Este libro se inicia con un sumario con los puntos clave y termina con un desmenuzado índice, lo que quizá tenga por objeto no abrumar a los posibles lectores ante un texto de extensión y densidad muy considerables. La obra no lleva un subtítulo, de modo que es imprescindible indicar dos cosas: primero, que es una obra que gravita alrededor de los impresores, escritores y lectores en Nueva España, con una primera parte que comienza en 1571 y termina en 1600, y una segunda que abarca la primera mitad del siglo XVII; y segundo, que el epicentro de ambas es la ciudad de México, aunque no sea ésta el único objetivo de estudio, sino que es el eje fundamental sobre el que la autora estructura este ambicioso proyecto. Podemos sintetizarlo en sus palabras: fundamentalmente se trata de ver cómo las ciudades americanas, en especial la gran capital del virreinato de Nueva España, fueron el motor del impacto cultural europeo en América. Aunque sobre esto existe una larga tradición de estudios, lo cierto es que no había un libro de estas características, destinado a observar y jerarquizar los efectos múltiples de la imprenta y de sus productos, adentrándose en la difusión de los contenidos más que en la materialidad de la presencia de los libros. Es, ante todo, una historia urbana: en este sentido es importante subrayar la posición de la ciudad de México, aunque también de Puebla -a la que se dedican algunos capítulos-, o Guadalajara y las grandes ciudades mineras, reflejos de una jerarquía inestable de centros políticos en un imperio enorme, como espacios de producción y consumo intelectual.
En esta obra puede verse cómo se construye una capital letrada en un momento determinado, una capital que muy pronto contó con una universidad y con colegios, con una imprenta que producía in situ aquellos impresos que hasta entonces llegaban desde Europa -y que seguirán llegando-, pero también, al lado de esto, la imposición y creación de un tribunal de la Inquisición para vigilar de cerca lo que allí se hacía y decía. En todo caso, esa amenazante coerción no limitó la transformación intelectual que, sobre todo, en el inestable siglo XVII, se desarrolló allí a partir de una extraordinaria capacidad de adaptación o de adopción de la población local a la dinámica cultural llegada del otro lado del Atlántico.
Las sociedades urbanas de la Monarquía Hispánica vieron la necesidad de afirmarse una y otra vez a lo largo de los siglos XVI y XVII y, en esto, la precoz instauración de la imprenta en México permitió a una élite en construcción, formada por conquistadores, aventureros, nobles indios, letrados, oficiales reales, clérigos, etc., contar con un mecanismo potente para diversos proyectos, lo que lleva a la autora a plantear que lo sucedido en Europa sería más bien un trasunto de lo sucedido antes en México. En el libro se pone especial énfasis en aquellos miembros de familias nobles indígenas que se apropiaron de la escritura que procedía de Europa, reformulando la pirámide social que se habría de construir en adelante por el acceso a la escritura y la comprensión de la lectura; es decir, se trataba de una sociedad viva, que en cambio superó la simple recepción de un instrumento europeo de transferencia de valores y conocimiento para ir más allá. Ese hecho quedaría reflejado en las obras de exaltación de la ciudad de México, en las que se subrayaba ese proceso de construcción social y política. De Europa llegó el instrumental formado por la imprenta, la pintura, las reliquias, la religión, etc., pero a partir de ahí se constituyeron en protagonistas de su propia transformación, no sólo las élites criollas, sino los intermediarios con los indígenas, es decir, las élites indias, que demostraron su capacidad para apropiarse del discurso europeo.
Destacaron en Nueva España los cronistas, como traductores de lenguas y de los modelos políticos y religiosos de los conquistadores, que acabarían representados en los códices como figuras de autoridad tan variadas como las españolas. Recuerda la autora que las sociedades con las que se encontraron aquellos conquistadores y evangelizadores tenían un alto nivel de civilización y que desde su llegada los españoles llevaron productos culturales. Por esto, la obra estudia la evolución de los usos de la palabra escrita en Nueva España con el objetivo de comprender mejor la sociedad resultante y, al mismo tiempo, respondiendo al título del libro, se plantean muchas cuestiones sobre su singularidad y sobre los elementos compartidos con otros escenarios, en especial con el peruano. Fueron los protagonistas de la conquista espiritual los que comprendieron mejor la utilidad de la palabra impresa y del grabado como medio de comunicación y transformación global, pero América es el resultado de un proceso complejo de asimilación y allí, desde una alteridad radical, se constituyó una sociedad mixta en la que surgió, sin duda, una composición original. A partir de ese punto es que la autora se pregunta qué función tuvo el libro en ese proceso de definición del que obviamente no serían conscientes quienes lo protagonizaron. Para responder a esta cuestión de base se hace un análisis de la producción, circulación, recepción y control de la palabra impresa y manuscrita, a fin de entender mejor los medios a través de los cuales la sociedad novohispana los asimiló.
