Introducción
Dos hitos han incitado a historiar en el presente siglo la propagación de la vacuna contra la viruela por la monarquía española durante los primeros años del siglo xix: el bicentenario del inicio de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (REFV) en 2003, y la pandemia de coronavirus (covid-19) que acaeció entre 2020 y 2023. Ejemplos particularmente destacados son dos obras colectivas: en el 2004 se publicó La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Doscientos años de lucha contra la viruela, que reunió ensayos sobre historia e historiografía de la antedicha campaña de inmunización, sobre la vacunación en España después de la REFV y estudios acerca del virus de la viruela humana;1 mientras que en el 2021 se publicó La Expedición de Balmis. La primera lucha global contra las pandemias, que está integrado por textos que analizan el contexto histórico, científico y sanitario en el que se realizó la Real Expedición en el mundo hispánico, así como diferentes aspectos del desarrollo de la misma.2
En cambio, ha sido menos estudiada la introducción de la vacuna antivariólica que acaeció en la América española algunos meses antes de la llegada de la Real Expedición, especialmente en documentación local. Destacan en este rubro dos artículos precursores: “The Introduction of Smallpox Vaccine in 1803…” (1989), publicado por el historiador de la medicina puertorriqueño José G. Rigau-Pérez, y “La vacuna en Cuba durante el gobierno de Someruelos” (2004), del americanista español Sigfrido Vázquez Cienfuegos.3 Además, en años recientes se publicaron dos textos más, que revisitaron la propagación de la vacuna que precedió a la expedición de Balmis y que incorporaron las contribuciones más recientes de las historiografías de la cirugía y de la medicina: “Distribución de la vacuna en América antes de la expedición” (2021), de la historiadora mexicana Verónica Ramírez Ortega,4 y “The Smallpox Vaccine in Latin America: A New Approach (1801-1804)” (2023), de Antonio Pérez Pérez y José Ramón Vallejo.5
En particular, la introducción y propagación de la vacuna en la Nueva España ha sido examinada únicamente de modo tangencial, como antecedente de la Real Expedición. La primera obra que estudió el tema con base en documentación obrante en archivos de México fue el libro del facultativo e historiador de la medicina mexicano Francisco Fernández del Castillo (1899-1983), Los viajes de Don Francisco Xavier de Balmis, publicado en 1960 en conmemoración tardía del sesquicentenario de la llegada de la vacuna a territorio mexicano.6 Sin embargo, el autor se limitó casi exclusivamente a consultar los ramos Epidemias y Reales Ordenes del Archivo General de la Nación (agn) y la Gazeta de México.
El siguiente trabajo de investigación que se ocupó de estudiar, aunque también de manera parcial, la llegada y propagación temprana de la vacuna por el territorio novohispano fue la tesis doctoral del historiador estadounidense Michael M. Smith, “The ‘Real Expedición Marítima de la Vacuna’ in New Spain and Guatemala” (1971). Este autor leyó a Fernández del Castillo y consultó sus mismas fuentes, pero las complementó con el legajo 1,558 del Archivo General de Indias (agi) sobre la expedición de Balmis, al cual tuvo acceso debido a que la biblioteca Mary Couts Burnett de la Texas Christian University, poseía una copia microfilmada. Y, aunque el estilo de Smith es más riguroso y académico, las historias de ambos autores coinciden en lo fundamental respecto a la introducción de la vacuna.7
En particular sobre las Provincias Internas, tanto Fernández del Castillo, Smith y Ramírez Ortega se limitaron a glosar la misma fuente: el suplemento a la Gazeta de México, número 22, publicado el 6 de octubre de 1804;8 que era la única fuente conocida sobre el tema. Solamente la historiadora Chantal Cramaussel, en su artículo “La lucha contra la viruela en Chihuahua durante el siglo xix” (2008), consultó documentación local y reveló nuevos detalles sobre la introducción de la vacuna en el septentrión, pero -como lo indica el título de su texto- su objetivo era más general y por ello no analizó el proceso con detenimiento.9
En este texto se reconstruye el itinerario de las cadenas de transmisión del virus de la viruela bovina que se iniciaron en Puerto Rico a finales de 1803, y que permitieron que la vacuna antivariólica fuera introducida en la Nueva España y en las Provincias Internas antes de que pudiera hacerlo la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Asimismo, se analizan los agentes de propagación -médicos, autoridades, funcionarios- y las instituciones que participaron en este proceso, destacando las particularidades que tuvo en el septentrión novohispano. Para este fin se realizó investigación de archivo en Chihuahua, que se cotejó con documentos del agn y del agi.
El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (conacyt) proporcionó cinco meses de beca de posgrado -marzo a julio de 2023- para realizar esta investigación. El trabajo de campo en el Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua,10 fue posible gracias al apoyo económico que brindó el Programa de Apoyo para Estudios de Posgrado (paep), de la Coordinación de Estudios de Posgrado de la unam, para doce días de investigación. También agradezco al proyecto de Ciencia de Frontera conahcyt CF-2023-I-144, coordinado por la doctora Ana Carolina Ibarra, por haberme asignado una beca de agosto a noviembre de 2024 para concluir esta investigación y, además, participar en diversas actividades académicas del mismo. Finalmente, este artículo no hubiera sido posible sin el incansable apoyo que me brindó mi mentora y tutora de maestría, la doctora Marcela Terrazas y Basante.
