Introducción
Las transformaciones experimentadas por nociones como individuo, sociedad, vínculos sociales, mercados e instituciones se derivan de las profundas implicaciones de una nueva forma de racionalidad que estructura el mundo contemporáneo. Fenómenos aparentemente contradictorios -como la liberalización comercial y el neoproteccionismo, o la aceptación y el rechazo de la migración- no constituyen incoherencias, sino expresiones de una misma lógica de reorganización social.
En este sentido, este trabajo se propone caracterizar al neoliberalismo mediante el examen de sus principales actores e instituciones, con el fin de identificar sus efectos sobre las sociedades actuales. Para ello, se recurre a la revisión de la literatura especializada, que muestra la amplia presencia del neoliberalismo en las ciencias sociales, aunque sin un consenso conceptual, situación que ha facilitado su consolidación continua a escala global.
La instauración de esta nueva racionalidad implica la configuración de un nuevo tipo de sujeto económico -el neosujeto-, así como la redefinición del papel del Estado como garante del nuevo orden y la adopción del modelo empresarial como forma dominante de organización social. La noción de libertad que promueve se fundamenta en el rechazo de toda imposición externa, incluso aquellas que emanan de la colectividad, incluida la propia democracia.
En tal sentido, el neoliberalismo no se ha impuesto sobre las sociedades y los gobiernos; por el contrario, estos han incorporado progresivamente las lógicas empresariales de organización, evaluación y gestión como principios rectores de su funcionamiento.
Las preguntas que guían este trabajo son: ¿Cuáles son las características distintivas del neoliberalismo en términos de sus actores, instituciones y efectos sobre las sociedades contemporáneas? ¿Qué tipo de subjetividad (neosujeto) genera el neoliberalismo y cuáles son sus características distintivas? La hipótesis que orienta el análisis sostiene que el neoliberalismo constituye una nueva racionalidad global que trasciende al liberalismo clásico, al conformar un sistema en el que tanto el individuo como el Estado internalizan la lógica empresarial: el primero orientado a la autovalorización permanente y el segundo enfocado en servir a consumidores más que a ciudadanos.
La estrategia metodológica seleccionada se corresponde con la naturaleza teórico-conceptual del estudio en forma de ensayo. En el mismo sentido, el corpus bibliográfico seleccionado responde a una estrategia metodológica coherente: combinar el análisis filosófico-conceptual (Foucault, Laval y Dardot) con el análisis histórico-político (Harvey, Escalante), la fundamentación antropológico-económica (Polanyi, Sahlins) y la diversidad disciplinaria (Ganti, Saidel, Lazzarato). Esta selección permite caracterizar el neoliberalismo desde múltiples ángulos analíticos, sustentando las hipótesis planteadas sobre la conformación del neosujeto, la gubernamentalidad neoliberal y la transformación de las relaciones sociales.
I. Liberalismo y Neoliberalismo: Rupturas teóricas y políticas fundamentales
El neoliberalismo se asume como la continuación o el heredero del liberalismo clásico de Adam Smith y David Ricardo o, en todo caso, sucesor del liberalismo de H. Spencer y J. Bentham; sin embargo, la brecha entre ambas posturas teóricas es de tal magnitud que no es posible suponer continuidad entre estos enfoques o aceptar que el pensamiento neoliberal es una derivación o deformación del liberalismo primigenio. Esta confusión ha logrado permear hasta el punto de que en casi cualquier aspecto de la vida en sociedad se puede sostener una posición liberal o antiliberal (Laval y Dardot, 2013); desde luego, siempre será preferible la primera opción. Como lo dice Harvey (2015, p. 11), “estos ideales atraen a cualquier persona que aprecie la facultad de tomar decisiones por sí misma”.
La confusión se amplía al considerar al New Public Management que incluye las prácticas de gobierno como retirar al estado de la economía, privatizaciones, recortes a los rubros de la educación, salud, pensiones, entre otros y en el ámbito de lo privado las nuevas prácticas empresariales acuñadas por el nuevo management aplicables tanto a nivel empresarial como individual y como piedra de toque, la liberalización de los mercados financieros, como derivados de la doctrina del laissez-faire asumiendo que esta es la base del neoliberalismo moderno.
Con objeto de aclarar tal diferencia, se debe enfatizar que el liberalismo y su doctrina del laissez-faire, si bien fueron dominantes a lo largo del siglo XIX y parte del XX, no estuvieron exentos de rivalidades ideológicas, políticas y prácticas. Al interior de la doctrina liberal, aun desde la mitad del siglo XIX, aparecen diferencias entre los que propugnaban por la idea del bien común frente a los defensores de la libertad individual. En el primer grupo, Mill y Bentham, si bien defienden la propiedad privada, asumen que esta debe depender en última instancia de consideraciones de naturaleza pública. Como lo señalan (Laval y Dardot, 2013), el utilitarismo puede desembocar en la justificación de la intervención política e incluso en el derecho de propiedad privada relativizado. El segundo grupo, cuyo representante principal es Herbert Spencer, busca restablecer el liberalismo a su concepción original alegando traición del grupo reformador, porque pretenden hacer el bien organizando de un modo coercitivo la cooperación social (Laval y Dardot, 2013).
Este grado de tensiones internas y externas precipita la crisis del liberalismo, que, en palabras de Foucault (2007), en realidad es una crisis de la “gubernamentalidad1 liberal”. Debido a lo anterior, incluso dentro del liberalismo, se llegó a considerar que el laissez-faire se había superado y, por tanto, se imponía buscar su transformación, no para destruirlo, sino para salvarlo (Laval y Dardot, 2013). De esta ruptura surgirán dos corrientes que divergen en lo esencial, a saber: el nuevo liberalismo, en el que se puede encontrar a J. M. Keynes como su máximo representante, y el neoliberalismo, cuyo principal representante inicialmente es Ludwig V. Mises para después dejar la estafeta a F. Hayek. De acuerdo a Keynes (citado en Laval y Dardot, 2013) el ejercicio de renovación del liberalismo tenía como tarea central reexaminar el conjunto de los medios jurídicos, morales, políticos, económicos y sociales que permitirían realizar una sociedad de libertad individual, con dos grandes preocupaciones: a) la agenda del estado no debe limitarse al dogmatismo impuesto por el laissez-faire con el fin de salvar a la sociedad liberal; y b) la utilización de mecanismos ajenos e incluso opuestos a los ideales del liberalismo para defender su puesta en práctica.
