Introducción
El propósito de este texto es el estudio de los censos modernos españoles dentro del contexto ideológico de racionalización de la autoridad a finales del siglo XVIII y principios del XIX. La metodología que guía la investigación consiste en el análisis desde las causas últimas de un fenómeno hasta las próximas. Se entiende causa como una condición necesaria pero no suficiente para que ocurra un fenómeno. Las próximas son las causas inmediatas de un suceso, mientras que las últimas son producto de una historia y han sido incorporadas al sistema después de varias generaciones. Este acercamiento es conveniente para la indagación de procesos históricos en los que no existen fenómenos absolutos, sino que todo está ligado al espacio y al tiempo.1 Para los límites de este trabajo, comprenderé como causa última al contexto ideológico del panorama político reformista trasladado a Indias por Carlos III y continuado por sus sucesores dentro del marco weberiano del desencanto del mundo.2 En contraste, califico como causas próximas a las acciones emprendidas por el intendente-gobernador de Yucatán, Benito Pérez (1800-1811), y la primera Diputación Provincial (1813-1814) al realizar los censos de 1809 y 1813.
El concepto de desencanto del mundo, en alemán Entzauberung, se refiere a la eliminación de los poderes místicos de la naturaleza del horizonte de lo posible. Al acuñarlo, el sociólogo Max Weber creía que el proceso de intelectualización, racionalización y burocratización, acelerado en la Ilustración, llevaría a la eliminación de las fuerzas espirituales.3
El desencanto no radica en el alcance del conocimiento, sino en una confiada actitud ante el mundo.
El creciente proceso de intelectualización y racionalización no implica un mayor entendimiento de las condiciones en las que vivimos. Significa algo bastante diferente. Es el conocimiento, o mejor dicho, la convicción, de que si tan sólo lo deseáramos, podríamos entenderlo. Significa que, en principio, no nos rigen fuerzas impredecibles y misteriosas, sino, por el contrario, podríamos controlar cualquier cosa con suficientes cálculos. Esto significa el desencanto del mundo.4
Weber llamó a estudiar la relación entre el proceso descrito y el desarrollo del empirismo científico y filosófico, el humanismo racionalista y la organización del Estado moderno.5 A más de un siglo, sus postulados generales siguen siendo útiles para entender estos procesos, en especial en lo relativo a la creciente legitimidad del Estado como autoridad racional en vez de tradicional. La autoridad racional empezó a desempeñar un mayor rol en la legitimidad del Estado durante la Ilustración y se jactaba de su eficiencia en la resolución de problemas, por las vías más rápidas y económicas. Se distanciaba con respecto a la ineficiencia supuesta en la autoridad tradicional, que se legitimaba en el vínculo con el pasado y que habría sido el tipo de autoridad dominante durante el Antiguo Régimen, la cual no dejó de desempeñar nunca un papel importante en la legitimización del régimen borbónico durante el periodo de estudio de este artículo. A pesar de este matiz, según el modelo ideal weberiano, en el Estado moderno, fundamentado en la autoridad racional, las relaciones de dominio serían impersonales y se darían por conducto de la burocracia y el mercado.6
Las llamadas Reformas Borbónicas fueron parte de este proceso de transformación de la conciencia occidental. La división administrativa del territorio en intendencias que edificó a la Real Hacienda como una estructura clara y distinta del gobierno,7 el avance de los militares en el andamiaje del poder,8 la supresión del fuero eclesiástico en perjuicio del prestigio social de la iglesia,9 la pérdida de honorabilidad de los cargos reales, empezando por el de un virrey desprovisto de sus facultades hacendísticas,10 fueron expresiones de este proceso de transformación social. El rey centralizaba el poder en medio de la irónica realidad de crear un Estado crecientemente racionalista y despersonalizado. No es de extrañar que el proceso del despotismo ilustrado desembocara estrepitosamente en violentas revoluciones que buscaron subsumir al rey bajo el mismísimo aparato estatal que pretendía gobernar. Los censos que aquí estudiamos fueron parte integral de este proceso.
He dividido el ensayo en cinco secciones. En la primera, presento el marco teórico de los censos modernos. En la segunda, discuto los programas estadísticos en competencia durante el siglo XVIII y su convergencia a principios del XIX.11 En la tercera, abordo el problema de la matematización del conocimiento a lo largo de la modernidad temprana y su impacto en la visión de los intendentes y gobernadores Benito Pérez Valdelomar y Manuel Artazo; también, discuto por qué no es correcto suponer que las Reales Ordenanzas de intendentes de la Nueva España mandaron a hacer censos en el sentido moderno. Los siguientes dos apartados, los dedico a aterrizar las abstracciones anteriores a la problemática yucateca.
Los censos modernos de Yucatán durante el dominio español
Los censos coloniales han resultado una herramienta importante para el estudio de la demografía de las últimas décadas del dominio español. No obstante, aún falta abordar estos testimonios en la historiografía desde la perspectiva de la Historia de la Ciencia. Un trabajo pionero fue realizado por Eduardo García España. Su análisis sobre los censos castellanos de los siglos XVI a XVIII le ha permitido discernir dos categorías. En primer lugar, distinguió los censos primitivos que inician con el censo de los pecheros en 1528 y, en segundo lugar, los censos modernos que se remontan al censo de Aranda de 1768.12 Esta tipología nos servirá para comprender los censos modernos de la monarquía española y de Yucatán.
