Introducción
La prensa cubana en el parteaguas del 59: una revisión bibliográfica y conceptual
La historia que leerán a continuación puede resumirse en unas pocas líneas. El 10 de marzo de 1952, el hasta entonces “hombre fuerte” de Cuba, el general Fulgencio Batista, protagoniza un golpe de Estado, quebrando el ya de por sí frágil y efímero orden constitucional republicano (justo en mayo de ese año se celebraban los primeros cincuenta años de independencia). Cuando Batista toma el poder manu militari, en la isla existía uno de los sistemas de medios impresos más notables de Iberoamérica (Alisky, 1981; Lent, 1992; Valle, 2020), relevante no solo por la cantidad de publicaciones, sino también por la calidad general de las mismas. Algunos periódicos, como es el caso del conservador Diario de la Marina, habían sido fundados en la época en la que Cuba era colonia de España; otros, como El Mundo vieron la luz durante la primera ocupación de los Estados Unidos, y se inspira en el periodismo que se practicaba a finales del siglo XIX en la nación norteña. El listado es mucho más amplio, e incluye medios como Avance, Diario Nacional, Noticias de Hoy, El Crisol, El País, Excelsior, Información, Prensa Libre, y las revistas Bohemia y Carteles,1 por mencionar algunos de los más notables.
Durante los 50 años de andar republicano habían surgido decenas de publicaciones, algunas con frecuencia diaria, otras como revistas, no solo en La Habana y Santiago de Cuba, principales ciudades del país, sino en prácticamente cada asentamiento urbano de la isla.2
Durante la dictadura de Batista (1952-1959) las relaciones con la prensa siguieron un esquema de “garrote y zanahoria”. Los periodos de censura y represión declarada eran seguidos por una política de negociación a la sombra. El Batistato3 perfeccionó los mecanismos de corrupción de la prensa (Henken, 2022), unas prácticas que ya venían desarrollándose desde décadas anteriores.4 Según José Ignacio Rivero, último dueño-director del Diario de la Marina y por tanto uno de los protagonistas de esta historia, cuando Fidel Castro llega a La Habana se editaban 58 periódicos en toda Cuba, con una tirada diaria de 800 000 ejemplares, lo cual daba una media de 130 periódicos por cada mil habitantes (Rivero, 2004). Por otro lado, Alisky (1981) describe los medios de comunicación de La Habana de los años cincuenta como el mercado más competitivo del mundo, con 21 diarios de más de un millón de ejemplares en circulación.
Los periódicos impresos cubanos, pese al clientelismo, la corrupción, los silencios informativos, los cierres forzosos de publicaciones y las etapas de censura, fueron también expresión de una notable pluralidad ideológica. Periódicos como El Mundo, Diario de la Marina, Prensa Libre, El País y Noticias de Hoy, y revistas como Carteles y Bohemia, dieron la bienvenida a los signos políticos más diversos de la época. En el universo informativo de la isla llegaron a convivir publicaciones de ideologías comunistas, nacionalistas, feministas, conservadoras, entre muchas otras. Incluso al interior de un mismo medio podían coexistir posiciones ideológicas antagónicas, como es el caso, por ejemplo, del suplemento cultural del Diario de la Marina.
Seis años más tarde, en 1965, de los 58 diarios que circulaban en Cuba, el país pasó a tener tres publicaciones periódicas de alcance nacional: Granma, Juventud Rebelde y El Mundo, este último el único superviviente de la vieja República, que terminó desapareciendo tres años más tarde, en 1968, luego de que sus talleres sufrieran un incendio. La transformación de la prensa cubana no solo fue cuantitativa, sino también a nivel de contenidos.5 Desaparece la crónica social y la crónica roja, héroes y villanos asumen nuevos roles en la agenda informativa, otros sujetos sociales y otras historias emergen en las páginas de los diarios, al tiempo que paulatinamente se esfuman los viejos valores republicanos: Dios, Patria y Familia (el lema de Diario de La Marina), pero también la admiración hacia los Estados Unidos como nación de progreso, la celebración de la navidad, las reinas de belleza, las críticas al comunismo soviético y un largo y apasionante etcétera que hace de esta etapa un objeto de estudio paradigmático para los historiadores del periodismo y la comunicación.
