Introducción
Gino Germani fue una figura central en la sociología de Buenos Aires, de Argentina y de Latinoamérica. ¿En qué consistió su centralidad? Algunos resaltan su función institucional, otros su labor docente, otros sus tareas como asesor experto, y aún otros su actividad editorial (Blanco, 2006; Germani, 2004; Pereyra, Grondona y Trovero, 2021). Aquí se busca centrarse, en cambio, en su trabajo específicamente teórico, y aún más que teórico, teorizador.1 Porque Germani, además de fundar carreras y equipos de investigación, de ser titular de distintas cátedras en diversos países, de redactar informes para organismos internacionales, y de seleccionar, traducir y actualizar las bibliotecas globales y locales (Grondona, 2017), generó teorías para explicar la sociedad.2 Y lo que resulta aún más interesante, reflexionó sobre las posibilidades y limitaciones de la creación teórica, especialmente para el caso de quienes leen, piensan y escriben en una región periférica como la de nuestro continente.3
A continuación, entonces, se rastrearán estas reflexiones germanianas en cuatro de sus textos clave: de 1956 La sociología científica, de 1962 Política y sociedad para una época en transición, de 1964 La sociología en la América Latina: problemas y perspectivas, y de 1973 Urbanización, desarrollo y modernización. Allí, entre páginas escritas a lo largo de veinte años, se espera encontrar elementos para empezar a responder a preguntas como ¿qué es la teoría? y ¿cómo se relaciona con lo empírico?; ¿qué vínculos hay entre los conceptos y sus contextos? y ¿cómo entran la geografía y la historia en la teoría?; ¿cuál es la relevancia pública de las teorías sociales? y ¿cómo entra la política en la teoría social?; ¿qué naturaleza presentan las teorías de los países centrales? y ¿cómo pueden ser usadas en los países periféricos?; ¿es posible crear teorías en América Latina?4 y ¿cómo se conectan fantasía y cientificidad?; ¿qué lugar hay que darle a los valores en la teoría? y ¿qué tan necesario es un marco teórico normativo?
A lo largo de todo el trabajo, la hipótesis central será que no sólo es posible crear teorías en América Latina, sino que esta es una tarea que urge en las condiciones actuales de nuestras sociedades contemporáneas, más volcadas a la producción estratégica, utilitaria, instrumental y lucrativa, que pierde de vista las preguntas de fondo y las reflexiones profundas sobre las mismas. En una palabra, se tratará de defender el rol de los cientistas sociales latinoamericanos en su potencialidad de devenir "creadores de teorías" propias.5
Teoricismo intervencionista
En el capítulo "El estudio integral de las comunidades" del libro La sociología científica, de 1956, Germani habla de la existencia de dos tipos distintivos de investigaciones dentro de las ciencias sociales. Por un lado, la “investigación normativa o valorativa” es aquella que, justamente en función de ciertos valores, realiza sus estudios con miras a cumplir unos “propósitos prácticos de mejoramiento social”. De lo que se trata es de estudiar aquello que se considera un “problema social” con el fin de “hallar remedios o de fundamentar determinada política de asistencia social” (Germani, 1962: 85). Por otro lado, la “investigación analítica” corre a un “segundo plano” -pero luego se verá que jamás elimina del todo- la preocupación de orden práctico, poniendo en cambio en primer plano el desarrollo teórico como fin en sí mismo (1962: 86).
A diferencia de lo que sostendría un “empirismo ciego”,6 la investigación analítica no pierde valor por tener una preocupación social y una meta de intervención práctica en la sociedad. Más bien al revés, cualquier investigación disminuye su valor si se lleva a cabo sin una reflexión teórica -sobre los métodos, conceptos, modelos, propósitos, etc., que utiliza-. La sofisticación de los métodos investigativos, por más refinados, tecnológicos y cuantitativos que sean, no sustituyen la necesidad de la reflexión teórica.7 Entonces, el primer paso indispensable en cualquier tipo de estudio social debe ser la fijación -clara, explícita, consciente- de los objetivos, hipótesis, referencias, etc., de investigación. Luego, uno de sus pasos más importantes será, además, la vinculación -clara, explícita, consciente- de los hechos empíricos observados con las teorías elegidas para darles sentido. Porque “la mera acumulación de hechos no es ciencia” (1962: 87-88).
