Introducción
Los medios de comunicación digitales son parte indispensable de la vida cotidiana, incluso en los espacios más íntimos, como el establecimiento de relaciones de pareja. Un estudio con personas jóvenes en Estados Unidos mostró que ya en 2013 la forma tradicional de conocer parejas, a través del círculo más cercano de amigos, familiares y/o conocidos, estaba siendo desplazada por las plataformas digitales, que la superan como medio privilegiado para conocer parejas solo unos años más tarde (Rosenfeld et al., 2019). La masificación de Internet ha permitido a los individuos expandir geográfica y temporalmente los espacios donde era frecuente conocer a otras personas, y se ha hecho parte integral del repertorio amoroso. Ello es especialmente el caso para las personas jóvenes (entre 15 y 29 años, según el Instituto Nacional de la Juventud de Chile [INJUV], 2017), que han nacido en una sociedad digitalizada y son usuarios asiduos de estas tecnologías.
Como apuntan Chambers (2013) y Boyd (2014), el haber nacido en un mundo donde la comunicación instantánea y constante es un hecho cotidiano no significa que la forma en que estos dispositivos son desplegados en el contexto de la sociabilidad romántica sea obvia: muchas personas jóvenes navegan en este nuevo entorno tecnológico y tienen que aprender a negociar las definiciones de género, sexualidad e intimidad en el proceso mismo de establecer relaciones románticas mediadas por Internet. Más importante aún, las relaciones de poder implícitas en los códigos que norman las relaciones de pareja -basadas, principalmente, en la forma en que las sociedades conciben las relaciones de género y la sexualidad- deben ser reelaboradas en los nuevos espacios digitales. Y es que, lejos de la representación de las relaciones amorosas como espontáneas (visión frecuente en la cultura popular), la literatura (Miguel, 2018; Pangrazio, 2019a; Pinsky, 2019) ha documentado cómo este tipo de relaciones son atravesadas por una normatividad que incluye cuestiones de clase, etnia y, por supuesto, género, que gobiernan desde el cortejo hasta las formas socialmente aceptadas de poner término a una relación.
De hecho, autores (Courtain & Glowacz, 2018; Malhi et al., 2020; Nydegger et al., 2017) hablan de scripts o guiones culturales que indican a los participantes en una relación amorosa las formas aceptables de expresar interés romántico y desenvolverse en cada una de las etapas de la relación (Pinsky, 2019). Esta normatividad y los guiones en los cuales se expresa suponen recursos simbólicos diferenciados por sexo que replican una jerarquía que parte de supuestos heteronormativos y de género que otorga a los hombres (heterosexuales) más libertad y poder que a otros grupos sociales.
Desde esa óptica, este trabajo explora las prácticas y sentidos que jóvenes universitarios chilenos establecen en sus relaciones románticas mediadas por Internet, así como la normatividad de género que se instala en el espacio virtual y que supone diferenciales de recursos simbólicos y de poder. Ello implica que marcos normativos ya existentes deberán ser reelaborados y situados en el plano online, en el contexto de un aprendizaje que los y las jóvenes deben hacer sobre la sociabilidad romántica que tendrá implicaciones para su vida adulta. De hecho, autores (Hochberg & Konner, 2019; Wood et al., 2018) señalan la importancia de esta etapa de la vida -identificada como adultez emergente- como una de exploración y aprendizaje en el plano de las relaciones interpersonales, incluidas las de pareja, que pueden moldear las creencias y patrones de conducta que los individuos desplegarán en relaciones posteriores.
De allí el interés investigativo por preguntarnos si, y de qué manera, los jóvenes universitarios (re)elaboran los códigos que rigen las relaciones románticas en el plano online, y cómo ello contribuye a reproducir (o no) relaciones de poder asimétricas entre los sexos en parejas heterosexuales. Nos centramos especialmente en el uso de Facebook, WhatsApp e Instagram, las redes sociales digitales más utilizadas por las y los jóvenes chilenos (León & Meza, 2018; Tello & Gómez, 2017).
