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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

versión impresa ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.69 no.252 Ciudad de México sep./dic. 2024  Epub 08-Abr-2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2024.252.89334 

Dossier

Geopolítica: genealogía y horizonte de transformación

Geopolitics: Genealogy and Horizon of Transformation

Federico José Saracho López 

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México. Correo electrónico: <fsaracho@comunidad.UNAM.mx>.


Resumen

El artículo explora la transformación de la geopolítica y su papel en las ciencias sociales contemporáneas. Crítica el modelo de “geopo-lítica clásica” o imperialista, que se centra solamente en el análisis malogrado de la escala mundial, presentando el mundo como un “tablero de juego” distorsionado. Se hace un balance de la propuesta de Yves Lacoste y el grupo Hérodote, quienes desafían la despolitización de la geografía y promueven a la geopolítica no como campo de conocimiento sino como método para el estudio de las rivalidades de poder sobre territorios y poblaciones. Se reflexiona en torno a la geopolítica crítica anglosajona, cuya propuesta deconstruye narrativas dominantes de la geopolítica imperialista, y presenta avances importantes en la denuncia del estatocentrismo, y las formas de dominación. Igualmente, se enfoca el análisis en las representaciones de la escala mundial sin buscar una crítica a las bases materiales de la reproducción sistémica. Por último, avanza en la propuesta de una geopolítica negativa que denuncia las bases epistemológicas del modelo clásico, enfocándose en las dimensiones materiales y estructurales de los procesos sociales en el marco del sistema-mundo. Esta perspectiva resalta la importancia de las interacciones entre diferentes escalas -global, regional, local y corporal- en la producción de espacios y cuerpos en el sistema capitalista, buscando transformar la comprensión y práctica de la geopolítica.

Palabras clave: geopolítica; sistema-mundo; escalas; producción del espacio

Abstract

The article explores the transformation of geo-politics and its role in contemporary social sciences. It criticizes the model of “classical” or imperialist geopolitics model, which focuses solely on the flawed global-scale analysis, presenting the world as a distorted “game board”. It assesses the proposal of Yves Lacoste and the Hérodote group, who challenge the depoliticization of geography and promote geopolitics not as a field of knowledge but as a method for studying of power rivalries over territories and populations. It reflects on Anglo-Saxon critical geopolitics, whose proposal deconstructs dominant narratives of imperialist geopolitics, and presents important advances in denouncing of state-centrism and forms of domination. Likewise, the analysis focuses on representations of the global scale without seeking a critique of the material bases of systemic reproduction. Finally, it advances the proposal of a negative geopolitics that denounces the epistemological foundations of the classical model, focusing on the material and structural dimensions of social processes within the world-system framework. This perspective highlights the importance of interactions between different scales -global, regional, local, and corporal- in the production of spaces and bodies in the capitalist system, seeking to transform the understanding and practice of geopolitics.

Keywords: geopolitics; world-system; scales; production of space

Introducción

Puede parecer innecesario un texto más sobre geopolítica. En esta segunda década del actual milenio se ciñe como una presencia inmanente sobre nuestra realidad. La guerra, el conflicto territorial y la competencia intercapitalista, dan la impresión de que nuestros tiempos pasan a través de los dedos de la fría mano de aquel “niño geopolítico” del cuadro de Salvador Dalí, el cual anuncia el surgimiento de un “hombre nuevo” que debe romper el mundo para nacer.

Sin embargo, es esa pesadumbre provocada por la presencia de “lo geopolítico” la que nos causa sospecha, ¿qué es esta idea que marca el signo de nuestros días? Puntualmente, respecto al objetivo de este artículo, podemos preguntarnos ¿qué es geopolítica, y cómo puede llevar tal carga emocional para incluso afectarnos a nivel individual? La respuesta que damos en este texto es dual: por un lado, encontramos que la geopolítica es una idea polisémica que en muchas de sus expresiones no tiene un contenido específico, sino que es una fantasmagoría que afirma diferentes discursos de dominación y sujeción. Por otro lado, abrimos la puerta a lo que puede ser la geopolítica, dando cuenta de sus posibilidades para interpretar el conflicto emanado de las relaciones sociales desde su espacialidad. De ahí su pertinencia para el estudio de las ciencias sociales en nuestro siglo.

Como bien señala Yves Lacoste, la geopolítica es propia del pensamiento europeo, el cual ha tenido como principal campo de acción la esfera pública para dar un carisma de “globalidad” a la información en torno a una situación o problemática. Se utiliza en el discurso, primordialmente, como adjetivo y proyecta una imagen de cuadros espaciales amplios, ligados a acciones, proyectos y estrategias. También se observa como una proyección de lo gubernamental estatal, en términos de ejercicio de gobierno, particularmente ligado a la ciudad (Lacoste, 1995). A esto último nosotros agregaríamos que, en el discurso, la ciudad se piensa en tanto proyección como metrópoli sobre otros espacios. También aclararíamos que, si bien parte del pensamiento occidental, no significa que no haya sido apropiada por otras fuentes.

Mucho de esta proyección deriva de la concepción tradicional de la geopolítica, arraigada en narrativas imperiales y enfoques estatocéntricos. Consideramos innecesario volver a repasar las ideas de los mal llamados “clásicos” de esa geopolítica. Volver a enunciar el determinismo geográfico de Rudolf Kjellen (2024) y Halford Mackinder, (1976) o la ideología abiertamente nacionalsocialista de Karl Haushofer (1986), entre otros, no sólo es infructuoso, sino que carece de ética si no se realiza con un espíritu de crítica y franca denuncia. Lo que sí resulta necesario es enunciar los resultados de esa geopolítica clásica que impactan la forma en que construimos nuestra representación1 del mundo hasta nuestros días.

El pensamiento geopolítico necesita una reevaluación profunda y una transformación que se ajuste a las complejidades del siglo XXI. Este artículo se propone explorar la genealogía y el horizonte de transformación de dicho pensamiento, analizando sus raíces históricas y proponiendo nuevas metodologías y perspectivas que permitan un entendimiento más integral y crítico de los fenómenos sociales contemporáneos a partir de su espacialidad.

Pensamiento geopolítico en la era de los extremos

Dentro de la segunda mitad del siglo XX, los modelos geopolíticos dominantes en el discurso público eran derivaciones de lo que podríamos llamar una “geopolítica clásica” -que en realidad debería caracterizarse como geopolítica imperial o imperialista, la cual se basa principalmente en la construcción narrativa de una escala mundial separada de las demás, constituyendo esto su único nivel de análisis. A este plano global se le dota en el discurso de cualidades ajenas a los demás procesos de sociabilidad que operan en otras configuraciones escalares, como la estatal, la regional, la urbana o la local, en aras de producir una diferencia “esencial” en la narrativa, que tiene como objetivo escindirla de otros niveles de “lo social” (Saracho, 2017). De esta forma, mientras lo estatal o lo regional expresan un ideal de ordenamiento, planificación y organización, la escala mundial se describe como “anárquica”, regida por la fuerza, acrática, violenta: una configuración de sentido que hace eco a aquello que la modernidad instrumental ha llamado erróneamente “estado de naturaleza”, cuya única esperanza de estabilidad está en un “equilibrio de fuerzas”. En realidad, sabemos que esta metaescala -o metacaja- tiene un carácter ideológico que opera a partir de abstraer las condiciones sociales concretas, vividas, a lo largo del globo. Al realizar un análisis de una problemática mundial, esta metaescala manipula al observador, como si fuera un lente deformante, obligando a la mirada a percibir el mundo como si fuera un tablero de operaciones (Brzezinski, 1998), el cual termina enajenando las experiencias y expresiones vivas que se encuentran “dentro” de los espacios que la comprenden, a favor de interpretar las dinámicas globales a la luz de un “gran juego” de mesa, deformando la realidad concreta. Esta práctica ha acompañado por mucho tiempo a la geopolítica imperialista, siendo Halfrod McKinder, con su “isla mundial”, el primer expositor de dicha deformación (Mackinder, 1976).

Otra desfiguración que la metaescala provoca en el análisis social es la proyección del Estado como objeto único del pensamiento estratégico. Los actores estatales, expresados en diferentes polígonos irregulares en el mapa, van logrando sus intereses dentro de dicho tablero de juego. Así, podemos ver cómo esta forma de escala global enajenada se construye para sostener al Estado como expresión “naturalizada”, justificando a su vez el carácter imperativo de la raison d’État (Raffestin, 2013), que se enarbola como el foco central a partir del cual se construye la narrativa de las dinámicas internacionales, sobredeterminando la capacidad de agencia de cualquier otro actor. Cuando se le coloca en la metaescala, el Estado se convierte en términos prácticos en una suerte de mónada, lo cual es una tendencia dominante en el pensamiento estratégico conservador hasta la fecha, cuyo impacto puede ser observado incluso en las síntesis neo-neo de las teorías de las relaciones internacionales.

Si bien en la segunda mitad del siglo XX existieron expresiones disidentes a esta geopolítica imperial, como las derivadas de la escuela radical francesa de Yves Lacoste (1995) o las geopolíticas críticas anglosajonas entre muchas otras (Ó Tuathail y Dalby, 1998), estas últimas no tomaron fuerza dentro del pensamiento de las relaciones internacionales sino hasta la primera década del siglo XXI. En realidad, la resurrección de la geopolítica en el discurso público parte, en buena medida, de la llegada de Henry Kissinger al Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, donde se empieza a utilizar nuevamente, no solamente como concepto operativo, sino como elemento constitutivo de la narrativa de la Guerra Fría para establecer la fantasmagoría del tablero (Ó Tuathail, 1996), que confirma que también la metaescala forma parte de las bases de la construcción hegemónica; al decir esto, no pretendemos referirnos a la hegemonía en términos del realismo político, sino más bien a entenderla desde una lógica gramsciana (Ceceña, 2018a). Ello significa que hablamos tanto de las bases materiales que posibilitan la reproducción de la sociedad -las cuales se van erigiendo y transformando con los cambios en el proceso de producción- como también del desarrollo de discursos y narrativas que median la percepción de realidad en los sujetos, conformando los sentidos comunes. Ambas aristas dan cauce tanto a las estructuras del mundo como a las formas ideológicas que permiten dar explicación a los sucesos a través del discurso dominante (Crehan, 2018).

De esta forma, podemos dar mayor complejidad al papel que juega el discurso de la geopolítica imperialista dentro del sistema-mundo de la posguerra, ya que sitúa su instrumentalización en el ámbito de la competencia, viabilizando la narrativa de la disputa entre dos grandes bloques, articulados alrededor de dos “hegemónes” (Agnew, 2004). Observamos que la unidad de afiliación a cada bloque se manifiesta a través del Estado, remitiendo así la lógica del tablero. Cabe aclarar que tal condición no significa que la geopolítica imperialista deje de lado los conflictos u otras manifestaciones dentro de la escala local, sino que se comprenden como fuerzas y movimientos al servicio de lo expresado en el ensamble global.