Este “estrecho contacto” entre investigación empírica y reflexión teórica “representa el elemento esencial que distingue la ciencia de todo otro modo de conocimiento”, especialmente a los saberes de sentido común, utilizados en la vida cotidiana por todas las personas -incluidos los científicos-. Y este mismo hecho “constituye el argumento de mayor peso en contra de la tendencia a querer separar ambas instancias”. Es necesario, en este sentido, ir en contra de la tendencia creciente de una división del trabajo que escinde ambas instancias como especializaciones legítimamente aisladas8 (1962: 88). Es que así como las observaciones sin teoría son ciegas, las teorías sin referencia en el “acontecer social concreto” devienen meros “esquemas abstractos perfectos”, es decir, meramente ideales.9 Y el único modo de poder mantener unidas eficientemente ambas instancias es, en las condiciones actuales del mundo académico, la organización del trabajo en “equipos” de investigación colectiva10 (1962: 91-92).
Cosmopolitismo contextualizado
En el largo ensayo "Análisis de la transición" del libro Política y sociedad para una época de transición, de 1962, Germani habla de las diversas consecuencias de que la labor científica no excluya las “decisiones en el orden de los valores”. La primera de ellas tiene que ver con los esquemas interpretativos utilizados para cada investigación. Así, los científicos optan por ciertas “definiciones” conceptuales y no por otras. Optan a) por “modelos dicotómicos” construidos como pares de elementos opuestos, b) por otras “tipologías” con tres o más opciones -abstractas y generales, o bien más ajustadas empíricamente, llamadas entonces “taxonomías”-, o bien por c) “continuos pluridimensionales” de múltiples -por no decir infinitas- opciones más cercanas a la variabilidad de la experiencia histórica11 (Germani, 1963: 91-102).
Los modelos dicotómicos suelen ser los más “familiares” para los sociólogos. Se trata del resultado dualista de una “simplificación extrema” de la variabilidad histórica, y en eso “reside a la vez la limitación y la utilidad” tanto de las dicotomías como de toda tipología. Así, en realidad, puede observarse que los tipos considerados como opuestos son en realidad los extremos del continuum pluridimensional, y que los tipos en general son otros puntos en ese mismo continuum. Lo importante, entonces, es no perder de vista dos cuestiones. Una, que cuando no se utiliza ningún esquema interpretativo teóricamente fundado, lo que primará en la investigación será una transferencia de las nociones y explicaciones de sentido común. Y dos, que cualquier modelo que se elija para echar luz sobre la estructura de una sociedad será siempre el producto de una “decisión del investigador”, es decir, de una opción fundada en sus posturas normativas (1963: 133).
Otra de las consecuencias del carácter valorativo de la labor científica tiene que ver con el respeto por la “variedad de culturas, cada una con sus peculiaridades” (1963: 103). Metodológicamente, es preciso emplear esquemas conceptuales que tengan en cuenta, por un lado, los “rasgos socioculturales específicos” de los cuales surgen y/o a los cuales se aplican, y, por otro, el “estado actual del conocimiento” en los países de los cuales surgen y/o a los cuales se aplican (1963: 132). Todo esto significa que los “conceptos construidos dentro de un contexto teórico” no son “directamente transferibles a otros contextos”; o mejor dicho, no así nomás (1963: 99).
Existen dos tipos de mediaciones para el traslado de teorías de un contexto a otro. Uno son los “principia media”, principios de “validez históricamente limitada” que permitan “asegurar la aplicabilidad de los modelos abstractos a las cambiantes situaciones históricas” (1963: 103). Otro son las “teorías de alcance medio”, conjuntos de “hipótesis de aplicabilidad limitada” aplicables, según una verificación constante, a determinados sectores de hechos sociales “con relativa independencia de su validez histórica o geográfica”12 (1963: 137).