Jóvenes y relaciones de pareja en Chile
Quienes hoy están iniciando sus vidas adultas (18 a 29 años) en Chile crecieron en una sociedad que a partir de 1990 -con el retorno del país a la democracia institucional- se planteó la cuestión de la igualdad de género en el espacio público, mientras las prácticas en el espacio privado de la sexualidad y la familia daban signos claros de transformación (Besoain et al., 2017; Gómez-Urrutia & Tello-Navarro, 2021; Instituto Nacional de Estadísticas de Chile [INE], 2019).
A pesar de la persistencia de normas legales de corte conservador en el plano de sexualidad y familia, el país experimentó cambios sociales y demográficos importantes, desde 1980, que han llevado a la diversificación de los modelos familiares y de pareja disponibles para las generaciones más jóvenes. Investigaciones recientes con este grupo etario (Besoain et al., 2017; Universidad Católica de Chile-Adimark, 2019) sugieren que las relaciones sexuales fuera del matrimonio son ampliamente aceptadas, como también lo son una gama de relaciones románticas que van desde el pololeo (noviazgo) tradicional, hasta los contactos casuales, sin expectativa de intimidad emocional (Barrera-Herrera & Vinet, 2017), con matices entre un extremo y otro. Esta exploración de la propia sexualidad sería parte de la adultez emergente (emerging adulthood): un periodo que media entre el fin de la adolescencia y el inicio de los roles asociados a la vida adulta (Arnett, 2015; Tillman et al., 2019).
El concepto debe ser utilizado con cautela, pues en sociedades altamente desiguales, como las latinoamericanas, son los grupos económicamente privilegiados, especialmente hombres, blancos, que habitan en zonas urbanas y que poseen mayores oportunidades educacionales y laborales, quienes presentan con más frecuencia las características de la adultez emergente (Barrera-Herrera & Vinet, 2017; Galambos & Martinez, 2007).
Lo anterior se conjuga, además, con un cuestionamiento creciente a las normas de género tradicionales. Aunque es cada vez más aceptada la igualdad entre los sexos en el trabajo remunerado, no ocurre lo mismo en las esferas de pareja y sexualidad, donde persisten ideas con un marcado sesgo de género, incluso entre las personas jóvenes. Entre ellas, la valoración de la asertividad masculina, pero no de la femenina; la supuesta mayor cercanía de las mujeres con los aspectos emocionales de la relación, mientras que los hombres serían más sexuales; y que lo “normal” es que los hombres sean quienes lleven la “voz cantante” en la pareja, pues ser dominante sería parte de la naturaleza masculina (Lara & Gómez-Urrutia, 2021; Oxfam, 2018). Así, la entrada en el mundo adulto se produce en un contexto en el cual las normas que guiaron el comportamiento de generaciones anteriores en el plano de la sociabilidad romántica están siendo cuestionadas, pero no desechadas ni claramente reemplazadas por una nueva normatividad.
Paralelamente, las tecnologías de comunicación e información han hecho posible la aparición de una serie de prácticas y códigos en el terreno de la formación de pareja que son socialmente inéditas, y que se derivan de las posibilidades tecnológicas de los medios digitales (Rodríguez & Rodríguez, 2020). Estas han venido a complementar las interacciones cara a cara. Por ejemplo, la expansión del ámbito geográfico y social que Internet permite, en el cual los individuos conocen potenciales parejas, ha desintermediado -al decir de Rosenfeld et al. (2019) - el proceso, desligándolo parcialmente del círculo de familiares, amigos y conocidos en el cual los sujetos habitualmente encontraban a sus parejas (Rodríguez & Rodríguez, 2016). Ello introduce nuevas incertidumbres que coexisten con las formas de cortejo presencial (Arévalo & Cuevas, 2022). Por ejemplo, las posibilidades de ocultamiento o distorsión parcial de la identidad que los medios digitales hacen posible (Cardon, 2009; Ellison et al., 2012) han obligado a quienes lo usan a desarrollar estrategias de verificación de la identidad basadas, también, en “huellas” o una “etiqueta” digital (Pangrazio, 2019b).
