Cuando se piensa en los atletas de la Grecia antigua, la primera imagen que viene a la mente es la que reflejan las grandes representaciones artísticas ya desde la época arcaica, que los muestran como modelo del ideal humano en toda su plenitud de juventud y belleza. Se encuentra en la serenidad del rostro del Auriga de Delfos, en la tensión del cuerpo del Discóbolo de Mirón o en la perfección del Doríforo de Policleto.2 Incluso las representaciones de los dioses y los héroes presentan características similares, hasta el punto de que en ocasiones no es fácil distinguir si una imagen pintada sobre un vaso o una estatua retrata a un personaje mítico o a un hombre común.3
Por otra parte, los griegos situaban en las lejanas brumas del mito el origen del deporte y de las principales competiciones atléticas. Según Filóstrato (Gym., 1 y 3, ed. 1996), Jasón inventó el pentatlón y héroes como Peleo, Teseo o Heracles eran grandes atletas y a este último se le llegó a atribuir la fundación de los Juegos Olímpicos.4
Esta asociación entre mito y deporte se encuentra particularmente bien representada en Homero, que muestra en sus poemas las competiciones atléticas como una diversión normal entre los miembros de la aristocracia de su época. La descripción en la Ilíada (23.259-897, ed. 2000) de los juegos fúnebres ofrecidos en honor de Patroclo es probablemente el mejor ejemplo. En este pasaje el poeta expone en detalle los premios destinados a los vencedores, enumera a los participantes y narra el desarrollo y el resultado de cada una de las pruebas.5 Incluso, según los testimonios antiguos, parece que los héroes-guerreros y los atletas no se veían como categorías diferentes. Por ejemplo, Antíloco, el hijo de Néstor, es alabado por su padre de un modo muy elocuente cuando lo califica como “a la par fuerte e intrépido” (ἅμα κρατερὸς καὶ ἀταρβής),6 añadiendo su excelencia tanto en la carrera como en la lucha (Hom., Od., 3.111-112, ed. 2017), y en Píndaro (I., 1.27-29, ed. 1992), Cástor y Yolao son citados a la vez como héroes y excelentes atletas.7
El deseo de ennoblecer el presente a través del recurso al pasado explica la frecuente presencia del mito en un género literario estrechamente relacionado con el deporte, el epinicio, que estaba dedicado a la exaltación de la figura del atleta. Era un canto de celebración de la victoria obtenida en una competición deportiva, que era entonado en el lugar mismo del concurso o durante la fiesta de bienvenida al regreso a su ciudad.8 Este género alcanzó su apogeo entre el 500 y el 450 a. C., gracias a poetas como Simónides, Baquílides y sobre todo Píndaro, que cantaron las victorias conseguidas en las grandes celebraciones deportivas de la Antigüedad.9 Los dos primeros exaltan a los atletas centrando la atención en sus aspectos humanos -la belleza, la juventud y la fuerza-, sin llevarlos a una dimensión heroica.10 Píndaro, en cambio, sin dejar de alabar estos mismos valores, en sus poemas presenta a los vencedores con el estatus de modelos, tanto por su comportamiento como por sus logros.11 Si la fuerza tiene importancia, no es inferior la inteligencia que debe guiar las acciones, acompañada del pónos, la fatiga, sin la cual el atleta no puede obtener el éxito y que hace más placentera la recompensa.12
Hay que señalar, sin embargo, que el ejercicio físico no estaba limitado solo a los deportistas, ya que ocupaba un lugar fundamental en las prácticas cotidianas de los griegos. Por una parte, los médicos lo recomendaban como elemento indispensable en una dieta dirigida a reforzar la salud y a evitar la aparición de enfermedades; por otra, era también un componente esencial del sistema educativo, cuyo objetivo principal era alcanzar la armonía en el desarrollo de las cualidades físicas, intelectuales y morales. Por ello, en el programa formativo de su república ideal Platón (R., 376e, 410b-d, ed. 1986) establece la práctica de dos disciplinas fundamentales: la música, que favorece el desarrollo del alma, y la gimnasia, que fortifica el cuerpo. También Aristóteles integra la gimnasia en el sistema educativo, como una de las bases de la educación primaria, porque, en su opinión, el ejercicio físico “contribuye a desarrollar la virilidad (andreía)” y es “útil para la salud y la fuerza” (Pol., 1337b 23-1338a 19, ed. 1988).13 El deporte se consideraba necesario en la educación con el objetivo de crear buenos ciudadanos, aunque siempre subordinado a la mente, porque el objetivo era la maduración moral.14
