INTRODUCCIÓN
Históricamente, las poblaciones han reaccionado ante las enfermedades epidémicas con miedo, el cual no siempre ha sido proporcional al número de muertes causadas por ellas. Quizá las enfermedades que produjeron más temor en el siglo XIX hayan sido el cólera y la peste; en lo que va del siglo XXI, el ébola y la COVID-19, y en el siglo XX, la poliomielitis. Esta es causada por el virus de la polio o poliovirus, tipos 1, 2 y 3. La gran mayoría de las infecciones por poliovirus no producen síntomas, pero de 5 a 10 de cada 100 personas infectadas con este virus pueden presentar algunos síntomas similares a los de la gripe. En 1 de cada 200 casos el virus invade el sistema nervioso, y puede ocasionar inmediata parálisis de distintas partes del organismo: uno o ambos brazos, una o ambas piernas, los músculos del cuello o los del tórax. Cuando la poliomielitis invade la parte más alta de la médula o el cerebro, puede venir la muerte por asfixia1. En el pasado, la poliomielitis o polio fue conocida también como enfermedad de Heine Medin, porque Jakob Heine fue el primero en describirla en un informe médico, y Karl Oscar Medin fue el primero en reconocer su carácter epidémico2.
En 1963, los especialistas en salud pública Miguel E. Bustamante y Alberto Guevara Rojas distinguieron tres etapas en el combate a la polio en México. La primera, que situaron a finales de la década de los cuarenta, se caracterizó por la constitución de un Comité Nacional de Estudios de la Poliomielitis en la capital del país. En una segunda etapa, las autoridades sanitarias intentaron controlar las epidemias con globulina gamma humana. La tercera fue de prevención por medio de vacunas3. Este artículo se ocupa de la historia de lucha contra la poliomielitis en México, y en él se analizan también otras tres etapas: aquella en que la enfermedad aún no llegaba a México, pero era ya una preocupación de pediatras y especialistas en salud pública; la de búsqueda y logro de su eliminación, y la de posteliminación. La investigación emplea fuentes secundarias, pero se basa sobre todo en fuentes primarias (de archivos y prensa médica de la época). Intenta mostrar que, a pesar de haber sido eliminada del país desde 1990, la polio no puede ser considerada una preocupación del pasado.
UNA VIEJA ENFERMEDAD SE VUELVE EPIDÉMICA
La poliomielitis es una antigua enfermedad de la humanidad, pero se presentó por primera vez en forma epidémica en algunos países de Europa y en Estados Unidos a finales del siglo XIX e inicios del XX; por eso al principio hubo la creencia de que era una nueva enfermedad. Se comprendió luego que en el pasado los niños habían sido inmunizados por la enfermedad misma, que viaja en la ruta fecal-oral. Las mejoras sanitarias, que habrían evitado esa inmunización, fueron responsables del resurgimiento de la enfermedad, lo que hizo pensar que se trataba de una “enfermedad de la civilización”4.
Si bien la enfermedad fue de declaración obligatoria a partir de 19335, los primeros registros de casos del padecimiento en México son de 1925. Sin embargo, la infección poliomielítica silenciosa, es decir sin manifestaciones clínicas apreciables, debió de ser antigua, pues a mediados del siglo XX en la sangre de adultos y ancianos se observaban anticuerpos, lo que entrañaba una experiencia al agente causal6. De acuerdo con reportes oficiales, hasta mediados de la década de los cuarenta la enfermedad era esporádica, con baja endemicidad en ciertas zonas de México. Pero en 1945, la poliomielitis se presentó con caracteres epidémicos por primera vez en el país; ese año en el Distrito Federal hubo 31 casos de la enfermedad cuando en los dos años anteriores se habían presentado ocho casos anuales en promedio. Otra epidemia se registró al año siguiente, también en el Distrito Federal, esta vez con 122 casos. Hacia 1948, la epidemia abarcaba los estados de Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, Nayarit y Aguascalientes, además del Distrito Federal. En 1949 se registró una nueva epidemia de polio, con 683 casos7.