El estudio de estos años, posiblemente los más trascendentales en la historia del periodismo en Cuba, ha sido abordado por numerosos autores, tanto académicos como testigos-participantes de estos sucesos.6
Para el presente estudio, se intentó revisar la práctica totalidad de la bibliografía publicada sobre el tema en formato de artículos científicos y libros. Se incluyeron historias generales, compilaciones y memorias. Dos conclusiones emergen de la revisión de la bibliografía más reciente sobre el tema. Destaca la existencia de muy logradas investigaciones que recurren a la prensa como fuente histórica (Bustamante, 2021; Ferrer, 2021; Guerra, 2012, entre muchas otras). Por otro lado, se han identificado un conjunto de trabajos que tienen como objeto de estudio la producción periodística del periodo, lo cual evidencia en los últimos años un desarrollo del campo de los estudios históricos de la comunicación y el periodismo en Cuba (Salazar, 2023).
Entre las obras consultadas destaca Prensa y revolución: la magia del cambio, compilado por Díaz Castañón (2010), donde se analiza el contenido de varios medios impresos que circularon en Cuba durante los primeros años de la Revolución. Por su parte, la investigadora Villaescusa Padrón ha realizado una revisión sumamente detallada de las publicaciones de esta etapa, cuyos resultados están recogidos en los libros Desafíos en la prensa cubana 1959-1960 (2015) y La prensa cubana ante el acontecer histórico insular 1961-1965 (2021). Estos volúmenes, pletóricos en detalles y referencias, son una fuente invaluable para adentrarnos en el contenido de las publicaciones más relevantes de la época.
Un texto poco divulgado en la isla, pero esencial para entender la producción mediática del periodo, es Radio and Television in Cuba. The Pre-Castro Era, de Salwen (1994). Aunque el tema central es la industria audiovisual, aporta valiosa información sobre la prensa impresa y permite trazar conexiones entre instituciones, figuras y procesos de la época.
Por su parte, el libro La imposición del silencio. Cómo se clausuró la libertad de prensa en Cuba. 1959-1960, del periodista e investigador Fernández Cuenca (2016), hace un balance crítico de los cambios en el sistema comunicativo cubano durante los dos primeros años de la Revolución. Se trata de un ensayo que interpela las historias oficiales escritas desde la historiografía revolucionaria, entre las más relevantes se encuentra la obra de Ortega (1989), un texto que pese a los años constituye una fuente ineludible para el estudio de la llamada “práctica de la coletilla”, a la que haremos referencia posteriormente. Por su parte, el también periodista Marrero se acerca a esta etapa en tres de sus obras: Dígase la palabra moral. Rescate de un periodismo digno y veraz (2003), Congresos de periodistas cubanos (2006) y Dos siglos de periodismo en Cuba. Momentos, hechos y rostros (2018). Por último, los periodistas Vera y Constantín publican El periodismo y la lucha ideológica (2003). Todos estos libros, publicados por el sello editorial de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), conforman el relato oficial desde el bando revolucionario para explicar la transformación del periodismo en Cuba y la conformación del sistema de prensa partidista.
Más recientemente, Henken (2022) se adentra en lo que denomina “los orígenes” de los medios de comunicación oficiales. En un ejercicio de síntesis muy bien logrado, el autor se remonta al parteaguas de 1959 para entender el funcionamiento del periodismo cubano de hoy. Finalmente, Lambe (2024) regresa también a esta cuestión en su libro The Subject of Revolution. Between Political and Popular Culture in Cuba, que dedica un acápite a lo que ella denomina “una Revolución en el periodismo” (p. 31).
La historia, como es sabido, es siempre una construcción social mediada por la subjetividad de quienes la escriben. En el caso del tema que nos ocupa, esta mediación es crucial a la hora de analizar cada uno de estos textos. En otras palabras, no solo importa el hecho en sí, sino la interpretación que cada autor ofrece del mismo. Vemos aquí dos divisiones muy marcadas: una geográfica (los que escriben desde “la Revolución” y los que lo hacen desde “el Exilio”) y otra generacional (los que protagonizaron estos sucesos y aquellos que se acercan al objeto de estudio desde el presente). Finalmente, en algunos de estos textos se evidencian dos objetivos finales contrapuestos a la hora de abordar la estatalización del periodismo cubano: por un lado, la legitimación de este proceso; por otro, el ajuste de cuentas con el pasado.