De la misma manera, los autores de tratados de dietética consideran esencial la presencia del deporte en la díaita, un concepto que representa un estilo de vida completo, que abarca la alimentación y todo lo relacionado con la actividad del individuo.15 En cierto modo, comparten el mismo punto de vista que los educadores, aunque su objetivo es diferente, ya que buscan una finalidad terapéutica y sobre todo profiláctica: un régimen de vida que permite conservar el equilibrio de los humores ayudará a mantener alejada la enfermedad. Algunos de los ejercicios que preconizan, como la carrera y la lucha, presentan grandes afinidades con los que constituían el programa de las competiciones deportivas y, de hecho, compartían el mismo espacio físico, la palestra. Por esta proximidad, al menos en sus orígenes, no extraña que se haya atribuido a la actividad de los preparadores físicos, los gymnastaí, un papel decisivo en el nacimiento de la dietética como rama de la medicina. El entrenador deportivo, como el médico, no solo debía tener nociones de anatomía y sobre la repercusión de los diversos tipos de ejercicios en el cuerpo del atleta; también necesitaba conocer la dieta y los efectos de los alimentos para poder mejorar su rendimiento.16 Evidentemente, aunque se acercaban, sus fines no coincidían con los del médico, porque no buscaba un estado físico excelente en sí mismo, sino crear las condiciones necesarias para una ocasión particular.
Los primeros entrenadores citados por las fuentes antiguas son Heródico de Selimbria e Ico de Tarento. Heródico, hacia la segunda mitad del siglo V a. C., pasa por haber sido el iniciador de un método higiénico natural aplicando con fines terapéuticos la experiencia adquirida en la palestra. Según Plutarco (Mor., 554c, ed. 1996), “él fue el primero de los hombres que supo combinar la gimnasia con la medicina”. Afectado por una enfermedad, concibió un nuevo método que asociaba gimnasia y dieta, que le permitió alcanzar una edad avanzada, pero tan severo que no le dejaba gozar de la vida (Pl., Prt., 316d-e, ed. 1981). Según el autor del tratado hipocrático Epidemias (6.3.28, ed. 1989), fue tan lejos en la aplicación de sus ideas que llegó incluso a matar a enfermos con fiebre a fuerza de hacerles sufrir largos paseos, sesiones de lucha y baños de vapor. Platón, que en general es bastante crítico con respecto a la dietética, dice a propósito de Heródico que “hizo una mezcla de gimnasia y medicina que sirvió para atormentar primero y sobre todo a su inventor y luego a muchos otros después de él” (Pl., R., 406a-b, ed. 1986. Cf. Arist., Rh., 1361b, ed. 1990).
Ico de Tarento no era tan conocido, pero se le puede atribuir sin duda el mérito de haber fijado las bases de una dietética deportiva racional.17 No se conserva mucha documentación sobre este personaje y en general es bastante tardía. Es difícil situarlo cronológicamente, aunque según el testimonio de Platón (Lg., 840a, ed. 1999; Prt., 316d, ed. 1981), podemos conjeturar que sería anterior a Heródico. Pausanias (6.20.5, ed. 1994) presenta a Ico como el mejor entrenador de su época, debido sin duda a los triunfos que había conseguido como atleta. Puso en práctica una forma particular de gimnasia racional, fundada en el equilibrio de los movimientos, la corrección de las posiciones y la armonía de los comportamientos, y concedió una importancia particular a la moderación, relacionada quizá con la influencia del círculo pitagórico, establecido en su ciudad. Ico proponía un régimen dietético basado en la moderación física y psíquica antes de la competición, que se reflejaba en la abstinencia de relaciones sexuales y la continencia alimentaria, con una dieta simple y frugal.18
Al lado de los testimonios positivos sobre el ejercicio físico y la actividad deportiva, hay en cambio autores que protestan contra la excesiva valoración social de los atletas, que se traducía en fuertes recompensas económicas y en la devoción popular (Gal., I, 20-21 Kühn, ed. 1821), y contra el régimen de vida que estaban obligados a seguir, que los llevaba a excesos en la alimentación y en los esfuerzos físicos, a la postre muy perjudiciales para su salud.