Ahora bien, la llegada de los conquistadores hizo evidente que la palabra escrita en Europa era insuficiente debido a la diversidad idiomática americana: el estudio de la llegada de los impresores, el papel de los mercaderes libreros y el protagonismo de las órdenes religiosas para la producción de esas primeras ediciones revelan que la imprenta se instaló en Nueva España por la necesidad de responder a una poderosa realidad local, y la disponibilidad de recursos pudo materializarla en fechas bastante tempranas. A los libros, inicialmente de religiosos, pronto se sumarían los de los literatos. Su capacidad para producir discursos y crónicas coincidió con la necesidad de las instituciones locales de dar un sentido trascendente a su labor particular y de reflejar sus celebraciones para darlas a conocer y que quedasen en la memoria en un entorno que era cada vez más competitivo e interconectado; ciudades, órdenes religiosas y personas presentaban así sus méritos en la sociedad local y ante las autoridades políticas y religiosas europeas buscando una reacción a su favor. El pasado y la historia eran necesarios para identificar el mérito y por ello proliferaron las crónicas y relatos, y de entre ellos se imprimieron sobre todo los de naturaleza religiosa. Sin embargo, en esa vastedad de la escritura, los textos históricos en muchos casos no pasaron del manuscrito, lo que respondía a la voluntad de la administración de la monarquía por controlar la producción histórico-política: no en vano se trataba de territorios que habían protagonizado una intensa conflictividad; precisamente por ese riesgo, quienes más trataron el tema de la conquista fueron aquellos novohispanos que pasaron a residir en la península, mientras en Nueva España el foco se ponía sobre la grandeza resultante del periodo fundacional. Para quienes buscaban hacer carrera en la monarquía era necesario recuperar y poner en valor una incorporación triunfal de las Indias y la dignidad histórica del territorio: era lo mismo que hacían las otras élites de la monarquía en España, en textos corográficos que sin duda conocían los novohispanos.
El proceso de formación de un medio letrado, capaz de producir por sí mismo una literatura exportable, parece evidente en las primeras décadas del siglo XVII, ya que las ciudades se ven a sí mismas como centros imperiales y sus élites letradas como creadoras de su propio proyecto político. Esto se acompañó en México de la existencia de una autoconfianza y de una estructura editorial suficientes y necesarias para superar las temáticas locales y mirar hacia ámbitos más abiertos, compartiendo la conciencia de que Nueva España formaba parte de un mundo más amplio, avanzando hacia múltiples fronteras, y posicionando su capital con respecto a esos otros espacios y también con respecto al otro virreinato más grande y rico, el de Perú. En ese contexto, si el idioma se identificaba con el imperio y si la imprenta mexicana nació para comprender las lenguas indígenas y hacerlas útiles en la conversión, ahora ésta servía también para salvaguardar las lenguas peninsulares presentes, como la “lengua cántabra”. Por otra parte, ya no se trataba tanto de incidir en la comprensión del pasado como de subrayar el cada vez mayor crecimiento urbano y las grandezas de la ciudad capital, en la que incluso la búsqueda de soluciones técnicas para las obras públicas la ponían a la altura de otras urbes americanas y europeas. Esto se puso de relieve ante el enorme problema de la inundación de 1629 que, por un tiempo, hizo perder grandeza a la capital y obligó a redefinir su papel como gran metrópolis: para ello contaba con sus propios técnicos, un indicador de que el virreinato de Nueva España se estaba construyendo como un espacio cosmopolita capaz de formarlos y de generar ideas.
La recuperación de la ciudad tras el desastre debía reposar, más allá de lo material, sobre elementos sólidos como las tradiciones heroicas de la primera ocupación española y los mártires de la conquista y de la evangelización -los niños mártires de Tlaxcala, los religiosos muertos, incluso en Japón-, junto con la necesidad de definirse como algo excepcional. Esta excepcionalidad se construyó en torno al culto de la Virgen de Guadalupe, cuyo éxito obedeció a su capacidad para encarnar múltiples aspiraciones políticas, sociales y urbanas, reuniendo a españoles e indígenas, un innegable elemento de afirmación de centralidad heroica que retornaba la imagen de México tanto a un lugar de preeminencia como de elección divina. El ámbito letrado había construido una imagen de sustitución al mito de la conquista y ahora podía llevar esa imagen hasta límites nuevos; si bien queda la duda de si ese ámbito proyectó la reivindicación guadalupana o hasta qué punto fue arrastrado por una corriente que en principio no podía controlar, pero que, en todo caso, en los años treinta del XVII tenía ya la impronta de algo propio. Las publicaciones en celebración de la llegada de los virreyes muestran que el recurso a la palabra escrita se daba en un contexto más amplio, en el que la autora subraya la irrupción de las beatas, de religiosas y de otras mujeres cultas que rompieron otro límite, el de género.