Según García, los censos primitivos se caracterizaban por estar hechos con un propósito fijo. Comúnmente, mejorar la recaudación fiscal. Por lo anterior, este tipo de padrones no fueron exhaustivos: no se preocupaban por contar a la totalidad de la población. Con frecuencia se omitían a los estados nobiliario y eclesiástico, pues no pagaban impuestos ordinarios. Además, como la unidad tributaria era la familia, los censos primitivos contaban cabezas familiares y no individuos.13 Como reflexionó Karina Mora, donde no hay concepción de igualdad entre individuos, no se valora su homogeneización numérica.14 Hasta 1789, los censos que se conocen para Yucatán encajan en la categoría de primitivos. Cook y Borah15 han hecho un estudio exhaustivo de estos documentos como fuentes en su investigación sobre la evolución histórica de la población peninsular. Usaron documentos como relaciones geográficas, historias generales, memorias, entre otros. Pero fueron las matrículas tributarias y las listas de confesantes las que más sustentan sus conclusiones. En este contexto, las variables definiciones de lo que era un tributario o un confesante, imponían restricciones para contar.16 En Yucatán, por ejemplo, negros y mulatos dejaron de pagar tributo en la segunda mitad del siglo XVII.17 Pero el propósito de este artículo no es discutir el reto de usar estos documentos como testimonios, sino comprenderlos dentro de un proceso mayor de desarrollo intelectual en Occidente.
Ciñéndonos a los criterios de García España, la principal característica del censo moderno es que su propósito es abstracto y amplio: averiguar la cantidad, calidad y distribución de los habitantes de un reino. Debían servir a la toma de decisiones del gobierno en un extenso sentido. Esto se estipuló desde el mandato del censo de 1768: su motivo era dar a conocer “la verdadera población de la monarquía” puesto que con su “ignorancia” se tomaban “muchas providencias desiguales con peligro de tercero”.18 A este criterio lo llamaremos gnoseológico. Seguía la promesa por parte del ministro real de que el censo no se usaría “para imponer gravamen alguno”. Es decir, no se levantarían padrones con nombre ni apellido. La población estaba acostumbrada a que el censo era una actividad estrictamente fiscal, así que difícilmente creería esta promesa. Por lo cual, el presidente del Consejo de Castilla19 estableció que sería desarrollado bajo el criterio de sigilo o anonimato. La necesidad de ser útil para una diversidad de circunstancias futuras obligaba al documento a ser lo más exhaustivo posible. Esto implicó contar a toda la población, sin distinción de sexo, clase, estamento o etnicidad. En lugar de enumerar cabezas de familia, los censos modernos contaban personas: criterio de individualidad.20 Estos criterios, identificados por García España como el gnoseológico, el de sigilo, el exhaustivo y el individual, son fundamentales en la definición del censo moderno.
Se demostrará que la evolución de los censos yucatecos sigue un patrón semejante al de la metrópoli, si bien con peculiaridades. En efecto, el primer censo moderno de Yucatán fue mandado a hacer por el gobernador e intendente Lucas de Gálvez en 1789. Formó parte del proyecto emprendido en toda Nueva España por el virrey Revillagigedo II. Ha sido editado y comentado por José Rubio Mañé, quien también trascribió el censo de 1794 encargado por el sucesor de Gálvez, Arturo O’Neil.21 Éstos cumplieron con los criterios de exhaustividad, individualidad, gnoseológico y, quizá, el de sigilo, pero esta última afirmación la problematizaré más adelante.
Existieron, además, tres intentos censales en las últimas dos décadas de la dominación española en Yucatán. El primero fue el de Benito Pérez (1809-1811), conservado parcialmente en el Archivo General del Estado de Yucatán.22 Pasó desapercibido por la historiografía del siglo XX, hasta que fue clasificado a principios de la presente centuria. Desde entonces, varios investigadores lo han utilizado como fuente, y destaca en este campo el ejercicio crítico de Alicia Contreras en su estudio sobre la economía natural.23 El censo de 1813, ordenado por la primera Diputación Provincial, se ha perdido por completo y apenas nos ha llegado de él un resumen parco en un manuscrito, por lo demás bien hecho, realizado por José Calzadilla, Policarpo Echanove, Pedro Bolio y José Zuaznavar en 181424 que discutiré más adelante. Finalmente, la segunda Diputación Provincial hizo otro en 1821, parcialmente conservado, que ha sido publicado por Salvador Rodríguez Loza con un estudio preiminar.25 Éstos fueron los cinco censos modernos realizados por la administración española de Yucatán.26 Veremos que todos surgieron del contexto ideológico de su tiempo.
Dos proyectos estadísticos a finales del siglo XVIII
Según el historiador Yuval Harari, a los miembros de una civilización no sólo los unen las cosas con las que están de acuerdo, sino, quizá más, los conflictos y dilemas que los enfrentan entre sí.27 En esta lógica, ser ilustrado no significaba estar de acuerdo en un gobierno liberal o absolutista, sino discutir esa disyuntiva.28 Esta contradicción puede encontrarse en la dinastía borbónica, que pretendía racionalizar la administración pública y al mismo tiempo fundamentar su derecho a gobernar gracias a su origen divino.29 De la misma manera, en lo concerniente al conocimiento de lo social con fines de gobierno, podríamos distinguir, siguiendo la investigación de Alain Desrosières,30 dos escuelas divergentes de la estadística durante el siglo XVIII: la síntesis matemática y la absolutidad narrativa.
