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Estudios de Asia y África

 ISSN 2448-654X ISSN 0185-0164

Estud. Asia Áfr. vol.60 no.3 Ciudad de México sep./dic. 2025   06--2025

https://doi.org/10.24201/eaa.v60i3.e3088 

Traducción

Juan Masili o ang pinuno ng tulisan de Patricio Mariano y la “era dorada” de la ficción en lengua vernácula en Filipinas

Patricio Mariano’s Juan Masili o ang pinuno ng tulisan and the “Golden Age” of Vernacular-Language Fiction in the Philippines

1Centro de Estudios de Asia y África, El Colegio de México (Ciudad de México, México) jbayona@colmex.mx


Resumen:

La novela corta Juan Masili o ang pinuno ng tulisan, de Patricio Mariano, es un ejemplo de la producción de la “era dorada” (ca. 1900-1921) de la ficción en lenguas vernáculas en Filipinas. En ella se ve el esfuerzo del autor por retratar las experiencias de los grupos sociales marginados que tenían que lidiar con los abusos de los ricos y poderosos, así como sus intentos de resistirse a ellos. Producto de un contexto de encuentro entre el tagálog y el español, la traducción intenta preservar la evidencia de los extranjerismos españoles no completamente incorporados al tagálog de Mariano.

Palabras clave: tagálog; literatura anticolonial; guardia civil; extranjerismos; colonialism

Abstract:

Patricio Mariano’s novella Juan Masili o ang pinuno ng tulisan is an example of the “Golden Age” (ca. 1900-1921) of vernacular fiction in the Philippines. It showcases the author’s desire to portray the experiences of marginalized social groups that experienced the abuses of the wealthy and powerful, and their attempts to resist this mistreatment. A product of interaction between Tagalog and Spanish, this translation attempts to preserve the evidence of Spanish loanwords that were not fully incorporated into Mariano’s Tagalog.

Keywords: Tagalog; anti-colonial literature; civil guard; foreign words; colonialism

Introducción1

Juan Masili o ang pinuno ng tulisan (Juan Masili o el jefe de los tulisanes),2 de Patricio Mariano, es una (muy breve) narracción perteneciente a la llamada “era dorada” (ca. 1900-1921) de la novela en lengua vernácula en Filipinas. Está ambientada en las últimas décadas del periodo colonial español y su trama gira en torno a la figura de Juan Masili, joven tulisán con un oscuro pasado. Se presenta aquí la primera traducción de esta obra al español y, hasta donde se sabe, apenas la segunda de una novela de Mariano a cualquier otra lengua.3 La traductora y académica Soledad Reyes ha resaltado la importancia de la producción literaria de Mariano al señalar que nos da acceso a algunos de los conceptos con los cuales los filipinos navegaban su realidad colonial (Mariano 2018, xviii-xix), algo que también se podría decir sobre Juan Masili en específico. Esta traducción podría enmarcarse en lo que Christoffer Cerda (2019, 122) identifica como el intento de Reyes de darle nueva forma al canon literario de los autores de lengua vernácula en Filipinas, precisamente al retomar la obra de un autor más “popular” como Mariano, en lugar de la de los más “canónicos” como Lope K. Santos, Faustino Aguilar o Lazaro Francisco.

Patricio Mariano nació el 17 de marzo de 1877, en el barrio de San Lázaro, parroquia de Santa Cruz, Manila, en el seno de una familia de plateros. Se dedicó a varios aspectos de las letras y las artes; además de novelista, fue periodista, cuentista, poeta, pintor, violinista, dramaturgo, traductor y actor. Según Nenita Escasa (1971, 339-340), su obra teatral se caracteriza por una profunda creencia en la idea de que la idiosincrasia de un pueblo sólo se puede expresar en su propia lengua, en su caso, el tagálog. Asimismo, señala que a lo largo de su obra se aprecia un gran interés por representar la vida y los sufrimientos de las clases trabajadoras, así como la crueldad de los frailes y la condescendencia de los ricos. También destacan el amor por el país y el odio por la hipocresía. Mariano contó con credenciales nacionalistas impecables al haber sido primer teniente de artillería durante la Revolución filipina y trabajado como periodista en la prensa nacionalista (Rodriguez 1935, 9).

Por su parte, la trayectoria de la novela en lengua vernácula en Filipinas fue precedida por las improntas de varios géneros españoles en los que predominó lo religioso y lo didáctico, resultado de más de tres siglos de colonialismo y de la exigencia de que toda publicación pasara por la Comisión de Censura (Mojares 1983, 169-175; Reyes 1975, 243-254; Lumbera 1986, 83-137; Jurilla 2008, 17-56). En este contexto, la novela fue un género relativamente nuevo, cuyo pionero en Filipinas fue, en buena medida, el héroe nacional José Rizal, un gran crítico del sistema colonial (Anderson 1998, 227-234). Las condiciones cambiaron con la violenta irrupción de los estadounidenses en el país en las guerras de 1898 y 1899. En las zonas “pacificadas”, la política de Estados Unidos fue de cierta libertad de prensa -aunque el teatro sí se vio más vigilado (Escasa 1971, 321)-, lo cual llevó a una gran expansión en el número de imprentas y a un boom de publicaciones periódicas en lenguas vernáculas. La divulgación de novelas serializadas generó una demanda de relatos inéditos que pudieran ser comprados como bienes de consumo independientemente de los periódicos, lo que abrió un mercado a las novelas en lenguas nativas, entre las cuales estuvo Juan Masili, si bien todo se llevó a cabo en un contexto de precariedad material y comercial muy marcada (Jurilla 2008, 60-72).