Esta obra indaga, pues, cómo estudiar el mundo del libro para comprender mejor una sociedad. Se trata de una reflexión propia, partiendo del cuestionamiento de hasta qué punto la lengua y la cultura afines a territorios tan amplios han ido definiendo a México desde los cambios producidos por la conquista. Su respuesta está en que la capital pasó a ser un centro de producción editorial gracias a que el sistema imperial donde había sido incorporada resultó lo suficientemente flexible para naturalizar aquellos espacios que buscaban integrarse en él. Era un lugar de cruce que se benefició de la circulación de personas y de objetos, de ideas e imágenes, para generar algo original; la suma de influencias, el descarte de tradiciones y la generación de otras nuevas permitieron leer e interpretar el pasado desde otra perspectiva. Comprender los procesos en torno a la escritura y la lectura sitúa a Gabriela Vallejo en posición para entender la sociedad virreinal y las fuerzas que tensionaron su definición respecto a sí misma y al mundo en el que se inscribió, y de reivindicar la gran autonomía de los novohispanos y el protagonismo de su territorio en la construcción de un mundo global. La autora ubica en ese contexto el multilingüismo que formaba parte de la sociedad virreinal, abriéndose paso en la legislación sobre la lectura y la producción de libros; un multilingüismo que incluía el latín, por expansión trasatlántica del humanismo, pero también el portugués, el flamenco, el italiano, el francés, además de algunas lenguas africanas de los esclavos, como el guineo, lo que obligaba a reforzar la vigilancia y la censura por los problemas que pudieran surgir de la interpretación de los textos. Esto no impedía, sino que, al contrario, asimilaba a la capital con las ciudades peninsulares y haría de ella uno de los centros culturales de la monarquía hispánica.
La base documental empleada por Gabriela Vallejo está constituida por un gran número de obras de distintos tipos de autores que escribieron entre 1570 y 1650 para tratar de entender por qué lo hicieron, qué temas los motivaron y cuáles fueron las tendencias editoriales que llevaron los textos a la imprenta en correspondencia o respuesta a intereses locales, peninsulares o europeos. En la base de datos se han incluido textos manuscritos o impresos en la Nueva España de ese periodo y esto ha permitido a la autora distinguir diferentes funciones y usos de las ediciones y de los temas publicados. Más allá, su segundo objetivo era entender la intencionalidad de los autores y las redes de contactos que apoyaban las publicaciones, analizando los paratextos, dedicatorias, tasas, censuras, prólogos y privilegios, que podían cambiar en cada edición y que, por lo tanto, permiten ver los cambios de contexto, así como la intención de autores y editores de vehicular una imagen de legitimidad textual y de pertenencia de ésta y de sus productores a un determinado entorno político, social e intelectual. También se ha procedido a un análisis de la producción para definir las prácticas de lectura y su propia materialidad, el control de la censura y la actividad de los libreros, incluyendo la reflexión sobre el papel de las bibliotecas, desde las colecciones particulares hasta las colectivas de órdenes religiosas o instituciones, donde los lectores podían hallar lo que no podían tener. La imprenta produjo nuevos lectores, pero lo escrito compartía espacios con la transmisión oral y con los elementos visuales. Por esta razón, las imágenes son importantes y aparecen con frecuencia a lo largo del libro que comentamos, ya que no sólo estaban en los impresos sino en las paredes de los conventos e iglesias (en forma de alegorías, emblemas, etc.), por cuanto fueron usadas como elementos de propaganda al servicio de causas políticas y de la evangelización para hacerlas comprensibles a los no letrados. Gabriela Vallejo abre esta obra con una amplia introducción en la que se refiere a la historiografía sobre el libro y al final incluye una extensa bibliografía, tanto europea como americana. Como suma de todos estos factores, consideramos que se trata de una obra que invita a reflexionar sobre el juego de escalas que se desarrolló de los dos lados del Atlántico en un periodo crucial y que incita a pensar más allá de lo local a través de la comparación en términos culturales y no sólo políticos o económicos.














