplazamientos rituales y el paisaje circundante dado que, con frecuencia, los caminantes cubren rutas que reproducen recorridos ancestrales o que directamente tocan puntos del paisaje considerados sagrados.
Todo pueblo mesoamericano tenía en su tradición una migración. Aztlán, Culhuacan o Chicomoztoc son solo algunos de los famosos topónimos que vinculan a los pueblos mesoamericanos con su medio físico que es acuático y montañoso. Al establecerse en un sitio, los migrantes marcaban con arco y flecha el espacio del que estaban tomando posesión una vez que consideraban que, dentro de él, podrían vivir y que, en sus alrededores flechados, podrían obtener los mantenimientos que les eran necesarios. En este proceso reivindicaban la fusión de la comunidad con su territorio (García-Zambrano, 2006).
En tiempo prehispánico, hubo procesiones que hoy conocemos a través de la arqueología: en Teotihuacan (Manzanilla-Naim, 2017), en la región de Oaxaca (González-Licón, 2015), en el Occidente de México o en el área Maya (Cobos y Fernández-Souza, 2015) se han develado espacios urbanos explícitamente diseñados para la entrada espectacular de los peregrinos. En tiempos coloniales, es posible que estas caminatas rituales de origen mesoamericano hayan coincidido en su formato con algunas peregrinaciones que se realizaban a lo largo de rutas sagradas para la cristiandad del Viejo Mundo, tales como las que conducían a Santiago, a Roma o a Jerusalén (Quiroz Malca, 2000). Una coincidencia de este tipo es posible que se haya dado en Jilotepec, donde tradiciones probablemente otomíes se mezclaron con la fecha del carnaval europeo para acomodar en la liturgia local el fenómeno de los xhitas. En el caso de Temascalcingo, fue otra la fiesta cristiana con la que se mezcló la tradición “xita”: Corpus Christi.
Jilotepec, desde el punto de vista geopolítico, es una piedra angular, un campo de batalla, una frontera, un mercado y un crisol de encuentro. Lo ha sido desde su origen al separar y articular, al mismo tiempo, Mesoamérica al sur con Aridoamérica al norte, del mismo modo que ha vinculado y segregado a los pueblos michoacanos del occidente y los pueblos del centro de México. Jilotepec “se localiza en un punto estratégico, al norte de la cuenca de México, beneficiado por dos de los grandes sistemas hidráulicos, el Lerma Santiago y el Moctezuma Pánuco. Está rodeado por sitios plenamente identificados como teotihuacanos: hacia el noroeste San Juan del Río, al noreste Ixmiquilpan, en el sureste Cuautitlán y al este Tula” (Cruz, 2012, p. 19). Jilotepec es una región otomí atravesada por varias culturas a lo largo de la historia con intereses que no permitieron que su identidad otomiana se consolidara (Soustelle, 1993). Más adelante ha sido una tierra culturalmente difícil de definir y jurídicamente conflictiva por cuanto se le escatimó su identidad en el México independiente y se le usó como colchón para frenar disputas entre municipios y estados vecinos. Comparada con otras regiones de origen mesoamericano, el área de presencia otomí no produjo grandes centros ceremoniales y más bien su arquitectura fue modesta, pero la arqueología ha revelado una organización espacial clara cuyo centro geográfico parece ser Jilotepec. El topónimo en su propia lengua es Madenxi, al que se le ha interpretado como “lugar de cebollas o jitomates tiernos” (Brambila, 2001; Reyes Retana, 2020), aunque habría que revisar a qué especie vegetal refiere.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en el censo de 2020, registró que, de los 87671 habitantes de Jilotepec, solo 396 son hablantes de lengua indígena (HLI) (INEGI, 2020). En Calpulalpan, el propio INEGI registra HLI en las manzanas de San Vicente, Las Jaras y El Saltillito; sin embargo, estos no fueron localizados en el trabajo de campo, por lo que se especula que se trata de los últimos hablantes de mayor edad, dado que ningún participante activo del grupo xhita contaba con dominio de la lengua otomí.
La identidad otomí de Jilotepec, vilipendiada primero por nahuas y purépechas, y más tarde desacreditada también en las versiones novohispana y mexicana de la historia regional, emerge con fuerza en sus procesiones y santuarios todavía. Cabe decir que festividades análogas se presentan al mismo tiempo en la cabecera municipal, Jilotepec de Molina Enríquez, y en al menos ocho pueblos más del municipio según Brambila: Agua Escondida, Buenavista, Comunidad, Las Huertas, La Merced, San Lorenzo Nenamicoyan, San Lorenzo Octeyuco, Xhisda y Xhixhata (Brambila, 2000, p. 25). Reyes Retana (2020) documenta que a partir de 1999 también lo hacen en El Xhitey y en Villa de Canalejas. En 2024, nosotros contabilizamos la fiesta xhita también en Octeyuco Dos Mil y Divisadero de Zapata (localidad situada en los límites de Jilotepec y Soyaniquilpan) (Figura 7).

