Introducción
En 1891 la obra de Eliseo Cantón, laureada en el Concurso Nacional de Medicina, enunciaba que “en el vastísimo y accidentado territorio de la República Argentina, encuentra el hombre no tan sólo las riquezas naturales diseminadas en todos los continentes, sino también todos los climas y casi todos los padecimientos conocidos por el mundo médico”.1 El pasaje demuestra la vigencia que los fundamentos médicos neohipocráticas y climáticos tuvieron en la Argentina finisecular. La estrechez entre etiologías patológicas y condiciones climáticas de un lugar mantuvo su validez desde la tradición médica clásica hasta el afianzamiento de la bacteriología moderna.
De pretensiones mucho más modestas y delimitadas al planteo de Cantón, este artículo intenta estudiar las condiciones climáticas y el análisis que los médicos contemporáneos hicieron de ella, durante la feroz epidemia de fiebre amarilla que visitó la ciudad de Buenos Aires en el año 1871, la cual ocasionó incertidumbres médicas, saturación del servicio sanitario y de los cementerios, estigmatización y persecución a inmigrantes europeos, éxodo masivo y un saldo mayor a las 13 000 víctimas fatales.2
Una amplia y diversa producción historiográfica proliferó sobre la epidemia. Dichos estudios abordaron el proceder de médicos, curanderos, policías, religiosos, comisiones municipales y vecinales, así como sus efectos sobre lo demográfico, la reconfiguración espacial y las prácticas funerarias en la ciudad.3
En los últimos años algunos historiadores han ensayado una historia ambiental de la epidemia.4 El artículo de Rey tensiona el postulado historiográfico clásico respecto al origen de la epidemia de 1871, el cual insiste en la incidencia que en la diseminación de la enfermedad tuvieron los soldados argentinos, provenientes de la guerra del Paraguay, país azotado por un brote de fiebre amarilla. A esa hipótesis, Rey propone la vía ultramarina como origen. Sugiere, así, la transnacionalización de la enfermedad a partir del anclaje teórico proveniente de la historia ambiental, particularmente de las formulaciones de Alfred Crosby. Quizás el aporte más sustancial del trabajo -aunque carezca de desarrollo-, sea considerar y relacionar la epidemia con el fenómeno meteorológico del niño.
Las preocupaciones en torno a la relación entre sociedad, epidemia y ambiente, se analizarán con mayor profundidad en la tesis que Rey presentará un año después y en el artículo de Guiastrennec. Ambas investigaciones se inscriben en dos de los problemas principales formulados desde la historia ambiental, aunque atravesados por una coyuntura epidémica: las consecuencias de los procesos socioeconómicos en el ambiente y las percepciones que sobre el medio construyeron sus contemporáneos. Así, el estudio de Rey, al abordar desde la prensa porteña los debates sobre la relación sociedad-ambiente durante las epidemias de cólera de 1867 y de fiebre amarilla de 1871, concluye que la naturaleza en el espacio urbano y rural de Buenos Aires fue percibida como degradada. Examina además las críticas que esos sectores letrados realizaron sobre los métodos de explotación de la tierra y la falta de espacios verdes. Guiastrennec, limitado a la epidemia de 1871, desde una historia de los desastres, aborda las discusiones que despertaron las actividades económicas de los saladeros y el infecto Riachuelo antes y durante la epidemia. Para ello, acudió no sólo a la prensa gráfica, sino también se nutrió de artículos médicos, tesis y folletos. En un trabajo posterior, este autor intentó comprobar -a diferencia de Rey-, cómo durante el flagelo se erigieron percepciones opuestas de ambientes de miedo (topofobia) en la ciudad de Buenos Aires y ambientes profilácticos (topofilia) en las zonas rurales.5
No obstante, esta renovación se preocupó más por la degradación ambiental, fundamentalmente del agua, antes que en las condiciones climáticas de la ciudad durante la epidemia. El motivo de la desatención puede radicar en el carácter marginal que la pesquisa de las interrelaciones entre clima y sociedad tuvieron durante la segunda mitad del siglo XX.6 Sin embargo, a partir de las preocupaciones por el cambio climático y el calentamiento global,7 la influencia del clima en la propagación de enfermedades que afectaron sociedades pretéritas fue una cuestión ineludible en los estudios históricos.8
El presente trabajo persigue tres objetivos fundamentales: incluir el elemento climático al conjunto de factores que podrían determinar el origen y propagación de la fiebre amarilla en 1871. Asimismo, estrechamente relacionado con el primero, reconstruir las condiciones climáticas del periodo pretérito en cuestión. Finalmente, analizar la lectura que la comunidad médica realizó al vincular el clima con la enfermedad. Como ha sostenido la historiografía, el higienismo no constituyó un bloque homogéneo: Por un lado, los infeccionistas, asentados en el corpus hipocrático, consideraban el carácter local de la enfermedad a partir de las malas condiciones ambientales. Para éstos, la influencia climática y el paupérrimo estado sanitario de la ciudad estimulaban las emanaciones miasmáticas infectas con mayor intensidad. Por otro, para los contagionistas, quienes retomaban las premisas de Fracastoro, las enfermedades se importaban a partir de partículas (microbios) que se desplazaban en objetos y personas.9
De este modo, en los dos primeros apartados, desde la climatología histórica (aunque inevitablemente con algunas notas de historia climática), se intentará reconstruir las condiciones climáticas del año de la epidemia. Para identificar la particularidad de la temperatura, viento, humedad y precipitación de 1871, hemos reconstruido y comparado la variabilidad climática de diez años: de 1861 a 1871. El tercer apartado, más alineado a la historia climática, busca profundizar sobre la percepción médica acerca de la influencia etiológica del clima, las preocupaciones sobre el problema de aclimatación y la forja de la “raza nacional”.
La investigación se nutre de un variado corpus de fuentes compuesto por algunas cuantitativas, como las estadísticas meteorológicas y mortuorias; y otras cualitativas como las tesis de medicina, revistas y folletos médicos, artículos periodísticos y testimonios de extranjeros.
Entre los soplidos de Bóreas y Notus: vientos, tempera tura y epidemia
Al iniciarse el año 1871 algunos de los almanaques, habitual suplemento de los periódicos decimonónicos que auguraban sobre el año entrante, prometían que éste sería “tan corriente y sano, y tan agradable y tierno, que ni habrá frío en invierno, ni calor en su verano”.10 El usual optimismo con que estos almanaques presagiaban el año entrante iba acompañado, en esta ocasión, de recuerdos desafortunados recientes que había padecido la ciudad: los brotes epidémicos asociados a las perturbaciones climáticas.
Si bien enfermedades como la viruela, la peste bubónica, el cólera y la fiebre amarilla eran recurrentes visitantes de la ciudad de Buenos Aires a lo largo del siglo XIX, “la más temida crisis ocurrirá entre los años 1867 y 1871”.11 A las terribles epidemias de cólera que eclosionaron en 1867 y 1868, le siguieron brotes de fiebre tifoidea en 1869, así como de viruela y fiebre amarilla en 1870. Antecedentes inmediatos a la gran epidemia de1871.
Ahora bien, atento a los peligros del determinismo, consideramos que la variabilidad climática fue crucial para convertir la ciudad en un escenario propicio para el desarrollo de la enfermedad. Desde luego, tal influencia no se debió a la acción particular de uno de sus elementos, sino a la combinada que resulta de la comunión de varios. En este apartado, nos abocaremos a la temperatura y el viento.
