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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.59 Ciudad de México may./ago. 2023  Epub 10-Nov-2025

https://doi.org/10.22201/fcpys.24484903e.2023.59.85865 

Artículos

Despertar a la historia, praxis política del populismo latinoamericano

Awakening to history, political praxis of Latin American populism

Marco Arellano Toledo* 

* Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Profesor de asignatura adscrito al Centro de Estudios Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.


Resumen

Este trabajo explora la idea “despertar a la historia” como un marco analítico de observación para la praxis política del ideario populista, además de que realiza un repaso de cómo la desafección democrática facilita la irrupción del populismo como un fenómeno complejo que a su vez, utiliza las dimensiones estratégica, ideológica y discursiva para convertirse en una opción política con un potente apoyo ciudadano. Finalmente se revisan los efectos políticos que los populismos traen a los regímenes democráticos.

Palabras clave: América Latina; populismo; historia; praxis política; democracia

Abstract

This essay analyzes the way populism reaches for history as an instrument to implement political agendas. The idea of “becoming aware of our history” is proposed as an analytical observation threshold for populism political practices and reviews how democratic disaffection facilitates populism irruption as a complex phenomenon that takes hand of strategic, ideological and discursive dimensions to become a political option with great citizen support. Finally, look at the political effects that populism brings to democratic regimens.

Key words: Latin America; populism; history; political praxis; democracy

Despertar a la historia

“El hombre no tiene naturaleza, sino historia'' decía Ortega y Gasset. La historia es una narración de los sucesos del pasado, generalmente los de la humanidad. Normalmente son narrados y posteriormente escritos por la coalición dominante, el grupo o élite que hegemoniza los procesos políticos, sociales y económicos en una sociedad. Contar la historia, narrar la historia e imponer la historia son tres técnicas de uso político que permiten cohesionar expresiones de poder, tendencias macro, con rumbos políticos y sociales más o menos definidos con toda la intencionalidad de construir un orden establecido, un entendimiento de las cosas, pero también la visión hegemónica de un grupo sobre los cuerpos altos, intermedios y bajos de la política.

Este trabajo busca problematizar, no sobre la historia o el historicismo, sino en torno al populismo en América Latina como un fenómeno político que, bajo tres dimensiones, discursiva, estratégica e ideológica (Casullo, 2019), busca a toda costa reabrir la historia ya contada, procesos políticos que se creen explicados o terminados, recuperar la memoria de los vencidos y traerla al presente como una praxis política con altos dividendos electorales. Los populismos despiertan a la historia que yace dormida en un sonambulismo impuesto por los grupos dominantes. Los riesgos de despertar a la historia y los efectos políticos que esto trae consigo, tanto a las democracias, al orden establecido, a la estructura política y al tejido social, son pues, la apuesta que aquí se presenta.

Si bien América Latina es muy diversa e intrincada, tanto por sus estructuras políticas, sus complejidades sociales, sus propias idiosincrasias nacionales, todos los países comparten un mismo origen: su pasado colonial. Sea por españoles, portugueses o franceses, los países de la región enfrentaron oleadas intensas de colonizadores hace más de quinientos años. Sus procesos de mestizaje, vasallaje, esclavitud, libertad y recuperación de independencia marcaron pautas políticas de origen que los siguen determinando cientos de años después.

Existen por lo menos dos condiciones que experimentaron los países latinoamericanos en sus procesos independistas que los siguen determinando y definiendo aún en su presente y por lo cual los fenómenos populistas son opciones políticas vigentes. La primera, es la sensación de despojo por parte de los colonizadores, entendiendo su reverso como una posible solución a la necesidad de los pueblos por reivindicar lo propio, lo auténtico, lo precolombino, lo ancestral, pero también lo originario. La segunda, refiere al anhelo de poder construir de forma libre un Estado-Nación propio, que garantice el orden establecido y guíe los caminos de una nación independiente, dotándolo de un marco jurídico y utilizándolo para que engrandezca los ideales de progreso, de desarrollo nacional que todos los países aspiran a tener.

Reivindicar lo propio y el entusiasmo por la construcción de un Estado-Nación fuerte son ideales históricos, ambos se han materializado de una u otra forma con sesgos y visiones ordenadoras de aquellos grupos políticos que han enarbolado estas causas y las han materializado en el devenir del proceso político de los países de la región. De hecho, gran parte de los dos siglos de vida independiente de las colonias españolas han estado marcados por la disputa en la solución de estos dos hitos, cómo rescatar lo robado, o detener el saqueo; y cómo diseñar acuerdos políticos sólidos que sedimentan un Estado-Nación fuerte. En el caso del Estado-Nación se colocan de manera consciente los dos conceptos juntos, tal como Santiago Castro-Gómez lo ve cuando afirma que el problema no fue, en su momento, el de construir el Estado, sino también a la nación, con el fin de asegurar una unidad espiritual como plataforma para sostener los proyectos políticos que vendrían más adelante. Incluso la propia unidad de la nación se garantiza asumiendo un rol protagónico del Estado, el cual debe emprender la tarea de fabricar un repertorio de símbolos y estereotipos representativos de la identidad nacional (Castro-Gómez, 2016: 66).

Las maneras en las que se han resuelto estos hitos dependen de una construcción histórica, es decir, de un macroproceso muy profundo en el devenir político y social. Como sostiene Foucault, no es posible pensar la historia sólo en términos de continuidades, de regularidades y/o de procesos ascendentes (Foucault, 1979: 233-235), también se puede afirmar que la historia no es el “despliegue” de una narrativa única y lineal, sino el resultado de una multiplicidad de prácticas interpretativas y valorativas que luchan entre sí (Castro-Gómez, 2016: 34). Normalmente esas prácticas interpretativas están determinadas o moldeadas por grupos de poder que lograron “contar la historia” o “plasmar la historia” en el devenir social de los países. Los procesos que conllevan ese establecimiento de la historia recrean una construcción social frente a un evento, suceso o conjunto de sucesos que explican cómo las cosas llegaron a ser lo que son, cómo se pasó de una situación normalmente de opresión a otra de libertades y de nuevo futuro. Ese proceso es una estructura de narrativas, vivencias, recuentos y acciones políticas. Braudel entiende dicha estructura como una organización, una coherencia, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas sociales. Una estructura, dice, es indudablemente un ensamblaje, una arquitectura, pero más aún, una realidad que el tiempo tarda enormemente en construir, pero también en desgastar y transformar” (Braudel, 1979: 70).

Así, la fuerza de la historia y su capacidad explicativa brinda a las naciones y sus pueblos un entendimiento de las cosas, una forma de ser y de comprender su propio devenir social, además de darles una interpretación colectiva de lo que son y lo que han luchado para ser. Sin embargo, la historia al no ser lineal tampoco es homogénea, ni única, y por ello, en los procesos de construcción nacional emergen rivalidades políticas y sociales, proyectos que se enfrentan y disputan por su establecimiento y hegemonía, las contradicciones no resueltas se dirimen en un campo político, en el que se reproducen distintas narrativas con ganadores y perdedores, vencedores y vencidos. Si bien no es una expresión netamente dicotómica entre unos y otros, la apuesta es que el sustrato histórico resultante sea lo suficientemente fuerte para invisibilizar o minimizar las otras expresiones. La historia como relato subjetiviza la interpretación y a partir de ella establece lógicas políticas que influyen en el colectivo social, en su asimilación del presente y su vinculación con el pasado. Ponen en duda, pero también dan certeza al sentido de existencia colectiva, afirman a algunos grupos, pero desafían a otros, conforta a unos, pero confronta a otros. El sentido histórico es también un proceso en construcción, nunca terminado.

