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Estudios de historia novohispana

versión On-line ISSN 2448-6922versión impresa ISSN 0185-2523

Estud. hist. novohisp  no.75 Ciudad de México jul./dic. 2026  Epub 09-Oct-2026

https://doi.org/10.22201/iih.24486922e.2026.75.77991 

Reseñas

Hospitalidad, religión y poder. Los betlemitas, primera orden religiosa de las Indias occidentales, 1655-1703

Antonio Rubial García* 
http://orcid.org/0000-0002-9370-508X

* Universidad Nacional Autónoma de México (México) Facultad de Filosofía y Letras abrugarcia49@gmail.com

Moncayo Ramírez, Jonatan. Hospitalidad, religión y poder. Los betlemitas, primera orden religiosa de las Indias occidentales, 1655-1703. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México: Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías, Ediciones del Lirio, 2024. 514 págsp.


Desde los siglos medievales, la Iglesia y sus instituciones estuvieron presentes en todos los ámbitos europeos y, en América, a partir de su conquista y colonización, se impusieron como parte de la territorialización monárquica hispanolusitana. Con sus templos, conventos, hospitales y fiestas, las organizaciones cristianas se apropiaron del espacio y del tiempo. Esa manifestación, visible y tangible, afianzó la representación institucional y, en América, dio a la Iglesia una presencia que no tenía ningún otro aparato de gobierno virreinal. En la base de esas instituciones se encontraba una serie de creencias y valores que modelaban sentimientos y generaban controles e identidades. De tal modo que esos mundos invisibles transformaban la economía e influían en la sociedad y la política, pero, a su vez, se veían af ectados por ellas, en un constante movimiento circular.

El libro de Jonatan Moncayo, Hospitalidad, religión y poder, está inscrito dentro de esas instituciones eclesiásticas dedicadas a la hospitalidad y a la caridad, y profundiza en la importancia que tuvieron las creencias y los valores en su creación y consolidación. El libro está dividido en cuatro secciones. En la primera, se trata la pobreza y la caridad, virtudes inscritas en el orden monárquico sin cuyos discursos resulta imposible entender la razón de ser de los hospitales. Para hacer frente a la paradoja que nacía de confrontar las frases evangélicas sobre el ideal del desprendimiento absoluto y la inserción de la Iglesia en los ámbitos del poder y la riqueza, surgió la necesidad de definir la caridad en términos familiares. La sociedad cristiana fue vista, así, como una hermandad unida por el amor, donde los ricos eran considerados administradores de los bienes de Dios y los pobres, semejantes a “otros Cristos”, receptores de limosnas y cuidados. La monarquía católica, modelo de caridad ejemplificada en la vida de los reyes y las reinas santos, convertía a la caridad en un instrumento de prestigio para los ricos y los poderosos, y colocaba a los pobres en una situación de dependencia y sujeción.

Con las herejías anarquistas, que veían en la riqueza y el poder una traición al evangelio primitivo, y el cuestionamiento luterano sobre la necesidad de las obras para la salvación (señalando que ésta sólo se conseguía mediante la fe), la Iglesia católica se vio forzada a redefinir su posición frente a la pobreza y la caridad. Surgieron así cuestionamientos sobre quiénes eran los verdaderos pobres, para distinguirlos de los pícaros, y se discutieron las causas de la pobreza (epidemias, hambrunas y guerras) y las posibles soluciones para paliar sus efectos. La hospitalidad y las instituciones dedicadas a ella formaron parte de esas nuevas estrategias y discursos. Así, el Concilio de Trento, al redefinir el papel central de los obispos en la administración de los bienes destinados a los pobres, les confirió el papel de fundadores, promotores y autoridades sobre los hospitales y las cofradías, hermandades y congregaciones dedicadas al cuidado de los enfermos y a su atención espiritual.