La geopolítica abrazada al realismo político acompañó muchos de los análisis durante y después de la Guerra Fría. Destaca la obra de François Thual (1996) en su isomorfismo con las corrientes del realismo de las relaciones internacionales. Por otro lado, encontramos su renovación en los trabajos de Aymeric Chauprade, quien se acerca en gran medida a las premisas del neorrealismo conservador e incluso afirman postulados hegemónicos como el famoso “choque de civilizaciones”, en lo que profundizaremos posteriormente (Chauprade, 2001, 2015).

Por tanto, si pensamos, desde un punto de vista académico, la geopolítica como un medio para estudiar la lucha de poderes o de influencias sobre los territorios y las poblaciones que en ellos viven (Lacoste, 2008), nos encontramos que, en la actualidad, estamos lejos de elaborarlo de esa manera. Lo que en realidad estamos “estudiando” es la representación de la lucha por el poder desde una plataforma discursiva que se pretende “geográfica” o espacial. Difícilmente encontraremos una escuela o corriente de geopolítica que no recargue gran parte de su discurso en la observación de la representación. Resulta más difícil cuando la geopolítica se convierte en una narrativa que trata de justificar a los procesos asimétricos alrededor del globo. La corriente imperialista no ha dejado de producirse como discurso dominante en virtud de que su plasticidad proviene de una falta de contenido real, replicando incluso determinismos geográficos decimonónicos, como es el caso de la obra de Robert D. Kaplan (2015).

Afortunadamente, dentro del pensamiento geopolítico de la Guerra Fría también se tienen ejemplos de corrientes de pensamiento ricas en aportes reales para las ciencias sociales. Tal es el caso del grupo alrededor de la revista Hérodote, que radicalizó la geopolítica al construirla no como adjetivo ni como fantasmagoría, sino como método de análisis.

Heródoto con(tra) el tablero

La escuela radical francesa forma parte de los debates de finales de los años sesenta que buscaban la renovación conceptual de las comunidades académicas, los cuales a su vez pertenecieron a la “ola trasnacional” de crítica al establishment en general, que también se tradujo en los diversos movimientos sociales de 1968 (Bokser y Saracho, 2018). Yves Lacoste abre un rico debate para la geografía, donde hace un reclamo a la academia por su despolitización. Dicho rechazo a observar la dimensión político-estratégica del territorio se explica por el papel que esta jugó en el ejercicio de la geopolítica imperialista durante la Segunda Guerra Mundial, particularmente por el régimen nazi. Sin embargo, durante la década de los sesenta, ya existían esfuerzos dentro de la academia para cubrir dicha laguna desde una base materialista, como fue el caso de Pierre George y su geografía activa, que hacía particular énfasis en la observación de los modos de producción (George, 1966, 1982; Coll Hurtado, 2009). George, al ser maestro de Lacoste, representó una influencia importante durante los primeros años de la escuela de Hérodote.

En una de sus obras más conocida en Hispanoamérica, Geografía, un arma para la guerra, Yves Lacoste distingue tres tipos de geografías (2012): 1) geografía escolar y universitaria: aquella que aprendemos y estudiamos en las instituciones académicas básicas, cuyo carácter nemotécnico y monográfico niega a la diciplina toda reflexión que no sea de carácter instrumental y positivo; 2) geografía espectáculo: donde los lugares son explotados para su consumo acrítico, en aras de ser observados y apreciados por su mera experiencia estética; son “vaciados” de sentido, ya que nuestra presencia en ellos afirma el consumo pecuniario de los mismos; con clara influencia del pensamiento de Guy Debord (2000), esta forma de geografía es la que el turismo requiere para funcionar como industria; 3) la dimensión escondida por las dos anteriores, donde la geografía es utilizada como instrumento para el ejercicio del poder, como elemento de dominación, de conflicto, de lucha y disputa. Las dos primeras -donde la comprensión comparte el grueso de la población- disimulan la tercera, de la que es necesario ser conscientes.

Para generar dicha conciencia, Lacoste (2008) recupera a la geopolítica, no como una diciplina específica o un arte, sino como un método que tiene como objetivo el estudio de las rivalidades de poderes o de influencias sobre los territorios y las poblaciones que en ellos habitan; no juzga la forma en que se manifiesten dichas rivalidades, o la envergadura de sus actores, siempre y cuando se liguen a una dimensión territorial. Por ello, tiene la virtud de despegar a la geopolítica del Estado como actor único, permitiendo así el estudio de todos aquellos elementos que entran en conflicto por el control o la dominación en sí. Lo anterior abre la puerta a pensar “geopolíticamente” diferentes niveles y dimensiones, desde lo global, lo regional o lo local, negando a “lo mundial” su papel de metaescala:

Cualquiera que sea la extensión territorial o la complejidad de sus factores geográficos, una situación geopolítica se define, en un momento dado de una evolución histórica, por la rivalidad de poderes de una envergadura considerable, y por la relación de fuerzas que se encuentran sobre las diferentes partes del territorio en cuestión. (Lacoste, 1995: 3)

Para efectuar el análisis de estas realidades, Lacoste traza la superposición de varios planos o capas de expresión en aras de delimitar el territorio que ocupa esta problemática, para lo cual es necesario observar y construir ensambles territoriales: estos son la representación construida de las relaciones entre diferentes elementos que tienen pertinencia para comprender la problemática que se desea estudiar. Ya sean océanos, fronteras, límites, montañas, ríos, ciudades o cualquier otro tipo de expresión territorial, Lacoste (2008) sostiene que es posible representar esquemáticamente a través de mapas la combinación jerarquizada de los diferentes elementos sobre los que el poder es ejercido en los territorios que los actores controlan o que se disputan. De esta forma, el mapa no es sólo una abstracción gráfica de una realidad geográfica, sino que se convierte en una herramienta metodológica para ordenar los diversos elementos que comprenden una situación geopolítica, apoyando al observador a percibir su jerarquía, cómo se relacionan y se “ponen en juego” dentro del conflicto territorial (Lacoste, 2000).

Por ello, desde esta propuesta, es importante tener en cuenta que la mayor parte de los razonamientos geopolíticos significan un ejercicio multinivel. Al observar el ensamble espacial en su totalidad, no es suficiente conocer únicamente los intereses o características generales de los Estados implicados, sino que hace falta considerar también los rasgos de las regiones internas pertinentes a la problemática a estudiar (Lacoste, 2008), ya que discriminar el papel y las dinámicas de las divisiones subestatales provocaría un análisis incompleto, pues nos llevaría a pasar por alto las representaciones que emanan de la población que las habitan, enajenando así a los sujetos que producen y reproducen el conflicto que observamos. Esta argumentación permite al grupo de Hérodote estudiar, desde la geopolítica, regiones que pueden estar contenidas en diferentes Estados, como el caso de la investigación de Barbara Loyer (1997, 2006) en torno al País Vasco.

Sin embargo, esta propuesta no se limita a los niveles locales o nacionales. Siguiendo la tradición de reflexionar la geopolítica como expresión de mundialización, Lacoste (2008) hace énfasis en considerar las relaciones de alianza y hostilidad con las fuerzas “exteriores” -ya sean Estados, movimientos políticos, u otro tipo de actores-, que pertenecen a territorios vecinos o distantes; todo depende de la envergadura del conflicto. En la mayoría de los problemas geopolíticos, las alianzas exteriores tienen una gran importancia. Estas repercuten en su comunidad regional e impactan a la comunidad internacional de donde surgen. El autor señala que los problemas interiores se desarrollan en ocasiones sin mayores repercusiones al exterior, lo cual no es una regla, sólo una tendencia. Hay conflictos que repercuten tanto en el nivel local, como en el nivel nacional, el regional o incluso en nivel internacional. Lacoste (2008) señala que el análisis del conflicto debe contemplar su duración, desde su inicio hasta su desenlace, dando particular importancia de las consecuencias de este, que pueden presentarse tanto en territorios vecinos como a distancias enormes, dependiendo de las características de la problemática y de cómo esta afecte a las representaciones de las poblaciones que le dan forma. Metodológicamente hablando, el análisis geopolítico es de carácter relacional, por lo que la dimensión tecnológica y de comunicación de los actores tiene un lugar preeminente. Por tanto, este análisis requiere ser construido a través de una óptica multinivel, expresándose a cartográficamente a través de un diatopo, es decir, una serie de mapas sucesivos que ilustran los elementos diferenciados del conflicto en cada uno de sus niveles, lo cual expone la territorialidad como una enorme telaraña: una vez que jala de un hilo, puede repercutir en toda la estructura, depende de las características y el momento en que se tira.

Para elaborar un trabajo analítico desde este método se requiere comprender cómo los actores que disputan el territorio lo piensan y lo interpretan, por ello Lacoste hace particular énfasis en las representaciones geopolíticas, para quien son el conjunto de ideas y percepciones colectivas de orden político, religioso u otro, que animan a los grupos sociales y que estructuran el imaginario colectivo, su interpretación del conflicto en sí o, incluso, conforman la visión de su mundo (Lacoste, 1995, 2008, 2010).

En este sentido, representar tiene dos aristas: aquella que podemos ligar al acto de dibujar, “mostrar de una manera concreta” donde se enmarca la creación de mapas y otras formas de representación cartográfica; y, por otro lado, la de “representar” un papel, como en teatro, es decir, el performance, tanto como individuo como colectivo (Lacoste, 1995). El acto de representar es fundamental para Lacoste, ya que las percepciones se transforman en intenciones y posteriormente justifican acciones. Para este autor (Lacoste, 1998, 2008) la representación de la nación es central para el análisis, ya que el poder y el territorio se mantienen como dos elementos que se hilvanan para darle contenido: es un máximo fundamento geopolítico.

La nación un concepto diverso, sujeto a otras representaciones específicas de las poblaciones y los lugares que la generan y comparten, reconociendo así la pluralidad de la misma comunidad imaginada. Para Lacoste existe también una prominente tendencia política en dicho concepto y, dependiendo de los intereses de los grupos, de las clases sociales a las que pertenecen o del lugar desde el que planteen su visión, será la forma que tome la representación en el grupo. De esta forma, el discurso de nación entra en múltiples contradicciones, dependiendo del ejercicio del poder y de las intenciones, necesidades -o incluso cosmovisiones- de los diferentes grupos que la comparten. Luchar en el plano de las ideas, a partir de poner en duda el monopolio sobre el concepto que de facto ciertos grupos presumen - dígase el uso de la palabra nación como reivindicación-, es para Lacoste construir nación. Al ser esta una representación territorial, esa lucha es geopolítica.