La literatura sugiere que la propia noción de intimidad -un elemento clave en las relaciones interpersonales, particularmente las de naturaleza romántica- ha sido transformada (Miguel, 2018; Rodríguez & Rodríguez, 2020). Tradicionalmente, la intimidad suponía proximidad física y emocional, lo cual implica excluir a los “otros” (los no íntimos) de una parte importante de la vida personal y de la cotidianidad (Miguel, 2018). Los modos de intimidad desarrollados a través de las tecnologías digitales habitualmente constituyen una amalgama de prácticas online y offline que incluyen diversos niveles de exposición, en las cuales debe negociarse qué es lo que se hará público, para quién y cómo (Cardon, 2009).
Ello, para que pueda lograrse el objetivo deseado sin exponerse a potenciales riesgos como el hostigamiento (bullying) o el acoso (stalking) que, si bien ya existían como prácticas, pueden alcanzar niveles insospechados gracias a las redes sociales, como lo demostró la pandemia de Covid-19 (Rodríguez & Rodríguez, 2020). También han aparecido prácticas indeseables ligadas específicamente a las posibilidades tecnológicas de estos medios, como el ciberacoso o la violencia digital en el noviazgo (digital dating abuse, DDA) (Reed et al., 2018). Estos comportamientos suelen presentar un sesgo de género, dada la caracterización cultural de la sexualidad masculina como incontenible y potencialmente predatoria. Así, la utilización de tecnologías en las relaciones románticas pone en juego dinámicas culturales y las relaciones de poder asociadas, e influencia el modo en que los espacios de sociabilidad digital facilitan la modificación de los patrones tradicionales de poder o, por el contrario, contribuyen a reproducirlos. Estas dinámicas de género y poder incluyen la capacidad de los y las participantes de negociar cuestiones como el ritmo del cortejo, los niveles de intimidad -incluyendo la posibilidad de contacto sexual, pero también el acceso a información personal- y la forma en que un miembro de la pareja responde a las necesidades del otro.
Aunque no es posible asociar las tics solo a la juventud, son ellos y ellas quienes establecen las pautas y tendencias sobre sus usos, en un proceso no exento de dudas y contradicciones (Echauri, 2016; Feixa et al., 2016; Pangrazio, 2019b). Debido a que se encuentran en una etapa de la vida donde se está explorando la sexualidad y la formación de pareja, es posible hipotetizar que son los y las jóvenes quienes han integrado más activamente las nuevas tecnologías a las relaciones de pareja y, al hacerlo, deben reapropiarse de los códigos de género y poder que norman este tipo de relaciones.
Si bien las emociones y la sexualidad son rasgos humanos universales, las formas de expresarlas están cuidadosamente normadas, incluyendo lo que se considera la expresión legítima de la sexualidad (Layder, 2009). Una parte importante de esas normas está atravesada por el género, ya que típicamente las sociedades caracterizan la sexualidad masculina y femenina de formas muy diferentes y otorgan a los individuos grados de poder y libertad en el ejercicio de su propia sexualidad que son también muy disímiles: habitualmente, la sexualidad masculina se percibe como incontenible y asociada al placer, mientras que la femenina se piensa como contenida y asociada a la reproducción (Layder, 2009).
En consecuencia, las normas sobre sexualidad -y los “guiones” culturales que se derivan de ellas- tienden a ser mucho más restrictivos con las mujeres que con los hombres: por ejemplo, se espera que sean ellos quienes tomen la iniciativa (invitar a salir, llamar) o decidan el ritmo de la relación (cuándo se pasa a la siguiente etapa). Aunque estas ideas han sido cuestionadas desde el discurso público, persisten entre los y las jóvenes de América Latina (Oxfam, 2018). Esto plantea una asimetría significativa en los recursos y poder que hombres y mujeres pueden movilizar al involucrarse en una relación romántica. Desde esa perspectiva, cabe preguntarse por las formas en que la juventud universitaria reelabora la normatividad amorosa en este escenario donde se conjuga el cuestionamiento social a las normas de género y la creciente incorporación de los medios digitales al repertorio de interacciones amorosas.