El neoliberalismo, por su parte, acepta de buena gana la primera premisa, pero rechaza la intervención del gobierno para limitar al mercado mediante acciones correctivas; por el contrario, las acciones del gobierno deben tener como finalidad desarrollar y profundizar a los mercados competitivos mediante un marco jurídico generado exprofeso.
Para Foucault (citado en Saidel, 2018), el ingenuo naturalismo liberal será abandonado por los neoliberales que privilegian a la competencia por sobre el intercambio como dinamizador del mercado y a la empresa como la principal institución normativa, mientras que el Estado será el generador de las condiciones para el funcionamiento del mercado.
En suma, con la crisis del laissez-faire en el siglo XX, el neoliberalismo aparece como una propuesta diferente que no busca limitar al Estado, sino extender la lógica del mercado más allá de su propia esfera. De forma que identificar al neoliberalismo como extensión del liberalismo es un supuesto equivocado. El neoliberalismo no es una doctrina económica falsa o arcaica, sino un conjunto de prácticas y normas construidas política, institucional y jurídicamente (Laval y Dardot, 2013).
II. Genealogía del Neoliberalismo: origen histórico y disputas conceptuales
El neoliberalismo tiene un origen preciso y una fecha de nacimiento bien identificada; su significado y alcance, por el contrario, se presentan en múltiples formas más o menos precisas. Históricamente, la recomposición y ascenso del neoliberalismo se vio fuertemente influida por la Primera Guerra Mundial, que, de acuerdo con Escalante (2015), incidió en el colapso del liberalismo2. De tal forma que para Romero (2016). “Este suceso socavó el capitalismo liberal decimonónico y a su vez dio paso a nuevos elementos que caracterizan el siglo XX: el socialismo, el fascismo y la llamada democracia liberal” (p. 13).
Sin embargo, el punto de inflexión, de acuerdo con Sosa (2012), ocurre a partir de la crisis general del capitalismo (1973-1975) y sus secuelas: desempleo, bajas tasas de crecimiento, productividad, rentabilidad y ganancias que, junto a la crisis del petróleo de los años setenta y el abandono del patrón oro, colapsó los tipos de cambio fijo y el sistema financiero internacional. Si bien el keynesianismo fue capaz de agregar tiempo de vida al liberalismo, sus días estaban contados.
Siguiendo a Escalante (2015), el nacimiento del neoliberalismo se puede fechar entre el 26 y el 30 de agosto de 1938 en lo que se conocería como el Coloquio Lippmann3, convocado por L. Ruogier en París a propósito de la publicación del libro de Walter Lippmann The Good Society4. Los asistentes, entre los que se encuentran Ludwig V. Mises, F. Hayek, Rueff, Röpke y Rüstow, debatirán la forma de presentar un nuevo liberalismo. El nombre de la nueva corriente es el primer tópico por tratar: liberalismo de izquierda, individualismo, liberalismo positivo y neoliberalismo que finalmente se impuso (Escalante, 2015).
Los asistentes al coloquio5 tienen claro que no se trata de renovar al liberalismo, sino de refundarlo. Un aspecto clave radica en no aceptar al mercado como derivación del orden natural; más aún, se trata de un orden impuesto por los hombres inicialmente mediante hábitos que después evolucionarán en instituciones, de donde se deriva que la función del Estado es la de construir el orden jurídico que permita la instauración del mecanismo del mercado y no únicamente preservarlo. Para Laval y Dardot (2013):
La novedad del neoliberalismo reinventado reside en el hecho de pensar el orden del mercado como un orden construido y, por tanto, estar en condiciones de establecer un verdadero programa político (una agenda) […] su establecimiento y su mantenimiento permanente(págs. 78-79).
Esta diferencia inicial no solo tornará irreconciliables ambas posturas, sino que llevará a los neoliberales a negar al laissez-faire y al planteamiento liberal como punto de partida, ya que lo suponen superado en todo sentido. Tales diferencias quedarán plasmadas en los cuatro puntos esenciales del programa general derivado del coloquio, que de acuerdo con Romero (2016) son:
Solo el mecanismo de los precios funcionando en mercados libres, permite obtener una utilización óptima de los medios de producción y conducir a la satisfacción máxima de los deseos humanos.
Al Estado incumbe la responsabilidad de determinar el régimen jurídico que sirva de marco al libre desarrollo así concebido.
Otros fines sociales pueden ser sustituidos para alcanzar los objetivos económicos enunciados antes, y
Una parte de la renta nacional puede ser, con esa finalidad, sustraída al consumo, con la condición de que esa transferencia se haga a plena luz y sea conscientemente consentida, (p. 32)
De esta forma, quedaban sentadas las bases sobre las que se va a construir con posterioridad el programa político, económico y social del neoliberalismo. Sobre el concepto neoliberalismo existe una gran cantidad de acepciones en casi todos los dominios de las ciencias sociales. Dada su vasta presencia y alcance, se puede afirmar, con Escalante (2015), que “el neoliberalismo sí existe y ya tiene casi un siglo de existencia” (p. 13). En términos generales, para Ganti (2014), cuatro referentes principales lo identifican: un conjunto nuevo de reformas económicas; una redefinición de los roles para el Estado, el mercado y el trabajo; la ideología de la ética del intercambio en el mercado; y la gobernanza del mercado libre autorregulado.
De acuerdo con Steger y Roy (2010), un conjunto de políticas de reforma económica designado con las siglas "DLP", es decir, “desregulación de la economía, liberalización del comercio y la industria y privatización de empresas estatales” (p. 14). Por su parte, Boas y Gans-Morse (2009) destacan la existencia de un modelo de desarrollo prescriptivo que “define roles políticos diferentes para el trabajo, el capital y el estado respecto a los anteriores” (p. 144), mientras que para Treanor (2005) domina una ideología que valora el intercambio de mercado como "una ética en sí misma, como una guía para toda acción humana y capaz de sustituir todas las creencias éticas previamente sostenidas" (p. 65) y, por último, siguiendo a Steger y Roy (2010) la irrupción de un modo de gobernanza que “abraza la idea del mercado libre autorregulado, con sus valores asociados de competencia e interés propio, como modelo de gobierno eficaz y eficiente” (p. 12).