La transfiguración de la geopolítica planteada por el grupo significó un avance muy importante para el pensamiento geopolítico actual. A partir de que aquella tomó fuerza en la academia, consideramos que gran parte de los debates en Francia se desarrollaron ya sea con base en las ideas de Lacoste o como crítica a las mismas. De Hérodote surgieron académicos como Beatrice Giblin (1990, 2005, 2016), quien redefinió la geopolítica regional y es una de las mayores impulsoras del método, Philippe Subra (2012, 2014), que utilizó la geopolítica en el análisis del ordenamiento territorial, la antes mencionada Barbara Loyer, Frederick Douzet (2012) en el estudio de Estados Unidos y el ejercicio de la democracia, entre muchos otros. El método ha abierto el campo de la geopolítica al urbanismo, la regionalización, los impactos coloniales, las religiones, los procesos de integración, entre muchas otras áreas de estudio o disciplinas.

Si tenemos que realizar alguna crítica al método planteado por Lacoste, sería que pretende presentarse como un medio para realizar un análisis “objetivo”, pidiendo a quien lo realiza “separarse” de la problemática. Esta posición forma parte de la tradición moderna del quehacer científico, la cual se encuentra en entredicho justo desde finales de la década de los años sesenta hasta la fecha. Los observadores no pueden abstraerse de la realidad que observan sin informar de manera consciente o inconsciente su análisis con bias personales. Como bien señala Judit Bokser (2013), aquello que investigamos y cómo lo investigamos está inevitablemente ligado a la estructura de la sociedad en la que estamos inmersos. Además, al hacerlo con una herramienta como un mapa, el desdoblamiento se hace cartesiano y se presume como “verdadero” por el propio carisma de la herramienta, por lo que puede llegar a generar una posición anticrítica. Por otro lado, es posible argumentar que el análisis de las representaciones es realizado a través de representaciones, por lo que las categorías utilizadas, como la nación, más que darnos un entendimiento de la problemática, puede terminar afirmando los órdenes discursivos de los que es parte. Esto es vital, ya que, en el rompimiento con la geopolítica imperialista, tal operación analítica puede acabar afirmando las categorías que sustentan a aquel registro imperial de forma indirecta. Dicho esto, todo lo anterior no niega los grandes aportes que el método ofrece al pensamiento geopolítico.

Geopolítica después del “siglo corto”

Posterior al fin de la Guerra Fría, los años noventa trajeron un consenso entre las élites en torno a la superioridad del capitalismo neoliberal como forma de organización estatal, consolidando la hegemonía norteamericana y, por ende, facilitando la aparición de expresiones de una sociedad en red. Las políticas de reducción de los ámbitos de acción de lo estatal a favor de la iniciativa privada favorecieron ensambles rizomáticos mucho más dinámicos. Ante estas trasformaciones, el discurso geopolítico tuvo necesariamente que adaptarse. Para ello, en esta década se observa cómo dentro de la esfera pública se discernieron dos expresiones dominantes.

La primera de estas expresiones se basa, nuevamente, en los modelos de la geopolítica imperialista y la metaescala. Esta intenta reconstituir la lógica del conflicto a partir de un discurso del retorno a expresiones “primordiales” de lo social, deformándolas para ajustarlas a su narrativa. La expresión más notoria es el famoso choque de civilizaciones de Samuel Huntington (2019). Evidentemente, estas son formas de manipulación del discurso, donde se representa nuevamente al mundo como tablero. La diferencia se encuentra en que en este modelo, las lógicas de fragmentación se justifican a partir de estructuras premodernas -“civilizaciones”- que escapan a la razón liberal a la par que pretenden englobarla como característica civilizatoria. De esta forma, el “otro” puede ser presentado en contradicción con la modernidad, y, por tanto, irracional y enemigo a la “democracia”, la cual se enarbola como metaconcepto central dentro del sentido común hegemónico. Así, en la visión de Huntington, la “civilización occidental” es democrática y cualquier otro se torna “no democrático” prácticamente por antonomasia (Juergensmeyer, 2009). El impacto de esta posición en la geopolítica conservadora es enorme, pues estableció el trinomio civilización-religión-conflicto, que ha tomado mayor fuerza con el paso de los años (Methot y Csurgai, 2003).

Esta tendencia hacia “lo primordial” o “lo premoderno” como eje discursivo no es exclusiva del pensamiento geopolítico de los años noventa. Hay ciertos ecos a este tipo de modelos en las teorías de las relaciones internacionales de la época. Por ejemplo, los postulados de Zaki Laïdi (1994) pretenden encontrar en las identidades parte de la explicación a los conflictos que derivan del fin del orden bipolar. Al hablar de un “desorden” y a una pérdida del “sentido”, se apoya directamente en la narrativa que da forma a la metaescala. Podemos argumentar que dicha pérdida del sentido proviene más bien de los cambios en las lógicas territoriales del poder político, donde encontramos que, a partir de 1991, hubo un debilitamiento de las estructuras espaciales propias de la escala estatal y un importante aumento en las estructuras de las sociedades en red, las cuales configuraron espacialmente el fenómeno de la globalización, dando practicidad material a lo que ahora llamamos sociedad global (Sassen, 2007; Ianni, 1998).

Existe, por tanto, una tensión en el discurso dominante de la geopolítica, ya que, al procurar establecer nuevamente las pautas de la metaescala como teatro de operación, estas empiezan a entrar en cortocircuito con la realidad material.

La otra expresión de la geopolítica que toma fuerza dentro de la última década del siglo XX es una contraposición directa a la geopolítica imperialista. Es aquella denominada dentro de la academia anglosajona como geopolítica crítica. En realidad, como corriente, su hilo conductor es la crítica a la representación de la escala global como metaescala; es la práctica consciente de la deconstrucción del discurso de “lo mundial”, uniforme, y de las formas de enajenación de las experiencias vividas bajo “el tablero” de operaciones. Más bien, hace énfasis en el estudio de las formas en que las estructuras de dominación se cimentan a través del conocimiento geográfico: la práctica del geopoder, en términos de Gearóid Ó Tuathail (1996).

Tras la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, en un arrebato de euforia, el académico neoconservador Francis Fukuyama enunció la imprudencia que marcaría su permanencia en los libros de historia: afirmar que esta última había llegado a su fin. En virtud de que ya no existía ningún enemigo que pudiese hacer frente a la hiperpotencia americana, el hombre vaticinaba una suerte de paz perpetua garantizada por el establishment norteamericano.

Es fácil dar cuenta, treinta años después, del garrafal error que suponía, pero si tomamos por unos minutos como verdadera esta pretensión, es más sencillo dar sentido a la geopolítica crítica de finales de la década de 1990. En un mundo que se percibía a sí mismo frente un proceso de totalización, donde la política global estaba entrando en un cambio de paradigmas radical, pensar la posibilidad de un reordenamiento político-estratégico diferente al americanismo a nivel internacional se encontraría fuera de lugar; el foco de atención debería de ser redirigido hacia la nueva lucha: la batalla por la inserción económica del modelo neoliberal en las partes más distantes y recónditas del globo.

El punto de partida de esta corriente de pensamiento es la tarea de desmitificar y desestabilizar los centros del discurso geopolítico tradicional. La geopolítica imperial que buscaba dejar de lado, creaba una “mirada geopolítica” (geopolitical gaze) que desarrollaba en el espectador una manera particular de entender el mundo: era un proyecto de linealización, estrategización, biologización, pseudoespacialización y naturalización de la historia que pretendía presentar las relaciones globales como una racionalidad armónica y exógena que de facto no sólo lograba una “desgeografización”, sino una despolitización de sí misma: lo primero se remite al hecho de que, para que la geopolítica imperial tuviera sentido, tenía que tomar la enorme heterogeneidad, tanto física como social que la geografía observa, y codificarla a través de un andamiaje de categorías propias del pensamiento occidental, triangulando el mapa político y negando la pluralidad de la superficie de la Tierra a través de su organización en zonas esenciales, identidades y perspectivas para transformarlas en patrones, objetos y atributos, impropios de su realidad espacial, pero coherentes en una lógica geopolítica hegemónica centralizada (Ó Tuathail, 1996); lo segundo refiere al hecho de negar el proceso político al presentar la realidad como inevitable y natural. La guerra, el expansionismo territorial y la militarización entran en una lógica apologética que las presenta como inevitables, negando su caracterización como proceso político, económico y social, creando las ligas de identidad entre la geopolítica clásica y el realismo que ya hemos analizado anteriormente (Ó Tuathail, 1996).

Partiendo de esta doble negación, comienza a desarrollarse el proyecto de la geopolítica crítica: para ella, la construcción de un imperialismo epistemológico, como el de la geopolítica clásica, tiene consecuencias tanto políticas como geográficas. Este tipo de pensamiento imperial funciona como una forma de geopoder que pretende reclamar ciertos lugares y poderes para escribir la historia a su conveniencia, reafirmando un orden espacialmente jerarquizado a favor de las metrópolis que construyen tal epistemología, y marginaliza cualquier forma de contestación a dicho orden naturalizado. El orden de lo “natural” global es el orden del discurso geopolítico (Ó Tuathail,1996). De esta manera, la geopolítica crítica se instala cómodamente en la escala global. Si bien se sigue preocupando por las rivalidades de poderes y de las influencias en la escala -y por cómo entran en juego la caracterización de la naturaleza y el ambiente en relación con la lucha político-militar-, va a centrar su reflexión en la construcción del planeta como objeto de conocimiento: la práctica de saberes que facilitan su orden y su administración (Dalby, 2003).

Reconocer la importancia de la operación política de las formas geográficas y dar cuenta de los sistemas de saber que las hilvanan es revisar cómo estas tutelan la perspectiva global del sujeto. Dicho esfuerzo debe realizarse sin limitar la atención a las formas epistemológicas preestablecidas del conocimiento geográfico; todo lo contrario, resulta toral entender el papel político de la formación de dichas conceptualizaciones (Dalby, 1991). No se trata de revivir a la mirada imperial propiamente, sino de radicalizar los componentes “geo” y “política” para problematizarlos como discurso: entender la geopolítica como representación y como prácticas que producen la espacialidad de la política global (Agnew, 2004). Esto no significa caer en los refuncionamientos de la geopolítica imperial, como los trazados por Samuel Huntington y Edward Luttwak (2002), que tratan de dibujar nuevos discursos totalitarios alrededor de la subjetividad cultural para desarrollar nuevamente una nueva expresión de la conflictividad estatista propia de la Guerra Fría. Más bien se busca aceptar a la geopolítica como una situación contextualizada propia de la reproducción social de las formas de poder político y económico (Ó Tuathail y Dalby, 1998). Con un espíritu plenamente posmoderno, se pretende establecer la gubernamentalidad inmanente en la voluntad de organizar el espacio político en visiones de “orden” y “desorden”, para, posteriormente, desarrollar una crítica a ellas, así como su deslocalización y su disrupción (Ó Tuathail, 1996)

Si bien es patente que la geopolítica crítica parte del pensamiento foucaultiano -gubernamentalidad, poder/saber, ocularcentrismo-, es la aplicación de la deconstrucción derrideana en que ha encontrado mayor sentido a su quehacer, la cual se desenvuelve dentro de tres rubros principales: 1) el significado de la geopolítica, 2) el propósito de la geopolítica crítica y 3) el problema de la mirada geopolítica (Ó Tuathail, 1996). En este sentido, la propuesta invita a comprender la geopolítica como un fenómeno cultural que tiene su centralidad en la construcción estatal y el arte del Estado (statecraft); no nos enfrentamos a una serie de escuelas de pensamiento específicas, sino a prácticas espaciales, tanto materiales como de representación, del arte del Estado en sí. La política exterior se encuentra embebida en la construcción de imaginarios geográficos que se traducen en prácticas de desarrollo de límites y fronteras, y la performatividad política que responde a su existencia, se vierte en un discurso que presenta un “adentro” y un “afuera” que impacta directamente en el imaginario de la seguridad, la pertenencia e incluso la mismidad, que referencia a un territorio definido.