Octavio Paz afirmaba que a los pueblos en trance de crecimiento les pasa algo muy parecido a lo de un adolescente que vacila entre la infancia y la juventud, ambos en un algún momento se asombran de ser. Y luego de ese pasmo, nos dice, sucede la reflexión, “¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos?”. La respuesta a veces sólida, a veces dubitativa, brinda un entorno de individualidad, de algo propio. Lo que somos y cómo lo realizaremos dan conciencia de unicidad, de un sentido, de carácter propio. Dice Paz, “me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento reflexivo antes de entregarnos al hacer” (Paz, 2019: 13-14).

Despertar la historia es buscar un entendimiento del origen, de lo que somos y de lo que se ha dicho que debemos ser. Si bien, es el reconocimiento de nuestra singularidad, muchas veces es también una singularidad moldeada de tal manera que de forma autómata brinda certezas, muchas de las cuales han sido construidas como un relato que no admite desafíos, que oculta agravios y que blinda e inhibe toda posibilidad de revisitar esa conciencia determinada.

Una de las principales razones del surgimiento y/o resurgimiento de los populismos en la región es que despiertan a la historia, y buscan, de una manera u otra, a veces accidentada, otras veces legítima, cuestionar el status quo no solo político, sino también el histórico. La fuerza de los populismos y gran parte de su potencia política se basa en su desafío a la historia ya contada. Los populismos despiertan a la historia, la incomodan, pero no siempre para construir algo que sea mejor, para reordenar el sentido de existencia colectiva o para reivindicar el olvido, sino para eclosionar el orden establecido, pero sin el instrumental político para construir algo nuevo. Cuando las respuestas son desmentidas por la propia historia los pueblos vuelven sobre sí con más incertidumbres, con la institucionalidad fragmentada y con los mismos desafíos originales que abrieron los populismos.

Murillo identifica que en los populismos latinoamericanos existen tres elementos que tienen una importancia significativa para definir su carácter incluyente en la historia: la construcción en el tiempo de la soberanía popular, la debilidad de los Estados latinoamericanos y los ciclos político-económicos que provocan una reacción frente a procesos de exclusión (Murillo, 2018: 169). Ianni plantea al populismo como una alianza de clases entre los sectores del proletariado y la burguesía industriales en contra de los resabios de la oligarquía, es decir, el fenómeno aparece en la fase crítica de la lucha política de aquellas clases surgidas en los medios urbanos y en los centros industriales en contra las oligarquías y las formas aspiracionistas de imperialismo, (Ianni: 1972) el autor pone de facto que el populismo emerge en el centro de las rupturas estructurales del capitalismo. Por su parte, Casullo afirma que el populismo funciona a través de un mito, el mito populista, el cual se articula a través de la mente humana que procesa y asimila historias que le son contadas. El mito populista debe explicar quién forma parte del pueblo, quién es el villano que le ha hecho daño, y justificar la necesidad del líder para reparar ese perjuicio (Casullo: 2019, 42). En clave histórica, esa interpretación coloca a los populismos como respuestas casi míticas a problemas de envergadura trascendental e histórica de los países, es pues, la mecánica política bajo la cual operan.

Asumir una perspectiva más historicista sobre la razón populista permite analizar su forma de operar en política, ya que la base sobre la cual operan al reabrir la historia o romper con el viejo orden narrativo de las cosas brinda un entendimiento del por qué surgen, pero no necesariamente explican su éxito. Los populismos al confrontar la historia emergen como fenómenos políticos novedosos, con soluciones milagrosas a los problemas del presente y del pasado, pero también distorsionan los procesos democráticos y concentran poderes casi de forma autocrática.

El fenómeno populista y su mecánica política deforman los procesos democráticos, elimina los cuerpos intermedios de la política y se coloca sin mediación frente a una categoría de pueblo diseñada a modo, misma que va cambiando con el tiempo, según lo necesita su propia retórica como resultado de su escasa eficiencia gubernamental. Sin embargo, lo más riesgoso de los populismos no es eso, sino que, en su camino, estimulan y reavivan debates históricos ya superados reabriéndolos de manera imprudente, arrastrando hacia la polarización, la disputa y fragmentación a la propia unidad política estatal. Su desafío hacia la historia genera una ilusión en el pueblo el cual los sigue con entusiasmo porque en el fondo, la razón populista tiene fundamentación, la historia puede escribirse distinto o puede tener otra interpretación distinta a la hegemónica, pero al final, ese desafío se convierte en un problema social pues eclosiona distintos niveles históricos, debilita los acuerdos nacionales y en muchos casos, dinamita la paz social. ¿A cambio de qué?, de muy poco, pues el debate abierto no se cierra ni se redefine, al despertar la historia sólo se profundiza el encono, irrumpen viejas contradicciones que inhiben la paz social y debilitan los acuerdos nacionales.

Los derrotados de la historia

Gramsci afirmaba que cuando lo viejo estaba muriendo y lo nuevo aún no podía nacer, en ese pequeño interregno se producían las peores crisis y éstas eran de los más diversos fenómenos mórbidos (Gramsci, 1999). La emergencia de los populismos no está siendo detonada por una sola sino por una multiplicidad de ellas. Crisis de la democracia, de credibilidad en ella como una forma de gobierno que permite brindar respuestas a las necesidades de la ciudadanía, crisis de los partidos políticos como agregadores de intereses, crisis económicas, profundización de la pobreza y desigualdad, crisis del pluralismo político como una vía para equilibrar y contener el poder, crisis de las elites políticas por corruptas y anquilosadas defensoras del status quo que solo beneficia a unos cuantos, crisis hacia el poder como un instrumento que permite redefinir el rumbo nacional y como factor para la solución de conflictos.

A pesar de todas estas crisis con toda una fenomenología mórbida, lo viejo no ha muerto, pero tampoco nacerá algo nuevo, es probable que lo que anuncian los populismos como nuevo solo sea una regresión autoritaria en los sistemas democráticos. Sin embargo, sí es importante aclarar que para los populismos en los últimos años se han perfilado las condiciones políticas idóneas de una coyuntura política de gran envergadura. Dicha coyuntura se abre en función de dos causales profundas, una integrada en la larga duración de los procesos, la otra, producida en el contexto de lo inmediato, pero que en realidad lleva múltiples años gestándose: la primera es una fractura con la historicidad, la segunda el desencantamiento de la política.