Este tema institucional es tratado en el capítulo dos de esta primera sección, cuyo contenido se inscribe en las condiciones que impulsaron la labor hospitalaria tanto en Europa como en América. Con el crecimiento urbano en ambos continentes, aumentaron también las necesidades de tipo hospitalario para atender a una población miserable y acosada por las epidemias. Desde su llegada a América, las órdenes mendicantes y los obispos se habían hecho cargo de fundar hospitales entre los indios, aunque muy pronto su atención pasó al cuidado de las mismas organizaciones comunales. En cambio, en las ciudades, varias fueron las instancias ocupadas en estos menesteres: Cortés y sus descendientes se hicieron cargo del Hospital de Jesús para españoles pobres; el obispo Zumárraga fundó un establecimiento para atender enfermedades venéreas, y los franciscanos atendieron en los primeros tiempos el hospital de indios. Algo parecido sucedió en las ciudades de provincia, donde las autoridades episcopales y los vecinos poderosos se hicieron cargo de ellos.

Para la segunda mitad del siglo XVI, tanto la población como las necesidades hospitalarias se habían multiplicado, por lo que se abrieron nuevos establecimientos: Bernardino Álvarez creó en la capital el primer hospital para enfermos mentales, anexo a la ermita de san Hipólito, en donde se fundó también la congregación de los Hermanos de la Caridad para su cuidado.1 También en la ciudad de México, el médico Pedro López reabrió el derruido hospital para leprosos de San Lázaro y fundó el de la Epifanía para la creciente población mestiza y afrodescendiente. En 1604, este establecimiento, bajo el nombre de Nuestra Señora de los Desamparados, fue entregado al cuidado de la orden de San Juan de Dios, recién llegada a La Habana el año anterior y que, con base en los tres votos de las órdenes mendicantes, añadió un cuarto de hospitalidad. Esta corporación llegó a tener más de 30 hospitales sólo en la América septentrional y en Filipinas. Otro ejemplo de esta labor fue la congregación del Divino Salvador, promovida por los jesuitas, que administró un hospital para mujeres dementes en la capital. Haciendo uso de una extensa bibliografía sobre el tema, el libro de Moncayo da cuenta de todas estas fundaciones, cuyo estudio pionero se debió a la pluma de Josefina Muriel.2 Esta temática ha producido una abundante historiografía.3

En la segunda sección del libro se introduce ya el tema de la fundación de la orden hospitalaria de los betlemitas y se habla de su fundador, el seglar y terciario franciscano Pedro de San José Betancur, cuya vida, virtudes y acciones fueron descritas por varios de sus contemporáneos, como el jesuita Manuel Lobo y el franciscano Francisco Vázquez de Herrera. En 1683 salió impresa en Roma la obra de Francisco Antonio Montalvo, publicada con la finalidad de abrir un proceso de beatificación a Betancur ante la Sagrada Congregación de Ritos. Dichas obras describen acciones virtuosas y milagrosas y, siguiendo el modelo hagiográfico medieval, en ellas se tratan las dificultades que tuvo Betancur para fundar el hospital matriz en la ciudad de Santiago de Guatemala y el apoyo que recibió de su obispo, fray Payo Enríquez de Ribera. Moncayo contextualiza toda esta literatura a partir de las necesidades de la fundación y la expansión de la orden, y resalta su carácter propagandístico y el importante papel representacional que tuvo la hagiografía del fundador en el origen de los betlemitas.