La brevedad misma de Juan Masili refleja el contexto histórico en el que se escribió la novela. El historiador de la literatura Resil Mojares, reconocido con la Order of National Artist for Literature, explica que esta generación de escritores en lengua vernácula no estaba aún lo suficientemente familiarizada con los parámetros del género, lo que se refleja en el uso intercambiable de términos en lenguas nativas que hoy se refieren a la novela, al cuento, a la historia o a la crónica. Tanto para los autores como para los lectores, cuando salió a la luz Juan Masili, calificarla como “novela” no presentaba mayor dificultad. En cuanto a las formas de la novela filipina en tagálog, Soledad Reyes (1975, 243-245) argumenta que someterla a los valores de la crítica occidental sería injusto y que, más bien, habría que tener en mente que su trayectoria fue muy distinta a la de las novelas en lenguas europeas, mientras que Mojares (1983, 174-175) les reconoce el mérito de haber explorado el género de manera autónoma, pese a los defectos que muestran.

Algunos apuntes sobre la traducción

Se han preservado algunos términos tagálog, como salakot, en el idioma original y se dejan en cursivas. Otro tanto se ha hecho con los provenientes del español, pero que fueron asimilados y tagaloguizados por Mariano, como tininti (teniente) y kapitan (capitán). Por otra parte, las palabras españolas que Mariano distingue como foráneas al marcarlas en cursivas en el texto original, aparecen subrayadas en este texto, como es el caso de cuartel. Tal como señala Vicente Rafael (2005, 1-4), en Filipinas lo foráneo e intraducible incorporado a la lengua vernácula constituye una promesa de la formación de lo nacional que, simultáneamente, incorpora lo extranjero y lo inmuniza contra la posibilidad de verse por completo abrumado por su influencia.

Conservar la distinción que el autor hizo de estas palabras españolas permite trazar las diferencias aun en la traducción. Aquellas palabras que se marcaron como españolas, pero que Mariano tuvo que modificar para adecuarlas a la gramática del tagálog, han sido restauradas a la forma que tienen en español. En algunos casos en que la palabra se mantuvo marcada como española con el uso de cursivas, pero con una ortografía que la asimila parcialmente al tagálog, se ha preservado la escritura del autor y señalado con un subrayado, como calaboso. Las palabras tagálog que fueron destacadas con cursivas en el original se han traducido al español con el énfasis marcado con negritas, como es el caso de poder. En la medida de lo posible, se ha intentado preservar el lenguaje florido original del autor.

Juan Masili o el jefe de los tulisanes

Patricio Mariano

En la provincia de Morong reinaban el silencio y la oscuridad en las calles, los campos y las montañas del pueblo de San José y sus villorrios circundantes.

No había perturbación alguna en la muda desolación nocturna en la que empieza esta historia, aparte del cloqueo de las gallinas que señalaba que había dado la medianoche.

De la nada, en medio del silencio se escuchó el paso de un caballo a la entrada del villorrio de Masantol, ubicado a unos cinco mil metros del pueblo.

Al acercarse al villorrio, el caballo bajó el ritmo y, una vez divisada la primera casa, se detuvo por completo y el jinete se desmontó.

Si se observara con atención el aspecto de este viajero de medianoche se apreciaría que se trataba de un joven de unos veintidós años, con la cara tostada al calor del sol, pero que mostraba un frío interior caracterizado por una suerte de energía que atraía a todos aquellos con quienes se cruzara. Su atractivo porte, su apariencia suave y la claridad de su frente indicaban que no acostumbraba agachar la cabeza, pero todo ello chocaba inesperadamente con su vestimenta, compuesta de una mambisa4 y un pantalón de color gris, un salakot5 adornado de oro y plata, botas de montar, espuelas de plata, una daga, dos revólveres a la cintura y un rifle.

Ya detenido, ató el caballo a un árbol, ahuecó las manos frente a sus labios e imitó tres veces el ululato del koel.6

No había terminado de ulular, cuando alguien se levantó de una ruma de escombros ubicada a unos veinte pasos de distancia de donde estaba nuestro joven.

-Bathala7 le desea las buenas noches, mi capitán -lo saludó el hombre de los escombros.

-¿Qué novedades, mi estimado Tiburón?

-Novedades hay muchas, pero tiempo hay poco. Para ejecutar su plan, debemos llegar al pueblo en menos de una hora.

-En ese caso, todavía tengo tiempo para descansar un poco y para que me cuentes todo lo que observaste en la casa que te mandé vigilar. ¿Ya están todos listos?

-Sí, señor.

-Entonces sentémonos, cuéntamelo todo.

Se sentaron al costado de unos de los árboles cercanos, cada uno en un pedazo de madera.

-Lo primero que hice fue alojarme cerca de la casa del tininti8 Moneng, y desde ahí observé lo que iba pasando. Vi que a lo largo del día siguieron los preparativos sin descanso y que fueron llegando los invitados y los parientes de la novia. Pero nuestra señorita sólo salió de su habitación una vez, y vi que tenía rastros de lágrimas en sus mejillas y los ojos hinchados de tanto llorar. Por medio de la dueña de la casa donde me hospedé, que como usted sabe es mi cuñada, le hice llegar la carta que usted le escribió y aguardé la respuesta. Pasó hora y media antes de que yo viera abrirse la ventana de la habitación y una mano blanca soltar un pedazo de papel, que recogí y leí. La carta decía así: “A ti, que aparentemente le ofreces a mi triste vida una feliz solución, te agradezco muchísimo, pero… ¡ay!... me temo que mi destino es inevitable. No obstan-te, muchas gracias”. Cuando terminé de leer la carta, los preparé a todos y les indiqué lo que debían hacer, según sus órdenes.