Entre diciembre de 1870 y enero de 1871 la revista Médico Quirúrgica12 alertaba sobre ciertas condiciones climáticas “enrarecidas” que envolvían la ciudad. Especificaba que los cambios de temperaturas se habían verificado de un modo brusco sucediéndose muchas veces a los fuertes calores del día, el fresco notable de la noche.13 Semanas después, acusaba que “la temperatura se ha elevado considerablemente, produciendo fuertes calores que se hacían sentir en las horas avanzadas de la noche”.14
Si comparamos los promedios mensuales de temperatura para Buenos Aires (Tabla 1),15 durante la década 1861-1871, se desprende que diciembre de 1870 fue uno de los más cálidos de la década, sólo superado en 8°C registrados en 1865. Respecto a enero, se aprecia como constante el aumento de la temperatura promedio a partir de 1866. Similar itinerario, aunque más tenue, recorren las temperaturas de febrero.
Tabla 1 Promedios mensuales de temperatura para Buenos Aires, 1861-1871.
| Meses | 1861 | 1862 | 1863 | 1864 | 1865 | 1866 | 1867 | 1868 | 1869 | 1870 | 1871 |
| Enero | 23.82 | 23.86 | 22.83 | 23.76 | 23.26 | 24.74 | 24.42 | 25.95 | 24.70 | 23.88 | 24.50 |
| Febrero | 23.47 | 22.68 | 23.55 | 24.36 | 24.15 | 23.39 | 23.01 | 24.29 | 22.53 | 25.00 | 24.16 |
| Marzo | 22.03 | 22.80 | 19.25 | 23.13 | 24.10 | 23.95 | 20.92 | 21.52 | 20.93 | 22.02 | 19.94 |
| Abril | 18.20 | 19.36 | 16.31 | 17.22 | 17.72 | 17.39 | 15.66 | 17.56 | 18.25 | 16.35 | 15.40 |
| Mayo | 11.42 | 15.48 | 12.35 | 14.75 | 13.44 | 15.12 | 14.75 | 15.12 | 18.67 | 14.36 | 13.15 |
| Junio | 10.44 | 13.35 | 11.32 | 11.22 | 14.10 | 10.22 | 10.44 | 12.43 | 9.79 | 11.21 | 10.47 |
| Diciembre | 19.10 | 22.30 | 23.58 | 23.55 | 24.78 | 22.92 | 23.35 | 21.95 | 22.52 | 24.70 | 23.01 |
Fuente: elaborada con base en Gould, Anales de la oficina meteorológica argentina. Tomo I “El clima de Buenos Aires”, Buenos Aires: imprenta Pablo Coni,1878, p. 406.
En contrapartida, en la década se observa una variabilidad climática de enfriamiento para los meses de marzo y abril. De hecho, marzo de 1871 fue en promedio el segundo más frío de la década (por detrás de 1863), mientras que el abril del mismo año, es el más gélido de los abriles del decenio.
Para profundizar sobre la importancia de la temperatura en la gestación de un ambiente perfecto para la incubación de la fiebre amarilla, es elemental detenerse en los niveles térmicos extremos16 expresados durante el primer semestre del año 1871 (Tabla 2). Examinarlo, permitirá inferir algunas características climáticas que alentaron la propagación de la peste.
Tabla 2 Temperatura menores y mayores extremas observadas en el primer semestre del año 1871.
| Meses | Décadas de días | Temperaturas mayores | Temperaturas menores |
| Enero | I | 29.2 | 14.6 |
| II | 30.8 | 17.4 | |
| III | 30.2 | 14.8 | |
| Febrero | I | 29.7 | 18.4 |
| II | 28.7 | 16.4 | |
| III | 28.7 | 17.2 | |
| Marzo | I | - | - |
| II | 28.1 | 10.7 | |
| III | 28.0 | 9.0 | |
| Abril | I | 26.1 | 8.0 |
| II | 23.2 | 5.9 | |
| III | 18.8 | 2.0 | |
| Mayo | I | 23.3 | 4.7 |
| II | 18.6 | 0.4 | |
| III | 17.0 | 4.0 | |
| Junio | I | 19.5 | 7.8 |
| II | 18.9 | 3.8 | |
| III | 16.8 | 1.6 |
Fuente: elaborada con base en Gould, Anales de la oficina meteorológica argentina, pp. 416-417.
El estío de 1871 desde el 21 de diciembre al 21 de marzo, presenta cierta particularidad, diferenciándolo de los otros veranos porteños de la década seleccionada. Si bien el enero de 1871 se asemeja a los otros eneros, no sucede lo mismo para febrero y marzo. Si comparamos el febrero de la peste con el de años anteriores, aquél tuvo la peculiaridad de que su temperatura extrema menor fue más elevada que la de otros febreros. Esto indica que se trató de un febrero caluroso producto no sólo de los efectos de un sol abrasador, sino también -como se expondrá luego- del viento y la humedad.
Marzo -posicionado en la frontera del verano y el otoño- y abril de 1871, tienen una particularidad notable si lo cotejamos con los mismos meses de años anteriores. Los niveles térmicos extremos son realmente bajos. En la mayoría de los marzos entre los años 1861 y 1870, las temperaturas más bajas rondan los 12° C y en 1863 alcanzó la mínima extrema de 8° C, mientras que la segunda mitad de marzo de 1871 se aproxima a esa marca, con una temperatura invernal de 9° C.
Por otro lado, abril de 1871, con 5.9° C a mediados y 2° a finales del mes, será el más gélido de los abriles no sólo de la década aquí seleccionada sino, incluso, de las registradas entre los años 1856 y 1876.
A partir de las temperaturas medias, el higienista Emilio Coni catalogaba alaño 1870 como el único con una “verdadera temperatura normal”, a la vez que clasificaba los años 1862 y 1866 como calientes y los años 1867, 1871 y 1872 como fríos, con una temperatura inferior a 13°0.17
El viento es un elemento climático crucial para comprender cómo Buenos Aires transitó del calor sofocante entre diciembre de 1870 y febrero de 1871, a un brusco descenso térmico a partir de mediados de marzo y abril. Coni acusaba que en la ciudad los vientos eran permanentes y, en ocasiones, contaban con “una fuerza e intensidad que merecen el nombre de huracanes”. Se afirmaba que “el aire en rara vez está tranquilo”.18
Las observaciones confirman la frecuencia de dos corrientes principales de viento: la del norte/noreste, proveniente del ecuador y predominante durante el año; y en sentido opuesto, la polar, procedente del sur/suroeste. Lamentablemente la documentación que disponemos sobre la frecuencia y fuerza de los vientos no está desagregada por meses. Respecto a la frecuencia, el año 1871 no pareciera tener mayores diferencias. A partir del cruce con los datos de los niveles térmicos conjeturamos que, como normalmente ocurre en Buenos Aires, durante los meses de enero y febrero primaron los vientos cálidos del norte.
Las repercusiones de los vientos cálidos sobre la salud de los porteños preocupaban a los profesionales de la salud, quienes le asignaban una acción deprimente, especialmente en personas enfermas: “El viento Norte, caliente y húmedo despierta un malestar inexplicable, dolores neurálgicos o reumatismales [sic], jaquecas que duran todo el tiempo que reina el viento y un decaimiento intelectual y corporal”.19
Los afamados efectos insalubres del viento norte en Buenos Aires fueron también descritos por algunos viajeros. Entre ellos, Parish, alineado con la teoría de la degeneración propuesta por Cabanis,20 lo consideraba de lo más “desagradable”. Según el británico, el viento producía en la gente una irritabilidad y mal humor, que llegaba a ser poco menos que un desarreglo transitorio de las facultades morales:
No es un caso raro el ver sugetos [sic] de las clases más distinguidas encerrarse en sus casas mientras continúa soplando, y abandonar todos sus negocios hasta tanto ha pasado; mientras que entre las clases bajas es un hecho averiguado para la policía el que los casos de peleas y heridas son mucho más frecuentes durante el viento norte que en ningún otro tiempo. […] Pero no es únicamente la constitución humana la que padece; las incomodidades del día se aumentan con el deterioro de las preparaciones domésticas. La carne se corrompe, la leche se corta, y aun la levadura y el pan se ponen ágrios y corchudos [sic]. Todos se quejan, y la única respuesta es: «Señor, es el viento norte».21
Si el mal provenía de los cálidos soplidos del dios Bóreas, el antídoto lo ofrecía su opuesto, el dios Notus con sus vientos fríos del sur.
cuando los sufrimientos de los habitantes han llegado á su último extremo, el mercurio dá en el termómetro una segura indicación de un próximo pampero, como se llama el viento sud-oeste; una brisa susurrante interrumpe la inmobilidad [sic] de una atmósfera, y en pocos segundos se lleva por delante esa especie de pesadilla, purificándolo todo.22
Para tranquilidad de facultativos e inexpertos, para 1871 los vientos del sur se hicieron sentir, tempranamente, a mediados de marzo. No obstante, la fuerza e ímpetu del soplido de los vientos durante el año 1871 parecieron enclenques. Aún, las mediciones realizadas por la noche (9 p.m.), momento en el cual la frecuencia de los vientos suele cobrar mayor vigor, su fuerza alcanzó los 6 nudos únicamente en cuatro noches. El año 1871 es el único del decenio donde no se registra frecuencia de viento de tercera escala, -es decir entre los 7 y 10 nudos- (véase Tabla 3).