Como bien ha señalado Stephen Stigler, la historia de la estadística no es, antes del siglo XX, la de una disciplina, sino la de cómo ésta se formó a partir del desarrollo de distintos campos.31A lo largo de la edad moderna, la ciencia ha ido ganando un espacio de autonomía conceptual e institucional, por medio de la construcción de su propio lenguaje, amparado, por lo común, en las matemáticas. Con el tiempo, la Filosofía Natural reclamó la centralidad en el dominio del saber acaparado por la Teología.32 De esta manera, la consolidación del saber científico contribuyó, también, al proceso de desencanto del mundo. La estadística jugó un papel trascendental en este proceso. Esta actividad, con sus exigencias administrativas de recolección de información y organización de la sociedad, ligadas a la construcción, unificación y administración, se encuentra entre el universo de la ciencia y del Estado moderno.33
La vía absoluto-narrativa se expresó en la ambición de reducir a un producto literario el conjunto de una comunidad humana. Este proyecto debía contemplar los climas, los recursos naturales, la organización económica, la población, el derecho, las costumbres, el sistema político y expresarse narrativamente. Ponía a disposición del príncipe y sus funcionarios una organización de saberes dentro de un espacio aristotélico.34 El sobrenombre estadística se heredó de esta tradición. Fue así como empezó a utilizarse en Italia, Francia, Holanda y Alemania durante el Renacimiento.35 En España, observamos su influjo cuando Felipe II mandó a hacer relaciones geográficas de sus dominios en Indias,36 que en el caso de Yucatán se han publicado por Mercedes de la Garza.37 Esta tradición fue apercibida y expuesta en la forma de un programa concreto de investigación empírica por Francis Bacon (1561-1626).38 En el siglo XVIII, la vía absoluto-narrativa encontró en Alemania su centro de vanguardia.39
El programa absoluto-narrativo compitió con el de la síntesis matemática. Los orígenes de esta tradición han sido rastreados por Joseph Schumpeter hasta los tiempos clásicos, pero una digresión en este respecto nos alejaría de los límites de este ensayo. Vale la pena enfatizar que desde el siglo xiii empieza a cobrar brío en Europa la literatura de la mercaduría, libros con fines prácticos escritos por comerciantes para los de su clase. Italia fue un campo fértil para este tipo de literatura hasta el siglo XVI. En la centuria siguiente, el epicentro se trasladó a Inglaterra.40 William Letwin ha escrito a profundidad sobre la vida y la obra de dos autores icónicos de esta tradición del siglo XVII como fueron Joisah Child y Nicholas Barbon.41
Este matiz es necesario para valorar mejor las continuidades y las rupturas que se observarán en el periodo siguiente.
A mediados del siglo XVII se transformó esta tradición, conforme aumentaron los esfuerzos por incorporar el análisis matemático al estudio de las cuestiones políticas y sociales. Es comúnmente reputado que el primer ejercicio de fuerte carga matemática fueron las observaciones de John Graunt (1620-1674) a partir de las actas de bautizos, matrimonios y defunciones de Londres en 1662.42 Dio origen a tres tipos de programas de investigación: el cálculo de expectativas de vida, el estudio de las razones estadísticas y, relevante para nosotros, la reflexión política por métodos matemáticos.43 La principal figura de este movimiento fue el inglés William Petty (1623-1687). De procedencia humilde, tras una primera carrera frustrada en la marina, fue aceptado en la escuela jesuita de Caen. Parece ser que ahí se vinculó con el grupo intelectual coordinado por Mersenne, importante pensador de la primera mitad del siglo XVII que abogó por la incorporación de las matemáticas a la filosofía. A estas sesiones acudían pensadores de la talla de Hobbes y Descartes. En 1646 regresó a Inglaterra, en donde se unió al llamado “Invisible Collage”, con varios de los que serían los fundadores de la Royal Society. Su Political Aritmhetic (1671) tenía el propósito de demostrar, mediante números, el buen estado del comercio inglés. Una gran debilidad de su obra fue que, al carecer de mediciones sobre las cuestiones que debatía, se vio en la necesidad de conjeturar valores numéricos. Esto no fue pasado por alto por sus contemporáneos,44 ni siquiera por Davenant (1698) el más famoso de sus discípulos.45
Desde principios del siglo XVIII y hasta 1740, se consolidó en Inglaterra la tradición del estudio de la riqueza de las naciones. En el resto de Europa, el auge empezó en el segundo cuarto de la centuria de la mano de autores como Vicent Gournay (1712-1759), cabeza de un nutrido grupo de académicos franceses, cuyas obras fueron estudiadas y difundidas en España por Enrique Graef en su diario Discursos mercuriales (1712-1756) gracias al patrocinio del entonces ministro de hacienda, marqués de Ensenada.46 Otro influyente pensador fue Jean-François Melon (1675-1735), autor de la primera obra de la literatura de Europa continental sobre el cuantitivismo británico, que Ventura de Argumosa (1711-1774) tradujo en 1743. Ventura servía entonces a Felipe V, quien le había encomendado estudiar las fábricas y el comercio de Flandes, Francia y Alemania. Vale la pena destacar la traducción que hizo Nicolás de Arriquibar, ilustre miembro de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, de la obra de Davenant, publicada en el diario Recreación Política en 1779. Fue gracias a este tipo de esfuerzos que la síntesis matemática empezó a llamar la atención de los ilustrados españoles.47
Desde mediados del siglo XVIII, las ideas de estos savants mediaron el pensamiento de los gobernantes de la monarquía sobre la manera en que la metrópoli debería relacionarse con sus territorios ultramarinos. Petty pensó que las colonias empobrecían, a lo que Melon respondió asegurando que existían en realidad dos tipos de colonias: las factorías y las de población. Sólo las segundas eran negativas.48 “No es mi ánimo defender”, escribió Ventura, “que el día de hoy no nos convengan las Indias, si sólo de insinuar los daños que hasta aquí nos han causado, y hacer ver el modo más conveniente de gobernar las colonias, sin que nos perjudiquen, ni nos sean gravosas”.49 Este pensamiento daba ánimos a los llamados para reformar la relación de España con las Indias.