Parece claro que estas críticas debían de estar dirigidas hacia los atletas profesionales. En este sentido, hay que hacer algunas precisiones a propósito de las prácticas deportivas de la Antigüedad, sobre todo porque los primeros ideólogos del olimpismo moderno trasplantaron su ideal del amateurismo al mundo griego, dando lugar a una imagen deformada para legitimar su propio sistema atlético, basado en la escala de valores victoriana, de carácter claramente elitista.19 Ninguno de los participantes en los Juegos Olímpicos o en cualquiera de las competiciones que tenían lugar a lo largo del mundo antiguo hubiera estado de acuerdo en que la mera participación es casi en sí misma un premio; más bien al contrario, hay testimonios que ilustran la fuerza del lema “victoria o muerte”, en particular entre púgiles y luchadores.20 De hecho, el término “atleta” (ἀθλητής), utilizado por primera vez en Homero, Od., 8.164, significa literalmente “el que compite por obtener un premio (ἆθλον)”.21
Aunque, como ha señalado H. W. Pleket (1975, pp. 72, 81-82, y 1988, pp. 39-43), en la Antigüedad no existían términos específicos para distinguir al atleta profesional y al amateur, es evidente que no faltaban quienes, durante un periodo más o menos largo de sus vidas, se dedicaban exclusivamente a la práctica del deporte. Una de las cuestiones más controvertidas es la determinación del momento en el que aparecen los que pueden considerarse ya los primeros verdaderos profesionales y su extracción social. E. N. Gardiner (1930, pp. 99-116) sostiene que el profesionalismo comenzó hacia el siglo vi a. C., en paralelo con la multiplicación de las competiciones atléticas (y de los premios), que transformó el deporte en una fuente de ingresos. G. Iacovelli y A. Spinapolice (1990, p. 246) piensan también en la misma época, pero la ponen en relación con la organización de estructuras comunes de entrenamiento, que favorecían las posibilidades de participación. Sin embargo, H. W. Pleket (1988, pp. 39-43) recuerda que todavía se conoce muy poco sobre estos primeros gimnasios como para que se pueda hablar de una democratización del deporte. En su opinión, los primeros profesionales, hacia el final de la época arcaica, habrían sido aristócratas, porque los gastos del entrenamiento, los viajes y las estancias estarían solo al alcance de los ricos, y, por tanto, no habrían existido antes de la época clásica atletas que se ganaran la vida con el deporte.
En cambio, D. C. Young (1983 y 1985, pp. 158-162) se opone frontalmente a esta imagen elitista del atletismo en sus comienzos y sostiene que, según los testimonios disponibles, no es seguro que se pueda hablar de un origen aristocrático de los participantes en los diferentes concursos. Por lo que se refiere a la obtención del dinero necesario para la preparación de los atletas, estos podrían empezar su carrera en pequeños juegos locales, que no requerirían contar con medios excesivos para sufragar los gastos. Más tarde, los premios obtenidos de esos primeros éxitos habrían ofrecido la posibilidad de asistir a competiciones más prestigiosas y más alejadas. Además, D. C. Young (1985, pp. 140-142) propone la hipótesis de que las ciudades de alguna manera pudieran contratar atletas para que las representaran. Ofrece el ejemplo de Crotona, en el sur de Italia, que consiguió un gran número de victorias entre los años 588 y 484 a. C., en plena época de su apogeo, y después del 480 comenzó una etapa de decadencia política y económica. Cita en concreto el caso de Ástilo, que venció corriendo para Crotona en los Juegos Olímpicos del 488 y del 484 y que ganó todavía en el 480, aunque en representación de Siracusa.