No obstante, la multiplicidad de significados y alcances del concepto neoliberalismo, es posible englobarlas en dos grandes vertientes. La primera supone que el neoliberalismo solo existe como un ente al cual culpar de los problemas de la modernidad, pero su manifestación real solo es retórica, de tal manera que el concepto se convirtió en una falsa salida para no aceptar las propias responsabilidades. En este primer grupo se sitúan precisamente los neoliberales que reclaman que el término neoliberalismo en realidad ha perdido su significado. En palabras de Ghersi (2004), “El sentido predominante que se le atribuye al término ‘neoliberalismo’ es consecuencia de que los enemigos de la libertad han utilizado esa palabra como una sinécdoque” (p. 311). En todo caso, se trataría más de una curiosidad académica que de una realidad.
La segunda vertiente acepta la realidad doctrinal y práctica del neoliberalismo; sin embargo, al interior existen diferencias importantes en la profundidad de su análisis y alcance, de tal forma que es posible a su vez subdividirlo en dos grandes grupos: primero, una corriente que considera al neoliberalismo básicamente como una ideología y una política económica inspirada en esta misma ideología (Laval y Dardot, 2013). Para Anderson (2000) se trata de “la ideología más exitosa de la historia mundial”. Desde esta visión, el neoliberalismo representaría, en líneas generales, un regreso al laissez-faire, por lo cual es fácil asociarlo o confundirlo con el liberalismo. Sin negar que el neoliberalismo incluye y promueve una ideología muy bien identificada que, en palabras de Stiglitz (2006), implicaría un “fanatismo del mercado”, no es posible reducirlo a un acto de fe sobre la idoneidad del mercado.
La segunda concepción de mayor profundidad considera que se trata sobre todo de una forma de gubernamentalidad y, más aún, una racionalidad de gobierno (Foucault, 2007), como la razón del capitalismo contemporáneo que, superados los lastres ideológicos y teóricos del liberalismo, se encontraría en plenitud al asumirse como construcción histórica y norma general de vida (Laval y Dardot, 2013). En palabras de estos autores, se define como: “el conjunto de los discursos, de las prácticas, de los dispositivos que determinan un nuevo gobierno de los hombres según el principio universal de la competencia” (p. 15).
La gubernamentalidad neoliberal incluye también, de acuerdo con Sacchi (2017), una tecnología de gobierno, una tecnología del yo y una tecnología del saber-poder, cuyo resultado es la producción de las formas competitivas y empresariales de la actualidad. Sin embargo, la gubernamentalidad neoliberal no busca gobernar contra la libertad o a pesar de esta, sino generando el espacio de libertad en el que los individuos acabarán sometiéndose por sí mismos a sus normas. Es así como, siguiendo a Laval y Dardot (2013), “el neoliberalismo gobierna a través de la competencia que crea” (p. 31).
De esta forma, siguiendo a Foucault (2007), el neoliberalismo se comprende mejor cuando se analiza como un nuevo tipo de racionalidad en la que no hay necesidad de “reducir al Estado, limitar al gobierno o evitar su intervención, sino extender los fundamentos del mercado […] Se ha pasado de la vigilancia del gobierno a una intervención permanente” (p. 154). Foucault (2007) señala que, de esta manera, es posible “constituir una trama social en la que las unidades básicas tengan precisamente la forma de la empresa” (p. 186). Esta visión de mayor profundidad del neoliberalismo es la que se adopta en este trabajo porque permite superar la idea de que se trata solo de una ideología dominante -por más amplia que sea su difusión- o un conjunto de prácticas mercantiles aun cuando se encuentren ampliamente institucionalizadas en la actualidad.
II.1 Variantes institucionales del neoliberalismo: ortodoxia y adaptaciones nacionales
Entre los asistentes al congreso hay un acuerdo esencial: la sociedad puede decidir someterse a la acción arbitraria y aparentemente caótica del mercado o someterse al poder igualmente arbitrario, quizá incontrolable, pero indudablemente caprichoso de otros individuos (Escalante, 2015).
En este sentido, en la visión de los asistentes al coloquio Lippman, si bien lo primero es defender al liberalismo frente a sus enemigos colectivistas, comunismo y fascismo y, en el campo ideológico, el keynesianismo. Como lo hacen notar Laval y Dardot (2013), el nacimiento del grupo también revela sus diferencias en dos corrientes: la corriente norteamericana influenciada sobre todo por los austriacos Hayek y Mises, junto a Lionel Robbins (Inglaterra) y J. Rueff (Francia), que representan la ortodoxia en materia doctrinal. Para ellos es necesario refundar la doctrina del laissez-faire, pero lo más importante es defenderla de aquellos que promueven la intervención del Estado.
En el segundo grupo se encuentran los alemanes; el grupo está integrado por Rüstow, Truchy y Röpke, si bien los defensores originales son L. Rougier (Francia) y W. Lippmann (Estados Unidos). Se trata de un liberalismo activo donde, la función principal del gobierno es generar un orden legal como sustento para la iniciativa privada sometida a la competencia. Esta corriente se impondrá sobre la ortodoxia en el coloquio Lippmann debido a su mayor congruencia y a su estructura más refinada. Debido a la insistencia de estos autores en el orden constitucional y procedimental que suponen como la base de una sociedad y economía de mercado, se acuñó para esta corriente el término “ordoliberalismo”, versión alemana del neoliberalismo (Laval y Dardot, 2013).
Con todo, al interior del ordoliberalismo también es posible encontrar una bifurcación: un primer grupo conocido como la escuela de Friburgo, cuyos representantes son Eucken y Böhm, defienden al marco jurídico-político como el fundamento principal de la economía de mercado y, por tanto, el objeto de la constitución económica. Como hacen notar Laval y Dardot (2013), las reglas del juego son para ellos el objeto principal de su atención.