Ahora bien, el sinsentido de la idea de una teoría de aplicación universal no tiene nada que ver con la defensa de una postura “nacionalista” -ni “de derecha” ni “de izquierda”-, que considere que el conocimiento sólo puede ser válido dentro de fronteras estado-nacionales, y que sólo es “auténtica” la teoría producida dentro de esas fronteras. Tal postura es completamente falaz, en la medida en que todo conocimiento es “cosmopolita” por definición, en que el saber es un valor humano general -y en este sentido sí, un bien universal- y no un rasgo de uno u otro pueblo13 (1963: 286).
Normativismo secular
En el mismo libro, Germani muestra cómo entiende el vínculo entre ideología, valores y normatividad, por un lado, y la teoría y la investigación sociales, por otro. En el marco de las sociedades modernas, en las que el cambio social es un dato constante en las más diversas esferas de la vida humana, las ciencias también se ven influidas por esta realidad. Así, las ciencias modernas, incluidas las ciencias sociales, sólo pueden realizar “afirmaciones provisionales”, basadas en “hallazgos” parciales, en función de “cánones metodológicos” aproximativos.14 Pero a pesar de todo, esas teorías hipotéticas y técnicas sustituibles constituyen el único “marco normativo” posible en función del cual evaluar, guiar y acompañar el cambio científico mismo (Germani, 1963: 95-96).
Ahora bien, si las “controversias ideológicas” no están ausentes sino que forman parte de la labor científica, entonces las “connotaciones valorativas” -y las “disputas” en torno a ellas- también puede decirse que constituyen un elemento de ese marco normativo de las ciencias. En este sentido, no existe tal cosa como un “plano puramente científico”, si se entiende por ello algo cien por ciento objetivo, neutral y aséptico -es decir, donde no jueguen un papel ni las subjetividades, ni los posicionamientos, ni el resto de los roles sociales en los que participa el investigador en tanto actor social, ciudadano, etc.-. Siguiendo este razonamiento, ni las explicaciones “funcionales”, ni los estudios económicos, ni el uso exclusivo de datos cuantificables matemáticamente, etc., dejan de “encubrir posiciones ideológicas”.15 Más bien por el contrario, este tipo de investigaciones “no elimina de ningún modo tales connotaciones, simplemente las sustrae a la posibilidad de discusión, pues pasan a desempeñar el papel de premisas no explícitas de supuestos tácitos de diferentes posiciones de apariencia puramente técnica” (1963: 105).
Así como toda sociedad supone la existencia de un “nivel mínimo de integración normativa” entre sus múltiples miembros, grupos, instituciones, para evitar su disgregación por exceso de variedad y cambio, lo mismo sucede con una de sus esferas como es la científica.16 Sólo puede hablarse de unas ciencias “relativamente integradas” -pues toda integración es relativa- si existen ciertos marcos normativos comunes entre sus participantes tanto individuales como colectivos. Y esos marcos normativos presentan una dimensión práctica o formal -de “criterios de aceptación y rechazo” de teorías, métodos y hechos-, así como una dimensión “cognitiva” o sustantiva -los contenidos concretos conceptuales, técnicos y observacionales- (1963: 106-107).
Del mismo modo, así como las sociedades modernas son sociedades “seculares” -esto es, predominantemente distanciadas de todo tipo de verdad revelada aceptada sin cuestionamiento y coactivamente-, también las ciencias modernas deben ser seculares. Antes vimos que en la labor científica tienen un lugar inevitable los valores y las ideologías, pero estas dos afirmaciones sólo son excluyentes o paradójicas si se las toma a la ligera. La secularización científica quiere decir ante todo que la producción y la circulación del conocimiento científico debe bregar por lograr y mantener siempre un alto grado de “autonomía” respecto de su contexto social -histórico, político, económico, cultural-. En otras palabras, ese contexto ingresa en la ciencia, y ni siquiera es algo malo que lo haga, pero siempre que lo haga de manera concientizada por parte de los científicos -es decir, de manera explícita, reflexiva, autocrítica-. Como diría también Germani, igualmente en la ciencia hay que desterrar toda forma de “autoritarismo”: qué es considerado verdadero o falso, no puede dictarlo ni la religión, ni el Estado, ni el mercado, etcétera.17,18 ( 1963: 107).