Todo lo anterior deviene en la articulación de mitologías propias del Estado, que a través de una proyección imaginaria de lo “doméstico” y lo “foráneo”, desarrollan un entramado cultural que reverbera en la producción del excepcionalismo nacional, dando sentido al polígono territorial en relación con sus contrapartes (Ó Tuathail y Dalby, 1998). La crítica a la centralidad estatocéntrica invita a comprender la geopolítica crítica como un testigo de la pluralidad del espacio, enmascarada por dicho fenómeno, tanto en su multiplicidad como en la posibilidad de construcciones de pensar espacialidades políticas alternas.

De esta forma, la geopolítica crítica se presenta como práctica trans/textual de la cultura, que se concentra en el estudio de las representaciones de la construcción de lo global, las cuales son atravesadas por relaciones de poder y género. Sin embargo, en este punto encontramos su mayor debilidad: todo su andamiaje se levanta en torno solamente a las representaciones como único objeto de estudio y, por tanto, de crítica. En palabras del propio Ó Tuathail:

Al exponer a la geopolítica como una ficción conveniente, la Geopolítica crítica se revela a sí misma de manera similar como una ficción conveniente de oposición. Es solamente el punto de arranque para una forma diferente de geopolítica, una que, esperemos, este menos cargada por el nacionalismo y universales chovinistas y más comprometida con la justicia cosmopolita y el análisis autocrítico. (citado en Jones y Sage, 2010: 316)

A partir de esta observación comienza una desvalorización, no sólo del término en sí, sino de la idea de la construcción de relaciones asimétricas de poder a diversas escalas que tengan la capacidad de estructurar de cierta manera la forma en que se construye o, mejor dicho, produce la espacialidad desde una intencionalidad estratégica.

Consecutivamente, encontramos la degeneración que presenta Christopher GoGwilt, donde la geopolítica no puede salir de ese estado de ficción. Para él, hablamos sólo de un tejido de concepciones culturales europeas decimonónicas que han permeado al siglo XX a partir de su deslocalización y su diseminación por “Occidente”. Sin embargo, dichos imperativos -nación, Estado, soberanía, control-, se encuentran irresueltos: son “sólo” representaciones (GoGwilt, 2000). En GoGwilt, el examen de las nociones, designaciones y entendimientos geográficos que intervienen en la construcción de la política global no puede ser establecido como un campo de estudio, ya que parte de la noción de que, al ser simplemente una narrativa, una ficción cómoda, no está cimentada en la realidad material.

Una vez establecidas ambas expresiones de principios del siglo XXI, es interesante observar que, a pesar del choque directo entre las dos corrientes -ya que, en principio, la geopolítica crítica es un ataque frontal a la geopolítica imperialista y a las nuevas vertientes de esta- ambas se mantienen como expresiones de fragmentación. La deconstrucción, como práctica fundacional de tal geopolítica crítica, se ajusta a las lógicas de descentralización del discurso, espejeando las descomposiciones territoriales que se producen en el rizoma de la globalidad neoliberal (Adame, 2013); esto nos habla de la construcción de nuevas fuentes de sentido común, es decir, refleja la hegemonía actual. Es una corriente que no carece de virtudes; su enfoque deconstruccionista ha llevado a repensar la manera en que abordamos las grandes “categorías o actores” de las distintas ciencias sociales de las que abreva: el Estado, la nación, la frontera, la región, la religión, etc. De igual manera, ha denunciado cómo la forma en que se representa la conflictividad en la geopolítica, el discurso de la misma, es también parte fundamental de los juegos de poder que desarrollan y mantienen las diferentes asimetrías. Lamentablemente, en dicha tarea ha dejado de lado una reflexión espacializada de las dinámicas conflictivas y las desigualdades, dedicándose más bien a geolocalizar discursos y estudiar su narrativa como conjunto de representaciones. El resultado es una “crítica acrítica”, ya que falla en atacar y denunciar las bases material-espaciales que estructuran la asimetría, enajenándolas en un nuevo discurso “abierto”.

No es de sorprendernos que, posterior a los ataques del 11 de septiembre de 2001, ambas geopolíticas -crítica e imperialista- tuvieran un resurgimiento en el discurso, siendo la segunda la más difundida y la que ganara el imaginario público del sentido común de un mundo securitizado. Síntoma de ello es que, incluso para naturalizar el conflicto, la historia fuera revivida por Robert Kagan (2008), para ponerla a disposición del discurso hegemónico norteamericano.

Por una nueva geopolítica

Deborah Cowen y Neil Smith sugirieron en alguna ocasión que la propia idea de una “geopolítica crítica” era una antinomia, equivalente a hablar de un “capitalismo crítico”, dado que existe una asociación indisoluble entre el concepto y el proyecto estatista de control espacial y el imperialismo (Cowen y Smith, 2009). Si bien concordamos plenamente en las razones que los llevaron a tal afirmación, no comulgamos plenamente con ella. La capacidad crítica se encuentra en la posibilidad de desarrollar una praxis creadora que, a su vez, tenga como fin tanto la denuncia de las formas del mundo actual como la creación -material- de formas alternas que armonicen con dicha denuncia. Es necesario, más que nunca, subvertir la geopolítica para utilizarla como herramienta para comprender las formas de reproducción social a nivel multiescalar. Se requiere que reconstituyamos cómo razonamos “lo geopolítico”. Existen varias expresiones que caminan por esa tónica.

La vertiente feminista, por ejemplo, en su ataque a la falta de concreción a la geopolítica crítica anglosajona, tuvo el acierto de poner al cuerpo en el centro de la discusión. Esta corriente, por un lado, derivó en el desencantamiento de varias de sus exponentes originales, como lo ha expuesto Jennifer Hyndman (2019). Por otro lado, ha creado un pensamiento original, crítico y materialista, como el expuesto por Deborah Dixon (2015), en el cual incorpora la materialidad del cuerpo. La carne (flesh) se convierte en un punto de entrada para analizar cómo las políticas globales afectan a las personas a nivel físico y emocional. Esta perspectiva desafía las nociones abstractas de la política internacional al poner de relieve las experiencias corporales y cotidianas de las personas, especialmente de las mujeres y otros grupos marginalizados.

Paralelamente, existen corrientes de pensamiento geopolítico crítico latinoamericano basados en el materialismo histórico que claramente tienen un carácter transformador, por ejemplo, los trabajos del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica (OLAG), quienes han realizado un trabajo importante en torno al concepto de hegemonía, la producción estratégica de recursos, los procesos de militarización, el papel de las corporaciones transnacionales y el análisis de movimientos anti sistémicos (Ceceña, 2018b; Ceceña y Yedra, 2017; Ornelas, 2021). También podemos encontrar a Atilio Borón (2014), quien contrapone los momentos de transición histórica del continente en el marco del imperialismo norteamericano. En ambos casos, “lo geopolítico” se perfila desde lo global, sin embargo, este no es un nivel estático, no se expresa como una metaescala, sino como una relación intrusiva que forma parte de las estructuras de dominación propias del capital. Observamos cómo la realidad global no puede ser comprendida sin observar la dialéctica campo/ciudad, la producción de centros/periferias y la consolidación de desarrollos geográficos desiguales (Harvey, 2014); cómo los procesos de dominación imponen formas de acumulación que desvalorizan espacios, para la revalorización de otros. El mantenimiento de inequidades genera contradicciones que se expresan, como diría Franz Fanon (2018), en la acción de la violencia como resultado de la estructura del capitalismo.

Por tanto, consideramos que es necesario construir otra visión de la geopolítica para entender los procesos sociales que nos encaran, la cual debe estar asentada en la observación de las bases estructurales que dan forma a los mismos. Hemos llamado geopolítica negativa a una corriente muy clara de propuestas que pretenden construir a la geopolítica como método, recuperando los aportes de la escuela de Héredote, pero centrándolos en términos del pensamiento crítico (Saracho, 2017, 2020a, 2020b); desagregaremos algunas de estas ideas.

Negatividad y mundo

Buscamos recuperar el carácter “crítico” de la geopolítica, pero no como un conocimiento totalizador, ni como mero juicio a dicho conocimiento, sino como un método que nos permita abordar el estudio del ejercicio del poder en el espacio utilizando el análisis de las representaciones. Sin embargo, es necesario pensar a las representaciones como un trayecto hacia la comprensión de las situaciones sociales que expresan tanto dimensiones simbólicas como estructurales (Bourdieu, 2011). Nuestra propuesta debe entenderse, entonces, como negativa, ya que se rehúsa someterse a la epistemología que alimenta la geopolítica imperial y tradicional, denunciando sus mecanismos. Dicho eso, también debe ofrecer una interpretación de los procesos en términos de su materialidad sistémica, no sólo de las representaciones que esta última provoca. La negatividad epistemológica se basa en interpretar “lo que es” en los términos de “lo que no es”, confrontando los hechos con aquello que excluyen. Bajo esta lógica, la negatividad nos invita a observar que, al investigar el conflicto geopolítico en los términos de la epistemología imperante, en realidad estamos deformándolo, alienándolo y falsificándolo (Marcuse, 1994) y terminamos afirmando los discursos hegemónicos.

La geopolítica negativa se proyecta en dos cauces. Por un lado, niega la epistemología que da sustento ideológico a la modernidad capitalista, denunciando a aquellos que, al afirmarla y anteponerla a cualquier otra opción de interpretación, excluyen toda construcción alternativa que no encaje dentro de sus límites. Por otro lado, busca, en la configuración de sus análisis, las contradicciones sistémicas que no sólo desmienten lo afirmado por la modernidad capitalista, sino que funcionan de trayecto entre las representaciones y la dinámica estructural para iluminar la posibilidad de rompimientos, transformaciones y nuevos mundos posibles.

Esta cuestión del “mundo” no es menor; está inscrita en el nombre. La geopolítica imperialista de principios del siglo XX, basada en el determinismo geográfico, buscaba establecer cómo las relaciones políticas eran determinadas por el medio ambiente, el geos (Kjellen, 2024; Haushofer, 1986). La vertiente crítica anglosajona subvirtió esta fórmula al proponer que más bien es “lo político” aquello que determina este geos: lo geográfico como forma de saber-poder. Dixon busca dar un giro a ambas propuestas, al regresar al énfasis en el geos, pero no como determinismo, sino como referencia a los cuerpos como resultado de los procesos naturales, y la bipartición sociedad/naturaleza como una dicotomía impuesta por el pensamiento instrumental, ya que nos desarrollamos como sociedad de forma metabólica con nuestro medio, en lo cual tiene razón (Dixon, 2015).