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo y Brambila (2000).
Figura 7 Pueblos que llevan a cabo la festividad xhita en Jilotepec.
En la cabecera municipal se realiza un desfile con representantes de las “figuras xhitas” de todas las comunidades que deseen asistir, mismo que presenciamos el día 4 de febrero de 2024. Dicho evento posee un carácter más expositivo para el turismo que ritual, pero comienza a presentarse como un acto cada vez más relevante dada la nueva denominación de Jilotepec como “pueblo mágico” por la Secretaría de Turismo federal, acción que leemos con suspicacia debido al posible riesgo de turistificación masiva y folklorización de la fiesta al considerarla como un espectáculo cuyo objetivo es captar ingresos. La fiesta análoga de Temascalcingo que hemos mencionado coincide en antigüedad y en algunas de las formas con las de Jilotepec, lo que nos permite pensar que la festividad de los xhitas, que aquí culmina en el carnaval, constituye un elemento identitario otomí que reposa tanto en su comunidad como en su territorio.
Para ser más específicos, se requiere aterrizar todas estas generalidades en el caso de Calpulalpan. En el siguiente apartado se aborda la territorialidad histórica de Jilotepec de la mano de Elisa Cruz, la especialista más autorizada de la región para efectos de su historia política colonial y se termina con la discusión sobre la hipótesis particular de Calpulalpan.
El concepto de territorio según los xhitas
En su libro Nobleza y gobierno indígena de Xilotepec, siglos XVI-XVIII, Elisa Cruz sintetiza las particularidades de la territorialidad de esta compleja región a la luz de varios autores que han explicado las formas de organización política y territorial de la Nueva España. Señala que la “organización político-social mesoamericana” se basó en la “asociación personal”, es decir, en la relación entre los miembros de la comunidad, mientras que la tradición introducida por los españoles se basó en la “asociación territorial”, o sea, no en los vínculos entre personas sino en el hecho de estar asentados sobre una tierra de límites precisos (Cruz, 2012, p. 74). Como se puede colegir, la tradición mesoamericana pudiera estar relacionada con el rito de los xhitas mientras que la tradición española lo estaría más con la procesión de las autoridades locales. Daneels y Gutiérrez (2012, pp. 9-10) coinciden con Cruz en que los territorios de la nobleza indígena “no eran contiguos y sus extensiones eran cambiantes y fluidas, dependiendo de su suerte política”. La permeabilidad de las fronteras es una característica que puede ser rastreada desde la época prehispánica en la territorialidad del altepetl que era la unidad básica de organización comunitaria en el México antiguo (Fernández-Christlieb y García, 2006).
Como hemos planteado, el movimiento de los xhitas se diferencia de aquel descrito por las procesiones no solo por su carácter popular y festivo sino porque revela un caminar libre por el terreno. La permisividad de la temporada festiva les autoriza pisar los surcos de las milpas, entrar a los patios de las casas, recorrer los relictos boscosos y saltar -incluso desbaratar- las bardas de piedra sin acotarse al rumbo de los caminos trazados. Los integrantes del grupo xhita interpretan personajes desinhibidos y burlones, lo cual no obsta para ser custodios de la imagen del Señor de la Humildad. Cada jornada previa a las procesiones visitan alrededor de un centenar de casas; algunos días lo hacen con puntos sagrados y geosímbolos, como los llama Bonnemaison (2000), es decir, hitos del paisaje que refuerzan la identidad de la cultura que los definió, en este caso iglesias, capillas y cerros. Algunos de estos puntos sagrados aparecen explícitos en nuestros mapas. Un ejemplo es la visita de los xhitas a los cerros Colorado y Nica, en donde existen pequeñas capillas en las que rezan, cantan y echan cohetes.
Resulta de especial atención el segundo día de recorridos (Figura 5), cuando, durante la segunda parte de la jornada, se lleva a cabo la visita a diversos hogares en El Majuay, una localidad al oeste del centro de Calpulalpan que antes era parte de este pueblo. Esta acción puede leerse como un reclamo de comunidad en la cual los xhitas llevan la imagen a aquellos con quienes mantienen lazos comunitarios e identitarios, pese a que dicha zona ya no es considerada como parte de Calpulalpan según los linderos administrativos.
Otro aspecto que le da una connotación singular a la concepción xhita del territorio es la división del pueblo en dos barrios, con una frontera que no es evidente para un ojo externo, y ni siquiera para algunos miembros de la comunidad (Figura 8). De esta manera, la propia organización del grupo se basa en tener representantes de cada barrio en cada uno de los cargos para garantizar que los recorridos y la celebración se den en ambas partes del territorio. Los recorridos xhitas inician un domingo en el primer barrio y al quinto día se da el cambio de barrio como un acto simbólico (Figura 9). Esto ocurre en medio de una carretera amplia, misma que, por unos instantes, es investida de un uso ritual al cerrarse la circulación y convertirse en un paso religioso para la imagen del Señor de la Humildad. Los miembros del primer barrio hacen la entrega de la imagen a los miembros del segundo barrio en un acto protocolario que da pie a la sensibilización de los participantes y a la emoción de las familias de la comunidad que presencian dicha transición. Después del cambio se retoman los recorridos y se recupera una atmósfera festiva con ánimos renovados por tratarse de un nuevo comienzo.