Metodología
Nuestra investigación se centra en estudiantes universitarios del centro-sur de Chile (Regiones Metropolitana, Maule y Biobío). Dadas las desigualdades propias de las sociedades latinoamericanas, los y las jóvenes con educación superior tienen mayor probabilidad de presentar las características de la adultez emergente que sus pares sin formación terciaria.
Los estudiantes fueron invitados a participar en esta investigación mediante una convocatoria abierta en visitas autorizadas a dos universidades. Como criterio de inclusión, se planteó tener entre 18 y 29 años, estar cursando una carrera universitaria y ser usuario habitual de Facebook, Instagram y WhatsApp. Se excluyó a quienes estaban tomando clases con algún miembro del equipo de investigación, por razones éticas. Quienes aceptaron tomar parte en el estudio firmaron un formulario de consentimiento informado donde se explicitó el carácter voluntario y confidencial de su participación. Aunque se trató de una muestra no probabilística, se procuró reclutar números similares de hombres y mujeres. La orientación sexual no fue considerada un criterio de interés, y la mayor parte de los y las participantes se declararon heterosexuales.
En total, 60 estudiantes aceptaron la invitación y se realizaron cuatro grupos focales de entre ocho y diez participantes cada uno, y 26 entrevistas individuales (12 hombres y 14 mujeres). En todos los casos, las transcripciones fueron desprovistas de todos los datos que hicieran posible la identificación de los participantes.
El análisis de los datos se hizo con el programa Atlas.ti (versión 8). Se realizó primero un proceso de codificación abierta que permitió la identificación de ideas recurrentes en el discurso de los estudiantes, así como los sentidos y valoraciones asociadas a ellos (Saldaña, 2009). En este análisis también fue considerada la frecuencia con que cada idea (código) aparecía en cada grupo de participantes, más que en la totalidad del corpus, como un indicador de la relevancia de la idea (Elliott, 2018).
Una vez que fue posible identificar patrones, se procedió a una codificación de segundo ciclo, con categorías de orden conceptual (Bazeley, 2021), tales como “Roles de género en las relaciones de pareja”, o “Riesgos del uso de Internet”, por mencionar solo dos ejemplos. En cada etapa, se elaboró un libro de códigos para guiar el análisis, que fue realizado primero de manera independiente por cada uno de los autores y luego revisada en conjunto, como mecanismo de confiabilidad intra-equipo (Syed & Nelson, 2015). Finalmente, se elaboró una matriz para comparar sistemáticamente los discursos de hombres y mujeres, para establecer puntos de convergencia y divergencias respecto de las categorías más relevantes y el tipo de relación entre estas por sexo.
Resultados: intimidad, emociones y poder
Una de las primeras diferencias que aparece por sexo es la utilización de indicios para establecer la identidad e intenciones de una posible pareja. Ya sea que se la haya conocido cara a cara o a través de las redes sociales, estas últimas son clave para situar socialmente a los individuos y evaluar sus intenciones. Las mujeres tienden a usar muchos más elementos de juicio que los varones -tanto online como offline- para decidir responder a una comunicación o aceptar una invitación de amistad por redes sociales. Esto se relaciona con la percepción del riesgo implícita en la idea de desintermediación de las relaciones sociales, y la necesidad de avanzar hacia el establecimiento de una intimidad dentro y fuera del mundo virtual (Miguel, 2018) a través de prácticas online y offline que permitan conectarse emocionalmente con el otro y minimizar los peligros inherentes al establecimiento de un vínculo de confianza. Las narrativas de las jóvenes están constantemente puntuadas por la posibilidad de enfrentarse a engaños o comportamientos predatorios, ya sea por la vía digital o cara a cara. Esta percepción del riesgo casi no aparece en los relatos masculinos, o, si lo hace, se refiere más bien a la posibilidad de caer en un coqueteo falso, que tiene intenciones de obtener ganancias financieras a partir de la pretensión de interés romántico.