Se recupera aquí la idea de la fractura con la historicidad, a partir de una reflexión de Guillermo Hurtado, en la que explica que las fracturas se producen cuando se resquebrajan los lazos significativos que se tuvieron con el pasado y el futuro de una nación, como resultado las naciones se encuentran atrapadas en un presente asfixiante y confuso (Hurtado, 2009: 50). En ese sentido, los populismos en el siglo XXI han aprovechado ese extravío histórico de las naciones para irrumpir como una opción que recupera y guía el rumbo perdido, la cual emerge como una posibilidad más allá de la política o de un proyecto político inmediato, y se transforma en una respuesta omniabarcante a la pérdida de rumbo. Sin embargo, una vez que los populismos abren el debate sobre la historia y sus fracturas, van más allá y establecen una polarización en torno a los viejos dilemas sociales no resueltos y se colocan como opciones revanchistas a esos fracasos políticos. Por ejemplo, muchos de los países de América Latina comparten procesos históricos que le son propios a la región. Estas naciones han experimentado procesos independentistas, luego fallidos intentos de formación y consolidación de Estados independientes que decantaron en autoritarismos, después esos “absolutismos” derivaron en rupturas con el orden establecido a través de golpes de Estado, guerrillas, o propiamente revoluciones como en el caso mexicano o el cubano; posterior a ello, se experimentaron procesos de liberalización económica (neoliberalismo) y política (transiciones hacia la democracia). Los populismos entonces avivan causas no resueltas de muchos de esos clivajes o rupturas1, en términos de Lipset y Rokkan (Lipset & Rokkan, 1967), con el fin de aprovechar que la fractura con la historicidad no presenta un lazo significativo con el pasado que oriente el futuro, por ende, como dice Hurtado la presente asfixia, desconsuela, no produce una explicación hacia el futuro, confunde. Es pues un doble propósito por parte de la razón populista aprovecha la confusión y el extravío de significantes nacionales del presente y, a partir de ello, despierta a la historia con un planteamiento que resignifica el ideal nacional y de existencia de un pueblo.

En términos de idiosincrasia nacional, no saber de dónde se viene y no saber a dónde se va, como país, como pueblo, como grupo colectivo es un trance complejo y delicado, una orfandad de futuro que produce una afectación al ánimo nacional, a su motor de colectividad, a la vida como país. Tener más interrogantes que certezas sobre el significado de ser mexicano, chileno, venezolano, brasileño o argentino; preguntarse retóricamente como sociedad, por qué y para qué se está viviendo en comunidad y colectivos nacionales llamados México, Chile, Venezuela, Brasil o Argentina, produce una suerte de desconcierto nacional que, al sumarse a las crisis antes descritas, son el caldo de cultivo necesario para que la razón populista cobre relevancia en el momento, ya que dan respuestas y sentido de dirección a esa desazón de la psique nacional. La fractura con la historicidad brinda las posibilidades para despertar a la historia.

Así, si un ideal de futuro no es claro, si el presente es complejo y está dinamitado por una constelación de todo tipo de crisis, ese momento es aprovechado por los populismos para imprimir una toma de posición política que reaviva las viejas luchas del pasado, las retoma, enarbola y actualiza, con nuevos protagonistas, a los cuales hay que vencer. Es momento para que los derrotados de la historia sean nuevamente liderados, cambien su circunstancia y enmienden el pasado. Reivindicar la causa y lo propio para sí. La polarización empieza a perfilarse como una opción que tiene raíces en las divisiones y los clivajes no resueltos en el pasado o que, por lo menos, se creían resueltos.

Guillermo Hurtado sugiere hacer una distinción entre la historia oficial y la historia nacional. La primera, nos dice, es un discurso que sirve a los intereses de un grupo en el poder, la segunda es un discurso que sirve a los intereses de la patria. La historia nacional, en su mejor expresión, es el resultado de un consenso público que si bien respeta una pluralidad de visiones, propone un discurso histórico homogéneo y coherente basado en valores e ideales comunes (Hurtado, 2009: 51). Los populismos fracturan el consenso en torno a la historia nacional e intentan derrumbar y fulminar la historia oficial. De ahí la peligrosidad de su legado. Despertar a la historia desafortunadamente puede producir cruentas luchas y heridas entre grupos sociales que no son fácilmente resueltas y sanadas a décadas de distancia.

La segunda causal que está potenciando la coyuntura actual para la emergencia de los populismos es el desencantamiento por la política. Este fenómeno no se ubica en la larga duración de la historia, sino más bien en el presente inmediato del orden establecido. Sin embargo, sus orígenes también están en el pasado. Santiago Castro-Gómez afirma que la experiencia de haber convivido por parte de nuestros países de la región durante quinientos años con el retraso socioeconómico, con el autoritarismo y con la desigualdad en todos los niveles de la vida cotidiana, sin que ningún proyecto político lo haya evitado, ha generado un desencantamiento de la política. Diversas promesas como reformas económicas, políticas que reivindicaban la justicia social para los pueblos de Latinoamérica han fracasado por completo y han tenido un fuerte impacto en la vida cotidiana de la gente, de tal manera que la mayoría de la población le es indiferente cualquier oferta política de hacer realidad algo que se promete nuevamente. Se vive, dice el autor, en una creciente pérdida de confianza en las instituciones políticas y en la efectividad de la participación en el espacio público (Castro-Gómez, 2011: 27). Esta situación inhibe la participación política, reduce las posibilidades de ocupación del espacio público por parte de la ciudadanía, pero, quizá lo más importante es que le cuestiona a la política la capacidad de hacer algo en beneficio de los demás.

Sin embargo, el desencantamiento de la política se entiende aquí en dos sentidos, el primero, a partir de lo antes señalado, como capacidad de implementar proyectos políticos los cuales solo han quedado en promesas fallidas; y el segundo, un desencantamiento de la política como arte de lo posible, como generadora de acuerdos y vinculadora de posibilidades entre puntos de vistas, es decir, como una forma institucional de resolver el conflicto. En este sentido, en los países de la región y en muchas partes del mundo hay una percepción generalizada de que la política ha extraviado su praxis, ha diluido su capacidad para conciliar el conflicto, y por el contrario, solo se ha instrumentado para la enquistación de élites, el ejercicio de gobierno para unos cuantos y el abuso del poder. En términos del sociólogo chileno Norbert Lechner, la política ha sido despojada o al menos es cuestionada de su elemento redencionista y con ello también de cualquier motivación mística respecto a su ejercicio (Lechner, 1990: 103-118).

En las últimas décadas, la política se orientó hacia el reconocimiento del disenso y la instrumentación del acuerdo a partir de éste, incluso en las transiciones a la democracia, se reconoció que el valor central de la misma es el disenso. La política, junto con la igualdad y la libertad, son los mecanismos que recrean la conciliación del desacuerdo. Este planteamiento hizo que las pulsiones revolucionarias se fueran ahuyentando ya que la reconciliación de las diferencias se hacía en el marco estatal, es decir dentro del propio sistema político y, por ende, no se requería recorrer circuitos políticos desleales al sistema para cambiar las cosas. Si se quería cambiar al sistema se hacía desde adentro, a través de los votos, con política y sin romper al sistema. El hecho de que durante la transición amplios sectores reconocieran que el propósito de la política no es eliminar las contradicciones ni las indeterminaciones sino el involucramiento activo en el sistema para transformarlo por dentro y a través de la propia política, marcó un punto de quiebre en las germinaciones revolucionarias, pues perdieron relevancia como opciones políticas pero, en contraparte la transformación tampoco llegó desde adentro. El impasse siguió, y la política quedó denostada como una herramienta para resolver el conflicto.