-Entonces todo bien.

-Pero mi capitán, ¿me permite una pregunta?

-¿Qué cosa?

-¿Por qué todavía no hemos ejecutado al prisionero que tenemos en nuestra cueva?

-¡Viejo Tiburón! La vida de ese hombre me es valiosa -dijo con dureza nuestro joven- y quien le toque siquiera un pelo se ganará un castigo para toda la vida. ¿Sabes quién es ese hombre?

-Mi capitán, discúlpeme por lo que dije; lo que me motivó a preguntarle era el querer liberarlo de una preocupación.

-Viejo Tiburón, ¿sabes por qué estoy metido en esta vida tan truculenta?

-No, señor. No sé nada, aparte de que usted se lleva bien con nosotros y de que cuando nuestro jefe, el Larguirucho, fue capturado por Villa-Abrille,9 todos lo reconocimos como jefe.

-En ese caso, presta atención y grábate en el corazón lo que te contaré.

Pausó brevemente, y después de frotarse la frente, que se nubló inesperadamente, continuó su narración.

* * *

-Soy el hijo de un hombre pobre del pueblo de X… y pasé mi niñez en un modesto hogar. Pero a pesar de ser sólo una choza, nunca vivimos angustiados porque en nuestra casa el sincero amor de mis padres nos mantenía contentos. Sin embargo, cuando tenía doce años y ya podía leer y escribir un poco, mi padre enfermó y, ya que éramos pobres, le dijo a mi madre que fuera a cobrarle al kapitan10 Tiago, quien nos debía el pago de veinte sacos de arroz. Mi madre partió al amanecer y se dirigió a la casa de nuestro adinerado deudor, pero dieron las ánimas11 y todavía no regresaba, así que mi padre, impaciente, me mandó a buscarla. ¡Oh! Justo cuando bajaba las escaleras de nuestra casa, mi madre finalmente llegó y la vi llorando y con su vestido hecho trizas. No sabía qué le había pasado, pero cuando entró a la casa cayó de rodillas frente a mi padre y gritó: “No quería aceptarlo, no quería, pero tuve que entregarme al señor y a dosde sus sirvientes; el capitán Tiago me obligó a acostarme con él, pero yo no que-ría, yo no quería”. Mi madre había enloquecido. El trauma la sobrecogió y cayó inconsciente en el piso de nuestra casa. Al ver todo esto, mi padre comprendió lo que había pasado. Se levantó de su postración y bajó las escaleras casi de un solo brinco, machete en mano. ¿Qué sucedió? No lo sé. Sin embargo, al día siguiente mi madre estaba muerta y mi padre había sido encarcelado por haber cometido el pecado del robo. ¿A dónde iría a parar yo con mis doce años, y cómo enterraría a mi madre? Fui donde mis conocidos para rogarles que me ayudaran en aquella importante tarea, pero cuando regresaba a casa me encontré con el deudor de mi madre y fui arrestado por los dos guardias civiles que lo acompañaban. Decían que yo era el hijo de un ladrón. Me llevaron al cuartel y me pusieron en el calaboso. Ahí vi a mi padre con el cuerpo cubierto de llagas, casi agonizando. ¡Así dicen que se castiga a los ladrones!

El joven suspiró profundamente y una lágrima rodó por su mejilla. Una cierta fiereza apareció en lo que solía ser un agradable y apacible rostro. Levantó la mirada al cielo, pero mandó también un reproche a aquel que erradamente creemos que gobierna la tierra. De los ojos de un rostro gentil brotó la mirada de un Lucifer.

-¡Mi padre, un ladrón! ¡Más bien fue aquel deudor quien nos robó nuestra honra y alegría! “¡Ay, mi hijo!”, fue lo único que pudo decir mi agonizante padre cuando me vio llorando a su lado. Abracé su ensangrentado y exánime cuerpo. Una feroz golpiza con ratán me hizo recuperar la conciencia. ¿Cuánto tiempo habré estado inconsciente? No lo sé, pero cuando abrí los ojos, vi que el cadáver de mi padre estaba en una camilla de bambú cargada por cuatro sepultureros. Yo los habría seguido, pero el dolor de mis huesos me lo impidió, así que me quedé en el calaboso, donde, aparte de haber sido molido a golpes, pasé el día entero sin comer. Pasé una noche más en aquella infame cárcel donde murió mi padre. Cuando al día siguiente me dieron otra golpiza al soltarme, llegué a rastras a nuestra casa con las pocas fuerzas que me quedaban en el cuerpo. La encontré abierta y el cuerpo de mi madre había desaparecido. ¿Quién la había enterrado? En mi inocencia, lo único que se me ocurría era que un aswang12 se la había llevado, porque acá entre nosotros ésa es una creencia común, especialmente entre los niños que les prestan atención a los viejos. De mis ojos no cayeron lágrimas; incluso aquellas amargas joyas que brotan de nuestros ojos para darnos un poco de consuelo me fueron negadas, porque tras haber llorado durante dos días, se me habían secado por completo. ¡Cuánto lamenté no haber sido más grande! ¡El deseo de venganza hervía en mi pecho! Venganza contra el potentado que destruyó nuestra propiedad y violó el honor de mi madre; venganza contra los justicias que no defendieron al oprimido, sino que le hicieron más difícil la vida. Cuando me iba de nuestra casa llegó un hombre que me dijo lo siguiente:

-¿Tú eres el hijo del mang13 Mundó?