Federico Gómez, uno de los fundadores del Hospital Infantil de México -el cual hoy lleva su nombre-, escribió: “Por muchos años se creyó que en México no existía la parálisis infantil y los médicos nos considerábamos afortunados de no tener que lidiar con una enfermedad en la que la lucha es tan desventajosa para el paciente y para la medicina, por la falta absoluta de elementos decisivos para prevenirla o para curarla. Los modernos métodos de investigación y diagnóstico nos han revelado la amarga realidad: existe entre nosotros la parálisis infantil y parece que cada año hace más víctimas”8.
COMITÉ NACIONAL DE ESTUDIOS DE LA POLIOMIELITIS
Desde finales de la década de los cuarenta, hubo un Comité Nacional de Estudios de la Poliomielitis en la ciudad de México. Bustamante y Guevara Rojas opinarían más tarde que el hecho de que el comité se llamara “de estudios” mostraba su incapacidad para dar respuestas, definieron la etapa en que este trabajó como de medidas empíricas, y aseguraron que carecía de valor en la lucha contra esta enfermedad9. Sin embargo, aunque es cierto que las autoridades sanitarias no contaban entonces con elementos para prevenir o tratar la polio, en ese tiempo hicieron observaciones y reunieron importante información epidemiológica.
En 1951, la epidemia alarmó a gobierno, médicos y pobladores por la magnitud de la incidencia: 1,834 casos y una tasa de 7.3 por 100,000 habitantes. Los epidemiólogos atribuyeron este fenómeno al aumento en la virulencia de las cepas circulantes, a las condiciones de saneamiento del medio y a la mejor notificación de casos. En 1952, se conocieron 771 casos, y en 1953 -el año de una de las epidemias más severas-, 1,78710.
El historiador David M. Oshinski ha analizado el impacto que la enfermedad causó en el pueblo estadounidense, cada vez más confiado en la medicina occidental, y obsesionado con la higiene privada y pública, especialmente porque en ese país la enfermedad atacó primero a las clases sociales con mejores condiciones económicas y sanitarias11. El caso de México era diferente. En 1955, los profesionales de la salud reportaban que, en la ciudad de México, la observación de varios miles de casos a lo largo de siete años indicaba que 60% del total de casos paralíticos habían ocurrido en la población de con malas condiciones económicas, 26% en la población de condiciones un poco menos desfavorables, y el 14% restante, entre población de aceptables o buenas condiciones. Algo muy similar ocurría en el resto del país12. Entre otros factores que pueden explicar la diferencia de México con otros países en este asunto estaba el hecho de que ahí los núcleos mayoritarios de población eran muy pobres, se aglomeraban en las habitaciones, y vivían en zonas con falta de saneamiento del medio. A pesar de ello, en México también se llegó a hablar de la polio como enfermedad de sociedades avanzadas.
La parálisis infantil era de predominio urbano13; sin embargo, cuando las epidemias perduraban en las grandes ciudades, se propagaban a otras localidades e, incluso, a pequeños poblados rurales que dependían de aquéllas4. En México, las tasas de morbilidad específica estaban en el centro de los valores correspondientes a 22 naciones americanas15. El grupo de edad más afectado era el de 0 a 3 años (con casi 95% de los casos)16; de hecho, la parálisis infantil en México fue cada vez más infantil, a diferencia de lo que pasaba en otros países, donde ocurría el fenómeno inverso17.