Ellas declaran apegarse más al ideal romántico vinculado a los sentimientos y manifiestan que les resulta difícil “pelarse” (término usado por la juventud chilena para el coqueteo intenso con una o más de una persona a la vez) en Internet, como hacen sus pares hombres, aunque la mayoría de las chicas declararon conocer a alguien que sí lo hace.
Probablemente haya aquí elementos de deseabilidad social que dificulten que las chicas admitan abiertamente haber llevado a cabo esas conductas, ya que están conscientes de que se exponen a la sanción social si lo hacen. Por ello, aunque coquetear vía medios digitales con varias personas antes de decidirse por una para avanzar en la relación -por ejemplo, plantear conocerse personalmente- es parte aceptada del proceso de buscar pareja, las chicas son mucho más cautas, como muestran las citas siguientes:
Y claro, al menos en mi caso, y yo creo que quizá también el primer contacto suele ser personal, pero yo te diría que casi todo el proceso de joteo (“rondar” a alguien con intenciones románticas) es por WhatsApp o Instagram, casi todo, sobre todo cuando a esa persona no la ves en el día a día… Entonces le hablas y, si te responde, le respondes una historia de Instagram, le hablas de nuevo (Hombre, 23 años, estudiante de Derecho, entrevista individual).
Lo primero es revisar la foto, pero si solo tiene una [foto], ahí es sospechoso. Pero claro, hay que investigar sus amigos, con quién aparece, qué hay en el fondo [de la foto], quién lo sigue… Porque uno puede creer que está hablando con una persona y la realidad puede ser otra, puede que esa persona no exista o sea alguien completamente distinto (Mujer, 24 años, estudiante de Pedagogía, grupo focal).
Es que, obviamente uno tiene que ir de a poco, porque obviamente no [se puede asumir que lo que está en Facebook es la verdad]. Uno no va a ir donde la persona: “Hola, ¿cómo te llamas?, ¿qué haces tú?”, no. ¿Qué va a hacer? Se va a conseguir el Instagram, le va a ver las historias, le va a ver Facebook y ahí uno se va a crear una imagen, pero no solo de lo que él muestra (Mujer, 22 años, estudiante de Derecho, grupo focal).
A pesar de los reconocidos riesgos que el uso de Internet lleva aparejados, muchas participantes reconocen también la posibilidad de explorar su propia identidad y preferencias de pareja de una forma más controlada, menos expuesta, mediante el uso de medios digitales. La posibilidad de mantener el anonimato, diferir la comunicación o simplemente suspenderla indefinidamente cuando la otra persona no cumple con las expectativas personales sin tener que dar explicaciones -práctica conocida como ghosting (Freedman et al., 2019)- fueron destacados como atributos de los medios digitales que hacen posible explorar un mayor número de potenciales parejas románticas con menor riesgo de hacerse una “reputación”.
Para los chicos esto puede ser conveniente, pero para las chicas también hace posible evadir algunas de las sanciones sociales a las cuales se exponen las mujeres cuyo comportamiento sexual o de pareja no se ajusta a las normas sociales. La mayoría de las participantes señaló haber recibido o haber conocido a alguien que recibió una respuesta agresiva de parte de una persona a la que había conocido por vía digital al intentar cortar una relación incipiente. Ello, bajo las lógicas de género tradicionales que culpabilizan a las mujeres por “haberse colocado” a sí mismas en una situación inapropiada o de haber dado señales equívocas respecto de sus intenciones (por ejemplo, sugerir la posibilidad de relaciones románticas o de contacto sexual que luego no se concreta), como muestran las siguientes citas:
Pero igual encuentro chocante que sea la primera vez [que se encuentra personalmente con un contacto hecho por Internet] y que más encima tenga esas intenciones [sexuales], es como, “oye, ni siquiera nos habíamos visto antes”, como, “oye, tranquilízate, vamos por partes”. Entonces, eso igual depende de la persona, pero hay hombres que se enojan, se ponen medio agresivos (Mujer, 25 años, estudiante de Odontología, grupo focal).