-Sí, señor.

-Me he enterado de todo lo que les pasó a tus padres y sé que has quedado completamente huérfano. Fui yo quien enterró el cuerpo de tu madre.

-Oh, gracias, señor -dije mientras me arrodillaba frente a él.

-Ya que no tienes parientes acá, por ser tus padres de S. José, en Morong, ¿te gustaría acompañar a mi hijo a Manila para estudiar allá? Serás el compañero de mi hijo, no su sirviente; tú también serás un estudiante.

La enorme deuda que le tendría me dejó sin palabras, pero no habría podido rechazarlo aun si no hubiera querido ser sirviente.

Le agradecí la oferta y me fui con él.

Pasaron algunos días y aquel niño muerto de hambre, aquel huérfano, se matriculó en San Juan de Letrán y se volvió el compañero inseparable del hijo de aquel misericordioso señor. En efecto, no fue su sirviente, sino su hermano adoptivo.

Pasaron siete años, y en ese tiempo parecieron desvanecerse de mi memoria la miseria y el dolor causados por los infortunados destinos de mis padres. En mi joven corazón, aquella venganza que prácticamente había juramentado ante mí mismo pareció quedarse dormida.

Sin embargo, llegó un día en que nos invitaron a un banquete en la calle Dulumbayan14 en Manila, al que asistió también un compañero nuestro. Iba acompañado por su padre, y desde el momento en que llegó, la cara del padre me pareció conocida. Nos invitaron a comer y al sentarnos en la dulang15 el viejo se apoyó en mí. Empezaron las conversaciones y al tratarse el tema de nuestros pueblos de origen se reveló que éramos paisanos.

-Él también es paisano nuestro -le dijo mi hermano adoptivo al viejo y me señaló con el dedo.

-¿Éste de acá? -preguntó su interlocutor aparentando una ligera sorpresa mientras me escudriñaba-. Sí, su cara me parece familiar. ¿También estudia con ustedes?

-Sí -contestó mi compañero-, él es el hijo de mang Pitong y aling16 Mensia.

-¡Pitong, Mensia! -dijo el viejo, pareciendo rebuscar en su memoria-. ¡Ah! ¡Ya los recuerdo! ¡Éste debe ser el hijo del que me quiso robar!

Al escuchar eso perdí el control. Fue como si toda la sangre me hirviera en la cara y mi frente se prendiera en llamas.

En un abrir y cerrar de ojos, el viejo cayó postrado al lado de la dulang, con una herida de cuchillo. Cuando su hijo intentó protegerlo, también cayó acuchillado.

Después de eso corrí sin saber a dónde iría, completamente fuera de control.

No me encontraron y pude llegar a Novaliches cuando era de noche. Después de algún tiempo me uní a ustedes y desde entonces…

-Cambió la política -interrumpió Tiburón-. Desde entonces redujimos los asaltos en las carreteras, pero aumentamos la frecuencia de los saqueos y la repartición de los botines. Desde entonces todos viven en el pueblo, la montaña se volvió el lugar donde los compañeros nos reunimos, y la cueva, que anteriormente había sido el refugio de los perseguidos por la Guardia Civil, se volvió el refugio de las señoritas capturadas, a quienes, después de ser cuidadas como princesas, devolvemos a sus casas sin haber abusado de ellas ni cobrado rescate alguno. A esta señorita que está a punto de casarse, pero a quien estamos por raptar, probablemente también la cuidaremos y la devolveremos a sus padres… sin obtener nada a cambio.

-Ninguno de ustedes debería resentirse por eso, porque, aunque yo no haya pedido rescate, ustedes han sido recompensados por sus esfuerzos.

-Es verdad, señor, pero lo que nos ofende es que usted no sólo no lucra con esas cautivas, sino que a los dos días de su captura usted les pregunta si alguien las ha ofendido o humillado o si les faltó algo, y de ahí las libera y alguien las escolta hasta sus casas para protegerlas en el camino. Entonces, ¿para qué descascarar y cocinar el arroz, si uno no lo va a comer?

-Ah… ¡mi viejo Tiburón! ¿Sabes por qué capturo a las hijas de los ricos? Espara que los ricos prueben el amargo sabor del orgullo. Todos los que se enteren del rapto de una señorita conjeturarán que no hay esperanza de que pueda regresar con su viejo honor intacto. Aunque tú sabes bien que en caso de que una señorita pasara cuatro días en nuestra cueva, no lo haría porque la aprisionáramos ni porque tuviera vergüenza de regresar a su propia casa por haber perdido su honra, sino que lo haría voluntariamente.

-¡Oh! Mi capitán, usted no es el único que está al tanto del porqué de las cosas. Es verdad, nosotros las respetamos y no osamos molestarlas por el temor que le tenemos a usted, ¿pero ello puede prevenir que una señorita se enamore de usted, que su corazón quede cautivado? Por eso es que ellas no regresan voluntariamente a sus hogares; y si no fuera debido a que supuestamente se enamoran de usted, ¿acaso podríamos seguir viviendo en la cueva, ahora que las señoritas ya saben dónde está, ya que no les vendamos los ojos cuando las mandamos a sus casas? ¿Y por qué es que las Ichay, Marcela, Juana, Cion y las demás nos cuentan lo que ocurre en el pueblo? Señor capitán, usted simplemente no sabe que las señoritas que soltamos terminan siendo prisioneras cuando regresan a sus propias casas. ¿A esta joven también la raptaremos para sacudirla un poco y regresarla después?

