Las reseñas presentadas en las revistas académicas están dirigidas a un público especializado. Sin embargo, el libro que aquí se reseña El oficio político. La élite gobernante en México (1946-2020) de Rogelio Hernández (doctor en Ciencia Política), es un trabajo que logra traspasar las fronteras académicas, convirtiéndose en una lectura esencial tanto para los científicos sociales, como para la sociedad.1 Además, constituye una referencia obligada para los historiadores dedicados a la historia política de los siglos xx y xxi, pues logra historizar con éxito el oficio político a lo largo de un extenso periodo, mostrando las complejidades propias de cada élite, a pesar de que el autor no proviene de la disciplina histórica.
Como sujetos, la clase política debería ser algo que interese conocer mejor, dado que de ella emana nuestro gobierno. Empero, cada vez es más común entender a los políticos como personajes perversos que sólo ven por sus intereses y que están ligados con escándalos de corrupción. El libro, aunque no niega estas formas en el quehacer político, ofrece una mirada diferente de los sujetos que la conforman, la cual se extiende desde el México posrevolucionario hasta nuestros días.
Hernández sale del común denominador en las obras académicas de los últimos tiempos las cuales sólo conciben el análisis del quehacer político en función de las acciones que la figura presidencial dictaba.2 De igual forma, rompe con los análisis que visualizan a los políticos como sujetos que, tanto individual como colectivamente, tienen comportamientos vinculados a cuestiones negativas como la manipulación o la corrupción.3 En ese sentido, el autor plantea estudiar la concepción que los políticos tienen sobre su oficio y, por otro lado, estudiar su formación.
Dada la naturaleza de sus preguntas de investigación, el politólogo utilizó como fuente principal entrevistas a ciertos actores con gran trayectoria partidista y en la administración pública para poder responder a sus cuestionamientos. En su apartado “Nota metodológica”, Hernández señala que, para la selección de sus nueve entrevistados, tomó en cuenta que hubieran desempeñado “serias e importantes tareas en la administración pública federal”.4 El autor expresa que en su mayoría habían dirigido alguna de las secretarías de Estado, específicamente la de Gobernación. Entre sus sujetos de estudio, se encuentran personajes como Fernando Gómez Mont, José González Morfín, Alejandro Poiré, Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Bartlett, Luis Felipe Bravo Mena, Carlos Tello, Dulce María Sauri y un actor anónimo, del que sólo da como pista que tuvo una larga trayectoria en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
Hernández dividió su trabajo en cinco capítulos, en cuatro de ellos se dedicó a hablar de la formación y el oficio distinguiendo cuatro tipos de políticos diferentes desde la posrevolución hasta nuestros días. En el primer capítulo aborda la élite de la posrevolución hasta 1982; en el segundo estudia a los tecnócratas llegados después del agotamiento del modelo económico; en el tercero trata al grupo llegado con la alternancia política en el año 2000. En este punto es importante mencionar que el capítulo cuatro, en lugar de continuar con el análisis de los políticos llegados en 2018, el autor se enfoca en trabajar el oficio y el manejo de los conflictos. Recién en el capítulo cinco el autor retoma a la última élite en 2018, a la que describe como inexperta y como el ejemplo de la pérdida de habilidad de sus sujetos de estudios. Con ello puede verse que el autor hace una separación en el análisis de las tres primeras élites, que sí cumplen con cierto oficio; Hernández los describe como políticos profesionales mientras que a la última élite, contemporánea al autor, la describe como políticos-ideólogos.
El autor, a pesar de seguir un orden cronológico respecto al estudio de las élites y su manera de formarse, no hace un análisis lineal, sino que, dentro de los mismos capítulos, da saltos para hacer ciertas comparaciones con las élites que estudiará posteriormente a través del uso de cuadros comparativos.
En cuestión de fuentes, además de hacer uso de entrevistas, recurre a referentes ineludibles para el análisis de las trayectorias de las élites mexicanas, como son los textos de Roderic Ai Camp5 y libros que le permitieron dar cuenta del oficio político, como La Democracia en México de Pablo González Casanova, publicado en 1966.6
El principal acierto del libro es humanizar al político y entenderlo desde su propia subjetividad, porque, como Hernández va desarrollando: la política no es algo que se pueda aprender en la escuela, sino que es una práctica cotidiana con la que la toma de decisiones y la lectura política se van perfeccionando conforme se enfrentan ciertas coyunturas. En este sentido, el libro da cuenta de todos los factores que intervienen en la complejidad de la labor política, sin negar la existencia de los mecanismos comúnmente llevados al análisis, como la corrupción.