¿Por qué interesa tanto esta época? En primer lugar, el sistema de medios impresos que surgió de esos años sigue en buena medida vigente en Cuba, tanto en lo que se refiere a instituciones, mecanismos de regulación y valores noticia, como a estrategias de enfrentamiento a voces disidentes. También porque, a la luz del presente y sin que el encandilamiento nuble el sentido crítico, fascina la vitalidad del periodismo de aquellos días, la variedad de géneros, el desarrollo de la gráfica, la inmediatez de los reportajes y el desenfado en el lenguaje. Por último, y no menos importante, porque el desmontaje de la prensa “burguesa-republicana” de Cuba y la estatalización de la misma, que la convirtió en un aparato de comunicación “socialista”, tiene ecos en el escenario latinoamericano más reciente, tanto para quienes lo admiran como para aquellos que lo detractan.
A partir de las dimensiones propuestas por Hallin y Mancini (2008) para el estudio de los sistemas de medios, en las líneas que siguen abordaremos la transición que ocurre en la prensa cubana entre 1959 y 1965, es decir, entre la llegada de Fidel Castro al poder y la fundación del periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba y la publicación periódica más relevante del sistema de medios impresos cubanos posteriores al triunfo de la Revolución. La etapa concluye con la instauración de un sistema de medios impresos, cuyo rasgo esencial es la alta intervención del sistema político sobre el mediático (Somohano Fernández, 2020),7 una estructura en donde el Partido-Estado es la voz hegemónica, expresada a partir de las llamadas “organizaciones políticas y de masas”.
Hallin y Mancini (2008) establecen cuatro dimensiones para el estudio de los sistemas de medios:8 1) el desarrollo de los mercados de medios, especialmente la penetración y circulación de la prensa; 2) el nivel de paralelismo político en la sociedad; 3) la profesionalización del periodismo, y 4) el grado y naturaleza de la intervención del Estado en el sistema de medios. Sin desconocer la importancia cardinal que desempeñaron otros medios de comunicación en la Cuba de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta, como es el caso de la radio, el cine y sobre todo la televisión, en este artículo nos centraremos en la producción impresa, la cual constituye un subsistema con dinámicas organizativas e institucionales que la particularizan.
Recurriendo a la revisión bibliográfica, así como a la consulta de la prensa de la época, este artículo tiene como objetivo principal analizar, desde una perspectiva sistémica, la transformación del periodismo impreso cubano en los primeros años de la Revolución. El aporte del estudio radica en la comprensión de las condiciones sociohistóricas que mediaron estos cambios, ya que una lectura en clave histórica permite identificar los principales hitos de esta transformación, pero sobre todo se interesa en los factores que incidieron en cada uno de estos cambios. El estudio puede servir también como fuente comparativa para otros procesos de estatalización de la prensa en el contexto latinoamericano más reciente, en países como Venezuela y Nicaragua.
A continuación, se ofrece un panorama de las principales características del sistema de medios impresos antes y después de 1959, organizados a partir de los cuatro dominios de comparación propuestos por Hallin y Mancini (2008).
Desarrollo
República y Revolución: de la subvención gubernamental a la estatalización de los medios impresos
Aunque a finales de los años cincuenta las publicaciones cubanas habían perdido protagonismo ante la emergencia del cine, la radio y la televisión -medios estos dos últimos en los que la isla caribeña fue un país pionero-, los periódicos estaban entre los más relevantes del espacio iberoamericano. Al igual que en otras naciones de la región, la mayor parte de los medios impresos se concentraban en los espacios urbanos, sobre todo en la capital del país, tenían un carácter comercial y muchos de ellos estaban vinculados a familias poderosas.
El mercado de medios impresos se caracterizaba por la coexistencia de un modelo mercantil basado en la venta de audiencias a los anunciantes. Todas las fuentes consultadas coinciden en afirmar que solo dos medios resultaban capaces de cubrir sus costos totalmente mediante esta práctica: la revista Bohemia9 y el periódico Prensa Libre.10 El resto subsistía, además de la publicidad comercial y en algunos casos los planes de regalos, con la venta a los “patrocinadores” de una cobertura favorable o, a veces, de silencio.
La dictadura de Batista recurre a la corrupción del periodismo impreso cubano como una forma de control. Más que el ejercicio de la censura, que se practicó en periodos concretos y sobre todo en los años finales, el Batistato hizo uso del soborno. La mayor parte de la prensa de la década de los cincuenta dependía de subvenciones gubernamentales para subsistir en un escenario atestado de publicaciones. De ahí que la corrupción adopte varias estrategias, entre ellas las conocidas “botellas”, que eran cargos fantasmas que el gobierno entregaba en la administración pública a directivos de la prensa, editores, periodistas y allegados. El beneficiado cobraba por una actividad que no desempeñaba. Las llamadas “subvenciones a la prensa”, cuestión a la que posteriormente nos referiremos con mayor detalle, era dinero que cada mes entregaba la administración de Batista a directivos de medios y periodistas.