La profesionalización de los cirujanos del ejército y la armada españolas y su repercusión en las Provincias Internas
En el siglo xviii, la Corona se propuso reformar la salud pública en sus dominios y promover la modernización de los conocimientos y de la enseñanza de la cirugía y la medicina, pero enfrentó la resistencia de las universidades a actualizar los currículos de sus facultades médicas. En consecuencia, optó por establecer los Reales Colegios de Cirugía de San Fernando de Cádiz en 1748, de Barcelona en 1760, y de San Carlos de Madrid en 1774, donde serían adiestrados los cirujanos. Así, las intervenciones quirúrgicas comenzaron la transición de un “arte” manual (u oficio) a una disciplina de carácter científico mediante un proceso de institucionalización y, por ende, de profesionalización.11
Las fuerzas armadas de la monarquía -los Reales Ejércitos y la Armada- desempeñaron un papel importante en la difusión de estas innovaciones científicas y técnicas, pues los monarcas se empeñaron en dotarlas de personal capacitado en todos los dominios españoles; incluyendo los territorios fronterizos que tenían una población civil escasa y que, por tanto, dependían en buena medida de la presencia militar. Como se podrá apreciar más adelante, varios egresados de los antedichos colegios llegarían a la Nueva España a ejercer su profesión. Al septentrión en particular, arribaron varios cirujanos procedentes del Real Colegio de Barcelona -que se especializaba en formar a los cirujanos del ejército-, quienes serían determinantes en la introducción y difusión de la vacuna desarrollada por Edward Jenner (1749-1823).12
Desarrollo y propagación temprana de la vacuna jenneriana
La viruela es una enfermedad viral sumamente contagiosa que se erigió en la epidemia más mortífera del mundo occidental en el siglo xviii. En España y otros países europeos tenía una tasa de mortalidad que oscilaba entre 15 y 33% a finales del “Siglo de las Luces”, pero en los territorios españoles ultramarinos las sucesivas epidemias eran aún más devastadoras; especialmente entre los amerindios sin contacto previo con el virus.13 Si se lograba evitar la muerte, las secuelas del contagio podían ser, en orden de frecuencia: cicatrices -o estar “picado de viruelas”-, ceguera permanente o una desfiguración irreversible. Además, el virus afectaba a personas de todos los estamentos, incluyendo a la realeza europea.14
Antes de la vacuna, la variolización era el método preventivo más efectivo para enfrentar brotes de viruela. El procedimiento consistía en inducir un caso leve de la enfermedad por medio de la inserción de linfa (o pus), extraída de una pústula de un paciente contagiado en proceso de recuperación, en el brazo de un individuo sano mediante una incisión. Además de reducir notablemente la tasa de mortalidad, que oscilaba entre 0.5 y 2% tras la inoculación, tenía la ventaja de que podía realizarse dondequiera que el virus estuviera presente, siendo necesario únicamente el conocimiento de la técnica.15 En la segunda mitad del siglo xviii, se empezó a practicar la variolización esporádicamente en la América española, pero no era una operación del todo inocua porque podía ocasionar un caso grave de viruela e iniciar un brote.16
Fue el médico rural inglés Edward Jenner quien desarrolló un nuevo método de inmunización contra la viruela. En sus primeros años de carrera médica en el condado de Gloucestershire, en Inglaterra, Jenner investigó el saber popular empírico de que las lecheras eran menos susceptibles a la viruela porque se infectaban de una enfermedad de las vacas, documentando así algunos casos de ordeñadoras y campesinos que habían contraído viruela bovina (en inglés, cowpox) y que eran inmunes a la viruela humana (en inglés, smallpox).17 En 1796, realizó el célebre experimento que fue la base de su innovadora técnica: la vacuna; la cual consistió en inocular a una persona con linfa procedente de pústulas de una vaca infectada para causar inmunidad contra el variola virus.18
Aunque en primera instancia su investigación fue rechazada por la revista científica Philosophical Transactions de la Royal Society of London en 1797, Jenner difundió por su cuenta su innovación en el libro An Inquiry into the Causes and Effects of Variolae Vaccinae, que salió a la venta en Londres en 1798. La publicación hizo que los médicos y cirujanos europeos comenzaran a buscar viruela bovina en zonas rurales de todo el Viejo Continente. No obstante, tomar la linfa directamente de vacas infectadas no era fácil, pues los facultativos no siempre sabían distinguir a la viruela de otras enfermedades bovinas; así que Jenner y otros de los primeros vacunadores preferían buscar a lecheras y otros trabajadores agrícolas contagiados.19
La obra de Jenner se conoció por primera vez en España a los pocos meses de su publicación, en marzo de 1799, y poco después comenzó la difusión de la obra en libros, folletos, artículos periodísticos e informes. Finalmente, la vacuna llegó a la Península Ibérica en diciembre de 1800, procedente de Francia, y para finales del año de 1801 miles de vacunaciones se habían ejecutado en Cataluña, Madrid, Navarra y Euskadi.20
Los métodos de transmisión y conservación de la vacuna
La vacunación antivariólica no solo requería el conocimiento de la técnica, sino también la disponibilidad del virus de viruela bovina. Las vacas infectadas eran difíciles de encontrar -durante los primeros años solo se habían localizado en Gloucestershire, Lombardía y Londres-, así que la mayoría de los primeros vacunadores dependieron de una fuente externa de linfa y por ende se concentraron en desarrollar tecnologías, técnicas médicas y herramientas para transportarla de forma segura. Estos métodos fueron modificándose tras fallar los primeros intentos de introducir el pus vacuno en lugares calurosos, donde el clima lo deterioraba y le hacía perder su capacidad infecciosa.21
Hacia 1800, se habían desarrollado tres métodos para conservar la linfa y transportarla a largas distancias: “en seco”, in vitro (‘en vidrio’), e in vivo o de brazo a brazo. En el primero, se impregnaban hilos de seda o de algodón con pus vacuno, que después eran secados y almacenados; y el segundo consistía en enviar el fluido vacunal sellado entre laminillas de cristal (“vidrios”) o dentro de frascos. No obstante, se comprobó que ambos métodos eran inadecuados para los climas cálidos, pues el pus se deterioraba y perdía su capacidad infecciosa durante el trayecto más rápidamente que en Europa. Por lo tanto, la manera más segura de propagar la vacuna era la transmisión de brazo a brazo, técnica que el propio Jenner desarrolló en 1798, cuando vacunó a sus vecinos en el pequeño pueblo de Barkeley, en Gloucestershire. Sin embargo, esta técnica también tenía sus inconvenientes, como el alto costo que implicaba en viajes largos, y que las iniciativas individuales solían quedarse cortas, por lo que se demostraría que se requerían de infraestructura sanitaria y de esfuerzos institucionales para que una campaña de vacunación de brazo a brazo tuviera éxito.22
Propagación de la vacuna antivariólica en el Caribe hispánico
La noticia del descubrimiento de la vacuna había llegado a la América española hacia 1800, por lo que las autoridades, los médicos e incluso particulares locales procuraron con denuedo obtener la linfa en aras de atajar las epidemias recurrentes. Estos esfuerzos tuvieron éxito, pues la llegada del fluido vacuno a las principales ciudades hispanoamericanas se anticipó algunos meses a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que comenzó a organizarse en la Península Ibérica en marzo de 1803.23