-No. A ésta no la raptaremos; la rescataremos de las manos de su codicioso padre, quien la obliga a casarse con alguien a quien no ama, sólo porque anda pensando en la riqueza de su futuro yerno.

-¿Qué obtendremos en caso de tener éxito?

-En realidad nada, pero lo que quiero es hacerles saber a estos avaros que si ellos, los tulisanes del pueblo, tienen el poder para disolver los sentimientos de una persona que ama, los tulisanes de la montaña tenemos aún más poder para proteger a los oprimidos y conquistados. Aquel joven que se habría ahorcado si no fuera por nosotros, al que ahora tenemos prisionero en nuestra cueva, él es el amado de la señorita que estamos por raptar.

-¡Ah…!

-¿Sabes quién es aquel joven y por qué he evitado verlo? Es mi viejo compañero de escuela; el hijo del hombre compasivo que me adoptó.

-¡Oh!

-Éste es el momento en que debo pagarle el gran utang na loob17 que le tengo.

-Kapitan -interrumpió abruptamente el viejo al mirar al oriente-, parece que ya es la hora, porque la estrella del pastor ya se divisa en el oriente y nuestros compañeros probablemente están a la espera.

-Cierto.

Dicho eso, los dos se pararon y caminaron hacia el pueblo.

* * *

Todavía no daban las cuatro de la madrugada.

El caos reinaba en la casa del tininti Moneng. Los sirvientes andaban alborotados entre el apuro y los preparativos, ya que ese día se casaría la hija del acaudalado patriarca. El novio y el padre de la novia tenían la misma edad, y aquel era el más rico de todo el pueblo. ¿Cómo no iban a ser grandes los preparativos y numerosos los invitados?

Pero en medio de todo ese alboroto, el silencio reinaba en el cuarto de la joven novia.

¿Acaso seguía durmiendo?

Esto fue lo que descubrimos.

En la habitación no había nadie más que Benita, quien estaba arrodillada frente a una imagen de la Madre de Dios. Rezaba mientras se lamentaba en silencio.

Pasado un momento se levantó y miró el reloj que estaba frente a la puerta.

-¡Queda poco tiempo! -dijo y se dejó caer en una silla-. Falta poco para el terrible desenlace. ¡Ay, madre mía! Si estuvieras viva yo no me tendría que casar con alguien a quien detesto.

Dicho eso, se acercó a una mesa donde había una botellita, un tintero, una pluma y papel.

Se sentó a la dulang y en el papel escribió el párrafo que sigue:

No le echen la culpa de mi muerte a nadie, porque la única responsable soy yo.

No acepto casarme con alguien a quien detesto.

¡Ay, Enrique!

En otra vida nuestros corazones se unirán.

Benita.

En cuanto hubo terminado de escribir, tomó en sus temblorosas manos la botellita de veneno.

Pero cuando la boca de la botella tocaba la suya, se oyó el crujido del postigo de la ventana al abrirse, y por ahí entró un joven.

-¡Oh! -dijo Benita, y parecía que intentaría huir, pero el joven la detuvo y ella se desmayó de la impresión.

Si hubiera pasado un momento más, la señorita habría logrado suicidarse.

-Mejor -se dijo a sí mismo el audaz hombre que había entrado por la ventana, que no era sino el joven al que el viejo Tiburón llamaba kapitan-. Mejor, así será más fácil cargarla.

Escribió algo en un retazo de papel y lo dejó debajo del altar, y entonces levantó cuidadosamente a la joven desmayada y la sacó por la ventana.

Ahora dejémoslo con su precioso cargamento y enfoquémonos en lo que ocurrió en la casa.

* * *

Dieron las cuatro y media y los preparativos se aceleraron con la llegada del novio y algunos invitados.

Todos intercambiaron saludos con el afortunado viejo que pronto poseería a la bella Benita.

El viejo Moneng reventaba de la alegría. Cuando hubo dado la bienvenida a los últimos invitados, se acercó a la habitación y tocó la puerta, porque ya era hora de que la novia se vistiera.

No hubo respuesta. Tocó nuevamente y nada.

-Quizá siga durmiendo -dijo el kapitan Ape, quien era el mismísimo novio.

-Llámenla por su nombre -aconsejó alguien.

-¡Benita! ¡Benita! -dijo el padre mientras tocaba la puerta.

No hubo respuesta.

-¡Benita! -ya casi gritó con algo de molestia el tininti Moneng, porque quizá su hija se opondría nuevamente a la boda.

No había tiempo que perder. Ya estaba por amanecer y el cura probablemente ya estaba listo también.

-¡Benita! -gritó molesto su padre y le dio un súbito empujón a la puerta.

La cerradura se rompió y las dos hojas de la puerta se abrieron de par en par.

Todos quedaron sorprendidos, pero el asombro se incrementó cuando vieron que no había nadie en la habitación.

Entraron corriendo a la habitación, pero no encontraron nada excepto una botellita con una etiqueta que decía arsénico y dos cartas. Ya conocemos el contenido de aquella que escribió Benita antes de que intentara matarse. La otra decía así:

“El poder del dinero es superado por otro: el poder del poder. -Juan Masili”.

-¡Juan Masili, el rey de los tulisanes! -corrió el susurro de boca en boca.

Probablemente todos se habrían quedado paralizados por un buen tiempo si no se hubiera escuchado un grito desde la calle.