Para no prolongarnos, concluiré este apartado mencionando que fue en Francia donde la herencia alemana de la estadística se encontró con la tradición británica de la “aritmética política”. Desde 1795, se organizaron los estudios globales sobre los nuevos departamentos en que se dividió el territorio nacional. Tras el 18 brumario, se fundó el Bureau de statistique de la Republique, dirigido primeramente por Jaques Peuchet (1751-1830), afín al programa absoluto-narrativo. Sin embargo, sería reemplazado en 1805 por Emmanuel-Étienne Duvillard (1755-1832), de orientación sintético-matemática, quien empezaría la publicación de estadísticas cuantitativas regulares entre 1806 y 1815. Es decir, el sentido actual del mote estadística es fruto directo de las políticas emprendidas en Francia por los regímenes emanados de la Revolución.50 Este contexto inspiró a los constitucionalistas gaditanos a proponer la fundación de comisiones estadísticas en las diputaciones provinciales con consecuencias claras en Yucatán, como veremos.
Las matemáticas, la exactitud y la forma de gobierno de Benito Pérez y Manuel Artazo
Los censos españoles modernos deben ser entendidos como parte de un amplio proceso de desencanto del mundo que implicó su racionalización, mecanización y matematización. Es comúnmente aceptado que el cisma religioso del siglo XVI y las consecuentes guerras entre cristianos llevaron a una crisis del aparato conceptual europeo.51 Lo cual estimuló la exploración de nuevos estándares argumentativos para buscar conocimiento en un mapa fragmentado políticamente en donde ningún monarca podía imponer “su verdad”.52 Algunas iniciativas fueron infértiles, como la de encontrar la gramática universal de Babel; otras, más fructíferas, como el desarrollo de la experimentación y las matemáticas.53 De acuerdo con la tesis de Alexandre Koyré y Lucien Febvre, en este proceso, desempeñó un destacado papel la exigencia creciente de exactitud en el mundo práctico: reclamo que se aprecia desde la expansión ultramarina del siglo XVI y que no hizo sino crecer hasta la Ilustración. Es cierto, los antiguos griegos habían reconocido la precisión y el rigor de la demostración matemática, pero ni Platón ni Aristóteles consideraron viable aplicarlas a la vida cotidiana. Hasta entonces, el día a día había sido el reino del más o menos, como diría el refrán, del “ojo de buen cubero”.54
Los manuales del siglo XVI no describían los procedimientos con precisión,55 pero la importancia creciente de la navegación y de la guerra con armas de fuego cambiaron el panorama. Estos progresos sirvieron de fundamento al optimismo tecnológico de Descartes y a su doctrina del mecanicismo universal. Para él, las sustancias corpóreas consistían de extensión, largo, amplitud y profundidad; debían de ser explicadas por la forma, el tamaño y la configuración dando pie a la matematización del mundo.56 Sólo entonces, el uso del número dejó de ser un elemento marginal en la vaguedad de la vida cotidiana, para volverse un factor esencial del saber preciso.57
La Political Arithmetic de William Petty (1690) fue, en parte, expresión de este fenómeno de creciente exigencia de precisión. Lo que lo conecta con los Principia de Isaac Newton (1637), las Dos ciencias nuevas de Galileo Galilei (1638), el Discurso del método de René Descartes (1637) e incluso la adopción del calendario Gregoriano en 1582.58 Podemos observar que, a comienzos de la centuria ilustrada, la concepción del mundo material convulso y revuelto de Platón y Aristóteles se consumía por las pretensiones sintético-matemáticas. En la Ilustración, esta nueva mentalidad amenazaba por desbordar las fronteras del mundo físico y anegar el moral.
Tal había sido el sueño de Spinoza medio siglo antes.59 Por ello Melon afirmó que todo se podía reducir a un cálculo, hasta lo puramente moral;60 expresión plagiada y apropiada en España por Ventura de Argumosa.61
Retomando a Ventura, en su obra vemos expresada la necesidad de un censo o denombramiento anual de cada una de las provincias del reino, “para hacer el cálculo ajustado del progreso o decadencia de la monarquía”,62 remediando sus daños y animando sus frutos. Propuso como ejemplo el realizado por Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), el cual ha sido usualmente valorado como el primer censo moderno en Occidente y que fue, significativamente, levantado en el Nuevo Mundo.63 Una herramienta así, sostenía Teodoro, permitiría calcular el precio del trabajo de cada hombre para valuar cuánto vale cada trabajador y cada industria, siguiendo el proyecto de Petty.64
Pero hubo que esperar hasta el marco de la política racionalizante de Carlos III para los primeros censos modernos españoles. El censo peninsular de 1768, o Estado General, arrojó una población total de 9 307 804. Número que fue visto con desilusión y escepticismo por los comentadores ante lo que se consideró un número más de tres veces inferior al de Francia -cuya población se calculó, con trabajo, alrededor de los 25 000 000 habitantes a través de distintos procedimientos demográficos entre 1770 y 1789-.65La explicación general de esta probable subestimación, según ponderó Juan Sempere (1754-1830), se debía a que los pueblos escondían su población porque no creían en el principio de sigilo y temían la imposición de nuevas tributaciones.66 En efecto, la necesidad de “repetir la enumeración de gente que se hizo en 1768” con el fin de que vieran “los extranjeros que no está el reino tan desierto como creen” fue uno de los justificantes del censo de Floridablanca de 1787.67 Voces que atestiguan cómo la adopción de políticas racionalizantes como el censo deben ser entendidas en el contexto de la competencia de las potencias europeas por el control de las tierras y los océanos.
Los proponentes ilustrados del programa sintético-matemático sabían que la empresa de la racionalización del gobierno sólo podría ser realizada por un Estado cada vez más interventor en la vida pública. Según el ilustrado español Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811): “este cálculo, el primero de la aritmética política… es sólo accesible al poder del gobierno”.68 Era necesario superar la brecha entre el deseo de conocer a la población, patente desde la segunda mitad del siglo XVII, y la capacidad de contarla, lo que tomó un siglo.69 Para ello, se requería un estado grande e interventor, razón que explica por qué en Gran Bretaña la Census Act únicamente se aprobó hasta 1800.70 Vemos así la tensión ilustrada entre los ideales del liberalismo y el absolutismo racionalistas.