Nosotros partiríamos de que ni el geos ni lo “político” son conceptos atemporales. Su materialidad se interpreta según el momento histórico y la sociedad que lo transita, con diferentes duraciones, sujetas a innumerables factores; a veces están unidos, otras están dicotomizados y en ocasiones ni siquiera son dimensiones concretas por interpretar. Su exégesis depende del tiempo y el lugar en que se realiza, y se determina por las formas como se inscriben en una totalidad de pertenencia, ordenada mas no simétrica, donde existe un conjunto de objetos y sujetos al interior de un área, integrando un espacio que cuenta con modos de representación tanto de sus relaciones como de su entorno: un mundo -monde, welt-. Todo lo anterior ha estado detrás de la geopolítica desde su configuración: una interpretación de “lo mundial” que absorbe la dicotomía sociedad/naturaleza para presentar maneras de estar y comprender el mundo (umwelt) (Cassin, 2018). Sin embargo, un mundo no sólo se interpreta, se terraforma. Se construye a partir de la manera en que reproducimos nuestra sociedad.

Por el sistema-mundo

A diferencia de como lo hizo la escuela de Hérodote, no partiremos de la noción de territorio, aunque la recuperaremos más adelante, sino que anclaremos la reflexión desde la idea del espacio. Si bien pareciera que en una discusión sobre geopolítica el espacio es una dimensión evidente, no lo es, lo cual se debe a que, metodológicamente, tal dimensión puede ser abordada en términos ideológicos o políticos, pero rara vez es abordada en términos estructurales. Cuando en la geopolítica se habla del mastering space o del control de “espacios globales”, dicho “espacio” se construye discursivamente como objeto abstracto y tiene como función primordial vincular las ideas de distancia, dimensión, extensión, delimitación, e instrumentalidad al discurso geopolítico, para afirmar la metáfora del “tablero”, sin ser propiamente abordado. Esto se debe a un transvase que tiene como origen a la geopolítica imperialista, que hablaba del espacio ligado a la idea determinista del raum. De ninguna forma planteamos volver a dicha fuente sin antes resignificar adecuadamente este concepto para nuestra geopolítica. Afortunadamente, tanto la recuperación marxista del espacio en los años setenta, como el giro espacial de la década de 1980 brinda una base de trabajo sobre el cual operar adecuadamente.

Con base en la geografía crítica, partimos de la propuesta lefebvriana, que plantea que el capitalismo necesita producir espacio para desarrollarse (Lefebvre, 2013), lo cual contiene varios significados. El espacio se construye materialmente a partir de objetos producidos y vendidos como mercancías. Al producir espacios, nos rodeamos de mercancías para habitar en ellas. Por ello, somos sujetos perdidos dentro de nuestros objetos (Lefebvre, 1969; Saracho, 2020c). Otro significado es el espacio como un producto constituido por las relaciones sociales de producción que surgen en su interior, con toda su multiplicidad de configuraciones complejas e interconectadas. El trabajo -necesario para diseñar y construir nuestro mundo social- es en su inmensa mayoría trabajo asalariado, realizado por personas que venden su fuerza de trabajo. Por ello, hablar de espacio no sólo habla de la forma material que este presenta, sino también de la interacción de los cuerpos con las edificaciones y con su ordenamiento, así como con las ideas que sostiene dicha interacción (Lefebvre, 2013). Estas realidades supeditan las posibilidades que vienen inscritas en el medio físico, puesto que es su instrumentalidad, tanto dentro de la trama de la reproducción social como en su lugar en la matriz tecnológica en específico, la que construye un objeto o forma de vida como “recurso” (Raffestin, 2013); por ello hablamos de la forma en que producimos mundo. Si esta propuesta parte de la producción del espacio, lo que se pretende no es estudiar solamente las representaciones, sino su orden material.

Sin embargo, el mundo está anclado al momento y lugar histórico en el que surge, lo cual no es un asunto menor, ya que dentro de la textualidad de la geopolítica tradicional, esta se presenta como imagen del “presente” o del “momento actual”, volviendo sólo al pasado para dar una explicación evenemencial que, a través del tablero, demuestra el “ahora” como inevitable; si no enajena la historia, la enuncia y posteriormente la desecha. Para nuestra propuesta, volver al tiempo es autoevidente, ya que la necesidad de “producir” -no únicamente “construir”- espacio es propia del capitalismo. Para lograrlo, es necesario subvertir la consigna ratzeliana de “descifrar el tiempo a través del espacio” y dialectizarla, para también leer el espacio a través del tiempo; como sujetos estamos constantemente realizando modificaciones a nuestro medio. Dicha acción tiene como resultado una configuración propia, que se traduce en la disposición de un “lugar” determinado.

Paralelamente, dichas modificaciones se encuentran sujetas a ese ciclo de construcción y destrucción creativa, por lo que también significan un “momento” determinado. El espacio producido en un momento formó parte de un modelo de mundo, otorgando materialidad y consistencia a este. Con el cambio de los procesos, estas estructuras -si bien pueden ser instrumentalizadas para aptarse al nuevo mundo- representan contradicciones temporales que se mantienen yuxtapuestas en el espacio (Schlögel, 2007), lo cual significa que negamos la linealidad de los procesos históricos, ya que se encuentran inscritos en varios tiempos simultáneos, gracias a sus anclajes espaciales en el presente.

Lo interesante es que estos tiempos simultáneos pueden volver a ser resignificados para trastornar su mundo en cualquier momento. La geopolítica negativa debe percatarse tanto de los movimientos de larga duración (en términos bruadelianos) como entender los momentos “káiricos” del mundo observado, es decir, comprender esos puntos de inflexión de transformación y cambio dentro de los procesos históricos (Wallerstein, 1991; Hartog, 2020). Para ello, debemos interpretar los tres espacio tiempo que reconoce Immanuel Wallerstein.

Espacio-tiempo cíclico

Las tendencias cíclicas se refieren a las fluctuaciones periódicas dentro del mundo capitalista, caracterizadas por lapsos prolongados de expansión y contracción económica. Wallerstein da ejemplos claros como los ciclos de Kondrativev, o los ciclos hegemónicos, cuyas fluctuaciones varían y son impulsados por varios factores propios de la circulación del capital, incluidos cambios en la oferta y la demanda, innovaciones tecnológicas y cambios en la división global del trabajo (Wallerstein, 1997). Lo que a la geopolítica negativa le interesa es observar las duraciones de los procesos en el espacio dentro de las dinámicas de los ciclos, es decir, la forma en que fenómenos sociales encuentran expresiones recursivas dentro de los marcos del mundo; no busca generar un determinismo histórico o económico, sino ilustrar cómo el espacio producido influye en la duración de un proceso, como la regionalización, la renta urbana, la concentración demográfica, o la explotación. Esto tiene dos sentidos: por un lado, pretende descarrilar la historia lineal, para comprender que mucha de la repetición en el sistema se basa en la forma en que este se “arraiga en tierra”: el espacio materializa una morfología instrumental que está sujeta a las relaciones de poder que lo estructuran y que a su vez se sirven de él para estructurar la sociabilidad que las reproduce.

Wallerstein (1991) explica que estos ciclos consisten en periodos alternados de crecimiento (expansión) y declive (contracción). Por ejemplo, un ciclo puede comenzar con una fase de expansión económica, en la hay un aumento en la inversión, producción y consumo. Esto fortalece la urbanización mundial y la jerarquización de las urbes en términos relacionales, a razón de la acumulación del capital. Dicha fase eventualmente es seguida por un periodo de contracción marcado por una desaceleración económica, disminución de la producción y reducción de la inversión. La propia urbanización permite que, en la faceta de desaceleración, pueda concentrarse la actividad del capital para mantener un flujo de acumulación/trabajo necesario para reactivar nuevamente el ciclo. Por tanto, es importante comprender que el movimiento cíclico tiene pivotes fijos con duraciones distintas. Hablamos de sistemas no lineales. No debemos de caer en simplificaciones que observen estos ciclos como relaciones “progresivas”, sino reconocer estas figuras recursivas como reflejos de las contradicciones del capital,2 lo cual permitirá apreciar las discontinuidades que pueden establecerse en momentos y lugares, dentro de su flujo, consintiendo así la visibilización de las contradicciones que se generan al interior. Los ciclos espaciotemporales se construyen en una red de sistemas complejos que cuentan con “atractores extraños”, un estado hacia el cual tiende a evolucionar un sistema dinámico, aunque el camino del sistema se muestre aleatorio y caótico.

Estos ciclos pueden revelar tanto imprevisibilidad como un orden subyacente generado por el capital. Además, muestran cómo los sistemas producen estabilidad y dinamismo (Byrne, 1998). Dentro de los ciclos de cambio, se observan patrones espaciales recurrentes, a los cuales llamaremos procesos kutiyficados.3 Estos procesos retornan a estructuras previas para reorganizar y transformar las estructuras sociales. Así, es posible transitar de un ciclo a otro manteniendo una forma sistémica estructural similar, como discutiremos más adelante, al reflexionar sobre la producción de los cuerpos. Esto implica que no existe una continuidad ininterrumpida entre los diferentes ciclos, ya que el espacio-tiempo es discontinuo, marcado por saltos y revoluciones (Estermann, 1998). No hay un pasado y presente simples, sino que ambos coexisten en una sincronicidad intercíclica. Más que procesos lineales y progresivos, observamos movimientos en espiral. De esta manera, el espacio-tiempo es más bien un rompecabezas “multiconfigurable” o “policonfigurable”.

El espacio-tiempo estructural

Esta dimensión espaciotemporal surge primordialmente para reproducir las relaciones de producción. Genera los sujetos necesarios para la producción a través de lugares diferenciales, infraestructura estratégica y ordenamiento espacial, articulando una división del trabajo que traduce la dinámica general de las clases sociales en segregación espacial. El tiempo-espacio estructural habilita las tendencias seculares dentro del sistema-mundo capitalista, las cuales representan transformaciones a largo plazo y son fenómenos de larga duración (Wallerstein, 1991), consolidando lo que Antonio Gramsci denominó “bloques históricos” (Gramsci, 1984; Portelli, 2003), lo cual significa que las contradicciones espaciales reflejan las contradicciones inherentes al capitalismo. De las tendencias seculares que este tiempo-espacio nos permite observar, destacamos la transformación de los espacios, los sujetos y la tecnología.