Puerto Rico fue el primer territorio español en el Nuevo Mundo que recibiría la vacuna. En noviembre de 1803 se suscitó un brote de viruela en la isla, por lo que Francisco Oller Ferrer -cirujano del Real Hospital Militar de San Juan y médico del Hospital de la caridad- solicitó que le fuera remitida linfa vacunal desde la vecina isla danesa de Saint Thomas, ubicada 64 km al este, donde se enteró que estaba disponible. El doctor Alexandre Mondeher le envió pus vacuno impregnado en hilos el 14 de noviembre, pero éste perdió su capacidad infecciosa en el camino y las operaciones realizadas con este fluido no surtieron efecto. Oller solicitó otra muestra, la cual le fue remitida en laminillas de vidrio y le llegó el día 28 del mismo mes. Inmediatamente Oller probó la vacuna en sus hijos Genaro y José María, de 9 y 10 años, resultando exitosa la inmunización en el segundo. El cirujano presentó el logro al gobernador Ramón de Castro, quien le encargó que ofreciese al público el nuevo método gratuitamente; las vacunaciones públicas comenzaron solemnemente el 17 de diciembre. Así, Puerto Rico se convertiría en el centro de distribución del virus de la viruela bovina hacia el resto de Hispanoamérica, hasta la llegada de la Real Expedición el 9 de febrero de 1804.24
A Cuba habían llegado las noticias acerca de la efectividad que había tenido el nuevo método de inmunización en Europa y en las colonias vecinas no españolas “por medio de sus papeles públicos”, es decir, de publicaciones periódicas, folletos y otros textos impresos.25 El 4 de febrero de 1802, la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana recibió una copia del opúsculo de Pedro Hernández, Origen y descubrimiento de la vacuna (1801) procedente de Madrid, la cual enviaron al doctor Tomás Romay y Chacón -socio fundador de la Sociedad y médico prominente de la capital26- para que examinara el valor de la obra. El facultativo elogió el texto y señaló el hecho de que era el primer instructivo sobre la vacunación que se había recibido en la isla.27
Romay y otros habaneros renombrados comenzaron la búsqueda del “infalible preservativo contra las viruelas”, pero tras un año no lograron hallar una fuente local del virus. En el Papel Periódico de La Havana del 3 de febrero de 1803, se publicó un artículo en que la Junta Económica del Real Consulado de La Habana ofreció una recompensa de cuatrocientos pesos a quien “descubra y manifieste el fluido vaccino (sic) tomado de las vacas de esta isla” y de doscientos “al sujeto que traiga de otros países”. Sin embargo, nuevamente transcurrió más de un año y no lograron encontrarse vacas contagiadas en las haciendas locales.28
Durante ese mismo periodo, Salvador Muro Salazar -marqués de Someruelos, gobernador y capitán general de Cuba- proporcionó a Romay otras tres muestras de pus vacuno sellado entre cristales, pero ninguna surtió el efecto deseado cuando fueron aplicadas; “aun habiendo llegado [en] una ocasión a los veintitrés días de haberse tomado en Filadelfia”.29
Finalmente, la vacuna llegó fortuitamente el 10 de febrero de 1804, cuando María Bustamante, su hijo de diez años y dos sirvientas mulatas de diez y de ocho años arribaron a La Habana procedentes de Aguadilla, Puerto Rico. Los tres infantes habían sido vacunados el día 1º por el doctor Oller, pero cuando llegaron a Cuba, el desarrollo del virus se había retardado, por lo que Romay pudo extraer el pus y ejecutar las primeras inmunizaciones hasta el 12 de febrero. El 26 de marzo habían sido vacunadas 400 personas en La Habana. Tras este éxito, se remitió linfa entre laminillas de cristal a Santa Clara y otras poblaciones del interior. Por su parte, la expedición de Balmis arribaría a la isla hasta el 26 de mayo de 1804.30
Intentos fallidos de introducir la vacuna a la Nueva España
En la Nueva España también hubo intentos fallidos de conseguir la vacuna durante 1803. José de Iturrigaray -quien recibió el nombramiento de virrey en julio de 1802 y que arribó al puerto de Veracruz a finales de diciembre-31intentó introducir al virreinato la vacuna transportando consigo la linfa en laminillas de cristal, pero fracasó porque el pus había perdido su capacidad infecciosa durante el trayecto.32 Por lo tanto, no tuvo efecto en los niños de la Casa de los Expósitos de la capital que fueron sometidos a las operaciones vacunales que a inicios de enero de 1803 realizó Alejandro García Arboleya, cirujano de primera clase de la Real Armada y médico personal de Iturrigaray.33
Tras este fracaso, el virrey comisionó a Félix Garda y Ferraris, cirujano del regimiento de Infantería de Nueva España, y le entregó un pasaporte que lo autorizaba a inspeccionar las haciendas ganaderas del virreinato en busca de vacas contagiadas de viruela bovina. Así, entre marzo y septiembre de 1803 el facultativo desempeñó su labor en Toluca, Metepec, Zinacantepec, Ixtlahuaca, Querétaro, Celaya, Salamanca, Irapuato, Silao, León, Santa María de los Lagos (actualmente Lagos de Moreno), Aguascalientes, Zacatecas, Jerez, Fresnillo, San Juan Bautista de Llerena Real y minas de Sombrerete, Real de Santa María de las Nieves y la villa de Durango, pero no logró encontrar vacas contagiadas.34
Garda y Ferraris escribió en agosto a Nemesio Salcedo y Salcedo, comandante general de las Provincias Internas, para solicitarle un pasaporte para continuar sus inspecciones en los territorios de su jurisdicción y que diera las órdenes correspondientes para que le brindasen los auxilios necesarios y realizar su encargo. Salcedo accedió a lo primero y le remitió el documento, “encargándole que en el caso de hallar la viruela vacuna y de proceder a experimentos facultativos con ella[,] me pase noticia para mi gobierno”.35 Después de recibir el pasaporte, el cirujano escribió nuevamente al comandante en septiembre para exponerle que tenía la intención de viajar a Estados Unidos de América -a través de Texas y Nueva Orleáns- para obtener la vacuna porque no la había encontrado en sus inspecciones habiendo llegado hasta Durango, y dudaba que el virus existiera en el territorio novohispano; así como para pedirle que escribiera a los gobernadores de aquellas provincias para que le prestasen el apoyo necesario. El brigadier bilbaíno respondió que requería que le presentase un consentimiento del virrey para abandonar los dominios del rey, pero le reiteró que podía transitar libremente por las Provincias Internas y continuar su comisión.36 Finalmente, Garda y Ferraris escribió a Iturrigaray a finales de septiembre para solicitar el antedicho permiso, pero éste le respondió que “debe estimarse concluida la comisión de vuestra merced y regresar como se lo prevengo a esta capital”.37
En su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811), el barón Alexander von Humboldt atribuyó la introducción exitosa de la vacuna en el virreinato novohispano a Thomas Murphy -comerciante malagueño de origen irlandés que se estableció en Veracruz en 1791 para servir como aprendiz en la casa comercial de su familia en aquel puerto38-, quien en enero de 1804 habría tenido la iniciativa de hacer llegar desde Estados Unidos linfa vacunal, y además lo habría hecho en repetidas ocasiones. No obstante, no solo no se ha encontrado evidencia documental que corrobore el relato del ilustre naturalista prusiano, sino que José García Dávila, gobernador e intendente de Veracruz, dijo que no tenía noticia de que la vacuna hubiese llegado a la ciudad y que tampoco había sido presentada ante su gobierno cuando se lo preguntaron el 10 de abril de 1804.39 Si en efecto Murphy obtuvo remesas de pus vacuno, debieron resultar fallidas como aquellas que se recibieron en Cuba durante 1803.