En este marco, tuvo lugar la fundación de la oficina de la Balanza de Pagos en 1786, por iniciativa del ministro de hacienda, Larena. Inspirada en el proyecto preparado por el fiscalista Necker para Luis XVI en 1784,71 su objetivo principal era recopilar información sobre el comercio exterior. Durante los años en que Godoy llevó las riendas del gobierno, se dio un agitado vaivén de experimentación institucional. Destaca la fundación de la oficina de Fomento que dirigiría el censo de 1797 en la metrópoli. Este periodo concluyó con la fusión de estas funciones dentro de la ya antigua Real Junta General de Comercio, que en la parte estadística tendría dos divisiones: la enfocada en el comercio exterior, por un lado, y aquella destinada al estudio de la población y a la producción doméstica. En las últimas décadas del siglo XVIII fueron creadas instituciones para la recopilación de información estadística numérica, como el censo, en un Estado que tendía hacia la centralización.72
Este ímpetu reformador tuvo también su desarrollo en Indias, materializado en el septentrión en las Reales Ordenanzas de intendentes de la Nueva España de 1786,73 cuyo artículo 133º trató el tema del conteo de habitantes, aunque no mandó hacer censos. Para comprender esto último, conviene presentar los comentarios de Arriquibar sobre la población. Aseguró que el fin de la aritmética política era “indagar y saber por medio de cálculos la riqueza, el poder y la fuerza de un estado o provincia”. Esto se medía conociendo “la noción exacta de la población”. Pero no consideraba necesario realizar un conteo tan exhaustivo como un censo, porque en España “bastaría que todas las parroquias tuviesen obligación de remitir a sus respectivos obispos listas verídicas de los nacidos, casados y muertos de cada año”, para que fueran sistematizadas en la corte. Esta información, complementada con los informes de diezmos, daría el conocimiento general del comercio del reino. Panorama complementado con los informes aduaneros sobre la balanza comercial.74 Los comentarios de Arriquibar nos permiten entender por qué un lapso de casi 20 años separó los censos de Aranda y Floridablanca, y también por qué tardarían en ser trasladados a Indias. El censo, en el sentido moderno aquí definido, era una herramienta nueva y costosa, cuya metodología estaba apenas en formación y se creía que existían ya los fundamentos para conseguir la misma información por otros medios.
Estudiemos ahora el contenido del artículo 133º de las Reales Ordenanzas. Éste mandó “levantar exactos padrones de todos los habitantes”. Una primera lectura podría hacernos creer que cumplía el criterio de exhaustividad y por extensión el de individualidad, sin embargo, una lectura más cuidadosa demuestra lo contrario. En primer lugar, destaca la omisión de los españoles entre la gente a enumerar, “indios, negros y mulatos libres”, pues es dudoso que se incluyeran en el corolario “y de las demás castas”. Además, destaca la referencia explícita a las “visitas para la numeración y cuentas, o matrículas de tributarios”. Aunado a lo anterior, la orden no hace referencia al recuento de los miembros del estado eclesiástico, ni del nobiliario. Se mandaba contar a los “sirvientes domésticos de los virreyes, magistrados, prelados eclesiásticos y cualesquiera otras personas exentas o poderosas”, más no a ellas mismas. Una orden que era necesario hacer explícita, pues venía de una costumbre en donde lo normal era excluir a estas personas de las numeraciones.75
Dicho lo anterior, se aprecia por qué el recuento ordenado por dicho artículo tampoco cumplía con los criterios gnoseológico, ni de sigilo. No cumplió el primero, porque la instrucción refiere explícitamente a la necesidad de mejorar la recaudación del “considerablemente perjudicado” erario real debido al desarreglo del “ramo de Tributos”. En lo que respecta al sigilo, no sólo destaca su omisión explícita, sino el llamado a levantar “exactos padrones”. Éstos se levantarían quinquenalmente, tal como se cumplió en lo respectivo al levantamiento de las matrículas de tributarios,76 pero jamás de los censos levantados esporádica e irregularmente.
Para cerrar esta demostración, consideremos los reglamentos para el cobro de tributos ordenados por el intendente-gobernador Lucas de Gálvez en 1788. Éstos señalaban la necesidad de registrar por separado a “indios, negros, mulatos libres y demás castas” y encomendaban especialmente contar a los sirvientes domésticos, aunque fuesen de persona “exenta o poderosa”.77 La cercanía de esta redacción con el artículo 133º corrobora que este último trató con el tema de la recaudación tributaria. Por todo lo anterior, creo que queda demostrado que este artículo no hace referencia a la realización de ningún censo en el sentido moderno del término. Como argumenté más arriba, esto no debe de parecer sorprendente, pues en la propia España todavía no se establecía la costumbre de levantar censos modernos periódicamente.78
La exigencia de precisión ligada al saber matemático permeó el pensamiento de los administradores de la corona en Yucatán. Esto se aprecia claramente en la correspondencia de la época. Benito Pérez no dudó en dejar claro a sus subdelegados que fueran escrupulosos en sus informes porque “me gustan las noticias exactas”,79 precisión sin duda ligada al conocimiento numérico. Cuando el subdelegado de Tihosuco se retrasó en el suministro de maíz a Bacalar, el gobernador le expuso detalladamente cómo tal falta era inadmisible: esto era demostrado contando las mulas de que disponía, la cantidad de maíces y las distancias a aquel presidio. “He manifestado a vos matemáticamente sería ya estar en Bacalar, todo el maíz comprado para aquellas tropas, sin exigir imposible, ni atequiar demasiado a los indios”.80 Esta asociación entre conocimiento matemático y buen gobierno no escapó a su sucesor, Manuel Artazo (1812-1815). Al deliberar sobre un conflicto entre el Rancho Yokechen y su anexo, ponderó que para tomar adecuadas decisiones de gobierno se hacía “indispensable que vos proceda desde luego a formar un censo exacto de almas de que se componen ambas poblaciones, anotando la clase de suelo que ocupan… de que labor es susceptible: en cuales se ejercitan dichos habitantes, que cantidad tiene cada uno…”.81
De hecho, es evidente que Benito Pérez se enorgullecía de ser letrado en las matemáticas y su capacidad para el uso de instrumentos precisos de medición científica. Así fue como presumió ser destacado en el uso de la plancheta, el grafómetro y el teodolito.82 En otra ocasión, al hablar del abasto de grano, afirmó al regidor de Campeche: “vos que sabe graduar y calcular, no podrá menos de ver lo arreglado de mi providencia…”.83Esto ilustra que, para Benito Pérez, saber contar y calcular implicaba pertenecer a un selecto grupo de inteligencias que compartían no sólo un lenguaje y una cosmovisión, sino una moral.
