Introducción
Cada vez más, los estudios mayas enfocados en el periodo Clásico (250-950 d. C.) examinan el papel que tuvieron las mujeres en los ámbitos políticos, religiosos, culturales y económicos que dieron forma a esta antigua civilización (véaseProskouriakoff, 1961; Schele y Miller, 1986; Bruhns y Stothert, 1999; Joyce, 2000; Ardren, 2002; Gustafson y Trevelyan, 2002; Houston e Inomata, 2009; Martin, 2020). Esto se debe, en parte, a que las fuentes disponibles para su estudio son amplias y variadas; entre ellas encontramos los textos jeroglíficos, los cuales abarcan desde inscripciones monumentales, pinturas y tallas, hasta artefactos. Todos estos registros se elaboraron durante la época clásica y fueron escritos con fines muy particulares (véase Schele y Freidel, 1999; Guenter y Freidel, 2005; Reese-Taylor et al., 2009; Helmke, 2017; Houston, 2018; Bassie-Sweet, 2021; McAnany, 2024; Matsumoto, 2024; Vega, 2018; Beliaev, 2025).
El corpus jeroglífico del Clásico, al reflejar los intereses políticos y dinásticos de cada una de las antiguas casas reales, proporciona información epigráfica muy diversa. La heterogeneidad de las inscripciones, por tanto, hace que cada mención y representación de una mujer deba ser considerada como un hecho específico en un contexto particular. Desafortunadamente, en numerosas ocasiones es imposible contextualizarlas, dado que no todas las mujeres de la época clásica han llegado hasta nosotros como figuras históricas. Por lo general, fueron referidas en las inscripciones dentro de genealogías y cláusulas de parentesco e identificadas como madres de gobernantes y otros dignatarios de la corte, sin más datos.
¿Cómo, entonces, podemos estudiar a la reina consorte dentro de una sociedad en la que, dadas las características, temáticas e intereses de las inscripciones públicas, pocas mujeres han llegado hasta nosotros como sujetos históricos?
Aun cuando la mayoría de las referencias femeninas son escuetas, en el corpus jeroglífico que conservamos del periodo Clásico encontramos interesantes excepciones. Éstas son fundamentales para el estudio de las mujeres mayas, pues su cuerpo de datos se nutre del análisis concreto de figuras femeninas prominentes. Las siguientes páginas examinan una de estas excepciones y se centran en el estudio de una mujer que vivió a finales del siglo VII y principios del VIII, llamada ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, también conocida en la historiografía como “señora K’atún Ajaw” debido al signo del periodo k’atuun (20 años), que presenta su cláusula nominal que hoy leemos winaakhaab’. ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, originaria de la antigua ciudad de Namaan, hoy La Florida, Guatemala, contrajo matrimonio con el gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II de Piedras Negras (687-729) y, con el tiempo, se convirtió en una de las figuras femeninas más destacadas de esta ciudad (Figura 1).

Figura 1 a. Detalle de la Estela 3 de Piedras Negras que muestra a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw junto a su hija ˀIx Juˀntahn ˀAhk. b. Ejemplos jeroglíficos de su nombre. Dibujos de la autora basados en Simon Martin y Nikolai Grube (2008).
Varias inscripciones de Piedras Negras documentan diversos momentos en la vida de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, los cuales han sido ampliamente estudiados (véase Proskouriakoff, 1961; Stuart, 1985; Teufel, 2004; Clancy, 2009; Houston e Inomata, 2009; Bíró, 2011a; O’Neil, 2012; Jørgensen y Krempel, 2014; Beliaev et al., 2017; Martin, 2020). Además de la valiosa información que estos textos proporcionan sobre ella, sus registros también son útiles para esbozar algunos de los aspectos que regularon las actividades, labores domésticas y política familiar de las antiguas consortes mayas, como su infancia, sus ritos de asunción, su papel productivo en las cortes reales y su papel como progenitoras dinásticas.
Así pues, este artículo se enfoca en las reinas consortes por medio de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y las ubica en relación con su comunidad, con los procesos sociales y su contexto, al tiempo que indaga en algunos de los requerimientos simbólicos, económicos y políticos de los gobiernos hereditarios. Estas páginas no discuten, por tanto, la historia política de Piedras Negras.
El término reina consorte que empleo en este trabajo refiere a las esposas reales, es decir, a las mujeres que mantuvieron una relación personal con un gobernante, independientemente de si ellas fueron o no descritas como sus esposas (ˀatan) en las inscripciones. Asimismo, uso el término consorte con el propósito de diferenciarlas de las reinas que se desempeñaron como gobernantes, como ˀIx Yoˀhl ˀIk’nal de Palenque o ˀIx Wakchan Jalam Leˀm en Naranjo; consorte, por tanto, se emplea como sinónimo de cónyuge.
Para comprender el contexto de las reinas consortes, primero enuncio -de manera sucinta- la forma en que las mujeres fueron referidas en los textos jeroglíficos. A continuación, analizo las inscripciones de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw de forma cronológica, divididas en etapas (nacimiento, matrimonio, maternidad y vejez), intercalando mis interpretaciones y propuestas relativas a las consortes a partir de la evidencia proporcionada por Piedras Negras. Finalmente, cierro este artículo estudiando la figura de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw en relación con otras esposas reales, con la intención de documentar su realidad histórica y mostrarla como un ejemplo que ilustra una de las muchas herramientas que emplearon los gobernantes mayas para escenificar su poder. Como veremos, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw creó una forma propia de estar en lo público, por lo que es un excelente ejemplo de una mujer que participó en la creación y gestión de su imagen.
Las mujeres en las inscripciones
Los textos jeroglíficos nombran a las mujeres reales con una variedad de títulos, muchos de ellos relacionados con su estatus dinástico paterno, sus actividades rituales y sus relaciones matrimoniales y filiales (Houston y McAnany, 2003; Martin, 2020: 173-195; Davletshin y Vepretskii, 2025).
Los nombres femeninos siempre presentan el logograma ˀIX como prefijo, así como el signo ˀIXIK, ‘mujer’ (Figura 2a-2c). En las inscripciones, el título más común fue ˀix ˀajaw, el cual podemos traducir como ‘reina’ (Ciudad Real, 2001 [1577]: 309). Este título era ligado a su casa dinástica de origen, como ˀix kaanuˀl ˀajaw, ‘reina de Kaanuˀl’, o ˀix mutuˀl ˀajaw, ‘reina de Mutuˀl’ (Figura 2d-2e). En el corpus documental, son escasos los ejemplos donde las mujeres llevan el título ˀix ˀajaw asociado a una cuenta de k’atuunes, como vemos en la Estela 2 de Dos Caobas, la cual refiere a ˀIx ˀUhuˀl Chan Leˀm como hoˀ winaakhaab’ ˀix ˀajaw, ‘reina de cinco cuentas de años’, nombrada así por su hijo Yaxuun B’ahlam IV de Yaxchilán (Figura 2f). Más raro aún es encontrar en las cláusulas femeninas solamente el título de reina, ˀix ˀajaw, como aparece en la inscripción del Dintel 23 de Yaxchilán, asociado a las mujeres de la familia K’ab’al Xook (Figura 2g).
Aun cuando tenemos numerosas representaciones femeninas en el arte maya, su identidad como consortes debe inferirse, dado que muy pocas mujeres del periodo Clásico fueron descritas como esposas en las inscripciones (Martin, 2020: 176; Matsumoto, 2024: 3). En todo el corpus jeroglífico se han encontrado escasas referencias femeninas asociadas a la expresión yatan, ‘su esposa’ (Figura 2h).
Este relacionador de parentesco fue notado por Heinrich Berlin en los textos de Piedras Negras y Naranjo, y posteriormente fue descifrado por Floyd Lounsbury (1984; Stuart, 1997: 1-2). El sentido literal de yatan pudo ser ‘pariente pagado’, quizá en referencia a que el novio debía otorgar un presente a los padres de la novia, como han propuesto Albert Davletshin y Sergei Vepretskii (2025: 34), aunque también es posible que estuviera relacionado con la dote proporcionada por la familia de la novia a su futuro cónyuge.