Estas tendencias evidencian la expansión de la medida geopolítica del capital, es decir, la forma en que el sistema se esfuerza por producir un espacio favorable para su propia reproducción, adaptación y evolución, absorbiendo y rearticulando otros espacios para integrarlos al sistema, expandiendo así la dimensión geográfica del “mundo” (Veraza, 1999; Saracho, 2018). Esta transformación responde a la inestabilidad perpetua del capitalismo, sometido a presiones técnicas, económicas, sociales y políticas en un contexto de cambios continuos, lo que obliga al capital a desarrollar nuevas estrategias de reproducción territorial. También nos permite observar la proletarización de los cuerpos, es decir, la transformación de las personas en trabajadores asalariados, impulsada por las contradicciones entre el capital y el trabajo, con el objetivo de aumentar las ganancias a corto plazo (Wallerstein, 1991). A medida que la expansión espacial se ralentiza, una mayor proletarización podría reducir la participación global del valor excedente retenido por la burguesía. Esto nos lleva a considerar el cambio tecnológico y organizativo, impulsado por la contradicción entre el trabajo vivo y la tecnología. El desarrollo e implementación continua de nuevas tecnologías posibilita la sustitución de cuerpos proletarizados en el espacio de trabajo, generando, por un lado, nuevas formas organizativas que transforman los procesos de producción y, por otro, expandiendo la medida geopolítica del capital para reorganizar sus excedentes (Wallerstein, 1991; Harvey, 2007). Esto implica transformar las relaciones sociales dentro del sistema capitalista para mantener la rentabilidad del sistema y enfrentar las contradicciones emergentes.

El espacio-tiempo transformativo

Todo tiempo-espacio se abre a otra posibilidad diferente a la que materializa, a lo que Wallerstein llama bifurcación, es decir, un breve lapso de cambio fundamental que puede afirmar las formas del sistema o contradecirlas. Esta bifurcación se presenta en los momentos kairicos, que dan las diferencias cualitativas en la experimentación del tiempo durante los momentos de profunda transformación (Wallerstein, 1991). El espacio-tiempo transformativo existe en un estado liminal en el presente. Constituye el “ahora” del que habla Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia (Benjamin, 2008). La bifurcación, a pesar de su nombre, no es enteramente binaria, porque la estructura es poliforme; no se puede plantear con anterioridad qué camino tomará, aunque si reconocemos la kutiyficación de los procesos sociales, sabemos que la transformación tendrá un retorno de relaciones estructurales o la posibilidad de un rompimiento con las mismas.

Wallerstein plantea que esta división sólo es transitoria, entre una estadía hacia otros muchos procesos posibles. Sin embargo, la bifurcación es inevitable, ya que se encuentra ligada a la politización de las contradicciones en las relaciones de capital. Dicha politización se define como el surgimiento de movimientos antisistémicos y luchas políticas asociadas con el proceso de proletarización (Wallerstein, 1991). Tales movilizaciones incluyen partidos de trabajadores, movimientos de liberación nacional y otras formas de resistencia que desafían el sistema-mundo existente. Sin embargo, en este punto tenemos que disentir con Wallerstein, pues no estamos enteramente de acuerdo con la idea de que la bifurcación sea “transitoria”, ya que no es sólo temporal, sino también espacial. La configuración poliforme y la sincronicidad intercíclica de los procesos garantizan que en el espacio se mantengan las posibilidades inmanentes de transformación en todo “presente”; podríamos llamarlo un espacio del ahora, en tiempos benjaminaianos. Comparten tiempos tanto los lugares sistémicos como los lugares antisistémicos.4 Las contradicciones del capital tienen presencia dentro de los espacios sistémicos, por lo que la transformación y la construcción de “otros mundos” permanece liminal en ellos. Más que un momento transitorio es un proceso potencial en el ahora. A pesar de la alienación y la manipulación ideológica, Lefebvre reconoce que la producción del espacio también contiene momentos de resistencia. Cada código de resistencia puede ser visto como una forma de rompimiento creativo, una poiesis, que habita en la contradicción sistémica en todas sus escalas. En este orden de ideas, afirmamos que para la geopolítica negativa todo análisis se encuentra enmarcado dentro de la dinámica del sistema-mundo capitalista, no como una metaescala sino como articulación histórica en términos socioespaciales que produce y reproduce un mundo. Dicha articulación se encuentra en constante expansión y transformación desde su aparición en el siglo XVI.

El sistema-mundo presenta centros y periferias definidos en espacios y tiempos concretos, con una división del trabajo única, múltiples sistemas de representación política y con algunos patrones culturales comunes donde el modo de producción determina la forma de la estructura para las necesidades específicas del mantenimiento de sus relaciones sociales (Wallerstein, 2005). La generación de centros y periferias relacionales no concentra toda la actividad en una centralidad unificadora, sino que más bien atienden a las necesidades diferenciales del proceso de producción, las cuales responden a la especificidad de la división del trabajo que sostiene las trasformaciones técnico-materiales que revolucionan el espacio tiempo estructural.

Radicalizar el pensamiento geopolítico significa derribar definitivamente la metaescala. La geopolítica negativa tiene claro que el objetivo de una generación del espacio a través de todos sus niveles es la producción de cuerpos diferenciados para la reproducción del sistema capitalista. No es que los cuerpos se supediten a lo global, es que lo producen con su acción. Por ello, se propone invertir la perspectiva geopolítica, al comprender que la finalidad es la producción de subjetividades que reproduzcan la dinámica sistémica. Es fundamental entender que los cuerpos sociales diferenciados surgen de las corporalidades individuales atravesadas por el capital. Dixon argumenta que los cuerpos no son simplemente entidades biológicas, sino que están profundamente imbuidos de significados políticos y sociales. La (en)carnación también implica que los cuerpos son los lugares donde se inscriben las políticas geopolíticas, ya sea a través de la violencia, la migración, la salud o la economía (Dixon, 2015).

Thomas Csordas propone un paradigma de embodiment (incorporación) que enfatiza la importancia de comenzar con la percepción corporal en toda su riqueza e indeterminación, en lugar de con conocimientos abstractos y objetivados. También basado en el concepto del habitus de Pierre Bourdieu, colapsa las dualidades de cuerpo-mente y signo-significado en el contexto de la práctica: el habitus como cuerpo socialmente informado, genera y estructura prácticas y representaciones de acuerdo con el mundo social. La (in)corporación es poner el cuerpo en su sitio (Csordas, 1990), lo que se traduce históricamente en estrategias de vincolismo, es decir, ligar y afirmar un cuerpo con espacios definidos (Anderson, 1979; Saracho, 2019). Las contradicciones de clase, raza y género que observa Wallerstein en el sistema-mundo se configuran en nuestra propuesta como ejemplos de atractores extraños que se consolidan como vórtices hacia los que el sistema se decanta, lo cual nos lleva a la discusión del cuerpo como escala geográfica, que articula los demás niveles escalares, ya que estos atractores extraños tienen una estructura fractal y ocupan un espacio complejo dentro del espacio de fases del sistema (Byrne, 1998). De ello hablaremos más adelante. Por ahora, es importante analizar tres formas en que el cuerpo se produce en el sistema-mundo.

Producción de cuerpos en el sistema-mundo

En términos de clase

La estructura de clase en el capitalismo se define por una contradicción fundamental: aquellos que poseen los medios de producción y quienes deben vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Este proceso de diferenciación de clase tiene profundas implicaciones socioespaciales. La acumulación originaria es, en esencia, una revolución espacial. Consiste en cercenar los lazos con los espacios comunes, impidiendo que los individuos puedan mantener su subsistencia de forma autónoma.

Este proceso obliga a los cuerpos a entrar en el mercado laboral, dependientes de un salario, en lugar de ser autosuficientes o producir para su propio uso (Marx, 1975). La lógica de la propiedad también es parte integral a la producción del espacio. La proletarización y la expansión de la medida geopolítica del capital están interconectadas y transforman continuamente los espacios comunes en propiedad privada y mercados laborales. Como señala Bourdieu, la clase se construye dos veces: estructuralmente, a través de las relaciones de producción, y simbólicas, a través de prácticas, estéticas, ritos y experiencias cotidianas (Bourdieu, 2011). La vida cotidiana de los trabajadores está marcada por estas relaciones de clase, moldeando su identidad y su lugar en el mundo. La proletarización está estrechamente ligada a la politización (Wallerstein, 1991). A medida que los trabajadores se proletarizan, es más probable que se involucren en movimientos políticos y expresen la lucha de clases. Este proceso puede llevar a un aumento en la conciencia de clase y a una mayor organización entre los cuerpos, fortaleciendo su capacidad para desafiar las estructuras de poder existentes.

En términos de raza

La comprensión de la producción de cuerpos en términos de raza requiere un análisis profundo de la colonialidad y sus múltiples dimensiones. Según Aníbal Quijano, parte de dicha colonialidad implica la codificación de las diferencias entre los sujetos en términos de raza, lo cual se articula con las formas históricas de la división del trabajo (Quijano, 2020). Históricamente, la raza se inventa para asociar cuerpos a roles y lugares específicos dentro de la estructura de la división del trabajo en el sistema-mundo, estableciendo dependencias y divisiones centro-periferia que se reflejan en diversas formas de explotación: desde el esclavo y el siervo hasta la pequeña producción mercantil y el trabajo asalariado (Quijano, 2020; Williams, 2022). Estas divisiones no sólo organizan a los sujetos en espacios determinados, sino que también biologizan el discurso racial, al afirmar la vincolización de la representación de cuerpos en áreas geográficas según su fenotipo. En este contexto, el discurso civilizatorio y la geopolítica imperialista resulta inoperante si no se considera el eje racial como su componente central, sea este explicitado o no.

En términos de género

La asignación diferenciada de roles y responsabilidades laborales basados en el género ha sido históricamente perpetuada, inicialmente con el propósito de mantener dominados los cuerpos femeninos y garantizar así la reproducción biológica sistémica. La readaptación de los sistemas patriarcales al sistema-mundo en la división sexual del trabajo, forma parte integral de la acumulación capitalista. Comienza con la destrucción de los comunes, es decir, la privatización de recursos que anteriormente eran accesibles para todos, y la proletarización dividida en género, dando a los cuerpos masculinos control sobre las mujeres mediante el acaparamiento del salario (Federici, 2010), lo cual se traduce en una doble dependencia: primero, de la burguesía para su sustento y, después, de los hombres para la seguridad social y económica. Esto tiene como resultado la feminización de la pobreza (Federici, 2018), lo que a su vez impacta en la producción de la raza. Por ejemplo, los cuerpos africanos fueron sexualizados y racializados bajo el colonialismo, manifestándose en prácticas de explotación laboral, violencia sexual y control reproductivo, aspectos profundamente entrelazados con las ideologías racistas y sexistas de los colonizadores (Oyěwùmí, 2023). De igual forma, es importante remarcar la sobreexplotación de la fuerza de trabajo de mujeres racializadas, ya que son percibidas y tratadas como recursos fácilmente reemplazables dentro de la economía global. Los cuerpos proletarizados, racializados y feminizados son la expresión más vulnerable en términos estructurales, lo que puede expresarse en una dominación de “cuerpos desechables” (Wright, 2007).