En recapitulación, la política racionalizante de Carlos III y de sus colaboradores debe entenderse en el marco de la competencia imperial por el control de los océanos y de las tierras. Al mismo tiempo, los partidarios de la absolutidad narrativa y de la síntesis matemática sabían que el proyecto no sería realizable sin el auxilio de un Estado cada vez más grande. El censo fue una herramienta entre otras propuestas para medir a la población, por lo cual tuvo que ganarse su lugar. Estas discusiones y planes impactaron la manera de concebir y organizar la política americana, como demuestran los comentarios de Ventura sobre las colonias. Para principios del siglo XIX, los mandos medios de la monarquía, como fueron Benito Pérez y Manuel Artazo, compartían la idea de que la medición exacta y matemática de la realidad material y social era la base sobre la que se construía un buen gobierno.
El censo de Pérez Valdelomar (1809-1811) y el estado de alarma militar
El tres de agosto de 1809, Benito Pérez Valdelomar mandó levantar “el padrón más exacto de los vecindarios de españoles, castizos, mestizos, negros y pardos de toda esta provincia”.84 Su orden vislumbra un ejercicio bastante moderno, pues cumplía con los criterios de exhaustividad, individualidad y gnoseológico; el de sigilo no fue incluido puesto que sobreviven algunos padrones levantados en Mérida.85
Profundicemos en lo anterior. El propósito era crear una herramienta extensiva que permitiera amplitud de maniobra en la toma de decisiones gubernamentales. Pérez hizo explícitos dos propósitos claros en su solicitud:
el primero era defender en “los años siguientes, la religión, la patria, el dominio del soberano, y los sagrados derechos de la nación inmolada en el día por el mayor monstruo de la tiranía”,86 es decir, Napoleón. El segundo, refería a la necesidad de repartir granos en los años de esterilidad y escasez de lluvia. El censo dividió a la población en grupos de sexo y de edad, en castas, en clases sociales y oficios, entre las que se incluían a miembros del clero, nobles, artesanos, servidores del rey, braceros y labradores siguiendo de cerca el modelo de los padrones previos. Se aprecian los criterios gnoseológico, individualizante y exhaustivo.
Llama la atención que se incluyó información sobre las haciendas de la intendencia, de las que nada más se reportaron sus cabezas de ganado vacuno y caballar. Contreras Sánchez, cree que se metieron con fines hacendarios.87 Esto es muy lógico, aunque debemos ponderar otros factores. El énfasis en el ganado “caballar” me hace suponer un interés por conocer la capacidad de transporte de carga. Tampoco se puede descartar el valor militar. Benito Pérez sabía que, en caso de invasión, era importante evitar que el ganado cayera en manos extranjeras y utilizar los animales de carga para auxiliar el esfuerzo defensivo.88 Como no es posible reducir este censo al criterio hacendístico, se corrobora el amplio criterio gnoseológico.
Por el contexto de guerra, llama la atención el interés del intendente-gobernador por hacer el censo en la tardía fecha de agosto de 1809 y no cuando se enteró de la renuncia del Fernando VII.89 En este sentido, destaca la circulación en 1808 de una carta impresa anónima. Influenciada por los “conocimientos que nos proporciona la aritmética política”, comparaba cuidadosamente la población de las 43 provincias de España según los censos de 1787 y 1797 para calcular el total de hombres útiles ante la agresión francesa. Concluía que era necesario reclutar a un 5 % de los hombres útiles de cada provincia, en donde “por lo menos dos partes son de la edad de 15 a 25, tres y media de 25 a 40, y otras tres partes de 40 a 60”. Esto reuniría un ejército de 325 030 hombres, y dejaría reservas suficientes para el cultivo de la tierra y de sus familias.90 Es imposible probarlo, pero conjeturo que Benito Pérez decidió levantarlo influenciado por ésta o por ideas semejantes que circulaban en los periódicos y gacetas de la época que llegaban con regularidad a su despacho y que vinculaban el conocimiento sintético-matemático de la población con su correcta defensa.