Es precisamente la debilidad económica y la corrupción generalizada el talón de Aquiles de la prensa cubana de entonces y una de las causas que explica su fragilidad ante la llegada del poder revolucionario.11 Henken (2022) define a los medios que existían bajo la dictadura de Batista a finales de la década de los cincuenta como “privados”, “ideológicamente diversos” y “profundamente corruptos”. El primer calificativo se refiere a la estructura económica, uno de los cambios más trascendentales que traerá la nueva década revolucionaria. En apenas un quinquenio, la totalidad de los medios impresos cubanos pasa a manos del Estado socialista. La diversidad ideológica es otro punto importante, los medios impresos de los años cincuenta son expresión de variadas corrientes políticas, una heterogeneidad que, aunque no desaparece abruptamente el 1º de enero de 1959, sí lo irá haciendo de manera paulatina.
Durante el primer año de la Revolución, el único cambio importante es la clausura de los cinco periódicos asociados al Batistato (Tiempo en Cuba, Alerta, Ataja, Mañana y Pueblo) y la publicación de medios impresos que habían actuado desde la clandestinidad, como es el caso del diario Revolución, asociado al movimiento 26 de Julio, bajo la dirección de Carlos Franqui; Noticias de Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, dirigido por Carlos Rafael Rodríguez, y Combate, del Directorio Revolucionario, dirigido por Julio García Oliveras. El resto de las publicaciones periódicas de la República continuaron circulando sin mayores percances. En los primeros meses de 1959 surgen también nuevas publicaciones dentro del campo revolucionario. Por ejemplo, el 23 de marzo de 1959, se crea Lunes de Revolución, suplemento cultural del diario homónimo. El 10 de abril de ese año, Raúl Castro y el Che Guevara fundan la revista Verde Olivo, semanario del Ejército Rebelde.
La gran prensa republicana, y con ella el periodismo impreso bajo reglas mercantiles, deja de circular en la primera mitad de 1960, pero el desmontaje de la prensa republicana transita por diversas fases y se inicia desde los primeros días de la Revolución. Primeramente, se realiza una campaña de descrédito. Es precisamente en las páginas del diario Revolución, némesis del modelo de prensa republicana, donde Carlos Franqui publicará la llamada “Lista de Palacio”, en la que se recogían los fondos que Batista entregaba a los periódicos de la isla, y evidenciaba los vínculos entre la gran prensa y la dictadura.12
A ello se suman los llamados al boicot, la quema pública de ediciones de periódicos como Diario de la Marina, Prensa Libre y Avance, el enterramiento simbólico de diarios, y el estrangulamiento económico de los mismos, al prohibirse los sorteos y la exigencia de los estibadores portuarios del pago de jornales dobles por la descarga del papel destinado a Prensa Libre y Diario de la Marina. Otro punto para tener en cuenta es la pérdida de anunciantes, ya sea porque los negocios habían sido intervenidos (expropiados), o porque simplemente los posibles consumidores habían abandonado el país. Finalmente, el golpe de gracia ocurre entre enero y mayo de 1960, cuando los medios protagonizarán la llamada “batalla por la coletilla”.13 Para mayo de 1960, el mercado de medios impresos había desaparecido en su totalidad. Periódicos como Avance, Diario de la Marina, Diario Nacional, El Crisol, El País, Excelsior e Información, a los que se suma la revista Carteles, dejaron de circular. La revista Bohemia, y los diarios Prensa Libre y El Mundo fueron intervenidos ese año y cambiaron drásticamente su línea editorial, ahora de completa adhesión al nuevo gobierno revolucionario.
Después de la clausura de los medios asociados a la “burguesía derrotada”, durante los próximos cinco años coexisten medios impresos con tendencias heterogéneas dentro del campo revolucionario, aunque finalmente, en 1965, se produce la homogeneización forzosa de publicaciones que expresaban corrientes diversas dentro de la Revolución.