Tabla 3 Frecuencia de los vientos observadas a las 9 p.m., 1861-1871.
| Nudos | 1861 | 1862 | 1863 | 1864 | 1865 | 1866 | 1867 | 1868 | 1869 | 1870 | 1871 |
| 9//10 | 0 | 1 | 1 | 0 | 2 | 0 | 0 | 0 | 1 | 1 | 0 |
| 8 | 0 | 4 | 1 | 1 | 3 | 2 | 1 | 2 | 0 | 0 | 0 |
| 7 | 6 | 12 | 9 | 13 | 14 | 9 | 9 | 4 | 1 | 1 | 0 |
| 6 | 20 | 24 | 23 | 31 | 29 | 18 | 16 | 10 | 1 | 0 | 4 |
| 5 | 16 | 22 | 28 | 40 | 37 | 38 | 21 | 9 | 8 | 4 | 3 |
| 4 | 29 | 47 | 37 | 48 | 39 | 33 | 30 | 13 | 19 | 18 | 16 |
| 3 | 44 | 75 | 82 | 69 | 82 | 100 | 76 | 39 | 28 | 48 | 32 |
| 2 | 122 | 122 | 123 | 134 | 84 | 117 | 100 | 96 | 108 | 105 | 91 |
| 1 | 60 | 23 | 16 | 19 | 7 | 23 | 69 | 70 | 174 | 168 | 140 |
| 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 | 0 |
| Sumas | 297 | 330 | 320 | 355 | 297 | 340 | 322 | 243 | 332 | 340 | 286 |
| Faltas | 68 | 35 | 45 | 11 | 68 | 25 | 43 | 122 | 33 | 25 | 79 |
Fuente: Gould, Anales de la oficina meteorológica argentina, p. 472.
En ocasiones, los vientos de Buenos Aires fueron considerados peligrosos y molestos, por arrastrar consigo una gran cantidad de polvo que penetra en las viviendas. En otras, saludable por su acción purificadora del aire: “contribuyendo á [sic] la eliminación de los gérmenes”.23 Las esperanzas derivadas de las actividades benefactoras adjudicadas a los vientos fríos en ciudades afectadas por la fiebre amarilla se aprecian en otros casos de Latinoamérica. Por ejemplo, durante el brote en Veracruz de 1842, sus contemporáneos se ilusionaban con que los vientos fríos del Norte acabarían con los azotes pestilenciales.24
En el caso de Buenos Aires, el viento pampero25 era el esperado por los porteños en momento en que la enfermedad asolaba impiadosamente. El descenso de la temperatura producido por el arribo de los vientos del sur y las lluvias, desencadenaron la ilusión de que el pampero aniquilaría la peste, pero éste jamás se impuso con su ímpetu habitual.
El 30 de marzo el periódico La Prensa presagiaba con alegría que “después del fuerte temporal que hemos tenido y el sentir el silbido del pampero”26 la epidemia finalizaría. Tal seguridad residía del similar temporal acontecido en Montevideo, pocos días antes de la declinación de la epidemia que la atacaba. La noticia depositaba su esperanza en el “poder de los factores meteorológicos” frente a una “ciencia muda”: “este pampero tantas veces un bálsamo para nuestra población apestada puede ser hoy también el mensajero de nuestra paz perdida”.27 Pero el pampero les fue esquivo.
Semanas después, tras un leve descenso de las muertes diarias, el periódico retomó la confianza a partir de la variación atmosférica. La mejoría que los partes médicos en torno a la enfermedad se correspondía con la aproximación del clima frío. Mas aún, consideraba que “las epidemias anteriores han concluido con la aproximación del invierno. El mes de abril y cuando más tarde el mayo son los meses destinados a despedir con sus heladas a ese huésped funesto”.28 Empero, pese al sensible desplome del calor veraniego, la epidemia no cedió.
Los datos climáticos reconstruidos para 1871 resultan intrigantes cuando se confrontan con el impacto epidémico sobre la población (véase Tabla 4): el mayor número de víctimas fatales producidas por la fiebre amarilla se encuentra en meses donde la temperatura descendió considerablemente.
Tabla 4 Víctimas fatales por fiebre amarilla en el primer semestre de 1871.
| Nacionalidad | Enero | Febrero | Marzo | Abril | Mayo | Junio | Resumen |
| argentinos | 1 | 108 | 1324 | 1746 | 227 | 5 | 3411 |
| italianos | 4 | 131 | 1880 | 2614 | 345 | 19 | 4993 |
| franceses | 1 | 8 | 452 | 933 | 95 | 3 | 1493 |
| españoles | 0 | 28 | 488 | 727 | 86 | 8 | 1337 |
| orientales | 0 | 6 | 59 | 81 | 14 | 2 | 162 |
| ingleses | 0 | 4 | 72 | 71 | 11 | 1 | 159 |
| alemanes | 0 | 1 | 68 | 90 | 9 | 1 | 164 |
| otros | 0 | 4 | 62 | 89 | 7 | 1 | 163 |
| ignorados | 0 | 0 | 304 | 823 | 24 | 0 | 1151 |
| Suma | 6 | 290 | 4730 | 7174 | 818 | 40 | 13058 |
Fuente: elaboración propia, basada en Estadística de la mortalidad ocasionada por la epidemia de fiebre amarilla: durante los meses de enero, febrero, marzo, abril, mayo y junio de 1871, Buenos Aires: Imprenta del Siglo, 1873.
A efectos de ese descenso de los niveles térmicos, ¿no debería disminuir los casos fatales de fiebre? ¿qué grado de incidencia tuvo el clima en relación con el desarrollo de la fiebre amarilla en 1871? El caso, aparentemente paradójico, reafirma la importancia de las condiciones climáticas en el desenvolvimiento de la enfermedad.
Si la baja de temperatura hacia fines de marzo y principios de abril despertó la esperanza del decline epidémico, la suba de víctimas fatales en tales condiciones climáticas, generó desconcierto. Según las teorías médicas higienistas de ese entonces, los peligrosos miasmas29 que engendraban las fiebres solían mermar con el arribo del frío. En contrasentido a ello, en este caso lo peor del azote coincidió con jornadas invernales que oscilaron los 9° y 2° C.
La suba de víctimas en el trascurso de condiciones climáticas frías, es decir inhóspita para el miasma (incluso para el mosquito vector según la medicina tropical) radica en, al menos, dos justificaciones. La primera deriva de la cuestión biológica-natural del proceso de incubación del virus de la fiebre amarilla. Entre la picadura infecta del mosquito y los síntomas observables de la afección transcurre alrededor de una semana. Esto implicaría que las víctimas de fines de marzo y principio de abril -es decir días marcadamente fríos-, estaban infectadas a partir de la tercera semana de marzo. Ahora bien, la explicación tiene un preciso límite, ya que durante abril y mayo la temperatura continuó descendiendo abruptamente, no así las víctimas.