Tampoco debemos despreciar la segunda razón esgrimida por Pérez para levantar el censo: la necesidad del correcto reparto de los granos. En efecto, este problema lo aquejaba desde agosto, al punto que mandó a todos sus subdelegados a hacer un padrón sobre el estado de éstos en la provincia. Al estudiarlo, se convenció de que no habría suficientes granos para alimentar a la población en 1810. En su carta al virrey, podemos observar cómo se conjugaban en él los valores hasta aquí expuestos, que ligaban el buen gobierno con el conocimiento matemático y exacto de la sociedad:
Por el adjunto Estado formado con la mayor escrupulosidad y que a mi ver se acerca matemáticamente a lo más exacto, verá V. E. I, que falten para la subsistencia de la población de esta provincial en el presente año, y hasta fin de agosto del corriente, 444 090 cargas de maíz… no debiendo dejar a la casualidad un asunto de tanta importancia como de el que pende la vida de cerca de medio millón de habitantes…91
Notable es también que soltara la cifra de medio millón de habitantes, cuando sabía que ésta era un cálculo conjetural: “suponiendo de aumento 100 mil en los 17 años” transcurridos desde el censo de Lucas de Gálvez en 1791.92 Es notorio que viniera ponderando en sus decisiones medio millón de habitantes al menos desde 1807.93 Esto corrobora que él era consciente de que la población evolucionaba con el tiempo y que las últimas noticias precisas de ella rozaban los 20 años de antigüedad, lo que debió haber influido en su resolución de actualizar el censo. El análisis de este caso corrobora lo imbuido que este intendente-gobernador estuvo de los principios de la aritmética política y la manera en que encausaron su toma de decisiones.
Entre la democracia y lo absoluto: la estadística en el interregno de Cádiz
Durante el interregno se produjo la Constitución de Cádiz, cuya concepción de la estadística estuvo fuertemente influenciada por la experiencia francesa de los últimos 12 años. En efecto, es posible notar en ella la convivencia entre la absolutidad narrativa y la síntesis matemática.
En su artículo 335º se mandaba a las diputaciones provinciales a “formar el censo y la estadística de las provincias”. Una orden muy general, que fue ampliada en una instrucción posterior. Según Francisco de Solano y Pilar Ponce, ésta compelió a comprender el conocimiento geográfico, climático, salubre, hidráulico, vegetal, animal, mineral, agrícola, minero, “curiosidades naturales”; así como su historia, antigüedades, poblaciones, gobierno, instrucción, industria, comercio, hacienda pública, ejército y colecciones.94 Fue expresión clara de una voluntad absoluto-narrativa.
Sin duda alguna, debemos a este mandato y a los reiterados esfuerzos de la Diputación Provincial el que se haya realizado el borrador de los Apuntes para la estadística de la provincia de Yucatán.95 Obra que se encomendó al “señor comisario ordenador” don Policarpio Antonio de Echanove quien, se consideró, reunía los conocimientos y talento suficiente para “una obra de tanto mérito”, pues llevaba varios años desempeñándose como encargado de la Real Hacienda. Policarpo coordinó una Comisión Estadística que solicitaría informes a los ayuntamientos y curas de la provincia.96 Se le instruyó incluir “varias noticias de toda la provincia en los reinos vegetal, animal y mineral, como también de las manufacturas, artes, oficios, industrias, agricultura, comercio, navegación, y otras indispensables”. La consecución de tal trabajo tenía fines exhaustivos, pues auxiliaría en la formación de un “plan estadístico”.97 El mandato de Echanove era de orden absoluto-narrativo.
El proyecto se enriqueció con elementos sintético-matemáticos. En efecto, se instruyó a los ayuntamientos a levantar un censo “que se realice a la brevedad y verificado se le pasará a su señoría oportunamente como componente de la Estadística”. También contempló la elaboración de un plano topográfico a cargo del coronel ingeniero en jefe, don Juan José de León, considerado necesario para que la Diputación cumpliera con sus atribuciones.98 Llamativo también resulta el interés que mostró el comisionado por encargar al obispado que los curas remitieran “los estados de muertos, matrimonios y nacidos” para la formación de la estadística. Esos padrones, levantados por las parroquias desde antaño, se recopilaban centralizadamente al menos desde 1797, aunque no parecen haber servido nunca a la realización de un padrón general de la provincia.99 El interés por el estudio sistemático de los estados de vitalidad rememora la labor realizada en 1662 por John Graunt y, por extensión, la clara y continua influencia de la aritmética política británica a través de las décadas.
Aunado a lo anterior, el correcto orden constitucional dependía del conocimiento sintético-matemático de los censos numéricos debido al mandato constitucional de fundar la representación nacional sobre el criterio de población. En efecto, el artículo 30º mandaba que “para el cómputo de la población de los dominios europeos” serviría el último censo, “del año de mil setecientos noventa y siete”, lo mismo para los ultramarinos “sirviendo entre tanto los censos más auténticos entre los últimamente formados”.100
En Yucatán, se hizo una interpretación extremadamente liberal del artículo 30º. Consideremos que el censo de 1811 se conserva fragmentario y quizá nunca se completó. Ante la falta de información actualizada, se decidió tomar como referencia para los cálculos de representación la cifra redonda de 500 000 habitantes al más puro estilo del “buen cubero”.101 No sin razón, Campos y Domínguez han caracterizado este cálculo como “simulación”.102 Con todo, debemos recordar que Benito Pérez venía jugando con esta cifra desde 1807, aun antes de que hubiera interés por inflar la representación en las cortes. Una vez constituida la Diputación en 1813, mandó a hacer un censo actualizado, responsabilidad de los ayuntamientos.
Es claro que este nuevo padrón conservó los tres criterios de sigilo, exhaustividad e individualidad. De hecho, el mando establecía, respetando el principio de ciudadanía otorgada a indígenas y españoles, que el censo no categorizaría a las personas por criterio de casta sino de ciudadanía. La constitución condicionó la ciudadanía a los descendientes de africanos al previo reconocimiento de las cortes,103 pero la autoridad local atendió sujetarse a “los principios de la opinión pública, según el concepto y reputación que mereciesen en la sociedad”. También estipulaba que el citado registro debía contar “hasta los vecinos de la más pequeña hacienda, rancho o caserío… para que no quede por anotar, ni un solo individuo de cuantos habitan en esta provincia”.104 A los previos criterios, habrá que agregar el nuevo criterio de la representación popular que primó sobre el gnoseológico como principal heurística del ejercicio estadístico.