Además de las cuestiones internas, la transformación estructural del mercado de medios impresos posterior a 1959 está marcada por dos factores externos. Por una parte, la política de los Estados Unidos hacia la Revolución, que adopta una actitud defensiva de “plaza sitiada”, desde la cual criminaliza el disenso y justifica la estatalización y cierre de medios. Por otro lado, la influencia soviética en el ejercicio del periodismo, a partir de los “cuadros” del viejo Partido Socialista Popular, que adoptan roles destacados en el desmantelamiento de los viejos medios y la creación de un nuevo organigrama mediático, que en muchos aspectos se inspira en los “usos y costumbres” de la llamada prensa leninista soviética. Por un lado, el escenario de plaza sitiada; por el otro, el periodismo partidista. En los periódicos que salen del parteaguas 1959-1965 hay censura y autocensura, vacíos informativos y un estilo apologético, característico del culto a la personalidad de los líderes revolucionarios, en especial de Fidel Castro.
El cambio más evidente es en el sistema de propiedad, aunque habrá que esperar una década, hasta 1975, para que esta visión quede codificada en las Tesis y Resoluciones del Primer Congreso del Partido Comunista. Calco y copia de la “hermana mayor” soviética, se asumía una visión determinista entre la base económica y la superestructura comunicativa, al afirmar que el contenido de los medios “está determinado por el régimen de propiedad … que, en ningún caso, pueden actuar al margen o por encima de las clases, sino que constituyen instrumentos de la lucha ideológica y política” (Partido Comunista de Cuba, 1975, p. 1).
El concepto de “paralelismo político” hace referencia al grado en que la estructura del sistema de medios es paralela a las divisiones del sistema de partidos políticos y grupos de interés (Hallin & Echeverría, 2025). Si bien hay que tener en cuenta que en la Cuba de finales de la República no existían partidos fuertemente institucionalizados con identidades ideológicas claras, sí es posible ver cómo los periódicos eran medios de acción política, que en ocasiones se fusionan con el poder político y económico de la isla. Una caracterización detallada de cada publicación excede con creces los objetivos de este estudio, pero puede mencionarse, por ser el más ilustrativo, el vínculo entre el periódico Noticias de Hoy y el Partido Socialista Popular, aunque en otros casos la relación no es tan evidente, pero existía. Piénsese, por ejemplo, en las simpatías de Bohemia por el Partido Ortodoxo.
Durante el periodo de transición, entre 1959 y 1965, los medios impresos de la isla expresan los intereses de determinados grupos políticos, aunque la tendencia hacia la concentración y la univocidad informativa termina en un sistema de prensa partidista, en el cual ya es inoperante hablar de paralelismo político. Díaz Castañón (2010) rastrea cómo diferentes publicaciones de la época responden a los intereses de sectores de la sociedad, no solo partidos o grupos políticos, sino también económicos y religiosos. Destaca en primer lugar la trilogía de medios de prensa, representantes formales o acuciosos de las tres fuerzas políticas que de un modo u otro intervinieron en la derrota de Fulgencio Batista. Combate, del Directorio Revolucionario; Noticias de Hoy, de los comunistas; y Revolución, del Movimiento 26 de Julio. Diario de la Marina, por su parte, representará los intereses del clero católico y del poderoso sector ganadero, mientras que El Mundo lo hará de la pequeña burguesía.
De acuerdo con Hallin y Mancini (2008), la profesionalización periodística se define por tres criterios: autonomía de los periodistas frente a la intervención externa en su trabajo; consenso sobre la ética y los estándares de práctica, y la prevalencia de una ideología de servicio público. Muchos periodistas de la época republicana estaban envueltos en redes clientelares y recibían beneficios del gobierno. Ello obedecía, entre otras razones, a los bajos salarios y la inseguridad laboral. Desde la década de los cuarenta se hicieron algunos esfuerzos por revertir estas prácticas, aunque con resultados muy limitados. Por ejemplo, Lent (1992) menciona el caso del diario El Mundo. Luego de que esta publicación fuera absorbida por la Empresa Editorial El Mundo, S. A., la primera acción de los nuevos editores fue rechazar el subsidio gubernamental. Más tarde, en 1943, El Mundo informó a su personal que no podían ser funcionarios del gobierno.
En 1941, la Asociación de Reporteros de La Habana reunió a todas las asociaciones de prensa para discutir el estado del periodismo y convocó al primer Congreso Nacional de Periodistas en La Habana. Como resultado de este Congreso, los periodistas establecieron un gremio profesional, conocido como el Colegio Nacional de Periodistas. También se acordó la creación de una escuela de periodismo y un plan para reformar los beneficios de jubilación.