Sea como fuere, este relacionador no es frecuente; entre las pocas mujeres descritas como ˀatan en el corpus de inscripciones mayas destaca la señora ˀIx ˀUnen K’awiil, mencionada por su hijo Yax Nuˀn ˀAhiin I de Tikal (379-ca. 404), quien la identificó en la Estela 1 de su ciudad como la esposa (yatan) de Jatz’oˀm Kuj, también conocido como Búho Lanzadardos (Figura 3a).

Figura 3 Ejemplos de mujeres identificadas como esposas en las inscripciones. a. Estela 1 de Tikal. b y c. Estela 8 de Piedras Negras, frente y lado izquierdo. Dibujos de la autora basados en John Montgomery (2000) y David Stuart (2003).
En el corpus jeroglífico de Piedras Negras encontramos dos registros de yatan. El primero de ellos fue asociado a ˀIx ˀAjb’ik’iil, una mujer que vivió en la segunda mitad del siglo vii y que procedía de un señorío menor del área del Usumacinta llamado B’ik’iil, semillero de escultores y artesanos. Ella fue mencionada en la Estela 8 como yatan kooj ch’ok, es decir, como ‘la esposa de Kooj Ch’ok’, el nombre infantil del gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II (Figura 3b). En la misma Estela 8 (W4-X5) se registra el nombre de otra mujer como yatan de un hombre llamado Lakam Chaahk, un señor del sitio de Santa Elena, Tabasco; al parecer, ella porta el título de ˀixk’ihnaˀ ˀajaw, ‘reina de K’ihnaˀ’ (Figura 3c).
En la mayoría de las ciudades, las mujeres fueron referidas como madres de gobernantes, y excepcionalmente como hijas, como vemos en el Panel 6 de La Corona, Guatemala (véase Martin, 2020). Además, conocemos la alianza matrimonial de las mujeres debido a registros posteriores, casi todos ellos elaborados después de la muerte de las reinas implicadas y como parte de los intereses políticos y dinásticos de sus hijos, una vez alcanzado el trono. En Yaxchilán, por ejemplo, donde las menciones y representaciones a mujeres son abundantes, no encontramos el relacionador yatan asociado a ninguna de las esposas reales.
Nacimiento y niñez de una reina consorte
En la mayoría de las sociedades antiguas, la vida de las reinas consortes está envuelta en el misterio. Dado que muy pocas casas dinásticas documentaron los principales acontecimientos ocurridos en la vida de las mujeres, casi todas ellas constituyen una serie de interrogantes (véase Salisbury, 2001). Los mayas del Clásico no son la excepción; las inscripciones jeroglíficas, cuando se enfocan en mujeres, casi nunca responden a nuestro interés por su edad y no satisfacen nuestro deseo de dataciones precisas. Debido a ello, desconocemos la fecha de nacimiento de casi todas ellas, por lo que su edad al casarse, convertirse en madres y morir únicamente puede establecerse de manera tentativa en nuestras reconstrucciones históricas.
ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw es una de las escasas mujeres del Clásico que, sin ser gobernante, posee registros de su fecha de nacimiento (Figuras 4, 5 y 6). Las inscripciones talladas en las caras posteriores de las estelas 1 (E1-I1) y 3 (A1-10) de Piedras Negras fechan su nacimiento por medio de la Cuenta Larga 9.12.2.0.16, 5kib’ 14yaxk’in, 2 de julio del año 674, mientras que las conchas talladas del Entierro 5 sólo mencionan la fecha en Rueda de Calendario, en los cartuchos A1-B1 (Proskouriakoff, 1960: 462-461; Stuart, 1985: 175-177; Teufel, 2004: 135; Bíró, 2011b: 135; Beliaev et al., 2017: 98). En las tres inscripciones, la frase empleada para referir el acontecimiento fue SIJ-ya-ja ˀIX-WINAKHAB’-ˀAJAW, sijyaj ˀixwinaakhaab’ ˀajaw, ‘ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw nació’.
Como es habitual en las consortes procedentes de reinos foráneos, su origen siempre fue referido en las inscripciones, por lo que su cláusula nominal completa fue ˀIX-WINAKHAB’-ˀAJAW ˀIX-MAN-ni-ˀAJAW, ˀixwinaakhaab’ ˀajaw ˀix [na]maan ˀajaw, ‘ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw’, reina de Namaan’. Este título no sólo señala su origen dinástico -el grupo gobernante de Namaan-, también nos indica su procedencia geográfica (véase Zender, 2002: 67; Teufel, 2004: 133-134).
Como señaló Stanley P. Guenter (citado en Zender, 2002: 67), Namaan fue el nombre antiguo del sitio que hoy se conoce como La Florida, en Guatemala, el cual se ubica a 50 km de Piedras Negras, en el noroeste de la región de Petén (Figura 7). La ciudad fue construida en la ribera de uno de los principales sistemas fluviales de la zona, el río San Pedro Mártir, y su núcleo arquitectónico se edificó a ambos lados del río (Martin y Grube, 2008: 145; Jørgensen y Krempel, 2014: 91-95). Su estratégica ubicación le permitió controlar la ruta fluvial que conecta el Petén con el Usumacinta y las llanuras de Tabasco; su historia ha podido reconstruirse parcialmente por medio de las estelas y altares que se conservan en el sitio, así como por las frecuentes menciones que encontramos a ella en las inscripciones de ciudades como Yaxchilán, El Perú y Piedras Negras (Baron y Padilla, 2017: 2).
Debido a que Namaan fue construido en una zona importante, desempeñó un papel significativo en el control de la vía fluvial adyacente; su influencia regional se evidencia por las menciones que encontramos de él en los textos de otras ciudades relevantes del Usumacinta, como Yaxchilán y Piedras Negras. De ambos sitios se conservan, en sus inscripciones, referencias a personas de Namaan, como el famoso cautivo de ˀItzam Kokaaj B’ahlam III llamado ˀAjxaak,1 un yajawteˀ (guerrero) del gobernante K’ahk’ Tiˀ Kuy de La Florida que fue hecho prisionero en el año 681 (Vega, 2017: 184-185).
Cuando ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw nació (en 674), la ciudad de Namaan era regida por Sijyaj Chan K’awiil, quien gobernó -muy probablemente- entre los años 620 y 681 (Jørgensen y Krempel, 2014: 96). En ese tiempo, La Florida debió ser una ciudad boyante gracias al prestigio y a las ventajas materiales que sin duda le reportaban sus lazos familiares con el linaje gobernante de Piedras Negras, la ciudad más poderosa del Usumacinta en ese momento (Martin y Grube, 2008: 121-123; Martin, 2020: 157-158).
La alianza y las relaciones por afinidad entre Namaan y Piedras Negras eran anteriores a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw; la Estela 8 de Piedras Negras registra que una mujer llamada ˀIx […] Sak, identificada como la madre de Kooj Ch’ok -el nombre infantil de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II-, llegó de Namaan en el año 665 (Jørgensen y Krempel, 2014: 97-101). ˀIx […] Sak, por tanto, mantuvo una relación matrimonial con el gobernante ˀItzam K’an ˀAhk III (639-686). Dado que muy probablemente la señora ˀIx […] Sak perteneció al linaje gobernante de Namaan, ella e ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw debieron ser parientes. Los linajes de Yok’ib’ y Namaan, a partir de la segunda mitad del siglo VII, no sólo fueron aliados políticos, también estuvieron emparentados.