CAMPAÑA DE PREVENCIÓN CON GLOBULINA GAMMA
Oshinsky considera que la campaña contra la polio fue la más exitosa de todas las campañas de salud pública realizadas en los Estados Unidos18. El médico mexicano Carlos Calderón participó como observador en la campaña contra la polio que se realizaban en ese país19, y en 1951 la Secretaría de Salubridad y Asistencia -desde 1943 máximo organismo sanitario del país- estableció la Campaña contra la Poliomielitis, a semejanza de aquella. El término campaña se empleaba para designar tanto al organismo responsable de las acciones contra una enfermedad específica -el cual incluía desde un jefe hasta brigadistas-, como las acciones mismas, y por decreto de 27 de abril de 1953, esta campaña fue declarada de interés nacional por su trascendencia para la protección de la salud pública20. Por otra parte, el Comité Nacional de Estudios de la Poliomielitis se transformó en el Comité Nacional de Estudios y Lucha contra la Poliomielitis. En él figuraban técnicos y representantes de todos los sectores ligados con el padecimiento, los cuales se ocupaba de tres aspectos: investigación de gabinete (diagnóstica), investigación técnica asistencial (curativa y de rehabilitación) e investigación epidemiológica.
Con esta infraestructura, y con apoyo del Instituto Mexicano del Seguro Social -que también tenía entonces una década de existencia-, fue organizada una primera campaña de prevención de la poliomielitis basada en los experimentos de William Hammon y colaboradores de la Universidad de Pitsburgh, quienes concluyeron que la globulina gamma -un componente del plasma sanguíneo de sobrevivientes de la polio- ejercía una actividad protectora hacia las formas paralíticas de la enfermedad21. Para llevarla a cabo, en varias ciudades de la República Mexicana se solicitó la donación de sangre de voluntarios de entre 22 y 55 años, clínicamente sanos, y con la sangre colectada fue posible elaborar cerca de 100,000 dosis individuales de globulina gamma humana, que se aplicaron a niños de entre 6 meses y 5 años, de todas las clases sociales22. Entre 1953 y 1955, se reportó en México una influencia de la globulina gamma en la disminución de la intensidad de epidemias de parálisis infantil (de acuerdo con reportes, habían ocurrido entre diez y veinte veces menos casos paralíticos entre los niños que la habían recibido que entre los que no la habían recibido); sin embargo, su acción era de solo seis semanas, por lo que la inmunización pasiva con globulina gamma no continuó23.
Lo más significativo fue el gran apoyo que esta campaña recibió de parte de la Secretaría de Educación Pública y otras instituciones oficiales como hospitales públicos; laboratorios y hospitales privados, y las Cámaras de Radio y Televisión; profesionales de la salud; partidos políticos y sindicatos y, muy especialmente, del público en general, que se desbordó para donar su sangre, al grado de que los organizadores no pudieron cubrir la demanda de núcleos humanos que insistían en ser donadores en sus centros de trabajo o estudio24.
LOS INICIOS DE LA VACUNACIÓN
En la primera parte del siglo XX, la ciencia y la técnica médica perdían a los enfermos de polio que eran atacados en los músculos de la respiración. Después se contó con pulmones mecánicos, que de manera temporal sustituían artificialmente la función que los músculos paralizados de la respiración no podían desarrollar. Pero había enormes distancias entre los recursos tecnológicos de países ricos y pobres. En 1960, el Hospital Infantil de México, por ejemplo, tenía una docena de camas y una docena de pulmones de acero para los niños enfermos de polio, además de algunos departamentos de rehabilitación, en un momento en que cientos de niños y adultos sufrían ya los efectos paralíticos de la enfermedad, y cientos más se unían a ellos. Por eso, la siguiente etapa de la campaña contra la polio fue de intento de prevención por medio de vacunas.
Desde que en 1909 los médicos austriacos Landsteiner y Popper establecieron que la poliomielitis es una enfermedad contagiosa propagada por un virus, se pensó que una vacuna era posible, y hacia mediados del siglo XX, esta no dejaba de buscarse. Por eso, cuando Jonas Salk desarrolló una vacuna parenteral de virus muertos contra esa enfermedad, y en 1955, después de un ensayo clínico de gran escala, el responsable de este, el epidemiólogo Thomas Francis, declaró: “La vacuna es segura y eficaz”, hubo júbilo en el mundo. Salk, además, se negó a patentar la vacuna, pues consideró que pertenecía a la humanidad25.