Un segundo grupo de ordoliberales, pero de inspiración sociológica, es liderado por Müller-Armack, Röpke y Rüstow, quienes ponen el acento en el marco social en el que debe desarrollarse la actividad económica. No obstante, el ordoliberalismo en cualquiera de sus presentaciones en ninguna circunstancia propone intervencionismo del Estado, sino el diseño de un marco económico y la formulación de unos cuantos principios generales de política económica, como guía para el funcionamiento de la sociedad (Lazcano, 2008); como señalan Laval y Dardot (2013), se busca “suprimir todos los obstáculos al libre juego del mercado mediante el ejercicio de una verdadera policía de los mercados” (p. 113). De esta forma, la relación entre los individuos y el Estado es la de un consumidor ligado al Estado a través de una sociedad de derecho privado; sin embargo, estos autores no desconocen que para lograr su cometido no es suficiente la instauración de un gobierno, sino que se requiere cambiar las costumbres y hacer de la competencia el tipo de relación normal entre los individuos (Laval y Dardot, 2013).
II.2 Neoconservadurismo y Neoliberalismo: convergencias económicas y tensiones políticas
Una forma particular de neoliberalismo -que no forma parte de la bifurcación original del coloquio Lippmann- ha tenido desarrollo en Estados Unidos. Como lo hace notar Harvey (2015), está a favor del poder corporativo, la empresa privada y, en general, con la restauración del poder de clase; muestra una profunda desconfianza hacia la democracia y busca mantener las libertades de mercado; en otras palabras, es consecuente con la agenda neoliberal. Sin embargo, no se puede asumir que se trate de un neoliberalismo puro y, de hecho, presenta diferencias profundas en dos aspectos primordiales: en primer lugar, la preocupación que muestra por el orden como respuesta al caos de los intereses individuales; y un segundo aspecto es su arrogante moralidad, que hará las veces del aglutinante que mantendrá al Estado seguro frente a las amenazas internas y externas.
En el primer caso, el neoconservadurismo debe resolver una contradicción fundamental, de no existir eso que se llama sociedad, sino únicamente individuos egoístas que buscan su propio bienestar. Existe el peligro de que esta búsqueda individual genere un caos que pueda acabar superando al orden. La respuesta neoconservadora a este problema, como lo hace notar Harvey (2015), es la militarización, por lo que el neoconservadurismo busca llamar la atención sobre las amenazas reales o imaginarias, tanto internas como externas, que desde su visión harían peligrar la estabilidad e integridad de la nación. En ese sentido, para Hofstadter (como se citó en Harvey, 2015), “el estilo paranoico de la política estadounidense” (p. 92) supone a un país sitiado por enemigos internos y externos6.
El segundo aspecto, relacionado con la permisividad moral derivada del individualismo, es un aspecto crucial que ocupa a los neoconservadores y la respuesta a esta preocupación se encuentra en la pretensión de restaurar los valores morales de orden superior capaces de dar estabilidad al cuerpo político (Harvey, 2015) y contrarrestar el efecto desintegrador del caos que genera el neoliberalismo con su individualismo. Para esto se hace uso de los valores que suponen superiores y que funcionan como base de su propuesta. De acuerdo con Harvey (2015), la coalición encargada de restaurar estos valores estaba formada por la élite y los intereses financieros, por una parte, así como por una base electoral integrada por una “mayoría moral7”. Y en cuanto a los valores elegidos, se centraron en el nacionalismo cultural, la superioridad moral, el cristianismo de tipo evangélico, el derecho a la vida y un marcado antagonismo ante movimientos sociales como el feminismo, los derechos homosexuales, la acción afirmativa o el ecologismo.
No obstante, independientemente de la forma que asuma el neoliberalismo, su esencia es siempre la misma, con algunas variantes regionales o locales menores de aplicación práctica. Como lo dice Saidel (2016), en cualquiera de sus versiones, el neoliberalismo buscará introducir la competencia como ordenador social y la lógica de la empresa en cada ámbito decisional. Por su parte, Sacchi (2017) apunta que:
No se trata tanto de una respuesta estructural y monolítica deducible de ciertas transformaciones del capitalismo de cierta ideología, más bien de prácticas y racionalizaciones que por ello mismo son ideológicamente consistentes y que pueden ser funcionales tanto a fuerzas conservadoras como progresistas, de derecha como de izquierda. A este nivel, en tanto razón del mundo, el neoliberalismo es global, pero a la vez es asistemático, diferenciado, impuro. (p. 52)
II.3 La producción del sujeto Neoliberal: ubernamentalidad, y empresa de sí
Una tarea central del proyecto neoliberal es la generación de un nuevo tipo de actor acorde con esta racionalidad. Como lo menciona Sacchi (2017), “el neoliberalismo supone una tecnología de configuración y producción de la subjetividad y una tecnología de producción de lo humano” (p. 51). Así, para Laval, Dardot y Berenguer (2018), “el modo de producción económico neoliberal es inseparable de la producción de una subjetividad de un nuevo tipo” (p. 10). No se trata de un abandono completo del homo economicus maximizador de utilidad; más bien, este ha quedado relegado al plano teórico de la economía neoclásica. El sujeto neoliberal, en cambio, se define por su identificación con la empresa y por su conversión en capital humano, lo que implica una transformación profunda de la relación del individuo consigo mismo.
Esta transformación del sujeto económico forma parte de un proceso más amplio que Brown (2015) denomina "desdemocratización": la conversión del carácter político de la democracia en uno económico. Bajo esta lógica neoliberal, todos los dominios de la existencia humana, incluida la vida política, se enmarcan y miden mediante métricas económicas. Los principios democráticos de justicia, libertad e igualdad quedan subordinados al crecimiento económico y la competitividad. Al tratar la política como un mercado, se elimina la idea del demo -el pueblo- que ejerce la soberanía popular para decidir su futuro común. Esta economización sistemática de la vida política constituye, según Brown (2015), la destrucción silenciosa de los elementos básicos de la democracia.
Por el contrario, a diferencia del homo economicus del liberalismo, el hombre económico neoliberal es un ser cuyas decisiones tienden al desequilibrio; así el nuevo sujeto se identifica con la empresa, es decir, el neoliberalismo busca crear un nuevo tipo de capital humano (Laval, Dardot y Berenguer, 2018). De tal forma que el ser humano debe mantener consigo mismo y con sus neuronas una relación de tipo rentable, similar a las relaciones que se tendrían con un capital que se posee; somos un capital neuronal y por tanto estamos obligados a gestionarlo8 (Laval, Dardot y Berenguer, 2018).