La indudable figura simbólica de Pedro de San José Betancur fue impulsada por otro personaje clave en la expansión y la consolidación de estos hospitalarios como una orden religiosa: Rodrigo Arias Maldonado, quien profesó con el apelativo de la Cruz. Moncayo dedica a su labor las dos últimas secciones del libro. Fray Rodrigo había sido soldado, gobernador y capitán general de Costa Rica, y, después de varios reveses de fortuna, profesó en Guatemala como betlemita, donde se convirtió en el principal organizador y promotor de la orden, para lo cual fue esencial su experiencia como exfuncionario virreinal. Jonatan Moncayo aporta en su libro una novedosa información sobre este personaje, que, junto con el obispo de Guatemala fray Payo Enríquez de Ribera, impulsó la fundación de la nueva congregación en 1668, enfrentando la oposición de los franciscanos guatemaltecos, que veían con malos ojos que varios de los hermanos terciarios bajo su cuidado comenzaran a formar una nueva orden religiosa desgajada de la familia seráfica. Acá la figura simbólica del fundador Betancur jugó un papel central en la construcción de la nueva identidad, por lo que sus imágenes, vestidas con el hábito pardo de la nueva congregación, y el proceso de beatificación iniciado ante la Sagrada Congregación de Ritos en Roma se volvieron temas prioritarios. Al igual que todos los institutos religiosos, la orden tenía la necesidad urgente de ver a su fundador en los altares. Esta esperanza se vio frustrada, a pesar de las expectativas que se generaron con la canonización del gran padre de los hospitalarios, san Juan de Dios, en 1690.

Fue también fray Rodrigo de la Cruz quien redactó las primeras constituciones de la orden, consiguió una real cédula para recolectar limosnas en todo el imperio e impulsó la primera expansión de la orden hacia el Perú, apoyado por las autoridades virreinales, los obispos y los cabildos catedralicios. El mismo fray Rodrigo dirigió la fundación betlemita en Lima, y tuvo que enfrentar situaciones muy precarias y solucionar las adversidades con un viaje a la corte de Madrid, donde se vivía un momento de transición con el final de la regencia de la reina Mariana y el cercano cumplimiento de la mayoría de edad de Carlos II.

Con el crecimiento de la orden se presentaban nuevos retos, pero también nuevos apoyos, como el de la culta y dadivosa duquesa de Aveiro, noble portuguesa radicada en Madrid, gran promotora de las misiones jesuitas y de importantes obras de caridad. Además de la ayuda económica, la gran influencia que la duquesa tenía en la corte madrileña abrió a fray Rodrigo las puertas para que su proyecto tuviera la aceptación de la reina Mariana de Austria. Con este aval, el religioso partió a Roma para conseguir la aprobación pontificia para la fundación de la congregación, que obtuvo en 1674; tema que sirve al autor para describir la situación internacional y las dificultades que tuvieron los betlemitas para funcionar como una orden religiosa en esos difíciles años. A su regreso a América, fray Rodrigo se hizo cargo de la erección de otros cinco hospitales en el virreinato del Perú, donde recibió el apoyo incondicional de los virreyes. A pesar de ello, varias fundaciones se vieron frustradas por falta de fondos. En este virreinato, la orden hospitalaria de San Juan de Dios vivía un proceso de estancamiento que fue aprovechado por los betlemitas. Allí, éstos no sólo atendieron a los convalecientes, pues, al hacerse cargo de hospitales abandonados, tuvieron que ampliar su proyecto hacia todo tipo de enfermos. Moncayo dedica un apartado a comparar a los betlemitas con la otra gran orden hospitalaria, la de los juaninos, como punto de referencia.

Un nuevo viaje de fray Rodrigo a Madrid, para buscar apoyos para su instituto y como procurador general de la orden, tuvo como finalidad intentar la centralización, para lo cual solicitó que fuera nombrado un hermano mayor como cabeza de todos los hospitales fundados en América. Éste era un paso previo para convertir a la congregación en orden religiosa, pero este proyecto contravenía la percepción que tenía la monarquía de lo que debía ser la labor hospitalaria, sujeta al rey y formada por congregantes con votos simples. Camino a Madrid, fray Rodrigo visitó la Nueva España, donde ya se habían realizado varias fundaciones en las ciudades de México, Puebla y Oaxaca, en las cuales el polémico y conciliador arzobispo-virrey fray Payo Enríquez de Ribera tuvo un importante papel. Con su apoyo, en 1675, los betlemitas abrieron en la capital virreinal un noviciado y casa de estudios y, anexa al hospital, una escuela de primeras letras. Por ello, Moncayo dedica varias páginas a hacer su semblanza y la de su labor para impulsar fundaciones en otros obispados, como el de Guadalajara, dirigido por Juan de Santiago y León Garabito. En Puebla, los betlemitas recibieron el apoyo del obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, y en Oaxaca, después de un conflicto de jurisdicciones con el hospital matriz de Guatemala, la fundación recibió la ayuda del obispo Isidro Sariñana.