P. Angeli Bernardini (1988, pp. XVI-XXI) retoma las ideas de Young, pero piensa más bien en una composición heterogénea de los concursantes. Hacia el final del siglo V a. C., las nuevas condiciones habrían favorecido la participación de atletas de origen social bajo, provenientes de pequeñas ciudades y sin tradición familiar, aunque, en su opinión, la mayoría de los participantes serían aristócratas acomodados. En todo caso, parece claro que, más allá de la condición social de los deportistas, el proceso de profesionalización empezó bastante pronto. A ello apunta el hecho de que las primeras quejas de los autores griegos sobre la excesiva valoración de los deportistas se remontan a mediados del siglo VII y se dirigen sin duda contra estos atletas que pasan su vida entrenando para las competiciones.
Más recientemente ha vuelto sobre estos temas C. Mann (2020, pp. 313-332), que hace un fino análisis del estado de la cuestión y centra la atención sobre diversos aspectos importantes a la hora de determinar el estatus de los deportistas antiguos. En primer lugar, llama la atención sobre la inversión en tiempo y dinero que exigía la práctica del deporte. Muestra después que la idea de que la participación en los grandes juegos más prestigiosos tenía como única recompensa la corona y la gloria del vencedor no refleja la realidad, ya que en muchas competiciones había premios de valor, en algunos casos incluso económico, además de los beneficios que otorgaban las ciudades a sus vencedores. Analiza finalmente el estatus de los atletas y su extracción social, teniendo en cuenta los aspectos estudiados antes, y llega a la conclusión de que no puede hablarse de una verdadera dicotomía profesional/amateur. Considera que esto supone trasplantar a la Antigüedad patrones modernos que distorsionan nuestra lectura de las fuentes, porque, en su opinión, la situación debía de ser mucho más fluida.
En cualquier caso, sí parece evidente que hubo atletas que se dedicaban en exclusiva, al menos durante una parte de su vida, a la práctica del deporte y es contra quienes se dirigen las críticas de los intelectuales.
Uno de los puntos fijos a lo largo de las épocas es la inutilidad de sus actividades. Así, Aristóteles sostiene que los atletas no contribuyen en nada a las necesidades de la ciudad: su régimen es demasiado especializado, de modo que su constitución física, desarrollada en una sola dirección, “no es útil para la buena disposición del ciudadano, ni para la salud, ni para la procreación” (Arist., Pol., 1335b 7-10, ed. 1988). Al expresarse así no hace sino transmitir un pensamiento presente ya en los poetas arcaicos. De hecho, hacia el 640 a. C. Tirteo (fr. 9 Gentili-Prato, ed. 1979)22 enumera todas las clases de valores que dan a los hombres el derecho a un canto de exaltación destinado a inmortalizarlos -la velocidad, la fuerza, la belleza, el dinero y la elocuencia- y concluye que solo el ardor guerrero es digno de merecer una evocación poética por su parte, porque no es un bien que busca el éxito individual, sino que procura la salvación y la gloria a toda la ciudad.
Esta oposición entre el atleta y el guerrero sigue presente en la literatura griega todavía durante mucho tiempo. Así, en época romana Plutarco ejemplifica este mismo punto de vista en las Vidas de algunos personajes célebres por sus hazañas militares, como Alejandro (Alex., 4.21, ed. 2007b), que mostraba su aversión por las actividades deportivas, o Filopemén (Phil., 3.3-4, ed. 2007a), que no disimulaba su desprecio hacia todos los tipos de atletismo.