Cuando Santiago Castro-Gómez habla de desfundamentación de la política afirma que ésta conlleva también una inmensa susceptibilidad ante la influencia de instituciones como el mercado y los medios de comunicación. Si la política, nos dice, ya no se entiende como una actividad orientada por certezas metafísicas, puede convertirse peligrosamente en un espectáculo performativo agenciado por el mercado. (Castro-Gómez, 2016: 28). Así, la decisión final para que candidatos o partidos accedan al gobierno ya no está basada en la racionalidad del proyecto político, sino en la habilidad para crear un “mundo” artificial con el que se identifiquen sus electores. El estilo, la gesticulación, el tono de la voz, en una palabra, el “carisma” de un candidato presidencial, son producidos y administrados según criterios estético-publicitarios, de tal manera que puedan ser vendidos con éxito en el mercado de imágenes (Castro-Gomez, 2016: 28).

La política entonces se acerca más a su espectacularización y se aleja de sus principios fundamentales, se desvirtúa, su razón de ser se trivializa. No es entendida ya como una fuerza y capacidad para implementar proyectos políticos, pero tampoco como arte de lo posible, como generadora de acuerdos y vinculadora de posibilidades entre puntos de vistas divergentes. Al desfondarse, las soluciones modernas a los problemas modernos pierden categoría de atención, de contagio político entre el electorado, esto se traduce en apatía, deslegitimación del poder y de su propia instrumentalidad. El desencanto con la política produce hartazgo generalizado, baja participación electoral, desafección democrática, pero también allana el camino para que las soluciones fáciles, las propuestas simplonas, construidas a través de discursos que recuperen el sentido de la política en su versión redentora, fuerte, de Estado, generadora de bienes públicos, llamen poderosamente la atención. Maffesoli afirma que un político, un jefe, un rey, un burócrata o un príncipe pueden suscitar adhesión alrededor de una idea, de una imagen, de una emoción, pero esta adhesión sólo se produce cuando el pueblo se encuentra en un estado de “religancia”, entendida ésta como una situación que no es forzosamente consciente pero que se trata de la sorprendente pulsión que empuja a las personas a creer en algo y entregarse a ello, una suerte de religiosidad de la política causada por un estado de ensoñación y de necesidad de creer en algo en momentos de trance (Maffesoli, 2004: 62-63). El desencanto de la política produce pues, un culto a las personalidades, pues prepara las condiciones para que la sociedad las identifique como la ayuda redentora que esperan ante el fracaso de la política como forma institucional de resolver conflictos.

Ante la multiplicidad de crisis, que evidencian razones más profundas como la fractura con la historicidad y el desencantamiento de la política, los populismos emergen como un fenómeno político de gran relevancia, sobre todo porque constituyen un corpus político que gravita en los ejes discursivo, estratégico e ideológico, y éstos se alinean para emancipar y convencer a los derrotados de la historia que es un momento idóneo para despertarla, reivindicar el pasado como un factor de transformación de la estructuras estatales, de la historia nacional y de la historia oficial. La apuesta es profunda y su capacidad de apalancamiento político les permite permear en grandes capas sociales, pues las soluciones que intentan dar son una reivindicación casi mitológica de las derrotas históricas, lo cual les posibilita una transversalidad social con muchos dividendos políticos.

La mecánica populista

El populismo es un concepto polisémico. De acuerdo con Salmorán, es plural en significados de una expresión lingüística, un vocablo de uso corriente para sociólogos, politólogos, economistas que se ha extendido por el mundo en sus acepciones modernas y actuales. Los populismos muchas veces no se distinguen, se asocian al carisma, al clientelismo y a la demagogia. Al realizar una limpieza conceptual, al más puro estilo de la escuela de Turín, Salmorán expone que, antes que nada, el populismo es una visión del mundo con la que sus exponentes intentan persuadir con éxito a la ciudadanía y lograr el voto que los lleva al poder. El populismo es, desde su perspectiva, un estilo de liderazgo, una estrategia de comunicación, una forma discursiva y una ideología. El populismo y la democracia son dos conceptos que históricamente han estado vinculados pues comparten la misma noción de pueblo. Democracia, entendida como gobierno del pueblo. Populismo, entendido como ideología, ismo y populus a favor del pueblo. En el concepto pueblo, puntualiza la autora, el populismo construye el corpus práctico que le permite hegemonizar su uso en el proceso político. Dicha estructuración aplica en la actividad política bajo al menos tres acepciones. La primera, concibe al pueblo como persona jurídica en nombre de la cual se habla, se gobierna, se ejerce el poder y se crean las leyes. La segunda, es un cuerpo sociohistórico, cultural con densidad histórica, que se asienta en un territorio específico y a veces se le identifica o vincula con la idea de nación. Finalmente, el pueblo también es un colectivo, grupo político o electorado que exige y consigue una capacidad de acción en términos políticos mediante movimientos de opinión, partidos y representantes. (Salmorán, 2021: 151-162).

El populismo representa hasta cierto punto la cúspide del desencanto político. Su aparición política es posible ahí donde las viejas clases políticas han mostrado sus más grandes despojos, insultos y atrevimientos contra el resto del cuerpo social. En algunos países el desencanto se muestra por la corrupción política de todo el sistema, en otros puede ser un posicionamiento antiliberal o anti cosmopolita respecto al funcionamiento deficiente de lo liberal o lo global; en otros países son los rasgos xenófobos los que alimentan la votación por una nueva opción política. Durante el siglo XX el fenómeno populista era considerado parte de una característica natural de los liderazgos políticos de la región, se le vinculaba más a una forma de hacer política que contempla una visión popular de la misma, además de que incorporaba y movilizaba a grandes constructos sociales en la lógica política líder, mientras que en la actualidad el populismo se le identifica más como una distorsión de los procesos democráticos. Sin embargo, como se ha mencionado aquí, el populismo es tan bien un fenómeno político que gravita en tres dimensiones, la estratégica, ideológica y discursiva. Estratégica ya que acumula y concentra el poder que tiene como principal objetivo. Ideológica a través de un potente discurso anti-élite, enmarcado en la moralidad de la política y de su actuar, así como un supuesto respeto absoluto a la voluntad general. Discursiva en tanto forma identidades políticas por medio de la separación entre el “nosotros” y el “ellos” (Casullo, 2019). A continuación, se construye un repaso analítico sintético de cómo los populismos utilizan estas tres dimensiones como una mecánica política con el objetivo de conseguir la implantación de sus proyectos políticos.