Además de su nacimiento, las inscripciones de Piedras Negras no registran ningún acontecimiento en los primeros años de vida de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw. La poca documentación que existe sobre la vida de las consortes mayas es también escasa en su niñez. Como ocurre en varias sociedades, los primeros años de vida de los niños de élite fueron poco registrados; aparte de las menciones a su nacimiento y algunas ceremonias y rituales en los que participaron durante su infancia, poco más ha llegado hasta nosotros (Houston y Stuart, 2001: 67-68; Houston, 2018: 29-55, 101-105). Muchos de los textos que registran ritos de infancia son creaciones posteriores, encargadas por los gobernantes ya en su edad adulta, como las ceremonias protagonizadas por K’ihnich Kaan B’ahalm de Palenque en el año 642, cuando fue designado como el sucesor de su padre, el gobernante K’ihnich Janaab’ Pakal (615-683) a la edad de seis años (Davletshin y Vepretskii, 2023: 58-62; Polyukhovych y Sánchez, 2024: 296-309).
Para el caso de las niñas, desconocemos prácticamente todo si nos atenemos a las inscripciones, de tal suerte que lo que podemos aventurar sobre ellas se deriva de nuestro conocimiento sobre los varones. Al igual que ellos, es muy posible que las niñas de la élite recibieran un nombre propio hasta que fueran un poco mayores, después de los cinco años; incluso, algunas de ellas pudieron obtenerlo mucho más tarde, hasta el momento de su matrimonio. Antes de eso, es posible que llevaran sólo un apodo o su patronímico, como tenemos documentado para los mayas de Yucatán en el siglo XVI (Landa, 1973: 58).
Esto se aprecia también en el periodo Clásico, en el que algunas mujeres importantes fueron identificadas durante toda su vida adulta a partir de su patronímico. Los ejemplos mejor documentados los encontramos en las señoras ˀIx K’ab’al Xook eˀIx Chak Xim de Yaxchilán (esta última también conocida por los nombres de Ik’ Cráneo y Chak Joloom2). Ambas fueron referidas como hijas de funcionarios de cargo sajal, Nuˀn K’ab’al Xook en el caso de la primera (Dintel 23 de Yaxchilán), y Chak Xim en el de la segunda. El padre de esta última fue descrito en el Dintel 14 de Yaxchilán (D5; véase Figura 8) como ˀumam ˀajaw, es decir, como el ‘abuelo materno del rey’, en este caso Cheleˀw Chan K’ihnich, el hijo de la señora ˀIx Chak Xim (Vega, 2024: 172). El caso de ambas mujeres nos indica que, en ocasiones, las mujeres de la élite (y a veces sus hermanos, como documenta el texto del Dintel 9 de Yaxchilán) fueron identificadas únicamente por su patronímico (Vega, 2025a).
Los ritos matrimoniales de una joven consorte
En muchas sociedades, los matrimonios tienen como objetivo principal generar herederos y asegurar recursos (Fox, 1985: 25-28; Martin, 2020: 173). Entre los grupos de élite también estaban relacionados con alianzas, fortuna y prestigio; en muchas ocasiones, los matrimonios interdinásticos implicaban negociaciones de paz con dinastías enemigas. Eran, por tanto, un instrumento de la política (Marcus, 1976: 170-179; Schele y Mathews, 1991: 245; Josserand, 2002; Vázquez, 2017; Botzet, 2022: 205-206; Ardren, 2024: 144-148; Parpal y Raimúndez, 2024).
En la élite maya del periodo Clásico, la alianza matrimonial más común era poligámica (Houston y Stuart, 2001: 64; Gallegos, 2011: 46; Martin, 2020: 180). La poligamia o poliginia es un sistema que ha existido en muchas sociedades dado que presenta ventajas importantes para los grupos de poder (véase Lévi-Strauss, 1969: 65-78). Una de éstas es la de proporcionar más hijos a las dinastías reinantes e incrementar la economía del hogar por medio de las labores del hilado y bordado desempeñadas por muchas esposas. Como muestra el caso de Yaxuun B’ahlam IV de Yaxchilán (752-ca. 768), la existencia de varias consortes era, además, un signo visible de fortuna y estatus.
Los ritos relacionados con el matrimonio en distintas sociedades indican su importancia y marcan un cambio en la vida de los contrayentes (Quiñones y Gamboa, 2004: 17). No obstante, pese a la importancia que tenían los arreglos matrimoniales para los mayas del Clásico, estos acuerdos fueron escasamente registrados en las inscripciones, por lo que contamos con muy pocos casos documentados (Bíró, 2011a: 2; Martin, 2020: 177-178; Matsumoto, 2024: 3). Uno de ellos es el de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, cuyas inscripciones refieren los rituales que sellaron la ceremonia nupcial realizada en el año 686 entre ella y su prometido, el joven Kooj Ch’ok y futuro K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II de Piedras Negras, quien fue -muy probablemente- su pariente.
En la madrugada del 11 de noviembre del año 686 (9chuwen 9k’ank’in, 9.12.14.10.11), a la edad de 12 años y cuatro meses, la joven ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw fue protagonista de un ritual referido en las inscripciones como mak (Stuart, 1985: 177-180; Teufel, 2004: 136-137; Bíró, 2011a: 2; 2011b: 135; Beliaev et al., 2017: 98; Houston e Inomata, 2009: 149; Houston, 2018: 100). Las conchas del Entierro 5 lo describen de esta manera (véase Figura 6b, bloques D1-G3):
15-9-WINAK-ji-ya 12-HAB’-ya SIJ-ji-ya ˀi-PAS 9-CHUWENDÍA 9-ˀUN-wa ma-ka-ja ˀIXna-MAN-ˀAJAW ˀu-CHAB’-ji-ya ˀITZAM+K’AN+ˀAK 4-WINAKHAB’-ˀAJAW K’UH-yo-b’i-ˀAJAW-wa
hoˀ lajuˀn [heˀw] b’oloˀn winaakjiiy lajchan haab’aay sijiiy ˀi pas b’oloˀn chuweˀn b’oloˀn[teˀ] ˀuniiw ma[h]kaj ˀixnamaan ˀajaw ˀuchab’jiiy ˀitzam k’an ˀahk chan winaakhaab’ ˀajaw k’uh[ul] yo[k’i]b’ ˀajaw
‘[han pasado] 15 días, 9 meses y 12 años desde que [ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw] nació. Entonces, en la madrugada del día 9 chuwen, el noveno de k’ank’in, la reina de Namaan fue cubierta. Lo supervisó ˀItzam K’an ˀAhk [III], señor de cuatro cuentas de años, rey de Yok’ib’’.
El ritual donde ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw fue cubierta (mak) aún no se entiende del todo, pero quizá se refiere a una ceremonia de compromiso (Stuart, 1985: 179; Bíró, 2011a: 3; Beliaev et al., 2017: 100; Martin, 2020: 178), a un rito de reclusión (Prager, 1997: 41; Houston y Stuart, 2001: 67-68), a un ritual de purificación (Hull y Carrasco citados en Teufel, 2004: 137) o a la cobertura total o parcial del cuerpo de la joven (Houston, 2018: 100). Aunque por un tiempo se creyó que este rito podía relacionarse con la menarquia de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw (Houston y Stuart, 2001: 67; Houston e Inomata, 2009: 149), es más probable que estuviera relacionado con el compromiso nupcial en sí mismo, como parece confirmar el rito mak registrado en las inscripciones de Tikal (Houston, 2018: 100), protagonizado muy posiblemente por la reina ˀIx Yok’in, la hija y sucesora del gobernante Chak Tok’ ˀIhch’aak III, cuando tenía poco más de tres años.
Davletshin y Vepretskii (2025: 35) señalan que este ritual fue un rito de iniciación femenina, quizá por esta razón fue supervisado durante su ejecución. En los textos de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw se señala, como hemos visto, que su rito mak fue realizado bajo el mandato de ˀItzam K’an ˀAhk III, el anciano y moribundo gobernante de Piedras Negras. A mi parecer, y dado que dicho ritual se relacionó con el compromiso matrimonial, debió constituir un momento clave en la vida de las mujeres mayas, pues marcaba el inicio de las funciones para las que habían sido instruidas. Es probable, entonces, que con el ritual mak las niñas adquirieran un lugar social, por lo que éste implicó un importante cambio en el estatus de las jóvenes involucradas.