Brown (2015) identifica que el neoliberalismo ha logrado extinguir al homo politicus -el ciudadano dedicado al autogobierno y al bien público- para reemplazarlo por un homo economicus renovado. El sujeto ya no se ve como un ciudadano con derechos y responsabilidades políticas, sino como capital humano que debe invertir en sí mismo para mejorar su valor de mercado y competitividad. Esta metamorfosis implica la desaparición de la soberanía ciudadana: como capital humano, el individuo pierde su autonomía moral y su capacidad de actuar junto a otros en la esfera pública, ya que solo conoce la conducta de mercado. Así, la desdemocratización opera al desintegrar al demo, transformando ciudadanos en unidades económicas calculadoras.
En la formación del nuevo hombre económico, el neoliberalismo asume que la competencia en el mercado es un tipo de proceso de descubrimiento de la información; el que la descubre primero consigue una ventaja (Laval y Dardot, 2013).
La formación del homo economicus neoliberal, en tanto multiproceso, requiere a su vez de un marco de acción subjetivo, el mercado. Aquí también el sentido de la palabra ha cambiado; el mercado dejó de ser el sistema de intercambios y ahora se ve más como un proceso de descubrimiento y aprendizaje, “un proceso subjetivo autoeducador y autodisciplinario [es decir], el proceso de mercado construye su propio sujeto. Es autoconstructivo” (Laval y Dardot, 2013, p. 140).
Hernández (2017) enfatiza, que no se trata solamente de la mercantilización de las capacidades y potencialidades de los individuos, sino que el individuo mismo debe ser una empresa y tanto sus actividades como sus dimensiones las debe entender como funciones de la empresa que es él mismo. Debido a lo anterior, para Lazzarato (2013) ya no estamos ante un sujeto que actúa, sino ante el “dividuo”, un engrane, un elemento que se alinea con los demás elementos de una máquina sociotécnica.
Los neoliberales se deshacen también del lastre que significa suponer individuos ultrarracionales con enormes capacidades de cálculo mental; no hay necesidad de ello. El sujeto neoliberal no es omnisciente, sino limitadamente racional, pero sobre todo es ignorante (Laval y Dardot, 2013). Sin embargo, existen reglas (hábitos) que se siguen sin ser conscientes; no es necesario que las conozca, es imposible saberlo todo; pero las reglas que ha desarrollado la civilización permiten orientar los comportamientos individuales. Sin embargo, todos los sujetos poseen algún grado de conocimiento, uno de tipo específico y disperso (Laval y Dardot, 2013), que se adquirió en la práctica, por tanto, valioso. Y el mecanismo que permite coordinar todo este conocimiento disperso y transmitirlo a los demás es el de los precios en un mercado competitivo. En palabras de Kirzner (citado en Laval y Dardot, 2013): “Esta es la definición del emprendedor: alguien que se impone un objetivo y luego busca realizarlo. De esta forma, cada actor en esta economía es siempre un emprendedor” (p. 141).
Un asunto medular en la formación del sujeto neoliberal es la gubernamentalidad; dejando a los individuos actuar en situaciones de mercado es como aprenderán a comportarse racionalmente, a tomar decisiones y a gobernarse en el mercado9. En ese sentido, Foucault (2007) señala que “el poder en Occidente se caracteriza por su productividad; ya no se ejerce mediante el castigo o la represión, sino mediante el control, rebasando al Estado y sus aparatos. Este poder ya no se basa en la ley, sino en la norma” (p. 108).
Por el contrario, dado que no es natural que un individuo se gestione a sí mismo como una empresa. Como lo dice Fagioli (citado en Hernández, 2017), “es necesaria la existencia de ciertas condiciones sociales violentas”, tales como el incremento en los niveles de desempleo o la desarticulación del estado de bienestar, de tal forma que se obligue a las personas a pensarse como empresarios de sí mismas y, por tanto, hacer de ellos sujetos gobernables. El empresario de sí es un sujeto producto de una gubernamentalidad activa10.
Sin embargo, el empresario de sí mismo debe cargar con los costos y los riesgos en una economía flexible y financiarizada, como lo identificó Foucault (2007). Hacer de sí una empresa significa hacerse cargo de la pobreza, de la precariedad, los ingresos mínimos, etcétera. Es así como el neoliberalismo introduce el riesgo11 como uno de sus aspectos estratégicos. El sujeto neoliberal debe aprender a vivir en peligro (paranoia), debe conocer el temor del que arriesga (el emprendedor), para sobrevivir (Laval y Dardot, 2013). Como lo dicen Lazzarato (2013) y Saidel (2016), el miedo y la inseguridad, y así la crisis, constituyen el horizonte insuperable de la gubernamentalidad neoliberal, que tiene como fuente adicional una nueva forma de moral que deriva de contraer créditos o deudas. Como recuerda Lazzarato (2013), la deuda es un instrumento de disciplina, pero también modula y moldea al sujeto económico moderno. Así, la deuda no debe verse solo como un mecanismo económico, sino que más bien se trata de una forma de control de las conductas de los gobernados, en palabras de Lazzarato (2013):
Lo que será a lo que es […] el futuro y sus posibilidades a las relaciones poder actual. En esta perspectiva, toda la innovación financiera no tiene más que una finalidad: objetivar el futuro para disponer de él de antemano […] De tal modo que la deuda no solo se apropia del empleo actual de los salarios y del conjunto de la población, sino que tiene un derecho preferencial sobre el tiempo no cronológico, el futuro de cada quien y el porvenir de toda la sociedad. (págs. 53-54)
Es a partir de la relación acreedor-deudor que debe entenderse al neosujeto, un tipo de relación de poder más general y des territorializada, que engloba a todos12. Además de crear neosujetos, es necesario mantenerlos, orientarlos, estimularlos y educarlos permanentemente. Estos aspectos formadores son, de acuerdo con Laval y Dardot (2013), en primer lugar, una subjetividad de la implicación total de sí, de tal forma que el individuo trabaje para la empresa como si lo hiciera para él mismo. Por el contrario, esta visión neoliberal del individuo y de la sociedad integrada por competidores:
Es esencialmente destructora de la dimensión colectiva de la existencia. Destruye las estructuras tradicionales como la familia; […] todas las formas de crisis se perciben como crisis individuales, todas las desigualdades se achacan a una responsabilidad individual. Se transforman todas las causas exteriores en responsabilidades individuales y los problemas vinculados al sistema en fracasos personales (Beck, como se citó en Laval y Dardot, 2013, 353).