Dimensión estratégica

Su principal objetivo es equilibrar la distribución del poder ya que, de acuerdo con los movimientos populistas, éste se ha decantado por favorecer a los de siempre (minoría), por encima de los de siempre (generalmente las mayorías). Nadia Urbinati afirma que el populismo es un parásito de la democracia y explica que parte de la estrategia populista es que, como un parásito, éstos se incuban en las propias democracias, llegando al poder por medio de la competencia electoral, necesitan de las elecciones y del entramado democrático para acceder al poder. Para los movimientos populistas las elecciones en las que ganan revelan lo que ya existe, un “pueblo bueno” quiere gobernarse, que está harto de permanecer en la periferia de la política y de las ideologías favorecedoras del estatus quo, no importando si son de derecha o de izquierda. Si tienen éxito y llegan al poder, los populistas tratan de constitucionalizar su mayoría creando una nueva unidad que busca borrar cualquier otro intento de organización política. La estrategia populista deforma al principio de mayoría, lo enaltece, lo amasa y potencia, para que sólo sirva a una sola mayoría, la suya (Urbinati, 2020).

La razón populista modifica la idea de la representación por mandato a una de representación por encarnación, el líder no tiene ya una encomienda constitucional sino él o ella personifican el mandato representativo del movimiento, y del quehacer en el poder. Los populismos distorsionan la democracia porque rechazan a la representación electoral como una manera de traducir demandas y puntos de vista divergentes a los que ellos plantean. Su objetivo principal es empequeñecer a las minorías que normalmente son los viejos herederos del poder y quienes han construido, hasta ese momento, la historia oficial. Enquistado en el sistema, como parásito, el populismo se convierte en un permanente estado de movilización y campaña electoral, provoca una revuelta contra los cuerpos intermediarios de la política y devalúa a los intermediarios políticos como lo son, los partidos organizados y los controles institucionales (Urbinati, 2020: 202-210).

Dimensión ideológica

El pueblo y la élite no son entidades objetivas claramente definidas, sino que se construyen en el imaginario a través de un discurso generador de amores y odios, de personas que creen y siguen, frente a personas que se escandalizan, estigmatizan y descalifican al mismo. El pegamento de esa nueva élite y su relación con los líderes populistas siempre será el discurso, la comunicación y sobre todo, la capacidad para seguir alimentando esa diferenciación entre el “ellos” y el “nosotros”. Discurso y comunicación logran anidarse como un mito fundador el cual debe explicar quién forma parte del pueblo, quién es el villano que le ha hecho daño, y justificar la necesidad del líder de reparar ese perjuicio. Los tipos de mitos populistas tienen dos raíces narrativas: el futuro o el pasado. Cuando se basan en el futuro, es el pueblo un proyecto, una entidad a construirse, cuyo desarrollo ha sido limitado por sus enemigos, los otros. Por el contrario, si se basa en el pasado, la narrativa apunta a la nostalgia, a un pasado en el que ese pueblo ya estaba constituido y era próspero y feliz, pero en el presente hay que eliminar los elementos que lo han “contaminado” y le han quitado su gloria (Casullo, 2019).

Para la corriente izquierdista del populismo, los enemigos del pueblo suelen ser la élite o fuerzas externas, por el contrario, si el populismo es de derecha, éstos apuntan normalmente a ciertos grupos dentro del país, los migrantes, las minorías étnicas o religiosas. El populismo no puede responder a los problemas contra los cuales reaccionan los populistas, proclaman un antagonismo y una oposición fuerte al sistema establecido, pero como no instauran una dictadura, deben seguir negociando con la oposición, con los intereses que se dicen criticar. Incluso a veces lo hacen a escondidas, sin que “el pueblo se entere” (Urbinati, 2019)

El líder populista se vuelve central en política. Intenta ocupar todos los espacios posibles, busca que su voz sea escuchada y para ello, requiere el apoyo de un colectivo de personas, siempre movilizadas que a través de un discurso antagonista le permite dividir el campo político en una arena dicotómica, donde se establecen las diferencias a partir de clivajes, de posicionamientos ante temas del pasado o del presente que polarizan, confronta ganadores y perdedores, izquierdas o derechas, asume que hay un ellos y un nosotros, y define una lucha entre la élite y pueblo. Sin embargo, la categoría pueblo y la élite no son entidades objetivas, sino que se construyen en el imaginario a través del discurso ideológico e ideologizante. La personalización del poder y su presencia en la arena política lo hace convertirse, según él, en la boca del pueblo. El líder habla por el pueblo y para el pueblo, interpreta lo que esta construcción “ideológica” requiere, e incluso, llega el punto, que el populista se declara ajeno a sí mismo, su cuerpo, voz y vida no le pertenecen a él, sino al pueblo. El dogma polarizante se acrecenta y con ello, el líder se asume como un ventrílocuo de la política (Urbinati, 2019), pues él usa su voz para que el pueblo hable, el pueblo instrumentaliza su posición a través de él.

El populismo funciona, a través de un mito, mismo que el propio líder construye durante su largo proceso de ascenso. Los mitos, entendidos como “historias sagradas” que se cuentan de boca en boca y las mismas explican cómo las cosas llegaron a ser lo que son, se convierten en una narrativa poderosísima para que a través de sus vertientes discursivas logre hacer una pedagogía política de sus disputas, del escenario de lucha y de quienes integran los bandos confrontativos. Casullo afirma que el populismo puede hacerse de mitos futuristas en los cuales el pueblo es un proyecto, una entidad a construirse, cuyo desarrollo ha sido limitado por sus enemigos, estos mitos se orientan más hacia las ideologías de izquierda, por el contrario, los mitos nostálgicos, apuntan a un pasado en el que ese pueblo ya estaba constituido y, por lo mismo, hay que eliminar los elementos que lo han “contaminado”, que lo han empequeñecido, que lo tienen atrapado. Estos mitos se orientan más hacia la derecha (Casullo, 2010: 57). Sin embargo, lo relevante de ambos casos es que siempre existe una dualidad, algo que puede ser sustancialmente diferente en el futuro si se logran quitar del camino los enemigos del proyecto, o algo que fue sustancialmente bueno en el pasado y que, derivado de la corrupción del poder o de la política, en el presente es difuso, está corrompido y debe intentarse cambiar, alejando los intereses mezquinos que han permitido por acción u omisión su deterioro.

Dimensión discursiva

Una de las maneras que le permite al populismo consolidar su representación directa frente al pueblo es a través de la audiencia. La cual se selecciona como la única fuente de legitimidad posible, incluso más allá de los votos. La audiencia y los índices de aprobación de ésta vinculan al pueblo con el líder. La razón populista inserta la propaganda como componente esencial de la narrativa de su poder, de sus logros y de sus enemigos. Hay, nos dice Urbinati (2020: 218), una predilección por la construcción de un Estado comunicado, que vertebre toda la información a través de la presencia del líder.

Si bien, antes le interesaba la televisión como la principal forma de comunicación, ahora la búsqueda es la de una aclamación digital. Formar la opinión, controlarla, entender su humor es parte de su propia lógica comunicativa. Para el líder populista es indispensable que se elimine la mediación de los medios respecto al mensaje y su receptor. En los populismos se insiste hasta el cansancio en los procesos de elección política, es decir, ante cualquier acontecimiento tener partidarios y contrarios. Propiciar que los que estén en contra se evidencien, salgan, se posicionen, recordarles su vergüenza de origen, mientras que los que están a favor muestren su apoyo, defiendan, incluso a veces lo indefendible. Lo más importante para el discurso populista y su estrategia política no son los comunicados, los tuits, los videos en YouTube, ni la presencia en programas digitales o en conferencias transmitidas vía streaming, incluso ni lo que en éstos se dicen. Lo importante es la capacidad que se tenga para energizar, para movilizar, para generar conversación pública. Los populismos hacen política, pero no gobiernan, y una de sus formas básicas de hacerla, es a través de los demás, de su comunicación, de un discurso que ocupe el sustrato mediático y gran parte de la opinión pública. Para lograr el posicionamiento del discurso, el populismo tiene que energizar, movilizar, tiene que seguir encontrando y evidenciando enemigos qué perseguir.