[Tengo] amigos hombres que revisan incluso fotos [de chicas que no conocen] y dicen, “mira, me agregó esta mina, igual la puedo hacer “...Yo no conozco hombres que no agreguen, que no acepten solicitudes de chicas que no conocen. Los hombres son como, siempre ellos tienen que ser como, “la quiero hacer” o “la quieren hacer conmigo”… Pero de verdad, quedan como para adentro, que una mujer les responda [del mismo modo] (Mujer, 23 años, estudiante de Pedagogía, entrevista individual).
Lo anterior hace que las mujeres desplieguen una variedad mayor de estrategias -la mayoría de ellas orientadas a evitar el conflicto abierto- que los hombres ante situaciones como cortar el contacto cuando se comprueba que no hay interés en seguir adelante. Los chicos, en cambio, son más directos, afirman la validez de sus preferencias en el plano romántico, como ejemplifican los siguientes extractos:
O sea, si él me dijera, “oye, sabes qué, juntémonos otra vez” [pero no quisiera], le pondría excusas. “Oye, sabes qué, no puedo, tengo que estudiar, tengo otras cosas que hacer”, y yo creo que eso igual va aburriendo a la persona. Que tú no tengas tiempo disponible, entonces como que al final él se va a aburrir de mí… Y si me pregunta directamente, “oye, tú no te quieres juntar conmigo”, ahí ya entraría como a tratar de inventarle algo. De cierta forma engañarlo. Y decirle, no, si en verdad no tengo tiempo… ” (Mujer, 22 años, estudiante de Agronomía, grupo focal).
[Entrevistadora: Y supongamos que ya se encontraron, pero te das cuenta que en realidad ella no te gusta…] Uy, qué difícil igual… pero si no hay onda no hay onda y, bueno, trataría de ser bien sutil, así como, decirle que podemos ser amigos, que a lo mejor es una super bonita persona, pero no… creo que es mejor ser claro en eso de una [vez], porque si no la otra persona de repente se pasa rollos [se hace ilusiones] y después es peor. Sin ser así a lo bruto, ¿se entiende? Pero no, no le hablaría de nuevo, por lo menos durante un tiempo, para que quede claro…” (Hombre, 26 años, egresado de Sociología, entrevista individual).
En general, las chicas asumen de manera implícita la tarea de mantener la fluidez de las relaciones o de minimizar el conflicto, y muestran más preocupación por los efectos de sus acciones en los sentimientos de otras personas. Ello correspondería a lo que la literatura identifica como el trabajo emocional (Curran et al., 2015), entendido como el tiempo, inteligencia y energía dedicados a monitorear los estados emocionales de otros, lo cual también supone la responsabilidad por tratar de mitigar situaciones donde esos individuos puedan verse afectados por sentimientos negativos (Curran et al., 2015). Aunque en principio el trabajo emocional es parte de todas las relaciones humanas -por ejemplo, iniciar conversaciones para aclarar desencuentros, buscar el modo y momento más adecuado para resolver problemas, procurar no lastimar los sentimientos del otro-, la socialización de género supone que son las mujeres quienes deben desarrollar esta habilidad en mayor grado.