Diálogo creativo
En el capítulo "La sociología latinoamericana y el surgimiento de la sociología científica" del libro La sociología en América Latina: problemas y perspectivas, de 1964, Germani realiza una serie de reflexiones que merecen ser citadas in extenso, porque constituyen algunas de sus páginas más lúcidas respecto de nuestras preocupaciones. En efecto, sostiene que toda teoría y toda metodología,
aunque se formulen en términos de universalidad, son productos históricos, es decir han nacido en contacto con cierta realidad sociocultural,19 y en tal carácter, es posible que no puedan trasladarse sin más a otro tipo de realidad. Existen, por supuesto, teorías y métodos de diferente grado de generalidad o universalidad y por lo tanto de aplicabilidad a distintos contextos históricos: la tarea del estudioso es la de verificar los alcances de esa aplicabilidad, modificando o sustituyendo” aquello que sea necesario en cada caso (Germani, 1964: 4).
Es que, asimismo:
la universalidad de la ciencia y de sus aportes no deriva de la aplicación ciega de modelos teóricos, vengan de donde vinieren, sino de la continua interacción entre la teoría y la realidad concreta. La creación de nuevas teorías se origina justamente en esta interacción, en tanto el estudio de la realidad no se agote en un mero conocimiento descriptivo del aquí y ahora sino que intente volver, una vez en contacto con el material empírico, a la formulación de proposiciones generales, [o bien] a la modificación de las que le habían servido de punto de partida (Germani, 1964: 4).
Efectivamente, uno de los errores que los investigadores, especialmente de regiones periféricas, deben eludir, es la aceptación acrítica de las teorías producidas en los centros intelectuales, ya sea por considerárselas “la verdadera ciencia moderna y desarrollada”, o “el último grito de una moda que seduce”.
Toda teoría, aun cuando se presente como “universal”, responde tanto en su forma como en su contenido a cierto “estilo nacional”, pues, bajo una mirada atenta, puede rastrearse cómo “refleja de cerca la realidad social y la tradición intelectual del país en donde se había originado”. En este sentido, todo conocimiento científico es particular;20 o mejor dicho, cualquier conocimiento científico puede llamarse universal, sólo en la medida en que sus formulaciones sean “objeto de una revisión crítica” y estimulen una “interacción continua entre diferentes contextos concretos”. Ahora bien, lo que está claro, estudiando la historia pasada y la realidad actual de las ciencias, es que no existe una paridad entre lo que sucede en las distintas regiones del globo. Así, puede hablarse de cada lugar como de un “país productor” o de un “país dependiente en cuanto a la creación de teorías”,21 según se trate de espacialidades que, por diversos motivos, han logrado generar y legitimar mayores volúmenes de sistemas conceptuales (1964: 4-5).
Enfrentando esta desigualdad estructural, Germani desea fervientemente “que también los países de América Latina se transformen en productores de teorías”. ¿Cómo puede lograrse eso? En su opinión, “tal creación no puede sino tomar como punto de partida el estado de la ciencia tal como se encuentra” en el resto del planeta. Porque “la posibilidad de crear ciencia en términos universalmente válidos supone una íntima conexión con el proceso científico universal y de ningún modo un rechazo de éste”. En otras palabras, si la aceptación ciega de teorías foráneas es un error, no lo es en menor medida el aislacionismo teórico local. Se podría decir que la creación de teorías legítimas sólo puede alcanzarse mediante el diálogo entre distintas latitudes. En efecto, “si este rechazo representa una actitud de mal entendido nacionalismo intelectual, la actitud contraria de aceptación acrítica de todo lo más nuevo que se origina en los centros intelectualmente más avanzados es por igual peligrosa”. De lo que se trata, entonces, para nosotros latinoamericanos -o asiáticos, o africanos, etc., pero también para los europeos o norteamericanos-, es de “utilizar de manera creadora los aportes del pensamiento universal” producido en las regiones más diversas (1964: 5-6).