Un segundo aspecto para atender en la formación y mantenimiento del hombre neoliberal se refiere a generar los mecanismos que aumenten el control, la exigencia y el rendimiento de sí mismo. Creando así al “hombre accountable” (Laval y Dardot, 2017), capaz no solo de hacerse responsable de sí mismo, sino de evaluar a los otros y, más importante aún, de evaluarse a sí mismo y de sufrir sus consecuencias. Porque la evaluación13 a la que está sometido es permanente, constante y continua. Los efectos se pueden ver, como apuntan Laval y Dardot (2013), en el hecho de que las transacciones adquieren el lugar de las relaciones y en la instrumentalización de los demás.
Adicionalmente, Laval y Dardot (2013) identifican un tercer elemento en la constitución del sujeto neoliberal: el mecanismo del rendimiento/goce. Este sujeto se mueve ahora por el exceso, la exigencia de producir cada vez más, gozar cada vez más, un tipo de “ultra subjetivación” que habitualmente busca más, que no encuentra límites14.
El resultado de dichas presiones, siguiendo a Laval y Dardot (2013), es el estrés, el acoso, el riesgo laboral que se convirtió en norma; una vez que se ha aceptado la evaluación y la responsabilidad individual, no puede haber protestas, dado que la coacción se autoimpuso, no hay responsables externos. En la economía neoliberal no hay lugar para los ancianos, enfermos o aquellos que por alguna razón estén imposibilitados de cumplir con los objetivos de autovalorizarse15. El sujeto neoliberal no le debe nada a nadie y, por tanto, desconfía del otro (Laval y Dardot, 2013).
Por esto, se odia a los diferentes: a los pobres, a los perezosos, a los ancianos, a los improductivos y a los migrantes, quienes, además de ser culpables de su propia situación y por tanto merecedores de sus circunstancias, representan como un reflejo la amenaza de correr la misma suerte, volverse un día ineficaz e inútil. Como resultado, la depresión se vuelve un padecimiento de las mayorías y, ante la enfermedad de la responsabilidad, el remedio más extendido es el dopaje generalizado (Laval y Dardot, 2013), uno de los grandes retos de las sociedades modernas.
Debe enfatizarse que el hombre económico neoliberal es un sujeto sin identidad16, al menos sin identidad permanente. La identidad se ha convertido en un producto consumible. Es decir, la “objetualización” de lo humano, donde las relaciones con otros tienen como único fin obtener satisfacción. Esta es la forma en la que el neoliberalismo ha construido un nuevo ser humano, un “neosujeto” (Laval y Dardot, 2013). En la Figura 1 se muestran las características esenciales del sujeto neoliberal, que lo diferencian del homo economicus del liberalismo, con sus propias características, gubernamentalidad y patrón de subjetivación.

Fuente: elaboración propia con base en Foucault (2007); Laval y Dardot (2013); Lazzarato (2013); Saidel (2016), y Hernández (2017).
Figura 1 Características del sujeto neoliberal y dispositivos de gubernamentalidad
III. La racionalidad Neoliberal como principio ordenador de la vida social
El neoliberalismo, sustentado en un individualismo radical, se enfrenta de manera sistemática a cualquier forma de colectividad. En muchas sociedades, se presenta una división entre lo que se considera natural, que se asocia a lo puro, no alterado y, por esta razón, bueno. Mientras que la cultura se asocia con lo artificial, lo malo17 (Sahlins, 2014, p. 19). Sin embargo, esta confrontación entre naturaleza y cultura solo ocurre en Occidente: “en la mayoría de las sociedades humanas, las bestias son básicamente humanas en vez de que los humanos sean básicamente bestias.”
Sin embargo, la mayor parte de las sociedades considera que en las relaciones humanas existen “otros en el propio ser de uno". Y si soy otro, entonces, el otro es también mi propio propósito” (Sahlins, 2014, p. 65). De forma que incluso, el cuerpo de una persona es responsabilidad de la microcomunidad que lo alimenta y lo cuida; dar forma al cuerpo, entonces, no es una responsabilidad individual, sino que está sujeto a la empatía, la preocupación y la responsabilidad de otros, a cambio de la reciprocidad de atender el bienestar de los demás18.
Como afirma Rojas (2006), la vida humana es esencialmente convivencia; el ser humano es prójimo antes que individuo, es lo que es, gracias a los otros; no tiene una existencia individual y particular, antes participa de otros y se comunica con otros. Esta dicotomía entre naturaleza y cultura aparece con la división conceptual entre physis (naturaleza) y nomos (convención). Con el tiempo, la cultura terminó por perder la batalla al considerar al nomo como algo artificial o falso frente a la autenticidad de la naturaleza.
La división entre nomos y physis se arraigó en Occidente al punto de que el amor por uno mismo -puramente natural- se asumió como condición necesaria para el enriquecimiento individual y del país. En palabras de Sahlins (2014, 101): “lo peor de nosotros se había convertido en lo mejor […] reforzado en años recientes por una ola de determinismo genético en que se asientan los papeles estelares del gen egoísta”.
La idea que subyace, siguiendo a Viveiros (como se citó en Sahlins 2014), “que los humanos tienen una naturaleza animal original que debe sobrellevar con la cultura” (p. 110), es decir, “como fuimos animales, en el fondo seguimos siendo animales”. Por el contrario, la visión de la mayoría de las culturas asume que “habiendo sido humanos los animales, todavía deben ser humanos”. Por lo que “la civilización occidental ha sido construida sobre una idea perversa y equivocada de la naturaleza humana”, Viveros (como se citó en Sahlins, 2014, p. 125).
El neoliberalismo rompe con esta concepción relacional al redefinir al individuo como una unidad autónoma y autosuficiente, guiada exclusivamente por el interés propio. Este desplazamiento se consolida históricamente con la mercantilización de la tierra y el trabajo, lo que Polanyi (2018) identifica como una ficción fundacional de las sociedades de mercado. La confusión se acrecentó al igualar la economía humana general con su forma de mercado (Polanyi, 2009). El autor recuerda que en las sociedades humanas existen múltiples incentivos para producir, como el religioso, político, estético, entre otros, de tal manera que, si se analiza la producción humana desde un único móvil, este terminará por aparecer como la representación del hombre real (Polanyi, 2017).