Fuente: elaborado por Rubén I. Tovar-Cabrera con base en trabajo de campo e informantes.
Figura 8 Áreas recorridas durante la festividad xhita en Calpulalpan, 2024.

Foto: Rubén I. Tovar-Cabrera, archivo de campo, 1 de febrero de 2024.
Figura 9 Momento de cambio de barrio en una carretera que coincide con el límite entre barrios al sur de Calpulalpan.
El conjunto de recorridos revela un entramado de puntos que forman parte de un complejo tejido. De esta forma es como tejen comunidad y definen el territorio con los elementos del paisaje que ellos consideran como propios de su identidad. Así, no se adhieren estrictamente a los linderos y los límites ejidales.
El territorio formal de Calpulalpan
La solemnidad de las procesiones contrasta con la algarabía de los xhitas. En las procesiones son convocadas las familias del pueblo a caminar con las tres imágenes católicas del pueblo: la Virgen de Guadalupe, la imagen de Santa María Magdalena y una efigie, en gran formato, del Señor de la Humildad. Se conducen con el ritmo de muchas otras peregrinaciones católicas que conocemos a lo largo de la geografía de México. La marcha se verifica sobre caminos trazados y la procesión sigue la lógica de delinear límites amplios del territorio de la comunidad. Las imágenes son cargadas por los xhitas mayores, los tesoreros, los segundos, los terceros, las esposas involucradas y algunos otros miembros de la comunidad que puedan apoyar, tales como los familiares del tesorero. No faltan los músicos ni tampoco los coheteros, pero ciertamente estamos ante una procesión solemne y no ante un jolgorio como en los días anteriores. De hecho, la música es ejecutada por una banda con instrumentos de viento y tamboras contratada exprofeso para la procesión y distante de la agilidad y relajamiento de las danzas xhitas con instrumentos de cuerdas.
El primer día se parte de la parroquia de Calpulalpan construida en la época colonial y también llamada Templo chico (en comparación al nuevo templo construido recientemente, que es más grande). Los xhitas encabezan la procesión, seguidos de las imágenes religiosas y de los miembros de la comunidad que avanzan atrás de estas. En el camino, se pasa por diversos arcos donde son colocadas las imágenes; éstos guían el camino rumbo a la iglesia de San Vicente (Figura 10), lugar donde se celebra una misa. Al terminar, se llevan las imágenes a la casa del tesorero del segundo barrio, quien ofrece una comida para la comunidad (Figura 11). En la noche, les cantan las mañanitas a las imágenes como parte del ritual festivo.