La explicación para ello, o segunda justificación de la propagación de la fiebre bajo un estado atmosférico invernal, se vincula con la particularidad del Aedes Aegypti. Éste, a diferencia del Anopheles -transmisor del paludismo y huésped de los pantanos-, es un insecto doméstico que comúnmente convive en los hogares de potenciales víctimas: los seres humanos. Ese carácter hogareño resulta esencial para comprender por qué continuaron y aumentaron los contagios en los fríos de abril y mayo. Scenna considera que
tan pronto como la temperatura descendió los habitantes se defendieron del frio con los clásicos braseros, manteniendo la tibieza de las habitaciones en un ambiente permanentemente agradable. Que afuera azotara el viento o reinara el terror, adentro la tibieza reconfortante, el calor de las brasas, invitaban a sentirse inmune. […] en las habitaciones cuidadosamente aisladas la gente se disponía a descansar …al tiempo que los mosquitos, atraídos por ese mismo calor de incubadora, salían de recovecos y grietas y, mientras los hombres charlaban, en su entorno giraban tenues y delicados los alados huéspedes, que se posaban sobre ellos en busca de alimentos.30
En síntesis, viento y nivel térmico fueron elementales en el desenvolvimiento de la fiebre amarilla. En principio, el viento norte y las cálidas temperaturas contribuyeron en la propagación del Aedes Aegypti. Pero a la vez, el viento sur y el brusco descenso de temperatura -anualmente prematuro-, no impidieron la difusión de la enfermedad. Esto fue posible, a partir de las propiedades hogareñas del mosquito vector y de los hábitos que tenemos los seres humanos para combatir el descenso térmico de calefaccionar la morada.
Precipitación, humedad y un edén para el mosquito
La combinación calor-lluvia-humedad es un aliciente climático para el fomento de las denominadas enfermedades del trópico transmitidas por vectores. Las carencias de higiene pública se combinaron con condiciones climáticas que hicieron de la ciudad una perfecta incubadora para la fiebre amarilla. Algunos extranjeros han dejado sus impresiones respecto a la húmeda ciudad. Al punto que Parish expresaba los beneficios que representaba la generalización del uso de las estufas inglesas para la salubridad y bienestar de la población porteña, “cuya atmósfera es tan afectada por la humedad del río”.31 Es que en realidad, como han señalado sus contemporáneos, “la humedad de la atmósfera en Buenos Aires ofrece diferencias notables año a año”,32 aunque su presencia es continuamente inestimable. Los elevados porcentajes de humedad atmosférica relativa media de la década 1861-1871 hacen honor al nombre de su región: Pampa húmeda. Las estadísticas demuestran que el porcentaje más bajo de humedad percibido fue de 51.2% registrado la última semana de febrero del año 1866 (Tabla 5).
Tabla 5 Humedad relativa media por décadas de días, 1861-1871.
| Meses/décadas de días | 1861 | 1862 | 1863 | 1864 | 1865 | 1866 | 1867 | 1868 | 1869 | 1870 | 1871 |
| Enero | |||||||||||
| I | 67.9 | 67.9 | 65.5 | 52.9 | 56.6 | 60.5 | 63.5 | 63.5 | 76.5 | 58.6 | 53.6 |
| II | 62.7 | 61.1 | ----- | 57.3 | 67.4 | 63.5 | 59.9 | 52.5 | 70.1 | 59.3 | 59.3 |
| III | 60.4 | 72.6 | 67.6 | 53.6 | 65.0 | 61.5 | 65.4 | 64.1 | 69.1 | 58.7 | 58.7 |
| Febrero | |||||||||||
| I | 66.1 | 79.4 | 69.1 | 68.0 | 65.0 | 66.5 | 60.6 | 57.8 | 78.3 | 68.4 | 66.6 |
| II | 71.7 | 71.0 | 79.1 | 70.8 | 61.6 | 60.1 | 63.1 | 73.7 | 71.9 | 63.4 | 71.6 |
| III | 59.1 | 66.1 | 73.0 | 63.4 | 62.3 | 51.2 | 57.8 | 63.8 | 69.8 | 64.9 | 70.3 |
| Marzo | |||||||||||
| I | 57.8 | 66.2 | ---- | 65.4 | 65.4 | 57.1 | 57.1 | 57.1 | 68.4 | 70.8 | ---- |
| II | 65.9 | 71.1 | 77.2 | 67.7 | ---- | 66.4 | 66.4 | 56.1 | ---- | 78.8 | 71.5 |
| III | ---- | 68.8 | 79.5 | 67.8 | ---- | 75.6 | 75.6 | 64.7 | ---- | 74.6 | 75.8 |
| Abril | |||||||||||
| I | 77.8 | 73.9 | 65.7 | 79.2 | 69.9 | 69.4 | ---- | 75.4 | 66.0 | 77.2 | 80.2 |
| II | 75.3 | 79.5 | 80.9 | 77.2 | 70.5 | 65.1 | 80.9 | ---- | 77.3 | 76.8 | 72.1 |
| III | 81.1 | 81.1 | 86.0 | 69.5 | 66.3 | 64.5 | 71.7 | ---- | 75.5 | 67.2 | 73.5 |
| Mayo | |||||||||||
| I | 71.3 | 86.1 | 85.9 | 76.5 | 67.6 | 67.2 | ---- | 78.0 | 84.7 | 81.2 | 82.8 |
| II | 66.3 | 91.1 | 81.5 | 78.0 | 81.4 | 87.2 | 68.3 | 65.7 | 84.6 | 78.7 | 80.0 |
| III | 61.7 | 84.4 | 85.6 | 79.9 | 77.9 | 74.9 | 79.6 | 80.2 | ---- | 85.0 | ---- |
| Junio | |||||||||||
| I | 85.8 | 87.8 | 84.8 | 86.0 | 89.0 | 82.6 | 70.8 | 84.3 | 74.4 | 76.9 | ---- |
| II | ---- | ---- | 78.6 | ---- | 82.5 | 80.7 | 78.3 | 83.0 | 70.3 | 84.8 | 81.3 |
| III | 80.6 | 95.8 | 78.9 | 84.1 | 81.8 | 86.2 | 68.9 | 82.2 | 64.2 | 86.0 | 82.2 |
Fuente: Gould, Anales de la oficina meteorológica argentina, p. 435.
El caluroso enero de 1871 tiene, en su segunda quincena, un porcentaje de humedad media próximo al 60%. Éste continuó trepando en febrero, superando en la última semana una saturación del 70%, marca alcanzada sólo en el año 1863. El ascenso de la humedad dio un salto en marzo, escalando hasta un 75.8% y obteniendo nuevamente el segundo lugar detrás del acuoso año 1863. Los primeros 10 días de abril de 1871 se destacarán por una humedad media récord de 80.2%, para luego, lentamente, comenzar su descenso.
La nebulosidad pareciera también elevada durante el primer semestre de 1871. Lamentablemente los registros que hemos encontrado no contemplan los meses de marzo, abril y mayo.33 Pese a la delimitación, contamos para reconstruir la nebulosidad en los meses de enero y febrero. La información registrada a las 7 a.m. expone que la nebulosidad variable fue de un 70% (sólo por detrás del 76% del año 1869).34 Ello podría indicar que la segunda mitad de febrero tuvo mañanas calurosas y nubladas, con ráfagas provenientes del norte.
Si comparamos el número de mañanas claras, claras con nubes, entre nubladas y nubladas de enero y febrero se aprecia cómo estas últimas predominan en febrero (Tabla 6).
Tabla 6 Número de días claros, claros con nubes, entre nubes y nublados en enero y febrero de 1871 registradas a las 7 a.m.
| Meses | Días claros | Días claros con nubes | Días entre nublados | Días nublados |
| Enero | 10 | 12 | 7 | 2 |
| Febrero | 4 | 9 | 8 | 7 |
Fuente: elaboración propia en base a Gould, Anales de la oficina meteorológica argentina, pp. 456-459.