La obra de Hernández abre importantes vetas de investigación vinculadas a cuestiones emocionales en la política, por ejemplo, ¿cómo los políticos enfrentaron coyunturas complejas emocionalmente? o ¿cómo realizaban las negociaciones políticas frente a aliados, posibles aliados o, frente a adversarios? Por otro lado, el libro complejiza el escenario político durante los regímenes priistas, pues muestra cómo sí existía un juego político entre actores, a diferencia de las lecturas clásicas del siglo xx mexicano, en las que se daba por sentado el poder metaconstitucional del presidente de la República y, por lo tanto, la existencia de una disciplina al interior del Partido Revolucionario Institucional. En este libro, Rogelio Hernández profundiza en cuestionamientos que ya había esbozado en trabajos anteriores, como Historia mínima del pri,7 donde comenzó a poner en entredicho dichas interpretaciones, ahora desarrolladas a plenitud.
En cada uno de los apartados el autor advierte los múltiples elementos que las élites deben tener en torno a redes, trayectorias, educación técnica y la importancia de la práctica. Sin embargo, en su capítulo cuatro expone los elementos que dan cuenta de la complejidad de la labor política a través del análisis de cómo los sujetos abordan un conflicto. Así, la negociación entre partes se vuelve un elemento central en la correcta lectura de las coyunturas.
Por otra parte, considero que en el último capítulo de Hernández se hace visible su postura política. Siguiendo su marco metodológico, el autor recurre a ejercicios estadísticos y comparativos para analizar la trayectoria del nuevo grupo en el poder. A partir de ello, expone la inexperiencia de la élite proveniente del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), a la que caracteriza como proclive a la confrontación y a retomar modelos ya empleados en el pasado. Asimismo, sostiene que dicha inexperiencia se origina en la concepción de la política de su líder, Andrés Manuel López Obrador, quien ha afirmado que lo fundamental no es la experiencia “sino la honestidad: 90% de honestidad y 10% de experiencia”.8
Empero, un punto fundamental es que, a diferencia de lo realizado con otras élites a lo largo del libro, el autor no recurrió a entrevistas para la elaboración del último capítulo. Esta omisión representa una ruptura con el esquema metodológico previamente establecido, en el que las entrevistas fueron una herramienta central para la reconstrucción del quehacer político de los distintos grupos de poder. Llama la atención que, en su apartado “Nota metodológica”, el autor da cuenta que no logró entrevistar a los integrantes de la élite priista que concluyó su gestión en 2018; sin embargo, no hizo mención alguna sobre intentos para entrevistar a los miembros de la élite morenista.9
En ese sentido, no da la oportunidad a los nuevos actores de conocer su trayectoria y su forma de entender la política de su viva voz, que fue uno de sus principales aciertos en sus primeros apartados. Es por ello que en este capítulo se refleja perfectamente una de sus ideas de fondo que está, por supuesto, influenciada por su visión personal del presente: las élites del pasado estaban mejor formadas y en la actualidad existe una decadencia del oficio político. En palabras del autor:
El conflicto se reconocía como propio de la realidad social, y debía atenderse institucionalmente y con el diálogo. Esta tendencia, que permitió la formación, en general, de políticos profesionales, ha llegado a su fin en 2018 para dar paso a la primera generación de políticos ideólogos, políticos que se afirman en la arenga y la agitación, y que, en plena correspondencia con sus convicciones, desprecian la experiencia, el conocimiento y las instituciones.10
Aún con ello, considero que el libro de Hernández es una lectura obligada para entender la dinámica política y poder realizar análisis más complejos desde la historia y las ciencias sociales, que permitan dejar de concebir al político como una clase homogénea y estática en el tiempo. De igual modo, me parece un libro fundamental para los historiadores que hacemos historia política de México, ya que permite acercarnos al quehacer político, cuestión, por cierto, muy poco abordada en las últimas décadas. Pensar a los políticos desde su contexto y su propia humanidad es obligado, tanto para los científicos sociales como para la sociedad en general.