Foto: Rubén I. Tovar-Cabrera, archivo de campo, 8 de febrero de 2024.
Figura 10 Procesión de Calpulalpan rumbo a la iglesia de San Vicente.

Foto: Rubén I. Tovar-Cabrera, archivo de campo, 28 de enero de 2024.
Figura 11 Momento de comida compartido por xhitas y miembros de la comunidad de Calpulalpan.
Al segundo día, la procesión se retoma en la casa del tesorero del segundo barrio para seguir el recorrido bajo el mismo formato rumbo a la Iglesia de El Saltillito, donde se celebra una segunda misa (Figura 12). Posteriormente, la procesión se dirige rumbo a la casa del tesorero del primer barrio, ubicada en una zona cercana a los linderos, conocida como Los Sauz, donde también se ofrece comida a los pobladores que habían acompañado la procesión. Finalmente, el tercer día se inicia la caminata en la casa del tesorero del primer barrio rumbo al Templo chico del que se había partido el primer día, pasando por diversos arcos y caminos que terminaron de redondear el territorio institucional de Calpulalpan. Así, la construcción de territorialidad en las procesiones se hace mediante la marcha comunitaria por los principales caminos del pueblo de Calpulalpan, limitándose a visitar las cuatro manzanas que lo conforman y que están bajo la representación de la delegación y de la parroquia del Señor de la Humildad, inscrita en el decanato de Santa María de Guadalupe, perteneciente a la diócesis de Atlacomulco. El hecho de que haya misa cada día de la procesión denota que efectivamente este es el rito reconocido por las autoridades religiosas.

Foto: Rubén I. Tovar-Cabrera, archivo de campo, 9 de febrero de 2024.
Figura 12 Baile xhita en el atrio de la iglesia de El Saltillito con las imágenes dispuestas para entrar a la misa del segundo día de procesiones.
La presencia de los xhitas en las procesiones es un acuerdo y una negociación con las autoridades religiosas, pues hay coincidencias e intersecciones en ambos tipos de recorridos, notablemente las iglesias del pueblo. En este sentido, los tesoreros fungen como el enlace principal entre ambos ritos que se muestran como una amalgama coherente en la temporada festiva previa a la Cuaresma.
CONCLUSIONES
A partir de nuestra pregunta de investigación, que buscó responder si, por un lado, las autoridades y, por el otro los habitantes de Calpulalpan realizan prácticas espaciales que expresan territorialidades distintas durante las fiestas de los xhitas, este artículo concluye que se trata de dos nociones de territorio diferentes, aunque complementarias.
En el primer caso, las autoridades se guían por una tradición que refuerza el concepto de un territorio con límites fijos dentro del cual se desarrolla una soberanía basada en sus instituciones políticas y religiosas. Así, el delegado municipal sanciona el evento en nombre de la presidencia municipal y el párroco lo sanciona de acuerdo con la liturgia católica que forma parte de las costumbres de Calpulalpan.
En el segundo caso, lo importante no es la superficie que abarcan las tierras del pueblo sino los hombres y mujeres que encabezan las familias y hogares del pueblo. Por ello, la fiesta de los xhitas desborda en algunos extremos el territorio formal de Calpulalpan y en otros sitios ni siquiera lo cubre por completo. Para los xhitas, el territorio no está indicado por un polígono delineado sobre la superficie del terreno sino por las casas en las que moran los miembros de su comunidad, sin que ello obste para obviar que las tierras de cultivo de las familias de tal comunidad son parte integral también del territorio de Calpulalpan.
Es fundamental repetir la observación de estas festividades en años próximos pues la autonomía política y la permeabilidad limítrofe son rasgos que pueden cambiar con el tiempo y generar, por lo tanto, mapas distintos a los que aquí presentamos. También juzgamos necesario hacer una comparación más estricta con el caso de Temascalcingo, otro municipio otomí en donde se habla de los “xitas” como propiciadores de lluvia. De hecho, los aspectos ambientales y en particular aquellos que tienen que ver con los regímenes pluviales, tendrían que ser estudiados también por la geografía cultural.










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