Los últimos intentos fallidos de introducir la vacuna fueron de Florencio Pérez y Comoto -cirujano de la Real Armada oriundo de Cádiz, egresado del Real Colegio de Cirugía de San Fernando, asignado al Hospital de San Sebastián en Veracruz-, quien recibió linfa vacunal en varias ocasiones por distintos conductos en los primeros meses de 1804.40 Por testimonio del piloto José Ángel Zumarán se conoce que recibió linfa en laminillas de cristal desde La Habana por medio de la goleta Susana, que arribó al puerto veracruzano el 27 de marzo. Y sin haber avisado a las autoridades, el facultativo ensayó la operación en varios niños el día 31, pero en ninguno surtió efecto.41
Llegada de la vacuna a la Nueva España
En marzo de 1804 Iturrigaray se enteró por los números 15 y 16 del Papel Periódico de La Havana, publicados el 19 y 23 de febrero respectivamente, que la vacuna había llegado a Puerto Rico y a Cuba antes que la Real Expedición. En consecuencia, el virrey escribió al doctor Tomás Romay para encargarle “remitirme el expresado pus en unos vidrios cerrados herméticamente por la primera embarcación que se presentare, dirigiéndolos rotulados al virrey de Nueva España por conducto del administrador de correos de Veracruz”.42 Sin embargo, esta solicitud nunca sería atendida porque la epístola le llegó al facultativo hasta mediados del mes de mayo, un mes después de que la vacuna hubiera sido introducida exitosamente al virreinato novohispano.43
A su vez, continuaban los esfuerzos de obtener la vacuna por parte de García Arboleya, quien hizo reiteradas solicitudes de linfa a su colega Bernardo de Cózar Delgado, médico y cirujano de la Real Armada y, desde 1802, ayudante director de los hospitales de La Habana. Respondiendo a las peticiones del médico personal del virrey, Cózar vacunó a 18 individuos de la Anfitrite44 y encargó que algunos más fuesen inmunizados en Nuestra Señora de la O, sendas fragatas de guerra cuyo próximo destino era el puerto de Veracruz.45 No obstante, el mérito de introducir el anhelado método a la Nueva España no sería de García Arboleya.46
Los navíos fondearon en la costa veracruzana el 10 de abril de 1804,47 pero ninguno de los inoculados con la linfa de Cózar había desarrollado granos vacunos. Casualmente, José Ángel de Zumarán, segundo piloto de la fragata Nuestra Señora de la O, había recibido del bachiller Marcos Sánchez Rubio pus vacuno impregnado en hilos de seda en Cuba, poco antes de que las fragatas zarparan el 3 de abril. Cuatro días después, Zumarán dijo al capitán Miguel de Palacios que quería aplicar la vacuna porque se enteró de que el facultativo del navío no disponía de ella. Acto seguido, se ordenó a los miembros de la tripulación que no hubiesen padecido viruela a presentarse con el cirujano del barco, quien seleccionó a dos marineros y los inmunizó exitosamente durante el trayecto. Una vez en el puerto y con la anuencia del gobernador García Dávila, cinco niños fueron inmunizados el 11 de abril. El Ayuntamiento de Veracruz escribió de inmediato al virrey para avisarle y, posteriormente, creó una junta para conservar y propagar la vacuna.48
Acatando una orden de Iturrigaray, el 23 de abril el doctor Pérez y Comoto envió a la capital del virreinato, por correo extraordinario, el pus vacuno usando dos métodos: en laminillas de cristal selladas e impregnado en hilos de seda, transportadas en un “cajoncito”. Tras dos días, la noche del 25 de abril llegó la vacuna a la Ciudad de México, y de inmediato el virrey ordenó a García Arboleya que inoculase a niños de la Casa de Expósitos para asegurar la preservación del virus. Entre esa noche y la mañana siguiente fueron operados siete infantes, cinco de los cuales resultaron exitosos. Asimismo, el cabildo veracruzano comisionó al doctor José María Pérez para transportar la vacuna in vivo a la sede del gobierno virreinal, pero éste también llevó consigo linfa impregnada en hilos de seda como precaución. La delegación llegó el 30 de abril.49
Así, Veracruz se convirtió en el centro de distribución de pus vacuno hacia otras provincias de la Nueva España e incluso a América Central. A expensas del ayuntamiento, además de las ciudades de Puebla y México, se enviaron remesas de linfa hacia Campeche, Yucatán y Oaxaca. Además, sin la participación del cabildo también se distribuyeron muestras de fluido vacuno hacia Guatemala y Chihuahua.50 No obstante, el entusiasmo desmedido y las deficientes medidas del ayuntamiento para preservar el virus ocasionaron que después de poco más de dos meses se rompiera la cadena de transmisión.51
Introducción de la vacuna en las Provincias Internas
En las Provincias Internas también hubo intentos fallidos de obtener linfa antes de la llegada de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. El brigadier Bernardo Bonavía y Zapata, gobernador e intendente de la provincia de Nueva Vizcaya, informó que desde finales de 1801 -tras recibir de España los primeros impresos sobre el nuevo método preventivo- hizo diligencias para que se buscasen vacas contagiadas de viruela bovina en las haciendas de su jurisdicción, además de que solicitó al gobernador de la Luisiana que le remitiese pus vacuno, pero ambos esfuerzos fracasaron.52