Un 55% de los días de febrero amanecieron entre o completamente nublados. Esto explica, por un lado, por qué las temperaturas extremas medias menores en ese mes fueron más altas que en el mes más tórrido de Argentina (enero). Por otro lado, considerando la temperatura cálida, el viento norte, la elevada nubosidad y porcentaje de humedad, se reconoce que las condiciones climáticas eran inmejorables para el desenvolvimiento pestilencial. Sólo resta reconocer otro vital elemento del estado del tiempo para su propagación: las precipitaciones.
Las copiosas lluvias, que fueron aumentando en milímetros y en días por año a partir del XIX,35 posibilitaron un ambiente óptimo para el desarrollo de la enfermedad. En los años 1868 y 1869, por ejemplo, la altura del agua caída era de 1416 y 1171 mm -250 más que la media anual, o sea, 35%-; en el año 1870 el 31 de marzo, una sola lluvia de pocos minutos dio 145 mm de caída, cerca del 20% de la media anual. Esta lluvia determinó tal inundación en el sur de la ciudad, que el gobierno de la provincia debió dictar un decreto de auxilios el 4 de abril de 1870. Todos los bajos de la ciudad se llenaron de pantanos y la parte alta de lodazales, con inundación de los pozos ciegos y desborde de materias fecales.36 Aguas estancadas por doquier, transformaron a la ciudad -para los higienistas adeptos a la teoría de la infección-, en un edén para la gestación del miasma transmisor de la fiebre amarilla.
Vale agregar que las características topográficas de Buenos Aires son propicias para su anegamiento. Estos “procesos de inundación en Buenos Aires pueden ser considerados como desastre antropogénico, generado por errores, descuidos o intereses humanos”.37 De hecho, la expansión horizontal y la pavimentación de la ciudad representaron un obstáculo para el drenaje de los ríos y desagües. Los conflictos políticos-militares que entre 1852 y 1880 se extendieron por la capitalización de la ciudad, imposibilitaron una gestión administrativa duradera que proyectara soluciones a las problemáticas de hábitat y obras sanitarias hasta fines del siglo XIX.38
Por otro lado, resulta menester recordar la coincidencia entre la epidemia de fiebre amarilla de los años 1870 y 1871 con el fenómeno meteorológico conocido como El Niño. Considerado un síndrome de anomalía climática, entre sus múltiples efectos, César Caviedes destaca las sequías en el norte de China, India y Australia, así como las precipitaciones copiosas en el sur de China, la costa de Perú, Uruguay, Argentina, Nueva Zelanda y el suroeste norteamericano.39 Sus torrenciales lluvias y el aumento de la humedad afectaron seriamente la región del Río de la Plata. Al respecto se ha sostenido que las epidemias de cólera, disentería, malaria y fiebre amarilla que se desataron entre 1860 y 1871 en la cuenca del río de la Plata podrían estar asociadas a diferentes variables climáticas del ENSO con intensidad estimable: 1861 (Medio), 1864 (Fuerte) y 1871 (Muy Fuerte).40
Ahora bien, en las cifras respecto a las precipitaciones durante 1871 (Tabla 7), se aprecia que la cantidad anual de lluvia caída para ese año -752.45 mm- se encuentra en un parámetro medio/normal. No obstante, si recortamos el semestre que aquí nos interesa, la cantidad de agua caída es de 507.60 mm., es decir, el 67.4% del total de milímetros de lluvia caída en el año. Otra tendencia, consistente en una caída porcentual de lluvia mayor en las estaciones de verano y otoño sobre las del invierno y primavera, se aprecia marcadamente en los años 1869, 1870 y 1871.
Tabla 7 Cantidad de lluvias en la ciudad de Buenos Aires por milímetros en el primer semestre entre 1861 y 1871.
| Meses | 1861 | 1862 | 1863 | 1864 | 1865 | 1866 | 1867 | 1868 | 1869 | 1870 | 1871 |
| Enero | 11.30 | 26.80 | 107.80 | 36.10 | 52.10 | 14.20 | 10.40 | 64.20 | 149.00 | 18.70 | 24.20 |
| Febrero | 31.00 | 102.60 | 88.90 | 49.50 | 7.30 | 50.30 | 33.30 | 175.50 | 67.90 | 69.60 | 96.60 |
| Marzo | 30.40 | 68.20 | 71.80 | 85.80 | 50.20 | 31.40 | 17.30 | 108.80 | 188.70 | 201.00 | 150.50 |
| Abril | 73.00 | 49.20 | 12.50 | 97.10 | 127.40 | 75.60 | 124.00 | 45.40 | 18.20 | 72.30 | 83.50 |
| Mayo | 3.10 | 144.00 | 74.20 | 80.20 | 71.70 | 131.90 | 22.10 | 81.14 | 181.40 | 199.20 | 14.50 |
| Junio | 17.80 | 124.60 | 74.20 | 76.20 | 115.00 | 74.40 | 69.00 | 85.70 | 85.70 | 74.00 | 138.30 |
| Total semestre | 166.60 | 515.40 | 390.50 | 424.90 | 423.70 | 377.80 | 276.10 | 560.74 | 760.30 | 624.80 | 507.60 |
| Total anual | 583.90 | 1060.40 | 701.40 | 744.40 | 774.80 | 882.20 | 606.90 | 1146.84 | 1171.50 | 836.54 | 752.45 |
Fuente: elaboración propia a partir de Arata, El clima y las condiciones higiénicas…, p. 125.
Si tomamos el trimestre febrero-marzo y abril de 1871, meses de mayor mortandad por fiebre amarilla (véase Tabla 4), los milímetros de agua caída registraron el récord de 310.60, es decir el 41.4% del total de agua caída durante el año. Esta marca supera incluso la que se obtuvo para el mismo trimestre del año 1869, el cual -recordemos- representa el año de mayor cantidad de lluvia de la década seleccionada, con un total de 1171.50 mm. El trimestre febrero, marzo y abril de 1869 reconoce una caída de 274.80 mm.
Durante el flagelo de 1871, el mes de abril es el que arroja la cifra más alta de defunciones. Como se constata en la Tabla 4, la epidemia había causado 7 535 víctimas, superando holgadamente la cifra de 2 640 víctimas de marzo.
El 9 de abril se lograría un triste récord al registrarse 503 decesos en un día, en una ciudad de un promedio de 20 fallecimientos diarios. A ese lúgubre escenario se agregaron torrenciales lluvias que inundaron en poco tiempo diversas zonas de la ciudad.
Paul Groussac, testigo de esos días, narró cómo “durante una semana, las lluvias diluvianas acrecentaron las escenas del horror: los terceros del sur, torrentes callejeros, nos enseñaban brutalmente las miserias de los suburbios inundados, arrastrando en su carrera airada maderajes, muebles, detritos de toda clase, hasta cadáveres”.41 Los periódicos también hicieron eco de ese segundo azote para la población. “No basta el temible azote de la epidemia. Era necesario agregar también al catálogo sombrío de los males que nos aflijen [sic] el de las inundaciones”,42 lamentaba El Nacional.
Tiempo atrás, durante las altas temperaturas de febrero, el rotativo La Discusión denunciaba que varias familias angustiadas por la lluvia veían cómo, en apenas un cuarto de hora, había convertido a los terceros43 en ríos. Advertía además que “si la fiebre amarilla es terrible, las inundaciones, aunque de otro género, es otra epidemia espantosa que, en un rápido aguacero, pone a la población al borde del abismo”.44
Las importantes precipitaciones que se registraron en febrero, junto al elevado porcentaje de humedad y el calor agobiante, dieron como resultado un ambiente ideal para la propagación de la enfermedad. Para los contemporáneos que adherían a explicaciones causales medioambientales de la patología tal combinación climática aceleraba la descomposición de las materias, liberando el miasma infecto. Ya con los avances de la medicina tropical dichas características climáticas explican la proliferación del agente transmisor, desconocido en aquella época. Además de la inadecuada provisión de agua de consumo a través de los aljibes, la procreación de las larvas cerca de las viviendas se veía facilitada por los diversos recipientes que, a partir de las lluvias, se convirtieron en potenciales nidos del Aedes Aegypti.