Cinco días después del ritual mak, en la fecha 1kib’ 14k’ank’in (9.12.14.10.16), 16 de noviembre del año 686, la joven ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw protagonizó otra ceremonia (Stuart, 1985: 181-182; Teufel, 2004: 138; Bíró, 2011b: 135; Beliaev et al., 2017: 98), en esta ocasión descrita en la inscripción de la Estela 3 de la siguiente forma (véase Figura 5, D2-C4):
na-wa-ja ˀIX-WINAKHAB’-ˀAJAW ˀIX-na-MAN-ni-ˀAJAW yi-chi-NAL-la K’INICH-yo-ˀo-NAL-ˀAK
na[h]waj ˀixwinaakhaab’ ˀajaw ˀixnamaan ˀajaw yichnal k’ihnich yoˀnal ˀahk
‘ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, la reina de Namaan, fue adornada frente a K’ihnich Yoˀnal ˀAhk’.
El hecho de que el rito de adorno (naw) o presentación (naˀw) se realizara frente a K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II podría indicar, además del matrimonio, que ese día, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y su prometido se veían por primera vez.
Un día después de este ritual, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw protagonizó otro rito naw; las conchas del Entierro 5 y la Estela 8 señalan que en la fecha 2k’ab’an 15k’ank’in, 9.12.14.10.17, 17 de noviembre de 686 (Figuras 3b y 6c):
na-wa-ja yi-chi-NAL ˀIX-ˀa-b’i-k’i-la
na[h]waj yichnal ˀix ˀa[j]b’ik’iil
‘[ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw] fue adornada frente a [la señora] ˀIx ˀAjb’ik’iil’.
¿Quién es esta mujer implicada de manera importante en uno de los ritos matrimoniales de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw? Coincido con Péter Bíró (2011b: 135) en que puede ser la misma mujer mencionada en el frente de la Estela 8 (en D3), una señora ahí identificada como la esposa (yatan) de Kooj Ch’ok, es decir, de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II. Esta referencia lleva a suponer, por tanto, que la señora de B’ik’iil fue la primera consorte de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, la única que, al parecer, fue identificada como ˀatan (‘esposa’) de este gobernante.
Los ritos mak y naw que realizó ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw señalan que el matrimonio entre ella y el heredero al trono de Piedras Negras ocurrió a finales del año 686, cuando tenía poco más de 12 años y él, 22. En alguna de estas ceremonias, es probable que la joven de Namaan adquiriera su nombre real, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, que podemos traducir como ‘reina de una cuenta de años’, un apelativo que se relaciona con el importante periodo de veinte años (k’atuun), el cual tenía fuertes asociaciones simbólicas y religiosas (véase Stuart, 2011: 173, 264-284). Este nombre, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, sin duda era más apropiado a su nuevo rango y dignidad.
Dado que los matrimonios y la elección de esposa fueron decisivos para las dinastías en muchas sociedades, el cabeza de familia (un pater familias) controlaba los arreglos matrimoniales. Fray Diego de Landa (1973: 43) documenta esta norma al señalar que los padres del varón eran los encargados de buscar una novia adecuada para sus hijos. Los datos disponibles en relación con el matrimonio entre ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II apuntan a este mismo sentido, pues muestran una injerencia del gobernante ˀItzam K’an ˀAhk III de Piedras Negras, lo que puede indicar el control que los mandatarios (como cabezas de familia) ejercieron sobre los matrimonios de sus hijos y herederos.
Dado el patrón de residencia patrilocal que se observa en los registros jeroglíficos (Schele y Mathews, 1991: 245; Martin, 2020: 176; Matsumoto, 2024: 3), podemos suponer que muchas de las jóvenes elegidas para el matrimonio transitaban entre sus familias natales y conyugales a una edad muy temprana. Las inscripciones que hemos visto no registran la llegada de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw a Piedras Negras desde su natal Namaan, un acontecimiento que era referido en los textos como hul, ‘llegar’ (véase Martin, 2020: 121-128). A pesar de ello, se ha supuesto que su arribo a Piedras Negras ocurrió alrededor del año 686; no obstante, también es posible que llegara después, como ocurrió con la señora ˀIx […] Sak que mencioné anteriormente, quien llegó a Piedras Negras el 1 de enero del año 665 (9.11.12.7.2, 2ik’ 10pax), el mismo día en que nació su hijo y futuro gobernante (véase Jørgensen y Krempel, 2014: 100).
Ahora bien, la adaptación de las jóvenes a su nuevo entorno social, cultural y político debió ser gradual. Aunque muy probablemente estas novias viajaban con su propio séquito de cortesanos y sirvientes, es posible que fueran preparadas para su nueva vida mediante la interacción con las mujeres de la casa real pertenecientes a su futura familia política. Esto puede suponerse a partir de la evidencia que se tiene de los varones mayas y nahuas (mexicas) pertenecientes a linajes menores que residieron en cortes más poderosas durante su juventud, con el fin de ser instruidos por los grandes señores en asuntos políticos, militares y litúrgicos (Martin, 2001: 182-184; Houston, 2018: 52-55; Miguel Pastrana, comunicación personal, 2025).
Aun cuando es difícil identificar residencias no locales, como bien señala Martin (2001: 183), algo similar a lo que ocurría con los varones pudo suceder con las mujeres mayas. Quizá también ellas recibieron instrucción en una corte foránea, en la ciudad de su futuro esposo, y me parece factible suponer que ésta fuera impartida por la madre del gobernante o por su primera esposa, si es que tenía un matrimonio anterior, como en el caso de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk de Piedras Negras. Aunque no tenemos datos explícitos de esto entre los mayas o en otras culturas mesoamericanas, podemos pensar que las madres y esposas de los gobernantes fueron poderosos modelos a seguir al desempeñar un papel crucial en los años de formación de una reina consorte. Al igual que los varones, ellas pudieron ser instruidas en sus actividades futuras con el fin de aprender un conjunto de habilidades necesarias para el papel que ocuparían en su nuevo entorno cotidiano, donde podían vivir como la esposa real o, como en el caso de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, como una más de las esposas reales.
Progenitora dinástica
En varias culturas antiguas, sociedades medievales y algunas contemporáneas, las mujeres se desposaban a una edad muy temprana, entre los 12 y 13 años (véase Tyldesley, 1998; Pomeroy, 2020; Castor, 2020; Hernando, 2020). ¿Algo similar ocurría entre los mayas del Clásico? El caso de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw que hemos visto podría confirmarlo. Encontramos otro ejemplo maya que puede apoyar esta hipótesis -aunque no tan claro como el de Piedras Negras- en el Dintel 59 de Yaxchilán, el cual registra un ritual de fuego realizado en el Edificio 11, identificado como la casa de ˀIx Sakb’iyaan, una mujer casada con el gobernante ˀItzam Kokaaj B’ahlam III; uno de los títulos que ostentó esta consorte fue ch’ok ˀixik, que podemos traducir como ‘joven’, incluso ‘niña’, y que nos indica su juventud.
Ambos casos son relevantes, sin embargo, dado el casi inexistente registro de las fechas de nacimiento de las mujeres en las inscripciones, no podemos conocer con certeza qué edad tenían al casarse, ni argumentar si tales casos son típicos del periodo Clásico o si, por el contrario, responden a un fenómeno regional.
Por otro lado, un análisis de los textos que registran el matrimonio o llegada de la joven a su nuevo hogar nos dejan entrever que la etapa de creación de una familia no siempre ocurría inmediatamente después del enlace. Dada la juventud de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw al momento de su matrimonio y el tiempo que tardó en parir (véase abajo), podemos pensar que la vida conyugal en sí misma se iniciaba algunos años después.