El director general de la Industria Química Farmacéutica y el Centro para el Estudio de la Poliomielitis consideraron que había llegado el momento de producirla en México. Esto se hizo en 1956, con el subsidio de la Secretaría de Salubridad y Asistencia y el Instituto Nacional de Protección a la Infancia, con el método propuesto por Salk y sus colaboradores26. México fue el segundo país del mundo, después de Canadá, en fabricar la vacuna Salk con sus propios medios27. Después de dos años de vacunación y 1’055,229 de dosis aplicadas, las autoridades sanitarias mexicanas aseguraron que la vacuna preparada en México era efectiva en ochenta por ciento de los casos28. Más tarde, Albert Sabin desarrolló la vacuna oral de virus vivos atenuados, y en México se realizaron experimentos con ella desde 1957. En 1962, esta vacuna fue producida en el país, bajo la supervisión del propio Sabin, lo que ocurría por primera vez en un país no desarrollado. Entonces empezó realmente la vacunación masiva29.
Las de Salk y Sabin eran miradas competitivas y, al igual que en otros países30,31, en México hubo controversias y disputas entre los seguidores de uno y otro investigador sobre las bondades y desventajas de ambas vacunas32. Al final, se empleó solo la vacuna oral, en parte por recomendación de Organización Mundial de la Salud (OMS), y -como ha señalado Stuart Blume33- porque esta era más barata y más fácil de aceptar que la parenteral, que -a decir de los defensores de la vacuna oral- era causa de deserciones. Sin embargo, ambas vacunas fueron aplicadas un tiempo de manera simultánea por la necesidad de terminar las series iniciadas con vacuna Salk34.
Si bien las vacunas contra la polio dieron esperanza a padres y profesionales de la salud, también fueron motivo de angustia, y es que los pobladores reaccionaban ante los efectos adversos o desconocidos de estas y se resistían con frecuencia a vacunar a sus hijos. Algunos maestros también se oponían a participar en la campaña, y hubo movimientos abiertamente antivacunistas, para los que la vacunación obligatoria era anticonstitucional35.
EL PROGRAMA PARA ELIMINAR LA POLIO
La obligatoriedad de la vacunación contra la polio fue establecida en 196336: con la indicación de tres dosis: al nacimiento, a los 4 y a los 8 meses. A partir de entonces hubo periodos intensos de vacunación, si bien no se trató de un proceso lineal. La figura 1 muestra las dosis aplicadas de vacuna antipoliomielítica y la morbilidad por polio entre 1937 -año a partir del cual se dispuso de registros más sistemáticos sobre prevalencia de la enfermedad37- y 2001. Se observa que la vacunación no fue siempre ascendente, ni la morbilidad descendente, sino que, por ejemplo, hubo descuido de la vacunación y aumento del número de casos en el periodo 1964-1970, que correspondió al sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.

Fuente: DGE/CONAVA/SSA
Figura 1 Morbilidad por poliomielitis y dosis aplicada de antipoliomielitis. Estados Unidos Mexicanos, 1937-2001
En 1986, la entonces ya denominada Secretaría de Salud instituyó los días nacionales de vacunación para los niños de cero a cinco años, que seguía el modelo iniciado en Cuba, y alabado por Sabin38, y en los que participaban cientos de miles de voluntarios. A mediados de la década de los ochenta México era el único país de América Latina, que producía todas las vacunas incluidas en el Programa Ampliado de Inmunizaciones del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, e incluso exportaba a doce países. Sin embargo, precisamente a partir de entonces comenzó un proceso de abandono paulatino de la producción estatal de vacunas, que fue retomada por las grandes compañías farmacéuticas39.
Desde las primeras epidemias de polio, gran número de instituciones ofrecieron servicios de rehabilitación a quienes la habían padecido, pero la eliminación de la enfermedad se logró con la vacunación. Vale la pena precisar que se habla de eliminación cuando una enfermedad deja de estar presente en un país o región; mientras que el término erradicación implica la eliminación de la enfermedad en todo el planeta, y la única enfermedad erradicada hasta hoy es la viruela. En 1990, México tuvo siete casos de polio no vacunal, el último de los cuales se presentó en Tomatlán, Jalisco, el 18 de octubre de 199040. Hasta ese momento, hubo en el país 29,000 casos registrados de poliomielitis.
