¿A qué nos convoca esta lectura? Creo que conviene comenzar por lo que caracteriza al libro: es un análisis muy erudito de una revista decimonónica llamada Biblioteca de Señoritas. Lecturas del Hogar. La publicación fue pionera en su tipo al pretender que sus lectoras fueran las jóvenes ilustradas de Yucatán (o quizá sólo de Mérida). Su impulsor, Darío Mazuera, de origen colombiano, fue un personaje carismático pero oscuro que pronto se ganó el reconocimiento de algunos sectores de las elites locales.
Entre las virtudes del libro se evidencia un amplio conocimiento de la historia local, del contexto sociopolítico, económico y cultural de la segunda mitad del siglo XIX, incluida la llegada de la primera imprenta a Yucatán y los inicios de la producción de literatura local. También muestra su sustento en los estudios de análisis del discurso y, de forma más profunda, de los estudios de género, específicamente de la crítica feminista de finales del siglo XX, lo cual le sirve de sustrato teórico.
La línea editorial de Biblioteca de Señoritas. Lecturas del Hogar, si acaso se le puede llamar así al intento de adoctrinamiento moral de sus escritores, tuvo como objetivo educar a las jóvenes de las elites locales en las virtudes católicas, aderezadas con una retórica romántica llena de metáforas rocambolescas. Si bien la revista iba dirigida al público femenino, la mayoría de sus suscriptores eran hombres: ¿los padres de las señoritas?, ¿sus futuros maridos?, ¿otro tipo de lectores encubiertos? ¿Quiénes podrían ser asiduos lectores de toda esta retahíla de metáforas y alusiones románticas a lo femenino?
Vale precisar que estamos en los inicios de la segunda mitad del siglo XIX y que tanto la revista como la sociedad eran de criterios preponderantemente dicotómicos: blanco/ negro, bueno/malo, hombre/mujer, virtuosa/impúdica. Se trata de un mundo donde no se evidenciaban aún todos los colores del arcoíris. La diversidad no era un valor, en ningún caso, y menos aún la diversidad sexual. Muy al contrario: todo lo distinto, lo divergente, lo disruptivo y lo fuera de la norma resultaba indeseable. Hay aspectos que no se tratan en el análisis que aquí reseño, pero con la lectura surgen varias preguntas: ¿no había un Yucatán gay, laico, republicano o socialista? Agobia pensar que no hubiera alternativas.
Y, sin embargo, en la lectura se esbozan paradojas, y eso hace suponer que en Yucatán, específicamente en Mérida, existía un mundo más allá de los dogmas católicos y románticos. A mi juicio, entre lo más revelador a que nos refiere la autora está que en esta revista escrita por hombres garantes del tutelaje de las mujeres se filtraran las plumas de poetisas de la época, ahora con amplio reconocimiento, pero en aquel momento debutantes. Rita Cetina, Cristina Farfán Manzanilla y Gertrudis Tenorio Zavala usarían las páginas de Biblioteca de Señoritas como plataforma para comenzar sus carreras literarias. A la larga serían reconocidas como precursoras de la literatura local y del feminismo laico en la Península. Luego entonces, ¿acaso en Biblioteca de Señoritas florecieron incipientes ideas libertarias?
Quiero suponer que sí, pues la historia de Yucatán es de paradojas sorprendentes, al menos en lo que respecta a las tensiones socioculturales que definen la interacción de los distintos grupos de la población. En varios momentos, la lectura de En clave de flor nos remite al conservadurismo decimonónico del estado y de su ciudad capital, y a cómo dicho conservadurismo se mantiene vivo hasta nuestros días en muchos sectores sociales. Es bien cierto que, en la actualidad, buena parte de la población yucateca se presume católica militante; el Partido Acción Nacional lleva muchos años gobernando Yucatán y la Alcaldía de Mérida, pero, al mismo tiempo, esta región del país ha sido cuna del feminismo mexicano y espacio de tolerancia a la diversidad sexual. Esto me permite relativizar aseveraciones acerca del continuum de la moral burguesa y romántica del siglo XIX que supuestamente pervive en Yucatán y, de forma más específica, en Mérida. Como botones de muestra, esta ciudad fue, en 1916, sede del primer Congreso Feminista de este país. También se ha documentado que es una ciudad gay friendly y que incluso se ha vuelto receptáculo de población extranjera que viene a vivir a la capital yucateca para beneficiarse de esa apertura (Dávila Valdés y Enseñat Soberanis 2023).