La escuela de periodismo Manuel Márquez Sterling, creada por un decreto presidencial en abril de 1942, entró en funcionamiento al año siguiente, bajo el Ministerio de Educación, y estaba financiada en su totalidad por el gobierno. El gremio, también creado por decreto presidencial de 1942, empezó a funcionar en 1944. Los futuros miembros del gremio debían tener un certificado de competencia de la escuela de periodismo y jurar respetar ocho reglas de conducta profesional (Lent, 1992). Estas acciones tuvieron un alcance limitado en cuando a la autonomía de los periodistas, sobre todo teniendo en cuenta que era el propio gobierno el creador e inversionista de estas instituciones. Con la llegada de la Revolución se producirá también una transformación radical en las organizaciones gremiales, que concluye el 15 de julio de 1963, con la constitución de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC).
Desde un punto de vista ideológico, la estatalización del periodismo impreso cubano se explica desde un cambio de paradigmas. El periodismo prerrevolucionario se inspira en los principios del modelo liberal de prensa, sobre todo en el periodismo que se hacía en los Estados Unidos. Avanzando la década de los sesenta, el periodismo cubano abrazará la visión leninista de la prensa, para la cual los periódicos son instrumentos de propaganda partidista, lucha ideológica y organización de las masas. En función de un bien mayor, la salvación de la patria y su garante, la Revolución, la prensa aceptará restricciones en su actuar.
Es relevante ver también cómo desde 1959 se produce un cambio paulatino en los valores que sustentan el ejercicio del periodismo. Existen similitudes entre el pensamiento de Lenin14 y de Fidel Castro en torno al rol de la prensa en la sociedad, en especial lo concerniente a cómo ambos líderes, según se radicalizan sus respectivas revoluciones, transitan de una aceptación del modelo liberal a lo que ambos consideran o bien una “superación” del mismo, o bien un “ajuste” necesario en las condiciones de un escenario de confrontación con la contrarrevolución.
El 9 de febrero de 1959, Fidel Castro afirma ante las cámaras de CMQ-TV: “La libertad de prensa está restablecida. Es un derecho inalienable del pueblo. La Constitución lo establece, y dentro de un régimen de libertad deberá funcionar. El Gobierno Provisional gobernará dentro del espíritu de la ley” (como se cita en García, 2020). Casi un año más tarde, el 22 de enero de 1960, esta vez frente a las cámaras de Telemundo, afirma:
Más importante que un periódico es el Estado, que representa los intereses revolucionarios de la nación … si es importante la autoridad de un periódico, de un director de un periódico, más importante, por todo concepto, es la autoridad de un Gobierno ante un Estado que han tratado de socavar (en García, 2020).
Unos años más tarde, en un discurso pronunciado en Santiago de Cuba por el aniversario del asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1964, Fidel Castro es más explícito en torno a la función de la prensa:
Nos dicen que aquí no hay libertad de prensa. Y es verdad. Aquí no hay libertad de prensa burguesa. Los burgueses, los reaccionarios no tienen aquí libertad de prensa. Y hay una línea, una línea de la Revolución …Y claro está, cuando haya desaparecido el enemigo imperialista, y cuando hayan desaparecido las clases explotadoras, entonces, podemos tener el lujo incluso de disolver el Estado … pero somos realistas, estamos en medio de una lucha, el Estado hace falta; ese Estado que antes era instrumento de los terratenientes, hoy es el instrumento de los trabajadores (en García, 2020).
Los discursos pasan de un reconocimiento y celebración a las libertades consagradas en las revoluciones atlánticas del siglo XVIII (opinión, expresión, religión y reunión) a la crítica clasista de las mismas en tanto libertades “burguesas” y la “superación” de las mismas en un escenario socialista en el que los medios de comunicación están en manos del “pueblo”. Como hemos visto, el periodismo se desliga del mercado y pierde peso en tanto valor deseable la responsabilidad social, al tiempo que abraza funciones de “propaganda y agitación” en la nueva sociedad revolucionaria.
En la Tabla 1 se resumen las principales transformaciones que ocurren en el sistema de prensa cubano durante el periodo 1961-1965. Por su parte, en la Tabla 2 se mencionan las principales fusiones y desapariciones de medios en la etapa estudiada.