Asimismo, es prudente mencionar que el área de distribución del mosquito es realmente amplia, abarcando no sólo regiones de clima tropicales, sino también templadas. Se debe reconocer que Buenos Aires “se encuentra cerca del límite sur del área de dispersión” y que el Aedes Aegypti “posee un hábitat permanente y estable en el delta del Paraná”.45
Dicho esto, creemos necesario que a los hipotéticos orígenes que la historiografía respecto a la gran epidemia de 1871 ha venido barajando (entre otros, a la portación de los soldados al regresar de la guerra del Paraguay, el contagio de los buques que con destino a Buenos Aires hacían una escala previa en el endémico Río de Janeiro, o traída por los inmigrantes europeos en los puertos donde se habían identificado brotes como el de Barcelona o Tolón), se debe contemplar las condiciones climáticas y cómo éstas fueron percibidas y relacionadas por los facultativos con los miasmas y las condiciones socioambientales de la ciudad.
Clima, miasma e inmigración
La historiadora Mónica García advirtió sobre los riesgos de una postura presentista en las investigaciones históricas en torno a la fiebre amarilla en Latinoamérica y cómo el consecuente anacronismo, al asignar una noción de fiebre no correspondida para los actores sociales estudiados, implica “ignorar el carácter contingente del conocimiento científico”, así como “la visión de mundo y las preocupaciones de las comunidades que los historiadores estudiamos”.46
Intentaremos, entonces, aproximarnos a la experiencia epidémica de una comunidad médica-higienista, cuyos elementos formativos esenciales fueron -como en otras latitudes latinas-47, los conocimientos de la geografía y la climatología, componentes del piso epistémico médico decimonónico para comprender la naturaleza de las afecciones.
Comenzando por la noción de clima de ese momento, a diferencia de su primitiva acepción la cual se delimitaba a la inclinación de los rayos solares, la cantidad de luz y calor, adquiere cierta complejidad a partir de los estudios de la climatología. Se la definía como “el conjunto de influencias que el suelo, el agua y el aire como concurrentes de todos los fenómenos meteóricos ejerce sobre sus habitantes”.48 Según la acepción, el clima de un determinado lugar quedaba subordinada a factores como la distancia del país respecto al ecuador; la elevación sobre el nivel del mar; situación en relación con el mar, ríos, desiertos; vientos dominantes; la naturaleza del suelo y también la densidad de población y su estado de civilización. Tal sentido de clima se aproximaba a la concepción de Hipócrates, formulada en su tratado y sostenida en el siglo XIX, a partir de la teoría del miasma por los infeccionistas o anticontagionistas.
Para ellos, las epidemias eran causadas por malas condiciones ambientales provocadas por la temperatura e insalubres condiciones de vida49 y prevenirlas requería intervenciones urbanas capaces de restablecer el equilibrio del medio ambiente.50 De ahí que para la higiene clásica, la sociedad debía analizarse en relación con su ambiente, siendo necesario “conocer los efectos que el clima podía tener en el cuerpo, en las fibras de los habitantes y también en su modo de acción, en su moralidad”.51
Tesis, folletos y artículos de revistas especializadas en medicina expuestas coincidían -hasta la última década del siglo XIX- en que ninguna otra enfermedad presentaba tanta complicación para identificar su origen como la fiebre amarilla. Echegaray, quien había socorrido a víctimas en la parroquia de San Telmo, consideraba que la perplejidad de la ciencia para conocer la naturaleza de la enfermedad se debía a que ésta
no tiene puntos fijos para desarrollarse, si bien es cierto que prefiere localidades donde la temperatura es ardiente y húmeda. También la vemos desarrollarse en los países templados, y según afirma el célebre Dr. Meyrignac no respeta ninguna estación, y lo mismo se desarrolla en la estación caliente que en la fría, en el tiempo húmedo como en el seco.52
Sin embargo, las ideas en torno a la naturaleza de la enfermedad entre los facultativos en Buenos Aires no presentan las incertidumbres de Meyrignac.53 Muy por lo contrario, postulaban con seguridad que “las estaciones que se caracterizan por un alto grado de temperatura y mucha humedad, son aquellas en las cuales se muestra generalmente la fiebre amarilla y su curso es detenido cuando se aproxima el invierno”.54 Varios estudios la asociaban específicamente con la estación autumnal: “es una enfermedad de otoño, y tan cierto es esto que una epidemia de esa naturaleza en invierno, y en primavera es absolutamente desconocida”,55 aseveraba Mackenna. En sintonía con ello, Lemme afirmaba que “la época predilecta de su desarrollo ha sido siempre la misma que la de las fiebres miasmáticas, esto es, hacia la estación de otoño”.56 La identificación con determinada estación del año era el resultado del importante lugar que el neohipocratismo57 asignaba a los componentes climáticos para hallar las posibles causas externas de la patología.
Trece años antes de la gran epidemia, la tesis de Fair reconocía en la condición atmosférica -la cual denominaba atmósfera epidémica-, una de las más importantes influencias para desencadenar la fiebre amarilla. Lamentaba que, si bien se tenían algunos conocimientos sobre la influencia de los estados atmosféricos como el calor y la humedad para “la acción de más sutiles agentes -la electricidad y el magnetismo-, la ciencia muy poco dato suministra”.58 Las tesis climatológicas cobrarán mayor vigor para comprender los motivos de la desastrosa epidemia de 1871.
Una de las discusiones médicas en torno a la relación clima-epidemia se inició cuando el Dr. Abate postula la falta de Ozono como condición para el desenvolvimiento de la fiebre amarilla. Para este químico, la causa principal de la epidemia residía en la “falta de tensión eléctrica del oxígeno del aire”, merma que se producía por la presencia del agua y del calor. Los niveles de tensión eléctrica permitían develar -según Abate- por qué era endémica en algunos lugares (espacios que por las condiciones topográficas la tensión eléctrica era habitualmente débil y, por lo tanto, la enfermedad se presentaba continuamente) y epidémica, como en Buenos Aires (donde “se requiere el concurso de otras circunstancias excepcionales que produzcan tal disminución”).59
Como medio preventivo, aconsejaba no regar las calles, porque la evaporación del agua facilitaba “la efusión de la electricidad atmosférica, acelerando la putrefacción de las inmundicias”.60 El presupuesto de Abate, quien la consideraba “una teoría enteramente nueva”, revela el continuo interés científico por el fenómeno de la electricidad estática en las estaciones del clima, preocupación ya expresada en la tesis de Fair, décadas atrás.
El pronóstico de la teoría de Abate fue duramente criticado61 por Lemme. Aquella prometía que, con el fin del verano, es decir cuando “reina en el aire el mínimum de ozono”, cesaría la epidemia. El médico italiano recordaba cómo la llegada del ansiado otoño desmintió la mal fundada teoría.
Para Lemme, la fiebre amarilla se originaba por “ciertas condiciones cosmotelúricas especiales, de aquellas que suelen producir las fiebres miasmáticas en general”.62 Por esto, siendo un resultado o combinación cosmotelúrica, con desesperanza advertía que “la ciencia no poseía remedio para combatir directamente la causa primera de dicha enfermedad”.63 Ahora, si bien el elemento climatológico no se podía tratar, no sucedía lo mismo con el elemento telúrico: aguas estancadas. Lemme aconsejaba secar todo charco y pantano.