Es decir, las actuales sociedades de mercado no son sino, en términos de Polanyi (2009), una reducción al género económico que borra de la escena a la mayor parte de la historia del hombre19. Más aún, para el autor, la economía, como regla general, estaba sumergida en las relaciones sociales y el principal móvil de las personas radicaba en salvaguardar sus intereses sociales, posición, aspiraciones y, en general, activos sociales más que la adquisición de bienes materiales. Es decir, “la economía es lo que ocurre mientras se mantienen relaciones familiares o de afinidad, se realizan ritos religiosos y en general se siguen costumbres inveteradas” (Polanyi, 2014, p. 18). Adicionalmente, la generosidad que se obtiene de una conducta altruista es un premio tan grande y deseable socialmente que no habría razones para buscar el interés personal (Polanyi, 2017).
Por otra parte, en el neoliberalismo, siguiendo a Laval y Dardot (2013), el móvil que motiva el actuar de los sujetos es la competencia de tipo agonística que privilegia la rivalidad sobre la reciprocidad y la ventaja individual sobre el bienestar de la comunidad. El emprendedor es un sujeto con “iniciativa y voluntad que debe ir a contracorriente, crea, importuna, rompe el curso ordinario de las cosas, es un innovador y un competidor” (Laval y Dardot, 2013, p. 153).
Como señala Rojas (2006), las relaciones con otros no son necesarias; este individuo no necesita de sindicatos ni partidos políticos que defiendan sus derechos, no necesita de organizaciones intermediarias20. Esta sociedad de neosujetos dispersos no está basada en la solidaridad colectiva, sino en la responsabilidad individual. De donde el sistema resultante está también basado en el esfuerzo individual21. En palabras de Hayek (citado en Laval y Dardot, 2013). “El orden de mercado no es una economía, sino que está constituido por relaciones económicas y son estas relaciones económicas las que están en el fundamento del vínculo social” (p. 163). De tal manera que las relaciones sociales han desaparecido para dar paso a los contratos, por lo que
En condiciones de competencia perfecta no hay lugar para la negociación, el regateo, la protesta o el ajuste mutuo, y los diversos operadores que establecen contratos no tienen que entrar en relaciones recurrentes o continuas, como resultado de las cuales pueden llegar a conocerse bien. (Hirschman, 2014, p.175).
El orden de mercado no se considera por los neoliberales en estricto sentido physis; se trata más bien de un tipo de orden espontáneo, el nomo. De esta manera, la noción de libertad que adopta el neoliberalismo es una definición negativa; definen la libertad como la ausencia de un obstáculo preciso la coerción ejercida por los demás (Laval y Dardot, 2013). Dado que se trata de reglas generales de aplicación universal válidas para toda persona, entonces la distribución de los beneficios no es justa ni injusta.
Los individuos sin la capa protectora de la cultura quedaron a merced del mercado, que los trata como mercancías22 y aún es capaz de diferenciar dentro de la masa de trabajadores para dividirla y gobernarla (Harvey, 2015), mediante la segmentación de los mercados de trabajo utilizando las diferencias de raza, etnia, género o religión; abandonados a su individualismo, el mercado disuelve la sociedad en consumidores.
Los efectos antes descritos se han dejado sentir con mayor fuerza sobre los grupos sociales más desprotegidos: las mujeres23, los indígenas, los jóvenes y los migrantes, empujándolos hacia actividades fuera de la economía formal, peligrosas y en ocasiones ilegales. En palabras de Harvey (2015), la destrucción de la capa de protección social genera, desde las bandas y carteles criminales, redes de narcotráfico, mafias de todo tipo hasta organizaciones comunitarias, organizaciones no gubernamentales, así como cultos seculares o sectas religiosas24 y, en algunas regiones del mundo, nuevas formas de tribalismo y fundamentalismo religioso.
Por tanto, regular la actividad económica, como lo dice Escalante (2017), es un recurso artificial, espurio e ilegítimo para alterar los resultados del mercado y favorecer un grupo en detrimento de otro. El consumidor es soberano; sus decisiones se trasladan hasta los empresarios vía el mercado y en particular mediante las señales de los precios.
Por su parte, los funcionarios públicos no son distintos del resto de los neosujetos y, por tanto, no tienen interés en el bienestar de la sociedad más allá de sus intereses egoístas, por lo que la burocracia se ha llegado a asociar con ineficiencia, incapacidad, lentitud y, en el extremo, corrupción, resultado esperable de neosujetos que buscan su bienestar individual. Por esta razón, la oferta pública de cualquier cosa (particularmente la educación y la salud) que decidan los funcionarios o una élite profesional25 será el resultado de sus propias motivaciones y no el interés de los usuarios o clientes. Este argumento, como lo recuerda Escalante (2017), se ha utilizado con éxito de tal manera que ha logrado permear en la opinión general al considerar a los servicios públicos como ineficientes, y en ello radica su popularidad casi automática.
De forma tal que los procesos de privatización constituyen la forma más eficaz de combatir el autoritarismo y devolver a los individuos el derecho de elegir, mientras que la desregulación implica aceptar la soberanía del consumidor y formar al mercado a partir de sus decisiones (Escalante, 2017).
En el extremo, se asume que el mecanismo del mercado es tan eficiente que incluso en la producción de bienes o servicios que no son susceptibles de privatizarse, lo que se debe hacer es simular mercados, es decir, identificar algo susceptible de ser contado o medido y tratarlo como si fuera una mercancía26 y entonces asignarle un precio (Escalante, 2017). Por otra parte, en la visión neoliberal, siempre será preferible reemplazar la burocracia por la empresa privada de tal forma que, sea posible aplicar el tríptico managerial27: objetivos-evaluación-sanción, resultando en la organización de las dependencias estatales organizadas como unidades autónomas (Laval y Dardot, 2013), generalmente ejerciendo sus propios recursos, habitualmente sujetas a un accountability28 de tal forma que existan sanciones positivas o negativas, en otras palabras, se ha creado un mercado donde no existía.