Curiosamente, desde los primeros testimonios literarios, que hablan todavía de un mundo mítico, hay otra tendencia paralela que pone en estrecha relación la guerra y la competición deportiva, como ya se ha podido ver a través de la imagen del héroe-guerrero. Un ejemplo particularmente ilustrativo se encuentra en el canto VIII de la Odisea, en un pasaje en el que el poeta describe los juegos que el rey Alcínoo propone celebrar para honrar a su huésped Ulises (vv. 186-193, 215-220). El Laertíada se excusa alegando la fatiga provocada por los avatares sufridos durante sus viajes. La reacción del hijo del rey es insultar al héroe dejando caer la sospecha de que quizá no sea en realidad más que un simple mercader. Ulises, indignado, toma un disco y lo lanza más lejos que todos los feacios y proclama su destreza también con el arco, disciplina en la que en Troya solo lo superaba Filoctetes. Como ha puesto de relieve G. A. Privitera (2003, pp. 123-124), 23 el héroe representa de esta manera la fisionomía del noble, que busca la gloria a través de la guerra y de la competición, que no sería en última instancia más que una derivación de la guerra. Lucha, carrera a pie o en cuadriga, lanzamiento de jabalina y de disco y otras especialidades deportivas no son sino simulacros de las actividades militares, pruebas en las que se empleaban las mismas cualidades de fuerza y habilidad necesarias para la batalla.
También para Píndaro, los concursos deportivos ofrecen el mismo tipo de gloria que la guerra homérica, una gloria personal a través de la demostración de la excelencia. En sus epinicios, pone al mismo nivel el valor que lleva a la conquista de la corona en los juegos y el que destaca en el campo de batalla (O., 2.43-44, ed. 2013; I., 1.50-52, ed. 1992). En ocasiones las imágenes del atleta y del guerrero se funden en un mismo personaje, como sucede con Cromio de Etna (N., IX, ed. 2020), Arcesilao de Cirene (P., V, ed. 1995) o Hierón de Siracusa (P., II, ed. 1995).24 En época romana (siglos I y II d. C.), Dion de Prusa (29.9 y 15, ed. 1989), un entusiasta del deporte, llega todavía más lejos en su elogio del luchador Melancomas. Proclama la superioridad del atleta sobre el guerrero, porque “el servicio de la guerra pide solo coraje. Pero el atletismo pide a la vez coraje, fuerza y dominio de sí mismo” y por ello los que son los mejores en el deporte son también los mejores en la guerra.
G. A. Privitera explica el comienzo de la sobrevaloración de las competiciones -y, en consecuencia, el origen de las críticas- por una falta de simetría entre la actividad guerrera y la actividad deportiva. Los héroes homéricos obtienen la gloria en el campo de batalla, con los enfrentamientos individuales, y en las competiciones deportivas, como son, por ejemplo, las asociadas a los juegos funerarios. Sin embargo, a partir del siglo VII a. C., el sistema de combate cambia, con la introducción de la falange hoplítica, de manera que la guerra ya no es una ocasión propicia para alcanzar la fama, para la que queda solo el terreno de la competición deportiva. De ahí, derivarían la tendencia a considerarla como el medio más adecuado para probar los méritos del individuo y a sobrestimar su importancia.
Todavía un siglo y medio después de Tirteo, Jenófanes de Colofón (fr. 2 Gentili-Prato, ed. 1979)25 opone la superioridad de la sabiduría poética frente a la actividad atlética, lamentando que los que han vencido en una competición deportiva en Olimpia obtengan, por parte de su ciudad, privilegios y honores más grandes que los poetas, que son los que de verdad la enriquecen.26 Por otra parte, Sócrates, en Platón, Apología, 36d-e, ed. 1981, afirma ante los jueces que, si tuviera que fijar su propia sentencia, esta sería comer en el pritaneo, premio que merece más que cualquier atleta olímpico: “Un vencedor de ese tipo os procura una satisfacción aparente; pero la que yo os ofrezco es real”. Hacia el comienzo del siglo IV a. C., se encuentra casi la misma postura crítica en Isócrates (4.1-2, ed. 1979), quien sostiene que los intelectuales son más dignos de estima que los atletas, por su contribución al bien común.