Miguel Echegaray se situaba en un punto intermedio entre los doctores Abate y Lemme. Partía del reconocimiento de que la enfermedad era
hija de los países situados en la zona tórrida abrazados por los rayos del sol, cuyas costas son bajas, húmedas y pantanosas, y en donde la vegetación es muy abundante. […] la combinación del calor con humedad favorece la descomposición de las sustancias animales y vegetales que exhaladas y puestas en tales condiciones favorecidas por las variaciones de la atmósfera y los desequilibrios eléctricos, alteran el aire atmosférico y lo hacen nocivo para la salud.64
La principal causa de la naturaleza del “tifus icterodes” era entonces el estado y alteración de la atmósfera. Para el galeno argentino, la calma de aquélla y la temperatura ambiente cálida favorecía la descomposición más rápida y la intoxicación más violenta. Mientras que, por el contrario, cuanto más agitado esté la atmósfera y baja sea la temperatura, la descomposición será menor y por consiguiente menor la intoxicación.65
Para el médico británico Mackenna, el clima era la única condición común que esclarecía el origen de la fiebre amarilla. Como ningún otro facultativo, le asigna a la temperatura una importancia elemental al sostener que la fiebre amarilla “nace de la influencia sobre la piel, causada por el cambio de temperatura”. Explicaba que
el escesivo [sic] calor de los meses de verano causa una superabundante afluencia de sangre debajo de la piel y cuando aquel empieza a declinar sobreviniendo las tardes y noches frescas se imprime la traspiración, y hace retroceder la sangre sobre los órganos internos produciendo así la perturbación de sus funciones y terminando la fiebre.66
La definía como una enfermedad “intensamente congestiva (sobrecargada de sangre), una fiebre común al verano de cualquier país, agravada por causas climatéricas y por exceso de insalubridad de la localidad producida”.67
Según el autor, en esos veranos agravados climáticamente, reside la clave explicativa del por qué la fiebre amarilla visitaba países de manera infrecuente y, también, por qué lo hacía en estaciones “inciertas” como el otoño.
En la Habana, y en otros países, existe siempre y son siempre suficientes para producir la enfermedad, mientras que, en los países que sólo son visitados accidentalmente por ella, el cambio atmosférico suficiente para producirla, sólo acaece con intervalos inciertos […] Así siempre que aparezca un verano de excesivo calor, agravado por excesiva seca, la fiebre amarilla se seguirá.68
Desde Médico Quirúrgica se cuestionaba que la acción particular de un elemento meteorológico (como el calor atmosférico, destacado por Mackenna), podía desencadenar la epidemia. Para la comunidad médica bonaerense nucleada en la revista, la enfermedad necesitaba “una combinación meteorología especial para su propagación”.69 Esa combinación mortal podía suceder durante la finalización del estío y el inicio autumnal. El calor atmosférico si bien era un poderoso elemento de su etiología, por sí sólo no la generaba, ya que, de ser así, debería reinar de un modo más intenso donde las temperaturas son altas. Mas aún, se argumentaba que en las Antillas no guardaba relación la cantidad de enfermos con la intensidad mayor o menor del calor por año. Incluso, se observaba que en todos los países no es acometido con igualdad cuando una epidemia aparece, todos los barrios de una población misma o todas las poblaciones de manera inmediata en que es igual la temperatura.70
Con respecto al impacto de la dolencia en la población, ésta se hizo sentir marcadamente, como se aprecia en la Tabla 4, en los inmigrantes europeos. Esta particularidad de experiencia epidémica, asociada con la falta de aclimatación71 de los arribados, despertó preocupación en médicos y políticos respecto al poblamiento del país y la forja de la futura “raza argentina”. Justamente, la inmigración europea comenzó a crecer incesantemente a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta.72 Se trataba del inicio de la inmigración masiva de ultramar, proyecto promovido por una elite liberal que la consideraba esencial para el poblamiento y civilización el país.73
No obstante, el brote epidémico y la abrumadora cantidad de inmigrantes infectados, despertó preocupaciones de médicos higienistas y políticos sobre el desenlace del proyecto migratorio. Actos xenófobos, que incluían violentos desalojos de enfermos inmigrantes alojados en los conventillos, comenzaron a reiterarse al tiempo que se expandía la enfermedad.
Aunque ningún habitante estaba libre de contraer la enfermedad, los médicos del período diagnosticaban que atacaba “más a los europeos, que no están aclimatados a nuestro país, que a los indígenas”.74 Además de la no aclimatación, muchas de las causas que los médicos consideraban que predisponían al individuo, como la raza, los hábitos y modo de vivir irregulares,75 se asociaron a la inmigración italiana. Contrariamente a los resultados de otros estudios latinoamericanos similares,76 la relación entre clima, raza y enfermedad en algunos de los discursos médicos construyó la idea de una raza europea (particularmente la italiana), menos resistente a la nacional. Pero también una cultura higiénica poco diferenciada de la nacional. De hecho, a partir de la epidemia, los italianos no serán percibidos como un contingente extranjero deseable y devendrán en blanco de críticas, ironías y burlas.77
Durante el mes de abril, momento más álgido de la peste, la revista Médico Quirúrgica, recurriendo a los brotes de fiebre amarilla que América experimentó en el pasado, intentó demostrar cómo la falta de aclimatación -particularmente europea-, propiciaba la propagación de la enfermedad. Incluso asignaba a la presencia europea que la enfermedad cobraba la magnitud de epidemia:
En las grandes Antillas -al invadirlas los europeos- se engendró la pestilencia cuyo estudio nos ocupa; que allí brota espontáneamente el mal; que aquel clima; que aquellas costas y desembocaduras de ríos, que aquel suelo, que aquel conjunto de condiciones y circunstancias encierran los necesarios elementos para darle ser cuando hay europeos u otras gentes no aclimatadas que se expongan a la acción de aquellas causas.78
A partir de tal convicción, al analizar la epidemia de 1871, insistía en que “si fuera posible suprimir la llegada de todo europeo y persona no hecha al clima de las costas, la fiebre amarilla no podría manifestarse.” Siguiendo este presupuesto, del mayor o menor número de inmigrantes no aclimatados dependía que la enfermedad cobrase el carácter de epidémica o no. A pesar de considerar que “la influencia de ciertas condiciones atmosféricas y meteorológicas que favorecen el desarrollo”, estos artículos se posicionaban desde la teoría contagionista, al insistir que “solamente es digna de muy alta consideración la falta de aclimatación”,79 como causa individual de la enfermedad.
Las discrepancias en torno si la enfermedad había sido importada por los buques que traían inmigrantes o si respondía a condiciones ambientales malsanas locales, el caso de la epidemia de 1871 reproduce los debates de otras partes de América, al momento que la fiebre amarilla se registró visitas.80 En el caso de Buenos Aires, las novedades sobre algunos puertos europeos infectos y, por ende, inmigrantes enfermos, se conjugó con la teoría que inmigrantes sanos se enfermaban aquí por la falta de aclimatación. A diferencia de Brasil, el cual durante la epidemia de 1850 diseñó un trasbordo de los inmigrantes para que fueran menos expuestos al clima de la región costera de Río de Janeiro,81 Argentina desplegó medidas restrictivas de arribo.
Por el contrario, para algunos higienistas y políticos, la estigmatización del inmigrante no aclimatado que se construía, junto a la propaganda hostil respecto a las condiciones climáticas del país para aquéllos, resultaría perjudicial en el proceso modernizador del país. Emilio Coni, higienista que encarnaba estas preocupaciones, matizaba la cuestión sosteniendo que, pese a los inconvenientes climáticos de Buenos Aires, éste era sano y los extranjeros se aclimataban sin problema. Afirmaba, además, que la mayor parte de los inmigrantes se asentaban en Buenos Aires y vivían tan sanos y sin temer a las enfermedades reinantes como en el antiguo continente.82
Los conflictos en torno a la no aclimatación demuestran que, al menos durante las coyunturas epidémicas, Argentina -a pesar de localizarse en latitud media-, pareciese alejarse de esa “Nueva Europa” que conceptualizó Crosby.83 Si bien no representaba ese “indómito trópico”, tampoco el suelo y clima argento ofrecía una placentera recreación del mundo que había dejado en sus lugares de origen el inmigrante.