Encontramos un ejemplo que ilustra lo anterior en la figura de ˀIx Tz’akb’u ˀAjaw,3 una joven que llegó a Palenque desde su natal ˀUhxteˀ K’uh, un sitio ubicado al oeste de la antigua ciudad (Sekacheva, 2025: 48-53). Ella arribó al enclave palencano en 626, a los 13 años, para casarse con el gobernante K’ihnich Janaab’ Pakal, quien tenía 23 años en ese momento (Garza, Bernal y Cuevas, 2012: 83). Dado que su primer hijo, K’ihnich Kaan B’ahlam nació en 635, nueve años después de su llegada, podemos suponer que la vida conyugal entre ˀIx Tz’akb’u ˀAjaw y K’ihnich Janaab’ Pakal se inició unos cinco o seis años después. Aun cuando esto no fue generalizado y debió variar entre las ciudades, los casos de ˀIx Tz’akb’u ˀAjaw e ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw nos dan una pauta para entender los primeros años de la vida matrimonial de las consortes mayas.
Hemos visto que uno de los objetivos principales del matrimonio es generar herederos y esto se aplica tanto a la élite maya como a la gente común, la cual “deseaba muchos hijos” (Landa, 1973: 58). En el grupo gobernante, los herederos garantizan la continuidad de las dinastías; de modo que convertirse en madre -y por ende en progenitora dinástica- fue crucial para las esposas de los mandatarios, pues sólo así se establecía un vínculo entre un reinado y el siguiente. Esta centralidad en las funciones reproductivas de las consortes es muy evidente en los registros que conservamos relacionados con la señora ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw.
La Estela 3 de Piedras Negras, después de referir su nacimiento en julio de 674 y la ceremonia de adorno (naw) -también entendida como ‘presentación’ naˀw- frente a K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, en noviembre de 686, señala que el 15 de marzo de 708 (9.13.16.4.6, 4kimi 14wo, en D6-D7), 22 años y cuatro meses después del matrimonio, nació una niña, hija de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II (Proskouriakoff, 1960: 457, 462; Houston e Inomata, 2009: 149).
El nacimiento de esta niña fue, sin duda, un evento importante para el grupo gobernante de Piedras Negras, quien lo conmemoró con este bello relieve monumental (ver Figuras 1 y 5). La misma ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw recibió un trono de piedra (ˀuch’amaw teˀm) que le obsequió, muy probablemente, K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, tres años después del nacimiento de la niña y coincidiendo con su 25 aniversario como gobernante de la ciudad. La niña fue llamada por su patronímico, ˀIx Juˀn Tahn ˀAhk, nombre que puede traducirse como ‘hija de Tortuga (ˀAhk)’, y se le otorgó el título de ˀix k’ihnaˀ ˀajaw, ‘reina de K’ihnaˀ’. K’ihnaˀ fue un sitio dominado por Piedras Negras y ubicado en el Usumacinta (Beliaev, comunicación personal, 2025); durante el Clásico, los herederos al trono de Piedras Negras y los gobernantes de la ciudad, al igual que ˀIx Juˀn Tahn ˀAhk, lo portaron en sus cláusulas nominales.
Ambas, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw e ˀIx Juˀn Tahn ˀAhk se representaron sentadas en la parte posterior del trono de piedra que se muestra al frente de la estela, donde se ubica K’ihnich Yoˀnal ˀAhk; así, como propone Megan O’Neil (2012: 66-67), las dos mujeres fueron representadas en un entorno interior y más privado. El relieve muestra a ˀIx Juˀn Tahn ˀAhk mirando a su madre y apoyando su brazo en su pierna, formando una de las imágenes más conmovedoras de intimidad materna que conservamos del arte maya clásico (Houston e Inomata, 2009: 149).
Ahora bien, el largo periodo transcurrido entre el matrimonio de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y el nacimiento de ˀIx Juˀn Tahn ˀAhk no es raro en las sociedades antiguas (Ortega y Hernández, 2022). Aun cuando la maternidad era un aspecto central en la vida de las mujeres, el embarazo, y sobre todo el parto, eran experiencias severas.
Los hijos que las mujeres pueden concebir y alumbrar se relaciona con varios factores, como la susceptibilidad a las enfermedades y las dificultades que puedan presentarse durante el embarazo y el parto, las cuales eran bastante frecuentes en la antigüedad (véase Salisbury, 2001: 234; Tyldesley, 1998: 66-67, 73; Hernández, 2006: 101; Chatters, Arroyo-Cabrales y Luna-Erreguerena, 2022: 63). La tasa de mortandad de las madres y sus bebés era bastante alta antes de la medicina moderna; en las sociedades antiguas eran comunes las dificultades en el alumbramiento que no podían ser controladas por las parteras, como las relacionadas con pelvis pequeñas -o androides- de las madres o la posición del feto (Adovasio, Soffer y Page, 2008: 82-88). Aun cuando sabemos que los tocólogos griegos y romanos, así como algunas parteras nahuas, sabían modificar la posición de los bebés para propiciar un alumbramiento con menos complicaciones (Anderson y Zinsser, 1992: 132; Sahagún, 2001, Libro IX), desconocemos todo lo relacionado con esto respecto a los mayas del Clásico, pues las inscripciones no refieren nada sobre ello.4
Como en otras culturas, la mortandad de las mujeres mayas en edades reproductivas fue alta, tanto de los estratos inferiores como de los de élite (véase Gómez, 2000: 51; Gallegos, 2020: 8; Ortega y Hernández, 2022: 538-540). Los abortos espontáneos y la muerte en los primeros años de vida de los niños también existieron en la sociedad maya del Clásico, en la que se ha estimado que el 10 % de los bebés de 0 a 1 año morían, mientras que el 30 % de la población fallecía antes de los 5 años (Tiesler et al., 2005: 372; Reyes et al., 2006: 465-466; Sierra, Ortega y Cucina, 2022: 293-294). En este sentido, es probable que ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw se embarazara en otras ocasiones y que la gestación no se llevara a término.
Así pues, al considerar la alta mortandad de las mujeres durante el embarazo y el parto, no podemos minimizar para los mayas del Clásico una alta ocurrencia de la monogamia en serie -una sucesión de esposas-, la cual quizá fue más frecuente de lo que hasta ahora han considerado los investigadores (véase Martin, 2020: 413).
Por otro lado, entre los años 711 y 729 no tenemos referencias a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw en las inscripciones. Es muy probable que la señora ˀIx ˀAjb’ik’iil -la primera consorte de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II referida en la Estela 8 y en las conchas talladas- muriera en ese tiempo o incluso antes, como podría sugerirnos la preeminencia de la señora de Namaan en el arte monumental. Lo que sí sabemos es que ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw asumió, en sus años de madurez, un papel de matrona investido de autoridad y prestigio.
Las conchas del Entierro 5 registran un evento que podría señalar un nuevo matrimonio del gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, ya un anciano en el año 729, en lugar de una ceremonia nupcial de una mujer de la casa real de Piedras Negras, como han propuesto algunos autores (véase Beliaev et al., 2017: 100). La concha número cuatro, la última, señala que el 30 de junio del año 729 (1kab’an 0mol, 9.14.17.14.17) ocurrió lo siguiente (véase Figura 6d):
na-wa-ja ye-te-k’a+b’a-li ˀIX-ma-ta-wi-SUTZ’-ˀAJAW ˀu-K’AB’-ji ˀIX-MAN-ˀAJAW yi-chi-NAL KOJ-yo-ˀo-NAL ˀa-ku yo-k’i-b’i-ˀAJAW 4-WINAKHAB’-ˀAJAW K’IN-ni-ˀAJAW
na[h]waj yeht k’abaˀ ˀil ˀix matwiil suutz’ ˀajaw ˀuk’abaaj ˀix [na]maan ˀajaw yichnal kooj yoˀnal ˀahk [k’uhul] yok’ib’ ˀajaw chan winaakhaab’ ˀajaw k’ihnaˀ ˀajaw
‘[la tocaya] de ˀIx Matwiil Suutz’ fue adornada. La reina de Namaan lo supervisó. [Esto ocurrió] frente a Kooj [Ch’ok K’ihnich] Yoˀnal ˀAhk, señor de cuatro cuentas de años, señor de K’ihnaˀ’.