Tabla 1 Transformaciones del sistema de prensa cubano (1961-1965)
| Dimensión | Situación anterior a 1959 | Cambios entre 1961-1965 |
|---|---|---|
| Intervención del Estado | Control mixto: sobornos, subvenciones y censura ocasional por parte del gobierno de Batista. | Intervención total: el Estado asume la propiedad, regulación y producción de la comunicación impresa. Desaparecen todos los medios privados. La prensa se convierte en un instrumento directo del Partido-Estado. |
| Paralelismo político | Alta pluralidad ideológica. Existencia de medios vinculados a distintos grupos políticos (comunistas, ortodoxos, católicos, etc.), aunque con vínculos clientelares y episodios de censura y cierre de medios. | Eliminación del pluralismo. Se impone un modelo de prensa partidista. Para 1965, los medios responden exclusivamente al Partido-Estado. Desaparece el paralelismo político como categoría operativa. |
| Desarrollo de los mercados de medios | Existencia de un sistema de prensa comercial que recibe subsidios del Estado, altamente competitivo, con múltiples publicaciones impresas en circulación (58 periódicos en 1959, 800 000 ejemplares diarios). | Desaparición del mercado libre. Progresiva eliminación de periódicos no alineados con la Revolución. Para 1965, solo subsisten tres medios nacionales: Granma, Juventud Rebelde y El Mundo (este último desaparecerá en 1968). |
| Profesionalización del periodismo | Existencia de gremios como el Colegio Nacional de Periodistas y escuelas de periodismo. Sin embargo, fuerte corrupción y falta de autonomía. | Disolución de los gremios e instituciones de la Cuba republicana. Fundación de la UPEC (1963) como órgano gremial único. Se adopta una ideología de prensa como instrumento revolucionario. Desaparece la noción de autonomía profesional. |
Fuente: Elaboración propia.
Tabla 2 Línea de tiempo: Fusión y desaparición de medios (1959-1965)
| Año | Evento / Publicaciones |
|---|---|
| 1959 | Se cierran los medios vinculados a Batista (Tiempo en Cuba, Alerta, Ataja, Mañana, Pueblo). Salen de la clandestinidad medios del campo revolucionario, al tiempo que se fundan otros: Revolución, Noticias de Hoy, Combate, Verde Olivo. |
| 1960 (enero-mayo) | Clausura de los principales diarios republicanos: Avance, Diario de la Marina, Diario Nacional, El Crisol, El País, Excelsior, Información, y la revista Carteles. Intervención de Bohemia, Prensa Libre y El Mundo, que cambian su línea editorial. |
| 1961-1964 | Subsisten medios revolucionarios con diferentes tendencias. Se incrementa el control ideológico y la presión hacia la homogeneización. |
| 1965 | Consolidación del sistema único. Solo quedan tres publicaciones nacionales: Granma (fundado ese año como órgano del Partido Comunista), Juventud Rebelde y El Mundo. |
Fuente: Elaboración propia.
Conclusiones
El análisis histórico de los procesos comunicativos cubanos desde una perspectiva sistémica permite visualizar las siempre complejas interrelaciones entre el ejercicio de la comunicación pública y el contexto político y social, en una época de profundas transformaciones, como lo fue la primera mitad de la década de los sesenta en Cuba. Una lectura compleja de estos procesos de cambios pretende visualizar tensiones, negociaciones y rupturas al interior de los mismos, trascendiendo así interpretaciones manieristas de procesos y actores. Esta lectura en clave sistémica e histórica contribuye además a pensar en el futuro del periodismo cubano.
En busca de esta complejidad, es precisamente útil la operacionalización que establecen Hallin y Mancini (2008), al hablar de cuatro dimensiones para el estudio del sistema de medios: la intervención estatal en el mismo, el nivel de paralelismo político en la sociedad, el desarrollo de los mercados de medios y la profesionalización del periodismo.
La rápida desaparición del sistema de medios impresos de la República demuestra la fragilidad de la prensa, incapaz de asumir los embates del nuevo poder revolucionario. Deslegitimados, por una parte, incapaces de subsistir económicamente, por la otra, los medios impresos de la República, y con ellos el periodismo republicano, dejaron de existir en muy pocos años. Aunque tenían serias limitaciones, con estos medios desapareció también un modo de entender el periodismo como foro donde coexisten visiones, muchas veces antagónicas y también como una institución que cuestione y fiscalice al poder. Con ello no se pretende hacer un panegírico acrítico de la prensa impresa cubana de los cincuenta, pero es notable el cambio si se le compara con la univocidad informativa de los años posteriores.