Una combinación de los puntos de vista de Tirteo y de Jenófanes, es decir, la convicción de la superioridad del soldado y del intelectual sobre el atleta, está presente también en un fragmento del drama satírico Autólico de Eurípides (fr. 282 Kannicht, ed. 1971),27 donde el autor critica la actitud de los griegos, que rinden honores a placeres inútiles. Considera que los atletas son “el peor de los innumerables males que afligen a Grecia”, “esclavos de sus mandíbulas y víctimas de su vientre”, incapaces incluso de administrar bien su casa y, más todavía, de salvar a su patria luchando contra los enemigos. Y cuando terminan su carrera, no les espera más que la degradación en el nivel físico, a causa de los golpes, y también en el nivel económico, por haber dilapidado su patrimonio.28
Otras críticas tienen una base médica, porque el sistema de vida de los atletas es considerado nocivo para la salud y causa de desequilibrios internos e incluso de deformaciones físicas.29 Como explica el autor del tratado hipocrático Sobre el alimento (34, ed. 1986), “la constitución atlética es una ruptura con la naturaleza porque, por querer aumentar demasiado su fuerza aumentando su corpulencia, el deportista va más allá de las capacidades humanas”. Galeno, que dedica un amplio espacio a la crítica de este modo de vida en el Protréptico (I, 30 Kühn, ed. 1821), hace notar que el vigor extremo que buscan los atletas es inestable y, por esa razón, “ante la imposibilidad de seguir igual o de mantenerse constante, no le queda otra vía que la de empeorar”.30 La razón es que, contrariamente a los preceptos de Hipócrates, los atletas “se esfuerzan mucho cada día en los ejercicios gimnásticos, mucho más de lo conveniente, y tragan los alimentos por la fuerza, prolongando a menudo la comida hasta la medianoche”.31 El régimen que siguen para aumentar la masa muscular produce además el efecto de embotar su espíritu y volverlo insensible como el de las bestias. Galeno (I, 32 Kühn, ed. 1821) echa por tierra incluso el ideal de belleza, cuando afirma que
muchos de ellos, cuyos miembros son perfectamente proporcionados, caen entre las manos de los maestros de gimnasia que les hacen engordar más allá de toda mesura, sobrecargándolos de carne y de sangre, y los deforman completamente. Algunos incluso, sobre todo los que practican el pancracio o el pugilato, tienen el rostro desfigurado y con un aspecto horrible. Al final, cuando tienen los miembros rotos o dislocados, y los ojos fuera de las órbitas, entonces, creo, entonces queda bien evidente la clase de belleza que se saca de tal profesión.
Hay muchos ejemplos que testimonian que un volumen corporal desmesurado debía de ser característico de estos deportistas, al menos entre los que practicaban deportes de combate. En los Diálogos de los muertos, 20.5, ed. 1992, Luciano describe al atleta Damasias con la expresión “rodeado de carnes abundantes” y Galeno (V, 905 y 907 Kühn, ed. 1823a) se queja de que en la palestra se encuentra demasiada “acumulación de carne” (polysarkía) y muy poca búsqueda de la excelencia. Pero no es solo la literatura la que, de forma seria o satírica, hace alusión al volumen corporal de los atletas. Se puede ver este desarrollo desmesurado también a través del arte, en la pintura sobre cerámica ya desde el siglo vi a. C. y en la escultura desde el IV, cuando las representaciones se hacen más realistas y muestran luchadores obesos, feos y con sus cuerpos castigados por los combates y los entrenamientos.