Tras haber recibido las reales órdenes que anunciaron la próxima llegada de la Real Expedición a la Nueva España, el comandante Nemesio Salcedo encargó a un “mensajero especial” que obtuviese una muestra del fluido tan pronto llegara al puerto de Veracruz, y que se la remitiera inmediatamente a la villa de San Felipe el Real de Chihuahua.53 La linfa fue transportada por el enviado entre laminillas de cristal, la cual procedía de uno de los primeros inmunizados con la viruela bovina que llegó en la fragata Nuestra Señora de la O. Lo más probable es que el pus haya sido extraído el 18 o 19 de abril, pues Florencio Pérez y Comoto le informó al virrey que los granos vacunales de tres de los primeros inoculados habían madurado el día 18.54
El viaje del fluido vacuno desde Veracruz tardaría solo 33 días -del 18 de abril al 21 de mayo-, una hazaña que Chantal Cramaussel ha calificado como un “tiempo récord” debido a que las recuas o caravanas tardaban casi tres meses en hacer un viaje entre la ciudad de México y Chihuahua por el Camino Real de Tierra Adentro en los albores del siglo xix.55 Sin embargo, parece más factible la hipótesis de que había otro medio de transporte de objetos que era más expedito: el correo extraordinario, tal como está documentado para el transporte de la vacuna de Veracruz a México en tan solo dos días.56 Además, el servicio de correos tenía instalada la infraestructura necesaria en el antedicho camino real: posadas para que el mensajero pudiera alimentarse y descansar, así como postas donde cambiar las cabalgaduras exhaustas; y las licencias necesarias para poder acceder a aquellos recursos eran proporcionadas por los administradores de correos.57
Aunque no se hallaron documentos que hayan registrado el itinerario que siguió la vacuna desde Veracruz hasta la villa de Chihuahua, tuvo que haber seguido la ruta del correo: desde el puerto hacia la capital del virreinato -la “ruta de Cortés”-, y desde la ciudad de México rumbo al norte siguiendo el Camino de Tierra Adentro. En aquella época no existía una ruta más directa entre Veracruz y Chihuahua.58 Además, se sabe que en 1810 Pedro Baptista Pino y Miguel Ramos Arizpe, diputados electos respectivamente para representar a las provincias de Nuevo México y Coahuila ante las Cortes de Cádiz, recorrieron de forma inversa la antedicha ruta para llegar al puerto veracruzano y allí embarcarse hacia la metrópoli.59 Susana Ramírez Martín elaboró un mapa en que especuló que el mensajero que transportó la linfa viajó por tierra a través de la huasteca veracruzana y potosina, y luego se habría dirigido al noroeste hasta Chihuahua. Empero, ese derrotero es inverosímil porque la Sierra Madre Oriental era un obstáculo inmenso para establecer una conexión con la costa atlántica.60
La vacuna llegó a Salcedo la noche del 21 de mayo de 1804, cuando la recibió en la villa de Chihuahua.61 En el acto, el brigadier bilbaíno ordenó a Jaime Gurza y Vigo -ayudante de cirujano mayor del ejército de primera clase y cirujano del Hospital Real Militar de Chihuahua-62que inoculara un infante que nunca hubiera estado contagiado de viruela. La operación fue realizada exitosamente en la niña de 18 meses María Gertrudis Calles. A partir del pus que se extrajo de las dos pústulas que desarrolló, se inmunizaron a otros 22 infantes hasta el 5 de julio; una de ellas fue María Luisa Salcedo de seis meses de edad, la hija única del comandante.63
Tras haberse constatado la eficacia del fluido, Salcedo expidió el 4 de julio un reglamento para la vacunación y la conservación de la vacuna en los territorios sometidos a su autoridad. Al no haber más médicos a quienes poder confiar la propagación del virus hacia las demás poblaciones de la Nueva Vizcaya y las otras provincias septentrionales, el comandante optó por habilitar una sala de la casa de Juan José Ruiz de Bustamante -integrante del ayuntamiento de Chihuahua-, ubicada en la calle del Ensaye, para que Gurza e individuos adiestrados transmitieran la vacuna de brazo a brazo y gratuitamente “a todo individuo que la solicite[,] sea habitante de esta villa o [de] fuera de ella”; además, este cirujano enseñaría a ejecutar la operación. La instrucción se abrió a quien quisiera aprender, pero fue obligatoria para los practicantes del hospital militar, así como para los sangradores y barberos de la villa y de los presidios.64
La normativa también prohibió expresamente a Gurza y a los otros vacunadores que realizaran inoculaciones en casas particulares. Se estipuló que quienes habían sido inmunizados debían presentarse en la casa de la calle del Ensaye a los cuatro, ocho y nueve días posteriores a la operación para examinar la evolución del virus. Además, se asignó un guardia en la entrada para que “se mantenga el debido orden y se evite la entrada de gentes no necesarias”.65 El ayuntamiento de Chihuahua acordó el 5 de julio que la orden fuera cumplida y comisionó para su aplicación al alférez real y regidor Francisco Somarriba.66
Con el antedicho reglamento el comandante Salcedo se anticipó a una Real Orden el 20 de mayo de 1804, en virtud de la cual se dispuso que en las capitales y provincias de los dominios españoles ultramarinos se reservara una sala de sus respectivos hospitales para conservar fresco el fluido vacuno, donde también se transmitiera el virus de brazo a brazo y, en tandas, a una cantidad de personas proporcional al número anual de nacimientos con el fin de asegurar la disponibilidad de la vacuna y evitar su extinción. El brigadier bilbaíno recibió aquella orden a mediados de septiembre de 1804, y en aras de acatarla decidió hacer un ajuste a su reglamento: se inocularían seis niños cada nueve o diez días, considerando que había 276 nacimientos al año en la villa según los registros parroquiales; pero decidió mantener las operaciones vacunales en la casa de Juan José Ruiz de Bustamante, mientras éste no se la requiriera. El cabildo recibió y aceptó la instrucción el 15 de septiembre.67