Plurivocidad sistemática
En la "Introducción" al libro Urbanización, desarrollo y modernización, de 1973, Germani reflexiona finalmente sobre aquel hecho por el cual ciertos conceptos creados por las ciencias sociales comienzan a circular por fuera del ámbito científico, utilizándoselos en el “lenguaje de la vida cotidiana”.22 Como bien apunta, esta “difusión” de términos no implica que son usados porque se los comprende de veras, es decir, no es “garantía” ni de “claridad” ni de “univocidad”, sino más bien todo lo contrario.23 Ya los conceptos científicos suelen contener múltiples definiciones, que dependen de la tradición de pensamiento, de la época histórica y del problema de investigación desde la cual, en la cual y para la cual se construyen. Pero cuando esta plurivocidad ingresa en el habla lega, ella se trastoca de complejidad significante en pura sumatoria de tantos significados superpuestos e incontrolados como hablantes enuncien cada término.24 Para evitar este problema lo más posible, es preciso, desde las propias ciencias, y especialmente las sociales, construir y utilizar los conceptos en relación con sus “variables condicionamientos” socio-históricos, político-ideológicos y académico-intelectuales. En este sentido, las “teorizaciones muy generales y de alto nivel de abstracción” resultan contraproducentes, pues por más alejadas que parezcan de la vida cotidiana, más podrán ser utilizadas en ella de maneras aleatorias o directamente incorrectas, por falta de indicios sobre su uso adecuado25 (Germani, 1976: 9-10).
Teorías de generalización intermedia, constituidas por “conceptos más concretos”, es decir, cuya “validez” esté atada a condiciones determinadas, resultan por ello mucho más recomendables. Por supuesto, el grado de abstracción y generalidad dependerá, en cada caso, de los requisitos concretos de la tarea científica, pero la clave radica en evitar que “se extienda la aplicación de un concepto determinado más allá” del ámbito cultural, del periodo histórico, y de la posición subjetiva desde la cual y para la cual se elaboró. Ejemplos de estas formas de teorización no “universales”, de límites más claros, son las “tipologías”, los “modelos”, las “generalizaciones empíricas” y las “distinciones” o clasificaciones (1976: 10-11). Por todo esto es que no puede hablarse de tal cosa como “una teoría general”, de ninguna ciencia en particular y menos aún de las ciencias en su conjunto. Si tal cosa algún día llegara a existir, ella debería ser, en todo caso, el producto de la adición “complementaria” de las distintas teorías parciales, culturalmente limitadas, atadas a condiciones y, por ello, “concretas”26 (1976: 40).
Conclusiones
A continuación y a modo de conclusión sistematizamos las líneas argumentales principales con las que Germani fue respondiendo, sin saberlo, a nuestros interrogantes del inicio.
En primer lugar, se delinean una serie de oposiciones: por un lado están las palabras -legas-, y por otro los conceptos -científicos-; por un lado las enunciaciones descontextualizantes, y por otro las definiciones contextualizadas; por un lado un exceso de abstracción que permite su uso común distorsionado, y por otro un grado medio de abstracción que orienta su uso común más ajustado. En los tres casos, el primer lado de la distinción es el que se intenta evitar y el segundo el que se intenta lograr (Urbanización, desarrollo y modernización, en adelante UDM). Así, todo esquema interpretativo -definiciones, modelos, taxonomías, tipologías, dicotomías, etc.- debe siempre fundamentarse teóricamente, para evitar la transferencia de las nociones de sentido común a la investigación (Política y sociedad para una época en transición, en adelante PSET).