Un elemento crucial de la desdemocratización que señala Brown (2015) es el reemplazo del gobierno democrático por la "gobernanza", que sustituye la deliberación política por técnicas de gestión. Mediante el uso de "mejores prácticas" (best practices) y benchmarking, los problemas sociales se reformulan como problemas técnicos que requieren soluciones administrativas, eliminando el conflicto y la discusión sobre valores comunes. Esta gobernanza busca el buy-in (aceptación) de los interesados en lugar del debate ciudadano, vaciando a la democracia de su contenido sustantivo. La despolitización resultante convierte cuestiones fundamentalmente políticas en asuntos de eficiencia gerencial, completando así el proceso de desdemocratización.
El complemento ideal para el gobierno de tipo empresarial es un usuario-cliente con la capacidad de elegir ante una oferta diversificada. El modelo empresarial de sociedad así propuesto es aplicable a cualquier situación sin importar sus particularidades; se emplean los mismos métodos, se utiliza el mismo léxico29 y se asume que tanto los métodos como las categorías son válidas para todos los problemas, desde la defensa nacional hasta la gestión de la salud o la actividad judicial. Sin embargo, Laval y Dardot (2013) advierten que la aparente neutralidad e inocencia en la búsqueda del objetivo de la eficiencia en realidad se trata de una racionalidad en extremo invasiva, que actúa debilitando las resistencias éticas y políticas en el sector público. De esta forma, el modelo de mercado es el nuevo paradigma para pensar y organizar la acción pública y social.
Una sociedad en la que un número cada vez mayor de empresarios de sí actúan buscando su bienestar demanda cada vez una mayor cantidad de acciones de arbitraje por parte de la autoridad. La primacía y autonomía de lo judicial se convierte en la piedra de toque del neoliberalismo, que busca establecer un Estado de derecho privado, que en última instancia debe aplicar así mismo las reglas del mercado. De esta forma, el objetivo que se persigue es sustraer las reglas del derecho privado (propiedad privada e intercambio mercantil) a cualquier forma de voluntad colectiva (Laval y Dardot, 2013).
IV. Conclusiones
A modo de conclusiones, el neoliberalismo existe y está presente en todos los aspectos de la vida humana; se ha arraigado de tal manera que muchas de sus propuestas han llegado a establecerse como verdades absolutas e incluso como la única respuesta posible a los problemas humanos.
El neoliberalismo no es la continuación o el extravío del liberalismo clásico. La confusión así generada no resulta inofensiva, dado que, al considerar al neoliberalismo como un ultraliberalismo, se dejan de lado sus propuestas de política pública más perversas, como la de mercantilizar la vida humana, para concentrarse en el aparente pragmatismo de la liberalización de los mercados.
Debido a lo anterior, el neoliberalismo no debe entenderse solo como una ideología dominante -por más exitosa que sea- ni como la puesta en práctica de políticas destinadas a la privatización de bienes públicos y a la desregulación de los mercados, que también propugna. Más bien, los estados han adoptado la lógica mercantil como su forma de gobierno y organización y, junto a las organizaciones económicas mundiales y la empresa privada, se han encargado de generar las reglas más favorables para la instauración de los mercados y, en particular, para la apoteosis neoliberal, representada por los mercados financieros.
El neoliberalismo debe entenderse como una nueva razón del mundo, que busca estructurar y organizar una nueva forma de gobierno a partir del autogobierno de los gobernados. En esta tarea ha sido tan exitoso que ha logrado permear al punto de introducir y universalizar la economía en la sociedad, trasmutando la prevalencia de la comunidad sobre los deseos individuales hasta elevar al egoísmo individual por sobre el bienestar colectivo y considerarlo la forma de organización normal y deseable, de tal manera que el sujeto económico (neosujeto) se convirtió en la clave de la organización social. Cabe aclarar que el neoliberalismo no es un conjunto homogéneo de pensamiento único; a pesar de estar de acuerdo en lo esencial, se pueden distinguir tres grupos: los neoliberales propiamente dichos, más de acuerdo con las ideas de Hayek; el ordoliberalismo de orientación alemana que terminó por extenderse a la Unión Europea; y el neoconservadurismo que se ha arraigado en Estados Unidos y se extiende al resto del mundo.
El actor clave en el neoliberalismo es el hombre económico o neosujeto, cuyo modelo de subjetivación es la empresa, un empresario de sí mismo, para el cual no existen los límites en la búsqueda del goce, de identidad cambiante, obligado a asumir múltiples personalidades de acuerdo con el contexto. El hombre empresarial busca permanentemente el mejoramiento, asume a la competencia como el mecanismo capaz de generar beneficios en un mercado competitivo; es, por tanto, el hombre accountable, sujeto a evaluación y autoevaluación cuyas condiciones de rendimiento voluntariamente ha decidido.
Sometido a este tipo de presiones internas y externas, vivirá en permanente estrés y acoso laboral, en condiciones de riesgo y miedo constantes. La autocoacción solo puede generar desmoralización y una sensación de insuficiencia que terminará en depresión. De tal manera que las relaciones con los otros habrán desaparecido y se han sustituido por la objetualización; los otros son solo objetos que pueden aumentar la utilidad propia. Aquel que no cumple las expectativas del mercado se ve como un perdedor, por ello el rechazo abierto o velado al diferente. No obstante, dado que en la sociedad nadie es autosuficiente, se empuja al hombre-empresa a adquirir créditos; es a través de la deuda como el sistema puede disponer de lo único que le quedaba como propio al neosujeto, su futuro. De esta forma, el empresario sí termina por convertirse en un engranaje del sistema financiero neoliberal, deja de ser un individuo y se transforma en un dividuo, una pieza más del sistema.
La institución clave en el neoliberalismo es la competencia, una de tipo agonístico en la que los perdedores son los culpables de su derrota debida a su propia incapacidad o apatía. Ganadores o perdedores son el resultado natural de la competencia; el sistema así generado no hace más que diferenciar las aptitudes sin que se le pueda responsabilizar de ningún tipo de resultado.
El neoliberalismo es en esencia un proyecto antidemocrático; la libertad individual que proclama es por su propia naturaleza contraria a la toma de decisiones en colectivo. Nada puede oponerse a la soberanía del consumidor, ni siquiera las decisiones derivadas de procesos democráticos; sería imponer la voluntad general sobre la individual. El éxito o fracaso son responsabilidad únicamente del individuo; intentar mejorar la distribución de los recursos hacia los menos favorecidos es contrario a la justicia natural y romper los equilibrios del mercado.









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