La campaña de vacunación pública comenzó el 6 de junio de 1804. Entre el 6 y el 27 de junio fueron inmunizados 965 niños, en su mayoría menores de un año, pero también fueron operados algunos jóvenes hasta la edad de 15 años. Asimismo, fueron convocados los sangradores y barberos de toda la Nueva Vizcaya para que acudieran acompañados de niños vacuníferos a la antedicha casa a aprender la operación vacunal, para después regresar a sus lugares de procedencia transportando el virus in vivo.68 Este procedimiento, informaría Salcedo algunos meses más tarde: “salió bien, y de resultas se ha formado un cuerpo de profesores de vacuna, que distribuidos por los presidios de la frontera y demás poblaciones, condujeron [a] niños vacunados, y han propagado el fluido, enseñando a otros la práctica de esta sencilla operación”.69
Asimismo, la Gazeta de México difundió que los capitanes y los capellanes de las compañías presidiales y ambulantes, así como los jueces y doctrineros de los pueblos, ayudaban en la propagación de la vacuna en sus respectivos distritos de dos maneras: auxiliando a los inoculadores y exhortando a los vecinos a que presentaran a sus hijos a recibir la operación.70
El 10 de agosto de 1804, el comandante Salcedo le escribió a Fernando de Chacón, gobernador de la provincia de Nuevo México, para ordenarle que enviase a Chihuahua al cirujano del ejército adscrito al presidio de Santa Fe, Cristóbal María Larrañaga,71 con la caravana anual que se esperaba para el final del año, acompañado de niños para inmunizarlos y así establecer una cadena de transmisión de brazo a brazo para conducir la vacuna hasta la capital de aquella jurisdicción.72 El servicio postal solo llegaba entonces hasta el pueblo de Paso del Norte, por lo que tanto el correo oficial como el ordinario dependían de la caravana anual que tenía como destino Santa Fe.73
Algunos infantes de los presidios de San Jerónimo, El Carrizal, Janos, Huejuquilla, San Buenaventura y Nombre de Dios acudieron a la villa acompañados de sus padres para ser inoculados durante los meses de julio y agosto. Dos más fueron inmunizados con el fin de ser enviados al presidio del Príncipe, en Coyame, el 25 de septiembre. Salcedo informó que, hasta el mes de octubre habían sido vacunadas exitosamente más de dos mil personas. En noviembre el virus llegó al pueblo de Namiquipa, donde el capitán José Ferreyra se encargó de propagarlo entre los vecinos.74 Gurza se trasladaría al vecino real de minas de Santa Eulalia, donde ejecutó las primeras inmunizaciones en cinco infantes el 5 de diciembre; y en marzo de 1805 comenzaría las inoculaciones en la hacienda de Tabalaopa. Asimismo, cinco niños de la expedición novomexicana encabezada por Larrañaga fueron inmunizados el 15 de febrero en la villa de Chihuahua, desde donde conducirían el virus de la viruela bovina hacia Nuevo México.75
Tras enterarse de que la vacuna había sido establecida exitosamente en la sede de la Comandancia, el gobernador Bonavía remitió un oficio el 14 de agosto a todos los justicias de la provincia de Nueva Vizcaya para anunciar el logro e informar que se propagaría por todo el septentrión tanto desde Chihuahua, como de la ciudad de Durango. Asimismo, anticipó que quienes fueran empleados en la difusión también tendrían que enseñar a ejecutar la operación vacunal, pero además incluyó tres ejemplares impresos -sin especificar el autor- con la información sobre el uso del fluido vacuno. También dio la instrucción de motivar a la “gente del pueblo” con el ejemplo y recomendó que se procurara ejecutar la inoculación “con cuantos no han tenido viruelas, y con todos los que nazcan[,] lo que pueden hacer las mismas madres por su mano”; y sobre esto último añadió:
Muchas son las mujeres en toda la provincia que caritativamente y sin el menor interés aplican los remedios caseros que saben a los pobres enfermos: espero harán lo mismo en la aplicación de este preservativo, así como es justo y debido que las personas pudientes las gratifiquen.76
Tres semanas después, luego de recibir la Real Orden de 20 mayo de 1804 y en aras de su cumplimiento, Bonavía elaboró un reglamento para la conservación del fluido vacuno. En él estipuló que se establecería una “casa de vacunación” en la capital, donde se conservaría fluido vacuno y se transmitiría el virus de brazo a brazo “a cuantos concurran, y de balde siendo pobres”. Las inoculaciones serían ejecutadas periódicamente por Ignacio Ortiz Tapia y Cayetano Muns -ambos cirujanos del ejército, el primero de los cuales ocupaba la plaza de cirujano del Real Hospital Militar de Durango-77en tres tandas de veinte individuos al mes, cada diez u once días; esta cifra se calculó tomando en consideración el número de nacimientos anual de la ciudad de Durango, que era 468, así como los 2,395 infantes que iniciaron su vida después de la última epidemia de viruela, acaecida en 1798. Asimismo, determinó que “se socorrerá con un real diario a cada uno de los pobres que se inoculen” con el fin de despertar el interés de más personas; y si no era necesario que acudieran diariamente, sino solo el día de la vacunación y al quinto y décimo día subsiguientes, entonces podría duplicarse el monto por día.78 Hace falta investigación en archivos locales para conocer los resultados de la implementación del plan.