De acuerdo con lo anterior, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw supervisó el ritual naw de una joven llamada ˀIx Matwiil Suutz’. Ya sea que esta referencia jeroglífica registre un nuevo matrimonio del gobernante de Piedras Negras o el de una joven de élite, la función de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw en la ceremonia es central, pues ella asume el papel de supervisar (ˀuk’abaaj) el rito, a la usanza de los grandes señores mayas.
Una imagen tejida con autoridad y prestigio
De la señora ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw conservamos dos imágenes imbuidas de un prestigio póstumo inagotable que ha hecho de sus representaciones un referente. Estas imágenes, talladas en la parte posterior de las estelas 1 y 3, la muestran siguiendo una serie de convenciones artísticas comunes en las ciudades mayas que se implementaron para establecer un modelo de representación política, prestigio y rango social.
Los artífices mayas evidenciaron el elevado estatus y buena salud de los gobernantes y los grupos de élite, representándolos con cuerpos grandes y rollizos (Houston, 2018: 85). Las imágenes femeninas también se guían por esta convención iconográfica al mostrarlas corpulentas, con rostros alargados de frente amplia y despejada donde se acentúa la modificación craneal y se marcan pómulos prominentes. Es interesante notar que la representación de las mujeres de la realeza contrasta notablemente con las imágenes que se conservan de las criadas y sirvientas del palacio, quienes tienen cuerpos esbeltos cubiertos con delgadas telas a modo de pareo, que envuelven totalmente sus torsos y dejan sus piernas al descubierto, como se ve en la esquina sureste de la Estructura Sub 1-4 de la ciudad de Calakmul, Campeche (Houston, 2018: 175; Benavides, 2020: 26). Una mirada a las imágenes que conservamos de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw evidencia que las reinas consortes eran un complemento de las representaciones masculinas y, al igual que los gobernantes, personificaban los ideales de belleza del momento (Vega, 2024: 169).
La imagen solemne y regia de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw aparece en un complejo escultórico y político de ocho estelas comisionadas por el gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk’ II, las cuales fueron colocadas frente a la Estructura J-4, en la acrópolis, a unos metros por encima de la Plaza del Grupo Oeste de Piedras Negras (Stuart y Graham, 2003; Clancy, 2009: 71-72; O’Neil, 2012: 68).
Como se ha señalado, los relieves esculpidos de las estelas 1 y 3 donde fue representada ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw miran hacia el interior de la Estructura J-4, a un espacio privado, mientras que las caras frontales que muestran al gobernante se orientan hacia la acrópolis y la Plaza del Grupo Oeste (Clancy, 2009: 78-90; Houston e Inomata, 2009: 148-149). Como señala O’Neil (2012: 67), ambas estelas figuran el contraste entre una exhibición más pública y una más privada, al tiempo que ofrecen una estructura conceptual para la relación entre el gobernante y su consorte.
En la Estela 1 vemos a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw de pie y con el cuerpo de frente, incluido el rostro, algo atípico en la plástica maya pero recurrente en el arte escultórico de Piedras Negras (véase Figura 4). Su postura frontal marca su elevado estatus (Benson, 1974: 110); las plumas de su tocado se superponen al texto jeroglífico superior, cuya forma, como ha propuesto Flora S. Clancy (2009: 80), evoca la de una puerta, dando la impresión al espectador de que la señora está saliendo de la Estructura J-4.
ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw viste la tradicional prenda de las mujeres de élite, un extraordinario huipil bordado y sandalias. Porta, asimismo, los elementos usuales de la autoridad real: un alto tocado de plumas en el que se aprecian símbolos que evocan joyas, fuego y la esquematización del aliento del dios solar, así como un pectoral de cuentas o conchas decorado con cabezas antropomorfas. En alegoría a su nombre y al primer aniversario de k’atuun (‘veinte años’) de su esposo como gobernante, luce en su tocado el signo calendárico winaakhaab’. En la mano derecha porta un objeto largo decorado con plumas que aún no se entiende del todo, pero que ha sido identificado por algunos como un sangrador (Teufel, 2004: 140; Clancy, 2009: 80). Tal objeto es mencionado en el texto, en la posición G10-11, donde tenemos ˀub’aah ti ˀoˀmitz, quizá ‘su imagen con un espumador/batidor [de cacao]’, como propone Dmitri Beliaev (comunicación personal, 2025). Un análisis más detallado de la parte posterior de la Estela 1 de Piedras Negras podría indicarnos que este monumento fue algo más que la exhibición oficial del rango y la jerarquía de la reina de Namaan frente a los habitantes de la corte y, sobre todo, frente a las otras esposas del gobernante.
Al tomar en perspectiva histórica las imágenes de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, llama la atención que las representaciones femeninas anteriores a ella muestren a las mujeres de perfil (estelas 32 y 33). Dado que la imagen tallada en la Estela 1 la dota de un estatus similar al de su esposo y gobernante, es posible que ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw comisionara la elaboración de este relieve escultórico, como ha propuesto Mary Ellen Miller (1993: 390; 1999: 122-123). Esto nos lleva a reflexionar sobre la participación que las consortes reales pudieron tener en la creación de sus imágenes públicas.
Rosemary Joyce (2000: 84-89), en su clásico estudio sobre el género en Mesoamérica, señaló que las mujeres mayas no intervinieron en la creación del arte monumental durante el periodo Clásico. Sin embargo, esta propuesta debe revisarse, dado que muy probablemente las mujeres de la élite poseyeron conocimientos de lectura y escritura, los cuales debieron materializarse de una forma visible y permanente en la comunidad (véase Matsumoto y Kelly, 2021; Vega, 2025a). Dada la centralidad de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw en los lados posteriores de las estelas 1 y 3 de Piedras Negras, coincido con Miller en que ella posiblemente comisionó y patrocinó su creación. Esto no sólo se infiere por la posición erguida y de frente de la reina de Namaan (Miller, 1992: 122-123), también por el contenido de las inscripciones jeroglíficas, que se enfocan en ella y, por tanto, en sus intereses personales y de grupo. Esto no debió ser exclusivo de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw. Quizá fue común que las antiguas consortes mayas realizaran actos de mecenazgo artístico como una forma de mostrar su poder, autoridad, agencia e influencia en la vida cultural de su ciudad, impulsando de esta forma el legado artístico de la corte (véase abajo).
Por otro lado, las representaciones de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw también nos pueden indicar algunas de las labores productivas de las esposas reales. A diferencia del arte monumental de otras civilizaciones, como la mesopotámica (véase Bahrani, 2001) y la egipcia (Tyldesley, 1998), en las que se resaltan las formas femeninas, en las representaciones de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw -y mayas en general- no hay indicios de características sexuales; como es habitual en las imágenes femeninas talladas en los monumentos, ella viste un atuendo que la cubre totalmente, desde el cuello hasta los tobillos (Proskouriakoff, 1961: 82; Joyce, 2000: 60-66).
Este atuendo está cargado de significado y es importante para entender el simbolismo del mensaje político y dinástico de las imágenes de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw. Dado que los vestidos delicadamente bordados fueron característicos de las mujeres representadas en el arte monumental, éstos exhiben no sólo los emblemas de realeza y poder político mediante su diseño y símbolos -un tema trabajado ampliamente en la historiografía (véase Joyce, 2000; Looper y Tolles, 2000; Clancy, 2009; García y Vázquez, 2011; Stone, 2011; Vidal y Parpal, 2023)-, también evidencian, a partir de su extraordinaria confección, la forma en que las antiguas consortes mayas se definían a sí mismas.