En segundo lugar, se realiza un llamado de atención: la división entre investigación práctica e investigación analítica no significa que postura valorativa, preocupación social e intervención reformista caigan de un lado de la división, y ciencia caiga por el otro. Hay las dos cosas de los dos lados -aunque en diferente cantidad-: siempre hay valores, pero también siempre debe haber teoría, si no se peca de empirismo ciego -no reflexivo, acrítico-. Y el trabajo colectivo es el único modo de garantizar la unidad de teoría y práctica en todo tipo de investigación (La sociología científica, SC).
Efectivamente, toda ciencia es cambiante en una sociedad cambiante, por lo que el marco normativo de las ciencias también debe estar formado por teorías, metodologías y “hechos” en constante transformación. O sea que se van modificando constantemente las dos dimensiones de todo marco normativo de la ciencia: la dimensión formal -criterios de aceptación y rechazo- y la dimensión sustantiva -contenidos cognitivos-. Ese marco normativo también está formado por posiciones ideológicas: ni siquiera las investigaciones presentadas como puramente técnicas las excluyen, sino que al revés, las encubren impidiendo su crítica. Podríamos decir, lo técnico también es político. Lo que sucede es que en una sociedad secular también la ciencia debe secularizarse: esto significa el desterramiento de verdades/falsedades autoritariamente impuestas por distintos tipos de poderes, mediante la implantación de una autonomía funcional para las ciencias (PSET).
En tercer lugar, las teorías son definidas de dos modos complementarios: de manera más general, como marcos de referencia dadores de sentido a la multiplicidad de estudios empíricos en las ciencias; y de manera más refinada, como conocimientos sistemáticos de alcance intermedio que implican una validez exclusivamente contextual (UDM). En efecto, es preciso tener en cuenta el contexto intelectual de origen de cada concepto, así como su contexto cultural de aplicación. En otras palabras, ni existe un conocimiento universalmente válido -para todo tiempo y lugar-, ni existe un conocimiento de validez exclusivamente nacional: todo conocimiento es cosmopolita, porque es un bien de y para la humanidad con todas sus semejanzas y diferencias (PSET).
Esto significa que toda teoría, aunque se presente como universal, es particular: la validez más “universal” dependerá de una interacción entre teoría y contextos -evaluación de su aplicabilidad-. En este marco acechan dos peligros: la aceptación acrítica en contextos locales de teorías importadas -lo que podríamos llamar servilismo intelectual-, pero también, y en el polo opuesto, el aislacionismo localista que rechaza toda teoría extranjera -el nacionalismo intelectual-. El único modo de revertir la división existente entre países productores y países dependientes intelectualmente es crear teorías también en estos últimos; pero para que las teorías creadas sean consideradas legítimas deben dialogar entre ellas y con las otras. Podríamos decir, sólo el diálogo entre particularidades genera lo auténticamente universal (La sociología en América Latina: problemas y perspectivas, SAL).
En definitiva, lo que se quiso sostener a lo largo de este trabajo, con la excusa y el apoyo de una figura estelar como la de Gino Germani, fue la posibilidad y la necesidad de que también los investigadores y cientistas sociales del sur, de la periferia, nos atrevamos y nos lancemos a la creación de teorías propias -más allá de que también sigamos utilizando productivamente teorías sociales producidas en otras latitudes-. Esto implicaría una doble ruptura epistemológica, o un doble gran rechazo: por un lado, contra la división internacional del trabajo intelectual entre regiones del mundo consideradas comúnmente como más legitimadas para devenir autores de teorías, y regiones normalmente reducidas a ser meras consumidoras de aquellas -y especialistas exclusivamente en investigación empírica y estudios focalizados-. Por otro lado, también permitiría ubicarnos de frente a la lógica dominante del sistema social vigente, que sólo incentiva la producción de conocimientos si es que van a resultar lucrativos, o al menos tendrán una utilidad inmediata -siempre mediada por el mercado-. Ante estas dos tendencias, entonces, reafirmamos: sí a producir teorías, sí a hacerlo desde América Latina, y sí a hacerlo con tono socialmente crítico.










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