EL PERIODO DE POSTELIMINACIÓN
Si bien México recibió de la OMS el certificado de haber eliminado la poliomielitis, la enfermedad ha seguido estando presente en el país de varias maneras:
En primer lugar, por todo lo relativo a la inmunización. Como la enfermedad no ha podido ser eliminada de algunos países del mundo, y existe el riesgo potencial de importación del virus de algunas de estas áreas, la vacunación de menores se sigue haciendo de manera rutinaria. Por otro lado, si bien durante décadas se negó que hubiera casos de polio vacunal, al final la OMS y las autoridades sanitarias de los países tuvieron que reconocer que casos de poliomielitis paralítica estaban relacionados con la vacuna oral; es decir, que esta presentaba riesgos potenciales, por lo que en el siglo XXI se hizo de nuevo la conversión a la vacuna parenteral41, proceso que en México se completó en 2016. En ese momento, dejó de haber producción estatal de vacunas contra la polio.
En segundo término, la poliomielitis es una enfermedad de la que ya casi nadie se acuerda; sin embargo, dejó secuelas permanentes en quienes la padecieron. Ellos y ellas han tenido que hacer frente a la discriminación, y a barreras en los lugares de estudio y de trabajo que, hasta hace muy poco tiempo, no tomaban cuenta a los discapacitados. Ni siquiera hay un censo que certifique cuántos sobrevivientes de polio hay en el país.
Finalmente, en la actualidad muchos sobrevivientes de la poliomielitis sufren de síndrome postpolio -reconocido en 2010 por la OMS como entidad nosológica, en la Clasificación Internacional de Enfermedades, gracias al activismo de quienes lo padecen-, el cual afecta de nuevo al sistema nervioso y se presenta con debilidad muscular, atrofia muscular, fatiga mental y física, dolor en las articulaciones y escoliosis42,43. En México, los diagnósticos de síndrome postpolio son nulos. Como dicen los y las sobrevivientes: “la poliomielitis fue eliminada, pero nosotros y nosotras todavía estamos aquí”.
CONCLUSIONES
La poliomielitis se presentó por primera vez en México en 1945 con caracteres epidémicos; si bien antes de esa fecha preocupaba a profesionales de la salud y autoridades sanitarias -pues las ciencias médicas carecían de elementos para tratar o prevenir esta enfermedad altamente infecciosa-, y causaba gran ansiedad entre los padres y madres de familia -ya que atacaba casi siempre a los niños pequeños y podía dejar secuelas paralizantes.
Las epidemias más devastadoras fueron las de los años cincuenta, pero en esa década primero Jonas Salk y luego Albert Sabin desarrollaron, respectivamente, la vacuna parenteral y la oral contra la polio, las cuales no solo se aplicaron, sino que también fueron producidas tempranamente en México. Hubo debates entre los seguidores de Salk y los de Sabin y, en casi todo el mundo, la vacuna oral acabó imponiéndose, hasta los últimos años en que hubo una vuelta a la vacuna parenteral de virus muertos.
Una vez que las vacunas estuvieron disponibles, la inmunización pasó a ocupar el centro de la campaña, de forma limitada primero, y con programas masivos después. Las vacunas fueron motivo de esperanza; pero, sobre todo al inicio, también de temor, por sus posibles efectos secundarios, que incluían la polio vacunal.
El combate contra el padecimiento no tuvo una historia lineal, sino que en él hubo avances y retrocesos. Aunque la enfermedad fue eliminada desde 1990, no puede considerársele un asunto del pasado, pues la campaña de vacunación debe seguir, y aún viven personas con secuelas de polio, muchas de las cuales padecen hoy al síndrome postpolio.










nueva página del texto (beta)