Fray Rodrigo ya había concertado voluntades de obispos y virreyes, de los cabildos civiles y eclesiásticos y de la nobleza de cada región. Había viajado dos veces a Madrid y a Roma para conseguir el aval de los pontífices y de la monarquía. Durante su segundo viaje a la Ciudad Eterna se enfrentó a una férrea oposición a su proyecto por parte del embajador español (avalado por el Consejo de Indias), pues la monarquía hispánica consideraba que su proyecto no estaba lo bastante sujeto a las autoridades virreinales. Para adecuarse a la propuesta regia, fray Rodrigo reformó las constituciones para que las cabezas de la orden en México, Lima y Guatemala estuvieran bajo las órdenes del real patronato. Al año siguiente, fray Rodrigo consiguió el permiso del Consejo de Indias, pero la nueva redacción no pareció adecuada para los cardenales de la junta nombrada por el papa, y el permiso pontificio otra vez se retrasó. Después de años de negociaciones, fray Rodrigo fue finalmente electo prefecto general de la congregación por seis años. En 1687, el papado dio a los betlemitas el carácter de orden religiosa y la puso bajo la regla de san Agustín. En 1696, la Corona española sujetó a su protección a todos los hospitales de la orden, limitó a sus miembros para recibir la ordenación sacerdotal y les prohibió poseer bienes raíces y rentas, aunque se comprometió a sostenerlos con limosnas. Sin embargo, las dificultades financieras obligaron al rey a concederles el permiso de hacerse de rentas y bienes, y el patronato regio quedó como un atributo honorífico.4

A su regreso triunfal a América, fray Rodrigo pasó por las ciudades de México, Guatemala y Lima, y organizó la congregación general de la orden que se reuniría en 1703. Con ello, se reforzaría el instituto con una cabeza vitalicia que nombraría a los prefectos en las tres provincias donde la orden se había extendido. Al mismo tiempo, se proyectaba una labor hospitalaria que abarcaría no sólo a los convalecientes, hombres y mujeres, sino también a los peregrinos, que daría de comer a los pobres y educaría en las primeras letras a los niños. Para su sostenimiento, se nombrarían limosneros que recorrerían los territorios y se conseguirían aportaciones de los ricos y de los obispos. En 1711, la orden tenía seis hospitales en Nueva España y diez en el virreinato del Perú. Unos años atrás, en 1707, se había dado una escisión de los novohispanos, que no estaban conformes con el trato preferencial que recibían los peruanos. Fray Rodrigo de la Cruz se trasladó a la ciudad de México para solucionar el problema y murió ahí en 1716. En este contexto saldrían impresas nuevas publicaciones, como la Historia bethlehemitica de José García de la Concepción, editada en Sevilla en 1723, que tenía por finalidad mostrar la concordia que había en la orden después de los sucesos que llevaron a la escisión novohispana.

El libro de Jonatan Moncayo muestra que, frente a la importancia de los estudios regionales, no debemos perder la perspectiva global. Este trabajo tiene en cuenta a una orden religiosa que tuvo fuerte presencia en ambos virreinatos americanos y cuyo avance y consolidación dependieron de las circunstancias políticas que confrontaban a la monarquía hispánica con el papado por los temas relacionados con el Regio Patronato Indiano. Esta visión imperial permite al autor hacer referencias cruzadas a la situación internacional y describir cómo afectó a la evolución de una orden religiosa. Este libro es el perfecto ejemplo del hecho de que toda historia social y política está fuertemente vinculada con la historia cultural. Las creencias y los valores generan prácticas y rituales que se desarrollan dentro de marcos institucionales y que, a su vez, producen vínculos de colaboración, dependencia, sujeción y control.

Referencias

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Publicado: 29 de Junio de 2026

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