Por todo lo anterior, es lógico observar como la violencia es integral para el análisis geopolítico. Sin embargo, nuestra propuesta busca cambiar la perspectiva sobre este fenómeno. Si bien sostiene que la violencia es una mediación para obtener objetivos específicos, la iniciativa también debe observar cómo su ejercicio, aunque sea enclave de resistencia, puede reafirmar el orden sistémico. Retomamos a Elsa Dorlin cuando ilustra esta dimensión como la “fábrica de los cuerpos desarmados”, es decir, el proceso histórico y sistemático de desarme y la construcción de cuerpos y subjetividades vulnerables y desarmadas, incapaces de defenderse físicamente frente a la violencia institucional y estructural (Dorlin, 2018). Incluso cuando se ejerce una violencia legítima en contra de la dominación, esta puede ser absorbida por el sistema para reforzar las categorías de clase, raza y género: el salvaje, el violento, la irracional entre muchas otras representaciones. Este proceso sistemático dificulta la politización de los cuerpos: la capacidad de los individuos para reconocer y resistir las estructuras de poder que los oprimen. A pesar de la opresión sistemática, Dorlin también abre la posibilidad de un espacio-tiempo transformador; la defensa abre espacio a la bifurcación.

A partir de esto, observamos que el horizonte de una geopolítica materialista se halla en el análisis de los conflictos y sus representaciones basándose en la estructura del sistema-mundo, lo que requiere interpretar la diferenciación de los niveles espaciales. Hay tradiciones de pensamiento geopolítico que llevan más de cincuenta años elaborándose desde una perspectiva trans, multi e internivel, como Hérodote, donde se comprende plenamente que un conflicto local bien puede tener repercusiones a nivel regional o global y que, de igual manera, los procesos de globalidad muchas veces dan forma a la localidad sin que en esta exista necesariamente conciencia de ello (Lacoste, 2008). Este vaivén entre los diferentes niveles se elabora mejor en términos de escalas, lo que nos permite visualizar la producción del espacio en distintas direcciones y comprender los conflictos de una manera radicalmente diferente.

Fuente: elaboración propia.

Esquema 1 Geopolítica negativa y mundo 

Escalas

La escala no es una métrica neutral del espacio físico. La palabra “escala” se refiere a los diferentes niveles o ámbitos geográficos/administrativos que se implementan para la reproducción del sistema-mundo. La escala se produce socialmente y es mutable, y refleja cómo los procesos sociales, la producción capitalista o la regulación estatal, se organizan jerárquicamente a través de diferentes niveles espaciales.

Las escalas geográficas son relacionales, es decir, un nivel requiere de otro para poder tener coherencia. No son contenedores territoriales aislados, sino que están intrínsecamente relacionadas. Los términos global, nacional, regional, urbano y local adquieren significado en relación con los procesos sociales específicos a los que se refieren (Brenner, 2001). Estos espectros espaciales son resultado de la medida geopolítica del capital, donde la pulsión económica por expandirse encuentra la pulsión política para gestionar el espacio producido en nuevas configuraciones administrativas (Saracho, 2020a). El paisaje institucional del capitalismo no está caracterizado por una sola pirámide escalar que abarque todo, sino por un mosaico de jerarquías escalares superpuestas e interpenetradas (Brenner, 2004). Cada proceso o forma institucional puede estar asociado a un patrón de organización escalar distintivo. Las instituciones y procesos del capitalismo no se organizan en una única configuración jerárquica, sino que forman un mosaico de múltiples escalafones interconectados. Cada proceso social o forma institucional puede tener su propia jerarquía escalar distinta, que interactúa con otras (Brenner, 2004).

Los factores de capital son medianamente móviles según sus cualidades materiales y su capacidad de ser trasladados, lo que no puede decirse de la producción en sí, ya que esta se encuentra generalmente enclavada en un lugar específico por un tiempo mucho mayor, dependiendo del sector productivo y de las necesidades tecnológicas del mismo. Esto provoca que, de manera continua, haya una transformación de la estrategia de la configuración espacial: desde encontrar formas de liquidez para facilitar las transacciones, hasta el desarrollo de caminos, el reordenamiento de espacios enteros o el desplazamiento de poblaciones para rearticular la manera en que el capital se espacializa a favor de la acumulación. Esto se traduce en producciones de espacios escalares que dependen del espacio/tiempo en el que se encuentren dentro del sistema-mundo (Saracho, 2018).

Según Neil Brenner, es posible argumentar que la geografía histórica del desarrollo capitalista se ha basado en una sucesión de fijos escalares a largo plazo, en los cuales, a pesar de sus contradicciones, se establecen las características socioespaciales para la acumulación (Brenner, 2001), lo cual se conecta con la dinámica propia del sistema-mundo: la ciudad y la región -previos al sistema capitalista- viabilizan la centralización de acumulación necesaria para su mantenimiento. El Estado, que requiere de la urbanización y la regionalización para existir, es un producto por excelencia de la modernidad, y representa una de sus principales relaciones reguladoras.

La escala global, resultado del imperialismo, se construye desde una perspectiva tanto estatocéntrica como metropolitana. La macrorregión se consolida a través de los procesos de integración regional de la segunda mitad del siglo XX, que se configuran dentro del marco global a través de la estatalidad. Todas estas relaciones entre administración y territorio responden a momentos históricos concretos, pero se alimentan mutuamente, interconectando y transformando cada vínculo en la producción espacial del sistema-mundo. Esto es lo que podríamos llamar un anidamiento entre las diferentes escalas (Brenner, 2001). Los procesos de reescalado no implican simplemente el reemplazo de una configuración escalar por otra, sino que se desarrollan mediante la interacción dependiente entre las disposiciones escalares heredadas y las estrategias emergentes para transformarlas. Por ello, podemos afirmar que la construcción escalar es también un proceso kutiyficado.

Las nociones de “dentro” y “fuera” en un orden discursivo o en una representación, se marcan en el espacio. No es casualidad que ambas ideas se construyan, de hecho, como una formulación de “lugar” respecto de sí. La territorialización de una escala nos habla de cómo la producción del espacio está cruzada por redes, flujos o circuitos que encuentran un “límite” relacional, vía un acuerdo administrativo, como la frontera. Estos permiten la reproducción de la sociabilidad y la proyección de uno o varios actores al interior de los límites en aras de concretar relaciones de poder que les son beneficiosas. Las escalas y su anidado son fundamentales para la formación y codificación del mundo, estructurando y ordenando los espacios de manera continua y dinámica.

Las jerarquías escalares en este anidado configuran estructuras geográficas que influyen en la actividad socioespacial, regulando la influencia del capital y configurando las formas institucionalizadas de las escalas para mediar la expansión de la medida geopolítica del capital (Smith, 1995), lo cual configura estructuras geográficas, relativamente estables, que limitan y moldean la actividad política, económica y cultural de manera específica según el nivel que conforman. La concentración de las relaciones de capital genera una tensión entre clases que exige más espacio para aliviar la presión. Las formas institucionalizadas canalizan esta presión, mediando la expansión espacial a través de la estructuración escalar. La reducción de los costos de transporte y comunicaciones facilita tanto la dispersión como la profundización de las relaciones de capital en distintos espacios. Además, las relaciones de organización política escalonada guían las representaciones colectivas sobre la importancia que cada uno de los niveles escalares tiene para la sociedad, ordenados de mayor a menor en términos de dimensión geográfica. Este enfoque jerárquico orienta nuestra comprensión de las dinámicas políticas y económicas en diferentes niveles espaciales. Esto es a lo que Neil Smith se refería al hablar sobre las políticas de la escala (Smith, 1995), la cual ha posibilitado que, tradicionalmente, la geopolítica centre su análisis en las escalas macro, como el Estado, y la escala global, al representarse con una jerarquía superior.

Sin embargo, Dixon argumenta que el cuerpo individual, con su materialidad y experiencias encarnadas, puede y debe ser una escala válida de análisis geopolítico (Dixon, 2015). Desde nuestra propuesta, esto es primordial. En realidad, el cuerpo es la escala que sintetiza la producción de todas las demás (Boudreau y Bacca, 2023). Reconocer al cuerpo como escala permite examinar el impacto directo de las políticas globales en los cuerpos, considerando aspectos como la salud, la movilidad, la violencia y la agencia individual. Elaborar un análisis interseccional debe contener una perspectiva transescalar, es decir, que contemple la forma en que las diferentes escalas se interconectan. En los movimientos de resistencia, particularmente indígenas y feministas de América Latina, existe una larga tradición de pensar la relación cuerpo-territorio que ofrece claves para pensar especialmente al cuerpo (Zaragocin, y Caretta, 2021). En este sentido, el aporte resulta de pensar el territorio desde su anidado escalar y, así, dialectizar dicha relación.

La transescalaridad debe ser un ejercicio básico para el análisis geopolítico. Al ser relacionalmente generadas, es imposible que la producción del espacio consienta el desarrollo de un conflicto en una sola escala. La transescalaridad en términos espaciales como global, nacional, regional y urbano diferirá cualitativamente en función del proceso socioespacial en cuestión, dando como resultado un efecto caleidoscopio (Smith y Dennis, 1987). La construcción de estructuras fractales en el anidado, se da en función de la organización de las pautas escalares, que cambia cualitativamente de acuerdo con su praxis (Saracho, 2018).

Desarrollo desigual

Este análisis geopolítico permite comprender cómo el desarrollo de un espacio está intrínsecamente ligado a su lugar sistémico, a través de la división del trabajo y su posición en dicho sistema-mundo. El desarrollo capitalista es inherentemente desigual, concentrándose en ciertos “núcleos” dinámicos mientras margina o “periferiza” otras regiones. Esta polarización da lugar a centros de actividad económica avanzada y áreas periféricas carentes de recursos y oportunidades. El desarrollo desigual se manifiesta en múltiples escalas, desde lo global hasta lo local, y las interacciones entre estas escalas son esenciales para entender el fenómeno. De esta manera, la asimetría adquiere una dimensión espacial. Neil Smith argumenta que el capitalismo configura una “segunda naturaleza” para garantizar su reproducción, priorizando la acumulación de capital que tiende a concentrarse geográficamente para maximizar rendimientos, lo que provoca inversiones desproporcionadas en algunas regiones y desinversiones en otras, generando simultáneamente desarrollo y subdesarrollo (Smith, 2020). En este marco, el mundo se diferencia geográficamente a través de la especialización regional, estableciendo una división territorial del trabajo que surge de la división social. Sin embargo, dialécticamente, también homogeneiza mediante la difusión de tecnología y capital, revelando una tendencia hacia la igualación, lo que genera un espacio a la vez homogéneo y fragmentado.