Desde el punto de vista de las relaciones de poder, con frecuencia se espera que las mujeres prioricen el bienestar emocional de otros, aunque ello signifique postergar sus propias preferencias para satisfacer las necesidades emocionales de otros (Fahs & Swank, 2016). Este rasgo aparece en nuestros datos: es mucho más frecuente que las chicas reporten una cantidad mayor de recursos para monitorear el estado de la relación o para sondear el estado de ánimo de sus parejas. Al mismo tiempo, las chicas se mostraron en general más dispuestas a tolerar comportamientos invasivos, bajo el supuesto de que estos serían una expresión de sentimientos intensos, interés romántico o deseos de protección.
Aunque conductas tales como compartir claves de correo electrónico o cuentas en redes sociales fueron en general cuestionadas por todas las personas participantes, sí se verifica una cierta aceptación de situaciones tales como que la pareja tenga acceso y/o revise el teléfono celular personal. Si bien haber convivido con estas prácticas fue una experiencia generalizada, los hombres las describen como molestas, pero parte de un requisito de reafirmación del estatus de la relación. Una necesidad -según ellos- más propia de las mujeres, que se basaría en el ideal de total transparencia de la vida de la pareja. Ellas, en cambio, tendieron a describirlas más como la expresión de sentimientos intensos, frente a los cuales ellas debían reaccionar para asegurar el bienestar emocional del otro, como muestran las siguientes citas:
Entonces como que está la confianza que cada uno puede acceder al dispositivo electrónico del otro, pero entendiendo que las cosas son privadas, que no nos tenemos por qué revisar las cosas y los mensajes y eso. Pero la confianza está (Hombre, 26 años, estudiantes de Ciencia Política).
[Yo] en realidad no tengo drama [con que la pareja revise su teléfono] porque no tengo nada de ocultar. Creo que es porque yo, cuando tenía una mejor amiga esa niña me envió unas fotos que era del pack [fotos íntimas] de otro chico… Yo ni siquiera había visto el mensaje de mi mejor amiga, nada. Entonces él [novio] se metió a mi galería y empezó a revisar las fotos y apareció esa foto y no sé si será por el tema de desconfianza, pero desde esa vez [toma el celular de ella y lo revisa]. [Entrevistadora: ¿Y eso no te molesta?]: Sí me molesta, pero creo que es por eso más que nada y, de hecho, pensándolo bien, nunca se lo he preguntado, si todavía sigue con inseguridad o algo (Mujer, 21 años, estudiante de Trabajo Social).
En este punto, una justificación muy frecuente fue no tener nada que ocultar y/o entender que ellas han dado pie a la desconfianza, por lo cual de alguna forma deben “reparar” la relación cediendo en sus límites personales. Las chicas reportaron tener más dificultad para negociar cuestiones como el derecho a la privacidad o a cultivar amistades independientes de su relación de pareja, y ofrecen razonamientos mucho más elaborados que los varones y con frecuencia centrados en reducir la incomodidad emocional del otro.
Aunque estas dinámicas no son nuevas y también ocurren en el plano offline, su reelaboración en el plano online refuerza las desigualdades de poder porque, por una parte, supone que las mujeres deben estar efectivamente dispuestas a ceder una parte mayor de su privacidad en aras de mantener la relación.
Dada la cantidad enorme de información personal que puede almacenarse en un dispositivo electrónico, la porción de privacidad que se cede podría ser también enorme, lo que facilita estrategias de control sobre la pareja. Por otra parte, ello también facilita situaciones de abuso como el acoso o la violencia cuando, por ejemplo, una relación termina mal o uno de los miembros de la pareja no quiere aceptar el rompimiento. En situaciones como esta, los medios digitales facilitan y amplifican conductas como el acoso o el hostigamiento, ya que pueden efectuarse desde cualquier lugar y dejan rastros mucho más tenues (Reed et al., 2018), dada la facilidad de hacer perfiles o cuentas múltiples:
Igual ya estábamos mal, pero como fui yo la que terminó, él como que no lo aceptó… en verdad se dedicó a mandarme mensajes a cualquier hora, y cuando yo lo bloqueaba él se hacía otro perfil [de Instagram] y volvía a, como a acosarme… Yo digo que sufrí violencia psicológica de parte de mi ex (Mujer, 24 años, estudiante de Agronomía, entrevista individual).