Como medio para obtener esta masa muscular extraordinaria, los autores hablan de una alimentación reglamentada, tanto en calidad como en cantidad. Algunas fuentes antiguas hacen alusión explícitamente a una alimentación excesiva e incluso forzada, que justifica las palabras de Eurípides (fr. 282, 5 Kannicht, ed. 1971) cuando los llama “víctimas de su vientre”. Era lo que se conocía como anankophagía, término que, al igual que su verbo correspondiente y otras expresiones del mismo sentido, se utiliza exclusivamente con relación al terreno del deporte (Arist., Pol., 1338b 40-41, ed. 1988; Epict., Ench., 29.2, ed. 1993; Poll., 3.153, ed. 1900). Aunque no hay datos específicos sobre ello, la idea general es que este régimen alimentario era característico de los que se dedicaban a la práctica de los deportes de combate. Encuentra su justificación en la circunstancia de que, al no haber en la Antigüedad una separación en categorías según el peso, aumentar la fuerza y la masa muscular a través de la alimentación era importante para tener alguna ventaja sobre los rivales.32
Ateneo de Náucratis dedica el libro X de su obra Los eruditos del banquete a los glotones, esencialmente atletas, y sostiene que no hay que extrañarse si tenían esta característica, porque “a todos los que participan en las competiciones atléticas, además de los ejercicios gimnásticos, se les enseña también a comer en abundancia” (412d-413c, ed. 2006). Describe con detalle las “hazañas gastronómicas” de personajes como Teágenes de Tasos, Astianacte de Mileto y especialmente Milón de Crotona, uno de los atletas más famosos de la Antigüedad, célebre por su fuerza enorme y su apetito desmesurado.33 Ateneo cuenta que Milón solía comer diez kilos de carne y otro tanto de pan y que bebía casi diez litros de vino. Relata también la anécdota según la cual, en Olimpia, una vez cargó sobre sus hombros un toro de cuatro años, dio con él una vuelta al estadio y finalmente se lo comió él solo en un día.
Los testimonios antiguos hablan de una dieta atlética esencialmente a base de carne, destinada a dar vigor y resistencia, pero la presentan también como la etapa final de una evolución que tuvo lugar hacia los siglos vi o v a. C., a partir de una alimentación compuesta por productos considerados muy energéticos -leche y queso fresco, al comienzo, y más tarde también higos secos-, que siguieron formando parte de la nutrición deportiva todavía durante mucho tiempo.34 La tradición atribuye la introducción de la dieta a base de carne a Pitágoras, que, según Porfirio (Abst., 1.26.2, ed. 1984), “fue el primero en suprimir el régimen antiguo y en dar carne a los atletas en periodo de entrenamiento; descubrió así que este alimento era de una eficacia excepcional para dar vigor”. Sin embargo, Diógenes Laercio (8.12, ed. 2008) duda de que el Pitágoras señalado por las fuentes fuera el filósofo y Jámblico (VP, 25, ed. 2003) afirma que el especialista en gimnasia y creador de una dieta rica en carne para los atletas fue un tal Pitágoras, hijo de Eratocles, y no el filósofo del mismo nombre, hijo de Mnesarco. Estas dudas se explican por el hecho de que todos los autores antiguos coinciden en retratar al filósofo como un vegetariano estricto.35 Sin embargo, el modo en el que se presenta a Milón de Crotona, precisamente uno de los pitagóricos más destacados, contradice totalmente la imagen “vegetariana” de la secta. En respuesta a este dilema, Burkert (1962, pp. 167-168, 272) 36 considera que no eran vegetarianos desde el principio -y, en efecto, existen testimonios que apuntan en esta dirección- y solo cuando la tradición del vegetarianismo pitagórico se estableció definitivamente, se inventó la figura del “homónimo” para resolver esta aparente contradicción.
En cualquier caso, es bien conocida la prevalencia que en la dieta atlética tenía la carne, en particular las de cerdo y buey. Galeno (VI, 487-488, 661 Kühn, ed. 1823b) afirma que la carne de cerdo es con mucho el más nutritivo de los alimentos y presenta como prueba de ello que, si los atletas comen la misma cantidad de un alimento cualquiera, tienen menos energía al día siguiente. Por otra parte, Ateneo (9.402c-d, ed. 2006) relata una anécdota sobre un atleta tebano que sobrepasaba a sus contemporáneos en vigor, gracias al consumo de carne de cabra, aunque todos se burlaban de él por el mal olor que desprendía. Junto a los alimentos aconsejados, otros estaban vedados o al menos limitados. Así, Galeno (XV, 194 Kühn, ed. 1828) afirma que los atletas no tomaban vino ni bebidas frías inmediatamente después de haber acabado sus ejercicios, sino que empezaban bebiendo agua. El filósofo Epicteto (3.15.2-3, ed. 1993) menciona las mismas prohibiciones, a las que añade los pasteles y las golosinas, y Filóstrato (Gym., 44, ed. 1996) rechaza la introducción del pescado en el régimen de los atletas.