La normativa estableció también la creación de un fondo piadoso para sufragar la campaña de vacunación, autorizó que se atendiesen a los forasteros que quisieran ser inmunizados y dispuso que los barberos que fueran elegidos por los cirujanos Ortiz y Muns tendrían que acudir a la casa de vacunación
para instruirlos, ya para que les auxilien si fuere necesario, ya para que pasen a comunicar el fluido a los demás pueblos instruyendo ellos a otros de su profesión, por no haber en toda esta provincia más facultativos que los de esta ciudad, y el del Hospital Militar de Chihuahua.79
No obstante, el reglamento había sido elaborado a priori, pues en septiembre de 1804 la vacuna no había llegado todavía a Durango. En la documentación disponible no se menciona si el virus fue finalmente introducido por la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en su visita a aquella ciudad del 8 de diciembre, o si la linfa había sido obtenida con anterioridad procedente de Chihuahua. La capital de la Nueva Vizcaya fue el punto más septentrional de América y la única población de las Provincias Internas que visitó Francisco Xavier Balmis, donde permaneció únicamente por 24 horas, en las que ejecutó algunas inmunizaciones y estableció una junta vacunal. El 10 de diciembre el director emprendió el regreso a la ciudad de México con el propósito de terminar de preparar el anhelado viaje de la expedición a las Filipinas.80
La vacuna llegó a la provincia de Sonora y Sinaloa por medio del presidio de San Bernardino de Fronteras, procedente del presidio de Janos, en la provincia de Nueva Vizcaya; después fue conducido al presidio Bacoache y desde allí a la ciudad de Arizpe “por medio de una expedición de niños a cargo de un practicante que transmigrase de brazo a brazo el fluido para que no padeciese demerito, ni corrupción en tan largas y despobladas distancias”. Asimismo, Alejo García Conde, gobernador e intendente, anunció que propagaría el método preventivo entre los “neófitos y gentiles” de las misiones de la Pimería alta con el apoyo del padre fray Francisco Moyano.81
Respecto a la dificultad de propagar la vacuna por el territorio de su jurisdicción -“cuya corta población se extiende en más de cuatrocientas leguas por la costa del Mar del Sur”-, informó que en el último correo procedente de Europa recibió la Gazeta de Madrid núm. 65, publicada el 14 de agosto, en la que se difundió el experimento hecho en Badajoz en que se inoculó con las costras o postillas de las pústulas pulverizadas y humedecidas con gotas de agua. Por consiguiente, ordenó a Antonio Comadurán Rovira -cirujano del ejército de origen barcelonés emplazado en Hospital Real Militar de Arizpe-82replicar el experimento, el cual resultó exitoso y logró inmunizar a los niños sometidos a la operación. Así, anticipó García Conde:
Podré remitirlos por el correo a los justicias con un método claro que formará el mismo cirujano, y se logrará la propagación en breve sin los temores bien fundados de que en un país sumamente cálido y de largas distancias de un vecindario a otro, padeciese corrupción o demerito el fluido.83
De modo que este testimonio evidencia que hasta el noroeste novohispano llegaban las noticias de las novedades científicas por medio del servicio postal, así como la capacidad de los cirujanos de los hospitales militares de las Provincias Internas para aplicar los conocimientos teóricos.
En el territorio más septentrional, Larrañaga introdujo la vacuna y realizó sus primeras inoculaciones en la provincia de Nuevo México durante su viaje de regreso desde Chihuahua, en el transcurso de marzo y abril de 1805. El itinerario de propagación fue el siguiente: en primer lugar Paso del Norte, después el Paraje de Valverde, le siguió el pueblo de Sevilleta, luego el pueblo de Sabinal, posteriormente la villa de Albuquerque y finalmente la capital, Santa Fe. El 24 de mayo el facultativo informó al nuevo gobernador Joaquín del Real Alencaster que habían sido inmunizados 257 infantes, y añadió que no se logró un mayor progreso debido a que existían brotes de sarampión, “disentería tenésmica” y tos ferina que habían afectado a la población infantil de la provincia.84
Al cabo de un año habían sido vacunadas más de tres mil personas en Nuevo México, entre ellas -de acuerdo con Mariano Alonso Baquer- todos los niños españoles y los de todas las naciones amerindias nómadas y sedentarias que aceptaron, como fueron los navajos y los comanches.85 Estas últimas habían firmado tratados de paz con la Corona española, por lo que eran aliadas y ayudaban a los españoles a proteger los territorios novomexicano y texano contra incursiones de naciones amerindias hostiles e incluso de estadounidenses. Por ejemplo, Salcedo explicó a su sucesor en su Instrucción reservada que: “los comanches orientales, fieles amigos, sin haber dado motivo de desconfianza en más de seis años, nos sirven de atalaya en los espacios desiertos que intermedian desde la provincia de Texas a las del Nuevo México, contra las asechanzas y aun expediciones de los angloamericanos”.86
La introducción y propagación de la vacuna en las provincias del noreste sería la última en lograrse y que enfrentó más complicaciones, además de que ha sido la menos estudiada. En marzo de 1805 el fluido había llegado a Coahuila, procedente posiblemente de Zacatecas o de Durango. Las autoridades procuraron extenderla a los pueblos y presidios de la provincia, pero en algunas partes del territorio encontraron resistencia de la población local. A inicios de 1806, se reportó que no quedaba suficiente linfa ni para continuar inoculando a la población ni para remitir a Texas, pero se lograría reproducir el virus a partir del escaso pus que se conservaba. Finalmente, en el mes de marzo Antonio Cordero y Bustamante, flamante gobernador de Texas, recibió un frasco lleno de pus vacuno y una caja con costras de viruela bovina e instrucciones para su uso. Hasta el 8 de abril el médico Federico Zerbán había logrado inmunizar a 12 niños en San Antonio de Béxar.87 Investigaciones en los archivos locales de Coahuila y Texas serían necesarias para conocer este proceso con mayor detalle.
Así, en menos de dos años la vacuna antivariólica había sido exitosamente introducida en las poblaciones principales de las Provincias Internas de Nueva España en gran medida por las diligencias notablemente eficaces del comandante general. Salcedo lo resumiría en la Instrucción reservada a su sucesor, redactada hacia 1810:
Se ha distribuido a toda la comprensión de las provincias, aun hasta las poblaciones más remotas, y por el medio de prevenir a los gobernadores hagan especial encargo de este ramo a los cirujanos de los hospitales militares, ya por haber dispuesto se adiestrasen algunos soldados en el método de inocular para que propagaran a los presidios el fluido, y ya por el de destinar a la propia ocupación sujetos particulares que han recorrido, y aun actualmente recorren los pueblos más distantes, de manera que sin que el asunto haya originado un maravedí de gasto al real erario, han disfrutado los habitantes de estos dominios de aquel admirable beneficio.88
Conclusiones
A lo largo de esta reconstrucción histórica ha quedado de manifiesto que el Caribe hispánico, la Nueva España y las Provincias Internas mantenían comunicación con la metrópoli regularmente y que recibían textos impresos que difundían las últimas noticias europeas, entre ellas las novedades científicas como la vacuna jenneriana. Destaca en este proceso de difusión de información, así como en la posterior propagación del virus de la viruela bovina por medio de remesas de linfa, el papel fundamental que tuvo el servicio de correos en la integración de los dominios americanos de la monarquía española.