Hay, de acuerdo con la lectura de En clave de flor, otros varios dilemas y desarrollos del discurso adoctrinador y moralizante decimonónico que los hombres proponían a las mujeres, además de un abundante análisis textual y contextual que no puede ser agotado en esta breve reseña, pero queda abierta la invitación a leer el texto completo. Por lo demás, el libro vale mucho la pena también para conocer la referida publicación decimonónica sin necesidad de búsquedas complicadas en archivos (públicos y uno privado). Esto porque, terminado el análisis de la autora, se puede consultar una reproducción facsimilar de varias páginas de las entregas de Biblioteca de Señoritas. Lecturas del Hogar.
Ahora bien, hay una forma menos ortodoxa de acercarse a este libro. Quiero proponer que En clave de flor se lea como el análisis de un catálogo de los horrores del adoctrinamiento de los varones burgueses a sus novias, esposas e hijas. Debo aclarar que la autora no lo plantea explícitamente así, pero lo deja entrever como un corolario obvio. Virginia Carrillo Rodríguez en este libro, sin decirlo, presenta un estudio del mensaje oculto (o no) de los textos aparecidos en Biblioteca de Señoritas, a saber, literatura para afianzar la imagen de lo que es una buena mujer yucateca (de la segunda mitad del siglo XIX), que, por antonomasia, debe ser una buena católica.
En este catálogo se constata que los hombres que escriben -así como las mujeres que completan los fascículos con sus poemas- establecen los parámetros de lo que debe ser una señorita que habrá de convertirse luego en una esposa virtuosa. Para comenzar, hay que cultivar la fe (primero dios, claro está); luego, mantenerse casta. Esta castidad solo puede ser remontada, según esta publicación, por la misión más importante de una mujer de la época: ser madre. Este mecanismo de dominación suave (no veo violencia física ni emocional), como dice la autora, “de instruir deleitando”, es una forma sui generis de educar o, más bien, manipular.
Como se sabe, en el diktat moral de la época, “el gozo lleva al pozo” o a la desdicha, como se lee en los poemas de Rita Cetina. En la pluma de los y las colaboradoras de Biblioteca de Señoritas se evidencia esta siniestra lógica romántica de suponer que lo emocional define a las mujeres y por ahí hay que llegarles: por los sentimientos ¿Cómo? En las entregas de la revista hay una fuente inagotable de metáforas que apelan al amor, pero más al amor de madre, aunque también se incluyan textos con la descripción de casi todo el cuerpo femenino, menos de “las partes sexuales o sexualizadas […] a las que no se hacía referencia”, escribe Virginia Carrillo.
Algunas dudas quedan luego de la lectura de En clave de flor, y no es por el escrito, el cual me parece un tratamiento filológico exhaustivo de Biblioteca de Señoritas, tanto en lo concerniente al análisis del texto de la revista como en lo relativo al contexto sociocultural en que esta surge. Por ejemplo, ¿se puede medir el impacto que tuvo en su momento una revista de esta naturaleza? En poco más de un año de publicación y con escasos números impresos podría haber sido un éxito, pero el asesinato del editor cambió el rumbo de las cosas. Tampoco podemos sacar muchas conjeturas de cómo las señoritas yucatecas ilustradas recibieron este panfleto moralizante o de cómo, tal como sugiere la autora, se han mantenido hasta nuestros días esos ideales de ser mujer en algunos grupos sociales de un Yucatán harto conservador. En fin, la investigación de género con perspectiva de longue durée encuentra en este libro una brecha que abre camino.