El discurso populista y su comunicación tiene como objetivo provocar un posicionamiento político entre los bandos que se enfrentan a diario, entre los que están a favor y en contra del gobierno en turno. La fórmula es la misma, cuestionar y preguntar si se está del lado correcto o incorrecto, si se apoya o se crítica. La intención es confrontar, manejar bandos, empujar a decidir por uno o el otro y si es el otro, que se cargue con la pena y la vergüenza de estar del lado incorrecto de la historia. Mantener activas a las huestes es el reto. Movilizar y energizar, la fórmula.

Fallos de la democracia, una oportunidad para el populismo

La región, y prácticamente en varias partes del mundo, donde las democracias se creían consolidadas está experimentando una nueva ola del fenómeno populista (Przeworski, 2022). Es necesario asumir que no hay casualidades en su esparcimiento, la razón principal por la cual la gente en distintas latitudes está votando por propuestas de corte populista se debe a los fallos que está experimentando la democracia. Frente a un reparto de poderes, un equilibrio plural de fuerzas políticas en los congresos, la necesidad de negociación y el impasse que producen la disputa de agendas políticas dentro de los regímenes políticos democráticos, la razón populista aparece como una opción que sintetiza problemas, los compacta y muchas veces los simplifica de forma binaria, ofreciendo para ellos soluciones simples y fáciles. El modelo de representación está teniendo una crisis seria, en gran parte porque los partidos políticos, organizaciones imprescindibles para agregar intereses y postular candidatos y candidatas idóneos para representar a la ciudadanía, han caído en un franco deterioro de sus capacidades organizativas, no vinculan a la ciudadanía frente a la parte alta de la pirámide estatal, no logran articular intereses y sobre todo, se volvieron representantes del Estado frente a la sociedad, cuando su mandato debiera ser al revés. Esto ha empujado que el canon democrático se atrofie, se vuelva complejo, lento, intrincado. Se percibe y establece como una élite, son los mismos representantes siempre, en los mismos puestos. Se pasó de la partidocracia de finales de siglo a la kakistrocracia de inicios del nuevo milenio (Bovero: 1996). La democracia sufre retos y se ha degenerado.

La democracia ha sido en los últimos tres siglos el gran paradigma al que han aspirado la mayoría de las naciones de occidente. Desde la teoría política, dice Norberto Bobbio, en la democracia confluyen tres tradiciones históricas, la teoría clásica, la teoría medieval de derivación romana y la teoría moderna. La primera, transmitida como teoría aristotélica de las tres formas de gobierno, según Ia cual, Ia democracia, como gobierno del pueblo, de todos los ciudadanos, se distingue de Ia monarquía, como gobierno de uno solo y de la aristocracia como gobierno de pocos; Ia teoría medieval de derivación romana, que asume Ia soberanía popular y contrapone una concepción descendente de Ia soberanía frente a la visión ascendente en donde el poder supremo deriva del pueblo y es trasmitido por delegación del inferior al superior; y finalmente, de la teoría moderna, conocida como maquiavélica, nacida con el surgimiento del Estado moderno en la forma de grandes monarquías, según la cual, las formas históricas de gobierno son esencialmente dos, la monarquía y la república, siendo la democracia, una forma de república (Bobbio, Mantteucci, Pasquino, 2015: 441).

El ideal democrático fue un sueño para muchos países que consolidaron sus procesos de construcción estatal luego de la Revolución Francesa. El republicanismo democrático recorrió por toda Europa con un ánimo importante, mientras que muchas monarquías también se decantaron por el parlamentarismo democrático como una opción para equilibrar el poder y que éste surja de abajo hacia arriba y así redefinir los accesos al mismo. Lo cierto es que, a partir del siglo XX la mayoría de los países del orbe veían en la democracia un modelo a seguir.

América Latina no fue la excepción, la mayoría de los países de la región experimentaron transiciones a la democracia luego de haber vivido regímenes autoritarios, golpes de Estado, militarización del poder, entre otras circunstancias. En los años setenta, ochentas y noventas del siglo pasado, Latinoamérica desarrolló procesos de liberalización política y también económica. O'Donnell y Schmitter (O’Donnell & Schmitter: 1991) dedicaron un tomo de su extensa investigación para revisar cómo había sucedido dicha liberalización y qué países habían completado sus procesos de transición y cuáles estaban en vías de lograrlo. El sueño latinoamericano a finales del siglo XX fue el de la democracia. La principal preocupación fue la construcción de sistemas electorales para regular el acceso al poder, posibilitar la formación de partidos políticos que compitieran y ocuparan los espacios políticos, fortalecer el pluralismo en los congresos, garantizar elecciones libres y auténticas; recrear la democracia con el equilibrio, división y pluralidad del poder, la libertad de asociación política, de prensa y de votar y ser votado.

Luego de treinta y hasta cuarenta años, con períodos inciertos de regresiones autoritarias, crisis políticas y sociales, la mayoría de los países de la región arribaron a la ansiada democracia. Si bien existían debilidades institucionales, procesos de consolidación y perfeccionamiento de las reglas, la democracia fue una realidad, pero ésta no necesariamente trajo el resultado que se esperaba. Frente a la idea de que el pluralismo partidista, la división de poderes, la libertad de expresión, asociación y el respeto universal e irrestricto al voto traerían gobiernos más capaces, acotados, sin abusos, lo cierto es que emergió una suerte de “democracia de espuma” (Villa: 2010), en donde el problema no fue en el ámbito institucional o su diseño, pues la estructura política democrática sí fue construida al pasar los años, sino más bien, lo que faltó fue plantear adecuadamente cómo cimentar la representación democrática y su soporte en el acompañamiento de decisiones, además de nuevas formas de organización y participación ciudadana (Villa, 2010: 19-20). La democracia que llegó a la región no involucró de manera tácita un grado mínimo de organización y participación ciudadana, se concentró en el diseño institucional garantista del voto y de la participación, de la cartelización de partidos políticos como los grandes encargados de integrar y representar al poder, pero se olvidaron de las y los ciudadanos. Se consiguió pues, una cultura predemocrática sin ciudadanía, amalgamada por el paternalismo gubernamental-presidencial que ocupó de manera amplia, a veces corrupta, a veces integradora de élites, a todo el proceso institucional. Así, desde el punto de vista de la transición, sobre estas bases, lo que se consiguió fue una democratización de espuma, la cual solo existe en la cresta de la ola democrática, pero en la parte baja de la misma se descuidó las formas de participación y el involucramiento de la ciudadanía (Villa: 2010).