Este censo no se terminó. Todavía en mayo de 1814, pocas semanas antes de enterarse de la disolución del régimen gaditano, la Diputación Provincial seguía esperando que los ayuntamientos de Dzitas, Chemax y Cenotillo remitieran su información,105 que, por lo demás, no parecen haber sido excepcionales en esta situación.106 Será propósito de un futuro trabajo exponer todos los inconvenientes que evitaron su consecución, que ya Campos y Domínguez caracterizaron como “una de las frustraciones más agudas de la Diputación”.107
Cuadro 1 COMPARATIVA DE LOS DATOS “CALCULADOS” POR LA JUNTA PREPARATORIA DE 1812 Y LOS “CONFIRMADOS” POR EL SUPUESTO CENSO DE 1813
| “a ojo de buen cubero” | Supuestos datos del censo de 1813 | Diferencia | |
|---|---|---|---|
| Mérida | 34 713 | ||
| Izamal | 89 132 | ||
| Valladolid | 66 864 | ||
| Sierra alta | 52 608 | ||
| Sierra baja | 43 351 | ||
| Camino real alto | 43 873 | ||
| Camino real bajo | 29 393 | ||
| Beneficios altos | 48 506 | 44 386 | 4 120 |
| Beneficios bajos | 25 818 | 32 012 | -6 194 |
| Tizimín | 26 818 | ||
| Ciudad de campeche | 19 638 | ||
| Bolonchén cahuic | 8 335 | ||
| Champotón | 6 634 | 6 785 | -151 |
| Bacalar | 4 517 | 2 498 | 2 019 |
| Totales | 500 200 | 85 681 | -206 |
FUENTE: Elaboración de Jorge Alejandro Laris Pardo a partir de Calzadilla et al., Apuntes para la…, 24-25.
Más allá de la desconfianza que pueden inspirarnos estos números, lo cierto es que el censo de 1813 fue el primero en la historia de Yucatán que aunó a los criterios de los censos modernos la necesidad de la representación popular. Motivación que, hasta el día de hoy, persiste como parte fundamental del sistema de organización política. Además, es claro que la primera Diputación Provincial entendió que para cumplir la instrucción constitucional debía elaborar una obra estadística que complementara los mejores rasgos de la escuela absoluto-narrativa y la sintético-matemática, participando así en el gran movimiento de la conciencia occidental de su época.
Conclusiones
Los criterios que distinguen a los censos modernos de los primitivos son el de individualización, exhaustividad, gnoseológico y el de sigilo. Todos ellos estuvieron presentes en el padrón de Aranda de 1768 y la mayoría se aterrizaron en los censos modernos de Yucatán hechos por Lucas de Gálvez (1789) y Arturo O’Neil (1794). El criterio de sigilo fue, de éstos, el único que no se respetó al pie de la letra, como lo demuestran los registros hechos en Mérida por Benito Pérez (1809). Los otros dos censos modernos realizados por el gobierno español en Yucatán agregaron a los anteriores criterios la urgencia de la representación popular y fueron mandados a hacer por la primera y segunda Diputación Provincial (1813 y 1821).
Podemos comprender estos ejercicios como parte de un movimiento más amplio de desencanto del mundo: un proceso en el que cada vez más personas asumieron su potencialidad para conocer el mundo y modificarlo a su antojo, sin necesidad de la intervención de fuerzas místicas o divinas. En el caso concreto de la política emprendida por los Borbones, esto cristalizó en un proceso racionalizante de su autoridad, aunque no implicó el abandono de otros elementos tradicionalistas de su legitimidad. El proceso de racionalización enfatizaba la concentración del poder en el monarca a cambio de un manejo más eficiente de sus recursos y los de la república, en beneficio de los vasallos y del crecimiento económico.
La promesa de eficiencia de la autoridad racional se amparó en el creciente prestigio de la ciencia, que se forjaba un ámbito de autonomía en la sociedad. En especial, en el uso de sus herramientas matemáticas para el estudio de la realidad. En este contexto, los censos tomaron su forma moderna y se convirtieron en un instrumento para el buen gobierno.
Existió una estrecha relación entre este proceso de desencanto del mundo y la expansión de los imperios ultramarinos. Ambos procesos hunden sus raíces hasta el siglo XVI y continuaron profundizándose más allá del periodo aquí estudiado. En el caso de Yucatán, hemos demostrado que Benito Pérez Valdelomar fue un entusiasta de la acción del gobierno amparada en el conocimiento matemático supuestamente exacto de la sociedad. El intendente-gobernador tenía claros estos valores cuando mandó levantar el censo en 1809, en un contexto de fuerte competencia militar con otras potencias europeas.
Fruto de esta tradición tanto empírica como matemática la estadística se desarrolló en el centro de una competencia entre programas de investigación a lo largo del siglo XVIII: por un lado, el absoluto-narrativo de la escuela alemana; por el otro, el sintético-matemático de orígenes británicos. Más que discutir el predominio de uno sobre otro al final del proceso, es más preciso concluir la concurrencia de ambos a principios del siglo XIX.
En consonancia, la estadística, tal como fue conceptualizada por la Constitución de Cádiz y, consecuentemente, por la primera Diputación Provincial de Yucatán, urgía no solamente a la necesidad de un conocimiento sintético-matemático de la población conseguido a través de un esfuerzo censal; sino también de un prolijo estudio de pretensiones absoluto-narrativas como lo fueron los Apuntes… de Echanove y colegas. Vemos demostrado que, al igual que Benito Pérez, los integrantes de la primera Diputación fueron partícipes plenos de los procesos intelectuales de su tiempo.










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