Los contenidos de los medios dejaron de reflejar pluralidad ideológica y se transformaron en vehículos de propaganda oficial. Se eliminaron géneros como la crónica roja y la social, desaparecieron temas como la crítica al comunismo o la exaltación de valores tradicionales como “Dios, Patria y Familia”, y se reforzaron narrativas revolucionarias. Las instituciones mediáticas pasaron de ser empresas privadas con vínculos clientelares a organismos controlados directamente por el Partido-Estado, sin autonomía editorial.
Con la Revolución, se instaura un nuevo sistema de medios en permanente estado de excepción. En lo que se refiere al sistema de ideas, se afianza una visión instrumentalista de la prensa, la cual se subordina al aparato partidista, encargado de regularla y controlarla (Somohano Fernández, 2020). De este modo, los medios de comunicación se asumen como un instrumento para la lucha de clases, difusores de las orientaciones partidistas.
En el periodo que media entre 1959 y 1965, se produjo un cambio radical en el sistema de medios impresos cubanos. Se transita de un modelo de mercado, con limitaciones estructurales, a un sistema de absoluto control estatal. Los medios anteriores a la Revolución, si bien en su totalidad no correspondían a partidos y agrupaciones políticas, fueron expresión de una pluralidad ideológica. A partir de 1959, y a través de un proceso paulatino de concentración institucional e ideológica, pasaron al servicio del Partido-Estado, en tanto medios de difusión de masas y ponderando su función propagandística.
La centralización se produjo mediante la eliminación de medios privados, la intervención de aquellos que sobrevivieron en 1959, y la posterior fusión de los medios revolucionarios en el diario Granma. Se creó una estructura inspirada en la prensa soviética. La UPEC (1963) se estableció como organización gremial única. Se instauró una ideología periodística basada en el servicio a la Revolución, la censura, y el culto a la personalidad, especialmente de Fidel Castro.
En lo que respecta a la profesionalización del campo periodístico, en el periodo estudiado desaparecen los gremios y organizaciones existentes en la etapa republicana, al tiempo que surge la Unión de Periodistas de Cuba como institución gremial del periodismo revolucionario. Sin embargo, como se ha visto, el verdadero órgano supracontrolador de la prensa radica en las esferas ideológicas del Partido Comunista, encargadas de trazar la línea informativa y regular las actividades de los medios.
Los valores que sustentan la profesión periodística también cambian. De la defensa de la autonomía del periodismo en tanto “deber ser”, inspirado en la teoría del cuarto poder, se pasa a la celebración de un periodismo comprometido con la Revolución, que justifica los silencios informativos para “no dar armas al enemigo”. Hay que aclarar, sin embargo, que en esta investigación se ha planteado que en la etapa republicana la prensa tuvo serias limitaciones en cuanto a su equidistancia con el poder, coartada su libertad por razones de naturaleza económica mediante prácticas corruptas.
Finalmente, interesa el papel del Estado en sus relaciones con el sistema de medios impresos. Durante la dictadura de Batista, las relaciones mantuvieron un equilibrio entre los incentivos económicos y el ejercicio de la censura, al tiempo que se crean instituciones dedicadas a controlar directamente la producción impresa. Entre 1959 y 1965, desaparecen la totalidad de los medios privados y el Partido-Estado se apropia de la producción de contenidos informativos, bajo el manto de las organizaciones políticas y de masas.
Los medios pasaron a ser instrumentos de agitación, propaganda y organización de las masas, alineados con el Partido Comunista. Se subordinan al “interés de la Revolución”, justificando la censura y autocensura como mecanismo de defensa ante el “enemigo imperialista”. Su rol como foro de debate público o fiscalización del poder fue eliminado en favor de una narrativa unificada y militante.
La estatalización de la prensa impresa cubana transitó por tres frases muy bien definidas. Un primer momento, en enero de 1959, en el que dejan de publicarse los medios cercanos a la dictadura de Batista, deslegitimados por su vinculación al régimen caído. Una segunda etapa que se extiende hasta mayo de 1960, en la que se produce el choque entre el flamante gobierno (y sus publicaciones) con los grandes medios impresos de la vieja República, terminando en el cierre y/o intervención de los mismos; y finalmente, una tercera y muy compleja etapa, entre 1960 y 1965, donde subsisten publicaciones impresas dentro del bando revolucionario, las cuales expresan diferentes corrientes de pensamiento. En el año 1965 se escribe el capítulo final de esta historia, en el que ya queda configurado un aparato mediático inspirado en la prensa soviética, con el periódico Granma en lo alto del sistema mediático.










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