Un balance sobre el perfeccionamiento democrático de los países latinoamericanos identifica fallos en la representación partidista, un extravío ideológico, corrupción sistémica dentro del ejercicio de gobierno, la falta de agregación de interés de la ciudadanía por parte de los partidos políticos, pulcritud en los procesos electorales pero ausencia de participación política activa. La democracia también generó muchas expectativas respecto a lo que ésta podría hacer por la vida de la gente, en especial en temas de desigualdad, pobreza, educación, seguridad ciudadana y protección social para los más vulnerables. Sin embargo, al hacer una valoración analítica, los países que experimentaron esos procesos de transición democrática no tuvieron una mejora sustantiva en diversos indicadores sociales, es decir, la democracia llegó, pero la pobreza no se fue, tampoco llegó la ansiada igualdad social, más bien generó demasiadas expectativas e ilusiones que cuando se avanzó en los procesos de transición sólo consiguió instaurar el recambio de puestos de elección popular a todos los niveles de gobierno, en especial en el poder legislativo, pero esto no se tradujo en ninguna mejora extraordinaria en la calidad de vida del grueso de las poblaciones.

Si bien, los logros democráticos como la libertad de expresión, la pluralidad política, la rendición de cuentas a través de leyes de transparencia, el reparto de poder en más manos, están ahí, éstos no han sido lo suficientemente valorados y apreciados por la ciudadanía para asumir que esta forma de gobierno tiene un impacto en su vida diaria, por el contrario, el fantasma de kakistocracia ahuyenta y constriñe una valoración objetiva, pero sobre todo instrumental, del aporte de bienes públicos que trae consigo la recreación de la democracia. Con la insatisfacción utilitaria de las transiciones, emerge el desencanto democrático el cual ha empezado a votar propuestas políticas que se ofertan como capaces de resolver de manera rápida y contundente, los problemas sociales y económicos que vive la gente. Soluciones fáciles a problemas realmente complejos y estructurales. La construcción de estas ofertas políticas demanda apoyos populares a mano alzada, poderes menos fragmentados y compartidos, congresos mayoritarios para ejecutar decisiones rápidas y efectistas, menos restricciones y contrapesos políticos, un ablandamiento de la ley para poder ejecutar políticas, o tomar decisiones públicas sin tener que cumplir la ley y el Estado de derecho. Son en sí, propuestas de solución que exigen en contrapartida un margen político de maniobra para dotar nuevamente de capacidades políticas al líder logrando una alta concentración del poder y con un tufo amplio de pulsiones autoritarias.

Súbitamente, con el desgaste de los años y la desesperación de la gente por no ver sus necesidades de vida más apremiantes resueltas, el paradigma democrático pierde adeptos mientras los gobiernos unipersonales que buscan actuar al límite de las trabas pluralistas los ganan. El desencanto democrático que una amplia literatura ha empezado a estudiar (Przeworski, 2022; Levistsky & Ziblatt, 2018; Runciman, 2019; Applebaum, 2021) se caracteriza por un asedio a las elecciones y a los contextos de apertura y pluralidad política que éstas traen consigo. El asedio se legitima y recibe un denso apoyo popular porque, además, los usufructuarios de la narrativa sobre las transiciones a la democracia también se convirtieron en una élite técnico-política que establecieron en la celebración y profesionalización electoral, su principal coto de poder.

Hoy la democracia enfrenta en muchos países de la región una disputa por su control narrativo. Por un lado, resisten las élites que apalancaron la transición y que han sido las usufructuarias del ideal democrático. Defienden la realización de elecciones como la cúspide de los logros políticos. Frente a ese orden establecido, han aparecido nuevos liderazgos populistas que cuestionan ese orden y pregonan que la verdadera democracia no viene de las urnas y de las elecciones sino de lo que las mayorías plebiscitarias decidan, muchas veces manipuladas y mal informadas por ellos mismos. Así, se confrontan dos principios, la democracia de procedimiento o procedimental (Sartori: 1987 y 2012) frente a la democracia plebiscitaria (Weber: 2020 y Reveles: 2017) o popular. En el contexto de esta disputa, ambas posiciones incurren en el error de la anulación, pues pregonan que el juego democrático sólo tiene dos polos de actuación, mientras que ambas olvidan que se complementan y se nutren en un ideal político más amplio, la democracia decisional (Sartori: 1989). Frente a la democracia de procedimiento o la que establece que a mano alzada o por consultas populares se puede gobernar y “castigar” élites corruptas, la democracia decisional, por el contrario, demanda un marco legal sólido y fuerte para la celebración de procedimientos electorales ininterrumpidos, limpios, que garanticen los derechos políticos de todas y todos a votar, pero no los establece como el fin último. La democracia decisional exige trascender las urnas, pero no a través de referéndums o plebiscitos, sino a través del desarrollo de capacidades de la ciudadanía para establecer contextos de exigencia a los gobiernos que se vota y elige.

Conclusiones preliminares, los efectos políticos del populismo

La mayoría de los países en América Latina han enfrentado al menos tres grandes rupturas, la colonial-independentista2, la revolucionaria-popular,3 y la democrática-neoliberal4. Esas rupturas han generado escisiones sociales, que no se no han logrado superar o resarcir del todo. De hecho, el devenir social es la acumulación de esas escisiones y el campo político es un espacio en donde esas diferencias tienden a resolverse. La democracia en su sentido amplio puede entenderse como un dispositivo normativo, político y cultural que permite que esas diferencias se vayan resolviendo en función de la constitución de mayorías, a través de elecciones y votando proyectos políticos. El éxito de los populismos en el mundo, sean los del siglo XX o los nuevos populismos del siglo XXI es precisamente que éstos son una respuesta no solo a lo que la democracia no cumplió (aunque no lo haya prometido tácitamente) sino que su principal bandera es la promesa de hacer lo que no se hizo en el pasado. Darle a la historia oficial y nacional una reinterpretación, un nuevo cauce. Si bien, despertar la historia es reconocer la singularidad construida y contada, también despertarla significa polarizar, reabrir heridas, instigar por cambiar el sentido de dicha historicidad, sin embargo, las experiencias populistas también han demostrado que no cumplen las promesas que le hacen a sus electores, todo lo contrario, más bien, recrudecen el divisionismo, lesionan la convivencia social, pero no logran construir lo que se plantean. En cierto sentido, eclosionan.

El principal objetivo de los populismos es reivindicar a los derrotados de la historia, pero al hacerlo transforman las democracias, concentran el poder, limitan las libertades, y al final de todo, su nueva reinterpretación tiene tantas porosidades y arbitrariedades acumuladas que terminan imbricando a sus naciones en un shock social con consecuencias desastrosas para todos. Los populismos despiertan la historia, pero no necesariamente pueden cambiar su dirección, aunque se lo propongan discursivamente, en los hechos solo terminan concentrando el poder y en algunos casos, restaurando el antiguo régimen. Al ser una reivindicación de las derrotas históricas, los populismos se ofuscan al ver que la implementación de sus proyectos se enfrenta a varios contrapesos institucionales, propios de las democracias, sin embargo, el pensamiento divergente está proscrito en la mayoría de los populismos, pero necesitan de él para seguirse validando, para encontrar en la otredad, la razón de ser y de estar.