-¡Incendio! ¡Incendio! -gritaba la gente.

Todos se alborotaron y echaron a correr. Un sirviente se quedó sin aliento y casi no podía respirar, y la huida sólo le empeoraba el susto.

Kapitan Ape, kapitan Ape! -gritaban los recién llegados-. Después de que usted partiera, los tulisanes saquearon e incendiaron su casa. El jefe de los asaltantes iba a caballo y en sus faldas llevaba una mujer que parecía estar vestida de novia.

El tininti Moneng se dejó caer en una silla mientras que el kapitan Ape salió corriendo para su casa. Verificó que su mala fortuna era realidad y sólo pudo observar cómo las llamas ya habían consumido la mitad de su bella casa.

-¡Suban! -gritó el viejo a las personas que habían corrido con él-. ¡Suban, que hay mucho dinero en el cajón del aparador!

Pero ¿quién sería lo suficientemente temerario como para entrar a una casa en llamas? Como nadie le hizo caso, entró él mismo.

Los que observaban la casa desde la calle vieron su silueta y tan sólo un momento después salió un “¡Oh!” de todas las bocas.

La casa incendiada se había desplomado.

* * *

Al día siguiente, el calcinado cuerpo del acaudalado kapitan era visible en la ruma de cenizas.

Aquel debería haber sido un día feliz para él, si se le puede llamar felicidad al aprovecharse de la belleza de una mujer coaccionada.

¡Qué fácil es perder una fortuna y qué fácil es cambiar el color de una esperanza!18

* * *

Pero ¿a dónde era llevada Benita?

Esto es lo que sabemos.

-Mejor -dijo el joven tulisán al ver a la joven desmayada. Dicho eso, la levantó y la sacó por la ventana.

Los cuatro compañeros de Tiburón llegaron donde el audaz capitán. Una vez que éste montó su caballo, le ayudaron a acomodar a la señorita.

-Ahora, Tiburón -dijo el kapitan a su viejo lugarteniente-, debes cumplir con la segunda parte de mis instrucciones, para que mi paso por las calles se ilumine con una gran antorcha mientras llevo este precioso cargamento.

Esas palabras fueron dichas detrás de la casa del tininti Moneng cuando llegaban los primeros invitados y el novio, el viejo Ape. Cuando hubo terminado de hablar, el joven y sus interlocutores partieron. Cargando a la mujer inconsciente, volteó en una calle con dirección a la casa del mismo kapitan que estaba por casarse, y cuando se acercó a ésta, les dio las indicaciones a sus seguidores, quienes ya se habían reunido ahí.

-Llévense todo lo que se pueda llevar -les dijo- y después esta antorcha llameante iluminará mi camino, porque al amanecer el espíritu flaquea.

Dadas las instrucciones, los veinte hombres armados que estaban alineados a ambos lados de la calle se movieron en grupo hacia la casa del kapitan Ape, quien en esos momentos se encontraba en la casa de Moneng, su futuro suegro.

Después de un momento, algunos de ellos lograron penetrar en la casa para robar y desataron el caos, y a los sorprendidos sirvientes no les quedó más que huir. No lograron ir muy lejos, sin embargo, ya que fueron detenidos por los que estaban afuera de la casa, así que quedaron como meros testigos de cómo el joven jinete ordenó que la incendiaran, y de cómo los tulisanes entraban y salían, cada uno llevándose bultos.

Entró el que quedó afuera y después todos caminaron en grupo porque la oscuridad aún no había retrocedido ante la luz del sol naciente, y los tonos rojos de las llamas de la casa les iluminaban el camino.

Los gritos de “¡Tulisán!” e “¡Incendio!” fueron oídos en casi todo el pueblo y los justicias se dispersaron para perseguirlos a campo abierto, hacia donde se habían dirigido los últimos tulisanes.

Ya sabemos que uno de los sirvientes informó al kapitan Ape del robo y también lo que le pasó al viejo novio, así que ahora seguiremos al líder de los tulisanes, que llevaba a Benita a caballo.

-Debemos ir en grupo a la cueva ahora mismo. Los esperaré allá para hacer todo lo necesario -dijo el joven a los tulisanes una vez que dejaron el pueblo atrás-. Viejo Tiburón, si quieres, súbete al caballo, porque necesito que lleguemos al mismo tiempo a donde tenemos prisionero al joven.

-Siga nomás, señor, yo no puedo montar con usted, pero seguiré su camino -dijo Tiburón mientras le entregaba a un compañero las cosas que traía.

-Entonces, nos vemos allá -dijo el joven e hizo galopar al caballo, el cual no parecía haberse cansado con el peso que llevaba.

* * *

Reinaba el silencio en la cueva del monte San Mateo,19 su soledad perturbada tan sólo por el murmullo de las ramas y las hojas del bosque al ser mecidas por la suave brisa matinal. Quien se hubiera acercado, habría concluido que ahí no había persona alguna, pero si hubiera observado un rincón de la cueva, habría notado la presencia de un muy acongojado hombre.

De pronto, un guardia se paró. Creía haber oído algo.

-Ya llegaron -se dijo a sí mismo en aquel solitario lugar que sólo visitaban los animales silvestres.

Un jinete apareció antes de que terminara de hablar.

-Ninguna novedad, señor -le dijo.

-Ayúdame -dijo el joven, y le entregó a la aún inconsciente doncella-, llevémosla a mi cama.

Los dos entraron a la cueva y a unos veinte metros de la entrada, el joven presionó una cornisa de piedra.