El bordado que vemos en los vestidos que luce ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw resalta sobre la superficie del tejido, y aunque esta imagen pudo ser sólo una estrategia seguida por los artífices mayas para mostrar la hermosura de las prendas, este bordado, que evoca el recamado (es decir, al bordado de realce), es muestra de la habilidad y creatividad de su hacedora, posiblemente la señora ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw. Así pues, considero que la representación detallada de los bordados en ambas estelas -un detalle que también se aprecia en algunos dinteles de Yaxchilán- aporta más evidencia a la propuesta de que esta consorte comisionó la creación de sus imágenes en ambos monumentos: una atención tan meticulosa en el acabado de las prendas pudo ser señalada por su creadora.
En muchas sociedades, el tejido, el hilado y el bordado han sido prerrogativas femeninas. Sin embargo, las tareas textiles no se han distribuido de manera equitativa entre las mujeres: ciertas labores con la aguja y su materia prima fueron divididas por estratos sociales. Entre los nahuas del altiplano mexicano, por ejemplo, las mujeres comunes (macehuales) se dedicaron a la confección de sencillas prendas de vestir y mantas rústicas, mientras que las mujeres de la élite (pillis) se dedicaron a la creación de tejidos de algodón y bordados (Evans, 2008). Miguel Pastrana (2014: 36) lo resume así: “la habilidad que las mujeres [nahuas] demostraran en [el hilado y el bordado] era equivalente al estatus que ocupaban en su sociedad, a mayor rango, mayores las expectativas de la calidad de sus labores”.
Esta división de las tareas y sus materias textiles no se restringe a Mesoamérica. En la Inglaterra victoriana, por ejemplo, también encontramos una diferencia en el estatus que se refleja en las labores de costura, pues las mujeres de las clases bajas no podían realizar ciertos bordados, como los característicos de los velos de novia, además, la calidad de sus costureros mostraba su estrato social (Lutz, 2017). Así, en muchas sociedades, el tejido y el hilado están directamente relacionados con el estatus femenino. La evidencia arqueológica señala algo similar para los mayas del Clásico, pues la gran mayoría de las agujas de hueso se han encontrado en contextos palaciegos, mientras que la materia prima de los tejidos era dividida por estratos sociales (véase McAnany y Plank, 2001: 95-96; Halperin, 2016; Baron, 2018).
Entre los mayas de la época clásica, el prestigio y la virtud femeninos se asociaron a su trabajo productivo, de tal suerte que ellas se definieron en términos de su producción textil. Esto se evidencia con los instrumentos de costura que se conservan en el corpus epigráfico, los cuales fueron elaborados en hueso; sus superficies presentan pequeñas inscripciones que las identifican como agujas para coser de las reinas (Houston y Stuart, 2001: 66; Beliaev, 2000: 125). Además de estos instrumentos de costura, la identidad de algunas mujeres de la élite se adquiría explícitamente con el título jalam, ‘tejedora’ (véase Grube, 2016).
Este título y las agujas con etiquetas de identificación reafirman la importancia que esta labor productiva tenía para las mujeres reales. Como tenemos documentado para los nahuas del Posclásico, las mujeres de la élite dedicaron gran parte de su tiempo a elaborar textiles suntuarios de atuendo como capas, huipiles y faldellines (véase Evans, 2008; Pastrana, 2014). Es probable que las mujeres mayas y nahuas también se dedicaran a elaborar tejidos diversos para regalos interdinásticos e intradinásticos, pues vivían en sociedades donde los presentes eran muy importantes en el entramado social y en las relaciones políticas.
Esta labor productiva de tejidos finos me lleva a proponer que las consortes, madres, hermanas e hijas de los gobernantes mayas, así como otras mujeres de la élite, se dedicaron a la confección de prendas de uso ritual. Me parece muy probable que las reinas más hábiles con la aguja, aquellas que lograban bordados en recamado, se dedicaran a elaborar los atuendos con los que eran vestidas las efigies divinas en los ritos de final de periodo, atuendos descritos como pik en los tableros del Templo de las Inscripciones de Palenque. De ser correcta esta propuesta, las prendas rituales elaboradas por las reinas podían considerarse como una ofrenda del rey y su familia a los dioses. Con el tiempo, estos tejidos quizá se convirtieron en tesoros y reliquias en sí mismos que evocaban las ofrendas de las dinastías gobernantes (Vega, 2025b).
ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, reina de Namaan
Las páginas anteriores han presentado a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw en su contexto particular, problematizando el concepto de sujeto histórico que podemos aplicar a las mujeres mayas. Sin obviar el carácter sesgado y fragmentario de las fuentes, mi análisis ha intentado reconstruir parte de la vida y actividades de las esposas reales.
Más que un relato completo y exhaustivo de la vida de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, las fuentes jeroglíficas y la obra plástica nos permiten reconstruir una vida individual con el propósito de estudiar una problemática histórica, el de la figura de la reina consorte entre los mayas, al abordar de forma específica la compleja relación entre sujeto y contexto, entre lo público y lo privado, lo personal y lo colectivo. La tendencia historiográfica de ver a los seres humanos como realidades históricas (véase Dosse, 2007; Burdiel y Foster, 2015) permite estudiar, en su contexto particular, la forma en que la sociedad maya representó a una mujer de la élite.
ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw ejemplifica, como pocas consortes mayas del Clásico, que la poligamia reconoce diferencias en el estatus de las diversas esposas (véase Martin, 2020: 181-182). Pero este rango es difícil de establecer, dado que las menciones y representaciones de las consortes, como he señalado, suelen ser productos post mortem y, generalmente, son fruto de los intereses políticos de sus hijos una vez alcanzado el trono, lo que explica las breves y estandarizadas menciones de las mujeres.
Esta es otra característica relevante de los textos de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw: las estelas 1 y 2 de Piedras Negras fueron erigidas durante el reinado de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II a principios del siglo VIII, es decir, fueron creadas cuando ella estaba viva. La contemporaneidad entre ella y sus obras no sólo permite entender la excepcionalidad de sus monumentos, sino que también ilustran la diferencia de estatus que existió entre las mujeres reales, una diferencia que era intencionalmente omitida por los gobernantes al mencionar -y a veces representar- póstumamente a sus madres en las inscripciones. Esta estrategia política fue común en el Clásico, como se ve en el caso específico de la señora ˀIx ˀUhuˀl Chan Leˀm en Yaxchilán, quien fue incorporada al arte público de esta ciudad del Usumacinta por su hijo Yaxuun B’ahlam IV, con el claro propósito de enaltecer sus orígenes dinásticos (Vega, 2024: 162-171).
El caso de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw podría indicarnos que, por lo menos en ciertas ciudades y en ciertos periodos, sólo una de las esposas del gobernante era representada en el arte monumental (Houston y Stuart, 2001: 66; Vega, 2024; 2025a y 2025b). Al respecto es interesante notar que ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw nunca fue referida en los textos de Piedras Negras como la esposa (ˀatan) de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, ese título, al parecer, fue exclusivo de la señora ˀIx ˀAjb’ik’iil. Quizá el relacionador yatan marcaba una jerarquía en el orden matrimonial más que una diferencia de estatus o poder político; sin embargo, más estudios sobre este término son necesarios para entender su uso y distribución en las inscripciones.
La figura de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw también nos permite indagar entre lo público y lo privado, superando en cierta medida la rígida separación entre ambas. Las estelas que la representan, su emplazamiento y orientación nos indican que la reina consorte sirvió como un instrumento para proyectar la autoridad del gobernante. En las sociedades monárquicas, para que el estatus real se proyecte de forma eficaz y pueda emplearse con fines políticos, es necesario establecerlo separando la vida y actividades de los gobernantes de la cotidianeidad de los gobernados (véase Burke, 2003). Esta separación, que pocas veces se señala en el estudio de la imagen pública del poder, se ilustra de forma excepcional en las representaciones de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw.