El populismo y la mecánica de su implementación tiene efectos políticos que son necesario dimensionar y analizar a la luz de lo hasta aquí expuesto. Si bien, en cada país, los procesos políticos son diferentes, tienen actores políticos y devenires históricos distintos, la mayoría de los populismos presentan impactos políticos semejantes. Debido a la dimensión y características específicas de este trabajo, es muy difícil desarrollarlas a cabalidad, analizarlas por país con el nivel de detalle que ameritan, sin embargo, dado que son impactos estructurales conviene al menos enlistarlos y brindar una idea general al respecto, con el fin de abonar al debate sobre el tema y, en la medida de lo posible contribuir a la profundización del análisis. Así, a la luz de lo revisando hasta el momento, se puede señalar que los efectos políticos de los populismos pueden problematizarse en al menos cinco zonas analíticas de impacto: en la democracia, en el ejercicio del poder, en el régimen político, en la psique social y en el relato histórico.

En la democracia. Al populismo no le preocupa la crisis de la democracia, surge gracias a ella, al descontento que ha generado, pero en el proceso de enquistarse la desfigura, transforma sus procedimientos, sus instituciones e incluso las prácticas de la propia democracia. La razón populista tiende a desconocer las elecciones como un mecanismo central de toma de decisiones, para los populistas las elecciones son sólo una ratificación de lo que ellos encabezan, una mayoría apabullante que se constituye en razón del pueblo, de igual forma, busca a toda costa empequeñecer a las minorías, las estigmatiza, las cuestiona, las condena al patio trasero de la institucionalidad y de la diferencia.

En el poder. El populismo transforma la manera de ejercer el poder, busca concentrarlo y hegemonizarlo. Su visión consiste en que la concentración del poder le permite desplegar políticamente el ambicioso proyecto de su ideario, pero además lo necesita y requiere pues el proyecto lo disputa y rivaliza con los grandes poderes que intenta desterrar, combatir, eliminar. La acumulación es necesaria, nos dicen, en tanto contra quien se lucha es tan poderoso que se necesita el consenso para ejercerlo y vencerlo. Se busca construir una mayoría omnipotente que a la larga tiraniza de forma despótica su posición respecto a las minorías. Si bien, el poder se ejerce y no se comparte, para el canon populista, el poder se acumula y se ejerce contra la disidencia política que obstaculice la reivindicación que se intente emprender. No se intenta equilibrar el poder, sino usarlo para llevar a toda la sociedad a un solo polo.

En el régimen político. Al ser el régimen el ordenamiento político y legal de los poderes del Estado, los efectos del populismo sobre éste son en muchos casos, irreversibles, pues si bien los diseños institucionales de los regímenes políticos de corte democrático están construidos para equilibrar el poder y articular un sistema de contrapesos que les permita el involucramiento de la pluralidad política, la construcción de acuerdos y la postulación de diferentes proyectos, los populismos buscan redefinir ese sistema de contrapesos, cambiarlo, modificarlo a conveniencia y, gracias a ello, desplegar su propio proyecto. Para conseguirlo, el manual populista dispone de estrategias que incluyen el menosprecio a la ley, su justificación al respecto es que las disposiciones normativas obstaculizan la realización efectiva del proyecto, por ende, hay que acelerarlo y en nombre del pueblo se puede prescindir de éstas. El populismo asume que puede gobernar sin una clase política, y mucho menos de aquella que tilda de corrupta, anquilosada o defensora de privilegios; restaurar o transformar el régimen político tiene como objetivo desfondar la institucionalidad del propio Estado y con ello implosionarlo.

En la psique social. Los resultados de los proyectos populistas no están en el gobierno, sino en la narrativa que construyen. Para ello se basan en un conjunto de estrategias discursivas en las que se gestionan las emociones de la sociedad buscando credibilidad y encantamiento. Si lo logran, personalizan la política y establecen un vínculo directo entre el líder y la población, cualquier intermediario negativo de esa relación se convierte en un enemigo del proyecto y del líder. La distorsión final y el efecto político más importante es que convierten esto en un vínculo político posesivo, y como consecuencia se funda la polarización y el revanchismo social. No existe moderación para la simpatía con el proyecto, o se está cien por ciento con él o se está contra él. Dividir el campo político en dos polos con una batalla discursiva e ideológica que no tiene otro fin más que la que el líder determine, incentiva una profunda ruptura de la convivencia social y al hacerlo estalla la violencia que disgrega la necesaria armonía nacional misma que le da cuerpo a los Estados.

En el relato histórico. Una de las premisas de este trabajo es que los populismos despiertan a la historia y la utilizan como una moneda de cambio para conseguir seguidores en su proyecto político. Sin embargo, a la hora de evaluar qué es lo que pasa cuando ese despertar se da, en clave populista, se advierte que al término del sueño las brechas de la contradicción se pronuncian más, despertar la historia podría entenderse como un mecanismo que posibilita el trampolín político lo cual permite arribar a este tipo de proyectos. Al cuestionar el sentido de historicidad, lo único que emerge es un discurso y parcialmente una ideología, pero éstos no generan nuevas y mejores condiciones de vida de la gente, ni redefinen el carácter histórico del devenir social de los pueblos. El despertar es para que todo siga igual o peor, una suerte de gatopardismo histórico que condena a los pueblos que se enfrascan en las aventuras populistas a habitar un vórtice político de disputa irresuelta con más perdedores que ganadores. Al despertar la historia, los líderes populistas instalan la mentira como el eje del ideal nacional y esto lleva a la política y al Estado a resultados que difícilmente alguien puede controlar.

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1Lipset y Rokkan establecieron para Europa clivajes como divisiones o fracturas, los cuales influyen determinantemente en las condiciones sociopolíticas del sistema político y en el surgimiento del sistema de partidos. Identifican iglesia-Estado, centro-periferia, campo-ciudad, asalariado-capital como las principales fracturas que dan pie a divisiones políticas y a los propios partidos modernos (Lipset & Rokkan, 1967).

2Bolivia revolución de Chuquisaca 1809. Ecuador instalación de la junta soberana en Quito 1809. México 1810. Primera junta nacional de gobierno en Chile 1810. Venezuela instauración de la junta suprema de gobierno en Caracas 1810.

3México en 1910. Levantamiento campesino en El Salvador en 1932. Golpe de Estado en Chile de 1932 y 1973. Revolución constitucional de Brasil 1932. Revolución Boliviana de 1852. Cuba en 1953, Nicaragua 1979, Argentina 1945 con el peronismo, entre otras.

4Los esfuerzos de transición a la democracia a través del cambio en las leyes electorales en México. La restauración del orden democrático en Chile luego de la dictadura militar liderada por Augusto Pinochet. La transición “por colapso” que se dio en Argentina, señalada por O’Donnell y Schmitter (1991) misma que se da, debido al derrumbe del régimen militar sin negociación de condiciones de impunidad o permanencia con las Fuerzas Armadas.

Recibido: 07 de Febrero de 2023; Aprobado: 13 de Marzo de 2023

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