Estos autores no establecen explícitamente diferencias en la dieta, pero es probable que hubiera una cierta variedad según la especialidad deportiva practicada, como apunta Epicteto (3.23, ed. 1993):
Los atletas empiezan dedicándose a aquella categoría a la que desean pertenecer, y actúan en consecuencia. Si se quiere practicar la carrera larga, hay que tomar tal alimento, hacer tal paseo, recibir masajes de tal manera, llevar a cabo tales ejercicios [...]; si se quiere correr en el estadio, todas las preparaciones serán diferentes; si se quiere ser pentatleta, lo serán todavía más.
Esto encaja bien con la distinción de Filóstrato (Gym., 3 y 31-36, ed. 1996) entre actividades atléticas ligeras y pesadas, que podemos poner en relación con la descripción de las diferencias en la constitución ideal del atleta según la especialidad que ofrece Galeno (V, 905 Kühn, ed. 1823a). Actividades ligeras serían los diversos tipos de carreras (del estadio, de larga distancia, hoplítica, doble), el lanzamiento de jabalina y el salto; en cambio, el pancracio, la lucha, el pugilato y el lanzamiento de disco serían disciplinas pesadas y el pentatlón quedaría entre las dos categorías (Poll., 3.148-151, ed. 1900).
Incluso las artes plásticas muestran claramente variaciones de constitución dependiendo de la especialidad practicada. P. Brulé (2006, pp. 269-270) pone el acento sobre la importancia que a este respecto tienen las ánforas panatenaicas, que, llenas de aceite proveniente de los olivos sagrados de Atenea, eran ofrecidas a centenares como trofeos para los vencedores en las Grandes Panateneas y para los segundos de algunos concursos que tenían lugar en Atenas durante las Panateneas pentetéricas. El reverso del ánfora estaba ilustrado con la escena de un concurso y son muchas las pruebas diferentes que se encuentran representadas. Los pintores muestran al mismo tiempo el cuerpo en la postura característica del concurso y la distribución de las masas musculares en función del morfotipo ideal del atleta, de manera que las imágenes remiten directamente a las especialidades deportivas.37 En el caso de los que se dedican a los deportes de combate, muestran individuos musculosos y fuertes, sobrealimentados, pero no obesos.38
Para concluir, el análisis de las fuentes antiguas plantea numerosas cuestiones interesantes sobre la figura del atleta en la Antigüedad. Aspectos como su condición de profesional o de amateur, que tanto influyó en la filosofía que llevó a la creación de las competiciones olímpicas modernas, siguen siendo todavía controvertidos. Pero ante todo ponen de relieve que existía una polarización en la consideración del cuerpo y las actividades del atleta. Por un lado, se identifica como una prolongación de la imagen del héroe épico, rápido, fuerte, bello, el modelo perfecto para los escultores, el vencedor objeto de toda clase de honores y recompensas e idolatrado por el público. Por otro, se le puede encontrar con rasgos incluso próximos a la caricatura, cuando es descrito casi como un esclavo, víctima de una “salud excesiva”, sometido a entrenamientos rigurosos y a una alimentación forzada, que hinchaban y deformaban su cuerpo y que acababan por llevarlo a la ruina total.
Esta doble cara del deporte antiguo se encuentra muy bien reflejada en filósofos e intelectuales muy críticos con los deportistas, cuando, quizá un poco movidos por la envidia, rechazan de forma contundente que se otorgara toda clase de beneficios y la gloria a quienes se dedicaban a actividades que en realidad no eran útiles para la ciudad y describen de forma dramática el final de su carrera. Recuerdan además algunos comentarios que todavía en la actualidad se oyen sobre deportistas modernos que atraen el fervor de las masas, objeto de la admiración del público por sus éxitos -considerados incluso como modelos- y de críticas porque reciben riqueza y alabanzas por realizar actividades que no sirven para nada. Bastará solo pensar en las críticas escandalizadas ante el sueldo que cobran los futbolistas “por darle patadas a un balón”. Pero reflejan también el interés que han despertado el deporte y los atletas a lo largo del tiempo y que ha mantenido su vigencia hasta la actualidad.










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