Se oyó el crujido de un objeto pesado y de pronto un gran peñasco se abrió. Nadie que no conociera aquel secreto lo podría haber notado.

Entraron juntos y colocaron cuidadosamente a la mujer en la cama.

-¿Y el prisionero? -preguntó el líder de los tulisanes a su compañero.

-Sigue durmiendo. Se acostó muy tarde, parecía estar empecinado en no vivir para ver el amanecer.

-¿Le diste de beber el agua que le traje?

-Todavía no, señor, porque no comió.

-Entonces regresa a tu puesto de vigilancia y déjame solo, y haz pasar inmediatamente a Tiburón.

Como si su nombre fuera una invocación, apareció el viejo tulisán. El guardia, por su parte, regresó a la entrada de la cueva.

-Qué bueno que llegaste. Veamos al prisionero.

-Ha estado dormida por mucho tiempo -dijo Tiburón al ver a Benita.

-Déjala, que despertará cuando yo quiera; le hice oler el somnífero.

Dicho eso, los dos se dirigieron hacia unas piedras y entraron a un boquete que no notaría aquel que no conociera el lugar. Cuando entraron y pasaron entre las piedras, nuestro joven se cubrió la cara.

Era un recinto de piedra al que sólo entraba el aire por un orificio en el techo, a unos cinco metros de altura. Una lámpara colgada de las alturas era la única fuente de luz. La persona que ahí dormía despertó súbitamente al oír los pasos de los que entraban.

-Ustedes no tienen sentimientos de hombre -dijo él con visible hostilidad hacia los recién llegados.

-Digas lo que digas, no discutiremos contigo. Tú sabes que para nosotros la vida no vale nada. Eres un triste suicida frustrado. ¿Qué te llevó a eso?

-Nadie tiene por qué saber el motivo -dijo el prisionero.

-Nadie tiene por qué saberlo, pero yo sí lo sé, y por eso impedí que te mataras. Dices que carezco de sentimientos. Estás equivocado.

-Si tienes sentimientos, ¿por qué no me dejas ponerle fin a mi desesperanza? ¿Qué te importa si vivo o muero?

-¿Perdiste la esperanza? Sé que con la muerte de tu padre quedaste solo en el mundo. Además, sufriste mucho porque la persona en la que tu padre confió para hacerte llegar tu herencia te traicionó y se apropió de la riqueza que te correspondía. No sólo eso, te llegaste a enamorar, pero intentaron raptar a tu amada…

-No sólo intentaron -dijo su interlocutor-, pero en estos momentos ese viejo principal quizá ya esté saboreando la dulzura de la felicidad, teniendo a mi amada entre sus brazos. Oh, ¡pero qué difícil! Tú probablemente has sido contratado por el traidor que me arrancó a mi amada, para frustrar mis planes y echarle sal a mis heridas al hacerme saber que la mujer a la que había comprometido mi vida ha incumplido su promesa. Ahora, cuéntame si se realizó el matrimonio entre Benita y el kapitan Ape.

El líder de los tulisanes sonrió al oír esas palabras.

-¿Acaso no confías en Dios?

-Los pobres no tenemos Dios -respondió el suicida frustrado.

-¿Acaso no tienes fe en el amor de tu amada?

-¿Puede un cuerpo sin corazón tener fe en el amor?

-¿Acaso no crees que los pobres van al cielo?

-No, porque al cielo sólo entran los que tienen plata.

-¡Hombre sin fe! Ven conmigo y verás lo equivocado que estás.

-Ya basta -respondió el prisionero-, si me dejas matarme iré contigo, pero si no, déjame morir de hambre.

-Está bien, dependerá de ti si te suicidas -dijo el líder de los tulisanes-, pero primero ven conmigo.

-Está bien, vamos -respondió el prisionero y se levantó de donde estaba sentado.

Tiburón desencadenó al joven, y éste siguió al líder de los tulisanes, quien se dirigió a donde estaba Benita.

-Si quieres ahorcarte -le dijo al recientemente liberado prisionero-, ahora te lo permitiremos, pero tendrás que hacerlo al lado de esta mujer, porque ella también quiso matarse por ti.

El joven se arrodilló al lado de la joven y de pronto gritó:

-¡Benita! ¡Mi amada! ¡Muerta! -dijo, al ver que no se movía.

-No -dijo el tulisán-, sólo está dormida.

Dicho esto, roció un poco de agua en la cara de la joven, y la despertó.

-¿Dónde estoy? -preguntó ella.

-¡Itang!20 -exclamó el joven.

-¡Enrique! -dijo Benita al reconocerlo-. ¡Mi vida!

-¡Mi amada!

Los dos sufridos pechos se reunieron en un estrecho abrazo.

-¿No te mataste? -le preguntó Benita a su amado.

-¿No te casaste? -inquirió el joven.

-No -respondió el tulisán-, porque yo lo impedí, con lo cual ahora pago una gran deuda. Fui yo quien le escribió a Benita, fui yo quien te mandaba a ti, Enrique, el dinero cuyo origen desconocías cuando estabas necesitado, fui yo quien impidió tu suicidio, fui yo quien raptó a Benita antes de que ella bebiera el veneno, y, en pocas palabras, fui yo quien se robó el dinero del kapitan Ape.

-¿Y quién hizo todo eso? -preguntaron ambos, casi al mismo tiempo.

-Juan Masili -dijo el tulisán y se descubrió la cara.

-¡Pedro! -exclamó Enrique.