Una década después de la terrible epidemia, la medicina comenzaba a renovar por completo los conceptos que rigieron por milenios la lucha contra las enfermedades. Los microorganismos comenzaron a ser relacionados con las patologías que afectaban al hombre. En 1879, la teoría de Pasteur señalaba al estreptococo como productor de la fiebre puerperal. A la vez, las investigaciones de Koch demostraban que la tuberculosis se había difundido por un preciso germen y luego daba el golpe victorioso para la bacteriología al descubrir el vibrión colérico, bacilo que se había propagado por aguas contaminadas.
No obstante, el microscopio -instrumento esencial en la búsqueda de microbios que evidencien las etiologías de los males-, se vio limitado para explicar la fiebre amarilla. La búsqueda del germen por parte de científicos de la talla de Sanarelli fue en vano y -sin germen responsable cierto-, los argumentos del miasma, ambiente y falta de aclimatación persistieron mientras transcurría el siglo XIX.
La perduración del misterio de la fiebre amarilla fue posible no sólo por la imperiosa necesidad de encontrar el germen, sino también por el rechazo por parte de la comunidad médica de los postulados que el cubano Carlos Finlay manifestaba en torno a sus estudios en 1881. Desechando la teoría del miasma y su vinculación con los medios físicos ambientales, como también la búsqueda del germen, Finlay observó la abundancia de mosquitos en los lugares de la isla donde la enfermedad era endémica. La denuncia de un tercer factor en la transmisión de la enfermedad, el mosquito Aedes Aegypti, era para muchos diplomados algo descabellado. Para ese momento, ningún estudio había demostrado que los insectos transmitieran la enfermedad. Sin embargo, investigaciones sobre otras enfermedades comprobaron la posibilidad de certeza de la tesis de Finlay. En 1889, el norteamericano Smith probaba que la fiebre de Texas se transmitía a través de las garrapatas, el inglés Bruce que la mosca Tse Tse transfería la enfermedad del sueño y Grassi demostraba que el mosquito anofeles era el vector del paludismo.
Estas comprobaciones hicieron que en la Cuba intervenida por Estados Unidos, Walter Reed repitiera y reajustara científicamente uno por uno los experimentos de Finlay, los cuales quedaron justificados. Las dudas en el ámbito médico internacional llevaron a una reexaminación de los experimentos en México y Brasil, los cuales arrojaron conclusiones convergentes. Pese a ello, hubo sectores diplomáticos que se mantuvieron reacios. Particularmente en Argentina, el Dr. José Penna encabezó una oposición, la cual adhería a la teoría del bacillus icteroide de Sanarelli.
Irrefutable la teoría del mosquito transmisor, el ambiente continuó considerándose una variable importante en el desarrollo de la enfermedad. No ya por la preocupación de la degradación de la naturaleza y el peligroso desprendimiento del miasma, sino en el medio cuyas características climáticas se tornan óptimas para el desarrollo del mosquito y, con él, para una posible propagación de la enfermedad. Evitar la acumulación de agua de lluvia en recipientes durante las estaciones de la primavera y el verano e impedir la conformación de una vegetación frondosa, son aún hoy prácticas preventivas para la fiebre amarilla.
Conclusión
La expresión común de “al mal tiempo buena cara” parece no adecuarse del todo a la situación climática del Buenos Aires de 1871. Ese “mal tiempo” caracterizado por las lluvias, el descenso de temperatura y la llegada del fuerte viento pampero en abril, no redujo el número de víctimas producido por la epidemia ni liberó preocupaciones.
El estudio ha demostrado la importancia de incorporar las variables meteorológicas para explicar la naturaleza y propagación de la fiebre amarilla de 1871. El caso resulta interesante porque en él se registra cómo las condiciones climáticas (temperatura cálida, precipitaciones, etc.), favorecieron un ambiente propicio para el vector transmisor. Pero, sobre todo, la interrelación clima-vector-sociedad, queda patente cuando desciende considerablemente la temperatura. Justo bajo esas condiciones, la enfermedad se propaga con más virulencia. El sistema calefacción de los hogares como respuesta al cambio de las condiciones climáticas, atrajo al casero Aedes Aegypti donde había calor y alimento.
El clima fue, y aún es, un factor clave para explicar el desarrollo de la enfermedad. Para estos galenos la vinculación clima-enfermedad miasmática era ineludible. La consideración del carácter local y no contagioso de la fiebre amarilla se desprendía de un determinismo climático emparentado con nociones hipocráticas. Ahora bien, a diferencia de sus contemporáneos colegas brasileros, quienes a partir de los brotes epidémicos en el interior clasificaron a la fiebre amarilla como específica de las regiones intertropicales,84 los médicos de Buenos Aires frente a la experiencia, ampliaron la consideración del área de la enfermedad a zonas templadas. Vale agregar aquí que, pese a desconocerse ese tercer factor -elemental para la transmisión de la enfermedad-, las acciones higiénicas que se efectuaron bajo la concepción de la etiología miasmática, fueron en parte exitosas para enfrentar la fiebre amarilla. Por ejemplo, el secado del cumulado de agua de lluvia en las calles, el cual tenía como propósito que esa agua estancada no emanara con el tiempo podredumbre, de manera involuntaria impidió que tales charcos desarrollaran las larvas de mosquitos.
Otra cuestión valiosa a destacar es que también en esas “Nuevas Europas” el clima fue un cierto obstáculo para la inmigración europea. Es cierto que -para el caso de Buenos Aires- lo fue esencialmente durante coyunturas epidémicas. No obstante, se discutió las repercusiones que tenían los problemas de aclimatación, al extremo de asociar la enfermedad con la presencia de los inmigrantes que no lograban aclimatarse, despertando preocupación por el futuro de una raza nacional.
Archivos
Hemeroteca de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (BNMM). Buenos Aires, Argentina.
Publicaciones periódicas
El Nacional, Buenos Aires, 1871.
La Discusión, Buenos Aires, 1871.
La Nación, Buenos Aires, 1871.
La Prensa, Buenos Aires, 1871.
La Verdad, Buenos Aires, 1871.
Revista Médico Quirúrgica, 1871.
The Standard, Buenos Aires, 1871.
Documentos impresos
Arata, Pedro, El clima y las condiciones higiénicas de Buenos Aires, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de banco, 1889.
Cantón, Eliseo, El paludismo y la geografía médica en Argentina, Buenos Aires, La Universidad, 1891.
Coni, Emilio, Apuntes sobre estadística mortuoria de la ciudad de Bs. As.: desde el año 1869 hasta 1877 inclusive, Buenos Aires, Pablo E. Coni, 1878.
Echegaray, Miguel, Fiebre amarilla del año 1871, Buenos Aires, Pablo E. Coni, 1871.
Estadística de la mortalidad ocasionada por la epidemia de fiebre amarilla: durante los meses de enero, febrero, marzo, abril, mayo y junio de 1871, Buenos Aires, Imprenta del Siglo,1873.
Fair, John, Síntoma y tratamiento de la fiebre amarilla. Buenos Aires, Imprenta del orden, 1858.
Gould, Benjamín, Anales de la oficina meteorológica argentina, Buenos Aires, imprenta Pablo Coni,1878.
Groussac, Paul, Los que pasaban, Buenos Aires, Sudamericana, [1919:1939].
Lemme, Aquiles, Breve tratado de la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires, Buenos Aires, tipografía italiana, 1871.
Mackenna, J. M., Sobre el origen, la naturaleza y el tratamiento de la fiebre amarilla y sobre las epidemias, Buenos Aires, Imprenta El Porvenir, 1872.
Parish, Woodbine, Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata desde su descubrimiento y conquista por los españoles, Buenos Aires, Imprenta Benito Hortelano, 1852.