Si bien tanto chicas como chicos reportaron haber conocido o incluso vivido situaciones de “psicopateo” (parejas o exparejas que actúan como psicópatas, que buscan intimidar u obligar al otro a mantener una relación indeseada), consideran que en general es mucho más difícil para los varones aceptar que la pareja decida poner término a la relación, por los mandatos culturales que indican que los hombres deben llevar la voz dominante en las relaciones de pareja. Reed et al. (2018) muestran que existiría una relación entre la adhesión a estereotipos de género tradicionales y las conductas de violencia vía medios digitales.
Discusión y conclusiones
Nuestros datos muestran que una parte importante de los códigos de género existentes en las relaciones cara a cara han sido transferidos al entorno virtual y conservan gran parte de su carga normativa, aunque se adaptan a las nuevas posibilidades tecnológicas. En el ámbito de las relaciones erótico-afectivas, estos códigos son mucho más restrictivos para las mujeres. Las chicas tienden a evitar las situaciones de conflicto abierto -por ejemplo, decirle a alguien que ya no se desea avanzar en la relación- como una forma de evitar comportamientos agresivos por parte de los varones, que pueden traducirse en formas de acoso a través de los medios digitales. Esto, incluso si ello significa encubrir o postergar sus propios deseos o preferencias, sugiere que chicos y chicas entran al espacio virtual con recursos simbólicos y de poder que ya son dispares debido a las normas de género, y que refuerzan no solo roles e identidades tradicionales, sino relaciones de subordinación femenina en el campo de lo íntimo.
Por ejemplo, ellas deben ser más selectivas y cautelosas en la búsqueda de posibles parejas (si se “pelan” deben hacerlo discretamente). O bien, deben ceder más privacidad o preferencias personales en aras de mantener la relación o para evitar la incomodidad emocional de otros, pues se asume que son las mujeres quienes deben priorizar la intimidad emocional y valorizar relaciones comprometidas en ese plano. Los varones, en cambio, privilegian sus preferencias en materia de atractivo físico. Al hacerlo, chicos y chicas traducen una parte importante de los scripts culturales que han gobernado tradicionalmente las relaciones offline al plano virtual (Pinsky, 2019, 2022). El mundo digital dista de ser un “espacio cultural cero”, aunque sí abre posibilidades nuevas y a veces impensadas.
En principio, estas mismas posibilidades tecnológicas también ofrecen un margen para subvertir esos códigos: por ejemplo, habilitando a las chicas para ejercer mayores niveles de asertividad sexual, minimizando los riesgos de ser sancionadas por ello, o dándoles la posibilidad de explorar sus propias preferencias en este plano controlando los riesgos de exposición (Chambers, 2013). Nuestros datos sugieren que los jóvenes universitarios todavía están negociando esas cuestiones, pues si bien las personas participantes reportan conocer a hombres y mujeres que usan la tecnología para subvertir los códigos de género tradicionales, ninguna de ellas señaló haberlo hecho personalmente. Ello muestra el peso que estas construcciones culturales todavía tienen, incluso entre la juventud; en ese sentido, es necesario recordar que una limitación de este trabajo es que solo se han examinado las percepciones de un grupo, las y los jóvenes universitarios, por lo cual estas conclusiones no son necesariamente extrapolables a toda la juventud chilena.
Este grupo de jóvenes reconoce esta ambigüedad inherente a las interacciones mediadas, y tal vez puedan usarlas a su favor para construir relaciones amorosas más equitativas en el futuro. Corona y Rodríguez (2000) señalan que en un terreno tan vasto como el del amor, cualquier esfuerzo por abarcarlo sería imposible, aún más, carecería de sentido. Este trabajo comparte esta impresión, aunque agrega que el intento por realizar dicho esfuerzo no deja de ser apasionante.










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