-Así es. Soy tu amigo Pedro, aquel hermano que tu padre adoptó cuando había quedado solo en el mundo. Pero en las montañas, soy Juan Masili.

Al día siguiente, al tininti Moneng le informaron en secreto que su hija estaba en el Colegio de la Concordia y que se quedaría ahí hasta casarse con Enrique Manapat, su verdadero amado.

* * *

Pasaron dos meses.

En ese intervalo, los guardias civiles se dedicaron a buscar al “rey de los tulisanes”, pero al no lograr nada en dicha búsqueda, más bien arrestaron a cuatro agricultores y los acusaron de haber robado al kapitan Ape. Estos arrestos fueron recompensados con algunas cruces del mérito militar.

Sin embargo, al que seguimos es al tininti Moneng, que aquel día fue para Manila.

¿Qué lo motivaba?

Si conociéramos el secreto detrás de la alegría dibujada en el rostro de nuestro viejo, que cambió de conducta desde el día en que se frustró el matrimonio de su hija Benita con el kapitan Ape, sabríamos que esa felicidad venía de saber que su hija menor se casaría al día siguiente con su verdadero amado.

Al día siguiente, al llegar el tininti a Manila, se casaron Benita y Enrique en la iglesia de Quiapo.

* * *

El padrino de los novios se llamaba Pedro Gatmaitan, pero si se observara su cara se advertiría su parecido con el joven que conversaba con el viejo Tiburón aquella madrugada en que se incendió la casa del kapitan Ape.

En el pueblo era Pedro Gatmaitan y en la montaña era Juan Masili, el líder de los tulisanes.

Él aún vivía en 1892, sin embargo, cuando explotó el caos en Cavite no se oyó su nombre.21

Referencias

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1 El autor desea reconocer el apoyo de los recursos del Center for Southeast Asian Studies de la University of Wisconsin-Madison, así como las lecturas críticas y la retroalimentación de Adrian Alarilla y Kelly Van Acker.

2Tulisán (plural, tulisanes): bandido, bandolero. Palabra tagálog que se adaptó completamente al español de Filipinas, de manera que no aparece en cursiva en este estudio introductorio ni en la traducción.

3La otra traducción es de Soledad Reyes, quien tradujo la novela Ang Tala sa Panghulo (Mariano 2018).

4Camisa de un textil a rayas muy asociado al Ejército de la República filipina durante las guerras de independencia contra España y Estados Unidos.

5Sombrero tradicional filipino.

6Eudynamys orientalis, especie de ave cuculiforme.

7Dios creador de la mitología filipina.

8Correspondiente al rango de “teniente del barrio” o “cabeza de barangay”. Eran miembros dela “principalía” filipina, con lo cual tenían más rango que el resto. Se incorporó al tagálog como tininti. Es un caso de préstamo devuelto y transformado.

9Probable referencia a Faustino Villa-Abrille, un comandante español activo en la represión de tulisanes en Luzón (Diario de Manila 1883a; 1883b; 1883c).

10El kapitan también era parte de la principalía, con nivel de gobernadorcillo de un pueblo. Era el rango más alto al que podía acceder un filipino en el sistema colonial español.

11Alrededor de la puesta del sol.

12Monstruo de la mitología filipina.

13Término honorífico para un hombre mayor.

14Calle a la cual también se hace referencia en El filibusterismo, de Rizal.

15Mesa baja filipina tradicional, alrededor de la cual los comensales se sientan en el piso.

16Término honorífico para una mujer mayor.

17Concepto filipino que responde a la idea de una deuda impagable. Se preserva en el tagálog original por ser un concepto filipino clave. Para un estudio de conceptos filipinos autóctonos como éste, véase Ileto 1979.

18La idea de los rápidos cambios de fortuna es un tema que Mariano exploraría después en su novela Ang mga anak dalita (Mojares 1983, 184-185).

19La ubicación de la acción en el monte San Mateo también es una referencia para los lectores atentos. En una cueva de aquel monte duerme el héroe de numerosas obras teatrales populares en tagálog, Bernardo Carpio, quien al despertar salvaría a los oprimidos. Los líderes del Katipunan movilizaron estas imágenes milenaristas e hicieron del monte San Mateo una de sus bases. Véase Ileto 1979, 122-128.

20Diminutivo de Benita en tágalog.

21No queda del todo claro a qué caos hace referencia. En 1892 las autoridades coloniales arrestaron a Rizal en Manila y lo mandaron al exilio interno en Mindanao, acto que puso en marcha la formación del Katipunan, la organización secreta que lanzaría la revolución de 1896. Por su parte, en Cavite, en 1872, un motín de tropas coloniales fracasó, lo cual eventualmente llevó a la ejecución por parte del gobierno colonial de tres curas filipinos. Este acto condujo a la radicalización de una generación de intelectuales filipinos, incluido Rizal.

23Traducción directa del tagálog e introducción de Jorge Bayona

Recibido: 14 de Abril de 2024; Aprobado: 02 de Diciembre de 2024; Publicado: 23 de Junio de 2025

Jorge Bayona es profesor-investigador en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México. Obtuvo su doctorado en historia en la University of Washington, Seattle, donde se especializó en Filipinas y el Sureste de Asia. Fue investigador posdoctoral en el Asia Research Institute de la National University of Singapore y es investigador afiliado al Center for Southeast Asian Studies de la University of Wisconsin-Madison. Sus investigaciones exploran temas de imperio y colonialismo en el Sureste de Asia y se han publicado en TRaNS: Trans-Regional and-National Studies of Southeast Asia y Verge: Studies in Global Asias.

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