El desarrollo en el capitalismo es también una condición relacional que existe gracias a la transferencia de valor de un espacio a otro, es decir, al subdesarrollo del otro que hace el papel de dominado. Esta dinámica puede ser observada a cualquier escala: la producción del espacio en el sistema-mundo desarrolla asimetrías para subsistir. Así, el binomio “desarrollo/subdesarrollo” se traduce en dependencia y explotación, donde las periferias se supeditan económicamente a los centros para inversiones, tecnología y mercados. Esta relación de dependencia a menudo implica una explotación económica donde los recursos naturales y humanos de las periferias son extraídos y utilizados para beneficiar a los centros (Marini, 1973), lo que conlleva a otras expresiones de transferencia de valor, donde las materias primas y productos manufacturados en las periferias se venden a precios más bajos a los centros, mientras que los productos terminados se venden a precios más altos, generando una brecha económica.

Cada bloque histórico se basa en patrones particulares de desarrollo geográfico desigual, donde la tensión contradictoria entre igualación y diferenciación se manifiesta de manera concreta (Brenner, 2004). La división geográfica del trabajo hace que efectivamente no podamos interpretar el desarrollo desigual bajo un prisma lineal, sino como una consecuencia estructural de la producción del espacio del capital que se refleja en sus diversas medidas geopolíticas. El hecho de que exista esta dinámica de centro y periferia en el seno de las regiones centrales no significa que no exista una diferenciación estructural y concreta entre ellas. Las regiones dependientes existen porque las regiones centrales existen y viceversa; de la misma manera que la región existe porque la centralidad urbana está presente. Su constitución no puede ser comprendida de manera aislada y tiene un orden jerárquico dentro de las escalas del sistema.

Espacios estratégicos y conflictos

La producción de un espacio estratégico, enmarcado en el posicionamiento territorial, permite un ejercicio más eficiente de la dominación. Como mediación, ese espacio instrumental facilita imponer una cohesión forzada, mientras disimula bajo una aparente coherencia racional y objetiva las contradicciones que no logra absorber. En este caso, los términos “cohesión” y “coherencia” significan regulación buscada, ansiada, proyectada, lo cual no significa obtenida (Lefebvre, 1976). Dicha proyección estratégica es resultado del ejercicio del poder para obtener asimetrías estratégicas que habiliten el control de los colectivos sociales, en aras de desincentivar su politización. Es a partir de este espacio que se configura el territorio, concebido como la apropiación del espacio por parte de un actor (Raffestin, 2013).

Por otro lado, la geopolítica también identifica como espacios estratégicos a aquellas áreas geográficas específicas que se vuelven esenciales en la reconfiguración del poder político y económico en el capitalismo contemporáneo. Estos espacios adquieren su carácter estratégico debido a su capacidad para atraer inversiones, fomentar el desarrollo económico y aplicar políticas institucionales. Desempeñan un papel central en la producción y circulación del capital, actuando como nodos clave dentro de las redes globales de producción y distribución, facilitando el movimiento de bienes, servicios y capital. Sin embargo, la concentración de infraestructuras y recursos en estos espacios tiende a exacerbar desigualdades espaciales, con un desarrollo acelerado en las áreas estratégicas mientras que otras regiones quedan rezagadas.

Debido a su importancia económica, los espacios estratégicos también son importantes para el control político y militar; Estados y corporaciones buscan controlarlos para asegurar su dominio de amplio espectro. El carácter estratégico de un espacio está directamente vinculado a la retícula desde la cual las relaciones de poder se espacializan. Dichas relaciones son puntos fijos con una capacidad “estratégica” intrínseca, que dependen en gran medida de los actores que articulan tal estrategia, las condiciones espacio-tiempo en el que se enmarcan y su “lugar” sistémico en el tejido del sistema-mundo. El capitalismo, en su capacidad excepcional para adaptarse a condiciones adversas y asegurar su propia supervivencia, mantiene estos espacios en un estado constante de posible desplazamiento y reconfiguración.

Por su parte, los espacios estratégicos pueden impulsar procesos de reescalado. Por ejemplo, la atención a los espacios estratégicos como en las ciudades logísticas (Cowen, 2014) refleja un cambio en la escala de intervención estatal, con un enfoque en configuraciones “subestatales”, como la local y regional, para potenciar la competitividad en la economía global. El Estado se remodela para apoyar el desarrollo de estos espacios, descentralizando ciertas funciones y promoviendo la colaboración con actores locales y regionales (Brenner, 2004). De esta forma, se plantea una nueva dimensión de estudio para nuestra geopolítica, centrada en la relación entre la escala y su transformación, la cual está atravesada por diferentes representaciones que orientan tanto su implementación material como ideológica.

El desarrollo de nodos de control es toral para establecer asimetrías que permiten ejercer violencia, tanto directa como estructural, con el fin de mantener el orden; Estos nodos no pueden ser vistos aisladamente; forman parte de una red global que impacta diversas escalas de espacialización. Su construcción relacional implica la proyección de diversas estrategias que sirven a la lógica hegemónica que los instrumentaliza, no sólo en su dimensión geográfica, sino en función al tiempo en que circula la relación de poder: se organizan en función de la reproducción de las relaciones de producción, que tienen a su vez como consigna la “aniquilación del espacio por el tiempo” en función de la propia circulación del capital (Harvey, 2007). La competencia por el control de espacios estratégicos a menudo lleva a tensiones y conflictos territoriales, ya que diferentes actores buscan asegurar sus intereses económicos y estratégicos.

Estos espacios son esenciales para la acumulación, el control político y la dominación económica. Facilitan la concentración de capital y la formación de flujos de inversión. Su ubicación estratégica puede deberse a su proximidad a rutas comerciales, recursos naturales, centros de producción o mercados importantes. Por ejemplo, las ciudades portuarias, los cruces ferroviarios y las áreas ricas en recursos minerales son clave en este sentido. Los corredores de desarrollo, como el del delta del río Yangtsé en China, también ilustran este concepto. Además, las áreas con infraestructura avanzada, como puertos, aeropuertos, carreteras y redes de comunicación, facilitan el movimiento de bienes, personas y capital, convirtiéndolas en puntos vitales para la economía global. El Canal de Panamá y el Canal de Suez son ejemplos de espacios estratégicos debido a su papel crucial en las rutas comerciales globales, facilitando el tránsito de bienes entre continentes.

Asimismo, espacios ricos en recursos naturales -petróleo, minerales, y tierras fértiles- son estratégicamente importantes debido a su papel en la producción de bienes y energía necesarios para el funcionamiento del capitalismo. El control de espacios estratégicos permite a estados y corporaciones dominar sectores clave de la economía global, asegurando una ventaja competitiva y la capacidad de influir en los mercados mundiales. En este rubro, también encontramos regiones con alta concentración de capital. Silicon Valley en California y Shenzhen en China son espacios estratégicos por su concentración de industrias tecnológicas y de innovación, siendo motores de crecimiento económico y desarrollo tecnológico; ciudades globales y centros financieros donde se concentra el capital y se toman decisiones económicas cruciales. Estos espacios son puntos focales de inversión, innovación y control económico. Metrópolis como Nueva York, Londres, Tokio y Shanghái son ejemplos de espacios estratégicos debido a su concentración de capital financiero, infraestructura avanzada, y su papel como centros de decisión global (Sassen, 1991; Brenner, 2004; Saracho, 2022). La centralización de recursos y capital en espacios son resultado de un desarrollo regional desigual, donde algunas áreas prosperan mientras otras experimentan estancamiento económico y social.

A manera de conclusión

Resulta complejo concluir un texto como este, ya que pretende ser una invitación abierta para abrir nuevos debates y análisis que se conecten con la genealogía aquí abordada. Es evidente que consideramos necesario superar la geopolítica imperialista y la metaescala que de ella emana, pues lejos de explicarnos las difíciles situaciones que la realidad global nos arroja, ha servido como una herramienta ideológica para justificar y perpetuar dinámicas de poder y dominación. El compromiso de las ciencias sociales debe estar ligado a un conocimiento transformativo que permita mejorar las condiciones de vida de la mayor cantidad de personas posibles. Desafiar las corrientes de pensamiento que naturalizan la desigualdad para enajenar las posibilidades de cambio es una de las más altas consignas que debemos tener aquellos que participamos en el análisis de la realidad social.

La geopolítica aún tiene un largo camino por recorrer en nuestras comunidades académicas, para bien o para mal. Irónicamente, su debate se convierte en un campo de batalla imperativo que debemos afrontar inmediatamente. El costo de no cuestionar sus expresiones imperiales es demasiado alto en el contexto actual del sistema-mundo. Nuestra propuesta busca abrir un campo de posibilidades a través de su ejercicio epistemológico, ya que el reconocimiento de la pluralidad es la única forma de impulsar la creación y, por tanto, el cambio. Consideramos que la poiesis puede construirse desde la negatividad, partiendo de nuestro “mundo” para generar una crítica que impulse un desenvolvimiento creativo. No obstante, creemos que el objetivo no es únicamente analizar este mundo, sino construir otros mundos, otras modernidades, otras transformaciones que cumplan la promesa inherente de unas ciencias sociales comprometidas.

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1Existe una larga tradición académica en torno a la idea de la representación. Desde la primera vez que Émile Durkheim la enuncia como “representaciones colectivas”, construidas como hechos sociales derivados de la vida social y relacional que sirven para interpretarla. La sociología francesa ha desarrollado el concepto durante buena parte de su tradición diciplinar. Eventualmente, fue dejado de lado su carácter puramente consensual descrito por Durkheim, haciendo de las representaciones un corpus organizado de conocimientos para hacer inteligible la realidad física y social para un individuo inscrito en una cotidianeidad, como plantea Serge Moscovici. En este texto, la representación abreva de ambas posiciones, toda vez que para cuando Yves Lacoste introduce esta idea para la geopolítica, lo hace desde el habitus de academia francesa.

2Observación realizada por Adriana Franco Silva, en el marco del Grupo de Estudios de Geopolítica Macro Regional.

3Kutiy/kutiña es un concepto quechua que hace referencia a los retornos de “lo mismo” para generar transformación. Es la figura del regresar para cambiar y reorganizar.

4Observación realizada por María Fernanda Uribe en el marco del Grupo de Estudios de Geopolítica Macro Regional.

Recibido: 23 de Mayo de 2024; Aprobado: 20 de Agosto de 2024

Federico José Saracho López. es doctor en Relaciones Internacionales por la UNAM y profesor de Tiempo Completo, adscrito al Colegio de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y profesor de asignatura, adscrito al Centro de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Es cofundador del Seminario de Estudios Críticos en Geopolítica: Espacio, Dominación y Violencia en la FFyL/UNAM y coordinador del Grupo de Estudios de Geopolítica Macro Regional de nuestra universidad. Realizó una estancia de investigación en el Instituto Francés de Geopolítica de la Universidad París VIII Vincennes Saint-Denis. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1. Sus últimas publicaciones son: Sobre el espacio de la identidad. La fabricación de la nación y la geopolítica de su contradicción (2019) Monosílabo/UNAM; Espacios Negativos: Praxis y Antipraxis (2020) Akal/UNAM; La vorágine de la revolución. Un acercamiento al pensamiento marxista (siglos XIX y XX) (2020) Akal/UNAM; Violencia e ilusiones urbanas: Estudios críticos sobre el espacio público (2020) UNAM.

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