Durante las primeras décadas del siglo XX, los antiguos habitantes del Área Maya fueron considerados por los académicos de la época como pacíficos observadores del cielo, cuyos sacerdotes, obsesionados por el devenir del tiempo, encabezaban una sociedad que priorizaba el entendimiento de los ciclos calendáricos (Thompson, 1950: 1). El progresivo desciframiento de la escritura jeroglífica maya desde la segunda mitad del siglo XX permitió comprender que, más allá del registro calendárico, los textos jeroglíficos documentaban hechos históricos de diversa índole. Aunado a lo anterior, el descubrimiento de los murales de Bonampak en 1946 con escenas de contenido militar favoreció que fuesen relegadas las antiguas teorías que abogaban por una sociedad pacífica que se había tornado agresiva a causa de influencias externas durante el llamado “Periodo Mexicano” (Thompson, 1950: 7). Desde entonces, el avance en los estudios arqueológicos, epigráficos e iconográficos ha develado diferentes niveles de conflictividad según el área regional y el contexto cronológico, lo que permite entender la guerra como una actividad presente en la realidad sociopolítica más que como un hecho singular.
Con base en lo anterior, a lo largo de 13 capítulos, el libro de la doctora Rivera Acosta se centra en el estudio de la guerra durante el periodo Clásico maya. La autora analiza tanto imágenes como textos jeroglíficos conservados en diferentes materiales arqueológicos con el objetivo de proponer nuevas interpretaciones que nos ayuden a entender qué significaba la guerra para los mayas prehispánicos, cómo se desarrollaba y qué implicaciones tenía en la realidad sociopolítica. Además, analiza los atuendos, armamentos y las construcciones arquitectónicas defensivas, conocidas gracias al registro arqueológico que se ha preservado. Asimismo, realiza una detallada revisión bibliográfica de múltiples investigadores que han trabajado el tema de la guerra, haciendo hincapié en aquellos que se centraron en el Área Maya.
Esto le permite proponer tres tipos de enfrentamientos: guerras de control, guerra de facciones y Guerra Estrella. Las dos primeras le sirven como punto de partida para exponer la hipótesis centrada en la idea de que el fin último de los enfrentamientos bélicos no respondía a la toma de tributo, si no que se buscaba un control político-territorial enfocado en la distribución de productos y el establecimiento de relaciones políticas favorables. En cuanto al compuesto jeroglífico conocido como Guerra Estrella, la autora se adhiere a una interpretación previa, según la cual el signo se refiere, de una manera metafórica, a la derrota de un bando armado, sugiriendo su interpretación como JOM, ‘hundimiento o colapso’. Como apunta Rivera, tradicionalmente se ha sugerido que los actos bélicos podrían coincidir con eventos astronómicos ligados a la contemplación de Venus, al ser considerado un astro favorable para la realización de dichas prácticas (p. 150); sin embargo, la autora relaciona este fenómeno con eventos y actividades de carácter agrícola, a la vez que asume la complejidad y el debate que existe al respecto, ya que lo cierto es que, cuando aparece el signo en las narrativas jeroglíficas, se vincula a guerras entre grandes entidades políticas, en las que, probablemente, los linajes gobernantes sufrían severas derrotas.
Sin embargo, la autora opina que todavía no se puede probar arqueológicamente, ni la existencia de guerras de conquista ni la de una esclavitud, entendida como categoría social, a la manera de la conocida en el Viejo Mundo para dichos contextos cronológicos. Además, estima que el registro de diferentes tipos de enfrentamientos no significa que necesariamente siempre se produzca la captura de ciertos actores sociales; sin embargo, los hay y sabemos que en las inscripciones éstos son referidos como baak ‘hueso, presa, cautivo’ y representados sin símbolos de poder, atados, arrodillados y, en ocasiones, desnudos. La consideración anterior permite a Rivera proponer una identificación entre presas de caza -especialmente el venado- y los cautivos, en un proceso ritual de deshumanización previo a un posible ritual de sacrificio.
A partir de la tercera parte del libro, Rivera explora la relación entre la guerra y la cacería, en la que señala la primera como una representación de la segunda e identifica al guerrero como cazador y al cautivo como presa; de ahí que, en algunas vasijas cerámicas y monumentos pétreos, éstos sean representados con ciertos atavíos característicos como los tocados de venado (p.137), lo que les concede el rol de presas que son sacrificadas simulando un acto de caza, quizá una alegoría de los ciclos agrícolas, en concordancia con autores como Taube o Graulich (p.206). Esta “caza ritual” es comparada por la autora con un ritual mexica en el que se desollaba al primer guerrero capturado en su vida militar y el captor se vestía con su piel en un acto ritual de asimilación, por ello, en el caso maya, Rivera -siguiendo a Scherer- considera que los captores se podrían convertir en ajBaak ‘guardián del hueso’ de su enemigo (p. 140). Sin embargo, señala que no existió una “guerra florida” entre los mayas (como la actividad conocida entre los mexicas), pues la toma de cautivos no era el objetivo principal de los enfrentamientos.
Asimismo, en esta sección, se analizan las figuras retóricas y compuestos jeroglíficos vinculados a la guerra, los más frecuentes en los textos conservados son recursos como las metáforas, anáforas, difrasismos, hipérboles, entre otros. Iconográficamente, en los monumentos del Clásico se repiten las representaciones de diferentes gestos y posturas en los cautivos que indican miedo, sumisión, etcétera; en este sentido, la representación de cautivos completamente desnudos no es considerado por la autora como un síntoma de degradación del personaje capturado, sino más bien como un símbolo de fertilidad dentro de un concepto cosmogónico. Al entender la guerra como componente cultural, ésta forma parte de los mitos cosmogónicos y por ello ciertas deidades y seres sobrenaturales se vinculan a ella, entre las que destaca el Dios Jaguar del inframundo, una complicada entidad, quizá advocación guerrera de otra deidad (p.189).
En la última parte del libro, a partir de estudios antropológicos, Rivera defiende la hipótesis de la guerra como un acto ritual y estima que “si la guerra es una cacería, entonces la captura del enemigo en combate equivale al prendimiento de una presa de caza” (p.220). En el contexto de las culturas americanas prehispánicas, de la maya en particular, la autora concluye que la guerra debe ser comprendida como un fenómeno cultural complejo con particularidades regionales y temporales, tal y como pretende plasmar a lo largo de toda la obra.




![Fabio Flores Granados y Omar Sosa Guillén, Oxlajuun Chanaal Kuy: agorero de sáak’. La langosta que se come lo sembrado en las Tierras Bajas mayas del periodo Clásico Tardío. Mérida [Yucatán, México]: Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales, 2023, 234 pp. isbn: 978-607-30-8289-1](/img/es/next.gif)





nueva página del texto (beta)