El método de inmunización contra la viruela desarrollado por Jenner requería que se estableciese y que no se rompiera la cadena de transmisión del virus vacuno, pues en los primeros años del siglo xix se conocían pocas fuentes endémicas del mismo en el mundo. En la América española la cadena inició en la isla de Puerto Rico, antes de la llegada de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, desde donde se extendió por mar hacia otros dominios españoles hasta llegar al puerto de Veracruz. El clima caluroso aceleraba la degeneración del pus, que perdía su capacidad infecciosa, por lo que todas las primeras muestras de linfa enviadas a la Nueva España habían fallado. Finalmente se logró introducir la vacuna al territorio novohispano gracias a la transmisión de brazo a brazo que se ejecutó de manera improvisada en la fragata de guerra Nuestra señora de la O, en abril de 1804. También quedó demostrado que en los primeros meses de aquel año fue crucial la participación de la Real Armada, pues sus barcos, tripulantes y cirujanos fueron agentes de la propagación de la vacuna.
Evitar la interrupción de las cadenas de transmisión del virus de la viruela bovina implicaba el esfuerzo de planificar cuántas personas serían inmunizadas y con qué periodicidad, de modo que siempre hubiera individuos que nunca se hubieran contagiado de viruela humana, y por ende aptos para ser inoculados y, así, reproducir la vacuna. En la Nueva España, el ayuntamiento de Veracruz, por un entusiasmo desmedido y falta de previsión, no pudo evitar que la cadena de transmisión se rompiera tras dos meses de haber recibido el virus; a diferencia de las autoridades de la capital y de las Provincias Internas.
Las circunstancias particulares del septentrión novohispano hicieron que la introducción y propagación de la vacuna antivariólica fueran peculiares. Es notable la eficacia de las medidas adoptadas por el comandante general Nemesio Salcedo, pues logró obtener una remesa de fluido vacuno, iniciar una campaña de vacunación, y elaborar un exitoso plan de conservación y difusión del virus que consiguió que no se interrumpiera la cadena de transmisión a pesar de las condiciones adversas. Quizás la característica más destacable fue que, por su condición fronteriza, el conjunto de las provincias septentrionales estaba sometido a un gobierno militarizado, lo cual se vio reflejado en la propagación de la vacuna. Las principales autoridades y los escasos cirujanos que había en aquellos territorios en los primeros años del siglo xix eran integrantes del ejército español.
En la historiografía sobre la introducción de la vacuna jenneriana en la Nueva España, se ha insistido en señalar que los funcionarios y los médicos del virreinato estaban al tanto de los últimos avances científicos, y que eran capaces de ponerlos en práctica en pos de mejorar la salud pública. Sin embargo, este caso de estudio también corrobora la importancia que tuvo la profesionalización de los cirujanos de la Real Armada y de los Reales Ejércitos, que se promovió en la metrópoli a partir de la segunda mitad del siglo xviii, como lo ha estudiado Verónica Ramírez Ortega. En el caso particular de las Provincias Internas, es evidente la efectividad que tuvieron en la propagación de la vacuna los cirujanos militares, egresados del Real Colegio de Cirugía de Barcelona.
Son necesarias investigaciones en los archivos locales de cada una de las provincias que conformaban la Comandancia General de las Provincias Internas en aquel periodo de independencia del virreinato -Nueva Vizcaya (con capital en Durango), Coahuila, Nuevo México y Texas- para conocer con más detalle el proceso de introducción y propagación de la vacuna antivariólica en aquel inmenso territorio, así como la manera en que las circunstancias locales incidieron en el mismo. En particular, el caso de las provincias del noreste casi no ha sido estudiado, por lo que es un campo prometedor para futuras investigaciones históricas.
Archivos
Agencia Estatal Boletín Oficial del Estado, Gazeta: colección histórica, España.
Archivo General de Indias, Sevilla, España.
Archivo General de la Nación, México.
Archivo Histórico del Municipio de Chihuahua, Chihuahua, México.
Hemeroteca Nacional Digital de México.
Oficina del Historiador de La Habana, colección Papel Periódico de La Habana, Cuba.
Impresos y publicaciones periódicas
Baptista Pino, Pedro, Exposicion sucinta y sencilla de la provincia del Nuevo México hecha por su diputado en Cortes Don Pedro Baptista Pino, con arreglo a sus instrucciones, Cádiz, Imprenta del Estado Mayor General, 1812. https://hdl.handle.net/10171/31250.
Gazeta de Guatemala 1797-1807, edición electrónica facsimilar, México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2022, https://gdeg-mhiel.azc.uam.mx/.
Gazeta de Madrid.
Gazeta de México.
Instrucción reservada de don Nemesio Salcedo y Salcedo, comandante general de Provincias Internas a su sucesor, Chihuahua, Centro de Información del Estado de Chihuahua, 1990.
Lerdo de Tejada, Miguel, Apuntes históricos de la heróica ciudad de Veracruz, 3 tomos, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1850-1858. Recuperado de: https://hdl.handle.net/2027/hvd.32044080429947.
Papel Periódico de La Havana.
Ramos Arizpe, Miguel, Memoria que el doctor D. Miguel Ramos de Aríspe, cura de Borbon, y diputado en las presentes cortes generales y extraordinarias de España por la provincia de Cohauila, una de las cuatro internas del oriente en el Reyno de México, presénta á el augusto Congreso, Cádiz, Imprenta de José Maria Guerrero, 1812. https://hdl.handle.net/10171/31204.
Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Castellana compuesto por la Real Academia Española, 4ª ed. Madrid, Imprenta de la Viuda de Don Joaquín Ibarra,1803.
Romay, Tomás, Memoria sobre la introducción y progresos de la vacuna en la isla de Cuba, Havana, Imprenta de la Capitanía General, mdcccv.