Como hemos visto, las imágenes de esta mujer no fueron del todo públicas, pues se encuentran en la parte posterior de las estelas y miran hacia el palacio. Esta colocación no sólo protegía a ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y a su hija de la mirada profana del público, también evocaba el espacio doméstico y privado habitado por ella. ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, por tanto, mediante su imagen y presencia, demarcó el poder político del gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II, al tiempo que sirvió como un vínculo entre la vida pública del gobierno y la vida privada de las consortes y demás mujeres del palacio. La permeabilidad entre ambos espacios en la construcción y proyección del poder real se ilustra con ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw; sus representaciones monumentales muestran, mejor que cualquier consorte del Clásico, la importancia que tenían las mujeres en la puesta en escena del poder en las antiguas ciudades mayas.
Esta relación entre arte, poder y agencia femenina en la creación de su propia imagen muestra la forma en que una reina consorte, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, incorporó al espacio público otra forma de estar y ser representada. Su figura demarcó el espacio privado al tiempo que lo vinculó con el ámbito público; de esta forma, su estudio nos proporciona un ejemplo más de que, en determinados momentos, la dicotomía entre lo público y lo privado es insuficiente como una herramienta de análisis en el estudio de las mujeres, sobre todo en sociedades teatro, en las que era necesario difuminar la separación entre ambos espacios.
Las estelas 1 y 3 y las conchas del Entierro 5 de Piedras Negras, por otro lado, pueden estudiarse no sólo como representaciones de acontecimientos anteriores (como la entronización y ritos del gobernante K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II), también pueden analizarse como un acontecimiento cultural en sí mismo, importante para la determinación de los acontecimientos que constituyen la materia de la que parte un estudio histórico de las mujeres mayas. Su creación a principios del siglo viii marca un hito en el estudio de las mujeres, dado que sus inscripciones permiten, según los cánones establecidos en los textos mayas, reconstruir la biografía femenina más completa que se haya producido hasta ese momento, la biografía de una mujer que no fue gobernante.
Al centrarnos en las representaciones visuales y textuales de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw podemos llamar la atención a otro tema importante, señalado al principio de este artículo: que cada mención y representación femenina debe tratarse como un hecho específico en un contexto particular. En Piedras Negras vemos esto en el funcionamiento de la diferencia y su articulación dentro del discurso político y dinástico, el cual no fue como el de otras ciudades.
Las imágenes que conservamos de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw contrastan notablemente con las representaciones femeninas de otros sitios, como las creadas en la vecina Yaxchilán dos décadas después. A diferencia de ˀIx K’ab’al Xook (representada en los dinteles 24, 25 y 26) y otras reinas consortes de Yaxchilán, como las señoras ˀIx Chak Xim (Dintel 14, Figura 7), ˀIx Wak Tuun (Dintel 15) e ˀIx Mut B’ahlam (Dintel 17), quienes fueron parte de la actividad político-religiosa que sustentó el gobierno, las representaciones de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw se ciñen al ideal de esposa y madre, alejada de los dolorosos rituales de autosacrificio que llevaron a cabo las reinas de Yaxchilán. Quizá el hecho de no realizar rituales y ofrendas de sangre -o por lo menos, el hecho de no registrarlos en las inscripciones- explique por qué ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw -y en general las mujeres en Piedras Negras- no porte títulos como ˀixkaloˀmteˀ, ‘emperatriz’, ˀixsajal, ‘gobernante provincial’ o ˀix ˀajk’uhuˀn, ‘veneradora’, tan comunes en las cláusulas nominales de las consortes de Yaxchilán y en otras ciudades. Esta diferencia entre las mujeres de Yaxchilán y las de Piedras Negras nos habla tanto de los procesos de formación de la identidad personal en el mundo antiguo, como de los escenarios en los cuales actuaron.
Las poderosas imágenes de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw como reina consorte han trascendido y perdurado de forma extraordinaria, y destacan el compromiso matrimonial, la vida conyugal y la política familiar de las antiguas casas reales, evidenciando el papel de las consortes y su interacción con el poder bajo el gobierno de un soberano masculino. Al analizar la naturaleza dinástica y familiar de las ciudades mayas podemos encontrar ciertas estructuras recurrentes, como la red de relaciones creadas por los matrimonios dinásticos y los patrones de sucesión, los cuales nos ayudan a comprender a las mujeres y la sociedad en que vivieron, al vislumbrar parte de los elementos de legitimación que, en algunos casos, se derivaron de las relaciones femeninas (Krochock, 2002; Martin, 2020: 173-195; Beliaev, 2024; Matsumoto, 2024).
Así como la señora Seis Cielo de Naranjo (ˀIx Wakchan Jalam Leˀm) dejó una imagen duradera del poder regio femenino, ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw nos proporciona la representación del ideal de una reina consorte maya del periodo Clásico: majestuosa, apacible y progenitora, una mujer que influyó en el espacio doméstico y la política de la corte de Piedras Negras durante el reinado de K’ihnich Yoˀnal ˀAhk II.
Conclusiones
Al principio de este artículo he señalado que muchas de las mujeres mayas cuyos nombres fueron registrados en las inscripciones no han llegado hasta nosotros como figuras históricas; es por esta razón, por ejemplo, que sabemos poco acerca de la señora ˀIx ˀAhkuˀl Patah, referida en las estelas 1 y 2 de Bonampak, Chiapas, y casi nada de ˀIx ˀAhiin K’uk’, mencionada y representada en la Estela 40 de Tikal, Guatemala.
Analizar la figura de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw y, por extensión, el de las esposas reales, no podría ser más apropiado para la sociedad maya del Clásico, pues a través de ellas es posible analizar una parte de la dinámica de las antiguas cortes y estudiar, desde otra perspectiva, el poder político. Dada la naturaleza personalizada del poder maya en el Clásico, hemos visto que las consortes fueron parte central del mantenimiento del Estado.
Por medio de las inscripciones de las estelas 1, 3 y 8 de Piedras Negras, así como por el texto de las placas de concha del Entierro 5, podemos suponer que algunas mujeres (por lo menos en esta ciudad) contrajeron matrimonio a una edad muy temprana, a los 12 años; y que como parte de su ceremonia nupcial realizaron rituales que les confirieron un nuevo estatus y, en algunas ocasiones, quizá implicaron la adquisición de un nombre real. De igual forma, también puedo proponer, dado el patrón de residencia patrilocal que imperó en el Área Maya, que muchas de las jóvenes dejaron sus hogares para trasladarse al de su familia conyugal a una edad muy temprana, y que posiblemente fueron instruidas en su nuevo papel por las madres y esposas de los gobernantes.
He considerado, también, que dada la juventud de las novias y el tiempo que tardaron en parir, la vida matrimonial en sí misma debió iniciarse algunos años después del matrimonio o de la llegada de la prometida a su nuevo hogar. Una vez iniciada, la vida de las consortes se enfocó en producir herederos que garantizaran la continuidad de la dinastía, como muestran los registros de ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw.
También he llamado la atención en la participación que las consortes reales pudieron tener en la creación de sus imágenes públicas, la cual debió ser importante y más común de lo que hasta ahora se ha asumido. No menos significativo es el hecho de que ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw, como otras esposas mayas, sirvió como un instrumento para proyectar la autoridad del gobernante, pues su figura ilustra cuán necesarias eran las consortes en la escenificación del ejercicio del poder en las antiguas casas reales.
El estudio de las consortes mayas está empezando y aún nos falta indagar en muchos aspectos relacionados con ellas, tales como su vida en la corte y la forma en que se relacionaban con otras mujeres, y se debe profundizar aún más en sus roles productivos. ˀIx Winaakhaab’ ˀAjaw es uno de los ejemplos más visibles de una mujer real del Clásico maya. Un papel similar al desempeñado por ella, menos manifiesto y prominente, debió ser realizado por muchas otras consortes mayas, aunque sus nombres no hayan sobrevivido en los monumentos y aún no sean conocidas por los especialistas.










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